Bibliotecas de altos vuelos

Biblioteca del jet privado diseñado por el estudio inglés Winch Design. ¿Serán libros huecos o libros de verdad?

 

En los 70 no existía Internet, ni por lo tanto, redes sociales, móviles y demás golosinas digitales. El cine y la televisión seguían conservando todo su poder adormidera. En Hollywood, la edad dorada de los estudios ya había acabado, y en el pequeño margen que se dio entre el cine de autor (Coppola, Scorsese, Cimino…) y el cine espectáculo que terminaría ganando la partida (Georges Lucas, Spielberg: ): tuvo como bisagra al género catastrofista.

Inauguró el filón la película Aeropuerto (1970). Un plantel de estrellas del Hollywood dorado (Burt Lancaster, Dean Martin, Jean Seberg…) pasándolas canutas en catástrofes aéreas cada vez más aparatosas. Básicamente lo que se hace ahora con las estrellas en decadencia en los realities televisivos. El caso es que poniéndonos apocalíptico-conspiranoicos, algo que tanto nos gusta, la saga de desastres aéreos fue un magnífico instrumento de control social. Viendo como los pudientes, que podían permitirse viajar en avión, vivían el horror de un desastre aéreo: el miedo a volar entre las masas, hundidas por la crisis del petróleo, actuaba de estupendo elemento disuasorio.

 

Lo mejor del género de catástrofes aéreas de los 70: cuando llegaron las parodias con ‘Aterriza como puedas’.

 

El auge de un determinado cine de género siempre tiene su correlato con la situación social. El ensayo de Ramonet no habla de cine, pero sí, del escenario propicio para el catastrofismo de ficción.

Tras los revolucionarios 60, un poco de miedo que cortase las alas, no venía nada mal. Pero ¿aún seguimos creyendo que las ficciones ejercen algún efecto sobre la realidad?

Estar despiertos en la era de los espejismos digitales se hace difícil. Pero si hay un lugar en el que todos procuramos evadirnos (por miedo o simple aburrimiento) es en los aviones.

Por eso la noticia de que la compañía de vuelos de bajo coste EasyJet ha provisto de bibliotecas a sus aparatos para disfrute de su clientela: es de esas noticias que no podíamos dejar de comentar.

La «Flybrary», creada en colaboración con la editorial HarperCollins, ofrece desde el 15 de julio: 60.000 textos para niños y adolescentes de 3 a 11 años en siete idiomas.

Un medio de transporte de pasajeros, sobre todo si el trayecto es de varias horas, es uno de los momentos/espacios en los que la estrofa de Serrat: «niño, deja ya de joder con la pelota». Un asunto, que tiempo de ofendidos por doquier, también tiene su debate ad hoc según recogía un artículo de ‘eldiario’ con este titular: Un hilo en Twiter aviva el debate sobre el ruido infantil: ¿irresponsabilidad de las familias o sociedad para adultos? Los bibliotecarios, sobre todo los que trabajan en las secciones infantiles y/o juveniles, tendrían mucho que decir al respecto. Pero, siendo como son expertos en la materia, nadie suele invitarlos en estos debates.

Lógicamente la compañía aérea publicita a la Flylibrary recurriendo a lo obvio: hay que dejar volar la imaginación de los niños. Pero en la web de viajes italiana SiViaggia dan la noticia diciendo a las claras lo que más de uno piensa orillando cualquier poesía: «no más niños gritando a bordo.»

Mientras tanto, en la ciudad boliviana de Cochabamba, se ha concedido el premio de ‘Biblioteca del año’ al Biblioavión. Situado en una céntrica plaza de la ciudad, un avión que operó durante la Segunda Guerra Mundial, se reconvirtió en una biblioteca infantil hace ahora 17 años. Con este premio el Colegio de Profesionales en Ciencias de la Información de Bolivia (Cpcib) reconoce la labor desarrollada en este atípico espacio bibliotecario en el que se imparten talleres, clubes de lectura y numerosas actividades dirigidas a los menores de edad. Una iniciativa, la de convertir viejos aviones en bibliotecas, que también se anunció en la ciudad mexicana de San Blas, en el estado de Nayarit, hace unos años. Pero, que en este caso, nunca llegó a despegar.

 

El también biblioavión mexicano Gervasio, en la isla de Cozumel, que sí ha llegado a funcionar.

El alcalde que lo promovió terminó su mandato entre acusaciones por robo, extorsión y torturas, y el biblioavión, camino del vertedero. Sin duda el político mexicano (el alcalde que «robó poquito«, según sus propias palabras) llevó al extremo una forma de hacer política con puntos en común con la de algunos de nuestros políticos. La diferencia es que en España, en vez de reconvertir aviones desahuciados en bibliotecas, nos podemos permitir el lujo de reconvertir aeropuertos enteros.

Escultura de Juan Ripollés en el aeropuerto de Castellón: durante muchos años ejemplo del pelotazo urbanístico.

Interior del biblioavión boliviano.

 

En Aeropuerto 75 (la segunda de la saga) el choque de una avioneta contra un Jumbo provocaba la catástrofe, y aquí, la fricción entre la noticia de la biblioteca en EasyJet y el biblioavión boliviano: actúan de pedernal para encender la mecha que termine por dinamitar este post.

Si algo distingue a las bibliotecas de altos vuelos (por muy humildes que puedan ser) de las que son simples expendedoras de soma cultural: es que están por encima de lo que siempre se ha dado en llamar ‘literatura de aeropuerto’. Nada hay de malo, al contrario, en apaciguar a los niños en los vuelos a través de la lectura. Al igual que los adultos se apaciguan con la adormidera en que puede convertirse el consumo compulsivo de series.

Pero lo que diferencia a la biblioteca del avión de EasyJet, del biblioavión boliviano: es muy easy de ver: es la diferencia entre la lectura/cultura como simple objeto de consumo y la lectura/cultura como elemento imprescindible de progreso social.

‘Comicmanía’ una nueva revista para estar al día de las novedades y de todo lo que se mueve en el mundo del cómic.

La periodista cultural Elisa McCauslan publica una columna en el nº 1 de la nueva revista ‘Comicmanía’ que expresa muy bien de lo que hablamos:

«En ocasiones, me siento sobrepasada por este presente obsesionado con la ficción como brújula moral, como manual de instrucciones de vida, como forma de terapia a problemas que hemos convertido en traumas […] nos dejamos llevar por etiquetas apaciguadoras que sedan nuestras conciencias, en vez de cuestionar la precariedad de las imágenes, la inconsistencia de los discursos, la banalidad de los textos.»

 

Y en medio de este tráfico aéreo cultural los bibliotecarios como auxiliares de vuelo, que no comandantes, para no incurrir en dirigismo cultural. Pero eligiendo dónde situarse: si como simples camellos de ficciones que proveen a sus usuarios de lo que las multinacionales les hacen desear; o como profesionales de la cultura que ejercen de mediadores promoviendo el pensamiento crítico y las ideas propias para cada uno pueda volar por su cuenta.

Como dice el eslogan de este vídeo sobre Bibliotecas pijas vs. bibliotecas públicas: «La cultura en las bibliotecas públicas nunca es un adorno. Es una necesidad.»

 

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