Líneas rojas bibliotecarias

En la maravillosa película La linterna roja (1991) de Zhang Yimou: una linterna roja frente a una de las viviendas de las cuatro esposas de un señor feudal: significaba quien era la elegida, cada noche, para yacer con su marido y amo. Quien haya visto la película difícilmente podrá olvidar la belleza de sus imágenes, en las que el color rojo, se carga de simbolismo y significado. El rojo de la sangre menstrual como arma arrojadiza entre cuatro mujeres enclaustradas: que compiten en sus luchas por el poder dentro de los muros de un castillo.

Arrancar trayendo a colación la película de Yimou no necesita justificación, siempre es saludable recordar buenas obras para revisarlas o poner sobre su pista a quienes no las hayan disfrutado: pero es que la actualidad, siempre tan oportuna, nos trae una noticia que da aún más vigencia a algo de lo que hablábamos en el post anterior.

 

El documental, producido por Netflix, sobre los tabúes que rodean al ciclo menstrual en la India que se alzó con un Óscar en la edición de este año.

 

En La biblioteca como ornamento contamos el ardid de unos diseñadores alemanes para denunciar/soslayar el abusivo IVA que grava a los tampones en su país vendiéndolos dentro de un libro. Un libro de tampones que unía insospechadamente una cuestión de higiene íntima con el mundo bibliotecario. Y ahora desde Canadá nos llega otra noticia que vuelve a unir ambos asuntos.

El emoji para representar la menstruación que también nació entre polémicas.

Los baños de las bibliotecas públicas de la ciudad de Halifax distribuirán, de forma gratuita, tampones y toallas sanitarias. Una medida que ha sido celebrada por activistas como Jodi Brown que lleva varios años promoviendo campañas para conseguir productos sanitarios y de higiene para las personas más desfavorecidas.

De este modo, tampones y toallitas se equiparan al jabón y papel higiénico como productos a ofrecer en cualquier aseo de un establecimiento público. Pero algo, en apariencia, tan cotidiano entronca con un discurso feminista, cada vez más presente, en torno a la necesidad de desestigmatizar/visibilizar todo lo que rodea al ciclo menstrual femenino.

 

El espectacular hall rojo de la biblioteca pública de Seattle. Un desafío cromático a los sentidos.

 

La reciente y esteticista adaptación del clásico de Argento que ha llevado a cabo Luca Giardino.

Y al igual que el rojo de la película de Yimou nos ha servido para marcar el inicio del post: ahora es una foto del provocador hall rojo de la Biblioteca Pública de Seattle que, cual decorado de una película de Dario Argento, traza la línea roja que demarca un giro en nuestra narración.

La planta roja de la biblioteca de Seattle representa a la perfección la idea que de las bibliotecas propagan figuras como el creacionista estadounidense Ken Ham que, a través de Twitter (¿dónde iba ser si no?), ha declarado que «las bibliotecas públicas se están convirtiendo en lugares peligrosos».

 

La galardonada obra de teatro ‘Red’ de John Logan gira en torno a la figura del pintor Rothko y ha sido estrenada hace poco en nuestro país.

No sabemos si conocerá ese vestíbulo de rojo mareante de la biblioteca de Seattle; de hecho no sabemos si habrá pisado muchas bibliotecas el tal Ham: pero lo que es probable es que esa imagen debe representar, como pocas, el infierno intelectual en el que vive el susodicho. «El hombre que cree que la Tierra tiene 6.000 años de antigüedad: dice que las bibliotecas están empezando a ser peligrosas para los niños».

Así reza el titular que da para un meme con el que se cuenta la noticia en ‘The New York Daily News’.  El célebre evangelista estadounidense acusa a las bibliotecas de estar poniendo en peligro las mentes más tiernas al exponerlas a libros y documentos  LGTBIQ y feministas . Un cuento que ya nos sabemos de memoria de tantas (malas) versiones como de él se han dado en las noticias de distintos países. Pero más allá de las acusaciones contra las bibliotecas, la figura de Ken Ham, bien merece un pequeño inciso en nuestro rojo recorrido.

 

El Kentucky’s Ark Encounter es el parque temático cristiano evangelista promovido por el creacionista Ken Ham. En él se puede visitar este Arca de Noé tamaño real.

 

Ken Ham es el propulsor y director del parque de atracciones temático Ark Encounter en Grant County, Kentucky. Aparte de la reproducción del Arca de Noé el parque cuenta con un museo donde la historia de la humanidad se cuenta desde el punto de vista creacionista; y hasta tienen en proyecto construir la Torre de Babel. No hemos podido constatar que el parque cuente con una biblioteca: pero en el caso de que esté en proyecto: nos encantaría conocer todos los detalles de dicha biblioteca, y sobre todo, de la persona al frente de la misma.

Este tipo de noticias, en el pasado más inmediato, siempre nos horrorizaban/divertían desde la distancia de seguridad que nos daba tener un océano cultural y físico entre: los siempre contradictorios Estados Unidos y, la vetusta y venerable, Europa. Pero ese cordón sanitario cultural, esa línea roja, hace mucho que se desvaneció.

 

 

Hace solo unos días Abderramán III se convirtió en trending topic siglos después de su muerte. El hecho de que la primera medida adoptada por el equipo municipal de gobierno del pueblo zaragozano de Cadrete haya sido retirar un busto de Abderramán III: ha copado los titulares de los medios y las redes.

No hace falta hablar de lugares en ultramar. Tenemos los totalitarismos a la vuelta de la esquina. Con una variedad de colores y espectros (por no decir fantasmas) ideológicos que los norteamericanos, tan binarios en lo político como son ellos, no serían capaces de imaginar ni en una producción de Hollywood.

 

Bibliotecarios sin fronteras: organización canadiense que promueve a las bibliotecas sin distinciones geográficas en más de 75 países.

 

Nuestra corresponsal en Nueva York, Irene Blanco, hace poco en este blog, nos corroboraba lo implicados que están los bibliotecarios neoyorquinos con su comunidad. La sociedad civil y el activismo en los Estados Unidos es uno de los rasgos más admirables de la sociedad estadounidense: y el gremio bibliotecario, en ese sentido, no queda al margen. Todo lo contrario. En numerosas ocasiones ha demostrado su firmeza cuando de defender la libertad de expresión y la función de las bibliotecas se trata.

Las comparaciones sobran. Pero ya que los políticos no paran de hablar de líneas rojas y cordones sanitarios, entre unos y otros, la pregunta surge sola: ¿qué líneas rojas marcarían los bibliotecarios españoles al ver amenazadas la libertad de expresión o la libre circulación de las ideas en sus centros? ¿qué fronteras culturales estarían dispuestos a defender ante eventuales ataques a los principios que recoge el Manifiesto de la IFLA/Unesco sobre bibliotecas públicas?

 

Los bibliobúses: activismo bibliotecario sobre ruedas.

 

La película de Frederik Wiseman sobre la Biblioteca Pública de Nueva York: blockbuster bibliotecario de la temporada.

Ya lo decía hace poco el documentalista Frederick Wiseman al visitar nuestro país: «Una biblioteca es un arma política«: puede ser solo cuestión de tiempo que los que no habían caído en la cuenta de esa verdad sean conscientes y decidan usarla. Máxime cuando, posturas hasta ahora impensables en nuestro entorno más cercano: se abren paso en las administraciones de las que dependen las bibliotecas.

Afortunadamente, en contrapartida, también hay noticias que están dibujando líneas, rojas o no, con las que perfilar horizontes más esperanzadores.

Es el caso de las bibliotecarias aragonesas que se han unido para reclamar un reconocimiento a su labor y, sobre todo, compromiso por parte de las administraciones con la labor que las bibliotecas pequeñas desarrollan en el mundo rural. Es también el caso del ilusionante Manifiesto de bibliotecas inquietas que ha surgido en Valencia.

Puede que no tengamos la tradición activista de los Estados Unidos, ni una sociedad civil con una capacidad de movilización tan potente: pero ya que insisten e insisten tanto políticos y medios en ello: es buen momento para parar un instante y preguntarse: ¿cuáles serían nuestras líneas rojas bibliotecarias?

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