Mapa de las músicas del mundo

 

Walter Benjamin falleció en 1940, por lo que difícilmente podía prever lo que iba a suceder con la industria de la música casi un siglo después. Pero sin ánimo de profetizar nada, el filósofo y ensayista alemán más amado por las nuevas generaciones, ya dejó claro en la primera y convulsa mitad del siglo XX, lo que iba a acontecer con la música a partir de entonces.

Totalmente desacralizada, manufacturada, y expoliada su aura, la experiencia musical que en los siglos precedentes suponía toda una liturgia, un acto exclusivo y único: se convertía en objeto de usar y tirar a partir del momento en que el gramófono permitía reproducirla, una y otra vez, en el salón de casa. Así que no era de extrañar que la primera industria que resultase herida ante el empuje tecnológico fuera la de la música. La industria del cine le siguió; y la industria editorial parecía la siguiente.

 

 

¿Será por eso que la gastronomía y la moda empezaron a escalar cada vez más espacios en los medios? Las sociedades necesitan rituales, y tanto la moda como la gastronomía resultan efímeros, consumibles y altamente ritualizables. ¿Los chefs y los diseñadores han venido a competir con las estrellas del rock y del cine?

Pero la historia nunca sigue un camino recto. En un giro de guion propio del más efectista de los seriales: una pandemia ha provocado que las ventas de libros se incrementen de manera inesperada. Ninguna de las campañas de fomento de la lectura había contando de aliado con un virus que obligase a confinar a la población mundial. Todo lo contrario que la industria musical a la que la pandemia ha venido a herir uno de sus principales balones de oxígeno de los últimos tiempos: los directos.

El mítico promotor Pino Sagliocco, responsable de traer a nuestro país algunos de los grupos y estrellas más rutilantes, lanzaba un deseo de futuro para la industria musical en el Foro Internacional ‘Carta de Santiago’ que se celebró el pasado mes de noviembre en Santiago de Compostela: «la música está desunida. Hay que crear unas herramientas que nos permitan confluir, para representarnos de la manera que nos merecemos

 

Pino Sagliocco ha estado detrás a través de su promotora Live Nation de las giras de grandes estrellas como AC/DC, Madonna o los Rolling. Precisamente los Rolling cumplen 60 años como grupo en estos días y Reino Unido lo conmemora con una edición de sellos.

 

Ya no hay tanto presupuesto para grandes vídeos, y el streaming o los politonos hacen que consumir música se parezca cada vez más a comer pipas. Los festivales de música (al menos cuando se puede celebrar) siguen gozando de buena salud; aunque muchas veces se confunde el genuino amor por la música en directo con la sospecha de servir como mera excusa para un macrobotellón. Como contrapartida,  el aumento de ventas de vinilos supone un movimiento de resistencia a todo esto, que deja claro que en estos tiempos a cada tendencia le acompaña su movimiento de resistencia.

Por todo eso, resulta tan interesante el mapa musical mundial que puede consultarse en Every Noise at Once. Un invento del ingeniero de la plataforma de datos musicales Echo Nest, Glenn McDonald, que en un intento por organizar toda la información con la que trabajaba se interesó por agrupar canciones según patrones rítmicos para, posteriormente, agregarlas a su género correspondiente.

Una estupenda manera de perder el tiempo, ir pinchando en los géneros, categorías y geolocalizaciones de la web e indagar sobre qué tipo de música copa los primeros puestos. Y es un buen ejercicio, porque en contra de lo que pudiera pensarse, tras dejar claro que el género que más se escucha en general es el hip hop; la creación de McDonald discrimina en cada ciudad lo que la distingue del resto lo cual depara no pocas sorpresas.

Y es que por mucho que se desacralice, que pierda el aura, o que determinadas formas de consumo la maltraten: la evidencia es que no podemos vivir sin música. Solo hay que mirar una vez más a una de las potencias emergentes que más lecciones nos dan en su defensa de las bibliotecas: Corea del Sur.

La Hyundai Car Library de Seul cuenta con una colección de más de 10.000 vinilos, en la que se convirtió tras su inauguración en 2015, en la biblioteca más grande del mundo dedicada a la música. Un alucinante espacio con todos los estilos de música imaginables, que se puede escuchar en tocadiscos disponibles para el público.

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Biblioteca bizarra (#bibliobizarro) 4º aniversario

 

Se han cumplido 4 años desde que en este post, de cara a la Navidad de 2016, lanzamos el reto #bibliobizarro. Un hashtag creado para compartir en redes algunas de esas joyas documentales que reposan, en tantas y tantas bibliotecas: y que requieren de una sensibilidad adiestrada para ser detectadas y convenientemente interpretadas.

 

 

En un rastreo apresurado por Twitter constatamos que el hashtag ha dado señales de vida hasta marzo de 2019. Con menos se le concede el estatus de clásico a según qué cosas. El caso es que la segunda temporada del 2020 (según acertada definición del escritor Miguel Ángel Hernández en un tuit) ha empezado trepidante y no parece que vaya a darnos mucha tregua. Por eso, por conjurar un poco tanto augurio inquietante: apostamos por arrancar el año en este blog con algo ligero.

Además, hace muy pocos días, desde la cuenta de Twitter de la RAE, nos llegaba una buena noticia. Estamos a punto de dejar de estar en pecado, lingüístico, con el uso alevoso y reincidente que llevábamos haciendo del término bizarro:

 

 

El vocablo que ya pasó el prueba del algodón académico en 2017 fue el de postureo. «Actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción«. Así lo describe su entrada. Y se ajusta bastante al uso que del concepto se hacía en sus orígenes angloparlantes. Proviene de poser, una palabra que en inglés venía a describir a aquellos que adoptaban las pintas, perdón, el look de determinadas tribus urbanas sin tener ni idea del discurso que había detrás.

Algo mal visto allá por los 80, cuando lo de la autenticidad aún se tenía en cuenta. Pero cuando, hasta los que entonces se llamaban pijos, llevan camisetas de Los Ramones o del Ché Guevara: está claro que lo de acoplar estética con discurso está más desfasado que decir carroza para referirse a viejuno. Viejuno, por cierto, un término camino de caer en desuso antes incluso de que la RAE inicie los trámites de adopción.

 

 

Precisamente, allá por los 80, la ahora renqueante industria del disco tuvo una de sus épocas gloriosas.  Aún no se atisbaba en el horizonte lo que aquellos simpáticos ordenadores terminarían haciendo con la música, primero. Y las películas, los taxis, las agencias de viajes, los libros y que cada uno sume lo que se le ocurra a la lista: después. Pero como todo vuelve (menos las hombreras como pistas de aterrizaje): los DJ, por un lado, y los (ahora también agotados) hipsters, por otro: han hecho que los vinilos regresen, y cada vez, se vendan más.

Según recientes noticias de la industria del disco, por primera vez en la historia, el vinilo supera al CD en ventas en los Estados Unidos. Una tendencia que ya se dio en el 2019, y que en el año de la pandemia, en el año en que el consumo digital se ha elevado a cifras jamás alcanzadas: se consolida.

 

 

¿Hacemos una lectura oportunista? Este ansia por la fisicidad de la cultura ¿tendrá algo que ver con el ansia por el contacto físico? ¿Necesitamos lo tangible después de tanta comilona digital? ¿Estamos precisados de abrazos culturalesfiúuuuuu Esto último es un intento de onomatopeya para representar el sonido que hace un vinilo cuando se raya por un golpe imprevisto en la aguja. Una distorsión, una disonancia. Como la de citar en el mismo post la cursilería de «abrazo cultural» junto al concepto de bibliobizarro.

Lo cierto es que hasta Netflix le está viendo las orejas al lobo. Lejanas, pero visibles, vacuna mediante. Las ganas acumuladas, reprimidas, confinadas (al menos por parte de los que cumplimos con las recomendaciones sanitarias) por salir de la estricta dieta digital que estamos llevando amenaza con provocar una caída de suscripciones. Y como decíamos en Teletrabajo, telebiblioteca: ahí deberían estar las bibliotecas: capitalizando ese deseo, esa necesidad.

 

 

El caso es que la liturgia del vinilo, el fetichismo de su diseño, todo aquello que los que vivieron los 80 (y décadas previas) reconocían como el placer del melómano, ha vuelto. Una reacción a la falta de respeto con que se consume la música. Pero como todo en este tiempo, este revival no está exento de postureo.

Según un estudio realizado en el Reino Unido, hace unos años: el 48% de las personas que compraban vinilos tenían tocadiscos pero no lo usaban; y el 7% ni siquiera tenía tocadiscos, ni pensaba adquirir uno. Sorprendente, ¿no? Bueno depende de cómo se mire, según el mismo estudio, las razones provienen del placer de disfrutar del diseño de los discos, de su valor como objetos bellos; y por otro lado, su simple afán de coleccionar.

 

 

Tras la muerte de Umberto Eco, circuló por las redes un vídeo en el que una cámara le seguía mientras recorría todo el piso que había consagrado a su biblioteca. Un placer para cualquier bibliófilo, y un sueño/pesadilla para cualquier bibliotecario que tuviera la suerte de recibir tan impresionante legado en donación. ¿Se habría leído todos los libros que atesoraba en su biblioteca el gran Eco? En su caso, nadie se atrevería a hablar de postureo, dada su talla intelectual. Pero, ¿cuánto de fetichismo habría en ese coleccionar libros y libros sabiendo que, probablemente, no llegaría a leérselos todos?

Un libro, por miles que se tengan, siempre es susceptible de ser leído: un disco sin tocadiscos, es un absurdo. Pero siempre se puede interpretar como algo positivo, y sobre todo, muy humano.

 

 

Es la añoranza por un cierto ritual, por alguna forma de liturgia (comprar el disco, desprecintarlo, colocarlo con cuidado en el plato, coger la aguja, ponerla en el surco, y escuchar las primeras notas mientras se contempla las fotos del interior, se leen las letras, y los más apasionados, hasta los créditos). Es, en cierto modo, una nostalgia de pequeñas ceremonias de las cuales, lo digital, nos ha ido privando. Y ahora, hasta los nacidos en un tiempo sin tocadiscos, añoran algo que no vivieron y compran vinilos.

Los datos sobre la cultura en pandemia son demoledores. Pero en medio del desastre, el libro ha mantenido el tipo más que honrosamente. Deseando estamos ver el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros del 2020. Va a resultar de lo más jugoso. De hecho, cuando se convierta en trending topic, deberíamos exigir que a las bibliotecas se les reconozca de, una vez, el papel decisivo que han jugado en esos datos.

¿Se mantendrá la tendencia cuando se alcance la anhelada inmunidad de rebaño? Como dicen los metereólogos a cuenta de Filomena: no hay precedentes. Pero los datos apuntan muy, muy prometedores. Y además, por parte de los David del mundo del libro. Según la información que proporcionan las librerías reunidas en la plataforma Todostuslibros.com: la adquisición de libros en papel en librerías le planta cara al Goliat de Amazon. Los datos pintan halagüeños.

¿Será un efecto rebote pospandémico? ¿En el fondo somos conservadores a la hora de consumir música (y por eso añoramos los vinilos), y a la hora de leer? No, simplemente es que los cambios, pese a lo vertiginosos que puedan parecer, no son tan fulminantes como algunos predicen. Algo negativo en según qué casos; pero en cambio, positivo cuando hablamos de cultura.

Según relataba Bob Stanley, en su estupendo ensayo Yeah, yeah, yeah, la historia del pop modernoEn 1978, como reacción al éxito que tenía la música disco en las listas de éxitos, medios como la revista Rolling Stone (guardiana de las esencias del rock) anunciaba en sus páginas camisetas con frases como «Muerte a la música disco«, «Mata a los Bee Gees«.

Ese mismo año,  en un estadio de beisbol, incluso se llegó a celebrar un «derby de demolición de la música disco«. Hordas guardianas de las esencias del rock contemplando la explosión de un contenedor con 10.000 discos mientras los espectadores gritaban: ¡El disco da asco!

Aquellos espectadores que, cual asaltantes del Capitolio musical del momento: defenestraban la música disco: entrarían en depresión al comprobar que, cuarenta años después, Future nostalgia de Dua Lipa, arrasa reivindicando ese género. Never say never again. Por eso recuperamos el hashtag #bibliobizarro en el primer post del 2021. Probablemente sea el adjetivo que mejor lo vaya a definir ahora que la RAE parece dispuesta a ampliarlo con el significado de extraño, extravagante.

 

Portada del disco Future Nostalgia de Dua Lipa. Tenía que suceder. La industria de la nostalgia lo ha llevado todo tan al extremo que los millennials añoran un futuro de aires retro.

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

¿Quién le canta a Cervantes?

Hace unos días saltaba a los medios la noticia sobre el hallazgo del que podría ser el primer ejemplar de una obra de William Shakespeare en España. La tragicomedia The Two Noble Kinsmen, escrita alimón entre John Fletcher y el bardo de Avon, fechada en 1634 ha sido localizada por el profesor John Stone entre los fondos del Real Colegio de los Escoceses de Salamanca.

 

Shakespeare y Cervantes unidos por los prodigiosos trazos de Fernando Vicente.

 

Casi de manera paralela, en la edición española ‘The conversation’, el catedrático de Literatura Española e Hispanoamericana, Manuel Ángel Vázquez Medel: denuncia el uso tendencioso e irrespetuoso de la herencia cervantina para apuntalar discursos contrarios a su espíritu. En su título hace expresa su denuncia: Cervantes no sirve para todo.

El caso es que la actualidad, una vez más, hace que los dos genios literarios del siglo XVII vuelvan a cruzarse más allá de la fecha de su muerte. En el 2016, la cultura y el mundo bibliotecario, en especial, vivió intensamente el aniversario de la muerte de ambos. Como no podía ser de otro modo, aquella efeméride, también tuvo su polémica. En nuestro país, claro.

 

El aniversario de Cervantes utilizado también para hablar de la pandemia y de paso atizar políticamente a los contrarios.

 

Una frase camino del tópico: «Si Shakespeare viviera ahora sería guionista de televisión»

Que si los homenajes a nuestro escritor más célebre no iban a estar a la altura; que si, una vez más, quedaba de manifiesto el desinterés por la cultura en nuestro país.

Nada nuevo bajo el sol. Para alimentar el pan nuestro de cada día de rifirrafes políticos: tanto vale una trama de espionaje financiada con fondos reservados que dos insignes literatos.Cuatro años después no vamos a hacer balance retrospectivo. Las polémicas interesadas caducan rápido: pero los autores del Quijote o Macbeth están por encima de todo ese ruido y furia.

Pero sí que vamos a compararlos. No sus obras, talento, ni trayectorias. Para eso ya hay excelentes estudios al respecto. Aquí siguiendo una tónica habitual marca de la casa nos preguntamos: ¿quién está más integrado en la cultura pop contemporánea: el inglés o el español?

 

El año del 400 aniversario de la muerte de ambos, el músico neoyorquino Rufus Wainwright lanzó su disco: Take All My Loves: 9 Shakespeare Sonnets. Lo hizo con la colaboración de otros cantantes y actores, que interpretaban y declamaban, los sonetos shakesperianos musicados y arreglados por él en colaboración con la BBC Symphony Orchestra. Y a raíz de esto nos preguntamos: ¿quién le canta a Cervantes?

Shakespeare está muy presente en la cultura popular del mundo anglosajón. La adaptación de sus obras al cine se mantiene de forma más o menos periódica, el espíritu de sus creaciones es invocado en muchas ficciones que arrasan o ha arrasado recientemente (Juego de tronos, Los Soprano, House of cards, El Rey León…): lo shakesperiano mantiene una vigencia que sigue ampliando su eco generación tras generación. Pero: ¿qué pasa con Cervantes? Siendo su Quijote la novela moderna por antonomasia: ¿se puede decir lo mismo del mundo cervantino?

 

Shakespeare-patito de goma para el baño

 

A Shakespeare lo hicieron pop nada más surgir la cultura de masas que definiría el siglo XX, y sigue resonando en el XXI. Que la obra cervantina por excelencia ha inspirado ballets, óperas, musicales, zarzuelas, cine, series, dibujos animados, no lo vamos a descubrir aquí (más que nada porque en esta web del Centro Virtual Cervantes viene un resumen insuperable).

Las comparaciones son odiosas: pero ahí va la deducción de Perogrullo ¿podría ser que Cervantes fuera menos pop que Shakespeare? 

 

Cualquiera que haya parado en un bar de carretera de La Mancha, y haya visto los souvenirs quijotescos más kitsch imaginables atiborrando escaparates: podría acusarnos de plantear un debate que nace agotado. Pero precisamente por eso.

Mientras que el Quijote queda para souvenirs kitsch, Shakespeare da también para canciones pop y ficciones de rabiosa actualidad. ¿No será que no se ha profanado lo suficiente la obra cervantina?, ¿cómo es que el espíritu tan rabiosamente moderno de El Quijote no tiene más peso en la cultura tan superficialmente profunda, o profundamente superficial, de hoy día? La mayor falta de respeto a un clásico es que cada nueva generación no lo saquee alegremente. El bigote sobre la Gioconda que dibujó Duchamp fue el mejor ejemplo de la vigencia icónica del cuadro de Da Vinci.

 

 

Tal vez sea que aunque hayan alcanzado, como iconos globales, similares niveles de kitsch (souvenirs y demás atentados estéticos variados, mediante); el inglés tenga una dimensión más pop que Cervantes. El estereotipo quijosteco sigue siendo propiedad de la academia, de lo docto, de lo serio: lo cual ha hecho que su impronta en la cultura de masas actual no sea tan acusada.

Metidos en faena, sólo hay que comparar un poco los ecos de ambos en el pop de las últimas décadas para hacerse una idea.

Nada menos que The Beatles en 1967 ya “filtraron” El Rey Lear en su tema I am the Walrus; y desde ahí todo fue un sin parar: Elvis Costello,Lou Reed, Radiohead, The Smiths, Bob Dylan, o bandas que ya le homenajeaban desde su propio nombre:  Titus Andronicus o Shakespeare sisters.

En el repertorio pop cervantino nos encontramos otro tipo de intérpretes. [Inciso: a partir de aquí el texto está minado por enlaces de cuyos impactos al pincharlos no nos hacemos responsables. Pero sin cuyo visionado, aunque sea un fragmento, se pierde mucho de este post].

 

Desde nuestro galán latino por excelencia, Julio Iglesias, con su patriótico Quijote, con bandera gualda en frenético ondear de fondo; a grupos ochenteros efímeros como los franceses Magazine 60 y su inenarrable Don Quichotte en estilo high energy.

Seguimos subiendo de nivel. El astro adolescente británico Nik Kershaw, que mezclaba sin sonrojo alguno a Dalí con bailarinas de samba y flamenco alrededor de su sufrida versión del hidalgo; pasando por la cantante eurovisiva Dana Internacional  encarnando a una Dulcinea del Toboso de lo más diva.

Nos dejamos en el teclado muuuchas otras muestras, pero es justo terminar con algo más reciente, y algo menos chirriante como el homenaje de Coldplay (el de la banda rumana de hip hop Doc & Motzu y su Doc Quijote, deja tan mal cuerpo, que lo dejamos al criterio de cada cual).

El disco del inolvidable Drácula cantando el Quijote: insólito pero cierto

En los 70, los cantautores de la pana hicieron que, para muchos: los poemas de Machado, Miguel Hernández, Alberti o Lorca: se hicieran casi indisociables de las melodías que crearon para ellos.

Desde entonces, salvando casos aislados como Loquillo y sus trabajos con poemas de Luis Alberto de Cuenca o Gil de Biedma: la otrora fecunda simbiosis entre poesía y música pop no se prodiga mucho que digamos.

Visto lo visto, no sabemos si sería mejor abogar porque se siga leyendo a Cervantes; y no tanto porque se le cante.

Para cerrar, sin ningún ánimo de enfrentar al genio inglés con nuestro genio patrio, es justo que cerremos rizando el rizo con un clásico del pop autóctono a costa de la obra del bardo de Avon.

Todo un vídeo digno del programa Cachitos de hierro y cromo que deja claro que en esto del dislate pop ningún inmortal queda indemne.

 

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Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Biblioteca remix

De todas las disciplinas, la música, es la más libre. Incluso en la fábrica de salchicas musicales que domina el mercado: la música sigue siendo el arte más inmediato para practicar de manera rápida y contundente la experimentación.

Hace unos meses la innovadora/cansina, sublime/intensa, emocionante/redundante Björk, icono de la experimentación en lo musical y visual desde los 90: recitó un poema de Antonio Machado en el último disco, KiCk i arca (2020), de la ultramoderna Arca. La cantante y productora venezolana, precisamente en su último trabajo, deconstruye un reguetón hasta convertirlo, musical y visualmente, en un puzle irresoluble. Trabajo en el que, por cierto, también colabora la ubicua Rosalía.

 

 

La música electrónica, frente al conservador rock o al efervescente, pero sumiso al estribillo, pop: es uno de los géneros más proclives a la experimentación. Pero términos como freestyle, jam session o avant-garde se conjugaron, musicalmente hablando, en el jazz. Frente al academicismo pautado de la música blanca, la población negra estadounidense en los albores del XX: dio forma a una música libre, sin cánones fijos, ni normas: que está en la base de la música occidental contemporánea.

Conjugar estilos, improvisar, mezclar estilos, deconstruir tradiciones para volverlas a ensamblar, tantear nuevos territorios sin miedo a la disonancia. Conceptos todos que se asocian al jazz pero que igualmente se pueden conjugar con las bibliotecas.

A principios de este raro, raro, raro 2020, en la ciudad francesa de Montluçon, se reinauguró la Mediateca Boris Vian.

Que el forzoso parón al que nos está sometiendo esta pandemia supone una oportunidad para replantearse servicios y, si se puede, remodelar espacios: ya lo hemos dicho en algún que otro post. Si esta situación está acelerando los cambios de la revolución digital: otro tanto se puede decir de las bibliotecas.

Boris Vian, el escritor, músico, ingeniero, poeta, dramaturgo, periodista… adoraba el jazz. Su afección pulmonar le obligó a retirarse de su pasión por la trompeta. Pero ejerció de cicerone de Miles Davis en su visita trascendental al París de los 50. Ese París en el que se daba más que nunca esa mezcla francesa entre lo foráneo, lo novedoso, lo talentoso extranjero y la creatividad permeable gala. Y que tan bien retratan Salva Rubio y Sagar en el exquisito cómic Miles en París (2019).

 

Juliette Gréco y Miles Davis: una historia de amor fugaz en el París más vanguardista.

 

Con ese nombre, la Mediateca de Montluçon, no podía ser acomodaticia. Y aprovechando estas circunstancias tan desfavorables en tantos sentidos: han remodelado su oferta cultural. El centro ha ampliado sus servicios ofreciendo una biblioteca de arte, una sala para videoconferencias o un espacio de realidad virtual.

La biblioteca de arte o artoteca incluye entre 200 y 250 obras especialmente orientadas a los jóvenes. Ante el auge definitivo de las videoconferencias y demás eventos virtuales a los que nos ha abocado la situación: la mediateca ha optado por crear una sala para videoconferencias para todo tipo de públicos (empresas y asociaciones incluidas).

Se trata de habilitar los espacios para que nuestra vida digital no se desarrolle solo en nuestros hogares o móviles: sino que merezca la pena moverse para desarrollarla también en la biblioteca. Puede que nuestra atención esté en Matrix pero nuestro físico en la biblioteca. De ahí que también hayan habilitado un espacio de realidad virtual. De ese modo los jóvenes (y no tan jóvenes) a través de los cascos de realidad virtual: podrán, por ejemplo, perderse en un cuadro de Van Gogh o visitar el Palacio de Versalles.

 

¿Qué es una canción? , ¿qué es una biblioteca? Versionémoslas las veces que haga falta. Es tiempo para experimentar, reinterpretar, arriesgar. Cada cual según sus capacidades y circunstancias. Salga lo que salga, prospere más o menos nuestra idea sobre lo que queremos para las bibliotecas: más raro que lo ya tenemos no va a ser.

¿Alguien podía imaginar un escenario más extraño que las salas de las bibliotecas llenas de catenarias delimitando circuitos cual puertas de embarque en un aeropuerto? ; ¿sillas y estanterías clausuradas con las cintas que se usan para acotar la escena de un crimen? ; ¿mamparas dificultando la comunicación entre usuarios y bibliotecarios? Después de esto la capacidad de nuestro público para aceptar lo insólito con total naturalidad estará más que ejercitada. Versionemos como hace la youtuber Hildegard von Blingin.

 

Lady Gaga en estilo medieval.

 

La youtuber toma su nombre de Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) una de las primeras mujeres compositoras. Y ha ganado relevancia en redes por versionar algunos de los hits más célebres de las últimas décadas al gusto medieval. Lana del Rey, Dolly Parton, Radiohead o Lady Gaga ya tienen algunos de sus temas adaptados a la instrumentación y modos de los cortesanos del siglo XII.

Esta ilustradora y diseñadora de películas es una entusiasta de la ficción histórica y de la fantasía de inspiración medieval. De su amor por la Edad Media y sus estudios de canto clásico nace su proyecto. Un proyecto que no se limita a versionar musicalmente los temas sino que modifica los textos para adaptarlos al tiempo que recrea.

 

 

Pero para cerrar este post sobre versiones musicales y bibliotecarias no nos quedamos en la Edad Media. Nos quedamos con una mirada diferente a un género algo menos clásico. Justo lo que pretendemos hacer con las bibliotecas: observarlas desde todas los ángulos posibles para descubrirles perspectivas insospechadas.

Lidia García, más conocida en redes como The Queer Caní Bot, se define en su perfil de Twitter como: «bollera, coplera y de clase obrera» Esta investigadora desarrolla su tesis doctoral en la Universidad de Murcia sobre estética kitsch, imaginario cañí y género en la cultural visual digital. Sus podcasts ¡Ay, campaneras! demuestran las infinitas lecturas que duermen en géneros muchas veces despreciados o siempre abordados desde los mismos puntos de vista. 

The Queer Cañí Bot disecciona desde el amor por la copla todo ese universo de pasiones desatadas, conservadurismo, marginalidad y papel cuché. Y con ello nos inspira a que hagamos otro tanto con las bibliotecas públicas. Esas folclóricas de la cultura que cada vez, afortunadamente, demuestran menos verguenza a la hora de mostrarse.

 

 

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Bibliotecas a ritmo de trap y reguetón

 

Si en Bibliotecas ¿agentes de la gentrificación? hablamos del aburguesamiento urbanístico de las ciudades y del papel que las bibliotecas juegan en él. En este post partimos de la gentrificación para hablar de asuntos diferentes, pero en el fondo, no tan distantes.

Gentrificación proviene del término inglés gentry (clase social noble media o baja); pero al castellanizar la palabra pareciera que se le añadieran ecos de geriátrico. Y sirviera tanto para aplicarlo a ciudades, como a la cultura en general.

 

 

Ensalzar algo sin menospreciar no está en el espíritu de los tiempos. Si no denigras los gustos de alguien: la defensa de las bondades de lo que defiendes, resultan insuficientes. Flaco favor, en todo caso, para el objeto de devoción. Dios me libre de mis fans que de mis detractores ya me defiendo yo. Pero algo así es lo que ha puesto en práctica la periodista Paula Corroto en un reciente artículo para ‘El confidencial’.

Hacía tiempo que el término marujas (tan habitual en los 80) había perdido fuelle. Pero, gracias a Carroto, las marujas vuelven a la palestra con toda su carga de desprecio a cuestas. Jane Austen es de marujas, la escritora moderna y progresista es Georges Eliot: así ha titulado la periodista su artículo, en el que celebra la figura de la escritora inglesa George Eliot, en el bicentenario de su nacimiento. Sin duda los clickbaits que habrá cosechado le compensarán de las animadversiones y críticas que acumula en los comentarios.

 

El libro de Cristina Morales con un discurso provocador, y supuestamente antisistema, que ya acumula dos de los premios más prestigiosos del estableshiment cultural de nuestro país.

 

Un artículo, el de Carroto, que coincide en el tiempo con una entrada en el blog de la crítica de televisión Diana Aller: a cuenta de los realities televisivos con otro título también llamativo: No lo llaméis basura es clasismo.

En él, Aller parte del consumo de contenidos televisivos a través de plataformas de pago y de las cadenas generalistas en abierto: para dibujar los clasismos culturales entre los que nos movemos.

Por un lado, las clases populares, que acuden en masa mayoritariamente a Mediaset, para consumir realities, talents, magacines, en definitiva, lo que se da en llamar telebasura. Y por otro, los integrantes de esa clase media que se identifican con las tramas de las series de HBO, Netflix o Amazon: en un deseo aspiracional de verse reflejados, de resultar cool, de ser guays.

Aller viene a afear la actitud condescendiente y, profundamente clasista, de críticos y clase media. Un grupo social, la clase media o burguesía, que siempre ha concentrado el desdén de los intelectuales. Ya Theodoro Adorno, que en esto de analizar la cultura es referente inexcusable: decía en uno de los capítulos de su obra Mínima moralia (titulado ‘El burgués que regresa’): «los burgueses sobreviven como fantasmas que anuncian calamidades».

 

Lo burgués, culturalmente, nunca ha tenido buena fama. El clasismo cultural tiene sólidas estructuras que lo sustentan de una clase a otra. De la aristocracia/intelectualidad a la clase media/burguesía, y de ésta a las clases bajas. Los gustos culturales como signo de distinción/exclusión siempre han necesitado del demérito de otro grupo para hacerse valer. Las vanguardias siempre han despreciado a los burgueses y su domesticado buen gusto. Unas vanguardias, en las que en primera línea, siempre se han estado los hijos rebeldes de familias acomodadas.

En los años 70, la hija de un diplomático neerlandés, Gloria van Aerseen; y la bisnieta del pintor Eduardo Rosales, Carmen Santoja: formaron un dúo musical con personalidad propia. Con un estilo único, en lo musical pero sobre todo en las letras, en las que la ironía y el humor estaban muy presentes: Vainica Doble influyeron en muchos de los grupos que surgirían en los 80. Por ejemplo, Carlos Berlanga, alma junto a Nacho Canut, de los Pegamoides o Dinarama: versionó su canción La funcionaria.

 

 

Un puesto de funcionario para sus hijos era el deseo de muchos padres de esa clase media/baja que intentaba prosperar en los 70 y 80. Y ese futuro de grisura y estabilidad laboral no casaba bien con la imagen de inconformismo y bohemia que querían proyectar los modernos de la Movida.

Así que temas como La funcionaria asesina o La cajera del fabuloso tándem Berlanga/Canut: ahondaron en esos contrastes. Unos contrastes que también se daban entre los propios miembros de la escena del Madrid de los 80.

Sin ir más lejos, Pedro Almodóvar, empezó su carrera como cineasta compatibilizándola con su puesto como funcionario en Telefónica. Almodóvar era hijo de un arriero manchego; mientras que su amigo Carlos Berlanga, era hijo del gran director de cine; y Nacho Canut era hijo del médico del actual rey emérito. El talento, en ocasiones, supera clases sociales.

 

Pedro Almodóvar, del brazo de su madre, pasea una vez alcanzado el éxito por su pueblo entre aplausos de sus vecinos.

 

Precisamente ahora estamos viviendo algo similar, pero en sentido contrario. El trap y el reguetón son los dos géneros musicales y estéticos en los que se ubica un amplio sector de los jóvenes de los 2000. Pero, lejos de esas vanguardias de tiempos pasados en las que al frente estaban los hijos díscolos, o más inquietos artísticamente, de familias bien situadas: en este caso sus principales representantes se esfuerzan por aparentar que provienen de las clases sociales más desfavorecidas. Una marginalidad que, una vez se repasan los orígenes de algunos de sus representantes, por ejemplo la Zowi o Bad Gyal: queda un tanto en entredicho.

El caso es que los necesitados de desmarcarse del buen gusto burgués ya los reivindican como el nuevo punk. El clasismo cultural opera en todos los sentidos. Lo cual no deja de ser agotadoramente pueril, o perversamente práctico, para preservar los compartimentos estancos de cada grupo social.

El año pasado el profesor de filosofía Josep Soler publicó su libro: Dame reggaetón Platón: una historia de la filosofía en 15 lecciones. Y hace unos meses, el doctor en filosofía Ernesto Castro lanzaba: El trap, filosofía millennial para la crisis en España.

Así que se puede decir, que aunque solo fuera en formato libro, el reguetón y el trap están presentes en muchas bibliotecas. De ahí al aburguesamiento solo hay un paso.

 

Yung Beef, el músico de trap que aparece en la portada del libro de Ernesto Castro, denunció a la editorial por hacerle una caricatura. No sabemos si porque no le pagaron por usar su imagen; o porque aparece en la portada de un libro de filosofía.

Hace unas semanas, a través del siempre interesante blog Open culture, teníamos noticia del Archivo Internacional Dada de la Universidad de Iowa. Dicho archivo reúne, y da acceso digitalmente, a una rica colección de publicaciones en torno al movimiento vanguardista capitaneado por figuras como Tristan Tzara, Marcel Duchamp o Hugo Ball, entre otros.

Josh Jones, el escritor y músico, autor del artículo recuerda lo que significó el movimiento dadaísta como revulsivo cultural; y lo hace lanzando arpones a la quilla del momento cultural que estamos viviendo actualmente. Jones invoca el espíritu contestatario y revolucionario de los dadaístas como un ejemplo de subversión de lo establecido.

 

 

Pero ¡ay! pese a sus buenas intenciones no puede más que constatar, que al igual que pasa actualmente con cualquier movimiento cultural, por muy contracontracontra cultural que se declare: el dadaísmo, también terminó en sitios que nada tenían que ver con ese inconformismo que lo alimentó. Y entre esos lugares están las bibliotecas. O los archivos, como en el caso de Iowa: que a efectos prácticos viene a ser lo mismo.

Como escribe Jones: «los inicios de Dada no fueron los inicios del arte sino del asco «con la cultura osificada de los buenos, buenos burgueses». Jones recoge las palabras del poeta Hugo Ball:

«Para nosotros el arte no es un fin en sí mismo. Es una oportunidad para la verdadera percepción y crítica de los tiempos en que vivimos»

 

Bad Gyal, de panadera a trapera.

Todo este armazón intelectual del muy instintivo asco que el buen gusto burgués producía en los díscolos dadaístas generó numerosa producción editorial.

Revistas, libros, folletos, manifiestos, etc: que terminaron recopilados, depurados, limpiados y conservados en las asépticas y ordenadas baldas de muchas «bonitas, bonitas y burguesas» bibliotecas. Y gracias a la labor de esos bibliotecarios, un siglo después, el legado dadaísta sigue accesible.

¿Llegarán a dejar un legado perdurable el reguetón y el trap en las bibliotecas? Solo el tiempo lo dirá. El hip hop ha evidenciado sus conexiones con las bibliotecas en más de una ocasión. Y es que toda manifestación cultural es competencia de unas instituciones que aspiran a convertirse en auténticas casas de la cultura del siglo XXI. El clasismo cultural no tiene cabida en las ‘bonitas, bonitas y burguesas’ bibliotecas públicas.

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Sarah Connor, después de Terminator 2, se hizo bibliotecaria

 

En la última desfibrilacion que la industria de Hollywood le ha hecho a la saga Terminator, el hecho de recuperar a Linda Hamilton, hizo albergar alguna esperanza sobre que el paciente mejorara. Pero ni el regreso de la originaria Sarah Connor ha evitado el fracaso de esta nueva entrega.

 

Sarah Connor en Terminator 2 (1991) y veintiocho años después.

Scorsese, de nuevo de actualidad por su película para Netflix, y por sus declaraciones despreciando el cine de superhéroes. Opiniones a las que se sumaron otros clásicos como Coppola. Conflictos intergeneracionales de una industria.

 

La churrería en la que se ha convertido gran parte de la oferta de Hollywood no se caracteriza por el riesgo argumental. Y ese conservadurismo pasa factura con un público, al que las televisiones de pago: están tratando como adulto en esta edad dorada de las series.

Si de verdad la saga Terminator hubiera sido fiel al espíritu de la originaria de los años 80: el personaje de Sarah Connor no habría regresado como una iron woman de 60 años.

Lo realmente consecuente con la idea de preservar a la humanidad frente a la amenaza de una tecnología belicosa y desatada (que daba consistencia argumental a la primera) habría pasado por convertir al personaje de Hamilton en bibliotecaria.

Que luego cogiese las armas o no, por aquello de la espectacularidad exigible a todo blockbuster: es otra historia. Pero Sarah Connor, tras sus extenuantes aventuras en las dos primeras entregas de la saga: habría decidido ser bibliotecaria.

 

El futuro Terminator empapándose del conocimiento humano para poder cumplir su misión en la Tierra.

 

¿Dónde encuentra refugio, sino, ese concepto de humanidad al que apelan todas las epopeyas de ciencia ficción literarias o cinematográficas? Claramente en las bibliotecas. Pero si de inteligencia artificial, robots, cíborgs e inquietante futuro digital hablamos: apuntemos el foco a donde se está cociendo todo. A Silicon Valley.

En la trilogía Geopolítica bibliotecaria, cual película de James Bond, dimos una apresurada vuelta al mundo para tomar el pulso a la situación de las bibliotecas. Pero en ese periplo nos dejamos sin apuntar al destino que más tiene que decir sobre el futuro que nos espera. Y la pregunta surge sola. ¿Hay bibliotecas en Silicon Valley? Recurramos, una vez más, a la tecnología para luego criticarla una vez nos haya resuelto la papeleta. Así de ingratos somos los humanos: libraries+Silicon Valley en Google.

 

Espacio selvático en medio de una de las oficinas de Google para el relax y la lectura.

 

El rancho/ parque de atracciones Neverland de Michael Jackson.

Silicon Valley, más que un lugar geográfico que hasta donde sabemos (porque no hemos ido) es real: es un estado mental. Por eso tanto nos da que las oficinas que hemos rastreado de Google, Facebook u otros grandes del valle siliconado: estén en California, en Dublín, Tel Aviv o Singapur.

Estén donde estén: Silicon Valley ya es el mundo, no porque lo represente, sino porque lo domina. Y podemos afirmar, a tenor de los resultados que nos devuelve Google Imágenes: que sí, que en las oficinas de los gigantes de Silicon Valley, hay bibliotecas.

Lo habitual cada vez que algún reportaje en los medios husmea en los cuarteles generales de Google, Facebook o Amazon, pero sobre todo de Google: lo que se muestra son espacios hipermodernos, divertidos, casi parques de atracciones más que oficinas. Lugares en los que trabajar pareciera una fiesta continua. Lo cual, dado el nivel de exigencia para con sus empleados, los hace más inquietantes que el rancho Neverland de Michael Jackson. Y lugares, en los que las bibliotecas, en la mayoría de los casos, parecen estar presentes.

 

Biblioteca en las oficinas de Google en Dublín.

Biblioteca en las oficinas de Facebook en Seattle.

Biblioteca de las oficinas de Facebook en Malasia.

Marc Andreessen, fundador de la empresa de inversión de riesgo en tecnología más importante de Silicon Valley.

 

Comparamos las imágenes de algunas de las oficinas de Google,  la empresa con más fama de sedes guays, que aparecen en un artículo de Webespacio.

Lo primero que llama la atención es lo convencionales, en comparación con los demás espacios, que resultan sus bibliotecas. No decimos que sean feas, no lo son. Pero en comparación con el alarde de fantasía decorativa del resto: se ajustan bastante a la idea convencional de lo que es una biblioteca.

¿Será que las bibliotecas ya son tan modernas que no hay manera de reformularlas al estilo googleniano? ¿O será que un punto vintage en medio de tanta superficie ultramoderna resulta entrañable? ¿Leerán los libros que hay en las estanterías o serán bibliotecas ornamentales? ¿Son simples decorados con los que darse pisto?

Pero si hay una biblioteca en Silicon Valley que resulta de lo más llamativa esa es la de empresa inversora de capital de riesgo en tecnología: Andreessen Horowitz. Que una sociedad dedicada a invertir en star-ups, redes sociales, videojuegos, comercio electrónico y, en general, en empresas de software: reciba a los visitantes con una biblioteca en el vestíbulo de más de 800 libros de papel: podría considerarse una inversión de alto riesgo. O un toque de distinción que marca la diferencia.

 

Biblioteca-recibidor de la sociedad de inversión de riesgo en tecnología Andreessen Horowitz.

 

Musk ha advertido, en numerosas ocasiones, de los peligros de un desarrollo sin control de la IA. Y uno de sus libros de cabecera en ese sentido es el de Nick Bostrom.

Otra figura detrás de algunas de las empresas más ambiciosas de Silicon Valley, como es el magnate Elon Musk, declaró en una entrevista a ‘Rolling Stone’: “Me criaron los libros. Libros, y luego mis padres». En cambio, resulta llamativo que en las fotografías de las oficinas de sus numerosas empresas (PayPal, Tesla Motors, SpaceX, OpenAI, SolarCity…): no aparezcan fotografías de bibliotecas físicas.

Puede que en la ecuación de Musk para cambiar el mundo y la humanidad en sentido drástico: no entre el concepto biblioteca en sentido clásico. De hecho, a Elon Musk, le debemos uno de los proyectos de futuro más alucinantes en torno a las bibliotecas. La creación de bibliotecas en la Luna y en Marte en las que, a través de los cristales de datos Arch, se preserve el conocimiento humano. Y es lógico que, cuando uno está pensando en replicar la civilización humana en otros planetas: no atienda a cuestiones decorativas por muy culturetas que queden.

Con lo que no contaba Musk, en sus previsiones, es con que una china golpeando en el punto exacto: puede romper la luna en mil pedazos.

 

 

Portada del próximo disco de Grimes: Miss Anthropocene.

Bueno, por ser algo menos torticeros, diremos que no fue una china (de chinarro) la que agrietó los indestructibles cristales del último coche electrónico lanzado por Tesla. Fue una bola de metal, pero las grietas que dejó resultan reconfortantemente humanas.

Grietas en la superficie acerada de ese discurso ensimismado en las maravillas de la tecnología en el que tanto nos extraviamos con frecuencia. Algo en lo que la novia de Elon Musk incurrió no hace mucho.

La cantante, compositora y directora de alucinantes vídeos musicales Grimes: está muy implicada en el desarrollo de las nuevas tecnologías. Tanto en su música e imaginario visual, como a título íntimo, por su relación con el poderoso propietario de Tesla. Un poco de crónica rosa de Silicon Valley siempre viene bien.

Pero por lo que Grimes ha levantado revuelo en los últimos días no ha sido por su vida sentimental. Han sido sus declaraciones, en una entrevista, sobre el futuro de la música:

«Siento que estamos en el fin del arte, el arte humano. Una vez que la Inteligencia Artificial domine totalmente la ciencia y el arte […] será mucho mejor que nosotros haciendo arte»

 

Grimes esperando el futuro.

 

Cuando hablamos de cultura y tecnología hay que fijarse siempre en la industria de la música. Fue el primer sector en verse tocado y hundido por el auge de Internet, y detrás, hemos ido el resto.

Por eso el debate que han provocado las declaraciones de Grimes resulta de lo más oportuno. La cantante Zola Jesus ha acusado a Grimes de ‘ser la voz del privilegio fascista de Silicon Valley‘. Según esta cantante de ascendencia rusa, hay que defender la necesidad del ser humano por crear arte.

Pero la replica más interesante ha venido por parte de la artista Holly Herndon, experta en música y tecnología, cuyos comentarios al respecto recogen en ‘Jenesaispop‘:

«a ella lo que le preocupa [a Herndon] que ciertas “empresas transnacionales nos entrenen para entender la cultura como si fuéramos robots […] La artista apunta que la tecnología “debería permitirnos ser más humanos y expresivos”, y aboga por el concepto de “música interdependiente”, que una a seres humanos e inteligencia artificial». 

 

Lo dicho: un debate apasionante, necesario, y en el que no estamos hablando solo de música. Y al que, para terminar hilvanando el post, no nos resistimos a añadir nuestra contribución.

 

Si de verdad se quiere confrontar a la Inteligencia Artificial a un reto que la llevaría al cenit evolutivo o a su colapso: aquí tenemos el test definitivo. Solo dos palabras: Ojete calor. El dúo de subnopop patrio que mayores cortocircuitos neuronales y electrónicos puede llevar a provocar en mentes, sean humanas o artificiales.

Ellos, visionarios, ya cantaban en Cuidado con el cyborg (Corre Sarah Connor): el aviso que lo resume todo. Todos somos Sarah Connor y a todos nos persigue el ciborg. No sabemos aún si será un Terminator bueno o malo. Pero a todos nos pisan los talones.

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Bibliotecas de festival

 

Por mucho que se ha hablado de la burbuja festivalera lo cierto es que el panorama de festivales de música en nuestro país sigue pujante pese a la inflación de citas que se replican acá y allá. La herida que Internet infligió en la industria musical sigue supurando: pero los músicos, gracias al boom de los conciertos en vivo, han visto una salida a la caída de ingresos en la venta de discos. Una fórmula, la de los festivales, que ha encontrado un filón en las condiciones climáticas y ambientales idóneas de nuestro país, pero que no conoce fronteras, cuando llega el verano.

En Canadá, el selecto y exquisito festival de música electrónica Bass Coast, se ha ido haciendo un hueco desde que arrancase hace siete años. Su apuesta por un festival para no más de 3.000 personas, que prima la calidad y la atención al detalle frente a los ya masificados como, por ejemplo, el célebre Coachella. Las instalaciones de arte de vanguardia se entremezclan con propuestas musicales y artísticas de la más diversa índole. No podía ser de otro modo porque detrás del Bass Coast se encuentra una bibliotecaria cuyas sesiones reciben nombres tan familiares como el de ‘Book club’.

 

 

The Librarian es el nombre de guerra de la DJ Andrea Graham que junto con Liz Thompson crearon dicho festival. No es de extrañar por tanto que del Bass Coast los críticos destaquen la estimulación inteligente y la sutileza con la que sus creadores promueven la creatividad y la exquisitez en un género, el de la música electrónica, en el que lo comercial ha hecho estragos durante las últimas décadas. Llamándose La Bibliotecaria no podía esperarse menos de ella. Pero ahí terminan las conexiones.

Nos habría encantado descubrir que Andrea Graham empezó su carrera como bibliotecaria y de ahí su apodo como DJ: pero no es así. Lo cual no quita para que ese concepto de festival exquisito y el nickname de su fundadora tengan mucho que ver.

En el número 13 de la revista ‘Infobibliotecas’ ya se habló de las relaciones entre bibliotecas y festivales de música. En el interesante y completo repaso que Silvia Oviaño y Hector Foucé hacían se evidenciaba una falta de mayor implicación de las bibliotecas en los festivales propiamente musicales. Hay colaboraciones cuando se trata de festivales literarios: pero los que convocan a las masas son, en la mayoría de los casos, ocasiones desaprovechadas desde el mundo bibliotecario para visibilizar sus ofertas.

Las editoriales por ejemplo ya lo tienen claro y apuestan decididamente por los festivales musicales. Es el caso de Reservoir Books un sello editorial que, por las características de su catálogo, encuentra un fácil acomodo en el ámbito de un evento musical. El sello editorial incluye numerosos títulos de temática musical, biografías, y cómics, cada vez más cómics. Títulos potencialmente interesantes para los asiduos a festivales. Así por ejemplo, la editorial ha contado con estand el festival barcelonés de Cruïlla.

Uno de los más recientes lanzamientos del sello Reservoir Books: un libro que mezcla la crónica de las giras de bandas omnipresentes del panorama festivalero con una guía de viajes gastronómica por nuestro país.

 

Otra editorial que publica obras susceptibles de captar el interés del público festivalero es Blackie Books. El sello editorial que mejor ha sabido conectar con la escena indie, hipster o _______ (póngase la etiqueta que mejor convenga): ha sido sin duda esta editorial fundada por Jan Martí, también casualmente fundador del grupo de música Mendetz.

«La cultura vende» que concluía un artículo de hace dos años en el portal de la Asociación de Promotores Musicales sobre el aterrizaje de las editoriales en los festivales de música. Y si vende en el caso de las editoriales: ¿por qué no va a ‘vender’ en el caso de las bibliotecas? Con el mapa tan abigarrado de eventos musicales con que contamos en nuestra geografía difícil será que no nos pille algún festival cerca de nuestra biblioteca. Si nos fijamos en los ejemplos de editoriales que hemos mencionado (Reservoir Books y Blackie Books): ya tenemos pistas de por dónde pueden ir los tiros a la hora de abrir vías de colaboración bibliotecas-festivales de música.

 

La novela de Elisa Victoria uno de los últimos éxitos de Blackie Books.

 

Partimos de que en la mayoría de los casos las mismas administraciones de las que dependen las bibliotecas son las implicadas en dar los permisos y ceder espacios, e incluso, partidas presupuestarias (y aquí correremos un tupido velo sobre la posibilidad de que esas inversiones en macro eventos de dos/tres días hayan ido, en algún caso, en detrimento de la cultura de base que son las bibliotecas): para abrir un posible vía de persuasión cara a los políticos de la conveniencia de que las bibliotecas también estén presentes en los festivales.

Pero volviendo a las pistas que nos daban los catálogos de Reservoir Books y Blackie Books: ¿en qué tipo de obras nos interesaría más centrarnos de cara a un festival de música? La respuesta surge sola: en los cómics y fanzines.

Partiendo de la posibilidad de tener un estand de la biblioteca en el espacio cultural del festival: lo más factible sería aprovechar ese espacio para difundir la oferta de la biblioteca pero no quedándose en mero puesto de merchandising/publicidad. Habría que implicar a creadores locales que quisieran el escaparate del festival para difundir sus creaciones bajo la protección de la biblioteca.

 

 

A continuación lanzamos algunas ideas que, sin necesidad de retorcer muchos las cosas en busca de una originalidad forzada, podrían resultar altamente ventajosas de cara a la promoción de los creadores locales, al tiempo, que de la biblioteca en el festival. Dejamos aparte actividades paralelas del festival que pudieran desarrollarse en la biblioteca: para centrarnos en la presencia de la misma en el propio evento. Las actuaciones se concretarían en tres acciones y un posible bonus track:

  • A ritmo de viñetas: esta actividad cruza dos escenas creativas: la escena musical y la cantera de ilustradores y/o artistas urbanos con que cuente la localidad en cuestión. En numerosos festivales la oferta se distribuye entre varios escenarios que se especializan por diversas razones. El escenario principal donde actúan los nombres cabecera del evento; carpas o escenarios para música electrónica; o escenarios para actuaciones más minoritarias o que concentran a los grupos/solistas emergentes. Es en ese escenario, en el que desfilarán probablemente grupos locales, o alternativos, donde mejor se acomodaría esta actividad promovida por la biblioteca. Consistiría en una actuación paralela que relacione a los grupos de música con artistas locales. Mientras los grupos tocan, en la pantalla de fondo, se proyectaría lo que los autores de cómics o artistas urbanos estén dibujando en directo.
  • Electrónica gráficaprácticamente en todos los festivales (salvo los muy centrados en un solo estilo musical) la escena electrónica ha ganado presencia. Acompañar las sesiones de los DJ con proyecciones de imágenes es algo muy habitual: y ¿qué mejor que programar alguna sesión con proyecciones de montajes de imágenes que mezclen escenas de anime, adaptaciones de cómics al cine o la televisión, comic trailers, etc… integrados en un video montaje que muestre incluya imágenes promocionales de los servicios/colecciones de la biblioteca que más puedan interesar al público en cuestión? Electrónica gráfica o Biblioteca subliminal: porque el caso es ir dejando semillas visuales que calen, que asocien a la biblioteca al tipo de ocio hedonista y de disfrute que prima en estos eventos.

El cómic en forma de disco o el disco en forma de cómic de Luis Bustos. Una prueba más de lo bien que combinan música y cómic.

  • Fanzinoteca: propiamente éste sería el estand de la biblioteca en el festival. Aquí se ubicaría la publicidad más directa de la misma y en la que los autores de fanzines pudieran vender sus fanzines junto al merchandising que se pudiera crear para la ocasión. Con responsables políticos amplios de miras podría ser una pequeña fuente de ingresos la venta de camisetas, bolsas, materiales con publicidad de la biblioteca, etc… No iba a solucionar las carencias presupuestarias pero sí que ayudaría a sufragar posibles gastos generados por la participación de la biblioteca en el festival (contratación del personal por ejemplo).
  • Bonus track: junto al espacio de la biblioteca un mural con dibujos para grafitis y dibujos que el público podrá intervenir para expresarse. Fanzines en blanco para que puedan ser escritos/dibujados por los asistentes. Con lo que merezca la pena y se pueda rescatar del material intervenido se editaría un Fanzine Oficial por parte de la biblioteca.

Esbozos de posibles okupaciones bibliotecarias en eventos que congregan gran número de público que, en cada caso y circunstancia, se pueden adaptar según la idiosincrasia del festival, de la localidad y de la biblioteca en cuestión.

Y cerrar este post sin música sería un gran error. Aire libre, buen tiempo, buen ambiente y ganas de disfrutar (y en medio la biblioteca disasociando su imagen de un lugar de trabajo y/o estudio para potenciarse como local de ocio) y los indietrónicos MGMT para darlo todo.

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Bibliotecas wannabe

 

El lanzamiento el pasado 2 de noviembre de 2018 del segundo disco de la cantante Rosalía: ‘El mal querer’ es la culminación de una de las campañas de marketing más exitosas que se recuerdan en nuestro país y que, es más que probable, será estudiada y puesta como ejemplo (o al menos deberían) en las escuelas de negocios al igual que hace años se estudiaba la carrera de Madonna.

No sabemos si llegarán a crearse en los ambientes académicos universitarios más inquietos unos Rosalía Studies como se han desarrollado los Madonna Studies en muchas universidades internacionales (la más reciente en la de Oviedo): pero las lecturas de la nueva estrella de pop aflamencada se pueden extraer, sin duda, son de lo más jugosas. Y si las empresas y escuelas de negocios se fijan en las estrategias de las estrellas del pop: ¿cómo no lo hacen también las bibliotecas si tanto han adaptado conceptos empresariales como el marketing?

 

El fotógrafo Filip Custic, los vídeos de la productora Canadá, las coreografías de Charm La’Donna, los diseños de Palomo Spain, el cameo en la próxima de Almodóvar, las colaboraciones cool con Rossy de Palma: todo parece diseñado con tiralíneas de manera impecable para envolver el producto.

 

Ha conseguido conectar con el público ofreciendo: tradición y renovación, novedad y clasicismo, ambición y rigor. El componente escándalo tan determinante, en el caso de Madonna, no ha hecho falta forzarlo: la pudibundez y mojigatería cultural, tan de este siglo, en torno al apropiacionismo cultural: se lo ha servido sin ni siquiera tener que recurrir a religión o sexo (agotados tras tanta discípula de la ambición rubia) como en el caso de la estadounidense. Impecable.

Pero lo más sorprendente, lo más desconcertante: es que haya conseguido que los millennials alucinen con algo tan, en principio, poco comercial como es el cante jondo: y todo envolviéndolo en ropajes actuales. Hace meses alabábamos la falta de prejuicios al consumir cultura de los millennials; y lamentábamos su, en ocasiones, falta de curiosidad por el pasado. El éxito de Rosalía es el reverso positivo: mil referentes del pasado reelaborados con sonidos del presente.

¿Alguien duda de que sea pertinente fijarse en lo que hacen las estrellas del pop desde las bibliotecas ¿Qué llevan haciendo en los últimos tiempos sino intentando no perder los trenes tecnológicos, culturales o sociales que se cruzan en su camino para seguir, en realidad, vendiendo lo mismo?

Se habla mucho de las bibliotecas como instituciones culturales pero no tanto como locales de entretenimiento. Tal vez por eso el reciente vídeo realizado por el videoblogger Nas Daily para promocionar las bibliotecas de Toronto incurre de forma bienintencionada en determinados tópicos sobre las bibliotecas que pueden provocar cierto efecto rebote.

 

 

Evelio Martínez Cañadas en su post En defensa de la biblioteca «aburrida» celebra lo bien que, a tenor del vídeo, están innovando las bibliotecas de Toronto: pero matiza con una idea que se desliza de rondón demasiadas veces a la hora de intentar convencer de que las bibliotecas del siglo XXI son otra cosa:

 

«Insistir en que la biblioteca ahora ya no es aburrida porque ya es no es sólo libros es profundizar en la asociación entre la lectura y el aburrimiento, algo que francamente creo que no necesitamos»

 

Y esto, sorprendentemente (bueno no: en este blog ninguna conexión resulta ya sorprendente): entronca con las estrellas de la música.

El experimental e icónico Omega de Morente&Lagartija Nick.

Solo el tiempo dirá si la fiebre Rosalía da lugar a una artista con una trayectoria sólida, interesante y perdura en la cultura popular, española e internacional, o se diluye en el recurrente ‘tú antes molabas’ que tanto gusta en las redes. Sea como sea, una vez superado el impacto inicial, el mejor activo que posee Rosalía, aparte del talento que cada uno quiera reconocerle: es apoyarse en algo tan asentado, respetado (por sus aficionados) e incontestable como es el flamenco.

Todo su discurso renovador se  ha demostrado necesario, hábil e inteligente a la hora de proyectarlo a públicos ‘no usuarios’ de este estilo musical: los ropajes, los adornos pasarán de moda pero, mientras no se despegue de esa base de tradición, venda más o menos, tendrá más posibilidades de proseguir su carrera.

 

Martirio en los 80: dando una vuelta irónica, posmoderna y muy anclada en su momento de la copla. Décadas después su respeto a la copla y el jazz le han permitido seguir desarrollando su carrera una vez apeada de los accesorios más llamativos.

 

Y es que la obsesión por modernizarse a toda costa puede desembocar en el ridículo. El diccionario de la RAE entre las acepciones del término clásico, incluye aquello que “se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia”. Hace décadas, las creaciones aspiraban a alcanzar algún día la categoría de clásico; ahora va todo tan deprisa que no da tiempo a que nada se asiente el tiempo suficiente.

Cuando Andrés Trapiello lanzó hace unos años una edición de El Quijote modernizado que reabrió el viejo debate sobre lo idóneo, o no, de adaptar a la actualidad, obras inmortales. Desde académicas como Soledad Puértolas, o premios Nobel como Vargas Llosa, defendieron estas actualizaciones frente a voces como la de Alberto Manguel, que en un interesante artículo de ‘El País’: sostenía que estas adaptaciones no son más que muestras de pereza intelectual.

Tal vez, el mejor argumento para situarse en el punto medio en este debate, sea recurrir a las razones que Italo Calvino daba de ¿Por qué leer a los clásicos? Entre el listado de argumentos de su delicioso ensayo, quizás la razón número 13 que daba el inolvidable literato italiano nos resulte la más adecuada:

«es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo»

 

Las canciones y vídeos de Rosalía están llenas precisamente de ruidos de fondo e imaginería que resitúan una música tradicional en un entorno inequívocamente contemporáneo, pero a su vez, mantienen el respeto de base hacia la esencia de los palos del flamenco. Y en eso están también las bibliotecas.

Bibliotecas wannabe, porque con ese término se denominaba a las aspirantes al trono pop que desde los 80 ha ocupado Madonna: en el caso de las bibliotecas estas aspiraciones no son las de alcanzar ningún espacio sino de preservarlo. Como todo veterano del show business sabe: lo difícil no es tanto llegar como mantenerse.

El último ensayo del filósofo de moda (sí en todo hay modas) Byung-Chul Han aborda el asunto del entretenimiento. The show must go on que cantaba el recordado Freddie Mercury (ahora por cierto revivido en una versión algo disneyzada de su carrera): y dicho lema es igualmente aplicable a las bibliotecas. Como advierte el filósofo coreano:

«Hace ya tiempo que el entretenimiento se ha hecho también con la «realidad real» […] Para ser, para formar parte del mundo, es necesario resultar entretenido. Solo lo que resulta entretenido es real o efectivo

 

Seamos entretenidos, formemos parte de la industria del entretenimiento cultural, sea con maker spaces, videojuegos, robots, plataformas online o enseñando a cocinar sushi como en Toronto: pero por el camino no perdamos de vista esa bibliotecidad de la que hablaba José Pablo Gallo. De ese modo las bibliotecas conseguirán mantenerse al igual que, por ejemplo, Silvia Pérez Cruz dio otro giro al flamenco y a otros estilos, y sin tanto marketing como Rosalía, ahí sigue desarrollando su carrera.

 

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Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Bibliotecas cazadoras de talentos

 

Kendrick Lamar se convirtió, hace unas semanas, en el primer rapero en ganar un Pulitzer. Hace 16 años la novela gráfica Maus de Art Spiegelman se convirtió en el primer cómic en ganar un Pulitzer. ¿Acudirán a partir de ahora usuarios, que en su vida han oído hip hop, a las bibliotecas solicitando discos de Lamar?

 

El disco de la década para muchos medios especializados: Damn (2017) de Kendrik Lamar.

 

Joaquín Sabina, cantautor siempre asociado a lo callejero, se ha acercado en varias ocasiones al rap. Con Manu Chao en concreto hizo un irónico tema bajo el título ‘No soporto el rap

La demanda de Maus por usuarios de bibliotecas que jamás leerían un cómic si no fuera porque lo vieron recomendado en su suplemento cultural de cabecera: es un hecho contrastado. Lo de Lamar es más difícil. No porque sea hip hop, ni porque el aura que pueda otorgar un Pulitzer haya perdido fuerza, más bien porque los préstamos de grabaciones sonoras en bibliotecas están en caída libre, y la música, se consume mayoritariamente en streaming.

Pero no estamos aquí para hablar (de nuevo) de prejuicios culturales. Que un premio prestigioso legitime formas de la cultura popular dejándoles la puerta de servicio entreabierta del canon de lo que hay que leer-escuchar-mirar-observar: es algo que la profesión bibliotecaria debería tener superado desde hace mucho. Pero no es así. Pese a ser profesionales de la cultura, los prejuicios, les afectan a los bibliotecarios como a todos. Tampoco vamos a obviar que la brecha generacional en muchos casos juegue a la contra.

 

Lola Flores, precursora del rap incluso antes de que se inventase.

 

El cómic, recién publicado en nuestro país, sobre la historia del hip hop: Hip hop family tree de Ed Piskor.

El hip hop nació callejero, ha ido mutando en garitos, salas de conciertos y periferias de las grandes ciudades. Y ahora, definitivamente, reivindica su lugar en las bibliotecas. Puede que los propios hiphoperos no sean consciente de ello: pero por eso deben serlo los bibliotecarios.

Y quien dice hip hop, dice rock, punk, electrónica, folk, clásica, jazz, pop o, ¿por qué no?, reguetón. Es lo que hace la Biblioteca del Condado de Hennepin en Minnesota a través de su plataforma MnSpin.

Minnesota cuenta con una rica escena musical, y la biblioteca, ha creado una plataforma para que los músicos locales puedan difundir su trabajo y llegue directamente al público.

En Bibliotecas indies, bibliotecas mainstream ya hablábamos de herramientas como Self-e de autoedición, que gracias a recurrir a las bibliotecas como vías de distribución, estaban consiguiendo que muchos escritores desconocidos fueran haciéndose con un público cada vez mayor. Con casos como el de Hugh Howey, autor de la serie Wood, que consiguió vender más de dos millones de libros gracias al apoyo inicial por parte de las bibliotecas.

 

 

MnSpin de la Biblioteca del Condado de Hennepin aspira a lograr algo similar con el talento local. En nuestro país tenemos antecedentes tan estupendos como la Biblioteca-Rockoteca de Peralta (Navarra) que lleva desde 2012 engrosando una de las colecciones más completas sobre rock, organizando conciertos y diversas actividades en torno a la música. El ejemplo de la biblioteca estadounidense es un paso más en este sentido que comparte con otras bibliotecas (las de Seattle, Portland y Nashville) al ofrecer la posibilidad de descargar gratuitamente, a todo el que tenga carné de biblioteca, la música de los artistas locales de cualquier estilo o tendencia.

Una vez al año, se abre el plazo para que nuevos artistas envíen su trabajo a la consideración del comité de expertos, que selecciona lo que va a subirse a MnSpin. Y no solo difunde, también se les ayuda con 200 dólares para que puedan producir sus grabaciones.

 

Shreya Preeti ha subido su álbum ‘Entrance’ a la plataforma MnSpin de la Biblioteca del Condado de Hennepin y ha conseguido difusión y financiación.

 

Bibliotecas-editoras, bibliotecas-discográficas, y ahora: Bibliotecas cazadoras de talentos. Suena demasiado ambicioso pero si el mercado barre a pequeñas editoriales y sellos de discos: ¿por qué no van a compensar las bibliotecas ayudando a proteger la libertad creativa de discursos que pueden ser inicialmente minoritarios?

El amado/odiado disco de C Tangana.

Es obvio que con Youtube y demás plataformas digitales muchos de los artistas actualmente super ventas tuvieron un estupendo trampolín (Ed Sheeran,  The Weeknd, o más cerca, Pablo Alborán).

Pero las bibliotecas pueden aportar un criterio a la hora de seleccionar y ofrecer esa confianza que tanto se alaba cuando se habla de comercios de proximidad versus grandes superficies comerciales.

 

El controvertido C Tangana, ídolo del hip hop patrio, que está empeñado en cuestionar el mundo musical a través de sus actitudes, campañas publicitarias y conciertos. ¿Verdad o timo? como suele plantear la web especializada Jenesaispop.

 

Pero si hay un género, junto al heavy, que moviliza a grandes sectores de juventud pero no recibe el apoyo de la industria: ese es el hip hop. Entre la invasión electro-latina y los clichés del indie parece como si no quedase espacio para más. Pero sí lo hay: las bibliotecas.

Los raperos son el equivalente a los cantautores de los 70 en nuestro país. Los cantautores bebían de la chanson francesa  y los raperos patrios puede que beban de los MC estadounidenses en música, actitudes y discursos: pero hablar de limusinas, pibas, dinero, pistolas y mansiones resulta un tanto impostado (por no decir ridículo). Por eso a la hora de rimar tiran más de referentes literarios y cinematográficos, que los separan de sus modelos yanquis, y los acercan a las bibliotecas.

 

En 2005 con motivo del centenario de la BNE el rapero Zenit participó en un espectáculo en las puertas de la Biblioteca con bailarines de breakdance en el que se rapeó El Quijote.

 

La aclamada trilogía de Virginie Despentes, en la que parte de la figura de un roquero en decadencia, para hacer una cruda crónica de la sociedad francesa actual, y por extensión, de la sociedad occidental.

El rock ha muerto, el punk ha muerto, el grunge ha muerto, el acid house ha muerto, el reguetón ha muerto…al igual que todo nombre de famoso si se busca en Google te sugiere que es gay: todo género musical tiene o ha tenido la coletilla «ha muerto» aplicada en numerosas ocasiones. Otro tanto dicen del hip hop (para así dejarle sitio al trap) pero no lo parece cuando figuras como C Tangana dominan las listas con su propuesta rapera cuestionando la fama mientras se va haciendo más y más famoso.

El hip hop se alimenta de rimas, y letras, letras muchas letras. «Los poetas olvidados» como denominaba a los raperos españoles un artículo de la revista cultural digital ‘Le Miau Noir’. Violadores del versoMala RodríguezSFDKZenit, la malograda Gata Cattana, Lechowski, Sharif Fernández, Los chicos del maíz, RapsuskleiPiezas, etc… son muchos los intérpretes de rap españoles cuyas letras son la poesía de más de una generación. Viene siendo un recurso habitual por parte de profesores de secundaria, explotar las concomitancias entre rap y poesía para atraer a sus alumnos hacia la lectura: ¿y las bibliotecas?

No hacía falta que le dieran un Pulitzer a Kendrick Lamar para que la conexión biblioteca-hip hop se formalizara. Tienen demasiados puntos en común como para no aprovecharlos. La biblioteca freestyle es la biblioteca del futuro, que es presente, la biblioteca que improvisa y no tiene miedo a equivocarse, a trastabillar y experimentar con las bases (de lo que es una biblioteca), ni con las rimas (porque –teca rima ya con todo: no solo con libros).

 

 

Piezas dedicó un tema a Holden Caulfield, el personaje que ha devenido en estereotipo del inconformismo juvenil, que protagoniza El guardián entre el centeno. Piezas trabaja de mozo de almacén en Barcelona entre semana, y los fines de semana, se convierte en una de las figuras mas respetadas en el circuito de hip hop junto al, productor y DJ, Jayder. Un rapero que titula un disco Melancholía (2015) por la película de Von Trier, dedica un tema al libro de Salinger, declara su amor a Nietzsche, e inspiró otro tema en la novela Tokio blues de Murakami. No le hacen falta más credenciales para cerrar este post refrendando todo lo dicho.

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

CDU 133: estanterías bajo sospecha

 

Se pueden leer en los libros muchas cosas más allá de lo que en ellos está escrito. Como si de posos de café, de líneas de la mano o de cartas del tarot se tratase. Es lo que  debió pensar Georgia Grainger, bibliotecaria de Charleston, en Dundee (Escocia), intrigada por el hecho de que en la página número siete de muchos libros de su biblioteca apareciera una señal.

Rápidamente la imaginación calenturienta de Georgia, como buena bibliotecaria, elucubró mil explicaciones para estas marcas. El reciente envenenamiento del espía ruso, en Reino Unido, le llevó a pensar en una red de espías comunicándose en clave a través de los libros de las bibliotecas; también cabía la posibilidad de tratarse del rito oculto de alguna secta; o de un asesino en serie que utilizaba esta táctica como un código secreto.

 

Una de las novelas de la biblioteca escocesa con la página siete marcada.

 

La conjura illuminati, con las bibliotecas de por medio, parecía a la vuelta de la esquina. La explicación, finalmente, resultó ser menos novelesca de lo que Georgia había imaginado.

Según le desvelaron otros colegas con más recorrido: dichas señales o símbolos las hacían los usuarios más veteranos de la biblioteca que, de este modo, sabían los libros que se habían leído y no se los volvían a llevar en un despiste. Que el sistema informático de la biblioteca guarde memoria del historial de sus préstamos les resultaba irrelevante: ellos prefieren el sistema tradicional. La arruga, una vez más, siendo subversiva.

Y a los bibliotecarios escoceses, no solo no les parece mal, sino que les resulta entrañable. Lo realmente intrigante es que cuando Georgia se decidió a compartir su hallazgo en Twitter: empezara a recibir mensajes de colegas desde los Estados Unidos, Australia, e incluso Rusia, que afirmaban que también en sus bibliotecas muchos libros estaban marcados en la página 7. La disidencia digital de la tercera edad traspasando fronteras.

 

El hashtag (#bibliotecariasintapujos) ha dado lugar a una entrada en el Bibliodiccionari que lleva años desarrollando el blog de Biblioaprenent.

 

El subrayado de libros de biblioteca es un asunto que da para mucho y no siempre en negativo. Una de las bibliotecarias enmascaradas que protagonizaban nuestro Menú del día para mujeres bibliotecarias, María, declaraba al rememorar las razones de porqué se había hecho bibliotecaria: «lo emocionante que me pareció abrir un libro que habían leído otras personas«. Una de las maneras de constatar que un libro de biblioteca ha sido leído es encontrarlo subrayado.

Descubrir los fragmentos que han emocionado, interesado, asombrado a alguien anónimo que nos antecedió leyendo ese ejemplar que tenemos entre las manos: puede resultar intrigante. El subrayado invita a fabular con la identidad de quien lo hizo, sobre todo, si lo que subrayó nos conmueve a nosotros también. Un espejismo de compañía como los ruidos tras las paredes en la habitación de un hotel. Hay algo que reconforta al saberse en conexión con las ideas de otra persona que ni siquiera conocemos. Si Nokia ‘Conecting people’, las bibliotecas conectan mentes. El reverso de tanto lirismo es el cabreo monumental que sacude a todo bibliotecario que descubre las páginas de un libro subrayadas. La hipotética empatía intelectual con el desconocido se desvanece en un segundo ante el celo profesional bibliotecario.

 

 

Los mensajes ocultos en libros dan dado para mucho, tanto en literatura, como en cine: pero también en la música. En 2014, el grupo Coldplay, lanzó su disco Ghost stories, y para la campaña de lanzamiento, recurrieron a las bibliotecas. La manera de crear expectación consistió en lanzar pistas, a través de Twitter, para que sus seguidores pudieran localizar nueve sobres que habían sido escondidos en nueve bibliotecas de todo el mundo. Dentro de esos sobres se encontraban las letras manuscritas de las canciones que componían esas historias fantasmales. Si Coldplay cotiza a la baja en el baremo crítico de los que van de cool, desde esa campaña, cotizarán siempre al alza en el mundo bibliotecario.

Pero por mucha poesía y literatura que queramos echarle a los misteriosos hallazgos que podemos encontrar en las baldas de una biblioteca, siendo sinceros, también hay que reconocer que precisamente la estantería dedicada a las ciencias ocultas (pese a que pueda ser de las más frecuentadas por ciertos usuarios) no es de las más queridas por muchos profesionales. Hay números de la CDU que están bajo sospecha, estanterías cada vez más cuestionadas, que no se libran de polémica.

 

 

Jobs trató su cáncer recurriendo a medicinas naturales. Durante toda su vida releyó un libro trascendental para él: ‘Autobiografía de un yogui’ de Yogananda Paramhansa.

El 113 de ocultismo directamente puede dar yuyu a más de un bibliotecario; así como el 615 que acoge los muy cuestionados manuales sobre homeopatía: que está provocando no pocos quebraderos de cabeza cuando los enemigos de todo tipo de medicinas alternativas: denuncian que libros sobre materias, fuertemente cuestionadas por la ciencia, estén presentes en un servicio público. De las inquisiciones religiosas a las científicas.

Un inciso a este respecto: Steve Jobs, dios laico de la revolución digital que estamos viviendo, creía en la homeopatía. Su fe podría deberse a la desesperación al serle detectado el cáncer que acabó con su vida; o en una interpretación cortesía de la casa: a un deseo por tener algún escape al mundo estrictamente racional que estaba ayudando a crear a través de la tecnología. Una necesidad de magia, de milagro, de irracionalidad.

También nos consta que en alguna biblioteca se han presentado reclamaciones por el hecho de que la homosexualidad, desde el punto de vista médico, comparta balda con la drogodependencia al ser englobadas en el número que se corresponde con Higiene general. Presuponiendo un juicio moral por parte de los catalogadores que lo único que hacen es aplicar el criterio numérico de la CDU.

Tanto en el caso del ocultismo como en el de la homeopatía el debate se plantea espinoso: ¿deben atender las bibliotecas a los gustos/demandas de los usuarios sin entrar a juzgarlos? ¿o debe primar el rigor científico y no permitir que supercherías como el tarot, la cartomancia, la numerología o la sanación espiritual hollen las colecciones? ; ¿dónde poner los límites? ; ¿acaso no es libre de creer cada uno en lo que le haga feliz, y a exigir, que la biblioteca pública le suministre lo que le gusta? Una vez más el criterio prescriptor (o más bien: los criterios de selección bibliotecarios) a examen.

 

Esto es lo que aparece si se accede a la web: cómofuncionalahomeopatía.com

 

Y en el tramo final del post vamos a darnos un capricho. Tal vez sea el influjo del bicentenario de la célebre velada en el lago Lemán: en la que nacieron obras seminales de las tensiones entre ciencia y el mundo de lo oculto como Frankenstein (muy presente, pero que muy presente, en algunas bibliotecas) o Drácula: pero el caso es que (copiando a Jobs) queremos refugiarnos en lo irracional, en lo telúrico, en lo innombrable. Será que el exceso de tecnología y ciencia nos hace necesitar que nos sigan seduciendo con lo maldito. Hay mucho donde elegir, pero en este post nos quedamos con una obra de lo más sugerente, en la que creación literaria y malditismo se dan la mano: la novela gráfica El cuarto de Lautréamont.

Todo en esta obra te lleva a la intriga, desde el mismo origen que, aseguran sus autores, tuvo el cómic en cuestión, y que no hay manera de saber si es un relato fidedigno o forma parte todo de una representación.

 

 

Situada en el París de las vanguardias de principios del XX, por sus viñetas desfila un Rimbaud dando sentido pleno a la expresión de enfant terrible o el escritor Auguste Bretagne, que descubre el libro maldito por excelencia: Los cantos de Maldoror, y otros tantos descubrimientos inquietantes en el cuarto que da título al cómic.

«Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma, igual que el agua impregna el azúcar.»

 

Los cantos de Maldoror ilustrados por Corominas.

Así comienzan los perturbadores cantos que escribió el conde de Lautréamont (seudónimo de Isidore Lucien Duchase) un año antes de morir. Con ese relato de fondo, no es de extrañar que la historia de El cuarto de Lautréamont, sea toda una promesa para los que gustan de atmósferas mistéricas.

Pero no sólo entre las líneas de los libros se vislumbran las puertas a esos infiernos de ficción en los que les gusta recrearse a los amantes del suspense y la intriga. Si hay un lugar común en lo que se refiere a mensajes ocultos, ese sería el relativo a los mensajes subliminales ocultos entre los surcos de los vinilos. El Backmasking o los mensajes descubiertos al reproducir al revés una pieza musical. ,

Aleister Crowley, ocultista superstar.

Desde The Beatles, pasando por los Rolling Stones, Led Zeppelín, AC/DC, Marilyn Mason, Coldplay, Madonna, Ricky Martin, Prince o Nirvana y un largo etcétera, han sido acusados en algún momento, de camuflar mensajes diabólicos entre las estrofas de alguno de sus temas. Y si bien es cierto que la devoción de muchos músicos por figuras como la de Aleister Crowley, ponen fácil este tipo de ideas; el listado se cubre de gloria cuando se añaden nombres como Britney Spears, Paulina Rubio, la cantante infantil Xuxa, o hasta la italiana más española, Raffaella Carrà.

En estos casos, más que invocar al demonio, los temas de algunas de las citadas, invocan al buen gusto. Afortunadamente, éste no se digna a hacer acto de presencia, y nos da la excusa perfecta para exhibir de nuevo esa vena bibliobizarra a la que tenemos tanta fe.

Rememorar nuestra Biblioteca bizarra tiene todo el sentido estos días. La editorial Jekyll & Jill acaba de publicar un libro de relatos del escritor guatemalteco Eduardo Halfon bajo el título: ¡¡¡Biblioteca bizarra!!!. Tal cual. No vamos a dárnoslas de originales, pero ¿es posible que Halfon se inspirase en nuestro blog? No podemos saberlo, pero no deja de ser como lo de los subrayados en los libros: una conexión inesperada con un desconocido.

Tampoco sabemos si las canciones de Luis Brea y el Miedo contienen mensajes ocultos si se las reproduce al revés. A tenor del vídeo que rodó para su tema ‘Dicen por ahí’ lo único que queda claro es que, de contenerlos, invocan sin duda a espíritus iniciados en el culto a lo bizarro. Nada mejor para disipar el olor azufre que rodea al 133 de Ciencias ocultas en la CDU.

 

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Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com