Una bibliotecaria española en Nueva York. Primera crónica

 

Bienvenidos al nuevo pisito digital del blog de Infobibliotecas. El felpudo políglota con el que os recibimos tiene todo el sentido. Aún nos quedan bultos por desembalar, y trastos que colocar aquí y allá, por lo que pueden haber cambios durante las próximas semanas. Pero al menos ya está habitable. Y sobre todo, lo que más nos gusta del nuevo espacio, es que tiene unas vistas increíbles.

Antonio Muñoz Molina en su libro biográfico Ventanas de Manhattan, en el que recogía sensaciones y reflexiones sobre el Nueva York en el que habitó durante varios años, escribía: «Estar viendo y no mirar es un arte supremo en esta ciudad que desafía tan incesantemente a la mirada

En cambio, en este nuevo emplazamiento del blog de Infobibliotecas, queremos seguir mirando y fijándonos sin que se nos escape ningún detalle. De ahí la apostilla que subraya el nombre del blog: «Ventana bibliotecaria a la cultura del siglo XXI«. Porque todo nos interesa y nada nos es ajeno cuando de bibliotecas y cultura se trata. Y la suerte en este sentido corría de nuestra parte.

Irene Blanco es esa española bibliotecaria del título de este post que, durante las próximas semanas, nos va a permitir mirar en directo por esta ventana el paisaje bibliotecario (y más horizontes) que se vislumbran en el skyline de la mítica ciudad.

Como diría Troy McClure, el personaje de Los Simpson, ustedes la conocerán por ser una documentalista y consultora en marketing digital, apasionada de Internet y la cultura digital (como se define en su web) experta en SEO, SEM y Social Media que actualmente trabaja como consultora freelance en diferentes proyectos. Y lo hace en remoto, puesto que está viviendo durante unos meses en el mismísimo Manhattan.

Si Sting le cantaba a un hombre inglés en Nueva York, en Infobibliotecas, somos todo oídos para lo que una mujer española en Nueva York nos va a contar. Y ahora vamos a hacer realidad el sueño de decir aquello de: «conectamos en directo con nuestra corresponsal bibliotecaria en la Gran Manzana«.

Welcome to the jungle

Porque en Nueva York todos los días son el #NationalLibrarianDay

 

Cierra los ojos y piensa en Nueva York durante 10 segundos. ¿Qué imágenes te vienen a la imaginación?

 

Creo que todo el mundo tiene una idea de Nueva York en su mente más o menos idealizada a través de la sobrecarga audiovisual que tenemos de esta ciudad. El hashtag #NewYork tiene en el momento que escribo este post 84.748.579 publicaciones en Instagram. Estamos cansados de ver escritas las palabras “Nueva York” cada día en las camisetas, gorras y sudaderas de cualquier vecino que nos cruzamos por la calle.

Ponemos la televisión, Youtube o Netflix y aparecen referencias a NY a cada rato. Hasta cuando viajé a Gambia, -en una aldea rural, en medio de la nada, sin agua corriente- estaba medio pueblo viendo una de las de Jungla de Cristal, en una tele enchufada al motor del coche, con decenas de ojos transportándose con Samuel L Jackson a vete tú a saber qué calles de la Gran Manzana. Hacen un gran marketing, eso es indiscutible.

En mi mente, Nueva York era un cóctel de ideas romantizadas construidas tras mucho leer las novelas de Paul Auster en las que Brooklyn es un protagonista más, con un Prospect Park que fue obrero pero que ahora está bien gentrificado -como me enseñó Hannah Horvath en Girls– y que ya es casi más caro que el Manhattan de Woody Allen. Nueva York para mi era el Imagine de John Lenon, eran los patos de Central Park de El guardián entre el centeno, era cualquier capítulo de Friends, era Marina Abramovich en el MoMa, era Una historia del Bronx de Robert De Niro y era un Queens de El Príncipe de Zamunda.

Es cierto, Nueva York es tan exagerado “como en las películas” y es difícil escapar de la idealización de esta ciudad, por eso cuando una tiene el privilegio de vivir unos meses en Babilon, puede ir asimilando la crudeza de la realidad, tan enorme, tan fuerte y sin anestesia. Compruebas que esta ciudad es una jungla, que las desigualdades son infinitas y que están por todas partes. Sólo tienes que coger un tren y observar con los ojos bien abiertos, ir a hacer la colada en un laundry o a una tiendita de barrio a por un Snickers.

Como diría Frida Kahlo cuando viajó a esta ciudad, allá por 1931: «Hay tanta riqueza y tanta miseria al mismo tiempo, que parece increíble que la gente pueda soportar tal diferencia de clase, y que acepte esa forma de hambre, mientras que por otro lado, los millonarios gastan millones en estupideces«.

 

Frida en Nueva York en 1946 fotografiada por Nickolas Muray. Fotografía del Museo de Brooklyn.

 

Y sí, en medio de esta locura, donde existen todos los idiomas, todas las razas, todas las religiones; donde reina el capitalismo y el consumo… aparecen las bibliotecas públicas.

Un refugio de paz. Un oasis en medio del caos. Un lugar que te recibe sin importar cuánto dinero tengas, de dónde seas o qué ropa vistes. Una plaza pública a cubierto, un techo del frío invierno, un enchufe para cargar el móvil y un wifi para escribirle a tus padres que estás bien, que no se preocupen, que las bibliotecarias son muy majas y te han recomendado unas clases de conversación, que hacen los martes. Que te has cogido prestado un par de libros en inglés y que lo entiendes casi todo, que también hacen ese cuentacuentos queer del que escribiste y que estás conociendo a gente del barrio, asidua a la biblioteca y que vaya historias cuentan. Y que eres una parte de la ciudad gracias a las bibliotecas, que integran, que reciben, que acogen, que molan mucho.

 

Y no lo digo sólo por ser bibliotecaria y porque me fascine este staff multiétnico, siempre a la orden, organizando actividades cool, que siempre haya usuarios leyendo en las salas, cruzarme con miradas cómplices, conocer historias de las personas que habitan el barrio (que sí, que me alucinan). Lo dicen todos los usuarios, lo expresan, lo defienden en redes, como podemos leer en estos tuits al hilo del National Library Day, que se celebró recientemente:

 

Porque ser parte de la comunidad de la biblioteca es conocer la realidad del pueblo de NYC. Porque ahora eres consciente de que no es una ciudad blanca como Woody Allen muestra, que los personajes de Friends o de Girls debían de ser ricos para poder pagar esas casas en esos barrios, que detrás del skyline que dibujan los rascacielos se esconden muchas desigualdades, que hay mucha gente que no habla inglés, que la sanidad o la educación no está al alcance de cualquiera, que la policía está por doquier, que las pandillas existen y que el pueblo se alimenta de comida basura. Pero que tienen unas bibliotecas increíbles y unos bibliotecarios que hacen de esta ciudad, una ciudad más humana, más acogedora, más generosa, más cálida y también más fuerte.

 

Este post es el comienzo del relato de una bibliotecaria que hace SEO desde un coworking precioso en Harlem, pero que visita las bibliotecas siempre que puede y comparte aquí sus impresiones durante unas semanas. Te doy la bienvenida y las gracias por acompañarme en este viaje.

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