Me enveneno de azules…en la biblioteca

 

Todas hieren, la última mata. La demoledora cita latina se refiere a las horas, pero en nuestro entorno hiperdigitalizado, puede que termine por referirse a las pantallas. Esas pantallas que nos iluminan muchas más horas que el sol. Si en el siglo XVIII se agudizaba la blancura de la piel como signo de distinción social; y en el XX, se bronceaba con la misma finalidad (discriminar a los que podían veranear y de quienes no): el siglo XXI ha resultado ser de lo más igualitario. El tono cerúleo que se refleja en nuestros rostros y pupilas agotadas nos iguala, pantallas mediante, a ricos y pobres.

 

El grupo indie Me enveneno de azules estuvo activo de 1998 a 2003. Y adaptó su nombre del título de la película sesentera de Francisco Regueiro.

 

En 1969, el cineasta Francisco Regueiro, poco podía saber que el título elegido para su cuarta película: Me enveneno de azules, protagonizada por Junior y Charo López, iba a resultar profético cincuenta años después.

El gran azul (1988)

Según una investigación desarrollada en la Universidad Estatal de Oregon, y publicada en la revista ‘Aging and Mechanisms of Disease’: las longitudes de ondas azules producidas por la luz azul que emana de las pantallas de los dispositivos móviles, ordenadores y otros electrodomésticos: podrían acelerar el envejecimiento.

Según reza la investigación, las ondas azules dañan las células del cerebro y las retinas. Está claro que algo tenía que contrarrestar el aumento de la esperanza de vida. Una esperanza de vida que, curiosamente, se ha incrementado paralelamente al número de horas de luz artificial con las que alargamos nuestros días. La solución, según los investigadores, pasaría por configurar móviles, ordenadores y demás dispositivos para que bloqueen las emisiones azules.

 

La maravillosa biblioteca de Stuttgart en su versión más azul.

 

Pero, ¿a quién creer? En la web de actualidad científica Xataka nos tranquilizan asegurando que la luz azul no nos va a hacer envejecer más rápido.

Y lo cierto es que haciendo memoria, hace unos años, otro estudio afirmaba que la luz azul estimulaba al cerebro incentivando poderosamente los recuerdos. Igual que siempre hay un roto para un descosido: siempre hay un estudio que le enmienda la plana a otro. Y así hasta el infinito.

Fue en 2016, cuando los científicos del Instituto del Cerebro Peter O’Donnell Jr. de la Universidad de Texas Suroeste: publicaron que la luz azul tendría la capacidad para activar la dopamina en la zona de nuestro cerebro (el locus cerúleo: no podía tener otro nombre) que aumenta nuestra memoria en el momento en que acontece algo; y también a posteriori, a la hora de recuperar esos recuerdos.

Tal y como titulaba el hallazgo la web Tendencias 21: Estimular con luz azul podría ayudar a estudiar sin esfuerzo.

Si el lobby estudiantil, que coloniza las bibliotecas en épocas de exámenes cual aves migratorias: supiera de estos resultados ya podemos imaginar cuáles serían las peticiones que llegarían a través de los buzones de sugerencias. LED de tonos azulados que convirtieran a las bibliotecas en trasuntos de la casa azul que compartían Frida Kahlo y Diego Rivera.

 

La pintura subastada esta semana en Christie’s con el famoso azul Klein.

Pero es que la actualidad no puede estar más repleta de azules (sin tintes políticos de ningún tipo). En la prestigiosa casa de subastas londinense Christie’s esta semana se subastaba una de las pinturas de Yves Klein pertenecientes a su serie Antropometrías: que podría superar su récord en precio.

Una serie en la que, el célebre International Klein Blue, refulge con la intensidad propia de esta tonalidad merecedora de nombre propio: el del artista que la creó a base de intensificar y profundizar, más y más, en el azul ultramar.

Nada en contra del azul, es un color que suele favorecer a casi todo el mundo, y crea ambientes de lo más interesantes. Pero también tiene sus inconvenientes, por ejemplo según otros experimentos: estar expuesto a una luz azul pasadas las 11 de la noche, puede producir insomnio, aumenta el ritmo cardiaco y eleva la temperatura.

Está también demostrado, que hacer una pausa en nuestra actividad para disfrutar de algo que nos evada o nos guste, hace activar esa dopamina. Y si además predomina el azul en los objetos elegidos, entonces, no habrá mejor regla mnemotécnica que nos permita disfrutar de los rabos de pasas, por mero placer, y no por necesidad.

 

Una de las mejores películas de uno de los mejores directores de cine que empezó en los 80: Terciopelo azul (1986)

 

Por eso a partir de aquí el post se hace contemplativo. Y ya que nos estamos envenenando de azules, que al menos, sea repasando algunos de los antecedentes culturales de este contagio pitufo.

¿Cuándo empezó esta fiebre de azules que ahora todo lo satura? No hace falta remitirse a referentes culturales tan lejanos como la época azul de Picasso, en realidad, esta saturación cerúlea proviene de los años 80.

Fue durante esa década cuando se puso de moda en muchas películas, vídeos y anuncios de televisión; un estilo de iluminación y fotografía saturada de tonalidades azuladas. Puestos a buscar culpables, es muy posible que gran parte de responsabilidad recaiga sobre una generación de cineastas formados en la publicidad, que precisamente en esa época arribaron al cine. Y entre todos ellos un nombre: el de Ridley Scott.

 

Estamos en noviembre de 2019, la fecha en que se desarrollaba la primera Blade Runner: y el color azul sigue omnipresente.

El esteticismo del director de Blade Runner o Alien marcó una época con su fotografía saturada de tonos azules, ventiladores, flous y vapores; que cargaban las atmósferas por las que se movían sus personajes.

Su influencia podía verse en todas partes; y aunque no fuera el único responsable, si que se puede decir que en este caso lo llevaba en la sangre (roja se supone, no se le conocen antecedentes en la nobleza). Su difunto hermano Tony Scott llevó al paroxismo la tendencia en películas propias como El ansia (1983) o Top gun (1986).

Hanna-Barbera lanzó la célebre adaptación animada de los tebeos de Peyo, Los Pitufos, precisamente nada más empezar la década en cuestión, en 1981. ¿Todavía queda algún escéptico que crea que lo de los 80 y el color azul era casualidad?; ¿no suena a confabulación secretamente orquestada por Reagan y Tatcher para infiltrarnos el neoliberalismo de manera perenne en las neuronas?

 

La pasión de China Blue (1984) de Ken Russell.

 

Y podríamos seguir enumerando obras «azules» hasta aburrir. Ampliando el zum más allá de los 80, y por remitirnos a la literatura, tendríamos dónde escoger.  Ojos de perro azul de García Márquez, Azul de Rubén Darío, Blanco en azul de Azorín, La guitarra azul de Banville, El azul del cielo de Bataille, El azul de la virgen de Tracy Chevalier…Y muchos más. Es lo que tiene el azul: que te activa la memoria.

 

La vigencia del azul más allá de los 80. El cómic de Julie Maroh y su exitosa adaptación cinematográfica que, contrariamente a lo que se anunciaba en este cartel, terminó con el nombre de La vida de Adele (2013).

Y hasta aquí nuestra cuota de envenenamiento por azules en nuestro blog por esta semana. Esperamos que si acaso es cierto lo que aseguran los científicos, y hemos contribuido al envejecimiento de quienes lo han leído, al menos haya sido placentero. Siempre queda el consuelo de que más viejo está el autor que ha pasado más horas delante de la pantalla para escribirlo.

Pero nos hieran las horas, las pantallas, los agobios, los problemas o los azules: lo único a lo que podemos aspirar cuando llegue la última: es que no tengamos la sensación de haber perdido el tiempo.

 

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