Panorama geobibliotecario en medio de una pandemia

 

Tras la cancelación del congreso internacional de la IFLA, en formato físico, está claro que los planes para viajar se posponen en todos los ámbitos. Nos guste, o no, la vida digital estamos irremediablemente abocados a ella. Pero eso no nos impide acomodarnos en el alféizar de esa ventana bibliotecaria a la cultura del siglo XXI, que luce como lema de este blog: para contemplar el panorama que se divisa en medio de esta pandemia.

Como un spin off de la serie Geopolítica bibliotecaria, cual Willies Fog digitales, nos hemos dado una vuelta por varios países para saber qué se cuece más allá de limitación de aforos, cuarentenas de material impreso y demás protocolos a los que nos ha abocado esta situación.

 

La espectacular Biblioteca Bunjil en Casey Cardinia (Australia)

 

En las bibliotecas de las antípodas, concretando algo más las coordenadas, en las de Springvale (Victoria, Australia): las estadísticas de préstamo (que prometen gráficos a final de año que ni los de la caída de la bolsa en 1929): mantienen el tipo gracias a las llamadas personales a sus usuarios combinadas con el servicio postal.

En las bibliotecas de Casey Cardinia llevan empaquetados más de 150.000 libros desde que empezara todo esto. Unos 15.000 que han enviado a los domicilios de los usuarios a los que telefonearon previamente para saber qué documentos les interesaban. En cada caja se incluye una nota manuscrita del bibliotecario como una manera de humanizar el servicio y suplir la distancia que forzosamente mantiene alejados a las bibliotecas de gran parte de su público.

Tal ha sido el éxito de la iniciativa que muchas de las 280 bibliotecas públicas de Victoria se están encontrando con problemas para abastecer una demanda que ya ha dejado muchos huecos en sus estanterías de ficción para niños y adultos.

 

 

Dando otro giro al imaginario globo terráqueo con el que jugamos en este post: hacemos escala en la ciudad estadounidense de Charlottesville (Virginia). La Universidad de Virginia está trabajando mano a mano con la red de bibliotecas públicas para mantener los servicios de tele salud. Un asunto de vital importancia en mitad de una situación de emergencia sanitaria como la que estamos viviendo.

El colapso sanitario que está provocando el covid-19 ha hecho que, muchos de los casos de asistencia médica que pueden resolverse mediante la telemedicina a través del canal UVA Health: se hayan visto perjudicados por la falta de conexión a Internet. La Virginia rural encuentra problemas, en muchos casos, para acudir a los centros de salud, que además, se encuentran saturados por las incidencias motivadas por la pandemia.

Una vez más (ya recordamos cómo Obama recurrió a ellas en su momento): la red de bibliotecas, y sus redes wifi, acuden al auxilio. Y de ese modo, a través de la telemedicina y las bibliotecas: los problemas de salud que permiten la atención a distancia se ven atendidos. Como reza la crónica del medio digital ‘NBC29’: las bibliotecas podrían ser los próximos centros de la telemedicina.

 

Fotografía perteneciente a la serie On Reading del fotógrafo del National Geographic: Steve McCurry. Le dedicamos dos posts bajo el título: Leer te da mundo.

 

Pero si hablamos del panorama geobibliotecario nada mejor que recurrir al completísimo reportaje que ‘National Geographic‘ dedica a las bibliotecas y su respuesta a la crisis del coronavirus. De entre las iniciativas más interesantes que ha recopilado destacamos las siguientes:

En vecindarios de los Estados Unidos, pero también, de otros países se ha puesto en marcha la iniciativa de StoryWalk: caminar y leer al mismo tiempo. Más de uno pensará que no es para tanto. Total, si es lo que hacen muchos de esos transeúntes-zombis que se desplazan por las aceras absortos en sus móviles mientras los que no estamos en Matrix tenemos que preocuparons por esquivarlos. Pero no, se trata de algo menos alienante.

En los troncos de los árboles, en los escaparates de las tiendas, en postes-vitrinas en los jardines: se han ubicado páginas secuenciadas de libros ilustrados a lo largo de tramos concretos de algunas calles. De ese modo se solventan dos de las cuestiones a tener en cuenta a la hora de promover la lectura en nuestros días: la distancia social y promover actividades al aire libre.

Una brillante manera de hacer que el mobiliario urbano te cuente historias. Pero al doblar la esquina, se escamotea el ansiado desenlace, y se sugiere que para conocer cómo termina la historia recurras a tu biblioteca.

La bicicleta-diligencia de la Biblioteca Pública de Scottsdale (Arizona)

Si Danny Zucco y sus colegas hubiesen visto programas como MTV Tunning la coreografía del clásico Grease Lightning hubiera sido totalmente distinta.

No sabemos si los bibliotecarios de la Biblioteca Pública de Scottsdale, Arizona, son muy fans del Travolta de esa película: pero viendo el tuneo al que han sometido a una bicicleta no suena descabellado. Aunque sus gustos se decantan más por el salvaje oeste que por la estética años 50.

Uno de los focos habituales de contagio del covid-19 entre los jóvenes se deriva de actividades relacionadas con el ocio nocturno. La empresa local Pedal Positive convierte en bicicleta lo que haga falta: bares incluidos. Si una de las medidas que se promueven para evitar la propagación del virus es el aire libre: ¿qué hay espacio más aireado que un bar-bicicleta ambulante? Tras el tuneo que han hecho de la bibliobici estilo vaquero: ¿qué será lo siguiente? ¿Convertir la barra del bar-bicicleta por una barra-biblioteca? Con sus libros, su wifi y sus asientos. Todo se andará, o mejor dicho, se pedaleará.

 

Modelo a adaptar para una bibliotecas ambulante que, además de fondos, incluya hasta a los propios usuarios.

 

Lo de las cajas, en bibliotecas, es tendencia. Si en Australia estaban teniendo ya problemas para abastecer tanta demanda, y en la Biblioteca Pública Eisenhower de Harwood Heights (Illinois) lo del unboxing bibliotecario: va  por el mismo camino.

‘Ya’ll Read’ se llama el servicio por el que la biblioteca selecciona libros y artículos relacionados con los mismos y se los envía por correo a los adolescentes de su vecindario. En Texas, la Biblioteca Pública de Nacogdoches, empaqueta libros con proyectos de bricolaje y sugerencias de futuras lecturas para enviárselos a sus usuarios. Las cajas en bibliotecas como algo más que receptáculos para acumular la colección devuelta en cuarentena.

 

Call number, un servicio por suscripción para recibir cajas con libros sobre literatura escrita por autores negros que desarrolla el bibliotecario Jamillah Gabriel.

 

Pero tras movernos por la zona del Pacífico terminamos a esta orilla del Atlántico. Concretamente en Francia, donde el Ministerio de Cultural galo, como parte del Plan de Recuperacion ha previsto una inversión excepcional para construcción y renovación de bibliotecas en el periodo 2021-2022. Transformar los hospitales de Clermont-Ferrand y Besançon en bibliotecas centrales de sus ciudades, la renovación energética de las bibliotecas francesas así como la ampliación de horarios: son algunas de las líneas previstas a desarrollar.

En el punto 9 del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, recién presentado por el presidente del gobierno español, se dedica al impulso que dicho plan prevé dar a la industria cultural y al deporte.

En el primer párrafo hace referencia a los ‘sectores más tradicionales en los que nuestro país tiene una posición importante – libros, museos, teatros, patrimonio histórico-artístico…etc». La palabra biblioteca ni aparece, ni se le espera.

Tal vez podamos pensar que nuestro capítulo sea más el 4: ‘Una administración para el siglo XXI’; o que dentro del término libro se incluye a las bibliotecas.

La duda entonces es si las bibliotecas se quedan: ¿dentro del 5,5 % de fondos asignados a administración del siglo XXI? , ¿o dentro del 1,1 % de los asignados a Cultura y Deporte? Una duda que los próximos tres años se tendrá que disipar. Mientras, nos queda un eslogan (‘España puede’) y una duda que no es nueva: ¿y las bibliotecas podrán?

Síguenos en:

Biblioteca remix

De todas las disciplinas, la música, es la más libre. Incluso en la fábrica de salchicas musicales que domina el mercado: la música sigue siendo el arte más inmediato para practicar de manera rápida y contundente la experimentación.

Hace unos meses la innovadora/cansina, sublime/intensa, emocionante/redundante Björk, icono de la experimentación en lo musical y visual desde los 90: recitó un poema de Antonio Machado en el último disco, KiCk i arca (2020), de la ultramoderna Arca. La cantante y productora venezolana, precisamente en su último trabajo, deconstruye un reguetón hasta convertirlo, musical y visualmente, en un puzle irresoluble. Trabajo en el que, por cierto, también colabora la ubicua Rosalía.

 

 

La música electrónica, frente al conservador rock o al efervescente, pero sumiso al estribillo, pop: es uno de los géneros más proclives a la experimentación. Pero términos como freestyle, jam session o avant-garde se conjugaron, musicalmente hablando, en el jazz. Frente al academicismo pautado de la música blanca, la población negra estadounidense en los albores del XX: dio forma a una música libre, sin cánones fijos, ni normas: que está en la base de la música occidental contemporánea.

Conjugar estilos, improvisar, mezclar estilos, deconstruir tradiciones para volverlas a ensamblar, tantear nuevos territorios sin miedo a la disonancia. Conceptos todos que se asocian al jazz pero que igualmente se pueden conjugar con las bibliotecas.

A principios de este raro, raro, raro 2020, en la ciudad francesa de Montluçon, se reinauguró la Mediateca Boris Vian.

Que el forzoso parón al que nos está sometiendo esta pandemia supone una oportunidad para replantearse servicios y, si se puede, remodelar espacios: ya lo hemos dicho en algún que otro post. Si esta situación está acelerando los cambios de la revolución digital: otro tanto se puede decir de las bibliotecas.

Boris Vian, el escritor, músico, ingeniero, poeta, dramaturgo, periodista… adoraba el jazz. Su afección pulmonar le obligó a retirarse de su pasión por la trompeta. Pero ejerció de cicerone de Miles Davis en su visita trascendental al París de los 50. Ese París en el que se daba más que nunca esa mezcla francesa entre lo foráneo, lo novedoso, lo talentoso extranjero y la creatividad permeable gala. Y que tan bien retratan Salva Rubio y Sagar en el exquisito cómic Miles en París (2019).

 

Juliette Gréco y Miles Davis: una historia de amor fugaz en el París más vanguardista.

 

Con ese nombre, la Mediateca de Montluçon, no podía ser acomodaticia. Y aprovechando estas circunstancias tan desfavorables en tantos sentidos: han remodelado su oferta cultural. El centro ha ampliado sus servicios ofreciendo una biblioteca de arte, una sala para videoconferencias o un espacio de realidad virtual.

La biblioteca de arte o artoteca incluye entre 200 y 250 obras especialmente orientadas a los jóvenes. Ante el auge definitivo de las videoconferencias y demás eventos virtuales a los que nos ha abocado la situación: la mediateca ha optado por crear una sala para videoconferencias para todo tipo de públicos (empresas y asociaciones incluidas).

Se trata de habilitar los espacios para que nuestra vida digital no se desarrolle solo en nuestros hogares o móviles: sino que merezca la pena moverse para desarrollarla también en la biblioteca. Puede que nuestra atención esté en Matrix pero nuestro físico en la biblioteca. De ahí que también hayan habilitado un espacio de realidad virtual. De ese modo los jóvenes (y no tan jóvenes) a través de los cascos de realidad virtual: podrán, por ejemplo, perderse en un cuadro de Van Gogh o visitar el Palacio de Versalles.

 

¿Qué es una canción? , ¿qué es una biblioteca? Versionémoslas las veces que haga falta. Es tiempo para experimentar, reinterpretar, arriesgar. Cada cual según sus capacidades y circunstancias. Salga lo que salga, prospere más o menos nuestra idea sobre lo que queremos para las bibliotecas: más raro que lo ya tenemos no va a ser.

¿Alguien podía imaginar un escenario más extraño que las salas de las bibliotecas llenas de catenarias delimitando circuitos cual puertas de embarque en un aeropuerto? ; ¿sillas y estanterías clausuradas con las cintas que se usan para acotar la escena de un crimen? ; ¿mamparas dificultando la comunicación entre usuarios y bibliotecarios? Después de esto la capacidad de nuestro público para aceptar lo insólito con total naturalidad estará más que ejercitada. Versionemos como hace la youtuber Hildegard von Blingin.

 

Lady Gaga en estilo medieval.

 

La youtuber toma su nombre de Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) una de las primeras mujeres compositoras. Y ha ganado relevancia en redes por versionar algunos de los hits más célebres de las últimas décadas al gusto medieval. Lana del Rey, Dolly Parton, Radiohead o Lady Gaga ya tienen algunos de sus temas adaptados a la instrumentación y modos de los cortesanos del siglo XII.

Esta ilustradora y diseñadora de películas es una entusiasta de la ficción histórica y de la fantasía de inspiración medieval. De su amor por la Edad Media y sus estudios de canto clásico nace su proyecto. Un proyecto que no se limita a versionar musicalmente los temas sino que modifica los textos para adaptarlos al tiempo que recrea.

 

 

Pero para cerrar este post sobre versiones musicales y bibliotecarias no nos quedamos en la Edad Media. Nos quedamos con una mirada diferente a un género algo menos clásico. Justo lo que pretendemos hacer con las bibliotecas: observarlas desde todas los ángulos posibles para descubrirles perspectivas insospechadas.

Lidia García, más conocida en redes como The Queer Caní Bot, se define en su perfil de Twitter como: «bollera, coplera y de clase obrera» Esta investigadora desarrolla su tesis doctoral en la Universidad de Murcia sobre estética kitsch, imaginario cañí y género en la cultural visual digital. Sus podcasts ¡Ay, campaneras! demuestran las infinitas lecturas que duermen en géneros muchas veces despreciados o siempre abordados desde los mismos puntos de vista. 

The Queer Cañí Bot disecciona desde el amor por la copla todo ese universo de pasiones desatadas, conservadurismo, marginalidad y papel cuché. Y con ello nos inspira a que hagamos otro tanto con las bibliotecas públicas. Esas folclóricas de la cultura que cada vez, afortunadamente, demuestran menos verguenza a la hora de mostrarse.

 

 

Síguenos en:

Seis grados de separación bibliotecarios

Kevin Bacon se convirtió en los 90 en el nodo central del juego de salón basado en la teoría de los seis grados de separación. Unos estudiantes ociosos tomaron unas declaraciones suyas y lo convirtieron en el nombre a partir del cual establecer relaciones con otros astros de la pantalla. El fenómeno fue a más y ya se ha constituido como juego de mesa.

 

En Nómadas del conocimiento: bibliotecarios en busca de respuestas concluíamos que:

«Puede que el entorno y las circunstancias que separan a un profesional de la información de Wisconsin de uno de Madrid o Florencia aparenten ser muchas: pero si se observan de cerca las diferencias desaparecen.»

Por eso en este post, como se adivina por el título, indagamos en esos seis grados de separación que pueden separar a un bibliotecario de Texas de uno de Almendralejo o el Peloponeso.

La teoría de los seis grados de separación acumula ya un largo recorrido desde que en 1930 el escritor Frigyes Karinthy la planteara en una novela. Según este teoría cualquier persona de la Tierra está conectada con otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no alcanza más allá de cinco intermediarios. Lo que sumaría en total unos seis enlaces.

 

En la biblioteca John J. Burns de Boston pusieron en marcha un juego de seis grados de separación rastreando en sus fondos. Tomando con punto de partida la ciudad de Boston consiguieron enlazar a la reina Isabel II con el director de la biblioteca. Todo en seis pasos.

Desde entonces algún que otro psicólogo, sociólogo, matemático y hasta la mismísima Facebook: se han empeñado en demostrar esta teoría de manera empírica. Pero la cosa ha quedado más en el ámbito de la cultura popular que en el de cualquier ciencia. Justo en el ámbito en el que mejor nos desenvolvemos en este blog.

En un gremio como el bibliotecario, probablemente, no sería demasiado complicado encontrar esos seis grados de separación. Pero nos ahorramos la demostración de la teoría. La biblioteca como concepto ya supone de por sí una proximidad que no es necesario medir por grados.

Desde el año 2002 el programa NAPLE Sisters Libraries lleva hermanando bibliotecas a lo largo del continente europeo. Un proyecto tan, o más consolidado, que el concurso de Eurovisión: pero sin alianzas por parte de los países del este para votarse entre sí.

Pero ajustemos el enfoque a casos concretos. Entre Soto del Real (Madrid) y Melbourne (Australia) distan 17309 km. Pero entre Juan Sobrino, bibliotecario del municipio madrileño, y Lisa Dempster, directora ejecutiva de participación ciudadana de las bibliotecas de Yarra Plenty: puede que los grados de separación no lleguen ni a 4.

El bibliotecario de Soto del Real porque, desde que empezó todo esto del Covid-19, ha sustituido sus visitas mensuales a las residencias de ancianos del municipio: por llamadas telefónicas, cada viernes, para narrarles un cuento. Y los bibliotecarios de Melbourne coordinados por Lisa: porque al tener que cerrar las bibliotecas por el confinamiento: localizaron a todos los mayores de 70 años, que eran socios de las bibliotecas, para llamarles y saludarles al tiempo que se ofrecían para prestarles ayuda.

Aquí citamos a Soto del Real o a Melbourne, como podríamos citar otras muchas bibliotecas que han puesto en marcha iniciativas iguales o similares. Los objetivos de las bibliotecas públicas varían poco en esencia: son las circunstancias e idiosincrasias propias de cada territorio y sociedad las que aportan los matices.

 

El bibliotecario de Soto del Real (Madrid) leyendo cuentos por teléfono. Foto: El País.

 

En la ciudad piamontesa de Ivrea (Italia) llevan15 años hablando de construir una biblioteca municipal, y entre tensiones políticas de unos grupos y otros: los cerca de 25.000 habitantes de la localidad siguen sin disfrutar de la nueva biblioteca. Mientras tanto, en Haiti, los estudiantes optaron por métodos más expeditivos al boicotear la inauguración por parte de las autoridades de la nueva Facultad de Ciencias humanas. Barricadas, hogueras y piedras para expresar su indignación por la corrupción política y la ausencia de una biblioteca.

Está claro que podríamos seguir rastreando puntos calientes a lo largo del orbe sobre la cuestión bibliotecaria. Proyectos, injusticias, sucesos o iniciativas que demostrarían, bibliotecariamente hablando, esos seis grados de separación. Puntos de conexión entre bibliotecarios en las antípodas geográficas que no en las profesionales. O en las puramente personales.

 

Es el caso de Jaber Abubaker, que trabaja como bibliotecario en el Al-Maktoum College of Higher Education de Hillside Drive (Escocia). El bueno de Jaber fue detenido por conducir envuelto en un nube de cannabis por carreteras de Dundee e Invergowrie. Según declaró a los agentes de la policía: los medicamentos que tomaba para la ansiedad se le quedaban cortos (¿estará a cargo de la sección para adolescentes en su biblioteca?). Francamente agobiado, Jaber, decidió a recurrir al cannabis.

En este caso no vamos a indagar en los grados de separación que lo unen con otros profesionales de bibliotecas en similares circunstancias. Tampoco es necesario entrar en detalles tan personales.

 

 

Hasta ahora hemos hablado de grados de separación geográficos: pero hay también de otro tipo. Por ejemplo, generacionales. En un reciente artículo publicado en ‘El País’ a cuenta del estreno de la última de Christopher Nolan, Tenet (2020), la película llamada a reflotar a los cines tras la pandemia, Jaime Lorite hacía una reflexión de lo más afilada:

» una guerra intergeneracional –los jóvenes concienciados pidiendo cambios a unos mayores que no vivirán para ver los efectos de su modo de vida insostenible [y] ahora es a los jóvenes (el futuro), entre quienes la covid-19 tiene una tasa de letalidad mucho más baja, a quienes se pide que sean responsables para proteger a sus mayores.»

 

En El ángel exterminador bibliotecario IV: alevines versus séniors suspirábamos porque los séniors aprendiesen de los jóvenes su falta de prejuicios a la hora de disfrutar de la cultura; y en sentido contrario: que los jóvenes aprendieran de los mayores a tener más referentes para que nos les vendieran lo mismo una y otra vez.

Si extrapolamos este versus al ámbito bibliotecario: no sabemos si los susodichos 6 grados de separación pasarán a 12 o 24. Pero el hecho es que el conficto intergeneracional en el gremio bibliotecario, que no en las bibliotecas, está en marcha desde hace tiempo.

Como hemos visto encontrar puntos de conexión entre profesionales del gremio no cuesta demasiado. Pero ¿pasará lo mismo entre los que ejercen como bibliotecarios en la actualidad y los que se están formando ahora mismo para, se supone, hacerse cargo de estas instituciones una vez se jubilen los que ejercen en el presente?

A este respecto, el curso 2020/2021 en la Facultad de Comunicación y Documentación de la Universidad de Murcia (UMU), incluye un nacimiento y un aviso de necrológica:

La atípica (en la carrera de Will Smith) y excelente película: Seis grados de separación (1993)

Como puede observarse en el cuadro de grados encuadrados dentro de las Ciencias sociales y jurídicas: el grado de Información y Documentación se encuentra en plenos estertores y, situado sobre él, cual recién nacido en la incubadora, luce el concebido para sustituirlo: Gestión de Información y Contenidos Digitales.

De ese modo se afianza la tendencia por extinguir los estudios que hasta ahora daban la formación necesaria para integrar las plantillas de bibliotecas, archivos y centros de documentación en las universidades españolas.

Tras años con faltas de ofertas de empleo público, con cierres de bibliotecas, y con una crisis económica galopante que ahora la pandemia promete espolear: ¿se puede hablar de relevo generacional al frente de las bibliotecas? Hace décadas que no se da.

Los becarios, los contratados en prácticas o cualesquiera otro ardid administrativo para contar con mano de obra barata que hayan sobrevivido a tanta purga: no entrarían en la categoría de alevín como no fuera en una federación de petanca.

Que los flamantes graduados en Información y Contenidos Digitales formados, en lo que se da en llamar ‘economía digital’: constituyan el relevo sería lo natural. Como advierten en el texto de presentación: ‘un título con una importante tecnificación pero enmarcado dentro del área de las Ciencias Sociales‘. Confiemos en que los estudios complementarios que requieran para enriquecer su formación no pierdan de vista a las humanidades. Al menos para los que se decanten por el Bloque B: Bibliotecas y archivos.

Sería el complemente adecuado para encontrar el equilibrio perfecto entre las generaciones de profesionales de bibliotecas que les precedieron, y que generalizando, perfilábamos hace dos años y medio en Biblioteca con subtítulos:

«Las plantillas bibliotecarias actuales se distribuyen a grosso modo: entre los licenciados en carreras de Letras que, en los 80, opositaron para bibliotecas como una solución a la falta de salidas profesionales a sus estudios, y que tras hacer un loable intento por actualizarse en destrezas informáticas, no lo compaginaron con una reinvención de lo que debía ser una biblioteca; y los diplomados/licenciados de los amenazados estudios de Biblioteconomía y Documentación, que surgieron en la década de los 90, y que recibieron una formación basada en conocimientos técnicos sin incentivar la curiosidad intelectual, y el perfil humanístico, que se requiere ahora para compensar tanta maravilla tecnológica vacía de contenido.»

Asistir al choque generacional que se producirá, en los próximos años, entre esos diplomados en los 90 y los millennials y posmillennials: aparte de resultar un espectáculo digno de guionistas que supieran estar a la altura (dará para una serie de Netflix por lo menos): vendrá a refutar la teoría de los seis grados de separación.

En el mundo bibliotecario más inmediato los seis grados de separación puede que de geográficos pasen a interestelares. Las distancias pueden ser insalvables pese a que la separación física no vaya más allá de los dos metros en los que nos está adiestrando esta pandemia.

Puede que las dependencias bibliotecarias terminen como la cantina de Star wars (la primera, es decir, la IV si lee esto uno de la generación Z): repletas de seres de distintos planetas. Sea como sea promete dar para una buena saga.

Y qué mejor final para superar cualquier grado de separación que la música. La directora y escritora Paula Ribó, bajo su seudónimo Rigoberta Bandini, nos deja este delicioso tema en spanglish para que cada cual le busque el sentido como cierre de este artículo sobre conexiones y distancias geográficas, generacionales y/o culturales.

 

Síguenos en:

Nómadas del conocimiento: bibliotecarios en busca de respuestas

Viajando sin salir de casa. Maravillosa ilustración de Martin Tognola.

 

Para hacer un buen viaje es importante marcarse un itinerario. Pero para hacer un gran viaje lo importante es no ponerse destino. No vamos de Ulises. Pero si algo nos ha enseñado el trayecto que nos ha llevado desde Infobibliotecas hasta Knovvmads: es que perderse siempre trae recompensas. Durante las semanas de confinamiento que el mundo ha vivido por el COVID-19, los que teníamos conexión a internet, en mayor o menor medida, hemos ejercido de turistas accidentales.

En la novela de Ann Tyler, El turista accidental, su protagonista escribe guías de viajes para gente que no le gusta viajar. Turistas que transitan por ciudades, y solo quieren recrear lo que les es familiar, impermeables a cualquier encanto local. Justo lo opuesto a lo que aspiramos nosotros.

La Biblioteca Móvil Infantil de Mongolia lleva libros a comunidades de pastores nómadas del desierto de Gobi. Fotografía de Jambyn Dashdondog

 

Somos, y queremos, nómadas del conocimiento. Viajeros, desde nuestros dispositivos o a bordo de cualquier medio de transporte, que huyen de los lugares comunes porque aspiran a descubrir(se) horizontes nuevos. Pero ¿y si estamos condenados a ser turistas accidentales? Todo parece llevarnos a ello: la fragmentación de las fuentes, la inflación de oferta cultural e informativa no ha desembocado en una sociedad real del conocimiento. Si acaso de la evasión (y de las más tonta por cierto en la mayoría de los casos).

Cuando en 2017, el escritor Patrick Ness, se alzó con dos Carnegie Medals (galardones concedidos por los bibliotecarios británicos) hizo unas declaraciones que merece la pena recordar:

«librarians are tour-guides for all of knowledge» (los bibliotecarios son guías turísticos de todo el conocimiento)

Toda una responsabilidad la de ser guías de un continente tan inabarcable como es el conocimiento. Pero en la biblioteca del siglo XXI ¿queremos turistas o viajeros? O incluso más importante, como profesionales de bibliotecas: ¿somos turistas o viajeros?

 

 

En el portal de viajes TripAdvisor publican cada año un informe sobre las tendencias en viajes. Según el informe de 2019 el ranking lo coparon los viajes familiares, seguido por los viajes para aprender, que incluyen experiencias inmersivas; viajes de bienestar o relax; experiencias culturales y temáticas; actividades al aire libre; viajes deportivos o gastronómicos. El informe de tendencias del 2020 es presumible que arrojará un ranking harto diferente dadas las circunstancias.

Pero reparando en cuál fue el viaje con experiencia inmersiva que acumuló más reservas, al menos para los estadounidenses: ese fue un curso en una escuela de gladiadores (sic). Un 94% de las reservas fueron para aprender a convertirse en gladiador tipo Maximus en la película de Ridley Scott. Seguido por clases de salsa en San Juan, de surf en Sydney o de cerámica camboyana.

¿Dónde quedan las figuras de un Lawrence Sterne, un Alexander von Humboldt, una Ida Pfeiffer, un Lord Byron, un Henry James o un Stendhal, entre otros?

 

Escuela de gladiadores de Roma.

 

En el siglo XIX se desató un auténtico furor viajero. Los avances científicos, el colonialismo y la moda orientalista alentaron el deseo occidental por conocer mundo. Tras varios siglos de aventuras marítimas y terrestres en busca de nuevos mercados y continentes que esquilmar y anexionar: en el XIX, la ciencia, el conocimiento, alentaron muchas de esas aventuras. Un halo de romanticismo fijó el daguerrotipo que de esos tiempos nos hacemos. Pero que el bonito tono sepia no nos despiste de la verdad.

Las numerosas expediciones científicas de la Royal Geographical Society y demás Sociedades Geográficas, buscaban el conocimiento, sí, pero sobre todo el beneficio económico. Y ese ansia de conocimiento llevó aparejado numerosos genocidios, extinción de especies y sentencias de pobreza para muchos territorios.

Inmersos en un siglo que se atisba no menos apasionante que el pasado: más que nunca estamos impelidos a seguir viajando en pos del conocimiento. De un conocimiento que aporte beneficio económico, sin duda, pero no a costa de unos sacrificios que son insostenibles.

 

Viajeros europeos en torno a 1910 en Birmania. Fotografía tomada por Vincent Clarence Scott O’Conner perteneciente a la biblioteca de la Royal Geographical Society. 

 

El citado portal de viajes TripAdvisor ha servido para popularizar, aún más, conceptos como el de ‘economía de la reputación’. En su lado positivo: la opinión del consumidor como instrumento de control de la sociedad de consumo (mucho más inmediato que el voto que metemos en la urna cada cuatro años). En su lado negativo: barra libre para la maledicencia.

Afortunamente, bibliotecas y bibliotecarios, cotizan alto en la economía de la reputación ( no tanto en la de la popularidad): pero ahora más que nunca no hay que dormirse en los laureles. Aunque fueran los laureles del propio Julio César. Y esta referencia, aunque metida con calzador, no es del todo gratuita porque volvemos a esa Escuela de gladiadores que ostenta el record de reservas en el informe TripAdvisor 2019.

El conocimiento, por muy inmersivo que sea, no se obtiene disfrazándose de romano antiguo y emulando una película de Hollywood. En ‘Los pilares de la sabiduría’ de Thomas Edward Lawrence (aka Lawrence de Arabia) la Sabiduría lanzaba una llamada a los incautos para que visitaran su casa. Y es que ser incauto, no tener cautela, es muchas veces necesario para poder alcanzar, sino la sabiduría, sí al menos el conocimiento.

El filósofo Juan Arnau Navarro publicó hace unos meses un fantástico artículo sobre ‘Cosmopolitas sin salir de casa‘ en ‘El País’ del que extraemos este fragmento:

«Se puede ser cosmopolita sin salir de la biblioteca (Borges lo fue) y provinciano sin dejar de viajar.»

 

El último ensayo de Juan Arnau, reacciona contra el actual pensamiento algorítmico que tiende a la uniformización del pensamiento: reinvidicando la imaginación.

 

Todos, en algún momento, incurrimos en lo mismo. Somos como turistas accidentales que navegamos por internet buscando apuntalar nuestras creencias. Hostiles a todo lo que contravengan las ideas con las que partimos. La antítesis del conocimiento, vaya.

Por eso Knovvmads nace del deseo por ampliar horizontes pero con rumbo definido. Cuando más inciertos son los tiempos más imperativo se hace asegurar las velas para que la travesía sea exitosa. Y Knovvmads parte con unos antecedentes que disipan cualquier temeridad. El éxito, durante más de una década, de la empresa de servicios bibliotecarios Infobibliotecas son los avales para Knovvmads.

Se trata de situar a las bibliotecas, como centros culturales y sociales, al mismo nivel que el resto de industrias culturales. Si los espacios, servicios, profesionales, usuarios, productos y ofertas de las bibliotecas se han ido adaptando a las nuevas necesidades: los medios que reflejen esas nuevas realidades tienen que estar a la altura.

Puede que el entorno y las circunstancias que separan a un profesional de la información de Wisconsin de uno de Madrid o Florencia aparenten ser muchas: pero si se observan de cerca las diferencias desaparecen. Todos nos movemos con un único objetivo: indagar, de la manera más fidedigna posible, sobre el mundo en que nos movemos. Y en Knovvmads, como nómadas del conocimiento que somos, tenemos una ventaja.

La ventaja de contemplar el horizonte desde un mirador privilegiado: las bibliotecas.

Suscripciones a Knovvmads en este enlace.

Síguenos en:

Ejército de salvación bibliotecario

 

Bibliotecarios voluntarios uniformados en París, 1919. Entre 1917 y 1920, durante la Primera Guerra Mundial, el Servicio de Guerra de la ALA estableció campamentos de apoyo bibliotecario y recaudó fondos. Fotografía de los archivos de la Universidad de Illinois.

 

Cuando Barack Obama, en 2013, centraba los esfuerzos de su política interior en montar un sistema de seguridad social para los estadounidenses: uno de los principales escollos fue cómo difundir la información a los ciudadanos. Conocer los detalles para formalizar el seguro médico requería de un auténtico ejército de colaboradores, en una de las campañas sociales más ambiciosas, que se había llevado a cabo en el país.

Cuando el Obamacare parecía una realidad.

En el caso del cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, las bibliotecas, siempre han sido uno de sus escenarios favoritos. Para mítines, fotos de juventud o en la implicación personal en el desarrollo de su biblioteca presidencial.

Por eso, cuando se pensó en profesionales que pudieran reclutarse para la ambiciosa campaña informativa que conllevaba la implantación del Obamacare: se pensó en los bibliotecarios.

Los equipos informáticos, los espacios, y sobre todo, los bibliotecarios formados para asesorar en diversas cuestiones eran los mejores “soldados”. Y así lo entendieron las autoridades del país.

Obama señalando el complejo diseñado para albergar la biblioteca presidencial de su mandato.

 

Lo que vino después ya es otra historia. La del cuadragésimo quinto presidente que desmanteló el Obamacare; negó una pandemia que acumulaba miles de muertos, se ha negado a llevar mascarilla; y después la enarbola como símbolo de patriotismo. En fin, cuando llegué Kanye West a la presidencia, y Kim sea primera dama, puede que lo de Trump gane en coherencia.

Al Capone lloraba en la ópera, Hitler se emocionaba con Wagner, y Kanye West ha hecho discos tan geniales como My beautiful Dark Twisted. La sensibilidad no está reñido con la maldad, ni el talento, en el caso de West, con la estupidez.

Pero en el país del autor de esa joya que es My Beautiful Dark Twisted Fantasy (¿su oscura fantasía era la presidencia?): los bibliotecarios están acostumbrados a movilizarse por las razones más, en principio, ajenas a su juramento hipocrático bibliotecario. Si es que acaso existiera tal cosa.

En la crisis de opiáceos que lleva varios años sacudiendo el país, los profesionales de bibliotecas como la McPherson Square, en Filadelfia, se tuvieron que formar en la administración de naloxona: el fármaco al que recurrir ante intoxicaciones por consumo de opiáceos.

Y ahora, con los Estados Unidos convertidos en centro de la pandemia del COVID-19: uno de los recursos en esta crisis sanitaria vuelven a ser los bibliotecarios. El sistema sanitario de la ciudad de Phoenix está al borde del colapso: y los responsables políticos han tenido que recurrir a empleados públicos fuera del ámbito sanitario.

Sin departamento propio de salud pública, el alcalde de la ciudad, atribuye la falta de recursos al manejo de la pandemia por parte del gobierno federal. Nada que nos suene especialmente lejano. Pero ¿en qué pueden ayudar los bibliotecarios ante una situación así? Y no hablamos de proporcionar cultura a la ciudadanía. En Phoenix los han derivado básicamente para apoyo logístico. Ayudan a completar formularios médicos, dirigen a los ciudadanos que acuden a hacerse las pruebas, y ejercen labores de limpieza.

 

Unas tareas que conllevan un riesgo para unos profesionales que no están, ni tienen porque estarlo, formados para este tipo de funciones. En el artículo que la web Book Riot dedica a este asunto: denuncian abiertamente los recortes que se llevan haciendo en sanidad o bibliotecas, y en cambio no en policía, y que ahora se hacen especialmente evidentes. De nuevo algo que nos suena tristemente familiar.

Las autoridades californianas, en cambio, también han recurrido a los bibliotecarios, pero no como auxiliares de clínica improvisados. Han optado por aprovechan las habilidades de investigación y acceso a la información por parte del gremio para que actúen como rastreadores.

 

El bibliotecario Henry Stokes ha publicado un post en el blog de la Comisión de bibliotecas y archivos de Texas ‘photoshopeando’ algunos viejos carteles de propaganda durante la guerra para adaptarlos al mundo bibliotecario actual.

 

En nuestro país, según las últimas informaciones, contamos con 3.500 rastreadores cuando deberíamos de contar con más de 8.000 para poder controlar la epidemia. Básicamente se trata de personal sanitario el que desarrolla esta labor, profesionales de enfermería, concretamente. ¿Sería plausible una medida como la que han adoptado en California? Parece harto improbable. Por un lado, la vocación social, y por otro, la larga tradición activista del gremio bibliotecario estadounidense: hacen que resulte más fácil de movilizar y adaptar a una situación de estas características.

En cualquier caso, pareciera que el ejército de bibliotecarios debe batallar por su comunidad en los más insospechados frentes. Sólo hay que ver cómo siguen sobreviviendo, pese a los tiempos que corren, y en vez de perder usuarios, los ganan aunque sea en la distancia.

Ese juramento hipocrático bibliotecario del que hablábamos antes no suena tan fantasioso. Lo más difícil, como siempre, sería determinar las cláusulas de un compromiso que todos estuvieran dispuestos a acatar. Más leña al fuego del debate en torno a lo que es, o debería ser, un bibliotecario en el siglo XXI.

 

Henry Stokes adaptando, gracias a Photoshop, el mensaje de los carteles antiguos para los nuevos tiempos.

 

 

Síguenos en:

Lectura de posos de café

El Roto, profeta donde los haya, dedicó esta viñeta a las librerías. Tanto vale para las bibliotecas.

 

Estamos en verano y lo habitual es pensar en viajes. Pero en este 2020 todo es tan extraño que mejor no soñar demasiado. El futuro es pura incertidumbre (palabra candidata a ser palabra del año si ‘coronavirus’ lo permite). Cabría preguntarse si los ingresos de videntes, taroritas y demás amigos de lo adivinatorio han engrosado sus cuentas a costa de la pandemia. Lo que está claro es que ninguno de los que se adornan de bolas de cristal y túnicas: supo leer las señales.

En cambio, Bill Gates, sí se supo leerlas. Y por eso algunos, que fueron amantes bandidos o ejercen de presidentes de universidades católicas: sospechan de él por sus tratos con el demonio. La tecnología es la nueva bola de cristal. Y los gurús tecnológicos nuestros oráculos. Por eso este post va dedicado una vez más a la la lectura: pero la lectura de los posos del café. Un arte adivinatorio más tradicional y, seguro que más respetado, por amantes bandidos y presidentes universitarios católicos.

 

 

Si se ha viajado a algún país escandinavo, y entre visita turística y monumento, se tiene el vicio de perderse en algunas de las librerías que salen al paso: probablemente se habrá topado con alguno de esos establecimientos cálidos que propician los diseños del norte de Europa. Esos locales en los que es posible hojear libros, mientras se degusta un café o se come algo de repostería; a ser posible frente a un ventanal lluvioso, que venga a completar el idílico momento.

La alianza café-lectura-escritura es ya un lugar común. Allá por el 2015, ¡qué tiempos!, un informe sobre bibliotecas en Inglaterra ya recomendaba que las bibliotecas copiasen a los coffee shop. Y como bien vimos en Cabaret bibliotecario: la cosa ha ido a más.

En nuestro país los cafés literarios son todo un clásico. En un reciente artículo del ‘ABC cultural’ se rememoraba el papel que los cafés literarios han tenido en la vida cultural madrileña. Un ejercicio de añoranza en el que está permitido recrearse.

 

 

Según un estudio de la Universidad de Granada, el valor antioxidante de los posos del café es hasta 500 veces mayor que el de la vitamina C;  y no necesitamos estudio alguno que nos demuestre los efectos antioxidantes que la lectura tiene para el cerebro. Quizás sea por eso que a esos quirománticos, videntes y demás faunas televisivas de madrugada, les da por la Cafeomancia o la Teomancia.

Y tampoco en este caso, necesitamos de estudio alguno que nos confirme: que fiar nuestro futuro a lo que nos digan los restos de una bebida, por saludable que esta sea: lo único que denota es déficit de lecturas provechosas.

Afortunadamente, la ilustradora Maria A. Aristidou le da un uso a los posos de café mucho más interesante y vigorizante para su talento.

Sus retratos dibujados con café le hicieron ganar fama en la red; y algunos de ellos nos sirven para decorar el salón de té que hemos montado en este post. El agente Cooper de Twin Peaks, Bob Marley, soldados imperiales de Star Wars o la carismática Daenerys Targaryen de Juego de tronos, son algunos de los personajes que gusta de retratar con tan aromática sustancia.

Pero los alérgicos a la cafeína, que no sufran, también tenemos té.

El escritor best seller Laxman Rao en su puesto callejero de té, con el muestrario de sus novelas en el suelo y una mesa

 

«¿Un salón de té?, ¿un salón de té? con esa mala leche un salón de té» que cantaban los Radio Futura en su clásico Paseo con la negra flor. Y no sabemos si mala leche, pero sí mucho carácter, y buena mano para el té con leche, es lo que ha demostrado tener Laxman Rao de Nueva Delhi. El vendedor de té más famoso de la capital hindú siempre tuvo un sueño: llegar a ser un escritor de éxito, y lo consiguió.

En su destartalado y célebre puesto de té callejero, Rao sirve su delicioso té con leche, y al mismo tiempo vende sus novelas en lengua hindi, que se han convertido en auténticos best sellers. El vendedor de té y escritor, fue un precursor de la autoedición muchas décadas antes de que Internet la convirtiera en la salida para tanto escritor aficionado, al que las grandes editoriales daban la espalda.

Hoy día, hasta Amazon India se enorgullece de poder distribuir la obra del vendedor de té superventas. Mientras Rao, fiel a sus infusiones, sigue sirviendo humeantes tazas de té en plena calle: al tiempo que atiende a los medios.

 

 

Según las recomendaciones más extendidas, el número de tazas de café aconsejables al día no debe de superar las cuatro. Pero como también entran en juego la variedad del café, así como el estado de alteración nerviosa del consumidor.

Escritores, músicos, cineastas, pintores, locos por el café, hay y habido muchos; pero tal vez el caso que ha llevado más al extremo esa relación sea el de la escritora canadiense Margaret Atwood. La autora de La mujer comestible, es una enamorada de los pájaros, y por supuesto del café.

«Ignoro por completo a los tés de hierbas, voy directamente a la verdad, al vil café. Nervios en una taza. Me anima a querer saber más»

 

La relación de Isak Dinesen con el café iba más allá de consumirlo. En la foto aparece con el personal de su plantación de café en Kenia

 

Y tanto es así, que en colaboración con la muy literaria marca de cafés Balzac’s, se lanzó al mercado la variedad de café Atwood Blend: una mezcla de granos procedentes de Sudamérica y Centroamérica que combina sabores a caramelo y cacao. Desarrollada en colaboración con la propia Atwood; la comercialización de esta variedad sirve para recaudar fondos para el Observatorio de Aves de la Isla de Pelee en Canadá.

 

Las bellos diseños para el café diseñado por Margaret Atwood

 

Pero la historia tras la marca de cafés Balzac’s, bien merece un inciso. Diana Olsen es la fundadora de esta marca de cafés, licenciada en Literatura francesa, fue en la universidad donde descubrió la pasión cafetera del prolífico autor de La comedia humana.

Hasta 50 tazas de café negro dice la leyenda que podía llegar a ingerir en un día, el genio de las letras francesas; no es de extrañar que en 20 años llegase a escribir hasta 85 novelas. El gran novelista del realismo francés del siglo XIX, defendía los beneficios que el café tenía para la creatividad: «el café es un gran poder en mi vida…que ahuyenta el sueño, y nos da la capacidad para ejercitar un poco más nuestros intelectos«.

Olsen tras graduarse marchó a París, dónde frecuentó los típicos cafés de la capital, y fue allí donde pensó en montar una cadena de cafés bajo el nombre de Balzac. En la actualidad la cadena Balzac es una de las más importantes en Canadá; y de las más estimulantes en su concepto y diseños (como los fantásticos pósteres que lucen junto a este texto).

Y del binomio escritores y café pasamos al de los libros y el café. En inglés, a los libros de gran, gran formato, imposibles de leer como no sea en un atril, o sobre una mesa, se les conoce como los coffee table books (los libros de la mesa del café).

Desplegar en un rincón de nuestro salón uno de los fastuosos tomos king size de la editorial Taschen, por ejemplo, puede tildarse de exhibicionismo cultureta. Pero sea por mero afán decorativo, o por sincero interés por la obra: para un amante del libro como objeto, el toparse con unos de esos monumentos impresos, es uno de los placeres equiparables al que provoca el aroma del café humeante en los café-adictos.

Carpeaux, las pin-up, Helmut Newton, Cartier-Bresson, Little Nemo, Caravaggio o el metalizado Sex de Madonna: obras XL para lucir en mesitas de café

 

La fotografía, el cine, la arquitectura, la pintura o la escultura suelen ser los principales asuntos que abordan estos mamotretos impresos a todo lujo. Y precisamente en Madrid se acaba de inaugurar la primera tienda Taschen en España. Ya sabemos que más de un bibliófilo, bibliotecario, biblioespecimen, en general, ya ha apuntado la visita a la exquisita librería para cuando se pueda viajar libremente (por verdadero placer) a la capital.

Mientras, consolémonos de la incertidumbre que nos depara este verano teniendo siempre cerca una taza de…… (que cada uno lo rellene con lo que mejor le viene en estas fechas): y un buen libro. Y para terminar un post que habla de cafés y libros: no podíamos dejar fuera el tercer elemento imprescindible en este tipo de establecimientos: la música. Música apropiada y con el punto justo de azúcar que no empalague.

 

Síguenos en:

Escuela de pensadores, escuela de superhéroes

 

En la reciente miniserie Hollywood estrenada en Netflix, el ubicuo Ryan Murphy lleva hasta las últimas consecuencias lo que Tarantino, con un estilo totalmente opuesto: ha puesto en práctica en algunas de sus obras más recientes.

 

Tanto en Malditos bastardos (2009) como en Érase una vez…Hollywood (2019): el director de Pulp fiction le enmendaba la plana a la realidad. A Hitler lo asesinaban antes de que pudieran seguir con su locura; y Sharon Tate nunca murió a manos de la infame secta de Charles Mason. Murphy lo ha llevado un paso más allá con la historia del Hollywood clásico.

En su serie la ha convertido en un cuento de hadas en el que la discriminación racial, la homofobia o el machismo son vencidos gracias al empuje de un grupo de soñadores. Una manera de enmendar el retrato más lúgubre y reciente que de la meca del cine ha proyectado el aún humeante, y real, caso Weinstein.

 

Hollywood de Ryan Murphy: revisionismo naif de la meca del cine.

 

Estas revisiones happy flowers de historias reales no dejan de entrañar sus riesgos dada la confusión informativa en la que se mueven las nuevas generaciones. Se empieza aplaudiendo que se derriben estatuas de Cristobal Colón; y se termina creyendo que Hitler no tuvo que ser tan ogro cuando resulta simpático en Jojo Rabbit (2019).

En los últimos tiempos, a juego con la fiebre superheróica que vive la industria del cine estadounidenses, los superhéroes sirven para todo. Los superhéroes y la filosofía (Blackie Books); La física de los superhéroes; Dioses, héroes y superhéroes; En la mente de los superhéroes (los tres de Ma non tropo); o Los superhéroes y el derecho (Tirant Lo Blanch). La lista de obras de divulgación que recurren a los superhéroes para explicar la filosofía, la ciencia, la mitología, la psiquiatría o las leyes: no tiene trazas de agotarse.

Conforman la mitología más elaborada de la cultura popular de nuestro tiempo. Y pese a su maniqueo y, aparentemente, simplista discurso: su éxito tiene su explicación. Definirse como librepensador en nuestra época, más allá de la mera etiqueta, requiere de un esfuerzo superheróico: ante el machaque de discursos únicos con que nos martillean los medios.

Aunque en la historia de la evolución la humanidad ocupa un tiempo tan diminuto, al homo sapiens le ha dado tiempo para acumular tal cantidad de conocimientos, que para cada nueva generación ponerse al día, requiere de un esfuerzo propio de un superhéroe. Tal vez sea por eso que los grandes medios de masas (la televisión, ahora internet): se vuelquen tanto al entretenimiento de encefalograma plano, desperdiciando su potencial divulgativo.

 

Por eso resultan prometedoras iniciativas como la de la londinense School of life que dirige el escritor, filósofo y bloguero Alain de Botton. El que, con motivo de su fundación, declarase que «la vida es demasiado corta para leer libros malos«.

La Escuela de la Vida es un organización con numerosas sedes que pretende ayudar a las personas a encontrar la perspectiva necesaria para afrontar la vida. Ahí es nada. Podría sonar a autoayuda de la barata. Pero lo cierto es que el material didáctico que realizan, con todas las críticas que se quieran hacer: resulta práctico para según qué conceptos.

 

Colección: Lecciones de vida de…., en la que se extraen reflexiones de filósofos útiles para diferentes aspectos de la vida. Editada por la Escuela de la Vida.

 

Las ideas más complejas se escenifican en vídeos animados de pocos minutos, con los que cualquier neófito en la materia puede hacerse una idea del pensamiento de figuras claves de la cultura occidental.

Desde la neurociencia, la teología, la filosofía moral a las teorías feministas; los vídeos ayudan a hacerse una idea rápida.

Que a los más academicistas es probable que no termine de convencer, dada la obligada sintetización de contenidos. Pese a las objeciones que puedan hacerse: acercar la historia de las ideas a las generaciones abducidas por lo audiovisual: es siempre un logro.

Este didactismo es precisamente al que deben volcarse las bibliotecas públicas en la actualidad más que nunca. Se dice desde hace mucho que las bibliotecas deben ser creadores de contenidos. Nadie mejor que los, bien adiestrados, profesionales bibliotecarios, para sintetizar los conocimientos, y servirlos de manera ágil, interesante y amena.

 

 

Sin referentes no somos nada. Por eso, engalanamos el post con la obra del fotógrafo Sacha Goldberger, que revistió a los superhéroes con aires de respetabilidad cultural. Sus retratos, al modo del siglo XVI, hacen que estos símbolos de la cultura de masas hollen, una vez más, las señas de identidad de la alta cultura.

Y cerramos con el reader’s digest en movimiento sobre el concepto de ‘amor fati’ de Nietzsche. Afortunadamente está subtitulado al castellano para que nadie se pierda nada. El filósofo alemán sostenía que los alumnos aprenden por repetición mientras no comprenden: cuando comprenden pasan al nivel siguiente. Si los superhéroes, y los vídeos tipo School of life, sirven de apoyo para saltar al nivel siguiente: bienvenidos sean.

 

Síguenos en:

Bibliotecas sin miedos

El miedo, los temores, como se suele decir, son irracionales. Lo malo es que en el momento que estamos viviendo hay motivos suficientes para justificarlos. De cara a la progresiva e imparable reapertura de las bibliotecas en la fase 1, 2, 3 y subsiguientes: muchos profesionales se están enfrentando, o se tendrán que enfrentar, a muchos de esos miedos propios y ajenos.

No hay remedios efectivos para combatirlos pero como siempre el arte al menos sirve para darles forma. El colectivo artístico anónimo luzinterruptus es conocido por llevar a cabo intervenciones urbanas de espacios públicos siempre asociadas con la luz. Una de las que más repercusión tuvieron el mundo bibliotecario fue ‘Literatura versus tráfico’ que llevaron a cabo, por primera vez, en 2016 en las calles de Toronto.

 

Literature vs. Traffic. from lmartinez on Vimeo.

 

Sus intervenciones se consideraban ilegales, puesto que no piden autorizaciones municipales para hacerlas (su frase: «Dejamos nuestros destellos de luz encendidos… para que otros nos los apaguen…«, lo deja claro). Entre los proyectos recientes se encuentran montajes dedicados a concienciar en torno al abuso de plásticos (Muertos por plástico); sobre la sequía (Dibujando la sequía); o denunciando/ironizando sobre la prohibición de exhibir pezones femininos en redes (Tetas y pezones).

Pero tal vez el proyecto que más puede ayudar recuperar en este tiempo de incertidumbres es uno de sus proyectos no realizados. Concretamente el Muro para quitarse el miedo. Este proyecto en busca de una pared grande en el que realizarse consiste en cubrirla de cuadernos-libros en blanco que puedan ser intervenidos. Por supuesto iluminados por la noche, y que queden dispuestos de tal manera que el viento los agite y pase sus páginas dejándolos abiertos al azar.

Según lo describen:

«… lo que queremos es crear un espacio en el que expresarse, sin miedo a equivocarse […] En sus páginas se podría bocetar lo que después se mostrará como definitivo, siendo útil para hacer pruebas hasta dar con la solución que más agradara al clientes/servidor público/curador/institución/museo… […] el viento obraría, moviendo al azar las intervenciones de las distintas páginas, ofreciendo al espectador millones de composiciones aleatorias, fruto de un trabajo colectivo mezclado por el democrático viento.»

 

En este momento en que los profesionales están saturados de protocolos, normas, leyes, informes y demás intentos por normalizar una situación anormal. En que muchos de los proyectos que estaban en marcha, en bibliotecas, se han quedado, como el de luzinterruptus: sin realizar. Viene bien no hablar, simplemente, contemplar un sueño, una idea de futuro. Y además luminosa.

Un post contemplativo. Para esas bibliotecas que tiene experiencia en salir de situaciones complicadas, y que en esta crisis, volverán a hacerlo una vez más. Y de paso, a ver si hubiera alguna biblioteca, con suficiente fachada lisa como para permitir que luzinterruptus, cuando pase todo esto: pueda convertir en realidad su Muro para quitarse el miedo.

Síguenos en:

Deux ex machina bibliotecario

 

Al relato que de las bibliotecas nos estábamos haciendo le ha salido un elemento sobrevenido (a todos pero aquí hablamos de bibliotecas) que las va a trastocar en muchos sentidos.

Deux ex machina (dios desde la máquina): personaje o fuerza externa a una trama que irrumpe resolviendo, pero contraviniendo, la lógica interna de la historia.

El Cristo, colgado de un helicóptero, volando por el cielo de Roma con el que se abre La dolce vita (1960). El origen de la expresión Deus ex machina proviene del teatro clásico griego en el que, ante una trama irresoluble, aparecía un dios colgado de una grúa. Fellini, en su obra maestra, lo ponía nada más empezar.

 

¿Qué ha sido el Covid 19 sino una fuerza externa que irrumpe en mitad de una tímida recuperación presupuestaria en algunas bibliotecas? ; ¿qué supondrá con unas plantillas con falta de renovación poscrisis 2008? Unas plantillas que ahora  tienen que reinventarse/readaptarse (¡¡one more time!!!) ¿Cómo gestionarán los servicios presenciales en tiempos de medidas higiénicas estrictas? ¿Cuál será la relación con los proveedores de contenidos digitales ahora que se saben aún más imprescindibles?

Esto de lanzar preguntas pero no aportar respuestas: es el culmen del cuñadismo. Y de reflexiones cuñadas vamos sobrados estos días. Por eso, en vez de seguir preguntando al aire, mejor ponemos en práctica una habilidad que tenemos más adiestrada. Vamos a asomarnos, como si fueran las 20 h., a esa ventana bibliotecaria a la cultura del siglo XXI que luce en el frontispicio de este blog. No para aplaudir, bueno tal vez un poco, sino para ver cómo anda el patio de vecinos de la cultura.

 

La felicitación en redes de Infobibliotecas sobre una ilustración de Pier Paolo Rovero de una Nueva York confinada llena de lectores.

 

Que después del primer (y esperemos que último) Día del libro en confinamiento global, escritores y libros, hayan computado al alza en los medios: no es nada significativo. No es en la resaca de esta atípica celebración donde hay que buscar signos: sino días previos. Concretamente, desde el día 15 de marzo a las 0:00 h., en que se activó el confinamiento  en España.

A los pocos días, el presentador de Telecinco, Pedro Piqueras, entrevistaba en directo a Antonio Muñoz Molina. Tras las preceptivas reflexiones en torno a la situación tan extraña que vivimos, Piqueras, despedía al autor de Beltenebros: destacando lo inhabitual que era que un escritor ocupase tantos minutos (sin premio o polémica de por medio) en un informativo prime time. No era premeditado pero en la reflexión se constataba, desde dentro, el poco espacio para la reflexión sosegada en los medios.

 

 

Pero es que en días subsiguientes, también Piqueras, volvía a entrevistar a otros escritores. ¿Falta de contenidos o cambio de tendencia?

El 9 de abril no se emitió el Sálvame nuestro de cada día, era Jueves Santo, y en su lugar se programó La ladrona de libros (2013). La adaptacion de un best seller, sobre los libros como tabla de salvación en tiempos oscuros, sustituyendo al programa que, según algunos, incrementa las ventas de aquellos títulos que en él se mencionan.

Son muchos los escépticos cuando se habla de las lecciones que aprenderemos de esta situación. Los humanos nos hemos ganado a pulso ese autoescepticismo. Pero tal como decíamos en Golpe de estado cultural en ciernes:

«es muy posible que se esté gestando un golpe de estado contra el sistema cultural tal y como lo conocemos en la actualidad. […]  la subversión vendrá desde dentro y casi sin pretenderlo.»

 

Pensándolo bien, que el Día del libro se haya desarrollado en estas circunstancias, puede acarrear consecuencias positivas en cuanto a la imagen de las bibliotecas. Saqueados los catálogos de Netflix, Amazon o HBO: las plataformas digitales de las bibliotecas han captado a muchos ciudadanos que, aún sabiendo que existían, no les prestaban una especial atención. La imagen de las bibliotecas, en términos generales, es muy posible que salga fortalecida.

Ya lo dijimos antes: es momento de retratarse. Lo han hecho ciudadanos, empresas, políticos y, por supuesto, bibliotecas. Y el retrato resultante puede que resulte favorecedor.

En las revueltas digitales (no puede haber otras) que nos han sobresaturado a los internautas: la del sector cultural, al hilo de las declaraciones del Ministro de Cultura, fue una de las más encendidas. Dejando aparte tanto lo idóneo de las declaraciones ministeriales, como la de promover apagones culturales: lo cierto es que las bibliotecas no pueden más que alinearse con el sector de la cultura.

De hecho, las bibliotecas, han seguido siendo vías de transmisión de dinero público hacia el sector de la cultura en medio de esta pandemia.

 

El tan, criticado y finalmente cancelado, apagón cultural en Internet.

 

Las adquisiciones de libros digitales se han incrementado para dar respuesta a la demanda. Las bibliotecas están sabiendo estar a la altura, como tantas otras veces. Aventurar un horizonte esperanzador sería pecar de ingenuos. Simplemente el capital social, que desde luego no el económico, de las bibliotecas se ha visto incrementado en esta crisis.

Las limitaciones que tienen otras instituciones culturales, por su propia naturaleza o misión, no las han tenido las bibliotecas gracias a décadas de trabajo previo. Páginas culturales, filmotecas, cuentas privadas, bloggers están recurriendo a las plataformas digitales de bibliotecas, para recomendar lecturas y películas: y así dar contenido a sus espacios digitales. Pero antes de incurrir en triunfalismo también hay para curas de humildad.

 

Los héroes del papel: los quiosqueros en el homenaje de Víctor Santos.

 

El ilustrador Víctor Santos ha estado publicando durante estos días una serie de ilustraciones bajo el título: Superhéroes de la pandemia. Cada una de ellas va dedicada  a algunos de los que se han jugado el tipo en esta crisis: panaderos, cajeros de supermercados, basureros, sanitarios, farmacéuticos, fuerzas de seguridad, etc. Pero dentro de su repaso, y con razón, no entran los bibliotecarios.

Salvo circunstancias que desconozcamos los bibliotecarios están trabajando, y mucho, pero desde la protección de sus hogares. En cambio, sí están representados los quiosqueros. Un homenaje a los 20.394 puntos de venta a pie de calle que, aún sobreviven, y atienden a los 9.321 millones de lectores de prensa en papel que dicen las estadísticas. Y es que ya lo decíamos en Coleccionables de biblioteca, ecosistemas culturales urbanos:

«Generan barrio, generan comunidad, generan lazos de amistad: y en eso, se siente, les han llevado ventaja a las más exquisitas bibliotecas y librerías.»

 

Los circuitos informativo/culturales más modestos llegando a la población más perjudicada por la brecha digital, en unos casos, o simplemente desfavorecida por otras circunstancias en otras. Un recordatorio de que la apoteosis de lo digital, tras esta pandemia, será incuestionable: pero que la labor social y presencial, aún sin abrazos ni besos, también habrá que reforzarla.

Aún es muy, muy pronto para aventurar cuándo volveremos a algo parecido a esa vida cotidiana de hace tan solo un mes y pico. Pero lo más seguro es que los espacios lúdico-culturales habituales (teatros, conciertos, cines, bares, eventos varios…) van a estar perjudicados largo tiempo. ¿Se convertirán las bibliotecas en una alternativa mayoritaria aunque sea en la distancia? Y antes de empezar de nuevo con el feo vicio de las preguntas al aire mejor nos vamos con música. Como dicen los chicos del prometedor grupo INC: aquí ya no, aquí ya no nos caben más preguntas al aire. Queremos estadísticas que nos den la razón.

 

Síguenos en: