Biblioteca remix

De todas las disciplinas, la música, es la más libre. Incluso en la fábrica de salchicas musicales que domina el mercado: la música sigue siendo el arte más inmediato para practicar de manera rápida y contundente la experimentación.

Hace unos meses la innovadora/cansina, sublime/intensa, emocionante/redundante Björk, icono de la experimentación en lo musical y visual desde los 90: recitó un poema de Antonio Machado en el último disco, KiCk i arca (2020), de la ultramoderna Arca. La cantante y productora venezolana, precisamente en su último trabajo, deconstruye un reguetón hasta convertirlo, musical y visualmente, en un puzle irresoluble. Trabajo en el que, por cierto, también colabora la ubicua Rosalía.

 

 

La música electrónica, frente al conservador rock o al efervescente, pero sumiso al estribillo, pop: es uno de los géneros más proclives a la experimentación. Pero términos como freestyle, jam session o avant-garde se conjugaron, musicalmente hablando, en el jazz. Frente al academicismo pautado de la música blanca, la población negra estadounidense en los albores del XX: dio forma a una música libre, sin cánones fijos, ni normas: que está en la base de la música occidental contemporánea.

Conjugar estilos, improvisar, mezclar estilos, deconstruir tradiciones para volverlas a ensamblar, tantear nuevos territorios sin miedo a la disonancia. Conceptos todos que se asocian al jazz pero que igualmente se pueden conjugar con las bibliotecas.

A principios de este raro, raro, raro 2020, en la ciudad francesa de Montluçon, se reinauguró la Mediateca Boris Vian.

Que el forzoso parón al que nos está sometiendo esta pandemia supone una oportunidad para replantearse servicios y, si se puede, remodelar espacios: ya lo hemos dicho en algún que otro post. Si esta situación está acelerando los cambios de la revolución digital: otro tanto se puede decir de las bibliotecas.

Boris Vian, el escritor, músico, ingeniero, poeta, dramaturgo, periodista… adoraba el jazz. Su afección pulmonar le obligó a retirarse de su pasión por la trompeta. Pero ejerció de cicerone de Miles Davis en su visita trascendental al París de los 50. Ese París en el que se daba más que nunca esa mezcla francesa entre lo foráneo, lo novedoso, lo talentoso extranjero y la creatividad permeable gala. Y que tan bien retratan Salva Rubio y Sagar en el exquisito cómic Miles en París (2019).

 

Juliette Gréco y Miles Davis: una historia de amor fugaz en el París más vanguardista.

 

Con ese nombre, la Mediateca de Montluçon, no podía ser acomodaticia. Y aprovechando estas circunstancias tan desfavorables en tantos sentidos: han remodelado su oferta cultural. El centro ha ampliado sus servicios ofreciendo una biblioteca de arte, una sala para videoconferencias o un espacio de realidad virtual.

La biblioteca de arte o artoteca incluye entre 200 y 250 obras especialmente orientadas a los jóvenes. Ante el auge definitivo de las videoconferencias y demás eventos virtuales a los que nos ha abocado la situación: la mediateca ha optado por crear una sala para videoconferencias para todo tipo de públicos (empresas y asociaciones incluidas).

Se trata de habilitar los espacios para que nuestra vida digital no se desarrolle solo en nuestros hogares o móviles: sino que merezca la pena moverse para desarrollarla también en la biblioteca. Puede que nuestra atención esté en Matrix pero nuestro físico en la biblioteca. De ahí que también hayan habilitado un espacio de realidad virtual. De ese modo los jóvenes (y no tan jóvenes) a través de los cascos de realidad virtual: podrán, por ejemplo, perderse en un cuadro de Van Gogh o visitar el Palacio de Versalles.

 

¿Qué es una canción? , ¿qué es una biblioteca? Versionémoslas las veces que haga falta. Es tiempo para experimentar, reinterpretar, arriesgar. Cada cual según sus capacidades y circunstancias. Salga lo que salga, prospere más o menos nuestra idea sobre lo que queremos para las bibliotecas: más raro que lo ya tenemos no va a ser.

¿Alguien podía imaginar un escenario más extraño que las salas de las bibliotecas llenas de catenarias delimitando circuitos cual puertas de embarque en un aeropuerto? ; ¿sillas y estanterías clausuradas con las cintas que se usan para acotar la escena de un crimen? ; ¿mamparas dificultando la comunicación entre usuarios y bibliotecarios? Después de esto la capacidad de nuestro público para aceptar lo insólito con total naturalidad estará más que ejercitada. Versionemos como hace la youtuber Hildegard von Blingin.

 

Lady Gaga en estilo medieval.

 

La youtuber toma su nombre de Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) una de las primeras mujeres compositoras. Y ha ganado relevancia en redes por versionar algunos de los hits más célebres de las últimas décadas al gusto medieval. Lana del Rey, Dolly Parton, Radiohead o Lady Gaga ya tienen algunos de sus temas adaptados a la instrumentación y modos de los cortesanos del siglo XII.

Esta ilustradora y diseñadora de películas es una entusiasta de la ficción histórica y de la fantasía de inspiración medieval. De su amor por la Edad Media y sus estudios de canto clásico nace su proyecto. Un proyecto que no se limita a versionar musicalmente los temas sino que modifica los textos para adaptarlos al tiempo que recrea.

 

 

Pero para cerrar este post sobre versiones musicales y bibliotecarias no nos quedamos en la Edad Media. Nos quedamos con una mirada diferente a un género algo menos clásico. Justo lo que pretendemos hacer con las bibliotecas: observarlas desde todas los ángulos posibles para descubrirles perspectivas insospechadas.

Lidia García, más conocida en redes como The Queer Caní Bot, se define en su perfil de Twitter como: «bollera, coplera y de clase obrera» Esta investigadora desarrolla su tesis doctoral en la Universidad de Murcia sobre estética kitsch, imaginario cañí y género en la cultural visual digital. Sus podcasts ¡Ay, campaneras! demuestran las infinitas lecturas que duermen en géneros muchas veces despreciados o siempre abordados desde los mismos puntos de vista. 

The Queer Cañí Bot disecciona desde el amor por la copla todo ese universo de pasiones desatadas, conservadurismo, marginalidad y papel cuché. Y con ello nos inspira a que hagamos otro tanto con las bibliotecas públicas. Esas folclóricas de la cultura que cada vez, afortunadamente, demuestran menos verguenza a la hora de mostrarse.

 

 

Seis grados de separación bibliotecarios

Kevin Bacon se convirtió en los 90 en el nodo central del juego de salón basado en la teoría de los seis grados de separación. Unos estudiantes ociosos tomaron unas declaraciones suyas y lo convirtieron en el nombre a partir del cual establecer relaciones con otros astros de la pantalla. El fenómeno fue a más y ya se ha constituido como juego de mesa.

 

En Nómadas del conocimiento: bibliotecarios en busca de respuestas concluíamos que:

«Puede que el entorno y las circunstancias que separan a un profesional de la información de Wisconsin de uno de Madrid o Florencia aparenten ser muchas: pero si se observan de cerca las diferencias desaparecen.»

Por eso en este post, como se adivina por el título, indagamos en esos seis grados de separación que pueden separar a un bibliotecario de Texas de uno de Almendralejo o el Peloponeso.

La teoría de los seis grados de separación acumula ya un largo recorrido desde que en 1930 el escritor Frigyes Karinthy la planteara en una novela. Según este teoría cualquier persona de la Tierra está conectada con otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no alcanza más allá de cinco intermediarios. Lo que sumaría en total unos seis enlaces.

 

En la biblioteca John J. Burns de Boston pusieron en marcha un juego de seis grados de separación rastreando en sus fondos. Tomando con punto de partida la ciudad de Boston consiguieron enlazar a la reina Isabel II con el director de la biblioteca. Todo en seis pasos.

Desde entonces algún que otro psicólogo, sociólogo, matemático y hasta la mismísima Facebook: se han empeñado en demostrar esta teoría de manera empírica. Pero la cosa ha quedado más en el ámbito de la cultura popular que en el de cualquier ciencia. Justo en el ámbito en el que mejor nos desenvolvemos en este blog.

En un gremio como el bibliotecario, probablemente, no sería demasiado complicado encontrar esos seis grados de separación. Pero nos ahorramos la demostración de la teoría. La biblioteca como concepto ya supone de por sí una proximidad que no es necesario medir por grados.

Desde el año 2002 el programa NAPLE Sisters Libraries lleva hermanando bibliotecas a lo largo del continente europeo. Un proyecto tan, o más consolidado, que el concurso de Eurovisión: pero sin alianzas por parte de los países del este para votarse entre sí.

Pero ajustemos el enfoque a casos concretos. Entre Soto del Real (Madrid) y Melbourne (Australia) distan 17309 km. Pero entre Juan Sobrino, bibliotecario del municipio madrileño, y Lisa Dempster, directora ejecutiva de participación ciudadana de las bibliotecas de Yarra Plenty: puede que los grados de separación no lleguen ni a 4.

El bibliotecario de Soto del Real porque, desde que empezó todo esto del Covid-19, ha sustituido sus visitas mensuales a las residencias de ancianos del municipio: por llamadas telefónicas, cada viernes, para narrarles un cuento. Y los bibliotecarios de Melbourne coordinados por Lisa: porque al tener que cerrar las bibliotecas por el confinamiento: localizaron a todos los mayores de 70 años, que eran socios de las bibliotecas, para llamarles y saludarles al tiempo que se ofrecían para prestarles ayuda.

Aquí citamos a Soto del Real o a Melbourne, como podríamos citar otras muchas bibliotecas que han puesto en marcha iniciativas iguales o similares. Los objetivos de las bibliotecas públicas varían poco en esencia: son las circunstancias e idiosincrasias propias de cada territorio y sociedad las que aportan los matices.

 

El bibliotecario de Soto del Real (Madrid) leyendo cuentos por teléfono. Foto: El País.

 

En la ciudad piamontesa de Ivrea (Italia) llevan15 años hablando de construir una biblioteca municipal, y entre tensiones políticas de unos grupos y otros: los cerca de 25.000 habitantes de la localidad siguen sin disfrutar de la nueva biblioteca. Mientras tanto, en Haiti, los estudiantes optaron por métodos más expeditivos al boicotear la inauguración por parte de las autoridades de la nueva Facultad de Ciencias humanas. Barricadas, hogueras y piedras para expresar su indignación por la corrupción política y la ausencia de una biblioteca.

Está claro que podríamos seguir rastreando puntos calientes a lo largo del orbe sobre la cuestión bibliotecaria. Proyectos, injusticias, sucesos o iniciativas que demostrarían, bibliotecariamente hablando, esos seis grados de separación. Puntos de conexión entre bibliotecarios en las antípodas geográficas que no en las profesionales. O en las puramente personales.

 

Es el caso de Jaber Abubaker, que trabaja como bibliotecario en el Al-Maktoum College of Higher Education de Hillside Drive (Escocia). El bueno de Jaber fue detenido por conducir envuelto en un nube de cannabis por carreteras de Dundee e Invergowrie. Según declaró a los agentes de la policía: los medicamentos que tomaba para la ansiedad se le quedaban cortos (¿estará a cargo de la sección para adolescentes en su biblioteca?). Francamente agobiado, Jaber, decidió a recurrir al cannabis.

En este caso no vamos a indagar en los grados de separación que lo unen con otros profesionales de bibliotecas en similares circunstancias. Tampoco es necesario entrar en detalles tan personales.

 

 

Hasta ahora hemos hablado de grados de separación geográficos: pero hay también de otro tipo. Por ejemplo, generacionales. En un reciente artículo publicado en ‘El País’ a cuenta del estreno de la última de Christopher Nolan, Tenet (2020), la película llamada a reflotar a los cines tras la pandemia, Jaime Lorite hacía una reflexión de lo más afilada:

» una guerra intergeneracional –los jóvenes concienciados pidiendo cambios a unos mayores que no vivirán para ver los efectos de su modo de vida insostenible [y] ahora es a los jóvenes (el futuro), entre quienes la covid-19 tiene una tasa de letalidad mucho más baja, a quienes se pide que sean responsables para proteger a sus mayores.»

 

En El ángel exterminador bibliotecario IV: alevines versus séniors suspirábamos porque los séniors aprendiesen de los jóvenes su falta de prejuicios a la hora de disfrutar de la cultura; y en sentido contrario: que los jóvenes aprendieran de los mayores a tener más referentes para que nos les vendieran lo mismo una y otra vez.

Si extrapolamos este versus al ámbito bibliotecario: no sabemos si los susodichos 6 grados de separación pasarán a 12 o 24. Pero el hecho es que el conficto intergeneracional en el gremio bibliotecario, que no en las bibliotecas, está en marcha desde hace tiempo.

Como hemos visto encontrar puntos de conexión entre profesionales del gremio no cuesta demasiado. Pero ¿pasará lo mismo entre los que ejercen como bibliotecarios en la actualidad y los que se están formando ahora mismo para, se supone, hacerse cargo de estas instituciones una vez se jubilen los que ejercen en el presente?

A este respecto, el curso 2020/2021 en la Facultad de Comunicación y Documentación de la Universidad de Murcia (UMU), incluye un nacimiento y un aviso de necrológica:

La atípica (en la carrera de Will Smith) y excelente película: Seis grados de separación (1993)

Como puede observarse en el cuadro de grados encuadrados dentro de las Ciencias sociales y jurídicas: el grado de Información y Documentación se encuentra en plenos estertores y, situado sobre él, cual recién nacido en la incubadora, luce el concebido para sustituirlo: Gestión de Información y Contenidos Digitales.

De ese modo se afianza la tendencia por extinguir los estudios que hasta ahora daban la formación necesaria para integrar las plantillas de bibliotecas, archivos y centros de documentación en las universidades españolas.

Tras años con faltas de ofertas de empleo público, con cierres de bibliotecas, y con una crisis económica galopante que ahora la pandemia promete espolear: ¿se puede hablar de relevo generacional al frente de las bibliotecas? Hace décadas que no se da.

Los becarios, los contratados en prácticas o cualesquiera otro ardid administrativo para contar con mano de obra barata que hayan sobrevivido a tanta purga: no entrarían en la categoría de alevín como no fuera en una federación de petanca.

Que los flamantes graduados en Información y Contenidos Digitales formados, en lo que se da en llamar ‘economía digital’: constituyan el relevo sería lo natural. Como advierten en el texto de presentación: ‘un título con una importante tecnificación pero enmarcado dentro del área de las Ciencias Sociales‘. Confiemos en que los estudios complementarios que requieran para enriquecer su formación no pierdan de vista a las humanidades. Al menos para los que se decanten por el Bloque B: Bibliotecas y archivos.

Sería el complemente adecuado para encontrar el equilibrio perfecto entre las generaciones de profesionales de bibliotecas que les precedieron, y que generalizando, perfilábamos hace dos años y medio en Biblioteca con subtítulos:

«Las plantillas bibliotecarias actuales se distribuyen a grosso modo: entre los licenciados en carreras de Letras que, en los 80, opositaron para bibliotecas como una solución a la falta de salidas profesionales a sus estudios, y que tras hacer un loable intento por actualizarse en destrezas informáticas, no lo compaginaron con una reinvención de lo que debía ser una biblioteca; y los diplomados/licenciados de los amenazados estudios de Biblioteconomía y Documentación, que surgieron en la década de los 90, y que recibieron una formación basada en conocimientos técnicos sin incentivar la curiosidad intelectual, y el perfil humanístico, que se requiere ahora para compensar tanta maravilla tecnológica vacía de contenido.»

Asistir al choque generacional que se producirá, en los próximos años, entre esos diplomados en los 90 y los millennials y posmillennials: aparte de resultar un espectáculo digno de guionistas que supieran estar a la altura (dará para una serie de Netflix por lo menos): vendrá a refutar la teoría de los seis grados de separación.

En el mundo bibliotecario más inmediato los seis grados de separación puede que de geográficos pasen a interestelares. Las distancias pueden ser insalvables pese a que la separación física no vaya más allá de los dos metros en los que nos está adiestrando esta pandemia.

Puede que las dependencias bibliotecarias terminen como la cantina de Star wars (la primera, es decir, la IV si lee esto uno de la generación Z): repletas de seres de distintos planetas. Sea como sea promete dar para una buena saga.

Y qué mejor final para superar cualquier grado de separación que la música. La directora y escritora Paula Ribó, bajo su seudónimo Rigoberta Bandini, nos deja este delicioso tema en spanglish para que cada cual le busque el sentido como cierre de este artículo sobre conexiones y distancias geográficas, generacionales y/o culturales.

 

Nómadas del conocimiento: bibliotecarios en busca de respuestas

Viajando sin salir de casa. Maravillosa ilustración de Martin Tognola.

 

Para hacer un buen viaje es importante marcarse un itinerario. Pero para hacer un gran viaje lo importante es no ponerse destino. No vamos de Ulises. Pero si algo nos ha enseñado el trayecto que nos ha llevado desde Infobibliotecas hasta Knovvmads: es que perderse siempre trae recompensas. Durante las semanas de confinamiento que el mundo ha vivido por el COVID-19, los que teníamos conexión a internet, en mayor o menor medida, hemos ejercido de turistas accidentales.

En la novela de Ann Tyler, El turista accidental, su protagonista escribe guías de viajes para gente que no le gusta viajar. Turistas que transitan por ciudades, y solo quieren recrear lo que les es familiar, impermeables a cualquier encanto local. Justo lo opuesto a lo que aspiramos nosotros.

La Biblioteca Móvil Infantil de Mongolia lleva libros a comunidades de pastores nómadas del desierto de Gobi. Fotografía de Jambyn Dashdondog

 

Somos, y queremos, nómadas del conocimiento. Viajeros, desde nuestros dispositivos o a bordo de cualquier medio de transporte, que huyen de los lugares comunes porque aspiran a descubrir(se) horizontes nuevos. Pero ¿y si estamos condenados a ser turistas accidentales? Todo parece llevarnos a ello: la fragmentación de las fuentes, la inflación de oferta cultural e informativa no ha desembocado en una sociedad real del conocimiento. Si acaso de la evasión (y de las más tonta por cierto en la mayoría de los casos).

Cuando en 2017, el escritor Patrick Ness, se alzó con dos Carnegie Medals (galardones concedidos por los bibliotecarios británicos) hizo unas declaraciones que merece la pena recordar:

«librarians are tour-guides for all of knowledge» (los bibliotecarios son guías turísticos de todo el conocimiento)

Toda una responsabilidad la de ser guías de un continente tan inabarcable como es el conocimiento. Pero en la biblioteca del siglo XXI ¿queremos turistas o viajeros? O incluso más importante, como profesionales de bibliotecas: ¿somos turistas o viajeros?

 

 

En el portal de viajes TripAdvisor publican cada año un informe sobre las tendencias en viajes. Según el informe de 2019 el ranking lo coparon los viajes familiares, seguido por los viajes para aprender, que incluyen experiencias inmersivas; viajes de bienestar o relax; experiencias culturales y temáticas; actividades al aire libre; viajes deportivos o gastronómicos. El informe de tendencias del 2020 es presumible que arrojará un ranking harto diferente dadas las circunstancias.

Pero reparando en cuál fue el viaje con experiencia inmersiva que acumuló más reservas, al menos para los estadounidenses: ese fue un curso en una escuela de gladiadores (sic). Un 94% de las reservas fueron para aprender a convertirse en gladiador tipo Maximus en la película de Ridley Scott. Seguido por clases de salsa en San Juan, de surf en Sydney o de cerámica camboyana.

¿Dónde quedan las figuras de un Lawrence Sterne, un Alexander von Humboldt, una Ida Pfeiffer, un Lord Byron, un Henry James o un Stendhal, entre otros?

 

Escuela de gladiadores de Roma.

 

En el siglo XIX se desató un auténtico furor viajero. Los avances científicos, el colonialismo y la moda orientalista alentaron el deseo occidental por conocer mundo. Tras varios siglos de aventuras marítimas y terrestres en busca de nuevos mercados y continentes que esquilmar y anexionar: en el XIX, la ciencia, el conocimiento, alentaron muchas de esas aventuras. Un halo de romanticismo fijó el daguerrotipo que de esos tiempos nos hacemos. Pero que el bonito tono sepia no nos despiste de la verdad.

Las numerosas expediciones científicas de la Royal Geographical Society y demás Sociedades Geográficas, buscaban el conocimiento, sí, pero sobre todo el beneficio económico. Y ese ansia de conocimiento llevó aparejado numerosos genocidios, extinción de especies y sentencias de pobreza para muchos territorios.

Inmersos en un siglo que se atisba no menos apasionante que el pasado: más que nunca estamos impelidos a seguir viajando en pos del conocimiento. De un conocimiento que aporte beneficio económico, sin duda, pero no a costa de unos sacrificios que son insostenibles.

 

Viajeros europeos en torno a 1910 en Birmania. Fotografía tomada por Vincent Clarence Scott O’Conner perteneciente a la biblioteca de la Royal Geographical Society. 

 

El citado portal de viajes TripAdvisor ha servido para popularizar, aún más, conceptos como el de ‘economía de la reputación’. En su lado positivo: la opinión del consumidor como instrumento de control de la sociedad de consumo (mucho más inmediato que el voto que metemos en la urna cada cuatro años). En su lado negativo: barra libre para la maledicencia.

Afortunamente, bibliotecas y bibliotecarios, cotizan alto en la economía de la reputación ( no tanto en la de la popularidad): pero ahora más que nunca no hay que dormirse en los laureles. Aunque fueran los laureles del propio Julio César. Y esta referencia, aunque metida con calzador, no es del todo gratuita porque volvemos a esa Escuela de gladiadores que ostenta el record de reservas en el informe TripAdvisor 2019.

El conocimiento, por muy inmersivo que sea, no se obtiene disfrazándose de romano antiguo y emulando una película de Hollywood. En ‘Los pilares de la sabiduría’ de Thomas Edward Lawrence (aka Lawrence de Arabia) la Sabiduría lanzaba una llamada a los incautos para que visitaran su casa. Y es que ser incauto, no tener cautela, es muchas veces necesario para poder alcanzar, sino la sabiduría, sí al menos el conocimiento.

El filósofo Juan Arnau Navarro publicó hace unos meses un fantástico artículo sobre ‘Cosmopolitas sin salir de casa‘ en ‘El País’ del que extraemos este fragmento:

«Se puede ser cosmopolita sin salir de la biblioteca (Borges lo fue) y provinciano sin dejar de viajar.»

 

El último ensayo de Juan Arnau, reacciona contra el actual pensamiento algorítmico que tiende a la uniformización del pensamiento: reinvidicando la imaginación.

 

Todos, en algún momento, incurrimos en lo mismo. Somos como turistas accidentales que navegamos por internet buscando apuntalar nuestras creencias. Hostiles a todo lo que contravengan las ideas con las que partimos. La antítesis del conocimiento, vaya.

Por eso Knovvmads nace del deseo por ampliar horizontes pero con rumbo definido. Cuando más inciertos son los tiempos más imperativo se hace asegurar las velas para que la travesía sea exitosa. Y Knovvmads parte con unos antecedentes que disipan cualquier temeridad. El éxito, durante más de una década, de la empresa de servicios bibliotecarios Infobibliotecas son los avales para Knovvmads.

Se trata de situar a las bibliotecas, como centros culturales y sociales, al mismo nivel que el resto de industrias culturales. Si los espacios, servicios, profesionales, usuarios, productos y ofertas de las bibliotecas se han ido adaptando a las nuevas necesidades: los medios que reflejen esas nuevas realidades tienen que estar a la altura.

Puede que el entorno y las circunstancias que separan a un profesional de la información de Wisconsin de uno de Madrid o Florencia aparenten ser muchas: pero si se observan de cerca las diferencias desaparecen. Todos nos movemos con un único objetivo: indagar, de la manera más fidedigna posible, sobre el mundo en que nos movemos. Y en Knovvmads, como nómadas del conocimiento que somos, tenemos una ventaja.

La ventaja de contemplar el horizonte desde un mirador privilegiado: las bibliotecas.

Suscripciones a Knovvmads en este enlace.

Ejército de salvación bibliotecario

 

Bibliotecarios voluntarios uniformados en París, 1919. Entre 1917 y 1920, durante la Primera Guerra Mundial, el Servicio de Guerra de la ALA estableció campamentos de apoyo bibliotecario y recaudó fondos. Fotografía de los archivos de la Universidad de Illinois.

 

Cuando Barack Obama, en 2013, centraba los esfuerzos de su política interior en montar un sistema de seguridad social para los estadounidenses: uno de los principales escollos fue cómo difundir la información a los ciudadanos. Conocer los detalles para formalizar el seguro médico requería de un auténtico ejército de colaboradores, en una de las campañas sociales más ambiciosas, que se había llevado a cabo en el país.

Cuando el Obamacare parecía una realidad.

En el caso del cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, las bibliotecas, siempre han sido uno de sus escenarios favoritos. Para mítines, fotos de juventud o en la implicación personal en el desarrollo de su biblioteca presidencial.

Por eso, cuando se pensó en profesionales que pudieran reclutarse para la ambiciosa campaña informativa que conllevaba la implantación del Obamacare: se pensó en los bibliotecarios.

Los equipos informáticos, los espacios, y sobre todo, los bibliotecarios formados para asesorar en diversas cuestiones eran los mejores “soldados”. Y así lo entendieron las autoridades del país.

Obama señalando el complejo diseñado para albergar la biblioteca presidencial de su mandato.

 

Lo que vino después ya es otra historia. La del cuadragésimo quinto presidente que desmanteló el Obamacare; negó una pandemia que acumulaba miles de muertos, se ha negado a llevar mascarilla; y después la enarbola como símbolo de patriotismo. En fin, cuando llegué Kanye West a la presidencia, y Kim sea primera dama, puede que lo de Trump gane en coherencia.

Al Capone lloraba en la ópera, Hitler se emocionaba con Wagner, y Kanye West ha hecho discos tan geniales como My beautiful Dark Twisted. La sensibilidad no está reñido con la maldad, ni el talento, en el caso de West, con la estupidez.

Pero en el país del autor de esa joya que es My Beautiful Dark Twisted Fantasy (¿su oscura fantasía era la presidencia?): los bibliotecarios están acostumbrados a movilizarse por las razones más, en principio, ajenas a su juramento hipocrático bibliotecario. Si es que acaso existiera tal cosa.

En la crisis de opiáceos que lleva varios años sacudiendo el país, los profesionales de bibliotecas como la McPherson Square, en Filadelfia, se tuvieron que formar en la administración de naloxona: el fármaco al que recurrir ante intoxicaciones por consumo de opiáceos.

Y ahora, con los Estados Unidos convertidos en centro de la pandemia del COVID-19: uno de los recursos en esta crisis sanitaria vuelven a ser los bibliotecarios. El sistema sanitario de la ciudad de Phoenix está al borde del colapso: y los responsables políticos han tenido que recurrir a empleados públicos fuera del ámbito sanitario.

Sin departamento propio de salud pública, el alcalde de la ciudad, atribuye la falta de recursos al manejo de la pandemia por parte del gobierno federal. Nada que nos suene especialmente lejano. Pero ¿en qué pueden ayudar los bibliotecarios ante una situación así? Y no hablamos de proporcionar cultura a la ciudadanía. En Phoenix los han derivado básicamente para apoyo logístico. Ayudan a completar formularios médicos, dirigen a los ciudadanos que acuden a hacerse las pruebas, y ejercen labores de limpieza.

 

Unas tareas que conllevan un riesgo para unos profesionales que no están, ni tienen porque estarlo, formados para este tipo de funciones. En el artículo que la web Book Riot dedica a este asunto: denuncian abiertamente los recortes que se llevan haciendo en sanidad o bibliotecas, y en cambio no en policía, y que ahora se hacen especialmente evidentes. De nuevo algo que nos suena tristemente familiar.

Las autoridades californianas, en cambio, también han recurrido a los bibliotecarios, pero no como auxiliares de clínica improvisados. Han optado por aprovechan las habilidades de investigación y acceso a la información por parte del gremio para que actúen como rastreadores.

 

El bibliotecario Henry Stokes ha publicado un post en el blog de la Comisión de bibliotecas y archivos de Texas ‘photoshopeando’ algunos viejos carteles de propaganda durante la guerra para adaptarlos al mundo bibliotecario actual.

 

En nuestro país, según las últimas informaciones, contamos con 3.500 rastreadores cuando deberíamos de contar con más de 8.000 para poder controlar la epidemia. Básicamente se trata de personal sanitario el que desarrolla esta labor, profesionales de enfermería, concretamente. ¿Sería plausible una medida como la que han adoptado en California? Parece harto improbable. Por un lado, la vocación social, y por otro, la larga tradición activista del gremio bibliotecario estadounidense: hacen que resulte más fácil de movilizar y adaptar a una situación de estas características.

En cualquier caso, pareciera que el ejército de bibliotecarios debe batallar por su comunidad en los más insospechados frentes. Sólo hay que ver cómo siguen sobreviviendo, pese a los tiempos que corren, y en vez de perder usuarios, los ganan aunque sea en la distancia.

Ese juramento hipocrático bibliotecario del que hablábamos antes no suena tan fantasioso. Lo más difícil, como siempre, sería determinar las cláusulas de un compromiso que todos estuvieran dispuestos a acatar. Más leña al fuego del debate en torno a lo que es, o debería ser, un bibliotecario en el siglo XXI.

 

Henry Stokes adaptando, gracias a Photoshop, el mensaje de los carteles antiguos para los nuevos tiempos.

 

 

Lectura de posos de café

El Roto, profeta donde los haya, dedicó esta viñeta a las librerías. Tanto vale para las bibliotecas.

 

Estamos en verano y lo habitual es pensar en viajes. Pero en este 2020 todo es tan extraño que mejor no soñar demasiado. El futuro es pura incertidumbre (palabra candidata a ser palabra del año si ‘coronavirus’ lo permite). Cabría preguntarse si los ingresos de videntes, taroritas y demás amigos de lo adivinatorio han engrosado sus cuentas a costa de la pandemia. Lo que está claro es que ninguno de los que se adornan de bolas de cristal y túnicas: supo leer las señales.

En cambio, Bill Gates, sí se supo leerlas. Y por eso algunos, que fueron amantes bandidos o ejercen de presidentes de universidades católicas: sospechan de él por sus tratos con el demonio. La tecnología es la nueva bola de cristal. Y los gurús tecnológicos nuestros oráculos. Por eso este post va dedicado una vez más a la la lectura: pero la lectura de los posos del café. Un arte adivinatorio más tradicional y, seguro que más respetado, por amantes bandidos y presidentes universitarios católicos.

 

 

Si se ha viajado a algún país escandinavo, y entre visita turística y monumento, se tiene el vicio de perderse en algunas de las librerías que salen al paso: probablemente se habrá topado con alguno de esos establecimientos cálidos que propician los diseños del norte de Europa. Esos locales en los que es posible hojear libros, mientras se degusta un café o se come algo de repostería; a ser posible frente a un ventanal lluvioso, que venga a completar el idílico momento.

La alianza café-lectura-escritura es ya un lugar común. Allá por el 2015, ¡qué tiempos!, un informe sobre bibliotecas en Inglaterra ya recomendaba que las bibliotecas copiasen a los coffee shop. Y como bien vimos en Cabaret bibliotecario: la cosa ha ido a más.

En nuestro país los cafés literarios son todo un clásico. En un reciente artículo del ‘ABC cultural’ se rememoraba el papel que los cafés literarios han tenido en la vida cultural madrileña. Un ejercicio de añoranza en el que está permitido recrearse.

 

 

Según un estudio de la Universidad de Granada, el valor antioxidante de los posos del café es hasta 500 veces mayor que el de la vitamina C;  y no necesitamos estudio alguno que nos demuestre los efectos antioxidantes que la lectura tiene para el cerebro. Quizás sea por eso que a esos quirománticos, videntes y demás faunas televisivas de madrugada, les da por la Cafeomancia o la Teomancia.

Y tampoco en este caso, necesitamos de estudio alguno que nos confirme: que fiar nuestro futuro a lo que nos digan los restos de una bebida, por saludable que esta sea: lo único que denota es déficit de lecturas provechosas.

Afortunadamente, la ilustradora Maria A. Aristidou le da un uso a los posos de café mucho más interesante y vigorizante para su talento.

Sus retratos dibujados con café le hicieron ganar fama en la red; y algunos de ellos nos sirven para decorar el salón de té que hemos montado en este post. El agente Cooper de Twin Peaks, Bob Marley, soldados imperiales de Star Wars o la carismática Daenerys Targaryen de Juego de tronos, son algunos de los personajes que gusta de retratar con tan aromática sustancia.

Pero los alérgicos a la cafeína, que no sufran, también tenemos té.

El escritor best seller Laxman Rao en su puesto callejero de té, con el muestrario de sus novelas en el suelo y una mesa

 

«¿Un salón de té?, ¿un salón de té? con esa mala leche un salón de té» que cantaban los Radio Futura en su clásico Paseo con la negra flor. Y no sabemos si mala leche, pero sí mucho carácter, y buena mano para el té con leche, es lo que ha demostrado tener Laxman Rao de Nueva Delhi. El vendedor de té más famoso de la capital hindú siempre tuvo un sueño: llegar a ser un escritor de éxito, y lo consiguió.

En su destartalado y célebre puesto de té callejero, Rao sirve su delicioso té con leche, y al mismo tiempo vende sus novelas en lengua hindi, que se han convertido en auténticos best sellers. El vendedor de té y escritor, fue un precursor de la autoedición muchas décadas antes de que Internet la convirtiera en la salida para tanto escritor aficionado, al que las grandes editoriales daban la espalda.

Hoy día, hasta Amazon India se enorgullece de poder distribuir la obra del vendedor de té superventas. Mientras Rao, fiel a sus infusiones, sigue sirviendo humeantes tazas de té en plena calle: al tiempo que atiende a los medios.

 

 

Según las recomendaciones más extendidas, el número de tazas de café aconsejables al día no debe de superar las cuatro. Pero como también entran en juego la variedad del café, así como el estado de alteración nerviosa del consumidor.

Escritores, músicos, cineastas, pintores, locos por el café, hay y habido muchos; pero tal vez el caso que ha llevado más al extremo esa relación sea el de la escritora canadiense Margaret Atwood. La autora de La mujer comestible, es una enamorada de los pájaros, y por supuesto del café.

«Ignoro por completo a los tés de hierbas, voy directamente a la verdad, al vil café. Nervios en una taza. Me anima a querer saber más»

 

La relación de Isak Dinesen con el café iba más allá de consumirlo. En la foto aparece con el personal de su plantación de café en Kenia

 

Y tanto es así, que en colaboración con la muy literaria marca de cafés Balzac’s, se lanzó al mercado la variedad de café Atwood Blend: una mezcla de granos procedentes de Sudamérica y Centroamérica que combina sabores a caramelo y cacao. Desarrollada en colaboración con la propia Atwood; la comercialización de esta variedad sirve para recaudar fondos para el Observatorio de Aves de la Isla de Pelee en Canadá.

 

Las bellos diseños para el café diseñado por Margaret Atwood

 

Pero la historia tras la marca de cafés Balzac’s, bien merece un inciso. Diana Olsen es la fundadora de esta marca de cafés, licenciada en Literatura francesa, fue en la universidad donde descubrió la pasión cafetera del prolífico autor de La comedia humana.

Hasta 50 tazas de café negro dice la leyenda que podía llegar a ingerir en un día, el genio de las letras francesas; no es de extrañar que en 20 años llegase a escribir hasta 85 novelas. El gran novelista del realismo francés del siglo XIX, defendía los beneficios que el café tenía para la creatividad: «el café es un gran poder en mi vida…que ahuyenta el sueño, y nos da la capacidad para ejercitar un poco más nuestros intelectos«.

Olsen tras graduarse marchó a París, dónde frecuentó los típicos cafés de la capital, y fue allí donde pensó en montar una cadena de cafés bajo el nombre de Balzac. En la actualidad la cadena Balzac es una de las más importantes en Canadá; y de las más estimulantes en su concepto y diseños (como los fantásticos pósteres que lucen junto a este texto).

Y del binomio escritores y café pasamos al de los libros y el café. En inglés, a los libros de gran, gran formato, imposibles de leer como no sea en un atril, o sobre una mesa, se les conoce como los coffee table books (los libros de la mesa del café).

Desplegar en un rincón de nuestro salón uno de los fastuosos tomos king size de la editorial Taschen, por ejemplo, puede tildarse de exhibicionismo cultureta. Pero sea por mero afán decorativo, o por sincero interés por la obra: para un amante del libro como objeto, el toparse con unos de esos monumentos impresos, es uno de los placeres equiparables al que provoca el aroma del café humeante en los café-adictos.

Carpeaux, las pin-up, Helmut Newton, Cartier-Bresson, Little Nemo, Caravaggio o el metalizado Sex de Madonna: obras XL para lucir en mesitas de café

 

La fotografía, el cine, la arquitectura, la pintura o la escultura suelen ser los principales asuntos que abordan estos mamotretos impresos a todo lujo. Y precisamente en Madrid se acaba de inaugurar la primera tienda Taschen en España. Ya sabemos que más de un bibliófilo, bibliotecario, biblioespecimen, en general, ya ha apuntado la visita a la exquisita librería para cuando se pueda viajar libremente (por verdadero placer) a la capital.

Mientras, consolémonos de la incertidumbre que nos depara este verano teniendo siempre cerca una taza de…… (que cada uno lo rellene con lo que mejor le viene en estas fechas): y un buen libro. Y para terminar un post que habla de cafés y libros: no podíamos dejar fuera el tercer elemento imprescindible en este tipo de establecimientos: la música. Música apropiada y con el punto justo de azúcar que no empalague.

 

Sandokán hoy sería bibliotecario (bibliotecas siempre a flote)

 

El Tigre de Malasia, aka Sandokán, era un príncipe que se hacía pirata para vengar las afrentas sufridas por los invasores británicos. Con su barco, surcaba los mares del sudeste asiático, buscando venganza y justicia. Aunque, eso sí, decantándose en el terreno amoroso por una rubicunda inglesa antes que por una paisana.

Kabir Bedi, el Sandokán de la serie de los 70, uno de los culpables de que la frase: ‘queremos un hijo tuyo’ proliferase en los medios.

 

La historia, verídica, del secuestro que el capitán Richard Phillips sufrió en 2009 a manos de piratas somalíes.

Los piratas que aún surcan los mares de Indonesia poco tienen que ver con el romanticismo justiciero de las novelas de Salgari. Las redes de tráfico de armas, las  implicaciones con mafias con oscuros intereses políticos y conexiones con el terrorismo: hacen que la figura del pirata no haya manera de mitificarla.

Hoy día los piratas navegan a toda velocidad a bordo de lanchas cuyo mascarón de proa son potentes ametralladoras. Ningún viento mece las velas de los padekawang, la embarcación típica de la zona, en busca de aventuras con aires cortomalteses.

Pese a todo, los kapal padekawang sulawesi, que ese es el nombre completo de estas embarcaciones, siguen surcando las aguas indonesias cargándolas de romanticismo y cultura.

Sandokán luchaba por la liberar a sus compatriotas de la opresión de los colonos. Hoy, el intrépido pirata optaría por ejercer de bibliotecario y, a bordo de su embarcación, hacer llegar esperanza, en forma de libros, hasta los más reconditos rincones.

En Sulawesi del Sur, una exuberante y paradisíaca isla, han recuperado este barco tradicional gracias al programa Armada Pustaka Mandar. Dicho programa forma parte de una campaña cuyo nombre lo dice todo: Pustaka Bergerak. Es decir: biblioteca en movimiento. Y no hay nada que nos guste más que una biblioteca en movimiento.  La biblioteca padekawang arribó a tierra el pasado mes de diciembre cargada de libros para los más pequeños.

 

Las bibliotecas móviles indonesias del proyecto Pustaka Bergerak del emprendedor Mahammad Ridwan Alimuddin.

 

Los niños indonesios disfrutando de su botín recién llegado por mar.

Todo nace del empeño del escritor, periodista, documentalista y archivero Mahammad Ridwan Alimuddin. Él es el fundador de la biblioteca comunitaria Nusa Pustaka en el oeste de Sulawesi. Apasionado de la cultura marítima local, Mahammad, no dudó en lanzarse a la aventura de hacer llegar a bordo de este barco típico: un arsenal de libros destinados a promover la lectura entre los niños.

Empezó por relatarles los pormenores de su travesía, y una vez embelesada la audiencia: puso en práctica actividades en torno a la lectura. Recupera las raíces marineras para las nuevas generaciones al tiempo que fomenta la lectura. ¿Hay una manera más efectista de ganarse la atención de la audiencia que el animador a la lectura arribe en un barco antiguo tras surcar los mares del Sur?

 

El padekawang que atraca en cada puerto llevando lectura y alegría a los niños indonesios. Fotografía de Yusuf Wahil para ‘The Jakarta Post‘.

 

Siguiendo la carta de navegación de este post, cambiamos de latitud, pero seguimos a flote en torno a lugares únicos. Durante las primeras semanas del confinamiento con motivo de la pandemia una de las noticias que acapararon la atención, más allá de estadísticas de contagios y muertes: fue la de los efectos positivos de la paralización de la actividad humana.

Las imágenes de los canales de Venecia con el agua transparente y la vida marina retornando a la laguna: se hicieron virales. Habrá que ver por cuánto tiempo, una vez instaurada esta ‘nueva normalidad’, la transparencia de las aguas persiste en los canales. El tráfico fluvial se ha reanudado, y una parte de culpa en que las aguas anden más revueltas, la tiene el servicio de préstamo interbibliotecario.

Lo que en cualquier otro lugar suena a exótico en Venecia se recubre con el aspecto de lo cotidiano. La Red de Bibliotecas del Municipio de Venecia tiene en marcha un servicio con el que sueñan muchas redes de bibliotecas de nuestro país: el préstamo en red. De modo que los venecianos pueden disfrutar de los fondos de cualquiera de las bibliotecas de la red, gracias a un sistema de préstamo interbibliotecario, entre el centro histórico y las islas de la laguna.

 

En el palacio de Ca ‘Farsetti tuvo lugar la presentación del nuevo barco para el préstamo interbibliotecario que recorrerá los canales llevando y trayendo cultura. Que en la ciudad que alberga una librería tan pintoresca como la librería Aqua alta sea un barco el encargado de proveer de lecturas a sus habitantes: es hacer barrio, es hacer comunidad, en torno a la cultura.

Otra de las primeras reacciones que surgieron, al menos en suelo europeo, en las primeras horas de la pandemia: fue la revitalización del arcaico, pero vigente, debate norte y sur. Los países del norte opinando displicentes, e insolidarios como en el caso holandés, sobre sus vecinos del sur a cuenta de lo que sucedía en Italia o España. Un tiempo de descuento para terminar aplicándose el cuento cuando el avance imparable de la pandemia alcanzó sus territorios.

 

 

Por eso, no deja de resultar paradójico, que sea en el norte en donde este plácido y bello crucero sobre bibliotecas a flote que estamos haciendo: termine en naufragio. En la avanzada y admirable, en muchos sentidos, Noruega un barco emblemático para el ecosistema bibliotecario autóctono puede que acabe en el desguace.

La biblioteca flotante Epos, que ha recorrido los fiordos del condado de Vestland desde 1964, dejará de llevar libros a las poblaciones a orilla de los fiordos por decisión política. Según los informes en los que sustentan los responsables culturales para desproveer de lecturas, vía fluvial, a los pequeños más alejados de grandes poblaciones: ha sido el ahorro. Lo más irritante, por ser finos, es que la noticia se hizo pública la misma semana que, en Oslo, se inauguraba la espectacular biblioteca Deichman Bjørvika. Una maravillosa biblioteca, que obviamente, ha costado millones de coronas.

 

La espectacular nueva biblioteca de Oslo.

 

¿Por qué nos suena tan familiar? No lo del barco-biblioteca. Nos recuerda a tantos proyectos culturales faraónicos que dejaron temblando las arcas públicas, en nuestro pais, para infraestructuras culturales básicas como son las bibliotecas. En fin, mi reino por un titular.

Afortunadamente la cancelación de la veterana biblioteca flotante noruega no les está saliendo gratis mediáticamente. Periodistas, escritores, y por supuesto, lectores han elevado protestas ante la pérdida de un servicio que llevaba 60 transportando la lectura en los meses más crudos del invierno noruego.

Está visto que en la civilizada Europa el romanticismo casa mal con la eficiencia que exigen los nuevos tiempos. La ensoñación, la promesa de aventuras sigue asociada, al menos en esta crónica, a los paisajes de siempre: el exótico sudeste asiático y la eterna Venecia.

Y como empezábamos con aires aventureros y lejanos: cerremos con algo de música optimista. Que no perdamos el brillo en la mirada y que nadie nos robe el sueño de pensar que las bibliotecas, pese a piratas de todo tipo, siguen a flote.

 

Escuela de pensadores, escuela de superhéroes

 

En la reciente miniserie Hollywood estrenada en Netflix, el ubicuo Ryan Murphy lleva hasta las últimas consecuencias lo que Tarantino, con un estilo totalmente opuesto: ha puesto en práctica en algunas de sus obras más recientes.

 

Tanto en Malditos bastardos (2009) como en Érase una vez…Hollywood (2019): el director de Pulp fiction le enmendaba la plana a la realidad. A Hitler lo asesinaban antes de que pudieran seguir con su locura; y Sharon Tate nunca murió a manos de la infame secta de Charles Mason. Murphy lo ha llevado un paso más allá con la historia del Hollywood clásico.

En su serie la ha convertido en un cuento de hadas en el que la discriminación racial, la homofobia o el machismo son vencidos gracias al empuje de un grupo de soñadores. Una manera de enmendar el retrato más lúgubre y reciente que de la meca del cine ha proyectado el aún humeante, y real, caso Weinstein.

 

Hollywood de Ryan Murphy: revisionismo naif de la meca del cine.

 

Estas revisiones happy flowers de historias reales no dejan de entrañar sus riesgos dada la confusión informativa en la que se mueven las nuevas generaciones. Se empieza aplaudiendo que se derriben estatuas de Cristobal Colón; y se termina creyendo que Hitler no tuvo que ser tan ogro cuando resulta simpático en Jojo Rabbit (2019).

En los últimos tiempos, a juego con la fiebre superheróica que vive la industria del cine estadounidenses, los superhéroes sirven para todo. Los superhéroes y la filosofía (Blackie Books); La física de los superhéroes; Dioses, héroes y superhéroes; En la mente de los superhéroes (los tres de Ma non tropo); o Los superhéroes y el derecho (Tirant Lo Blanch). La lista de obras de divulgación que recurren a los superhéroes para explicar la filosofía, la ciencia, la mitología, la psiquiatría o las leyes: no tiene trazas de agotarse.

Conforman la mitología más elaborada de la cultura popular de nuestro tiempo. Y pese a su maniqueo y, aparentemente, simplista discurso: su éxito tiene su explicación. Definirse como librepensador en nuestra época, más allá de la mera etiqueta, requiere de un esfuerzo superheróico: ante el machaque de discursos únicos con que nos martillean los medios.

Aunque en la historia de la evolución la humanidad ocupa un tiempo tan diminuto, al homo sapiens le ha dado tiempo para acumular tal cantidad de conocimientos, que para cada nueva generación ponerse al día, requiere de un esfuerzo propio de un superhéroe. Tal vez sea por eso que los grandes medios de masas (la televisión, ahora internet): se vuelquen tanto al entretenimiento de encefalograma plano, desperdiciando su potencial divulgativo.

 

Por eso resultan prometedoras iniciativas como la de la londinense School of life que dirige el escritor, filósofo y bloguero Alain de Botton. El que, con motivo de su fundación, declarase que «la vida es demasiado corta para leer libros malos«.

La Escuela de la Vida es un organización con numerosas sedes que pretende ayudar a las personas a encontrar la perspectiva necesaria para afrontar la vida. Ahí es nada. Podría sonar a autoayuda de la barata. Pero lo cierto es que el material didáctico que realizan, con todas las críticas que se quieran hacer: resulta práctico para según qué conceptos.

 

Colección: Lecciones de vida de…., en la que se extraen reflexiones de filósofos útiles para diferentes aspectos de la vida. Editada por la Escuela de la Vida.

 

Las ideas más complejas se escenifican en vídeos animados de pocos minutos, con los que cualquier neófito en la materia puede hacerse una idea del pensamiento de figuras claves de la cultura occidental.

Desde la neurociencia, la teología, la filosofía moral a las teorías feministas; los vídeos ayudan a hacerse una idea rápida.

Que a los más academicistas es probable que no termine de convencer, dada la obligada sintetización de contenidos. Pese a las objeciones que puedan hacerse: acercar la historia de las ideas a las generaciones abducidas por lo audiovisual: es siempre un logro.

Este didactismo es precisamente al que deben volcarse las bibliotecas públicas en la actualidad más que nunca. Se dice desde hace mucho que las bibliotecas deben ser creadores de contenidos. Nadie mejor que los, bien adiestrados, profesionales bibliotecarios, para sintetizar los conocimientos, y servirlos de manera ágil, interesante y amena.

 

 

Sin referentes no somos nada. Por eso, engalanamos el post con la obra del fotógrafo Sacha Goldberger, que revistió a los superhéroes con aires de respetabilidad cultural. Sus retratos, al modo del siglo XVI, hacen que estos símbolos de la cultura de masas hollen, una vez más, las señas de identidad de la alta cultura.

Y cerramos con el reader’s digest en movimiento sobre el concepto de ‘amor fati’ de Nietzsche. Afortunadamente está subtitulado al castellano para que nadie se pierda nada. El filósofo alemán sostenía que los alumnos aprenden por repetición mientras no comprenden: cuando comprenden pasan al nivel siguiente. Si los superhéroes, y los vídeos tipo School of life, sirven de apoyo para saltar al nivel siguiente: bienvenidos sean.

 

Formatos emergentes para bibliotecas convalecientes

Nos hayamos visto directamente afectados o no (esperemos que no) por el COVID-19: todos estamos convalecientes. Informativa, económica o políticamente: nadie quedará ajeno a la pandemia. Las bibliotecas tampoco.

 

Thomas Mann inició su novela ‘La montaña mágica’ a raíz de un ingreso de su esposa  en el Sanatorio Wald de Davos.

 

Aunque vivamos en una precaria nueva normalidad y las bibliotecas hayan vuelto a reiniciar sus servicios: es imposible prever hasta qué punto alterará, esta emergencia sanitaria y sus secuelas, al mundo bibliotecario. Una de las pocas certezas que se repiten, aplicadas o no a bibliotecas: es la intensificación de la vida digital.

Pese a que se permitan actividades culturales lo cierto es que la prudencia, y los meses de estío, siempre más áridos para programaciones culturales en espacios cerrados: condicionan esa idea de biblioteca como centro cultural. Esa casa de la cultura con la que nos prometíamos una alternativa feliz, presencial y socialmente humana al discurso único de lo digital. Tal como le pasa al mundo de los espectáculos en vivo. Y es que hace tiempo que las bibliotecas forman parte de la farándula.

 

Festival de música de la BRMU a partir de una selección de conciertos disponibles en la plataforma eFilm.

 

Los festivales de música, cines, teatros, y demás espacios de cultura en vivo temen las pérdidas económicas: pero no la absoluta extinción. Su público volverá cuando sea posible. Los espacios físicos de las bibliotecas como espacios para la cultura en directo, en cambio: despiertan más incertidumbres. ¿Y si se pierde todo lo conseguido hasta el momento? Aquí, como en todo, depende de las características de cada biblioteca.

En esta situación cada espacio al aire libre se cotiza al alza. Si a las medidas de distanciamiento implantadas sumamos la posibilidad de habilitar terrazas, patios u otros espacios adyancentes del edificio de la biblioteca para convocar al público: mejor que mejor. Si los bares han conseguido permiso para ocupar más espacio urbano y poder sostener sus negocios: ¿por qué las bibliotecas no va a hacer lo mismo?

Aunque sea por soñar: vamos a darnos un breve paseo por algunas bibliotecas afortunadas que cuentan con esas terrazas o espacios:

 

Terraza de la Oodi Library de Helsinki. La foto, suponemos, sería previa a la pandemia. Imaginar esa terraza, sin un toldo, en una biblioteca del sur de España resultaría disuasorio.

Terraza de la biblioteca de la universidad de Carolina del Norte.

Terraza de la biblioteca del condado Fallbrook Branch en San Diego.

Un lujo al alcance pocos:  la terraza de Yandiola en el centro cultural-deportivo de la Alhóndiga de Bilbao.

Jardín de la biblioteca pública de Torre Pacheco (Murcia).

 

Pero lo dicho, no deja de ser un sueño, pocas bibliotecas públicas pueden permitirse espacios tan idílicos.

Por eso, se hace inevitable, que para no perder la ligazón con los usuarios las bibliotecas se vuelquen en lo digital. La competencia es feroz y las bibliotecas, aunque cuenten con el cariño de su público, cual folclóricas antiguas, no son ídolos de masas del mundo digital. Pero ya se sabe: el que resiste gana. Y ésta es una carrera de fondo.

Emerging Formats (Formatos emergentes) con este sugestivo título la British Library define a aquellos formatos que, según la legislación de depósito legal, ha de reunir y conservar la institución. Unos formatos que, por estructura y contenido, suponen un mayor desafío de cara a su tratamiento y custodia.

Dentro de esos formatos emergentes se sitúan los videojuegos. Y la British Library predica con el ejemplo. Con aire retro ochentero ha lanzado un divertido videojuego que toma a la biblioteca como escenario. Si no puedes recorrerla libre de restricciones de manera presencial: que puedas patearla a través de la pantalla.

 

 

El British Library Simulator es un mini juego creado con el motor de juego Bitsy. Una exaltación del píxel que despertará la vena nostálgica de más de un gamer de los ochenta (de cuando no se sabía que era eso de un gamer). La sede de la Biblioteca en St Pancras es el escenario por el que se mueven los toscos, y por eso simpáticos, monigotes y objetos del videojuego. En su recorrido, dirigido con las teclas de flecha del teclado, se van descubriendo los diferentes proyectos digitales que tiene en marcha la Biblioteca.

En definitiva, bibliotecarios ingeniándoselas, una vez más, para que la distancia no sea el olvido.

 

La Biblioteca Pública de Wilton (Connecticut) está en plena celebración de sus 125 años de vida. No sabemos si será por ese motivo, o porque es así de hiperactiva, ha lanzado su programación de actividades culturales para el verano: y resulta abrumadora. Los retos de lectura, las clases de costura, pintura, manualidades, clubes de lectura, cinefórums, cuentacuentos, charlas, talleres de dibujo, de escritura, animales vivos del zoo, makerspaces, etc…

Y en ese continuo estrujar de meninges una palabra se repite en los diversos eventos programados: zoom. El efecto post pandemia del auge de las apps como Zoom Vídeo, Pexip, Google Meet, etc…Pero sobre todo de Zoom.

 

 

Zum, según la RAE, es el efecto de acercar y alejar la imagen. Una buena definición de lo que pretendemos en este blog cada semana. Modificar los ángulos de visión a ver si conseguimos atisbar un poco mejor el panorama. En este confinamiento todas las generaciones se han familiarizado con las pantallas partidas. Para los mayores del lugar (y para Tarantino) el recuerdo del cine de los 60 y 70 se hacía inevitable.

Pero si se habla de zoom, con permiso de Cachitos de hierro y cromo, un recuerdo para el glorioso ballet Zoom y a Valerio Lazarov. Platillos volantes se llamaba esta coreografía no apta para epilépticos. Justo de lo que habla este post: de formatos futuristas y de colonizar el espacio exterior (de las bibliotecas).

 

El mundo en una viñeta (comictecas around the world)

 

La industria que mejor ha sabido convertir unos premios en una gigantesca campaña de marketing, no cabe duda, es la de Hollywood. Desde que en 1929 las majors decidieran crear unos galardones endogámicos con los que darse autobombo: muchas industrias han copiado su gran idea. Pero ninguna ha llegado tan lejos.

 

Pero, tras 91 años de Óscars, les ha faltado ser más agradecidos con los satélites de la industria, sin cuyo apoyo: el cine habría sido imposible. Cadenas de cines, distribuidoras, videoclubes, plataformas audiovisuales, televisiones o hasta acomodadores. Todos estos actores tienen su papel en el mundo del cine. Un poco de reconocimiento, cuando menos simbólico, por parte de la industria a la que tanto han beneficiado: resultaría, como poco, elegante.

Una industria que nació, casi a la par que la cinematográfica, sí lo tiene en cuenta: la industria del cómic. Y si hay una figura de relevancia dentro del mundo del cómic: esa es la de Will Eisner. Los premios Eisner se suelen describir como los Óscars de los cómics. Y la Fundación de la Familia Will and Eisner desarrolla una labor encomiable en la promoción y difusión del cómic en muy diversos ámbitos.

La Mesa Redonda de Novelas Gráficas y Cómics de la American Library Association (ALA) y dicha Fundación: premian cada año la labor de bibliotecas que desarrollan proyectos en torno a los cómics. Este año, dichos premios, han recaído en bibliotecarios de la Biblioteca Pública de Avon (Washington); y la Biblioteca de Cape Fear Community College, Wilmington (Carolina del Norte). Además se concede una subvención para novelas gráficas que ha recaído en el Servicio de Bibliotecas de Ontario.

 

La obra cumbre de Will Eisner con la que lanzó el concepto de ‘novela gráfica’.

 

Iniciativas así motivan a cualquiera para aprovechar el enorme potencial que los cómics tienen para las bibliotecas. Pese a la creciente presencia de secciones dedicadas a los cómics en las bibliotecas: las comictecas sigue siendo rara avis si hacemos un recorrido global por el orbe bibliotecario. Por eso, en este momento, en que los viajes están tan condicionados: en este blog, cual intrépidos Tintínes, nos vamos a dar una vuelta al mundo.

Nos sirve, y mucho, el trabajo desarrollado por Carmen González Muñoz en la Universidad Complutense de Madrid. Su trabajo final del máster en Gestión de la Documentación, bibliotecas y archivos: ‘Comictecas, prospección y estudio de caso’ (2020) es uno de los pocos trabajos que se han ocupado de recabar información actualizada sobre la situación del cómic en bibliotecas alrededor del mundo. Gracias a él nos ponemos al día y podemos sacar los datos que aparecen a continuación.

 

Antes de partir nos tomamos algo en el alucinante café Yeonnam-Dong (Corea del Sur). No hay mejor imagen para la inmersión en el mundo del cómic que proponemos.

 

Billy Ireland, el humorista gráfico en cuyo honor se creó la mayor biblioteca-museo del mundo en torno a los cómics.

Si atendemos a tamaño, colecciones y a la ambición del proyecto: la Billy Ireland Cartoon Library Museum, en Columbus, Ohio: se sitúa en primer lugar. Fundada en 1977 alberga 45.000 dibujos originales, 36.000 libros, 51.000 títulos seriados y cerca de 2.5 millones de historietas y recortes de tiras cómicas. Pensar en catalogar tan ingente cantidad de material gráfico, con las irregularidades que suelen plantear este tipo de publicaciones puede ser tanto: el sueño o la pesadilla de cualquier bibliotecario catalogador.

Sin salir de los Estados Unidos, en San Francisco, el Cartoon Art Museum se distingue por su partida de nacimiento. Nada menos que el gran Charles M. Schulz, autor de Peanuts (Charlie Brown), dotó económicamente al centro para que pudiera convertirse en espacio expositivo en 1987. Sala de exposiciones, talleres de dibujo y animación, biblioteca y diversas actividades culturales: sirven para dinamizar este centro activo en pro del mundo del cómic.

 

Obra de la ilustradora coreana Henn Kim. Su universo creativo está repleto de múltiples referencias a los libros.

 

Pero si lo que queremos hablar es de comictecas, es decir de secciones específicas creadas dentro de bibliotecas públicas, para fomentar la lectura a través del arte secuencial: nuestro periplo no es tan amplio como suponíamos.

Tenemos que llegar hasta Japón para encontrarnos con bibliotecas, que no museos o centros de investigación, que tengan al cómic en el centro de sus colecciones y programaciones. Al menos sobre el papel. Porque la Biblioteca Internacional del Manga proyectada para convertirse en realidad en Tokio: sigue sobre el papel.

Se trata de uno de los proyectos más ambiciosos en torno al mundo del cómic. El germen de este proyecto se remonta a 2009, cuando la Universidad de Meiji, planteó la construcción de un edificio de cinco plantas que sirviera para albergar el mayor centro conocido dedicado al mundo del manga.

 

 

Según un artículo firmado por Roland Kelts (autor del ensayo: Japanmanía: cómo la cultura pop ha invadido los Estados Unidos): el proyecto de la fastuosa biblioteca nipona se podría haber reactivado de cara a los Juegos Olímpicos de 2020. Pero ha tenido que entrar en juego esta pandemia global para que, una vez más, el ambicioso sueño vuelva a quedar en el aire.

En el plano de lo real sería la Biblioteca Museo Yoshihiro Yonezawa, en Tokio, con sus cerca de 140.000 ejemplares la que ahora mismo sigue representando el mayor centro cultural volcado en el rico mundo del manga. Pero antes de movernos de latitudes una última pausa para la ensoñación.

En la ciudad china de Hangzou se lleva pensando desde hace años en construir un espectacular museo dedicado al cómic y la animación. Tras la inauguración de la apabullante biblioteca de Tianjin Binhai, el régimen chino como cualquier potencia necesitada de ostentación: sigue apostando por proyectos faraónicos.

El estudio de arquitectura holandés MVRDV diseñó el proyecto, finalmente modificado, recurriendo a globos gigantescos: cual bocadillos de cómic. El resultado final parece que juega con la idea pero modificándola. Pero aquí nos permitimos por un momento recrearnos en lo soñado en un primer momento.

 

Pero encaremos el tramo final del artículo centrándonos en lo que prometimos: bibliotecas en las que se ha dado una especial protagonismo al cómic. Para eso tenemos que movernos por Europa. Partimos de Francia, concretamente de la ciudad de Angouleme, que se erige como la capital del cómic europeo.

La Bibliothèque de La Cité Internationale de la Bande Dessinée et de l’Image (Angoulême) alberga más de 43.000 álbumes, tanto para adultos como para niños, que se pueden leer en sala o retirar en préstamo a domicilio. Pero a sus colecciones se suman los fondos que sirven para la investigación, en el centro de documentación, que incluye la biblioteca. En este fondo patrimonial hablamos de unos 80.000 álbumes y 133.000 números de publicaciones periódicas.

La biblioteca es una pieza fundamental en el conglomerado de espacios que conforman la Ciudad Internacional de la Bande Dessinée.

 

Cité Internationale de la Bande Dessinée et de l’Image (Angulema)

 

Siguiendo el periplo europeo es obligado detenerse en Barcelona y en su red de bibliotecas. La industria editorial del cómic ha estado fuertemente asentada en la capital de Cataluña. Esta circunstancia unida a la potente red de bibliotecas que ha desarrollado la ciudad hacen que el cómic tenga una fuerte presencia.

Desde la Biblioteca Central Tecla Sala de L’Hospitalet, todo un referente, a la Biblioteca Ignasi-Can Fabra perteneciente a la red de bibliotecas de Barcelona. Si al principio hablábamos de industrias que saben reconocer la labor que desarrollan agentes, que en principio, no forman parte de las mismas: la Tecla Sala se alzó, en 2014, con el premio que otorga la Asociación de Autores de Cómic de España en el Salón del Cómic de Barcelona. Un premio por la difusión y promoción del cómic para esta biblioteca que en sus espacios ofrece hasta 25.000 ejemplares de cómics.

 

Jornadas sobre cómics y bibliotecas organizadas por la Tecla Sala de L’Hospitalet en 2019.

 

En el resto de España, durante las últimas décadas, numerosas bibliotecas han ido destacando (que no incorporando porque ya estaban) los cómics en su oferta. Espacios bibliotecarios pensados en exclusiva para los cómics se han organizado en bibliotecas como: la de Ciudad Real, la biblioteca Yamaguchi en Pamplona, la biblioteca Ánxel Casal en Galicia o en el municipio malagueño de Arroyo de la Miel, entre muchos otros.

Una de las que mayor proyección ha tenido desde su inauguración en 2003 es la Comicteca de la Biblioteca Regional de Murcia (BRMU). Inmersa actualmente en una nueva ampliación, la Comicteca BRMU, cuenta con una colección de cerca de 24.000 volúmenes. Pero más allá de sus colecciones lo que ha hecho destacar a la Comicteca BRMU pasa por su mobiliario, los espacios que ocupa, y sobre todo: los proyectos que ha puesto en marcha.

 

El Batman que preside una de las secciones de la Comicteca BRMU (Murcia).

 

Desde la creación de pequeñas comictecas en peluquerías y centros de belleza de la ciudad de Murcia; pasando por una bibliocarroza repartiendo cómics en el desfile del Bando de la Huerta; o la inclusión de realidad aumentada en las portadas de los cómics.

Además de exposiciones, talleres, tatuajes de cómics, conferencias, conciertos y demás proyectos que han convertido a la Comicteca BRMU: en el punto de partida desde el que replantearse lo que debe ser una biblioteca en el siglo XXI.

Encuentros con autor en la Comicteca de la Universidad Autónoma de Puebla (México).

Y para cerrar saltamos desde la Comicteca BRMU a Sudamérica. CERLALC (Centro Regional para el Fomento de la Lectura para América latina y el Caribe) desarrolló, en 2009, el Proyecto Comicteca en Bogotá. Consistió en un encuentro entre expertos de diversos países en torno al fomento de la lectura a través del cómic.

Este encuentro propició que, un año después, se publicase la obra: ‘El cómic, invitado a la biblioteca pública’. En él se incluía el prototipo desarrollado en la Comicteca BRMU, que años después, ha dado sus frutos con la inauguración de la primera comicteca colombiana en la ciudad de Cali; así como de la primera comicteca mexicana en la Universidad Autónoma de Puebla.

Comicteca en Cali (Colombia).

 

Y hasta aquí este viaje apresurado, y libre de COVID-19, alrededor del mundo. El mundo, por mucho que así rece el título, no cabe en una viñeta. Como tampoco caben en un solo post las iniciativas que en torno al cómic se desarrollan en bibliotecas por todo el orbe. Will Eisner, quien acuño el concepto de novela gráfica tan de moda, dijo al respecto: «será un medio legítimo para los mejores escritores y artistas. Es el embríon de una nueva forma de arte». ¿Y si las comictecas fueran el embrión de una nueva forma de pensar las bibliotecas?

 

La Comicteca BRMU siempre ha querido aglutinar en torno a la biblioteca a los creadores locales. Consecuencia de ello son estas dos obras de Magius (izquierda) y Sonia MS (derecha) en homenaje a la Comicteca BRMU.