101 relatos bibliotecarios para el #Díadelabiblioteca 2021

 

Hay combinaciones de palabras o conceptos que, inevitablemente, se repelen. Por ejemplo, un carnicero vegano, un actor que huye de la fama o un cirujano al que le repugna la sangre. De forma similar, alguien que se ha formado para trabajar en bibliotecas y no gusta de libros ni de lectura: resulta extraño pero no imposible.

 

Trabajar en una biblioteca puede deberse a varias motivaciones o circunstancias. Si en el barómetro de hábitos de lectura que publica el Gremio de editores se incluyera una encuesta sobre cuánto y qué leen quienes ejercen como profesionales en bibliotecas: igual nos llevábamos una sorpresa. Después de todo, para vender ropa deportiva no es necesario hacer deporte. Pero qué duda cabe que si se trabaja con algo que nos gusta el resultado será infinitamente mejor. Es el caso de los autores y autoras detrás del libro 101 relatos bibliotecarios de la editorial Vinatea.

Vinatea es una editorial con finalidad solidaria originaria de Valencia. Los beneficios que se recaudan por la venta de sus libros se invierten en la O.N.G Valencianistes per la Solidaritat. Esta organización promueve proyectos para mejorar la vida de menores en riesgo de exclusión en barrios desfavorecidos de la capital del Turia.

Su idea para celebrar el #Díadelabiblioteca 2021 ha consistido en reunir a 101 (como los dálmatas pero sin Cruella) autores y autoras que tenga relación con bibliotecas, archivos y sociedades bibliófilas. Obviamente, en el cupo, entran muchos profesionales de bibliotecas y archivos. De hecho, son mayoría.

La proposición por parte de la editorial ha consistido en ofrecerles 101 temas relacionados con libros y bibliotecas; y a partir de ahí, que los relatos surgieran libres. Como dice en la web desde la que venden el libro: «historias relacionadas con libros como homenaje a esos lugares llamados bibliotecas«. Un homenaje doble a bibliotecas y a sus profesionales del que no nos constan antecedentes.

Karl Lagerfeld, bibliófilo impenitente.

 

El cuento sobre Dewey, el gato que vivió toda su vida en una biblioteca.

En el listado de temas propuestos encontramos inspiración para mucho más que relatos breves. La pasión bibliófila de Karl Lagerfeld, la biblioteca gnóstica de Nag Hammadi, el Códice del diablo, la defensa de las bibliotecas chilenas durante la dictadura, la editorial del actor Johnny Deep, el Index Librorum Prohibitorum, la biblioteca del empresario estadounidense Harlan Crow, el gato Dewey que vivió toda su vida en la biblioteca de Spencer (Iowa), la Villa de los Papiros de Pompeya, el ladrón de bibliotecas Anders Burius o la biblioteca de los libros congelados Beinecke, entre otros 90 relatos.

 

La biblioteca de los libros congelados Beinecke.

 

El roce hace el cariño, y pese a la posibilidad de profesionales de bibliotecas que no gusten de la lectura: lo más habitual es que la tentación literaria termine calando aunque solo sea por cercanía. El intrusismo en el mundo bibliotecario no es algo que nos resulte ajeno. Desde el voluntariado como excusa política para desmantelar servicios bibliotecarios profesionales; hasta los cuerpos generales de la Administración, o de especialidades ajenas al gremio: que configuran el 80% de las plantillas. Pero en el caso de esta antología para celebrar el Día de las bibliotecas quienes firman los relatos: ¿no estarán ejerciendo intrusismo en el mundo literario? 

 

La biblioteca del empresario estadounidense Harlan Crow.

 

Las conexiones entre escritores y bibliotecarios son un filón que aún está por explotar. Más allá de las loas que los creadores puedan tener hacia el papel de bibliotecas y bibliotecarios: lo cierto es que las relaciones que se establecen con los autores pueden ser radicalmente opuestas. Desde la admiración que roza la devoción del fan o groupie, que no necesita explicación alguna; hasta la aversión más absoluta que resulta mucho más rica en matices:

  • por considerarlo un auténtico bodrio, pero como el público es soberano, tener que seguir reponiendo las obras de ese autor o autora
  • porque las posturas que defiende el autor van en contra de las convicciones personales o ideología del profesional, y la tentación de extraviar la desiderata en la que se lo piden: pone en un brete su ética laboral
  • porque ha llegado a conocerle personalmente al traerle a la biblioteca y ha resultado ser insoportable con sus aires de estrella; o una decepción por lo aburrido de su discurso
  • porque teniendo aspiraciones literarias es muy duro ver desde la barrera tanto pelotazo comercial prefabricado o incluso, lo que es más humillante: por el salto a la fama libraria, que no literaria, de éxitos fraguados gracias a la falta de criterio que impera en las redes sociales
  • porque tuviste la revelación, leyendo el libro de un autor admirado, de que nunca podrías escribir nada tan bueno, y eso, frustó tus sueños literarios para siempre

Como las películas de episodios el resultado de este libro nunca podrá ser uniforme. Pero en su variedad y polifonía reside precisamente su interés. Una mirada caleidoscópica al mundo bibliotecario. Una obra en la que las fronteras se difuminan sin atender a profesiones en honor a libros y bibliotecas. Y eso, en estos tiempos atenazados de corrección política y provocaciones inanes, siempre es una buena noticia. ¡¡Feliz Día de la biblioteca!!

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

El camino al infierno está pavimentado de buenos libros

 

El actor y modelo Huang Xiaoming promocionando el bookcrossing en el metro de Beijing: ¿interés por la cultura o postureo máximo?

 

El bookcrossing, desde que arrancara allá por el lejanísimo 2001 en los Estados Unidos, se ha convertido en un clásico. Y pese al evidente desgaste de la pátina de novedad que supuso en su momento: numerosas iniciativas, desde los más diversos ámbitos, recurren al invento para promover la lectura. Tal vez sea el momento de añadirle algún complemento que lo revitalice pensando en otras actividades sociales que se desarrollan en espacios públicos. El bookcruising, pese a la semejanza semántica, queda en principio descartado. Pero si en Crossover bibliotecario proponíamos cruces entre bibliotecas y diversos ámbitos urbanos: el bookcrossing (cruce de libros) podría añadir algún aliciente sin perder el espíritu que lo definió.

Aunque, en ocasiones, las buenas intenciones no encuentran fácil acomodo en la tozuda realidad. Es lo que pasó, por ejemplo, hace unos años en China a una sociedad afincada en Beijing en su intento por emular la iniciativa que la actriz Emma Watson puso en práctica en 2016. La protagonista femenina de la saga Harry Potter, diseminó libros por estaciones del metro de Londres. Un reto que se hizo viral descubriendo algo, el bookcrossing, que por aquel entonces las bibliotecas llevaban haciendo desde hacía mucho. Pero fin, ya se sabe: ponga un famoso en su vida.

 

Emma Watson de incognito en el metro londinense.

 

Xu Jinglei, otra de las celebridades chinas que participaron en la campaña.

Pero a lo que íbamos. The Fair, que así se llamaba dicha sociedad: repartió libros en los asientos de los vagones de metro de la capital china esperando que los viajeros disfrutasen de las lecturas que encontraban camino de sus destinos. Concretamente más de 10.000 libros distribuidos en el metro, en paradas de taxis y aeropuertos de las ciudades de Biejing, Shanghai y Guangzhou.

Estrellas chinas como el actor y modelo Huang Xiaoming o la también actriz y directora de cine Xu Jinglei apoyaron con su imagen la campaña; las principales editoriales del país se sumaron al proyecto: pero tras tanto esfuerzo los resultados terminaron siendo los deseados

¿Cuál fue el fallo?: que los viajeros entendían al ver los libros sobre los asientos que se trataba de propiedades de otros viajeros que reservaban plaza en los vagones, con lo cual no se atrevieron a sentarse, ni mucho menos a cogerlos para leer. Las protestas no tardaron en darse, y muchos libros, terminaron apilados junto a las papeleras de las estaciones.

Salvando las distancias, al gremio bibliotecario, puede recordarles mucho a las salas de sus centros en plena época de exámenes.  Ese despliegue insolidario de apuntes, libros y demás objetos ocupando plazas vacías que proporcionan no pocos quebraderos de cabezas. Pero volviendo a la acción desarrollada en Beijing no tuvo en cuenta un factor determinante: la idiosincrasia china.

Aventuras de Rupert en China: cómo Murdoch perdió una fortuna y encontró una esposa.

 

El magnate de la prensa Rupert Murdoch aprendió la lección de la forma más dolorosa: perdiendo una fortuna. Tras años y años de intentar conquistar el imperio chino, llegando incluso a casarse con una mujer de aquel país: el gobierno chino tomó nota de sus estrategias y productos, y una vez exprimido, lo rechazó sin más. Si nuestros amos estadounidenses han sabido cautivarnos con su cultura del entretenimiento; los nuevos amos orientales prometen colonizarnos con su habilidad para imitarnos.

El espíritu del bookcrossing, trasplantado a tierras chinas, no contempló los hábitos urbanos de sus ciudadanos. Y sin eso, cualquiera sabe, que toda estrategia de marketing está llamada al fracaso. Una pena, que una campaña masiva a favor de la lectura diera tan malos resultados en la que se postula ya como la gran potencia del XXI. Pero como sostenía el escritor y enfant terrible (sí, esto de los clichés, también se imita en China) Murong Xuecun:

«mis compatriotas están inmersos en una economía de mercado salvaje en la que la lectura no cotiza precisamente al alza entre sus intereses.»

 

 

Entonces, ¿la fastuosa biblioteca de Tianjin Binhai que se ha convertido en la biblioteca más reproducida en los medios durante los últimos meses? Si atendemos al artículo publicado en el medio digital ‘Bloomberg’ sobre las ciudades chinas fantasmas: la biblioteca de Tianjin Binhai tiene mucho de trampantojo del régimen.

Cuando finalmente colonicen por completo Occidente, los españoles, vamos a tener ventaja. Con los antecedentes recientes de ladrillazo y proyectos culturales faraónicos de los 90, todo fachada pero nada de contenido: empatizar culturalmente con los chinos nos va a resultar mucho más sencillo.

Según el recorrido que el artículo hace por los espacios creados como proyectos urbanísticos de laboratorio en el gigante asiático: poco a poco, los chinos están empezando a habitarlas. Y concretamente de la ciudad de Tianjin dice:

«Pero la pieza central del área es, sin duda, la Biblioteca Tianjin Binhai, terminada en 2017.
Parte de un complejo cultural cerca del distrito financiero de Yujiapu, la biblioteca es sorprendentemente fotogénica con sus curvas futuristas y estanterías blancas del piso al techo. En una inspección más cercana, muchos de los estantes no contienen libros sino placas de aluminio impresas con cubiertas de libros.»

 

Confiemos en que una vez desperezada la ciudad, la biblioteca de Tianjin, deje de ser un mero decorado a semejanza de las enciclopedias huecas que ornamentaban las librerías de algunos domicilios en los 70. Ya que vamos a estar bajo la égida de China en el XXI ojalá sus próximas campañas de fomento de la lectura triunfen. Ya se sabe que los chinos cuando dicen aplicar su disciplina a algún asunto: no conocen el desaliento.

Como los jóvenes de la escuela de lucha para niños Shaolin Tagou que protagonizaban el vídeo del tema Genera8tion de M.I.A. Un broche musical acorde para este post. Puestos a colonizar que sea con cultura. Pero vamos a callarnos ya. No sigamos pavimentando el camino hacia el infierno de buenas intenciones.




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Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Leyendo sin manos

 

El título de este post podría llamar a confusión. No, no tiene nada que ver con el afortunado eslogan de la desaparecida colección de literatura erótica La sonrisa vertical («los libros que se leen con una sola mano»). Aquí estamos hablando de lectura sin ninguna de las dos manos. Y el libro con que arrancamos poco tiene que ver con las alegrías de la carne que celebraba la añorada colección creada por Luis García Berlanga.

En Capitalismo canalla, César Rendueles describía la historia del capitalismo de los últimos siglos. En su libro las frases hechas que glorifican al trabajo (asalariado se entiende) no necesitan entrecomillado alguno para quedar en entredicho.

Mediante un recorrido hecho por la literatura que ha marcado a este sociólogo y filósofo, Rendueles, llevó a cabo un progresivo desguace del discurso que se ha promovido desde mucho antes de que Reagan y Tatcher se amaran locamente en los 80.

El sudor de la frente, los callos en las manos como signos del esfuerzo, y de una vida con sentido: es un discurso que habría que empezar a desaprender o cuestionar. Y si es así con el trabajo, ¿qué no va a ser con el ocio?

 

Un ejemplo en el que mirarse para poner en práctica el deleitarse sin esfuerzo son las ilustraciones con las que se lanzaba el Soporte de lectura para el voluminoso Diccionario Holder en 1892 que adornan este post.

Fabricado por la empresa de Ohio, Holloway, su frase publicitaria lo dejaba claro:

«Los lectores y pensadores no son gente perezosa. Cualquier cosa que pueda conservar su fuerza física es útil»

El soporte de lectura Holloway estaba diseñado en madera y metal, con un tabla ajustable para graduar la altura del diccionario; y se completaba con una lámpara. Además disponía de un soporte para colocar libros en los laterales, y ruedas que permitían desplazarlo del salón al jardín, el baño o el dormitorio: logrando así una concentración absoluta en la lectura en cualquier estancia de la casa.

¿No sería una maravilla contar con algo así en las bibliotecas del siglo XXI? Entonces sí que conseguiríamos que la ciudadanía se sientiera plenamente en casa. Cuerpos relajados con mentes estimuladas.

Un artilugio idóneo para algunos de esos coffee table books de los que hablábamos en Lectura de posos de café. Si se completara con un sillón de masajes: la biblioteca kitsch podría mirar frente a frente a las grandes superficies comerciales.

Arrumbada, cuando no desahuciada, la sección de enciclopedias en las bibliotecas que han hecho los deberes: una colección de coffee table books, ubicados en un entorno propicio para el placer visual y de la lectura: sería una opción magnífica. Algo parecido a lo que el cine hizo en los años 50 ante la competencia de la televisión.

Si la pequeña pantalla le quitaba espectadores, el cine, contraatacó con Technicolor, 3D, películas en formato panorámico, efectos especiales (de traca, pero efectos al fin y al cabo)… Si las pantallas pequeñas (otra vez) están restándole parroquia al papel, menos de lo que se pensaban eso sí: es el momento de crear colecciones de libros que no son fáciles de tener en los hogares. Libros king size por los que merezca la pena echar el viaje a la biblioteca para disfrutarlos.

Pero el invento para el Diccionario Holder ha seguido inspirando artilugios dignos de la teletienda. Solo hay que ver las adaptaciones que posteriormente ha conocido la idea de leer sin manos. Bastante más simple que el elaborado artilugio de nuestros antepasados; pero el soporte-parasol para la lectura tampoco está mal pensado, sobre todo, para los veranos que ahora se alargan hasta practicamente noviembre.

 

Aunque el más revolucionario quizás, sea el que lanzó hace unos años el gigante Google. La bicicleta que se conduce sola ha sido el invento definitivo a la espera del coche que se conduzca solo. Como no podía ser de otro modo el lanzamiento de tan ecológico y revolucionario medio de transporte y lectura tuvo que ser en la ciudad con más bicicletas por metro cuadrado de Europa: Ámsterdam.

 

Logo de la campaña Ride for reading

 

Los testimonios de los primeros holandeses que probaron el invento, no podían resultar más convincentes (a la que declara que resulta ideal para trabajar mientras vas en ella, le enviaríamos rápidamente un ejemplar de Capitalismo canalla). Que todo resulta ser una broma de la empresa para celebrar el April Fools’ Day (el día de los inocentes anglosajón) no nos importa lo más mínimo.

Deberíamos exportarla al mundo bibliotecario. Seguro que las bicicletas inteligentes rigiéndose por las leyes robóticas de Asimov (2ª ley: un robot no hará daño a un humano, ni lo permitirá), respetarían la integridad de los sufridos peatones, que han pasado a ser víctimas propiciatorias de tanto jinete salvaje urbano en patinete.

Tal cual como los artesanos (y aquí va el puntito demagógico) lo fueron de las ruedas de la industrialización que los arrolló en el XIX según detalla el ensayo con el que abríamos el post.

 

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La biblioteca como isla

 

En la revista digital sobre música y cultura pop ‘Jenesaispop‘ en un artículo patrocinado, todo hay que decirlo, se hacen eco de la campaña para promover el turismo que Malta ha puesto en marcha. Para este otoño, la isla mediterránea, se vende como destino turístico basado en la cultura. Para ello han organizado una programación, para los próximos meses, compuesta de festivales de música pop, de baile y clásica.

 

La Villa Getty, en Malibú, es un centro dedicado a la cultura de la Antigüedad que se construyó reproduciendo la Villa de los Papiros de Herculano arrasada por la erupción del Vesubio que arrasó Pompeya. La única biblioteca de la Antigüedad cuyos papiros sobrevivieron gracias a las cenizas del volcán que los sepultaron durante siglos.

 

En una potencia turística como España lo del turismo cultural sigue siendo, pese a todo, una asignatura pendiente. Tras la debacle que ha supuesto la pandemia para el sector, diversas asociaciones de guías turísticos, se lamentaban recientemente de lo poco que se está haciendo para promover opciones alternativas al turismo de sol y playa.

Nuestro país ocupa el cuarto puesto en el ranking de países con más espacios naturales o monumentales declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En ese ranking no se contabiliza ninguna biblioteca. El biblioturismo no existe en nuestro país (salvo para profesionales del gremio ya irrecuperables para la vida normal que, hasta en sus vacaciones, se dedican a visitar bibliotecas). Y no porque no haya bibliotecas que merezcan una visita. Por ser bien pensados (una mera argucia para luego poder pensar mal sin remordimientos): en un país con tanto patrimonio, las bibliotecas, no consiguen destacar lo suficiente.

Para refrendar este apunte solo basta mirar a Oslo. Que la IFLA haya nombrado mejor biblioteca del mundo a la Deichman Bjørvika ha supuesto un aluvión de artículos en medios no bibliotecarios que la venden como un atractivo más de la capital escandinava.

 

La Deichmann Bjørvika de Oslo. Fotografía de Einar Aslaksen.

 

Su director, Knut Skansen, en una entrevista de ‘El País‘, pone las cosas un poco en su sitio respecto a las bibliotecas como reclamos turísticos; que es lo que nos interesa en este punto. Pero además, con jugosas reflexiones sobre la profesión:

«¿Turismo bibliotecario? Quizá, pero lo importante es que la gente, especialmente los jóvenes, la ven, entran y luego vuelven a utilizarla ya como biblioteca; hoy hay que «envasar» la cultura y la lectura de una manera distinta”. Una biblioteca no puede ser solo un edificio turístico; a los políticos les pediría que, si quieren en sus ciudades otra atracción turística, por favor, no utilicen para ello las bibliotecas”.

 

En nuestro entorno, a falta de que se concrete la futura biblioteca provincial de Barcelona: no parece que corramos peligro de que nuestros políticos actuales se obsesionen con rentabilizar a las bibliotecas como reclamos turísticos. Si la biblioteca del municipio de El Paso (La Palma) sobrevive indemne a la lava. ¿Quién sabe? Tal vez se llegue a convertir en parada obligada en los tours volcánicos promovidos por la ministra.

El próximo mes de noviembre, el X Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas, seguro que aún con los ecos de la erupción del Cumbre Vieja, reunirá a la profesión tras un año y medio largo de pandemia. Un reencuentro cuyo título, El desafío de la transformación, podría parecer premonitoriamente pensado para celebrarse en las islas Canarias.

Por un lado, porque una morosa, lenta pero impacable colada de lava tecnológica amenaza desde hace décadas con calcinar a las bibliotecas si no afrontan con decisión su mutación tras este tiempo de desaceleración (por usar la jerga que tanto gusta a políticos); y  por otro, porque las bibliotecas, pese a su cotidianidad, son como islas en muchos sentidos.

La insularidad de las bibliotecas no tiene que ver con el síndrome de la isla tan característico de algunos peninsulares (godos) que se mudan al archipiélago. La insularidad bibliotecaria proviene de su singularidad como institución fuera de la lógica capitalista más extrema. Su insularidad lejos de excluir: acoge a todo el mundo. Y un gesto tan simple contraviene la privatización cultural que de una biblioteca pública puede hacerse.

 

La espectacular biblioteca de Beitou en Taiwan.

 

La insularidad de una biblioteca, también, puede ser el sentimiento de abandono en el que se encuentran miles de profesionales al frente de pequeñas bibliotecas municipales que sobreviven cual Robinsones Crusoe de la cultura. O la insularidad de una biblioteca puede venir de la injerencia política más arcaica que extirpe de su agenda asuntos imprescindibles para estar en el mundo de hoy como feminismo, derechos LGTBIQ u Objetivos de Desarrollo Sostenible. Algo que hasta no hace tanto sonaba a biblioficción.

Ponerse en lo peor como conjuro para que no suceda. El proceso de privatización cultural de una biblioteca pública es un peligro más real de lo que podríamos imaginar. Si en el ámbito de la educación se ha formulado un concepto como el del pin parental: ¿quién dice que en las bibliotecas no se pueda aplicar algo similar? Convertir a las biblbiotecas, a través de su agenda cultural, en espacios para adoctrinar es una posibilidad.

Como la isla lo era para Houellebecq en su novela. Esa novela, no por nada, en la que su protagonista viajaba a Lanzarote (otra vez las Canarias); y en la que el cínico francés nos ponía sobre aviso sin pretenderlo:

«los programas culturales son raros en la televisión española, los españoles no aman los programas culturales, ni la cultura en general, es un territorio que les resulta profundamente hostil, a veces se tiene la impresión, cuando se les habla de cultura, de que se les hace una especie de ofensa personal»

Esto lo escribió el galo en 2005 cuando aún no se emitía Sálvame. ¿Qué diagnóstico haría ahora el protagonista de su novela? Y no por el programa de Telecinco que es de lo más honesto en sus intenciones: sino por la ‘salvametización‘ que el debate público, mediático y, sobre todo, político ha experimentando durante los últimos años.

La estimable adaptación que John Huston hizo de la obra magna de Malcolm Lowry.

La amenaza de que las bibliotecas públicas se conviertan en campo de batalla entre facciones ideológicas opuestas es un riesgo en una sociedad en la que la politización, no entendida como ocuparse de los asuntos públicos: sino como permanente estado de confrontación: es un ruido de fondo al que, peligrosamente, nos hemos acostumbrado.

Pese a todo, crucemos los dedos, ni pandemias, ni siquiera volcanes evitarán que los próximos 10, 11 y 12 de noviembre profesionales de bibliotecas se reúnan en Las Palmas de Gran Canaria. Parafraseando al cónsul protagonista de Bajo el volcán de Malcolm Lowry: «una vez más, nuestra desilusión es una pose. Confiamos plenamente en el futuro de las bibliotecas.»

 

Moneda conmemorativa del Motín de la Bounty. Los amotinados fundaron una colonia en la, entonces, ignota isla de Pitcairn (que no aparecía en los mapas).

 

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Literatura y cine: la punta del iceberg

 

 

La nueva versión de Dune (2021) dirigida por Denis Villeneuve sea quizás la primera cinta cuyo estreno se pueda considerar pospandémico. No porque haya desaparecido el virus; sino porque apunta maneras para atraer a las salas a espectadores que llevan más de año y medio de sequia cinematográfica en pantalla grande. Y además, tiene su lógica que, tras este año y medio, sea una cinta de ciencia ficción la que reviente las taquillas.

Bien es cierto que las credenciales del director (y del reparto) de la cinta aportan cierta garantía de calidad. La versión de David Lynch en los 80 se movía en parámetros bien distintos a los de Villeneuve. Y las comparaciones, para los más cinéfilos y memoriosos, serán inevitables. El punto de referencia para ambas pasa por el original literario de Frank Herbert. Un debate este, el del reflejo eterno entre literatura y adaptaciones a la pantalla: que cuenta con un larguísimo recorrido desde los orígenes mismos del cinematógrafo.

 

Durante muchos años, El padrino (1972) de Coppola, copaba el primer puesto en estas listas que tanto juego dan para debates posteriores. Es cierto que pocas veces se valora más la adaptación que el libro original; pero algunos casos se han dado. El más significativo tal vez sea el de Orson Welles y La dama de Shangai (1947).

Según cuentan las crónicas, probablemente con mucho adorno novelesco por parte del propio Welles: el director estaba hablando por teléfono con su productor que le exigía un nuevo proyecto a rodar.

El autor de Ciudadano Kane no tenía nada pensado para ofrecerle al ansioso empresario. Así que no tuvo otra idea que coger una novelucha barata que tenía a mano y decirle el título, sin tener ni idea del contenido de la misma. El resto ya es historia.

Un clásico del cine negro con el que Welles terminó desafiando a la industria estadounidense al cortarle y teñirle el pelo a la pelirroja más explosiva de Hollywood del momento. La, en aquel entonces esposa de Welles, maravillosa Rita Hayworth.

Otro genio del celuloide, que también tenía afición por convertir en fetiches a sus actrices, y jugar con los cambios de tinte de sus cabellos: fue el británico Alfred Hitchcock. El director de Rebeca (1940) hizo otro tanto con Psicosis (1960), basada en una novela del olvidado Robert Bloch: que el mago del suspense convirtió en una maravilla que abrió la veda para las generaciones posteriores de psicópatas que inundarían las pantallas.

Y viceversa, también ha habido escritores que poco menos que montaron una campaña de descrédito contra la adaptación cinematográfica de su obra. Por citar un ejemplo cercano geográficamente: los ataques por parte de Antonio Gala a la adaptación que Vicente Aranda  hizo de su best seller La pasión turca (1994). Su oposición, en medios escritos y platós televisivos, de poco sirvieron para impedir que la gente fuera al cine atraído por ver a Ana Belén en una historia de amour fou en pleno Estambul.

Tal vez, el mayor pecado de una adaptación cinematográfica sea precisamente el ansia por ser fiel. La obsesión por la fidelidad, en este caso, puede llevar al desastre más absoluto, a meras estampas en movimiento de esa parte del iceberg inmensa que es el original literario. Por eso, los cineastas más personales saben hacer suya la obra original; creando otra obra diferente, que ha de gustarnos o disgustarnos por sí misma, no porque se parezca más o menos al texto en el que se inspiró. Y está de nuestra parte, como espectadores y lectores, perseguir la diferencia antes que la simple y pobre sustitución.

Equivalente a la contundente metáfora de la primera fotografía del post. Aquí el iceberg reparte méritos de manera más ¿ecuánime? entre cine y literatura

 

Podríamos seguir repasando la fructífera, y a la vez tormentosa, relación entre literatura y cine, pero ya habrá tiempo de hacerlo en más entregas. De momento nos quedamos con una recomendación para quienes quieran indagar en el asunto aprovechando los recursos de las bibliotecas.

Hace un año, desde la Biblioteca Regional de Murcia, lanzaron una guía de lectura y visionado aprovechando los contenidos de las plataformas eBiblio y eFilm. Un diálogo cruzado de recomendaciones llamada Literacine que se puede descargar pinchando en el enlace del título. Para promocionarla, publicaron un vídeo en el que se recoge un chiste sobre cabras y películas que Hitchcock contó a Truffaut durante las sesiones de su famosas conversaciones. La historia no tiene desperdicio.

 

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Bibliotecas en contexto

 

La veterana influencer española Dulceida, hace unas semanas, conmocionaba (sic) los medios al anunciar que «abandonaba» las redes. En realidad, las comillas que hemos puesto en una sola palabra deberían enmarcar la frase por completo. Todo es susceptible de enmarcar con el irritante gesto de comillas con el que ahora se subraya lo irónico ante el déficit de comprensión lectora que nos asedia.

 

Greta Garbo, una verdadera influencer que dijo que se iba y se fue de verdad.

 

Pero Dulceida, pese a sus casi tres millones de seguidores, no es como Greta Garbo. En parte, porque la mayoría de sus seguidores, probablemente, no sepan quien era la Garbo; y en parte, porque en realidad, dijo que se iba por su salud mental: pero habrá que ver cuánto tarda en volver. I want to be alone (quiero estar sola),  que dijo la Divina (ella sí de verdad) con tan solo 36 años.

La influencer sigue una tendencia al alza: el abandono de diversas celebrities en los últimos tiempos de las redes sociales. En algunos casos, es más que probable y comprensible que sea por hastío (sobre todo si hablamos de Twitter); pero no hay que ser muy avezado para sospechar que, en otros, será como la eternamente última gira de los Rolling Stones. Algo que tras la muerte del elegante Charlie Watss, tal vez, puede, es posible, cabe la posibilidad: de que acabe siendo cierto. Pero si hasta ABBA va a girar holográficamente: nada puede darse por sentado.

 

 

La sospecha de un to be alone de manual para reflotar un tirón mediático que flojea: planea sobre muchos de estos retiros anunciados a bombo y platillo. Si hablamos de bibliotecas (en teoría sobre lo que va este blog), en principio, no procede. Una biblioteca nunca va a decir que quiere estar sola. Pero sí que puede llegar el momento en que se replantee su permanencia en las redes. 

En principio, suena a dislate. ¿Qué daño pueden causar las redes a una biblioteca más allá de que no te siga nadie? Es difícil (que no imposible) que se conviertan en diana del linchamiento diario con que se desayuna, merienda y cena en Twitter. Pero no es lo más probable. En cambio, las injerencias por parte de instancias superiores según vengan los vientos políticos del momento: es más que factible. En cualquier caso, si se tiene un altavoz, por poco volumen que tenga: es absurdo renunciar a él cuando es gratis. Pero, ¿realmente sale gratis? Las redes sociales que conocemos ¿tienen algún coste para las bibliotecas?

Las redes sí tienen un coste más allá de la tarifa de la conexión wifi. Las bibliotecas están trabajando gratis, como cualquiera que publica en ellas, para Facebook, Twitter, Instagram, TikTok, etc… Están colaborando en promover la economía de la atención.

 

 

La resistencia activa a esa economía de la atención es la propuesta que la artista, escritora y docente estadounidense Jenny Odell plantea en su ensayo: Cómo no hacer nada. Resistirse a la economía de la atención (Ariel, 2021). Un libro en el que Odell plantea formas de sustraerse al canto de sirenas paralizante en que pueden convertirse las redes. El biorregionalismo es fundamento de muchas de sus estrategias. Y precisamente, en estos días, es una estrategia que apela directamente a la situación de las bibliotecas públicas.

Habitar tu entorno con nueva conciencia. Aprender y desaprender a mirar lo que te rodea. Entrenar tu capacidad para percibir lo que está ahí pero ignoramos porque las pantallas monopolizan nuestros sentidos. Con las bibliotecas desperezándose físicamente (digitalmente no se han dormido lo más mínimo) tras este año y medio de restricciones: los ejemplos que aporta Odell en su libro sobre redes fuera de las grandes corporaciones suenan de lo más interesante. No solo para organizarse la vida digital, sino también la analógica.

El pintor estadounidense Jeremy Miranda gusta de descontextualizar espacios domésticos en algunas de sus obras. Como por ejemplo esta biblioteca imposible abierta al mar.

 

Si el software libre para bibliotecas lleva décadas sobre el tapete, quizás, sea momento de sumar a los asuntos pendientes la creación de redes sociales propias de bibliotecas. Los VIP ya las tienen. La red social Raya requiere de invitación y solo admite a usuarios que pasan un filtro previo. Una red que se vende como la red de las celebrities. En una biblioteca pública todo el mundo es VIP independientemente de su género, raza, orientación sexual, procedencia o situación económica. La exclusividad que da la cultura nunca la dará el dinero, ni la fama por sí solos.

 

NextDoor, la red social privada para tu vecindario.

 

Odell habla en su libro de redes como Nextdoor, Scuttlebutt o Mastodon. Redes nacidas de manera local que se idearon para entornos cercanos y con estructuras descentralizadas. Sobre el papel lo opuesto a Facebook, por ejemplo. Si bien su evolución y desarrollo ha derivado a presupuestos más alejados de su espíritu original, sobre todo en el caso de Nextdoor. En cualquier caso, la posibilidad de redes sociales propias es un horizonte que la autora nos invita a indagar.

Como sostiene en un capítulo de su ensayo:

«mientras la economía de la atención se beneficia de mantenernos atrapados en un presente que nos atemoriza, corremos el riesgo de desarrollar una ceguera ante el contexto histórico, al tiempo que nuestra atención se ve privada de la realidad física de nuestro entorno» 

Nos descontextualizan como a un vulgar titular de un medio digital ávido de clickbaits. Por ello, las bibliotecas, pueden ayudar a contextualizar, a resituarnos. Las redes actuales, tarde o temprano, pasarán. Igual que el electrolatino aunque parezca eterno: también pasarán (¡perdón, se coló algo que no venía a cuento).

El movimiento Time Well Spent, creado en 2013 por el exdesarrollador ético de Google Tristan Harris, promueve tecnología a la que le importe cómo usamos nuestro tiempo. Que  no estimule nuestra dopamina para convertirnos en alienados ratones de laboratorio ansiosos por darle al botón. Que deje de manipularnos para distraer y cautivar nuestra atención. Pero ocho años después, pese a los própositos de enmienda y adscripción a esta filosofía por parte de popes como Mark Zuckerberg: las rocas sobre las que cantan las sirenas digitales están más afiladas que nunca.

 

Armas de distracción masiva.

 

El Center for Human Technology, que cofundó Harris, trabaja para desarrollar la idea plantada con el movimiento Time Well Spent. Entre sus objetivos está la reinvención radical de la tecnología que respalde el bienestar, la democracia y la información de calidad compartida. Pero, humildemente, desde aquí les señalamos una carencia.

En su staff encontramos desde desarrolladores de web a docentes, tutores educativos o diseñadores. Pero para estar completo ese equipo faltarían bibliotecarios. A ser posible de bibliotecas públicas. Nadie como los profesionales de las bibliotecas para saber lo que es una verdadera red social. Una red formada por relaciones de vecindad, de cercanía, de cotidianidad. Si necesitamos recontextualizarnos fuera de Matrix, el gremio bibliotecario es un activo que los voluntariosos desarrolladores de esa tecnología humana deberían tener en cuenta.

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Aristócratas digitales en Benidorm

 

El veraneo, entendido como un tiempo de asueto y relax en algún enclave natural: remonta sus orígenes al siglo XIX y a los monarcas europeos. Algo difícil de creer si atendemos a los vídeos de jubilados corriendo en Torrevieja sombrilla en ristre a la conquista de un rectángulo de arena.

 

Página de la novela gráfica de Ana Penyas ‘Todo bajo el sol’: crónica de una familia en los sesenta de la costa levantina inmersa en el brutal urbanismo que arrasaría con la costa y el modo de vida tradicional de la zona.

 

El rey Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia serían los grandes propulsores de Santander, a principios del siglo XXI; o el rey Jorge IV de la ciudad británica costera de Brighton; la reina María Cristina de San Sebastián o la única familia que podría calificarse como real de los Estados Unidos, los Kennedys, poniendo en el mapa del veraneo exclusivo a la localidad de Martha’s Vineyard. Últimamente, los ricos, parecen decantarse más por el turismo espacial. La Marbella del siglo XXI, por diferentes motivos, puede que tenga una atmósfera tan irrespirable como la de Jesús Gil.

Pero para sentirse parte de un club exclusivo ya no es necesario reservar suite a 900 euros la noche en el hotel Martínez de Cannes. En realidad, la exclusividad, en la actualidad pareciera consistir más en no hacer que en hacer. Según el Barómetro Jóvenes y Tecnología 2021 que lleva a cabo el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud: el 2020 ha provocado un verdadero empacho digital entre las generaciones más alienadas por las nuevas tecnologías. Aunque estamos incurriendo en una segmentación de lo más injusta. El Barómetro se centra en adolescentes y jóvenes pero la alienación tecnológica atañe, prácticamente, a cualquiera sea cual sea su edad.

 

 

Durante este año y medio de pandemia el espacio del ocio se ha mezclado con el del trabajo de manera inesperada y agobiante hasta para los más proclives a lo digital. Por eso, no es de extrañar que hasta un 47% de los jóvenes afirmen desear la desconexión digital. Ni mucho menos en sentido absoluto sino más bien gestionar/administrar mejor los tiempos para vivir también en modo offline.

A riesgo de resultar reiterativos y cansinos volvemos a subrayarlo una vez más: las bibliotecas tienen una oportunidad única para atraer esa necesidad de «vida real». Bibliotecas como centros de desintoxicación digital. Llevamos años, cuando no décadas, insistiendo sobre la reconversión de las bibliotecas públicas en centros sociales; en centros culturales que «deformen» la estrecha horma con la que tantas veces se las constriñe.

 

La periodista Beatriz Montañez en el salón de su refugio recibiendo la visita del programa literario «Página Dos» a raíz de la publicación de su libro Niadela. Un libro sobre su experiencia de aislamiento voluntario en la naturaleza. Una idea romántica que, precisamente tras salir en los medios, se ha visto perturbada con la noticia de intrusos que merodean su retiro.

 

En la Red de Bibliotecas Públicas de San Javier (Murcia), en agosto de 2020, lanzaron al respecto una declaración de intenciones mediante una Terapia de Desconexión Digital en forma de mochilas. Inmersos en la tercera ola del Covid era imposible plantearse «vender» a las bibliotecas como centros sociales en torno a la cultura. Pero estas terapias sonaban a deseo de tiempos mejores que, a tenor de que un año después seguimos nadando en sucesivas olas pese a las vacunas: veremos a ver si se concretan en un otoño más prometedor.

En todo caso, las Terapias de las bibliotecas de San Javier, nos tienen ganados por haberse inspirado para una de ellas en uno de los posts más queridos de este blog: La arruga es subversiva.

 

Anuncio de la mochila Terapia de desconexión digital lanzada desde las bibliotecas de San Javier (Murcia)

 

Pero retomando esos veraneos aristocráticos con los que iniciábamos el post. En el artículo Saber desconectar del Especial Tecnología de ‘El País’ mencionaban el concepto de aristocracia digital:

«Un aristócrata digital no se distingue por su pedigrí […] no es un mandato genético. Usted puede estudiar, aprender cómo funciona este mundo y, con un poco de empeño, convertirse en uno de ellos.»

En el pasado las clases menos favorecidas aspiraban al lujo y esplendor de la aristocracia. Será cuestión de mirarse ahora en los que ostentan el poder. Ya hemos hablado más de una vez de la estricta dieta digital a la que los popes de la tecnología someten a sus vástagos. Si en tiempos no tan lejanos las aspiraciones de progresar emulando a las élites pasaban por las figuritas de Lladró, la casita en la costa o el suelo de parqué. Hoy, esa emulación pasa por apagar los dispositivos.

El exquisito y esteticista director italiano Luca Guadagnino se debería plantear revisionar El Gatopardo a la luz de los mundos en desaparición a los que nos está llevando la tecnología. El príncipe de Salina bien podría ser interpretado ahora por un Burt Lancaster revivido a través de la tecnología del deep fake y pronunciar su famosa máxima: «todo tiene que cambiar para que todo siga igual» con voz metálica y robótica.

 

La exquisita Katharine Hepburn en una escena de Locuras de verano (1955) en una Venecia idealizada. De cuando los cruceros monstruosos no ensuciaban sus canales.

 

La aristocracia no es disponer de la última versión lanzada por Mac, ni tan siquiera de la tecnología más puntera y vanguardista. La aristocracia digital consiste en poder permitirse ser dueño de tu tiempo. Poder administrar y controlar el uso de las nuevas tecnologías. Da igual que sea en Saint-Tropez que en Benidorm. Algo en lo que más de uno estamos. Buscando con afán salir del proletariado digital que te exige entrega en cuerpo y alma las 24.

En este blog a partir de hoy vamos manejarnos cual marqueses, condes o príncipes. Tanto nos da el escalafón nobiliario. Vamos a poner en práctica uno de los mayores lujos que puede uno permitirse en estos tiempos: dedicarnos a la vida offline. Quien salga el último que apague, por favor. Nos vemos en septiembre. ¡Feliz desconexión!

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Biblioteca húmeda

 

Hace unos años la biblioteca estadounidense Earl del condado de Roanoke, en Carolina del Norte, ganó cierta notoriedad (al menos en el mundillo bibliotecario): al ser la primera en contar como asistente bibliotecario con el simpático robot Pepper.

 

En Dubai han creado una ciudad submarina dentro de una piscina de tamaño descomunal: la Deep Dive Dubai. En ella se puede bucear y visitar desde restaurantes a supermercados, salones recreativos, cine, cafeterías o una biblioteca.

 

El androide desarrollado por la empresa japonesa Softbank Robotics fue noticia en diferentes ámbitos. Su diseño amable y aire manga lo hacían irresistiblemente cuqui. Pepper llegaba publicitado como un robot empático, capaz de reconocer los estados de ánimo de los humanos, y capaz de interactuar de manera dinámica con personas mayores, clientes o público, por ejemplo, de una biblioteca. Pero, recién cumplidos sus seis años de existencia, puede que a Pepper le haya llegado la jubilación anticipada.

Según la noticia difundida por diversos medios la producción de nuevos Pepper lleva un año paralizada. Y no es por el parón que ha afectado a tantos sectores durante lo que llevamos de pandemia, no, es simplemente que no hay demanda. Pese a lo adorable que resulta Pepper pocas instituciones u organismos se deciden a gastar los entre 17.000 a 20.000 euros (programación aparte) que puede llegar a costar el simpático robot.

 

Pepper, asistente en una tienda de cafés. Foto: EFE

 

Como subrayan, con cierto recochineo ludita, en ‘Business Insider’ los robots que venían a sustituirnos también están sujetos a despido. El artículo recoge algunos de los numerosos errores que Pepper ha acumulado en residencias de ancianos, bancos, domicilios familiares o tiendas. En todos ellos, Pepper, ha terminado arrumbado cual artilugio adquirido en un teletienda de madrugada. No tenemos noticia de la biblioteca de Roanoke. Pero en nuestro país el cuestionado robot está presente en dos hospitales de Barcelona y, también se anunció que estaría, en el Museo Europeo de Arte Moderno.

En cualquier caso la empresa ha anunciado el cese de su fabricación que no de su distribución. Pero el hecho de que artilugios, como los altavoces inteligentes o los asistentes de los smartphones, lleven a cabo muchas más funciones que Pepper a menor coste: no le augura un futuro inmediato aparentemente prometedor. Visto lo visto parece que Pepper no va a alcanzar nunca el estatus de una de esas cosas bibliotecarias que solo sirven para hacer bonito; de las que hablábamos hace unos posts.

Siri Hustvedt no menciona a Pepper en ningún momento en el ensayo Los espejismos de la certeza (Seix Barral). Pero habla de robots, o más exactamente, de inteligencia artificial. Aborda temas apasionantes desde una erudición que pese a lo denso de algunos pasajes no hace encallar sus planteamientos en ningún momento. Hustvedt viene a decirnos que hay que prevenirse de las verdades aceptadas, de las interpretaciones sesgadas de las evidencias científicas.

La autora cortocircuita una de las certezas que asumimos de manera mayoritaria aún sin tener los suficientes elementos de juicio: que la Inteligencia artificial va a superar al ser humano en breve. Y para ello, previamente, nos sitúa en el punto adecuado repasando algunos de las investigaciones más interesantes que sobre la mente humana se han desarrollado en las últimas décadas. Reducirnos a cerebro ha sido un espejismo en el que han creído muchos de los apóstoles de la Inteligencia Artificial. Pero un cerebro sin cuerpo no es nada. Un cerebro sin la información sensitiva que proporciona un cuerpo no alcanzaría la extraordinaria, y aún desconocida, complejidad que alcanza el cerebro  humano.

 

GOFAI (Good Fashioned Artificial Intelligence): inteligencia artificial decimonónica.

 

La Inteligencia Artificial en su contraposición a lo humano siempre ha despreciado lo viscoso, lo fluido, lo carnoso, en definitiva, lo húmedo. El primer paso para desmoralizar al enemigo es herirle la autoestima. Y por eso Hustvedt titula uno de sus capítulos: ¿Húmedo o seco? Porque esa humedad contrapone a lo humano frente a los que quieren desecar la mente humana hasta simplificarla en un simple algoritmo. Como escribe la autora:

«la GOFAI (la Inteligencia Artificial clásica) al despojar a la «inteligencia» humana de su realidad material y convertirla en una serie de símbolos lógicos que podían ser procesados en una mente cuasi cartesiana: unos prejuicios que a menudo ocultan el miedo a los cuerpos mortales, sucios y chorreantes, que no son sino un puñado de células lamentables que hay que trascender»

Y lo mejor de todo es que no hay espíritu iconoclasta en las palabras de la autora. Son simples conclusiones a la luz de los resultados de investigaciones procedentes de muy diversas disciplinas. Mención aparte, por cerrar el comentario en torno al ensayo de Hustvedt, merece el saludable cuestionamiento fundamentado y feminista que la estadounidense hace de tótems del pensamiento científico más mainstream representado en figuras como las de Richards Dawkins o Steve Pinker. Tan citados, todo sea dicho, desde posturas ideológicas muchas veces rayanas en el mal llamado neoliberalismo.

El ensayo de Hustvedt es una cura de humildad, de lo más humana, para la arrogante Inteligencia Artificial. No lo pretende, su rigor intelectual lo impide: pero es inevitable sentir una cierta sensación de revancha ante el poder omnipotente del algoritmo. El libro, en ningún momento, cuestiona los enormes avances que la tecnología nos brinda: pero sí ayuda a moderar los excesos a los que nos puede llevar una fe ciega en la misma.

 

El proyecto de IA de la Biblioteca del Congreso pretende facilitar la búsqueda entre las 250.000 fotografías de los años 20 que atesora la institución.  Foto: Library of Congress 

 

Precisamente, una noticia reciente, nos habla de Inteligencia Artificial en bibliotecas y su enorme potencial. En la Biblioteca del Congreso de Washington se ha recurrido a la IA para ayudar a los investigadores a explotar sus vastas colecciones. Se ha puesto en marcha un proyecto para crear una red neuronal, una de las ramas de la IA, que imite la forma en que el cerebro humano aprende. De ese modo se espera que los resultados de las búsquedas sean más precisos y relevantes. La primera lección para esa IA debería ser leerse el libro de Hustvedt. Pero volvamos a los orígenes.

En una biblioteca, los índices de humedad, deben estar adecuadamente controlados para la preservación de las colecciones. Un termohigrómetro mantendrá el papel de los documentos en su nivel óptimo; pero la calidez necesaria para que ese puñado de células lamentables, a las que se refiere Hustvedt, lo sientan como su hábitat ideal requiere de una serie de habilidades que, ni siquiera el simpático Pepper, ha conseguido emular. No lo olvidemos: nuestros cuerpos siguen siendo un 65% de agua. Por ello, en contraposición a la noticia de la IA en la Biblioteca del Congreso, cerramos con una biblioteca que es todo humedad: la Clitothèque.

 

El pasado mes de abril se presentaba esta biblioteca digital francesa que aspira a promover la educación sexual (asignatura pendiente también en la mayoría de programaciones bibliotecarias); centrándose en la sexualidad femenina. Un proyecto participativo con ánimo didáctico que busca popularizar la educación sexual entre influencers, instagramers y youtubers. Una biblioteca colaborativa en la que cualquiera pueda compartir sus conocimientos y experiencias: y que aspira a enriquecer intelectualmente a sus visitantes. Pobre inteligencia artificial. ¡Cuánto le queda aún por aprender!

 

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Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Entrenamiento olímpico en bibliotecas

 

El entreno se asocia mayoritariamente a alguna práctica deportiva. Las bibliotecas, per se, no entran en la ecuación mental que establecemos al hablar de prácticas deportivas. Siempre que exceptuemos las prácticas que recogíamos en Del bodybook a la zumba poética: entrenamientos de biblioteca. Pero nunca hay que quedarse en lo obvio. Hay muchos micromundos en torno a la biblioteca que nada tienen que ver con la finalidad para la que se construyó su edificio.

 

El skateboarding: de deporte callejero a disciplina olímpica. Foto: James Gray/Rex Features

 

Como en todo ecosistema urbano que merezca la pena: las apropiaciones que de sus espacios hagan ciudadanos y colectivos: serán las que realmente arraiguen a la biblioteca como espacio ciudadano. En principio, una biblioteca, es para disfrutar de la cultura. Pero, ¿quienes somos nosotros para negarle otros usos? Por ejemplo, como refugio para tribus urbanas que practican sus rituales aprovechando la singularidad que suelen aportar las arquitecturas bibliotecarias.

En las inminentes olimpiadas de Tokio, el skateboarding se estrenará como disciplina olímpica. De repente, esa chiquillería que machaca bordillos y escalones con sus cabriolas sobre tablas rodantes puede soñar ya con medallas de oro. Y en más de un caso, la biblioteca, o mejor dicho: los aledaños del edificio de la biblioteca les han servido como zona amigable para su afición.

El skater Nyjah Huston, favorito para los juegos olímpicos. Foto: SkateNews

 

Es el caso de la superestrella del skate Nyjah Huston, considerado el mejor skater de competición de todos los tiempos a sus 26 años; y una de las estrellas que más expectación despierta de cara a Tokio 2021. Según nos cuenta un artículo de ‘Los Angeles Times’, Huston junto a sus colegas, practica alrededor de una biblioteca angelina. ¿Qué razones puede haber en esta cierta atracción por parte de los skaters por los aledaños de bibliotecas? Se conjugan varios elementos:

  • la biblioteca, bien porque haya conseguido convertirse en centro social atractivo para la juventud; o bien porque, tristemente, la vean solo como sala de estudio: congrega a mucho público joven diariamente y en horarios muy amplios.
  • los edificios de las bibliotecas suelen contar con escaleras, barandillas (sobre cuyos filos se puede practicar el espectacular estilo “grinding») o rampas para cumplir con las exigencias de accesibilidad propias de un edificio público. Y esas escaleras, barandillas o rampas son elementos que actúan como auténticos reclamos para la pulsion skate.
  • además son edificios, espacios urbanos, públicos. Es decir, nadie puede apropiarse de ellos por intereses puramente comerciales, especulativos o directamente clasistas. Y por eso, un multimillonario como Huston, se siente más cerca de sus raíces, se siente más «auténtico» si entrena en los espacios que le han sido propios cuando se inició con sus colegas. Da para una fábula: la estrella que no se olvida del barrio.
  • las bibliotecas suelen estar cerca de infraestructuras públicas más amplias que incluyen: jardines, parques, zonas de entrenamiento deportivo o incluso: pistas para hacer skate.
  • y para ¿qué negarlo?, la biblioteca es una institución, que por mucho que no la pises, tampoco te resulta antipática o excluyente. Acoge a todo el mundo y eso es algo que subliminalmente lanza un mensaje de bienvenida aún a los colectivos más alérgicos a lo, supuestamente, académico.

Pero más allá de esta relación puramente física o arquitectónica entre skaters y bibliotecas:  hay bibliotecas que llevan años reforzando estos vínculos de diversas formas en sus programaciones.

En la cuenta de Twitter de Pulp librarian siempre encuentras joyas vintage hables del tema que hables.

Es el caso de la biblioteca de Shawnee, en Okhaloma, que ofrecía una programación para el aprendizaje del skateboarding. Desde proyecciones de películas, a demostraciones en vivo. O más recientemente, la Biblioteca Pública de Fredericton, Nuevo Brunswick, en Canadá. Que siguiendo la práctica, actualmente en boga, de prestar más que libros: ha puesto en marcha un servicio de préstamo de tablas de skateboarding o monopatines; por apearnos un rato de tanto anglicismo.

La biblioteca ya tiene antecedentes prestando otro tipo de materiales como instrumentos musicales o raquetas de nieve. Y es que como declara Julia Stewart, directora de la biblioteca, a un medio local: «Nos gusta la idea de probar antes de comprar, para que puedas hacer una prueba, ver si es algo realmente te gusta; y luego, tal vez, compres el tuyo«. Algo que en los últimos años, en el caso de las tablets y lectores de libros electrónicos, se ha podido constatar en muchas bibliotecas españolas. Al hilo de este nuevo servicio, la biblioteca de Fredericton, también programó un taller para aprender a restaurar monopatines viejos y así poder repartirlos entre los niños de la zona.

 

El personal de la Fredericton Public Library posando con algunos de los monopatines disponibles para préstamo en la biblioteca. Foto: @FrederictonRecreation

 

El skateboarding parece una actividad a tener en cuenta en futuras actividades bibliotecarias. Y además refrendada por argumentos científicos que la vinculan aún más con las bibliotecas. En 2013, el psicólogo Michael McBeath, realizó un estudio en el que concluía que los patinadores mejoran significativamente su comprensión de la física gracias a la práctica del skateboarding. Parece que ayudaría a una compresión instintiva de conceptos físicos al experimentarlos en sus propios cuerpos. Es evidente que el idilio entre bibliotecas y artilugios con ruedas va mucho más allá de los carritos para transportar libros.

Y por soñar que no quede. El edificio de la biblioteca del siglo XXI bebe del concepto y la arquitectura de edificios como la Alhóndiga Bilbao, con esa piscina de fondo transparente, que se ve desde el patio central. Pero, seamos realistas, no siempre es posible tal maravilla ¿Qué tal una zona de parkoutskateboard, un rocódromo, gradas para peleas de gallos de hip hop, etc? Un edificio repleto de actividad intelectual y cultural en su interior; y repleto de vida y movimiento físico en su exterior. El ecosistema urbano perfecto.

 

 

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Cosas bibliotecarias que solo sirven para hacer bonito

Que un profesor sea que el defienda la utilidad de lo inútil ya te reconcilia con el mundo. El filósofo y docente universitario Nuccio Ordine se ha convertido en un referente más allá de sus vastos conocimientos sobre el Renacimiento italiano y los inicios de la Edad Moderna gracias a ensayos como La utilidad de lo inútil.

 

Como atinadamente sostiene el calabrés en este ensayo:

«las conquistas de la industria, que han enriquecido a tantos hombres prácticos, no habrían jamás existido […] si no les hubieran precedido locos desinteresados que murieron pobres, que no pensaron jamás en la utilidad y que, sin embargo, tenían otra guía además de su solo capricho»

«Me gustan las cosas que solo sirven para hacer bonito» que decía Penélope Cruz en la deliciosa comedia de Gómez Pereira El amor perjudica seriamente la salud (1996). Y es que lo superfluo, lo frívolo es lo que da la medida de lo evolucionada que está una sociedad. Cuando las necesidades básicas están cubiertas el ser humano puede empezar a frivolizar.

El pasado mes de abril la artista Barbara Page publicó su libro Book marks: an artists card catalog: notes from the library of my mind. El subtítulo es de lo más sugerente: catálogo de cartas de un artista: notas de la biblioteca de mi mente. Todo parte del amor de esta artista y triatleta por la lectura que la ha llevado a convertir tarjetas de préstamo de bibliotecas en pequeñas obras de arte. Más de 800 tarjetas recicladas que se han exhibido en diferentes bibliotecas y que, finalmente, ha reunido en este libro.

Con este proyecto Page ha creado una biblioteca mental con los libros que la han acompañado a lo largo de su vida. Y ¿qué mejor que las tarjetas desahuciadas de bibliotecas para transformarlas en lienzos sobre los que representar; mediante dibujos, collages y sellos: las tramas de los libros de su vida? Para completar la obra, las tarjetas, se ordenan, como debe ser, en ficheros de madera. De hecho la propia web de la artista se organiza según un clásico catálogo manual de biblioteca.

Pero que nadie espere que la ordenación de las tarjetas en su correspondiente fichero de madera se rija por la CDU o la Clasificación de Dewey. El catálogo de Page pone en práctica una tipología no demasiado rigurosa desde el prisma de la profesión. Las fichas se ordenan cronológicamente según el año en que leyó las obras representadas en las tarjetas.

Más de 70 años de gozosas y provechosas lecturas que la artista ha fijado en su recuerdo gracias a estas tarjetas de bibliotecas intervenidas.

 

Entre los formatos que quedaron atrás en el mundo bibliotecario no se puede decir que las cintas VHS fueran, exactamente, bonitas. Pese a su presencia, lo cierto, es que las cintas de vídeo no se asocian en el imaginario colectivo a las bibliotecas. El hábitat común de estos formatos fueron los videoclubes de barrio de los ochenta. Negocios extinguidos que tanto tienen que ver con la buena o mala educación cinematográfica de toda una generación. Y si había un género que se percibía como propio de videoclub ese era el de las películas de acción y las de terror. Las porno también tenían un protagonismo especial; pero tras una cortina o habitación contigua estratégicamente ubicada para proporcionar intimidad a los clientes.

En la tienda Etsy Readful Things le dieron una segunda vida a estos artilugios tan ochenteros, VHS y Betamax,  transformándolas en homenajes en 3D a algunos de los títulos más representativos de esa «cultura de videoclub» que bien merecería un estudio en profundidad. ¡Cuántas lecturas sociológicas, económicas, culturales y sociales se podrían extraer de una cuidada observación del microcosmos que se generaba en torno a estos negocios!

Con una técnica mixta manual en la que han recurrido a la arcilla y otros materiales crearon homenajes para clásicos a los que tanto debe la serie Stranger things como: La cosa, Critters, Creepshow, El terror no tiene forma, Tiburón, Pesadilla en Elm Street, Parque Jurásico o Biltelchús. Que los resultados sean «bonitos» depende del criterio estético de cada cual. Pero divertidos, desde luego que sí. Y además sirven para dar ideas para posibles talleres en bibliotecas. Y al hilo de esto nos surge una pregunta para terminar. Tarjetas de biblioteca y cintas de vídeo aparte: ¿qué otras cosas bibliotecarias arrumbadas por el paso del tiempo podrían convertirse en, simplemente, bonitas?

 

 

 

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