Nómadas del conocimiento: bibliotecarios en busca de respuestas

Viajando sin salir de casa. Maravillosa ilustración de Martin Tognola.

 

Para hacer un buen viaje es importante marcarse un itinerario. Pero para hacer un gran viaje lo importante es no ponerse destino. No vamos de Ulises. Pero si algo nos ha enseñado el trayecto que nos ha llevado desde Infobibliotecas hasta Knovvmads: es que perderse siempre trae recompensas. Durante las semanas de confinamiento que el mundo ha vivido por el COVID-19, los que teníamos conexión a internet, en mayor o menor medida, hemos ejercido de turistas accidentales.

En la novela de Ann Tyler, El turista accidental, su protagonista escribe guías de viajes para gente que no le gusta viajar. Turistas que transitan por ciudades, y solo quieren recrear lo que les es familiar, impermeables a cualquier encanto local. Justo lo opuesto a lo que aspiramos nosotros.

La Biblioteca Móvil Infantil de Mongolia lleva libros a comunidades de pastores nómadas del desierto de Gobi. Fotografía de Jambyn Dashdondog

 

Somos, y queremos, nómadas del conocimiento. Viajeros, desde nuestros dispositivos o a bordo de cualquier medio de transporte, que huyen de los lugares comunes porque aspiran a descubrir(se) horizontes nuevos. Pero ¿y si estamos condenados a ser turistas accidentales? Todo parece llevarnos a ello: la fragmentación de las fuentes, la inflación de oferta cultural e informativa no ha desembocado en una sociedad real del conocimiento. Si acaso de la evasión (y de las más tonta por cierto en la mayoría de los casos).

Cuando en 2017, el escritor Patrick Ness, se alzó con dos Carnegie Medals (galardones concedidos por los bibliotecarios británicos) hizo unas declaraciones que merece la pena recordar:

«librarians are tour-guides for all of knowledge» (los bibliotecarios son guías turísticos de todo el conocimiento)

Toda una responsabilidad la de ser guías de un continente tan inabarcable como es el conocimiento. Pero en la biblioteca del siglo XXI ¿queremos turistas o viajeros? O incluso más importante, como profesionales de bibliotecas: ¿somos turistas o viajeros?

 

 

En el portal de viajes TripAdvisor publican cada año un informe sobre las tendencias en viajes. Según el informe de 2019 el ranking lo coparon los viajes familiares, seguido por los viajes para aprender, que incluyen experiencias inmersivas; viajes de bienestar o relax; experiencias culturales y temáticas; actividades al aire libre; viajes deportivos o gastronómicos. El informe de tendencias del 2020 es presumible que arrojará un ranking harto diferente dadas las circunstancias.

Pero reparando en cuál fue el viaje con experiencia inmersiva que acumuló más reservas, al menos para los estadounidenses: ese fue un curso en una escuela de gladiadores (sic). Un 94% de las reservas fueron para aprender a convertirse en gladiador tipo Maximus en la película de Ridley Scott. Seguido por clases de salsa en San Juan, de surf en Sydney o de cerámica camboyana.

¿Dónde quedan las figuras de un Lawrence Sterne, un Alexander von Humboldt, una Ida Pfeiffer, un Lord Byron, un Henry James o un Stendhal, entre otros?

 

Escuela de gladiadores de Roma.

 

En el siglo XIX se desató un auténtico furor viajero. Los avances científicos, el colonialismo y la moda orientalista alentaron el deseo occidental por conocer mundo. Tras varios siglos de aventuras marítimas y terrestres en busca de nuevos mercados y continentes que esquilmar y anexionar: en el XIX, la ciencia, el conocimiento, alentaron muchas de esas aventuras. Un halo de romanticismo fijó el daguerrotipo que de esos tiempos nos hacemos. Pero que el bonito tono sepia no nos despiste de la verdad.

Las numerosas expediciones científicas de la Royal Geographical Society y demás Sociedades Geográficas, buscaban el conocimiento, sí, pero sobre todo el beneficio económico. Y ese ansia de conocimiento llevó aparejado numerosos genocidios, extinción de especies y sentencias de pobreza para muchos territorios.

Inmersos en un siglo que se atisba no menos apasionante que el pasado: más que nunca estamos impelidos a seguir viajando en pos del conocimiento. De un conocimiento que aporte beneficio económico, sin duda, pero no a costa de unos sacrificios que son insostenibles.

 

Viajeros europeos en torno a 1910 en Birmania. Fotografía tomada por Vincent Clarence Scott O’Conner perteneciente a la biblioteca de la Royal Geographical Society. 

 

El citado portal de viajes TripAdvisor ha servido para popularizar, aún más, conceptos como el de ‘economía de la reputación’. En su lado positivo: la opinión del consumidor como instrumento de control de la sociedad de consumo (mucho más inmediato que el voto que metemos en la urna cada cuatro años). En su lado negativo: barra libre para la maledicencia.

Afortunamente, bibliotecas y bibliotecarios, cotizan alto en la economía de la reputación ( no tanto en la de la popularidad): pero ahora más que nunca no hay que dormirse en los laureles. Aunque fueran los laureles del propio Julio César. Y esta referencia, aunque metida con calzador, no es del todo gratuita porque volvemos a esa Escuela de gladiadores que ostenta el record de reservas en el informe TripAdvisor 2019.

El conocimiento, por muy inmersivo que sea, no se obtiene disfrazándose de romano antiguo y emulando una película de Hollywood. En ‘Los pilares de la sabiduría’ de Thomas Edward Lawrence (aka Lawrence de Arabia) la Sabiduría lanzaba una llamada a los incautos para que visitaran su casa. Y es que ser incauto, no tener cautela, es muchas veces necesario para poder alcanzar, sino la sabiduría, sí al menos el conocimiento.

El filósofo Juan Arnau Navarro publicó hace unos meses un fantástico artículo sobre ‘Cosmopolitas sin salir de casa‘ en ‘El País’ del que extraemos este fragmento:

«Se puede ser cosmopolita sin salir de la biblioteca (Borges lo fue) y provinciano sin dejar de viajar.»

 

El último ensayo de Juan Arnau, reacciona contra el actual pensamiento algorítmico que tiende a la uniformización del pensamiento: reinvidicando la imaginación.

 

Todos, en algún momento, incurrimos en lo mismo. Somos como turistas accidentales que navegamos por internet buscando apuntalar nuestras creencias. Hostiles a todo lo que contravengan las ideas con las que partimos. La antítesis del conocimiento, vaya.

Por eso Knovvmads nace del deseo por ampliar horizontes pero con rumbo definido. Cuando más inciertos son los tiempos más imperativo se hace asegurar las velas para que la travesía sea exitosa. Y Knovvmads parte con unos antecedentes que disipan cualquier temeridad. El éxito, durante más de una década, de la empresa de servicios bibliotecarios Infobibliotecas son los avales para Knovvmads.

Se trata de situar a las bibliotecas, como centros culturales y sociales, al mismo nivel que el resto de industrias culturales. Si los espacios, servicios, profesionales, usuarios, productos y ofertas de las bibliotecas se han ido adaptando a las nuevas necesidades: los medios que reflejen esas nuevas realidades tienen que estar a la altura.

Puede que el entorno y las circunstancias que separan a un profesional de la información de Wisconsin de uno de Madrid o Florencia aparenten ser muchas: pero si se observan de cerca las diferencias desaparecen. Todos nos movemos con un único objetivo: indagar, de la manera más fidedigna posible, sobre el mundo en que nos movemos. Y en Knovvmads, como nómadas del conocimiento que somos, tenemos una ventaja.

La ventaja de contemplar el horizonte desde un mirador privilegiado: las bibliotecas.

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