Ejército de salvación bibliotecario

 

Bibliotecarios voluntarios uniformados en París, 1919. Entre 1917 y 1920, durante la Primera Guerra Mundial, el Servicio de Guerra de la ALA estableció campamentos de apoyo bibliotecario y recaudó fondos. Fotografía de los archivos de la Universidad de Illinois.

 

Cuando Barack Obama, en 2013, centraba los esfuerzos de su política interior en montar un sistema de seguridad social para los estadounidenses: uno de los principales escollos fue cómo difundir la información a los ciudadanos. Conocer los detalles para formalizar el seguro médico requería de un auténtico ejército de colaboradores, en una de las campañas sociales más ambiciosas, que se había llevado a cabo en el país.

Cuando el Obamacare parecía una realidad.

En el caso del cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, las bibliotecas, siempre han sido uno de sus escenarios favoritos. Para mítines, fotos de juventud o en la implicación personal en el desarrollo de su biblioteca presidencial.

Por eso, cuando se pensó en profesionales que pudieran reclutarse para la ambiciosa campaña informativa que conllevaba la implantación del Obamacare: se pensó en los bibliotecarios.

Los equipos informáticos, los espacios, y sobre todo, los bibliotecarios formados para asesorar en diversas cuestiones eran los mejores “soldados”. Y así lo entendieron las autoridades del país.

Obama señalando el complejo diseñado para albergar la biblioteca presidencial de su mandato.

 

Lo que vino después ya es otra historia. La del cuadragésimo quinto presidente que desmanteló el Obamacare; negó una pandemia que acumulaba miles de muertos, se ha negado a llevar mascarilla; y después la enarbola como símbolo de patriotismo. En fin, cuando llegué Kanye West a la presidencia, y Kim sea primera dama, puede que lo de Trump gane en coherencia.

Al Capone lloraba en la ópera, Hitler se emocionaba con Wagner, y Kanye West ha hecho discos tan geniales como My beautiful Dark Twisted. La sensibilidad no está reñido con la maldad, ni el talento, en el caso de West, con la estupidez.

Pero en el país del autor de esa joya que es My Beautiful Dark Twisted Fantasy (¿su oscura fantasía era la presidencia?): los bibliotecarios están acostumbrados a movilizarse por las razones más, en principio, ajenas a su juramento hipocrático bibliotecario. Si es que acaso existiera tal cosa.

En la crisis de opiáceos que lleva varios años sacudiendo el país, los profesionales de bibliotecas como la McPherson Square, en Filadelfia, se tuvieron que formar en la administración de naloxona: el fármaco al que recurrir ante intoxicaciones por consumo de opiáceos.

Y ahora, con los Estados Unidos convertidos en centro de la pandemia del COVID-19: uno de los recursos en esta crisis sanitaria vuelven a ser los bibliotecarios. El sistema sanitario de la ciudad de Phoenix está al borde del colapso: y los responsables políticos han tenido que recurrir a empleados públicos fuera del ámbito sanitario.

Sin departamento propio de salud pública, el alcalde de la ciudad, atribuye la falta de recursos al manejo de la pandemia por parte del gobierno federal. Nada que nos suene especialmente lejano. Pero ¿en qué pueden ayudar los bibliotecarios ante una situación así? Y no hablamos de proporcionar cultura a la ciudadanía. En Phoenix los han derivado básicamente para apoyo logístico. Ayudan a completar formularios médicos, dirigen a los ciudadanos que acuden a hacerse las pruebas, y ejercen labores de limpieza.

 

Unas tareas que conllevan un riesgo para unos profesionales que no están, ni tienen porque estarlo, formados para este tipo de funciones. En el artículo que la web Book Riot dedica a este asunto: denuncian abiertamente los recortes que se llevan haciendo en sanidad o bibliotecas, y en cambio no en policía, y que ahora se hacen especialmente evidentes. De nuevo algo que nos suena tristemente familiar.

Las autoridades californianas, en cambio, también han recurrido a los bibliotecarios, pero no como auxiliares de clínica improvisados. Han optado por aprovechan las habilidades de investigación y acceso a la información por parte del gremio para que actúen como rastreadores.

 

El bibliotecario Henry Stokes ha publicado un post en el blog de la Comisión de bibliotecas y archivos de Texas ‘photoshopeando’ algunos viejos carteles de propaganda durante la guerra para adaptarlos al mundo bibliotecario actual.

 

En nuestro país, según las últimas informaciones, contamos con 3.500 rastreadores cuando deberíamos de contar con más de 8.000 para poder controlar la epidemia. Básicamente se trata de personal sanitario el que desarrolla esta labor, profesionales de enfermería, concretamente. ¿Sería plausible una medida como la que han adoptado en California? Parece harto improbable. Por un lado, la vocación social, y por otro, la larga tradición activista del gremio bibliotecario estadounidense: hacen que resulte más fácil de movilizar y adaptar a una situación de estas características.

En cualquier caso, pareciera que el ejército de bibliotecarios debe batallar por su comunidad en los más insospechados frentes. Sólo hay que ver cómo siguen sobreviviendo, pese a los tiempos que corren, y en vez de perder usuarios, los ganan aunque sea en la distancia.

Ese juramento hipocrático bibliotecario del que hablábamos antes no suena tan fantasioso. Lo más difícil, como siempre, sería determinar las cláusulas de un compromiso que todos estuvieran dispuestos a acatar. Más leña al fuego del debate en torno a lo que es, o debería ser, un bibliotecario en el siglo XXI.

 

Henry Stokes adaptando, gracias a Photoshop, el mensaje de los carteles antiguos para los nuevos tiempos.

 

 

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