Literatura y cine: la punta del iceberg

 

 

La nueva versión de Dune (2021) dirigida por Denis Villeneuve sea quizás la primera cinta cuyo estreno se pueda considerar pospandémico. No porque haya desaparecido el virus; sino porque apunta maneras para atraer a las salas a espectadores que llevan más de año y medio de sequia cinematográfica en pantalla grande. Y además, tiene su lógica que, tras este año y medio, sea una cinta de ciencia ficción la que reviente las taquillas.

Bien es cierto que las credenciales del director (y del reparto) de la cinta aportan cierta garantía de calidad. La versión de David Lynch en los 80 se movía en parámetros bien distintos a los de Villeneuve. Y las comparaciones, para los más cinéfilos y memoriosos, serán inevitables. El punto de referencia para ambas pasa por el original literario de Frank Herbert. Un debate este, el del reflejo eterno entre literatura y adaptaciones a la pantalla: que cuenta con un larguísimo recorrido desde los orígenes mismos del cinematógrafo.

 

Durante muchos años, El padrino (1972) de Coppola, copaba el primer puesto en estas listas que tanto juego dan para debates posteriores. Es cierto que pocas veces se valora más la adaptación que el libro original; pero algunos casos se han dado. El más significativo tal vez sea el de Orson Welles y La dama de Shangai (1947).

Según cuentan las crónicas, probablemente con mucho adorno novelesco por parte del propio Welles: el director estaba hablando por teléfono con su productor que le exigía un nuevo proyecto a rodar.

El autor de Ciudadano Kane no tenía nada pensado para ofrecerle al ansioso empresario. Así que no tuvo otra idea que coger una novelucha barata que tenía a mano y decirle el título, sin tener ni idea del contenido de la misma. El resto ya es historia.

Un clásico del cine negro con el que Welles terminó desafiando a la industria estadounidense al cortarle y teñirle el pelo a la pelirroja más explosiva de Hollywood del momento. La, en aquel entonces esposa de Welles, maravillosa Rita Hayworth.

Otro genio del celuloide, que también tenía afición por convertir en fetiches a sus actrices, y jugar con los cambios de tinte de sus cabellos: fue el británico Alfred Hitchcock. El director de Rebeca (1940) hizo otro tanto con Psicosis (1960), basada en una novela del olvidado Robert Bloch: que el mago del suspense convirtió en una maravilla que abrió la veda para las generaciones posteriores de psicópatas que inundarían las pantallas.

Y viceversa, también ha habido escritores que poco menos que montaron una campaña de descrédito contra la adaptación cinematográfica de su obra. Por citar un ejemplo cercano geográficamente: los ataques por parte de Antonio Gala a la adaptación que Vicente Aranda  hizo de su best seller La pasión turca (1994). Su oposición, en medios escritos y platós televisivos, de poco sirvieron para impedir que la gente fuera al cine atraído por ver a Ana Belén en una historia de amour fou en pleno Estambul.

Tal vez, el mayor pecado de una adaptación cinematográfica sea precisamente el ansia por ser fiel. La obsesión por la fidelidad, en este caso, puede llevar al desastre más absoluto, a meras estampas en movimiento de esa parte del iceberg inmensa que es el original literario. Por eso, los cineastas más personales saben hacer suya la obra original; creando otra obra diferente, que ha de gustarnos o disgustarnos por sí misma, no porque se parezca más o menos al texto en el que se inspiró. Y está de nuestra parte, como espectadores y lectores, perseguir la diferencia antes que la simple y pobre sustitución.

Equivalente a la contundente metáfora de la primera fotografía del post. Aquí el iceberg reparte méritos de manera más ¿ecuánime? entre cine y literatura

 

Podríamos seguir repasando la fructífera, y a la vez tormentosa, relación entre literatura y cine, pero ya habrá tiempo de hacerlo en más entregas. De momento nos quedamos con una recomendación para quienes quieran indagar en el asunto aprovechando los recursos de las bibliotecas.

Hace un año, desde la Biblioteca Regional de Murcia, lanzaron una guía de lectura y visionado aprovechando los contenidos de las plataformas eBiblio y eFilm. Un diálogo cruzado de recomendaciones llamada Literacine que se puede descargar pinchando en el enlace del título. Para promocionarla, publicaron un vídeo en el que se recoge un chiste sobre cabras y películas que Hitchcock contó a Truffaut durante las sesiones de su famosas conversaciones. La historia no tiene desperdicio.

 

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About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

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