Bibliotecas en contexto

 

La veterana influencer española Dulceida, hace unas semanas, conmocionaba (sic) los medios al anunciar que «abandonaba» las redes. En realidad, las comillas que hemos puesto en una sola palabra deberían enmarcar la frase por completo. Todo es susceptible de enmarcar con el irritante gesto de comillas con el que ahora se subraya lo irónico ante el déficit de comprensión lectora que nos asedia.

 

Greta Garbo, una verdadera influencer que dijo que se iba y se fue de verdad.

 

Pero Dulceida, pese a sus casi tres millones de seguidores, no es como Greta Garbo. En parte, porque la mayoría de sus seguidores, probablemente, no sepan quien era la Garbo; y en parte, porque en realidad, dijo que se iba por su salud mental: pero habrá que ver cuánto tarda en volver. I want to be alone (quiero estar sola),  que dijo la Divina (ella sí de verdad) con tan solo 36 años.

La influencer sigue una tendencia al alza: el abandono de diversas celebrities en los últimos tiempos de las redes sociales. En algunos casos, es más que probable y comprensible que sea por hastío (sobre todo si hablamos de Twitter); pero no hay que ser muy avezado para sospechar que, en otros, será como la eternamente última gira de los Rolling Stones. Algo que tras la muerte del elegante Charlie Watss, tal vez, puede, es posible, cabe la posibilidad: de que acabe siendo cierto. Pero si hasta ABBA va a girar holográficamente: nada puede darse por sentado.

 

 

La sospecha de un to be alone de manual para reflotar un tirón mediático que flojea: planea sobre muchos de estos retiros anunciados a bombo y platillo. Si hablamos de bibliotecas (en teoría sobre lo que va este blog), en principio, no procede. Una biblioteca nunca va a decir que quiere estar sola. Pero sí que puede llegar el momento en que se replantee su permanencia en las redes. 

En principio, suena a dislate. ¿Qué daño pueden causar las redes a una biblioteca más allá de que no te siga nadie? Es difícil (que no imposible) que se conviertan en diana del linchamiento diario con que se desayuna, merienda y cena en Twitter. Pero no es lo más probable. En cambio, las injerencias por parte de instancias superiores según vengan los vientos políticos del momento: es más que factible. En cualquier caso, si se tiene un altavoz, por poco volumen que tenga: es absurdo renunciar a él cuando es gratis. Pero, ¿realmente sale gratis? Las redes sociales que conocemos ¿tienen algún coste para las bibliotecas?

Las redes sí tienen un coste más allá de la tarifa de la conexión wifi. Las bibliotecas están trabajando gratis, como cualquiera que publica en ellas, para Facebook, Twitter, Instagram, TikTok, etc… Están colaborando en promover la economía de la atención.

 

 

La resistencia activa a esa economía de la atención es la propuesta que la artista, escritora y docente estadounidense Jenny Odell plantea en su ensayo: Cómo no hacer nada. Resistirse a la economía de la atención (Ariel, 2021). Un libro en el que Odell plantea formas de sustraerse al canto de sirenas paralizante en que pueden convertirse las redes. El biorregionalismo es fundamento de muchas de sus estrategias. Y precisamente, en estos días, es una estrategia que apela directamente a la situación de las bibliotecas públicas.

Habitar tu entorno con nueva conciencia. Aprender y desaprender a mirar lo que te rodea. Entrenar tu capacidad para percibir lo que está ahí pero ignoramos porque las pantallas monopolizan nuestros sentidos. Con las bibliotecas desperezándose físicamente (digitalmente no se han dormido lo más mínimo) tras este año y medio de restricciones: los ejemplos que aporta Odell en su libro sobre redes fuera de las grandes corporaciones suenan de lo más interesante. No solo para organizarse la vida digital, sino también la analógica.

El pintor estadounidense Jeremy Miranda gusta de descontextualizar espacios domésticos en algunas de sus obras. Como por ejemplo esta biblioteca imposible abierta al mar.

 

Si el software libre para bibliotecas lleva décadas sobre el tapete, quizás, sea momento de sumar a los asuntos pendientes la creación de redes sociales propias de bibliotecas. Los VIP ya las tienen. La red social Raya requiere de invitación y solo admite a usuarios que pasan un filtro previo. Una red que se vende como la red de las celebrities. En una biblioteca pública todo el mundo es VIP independientemente de su género, raza, orientación sexual, procedencia o situación económica. La exclusividad que da la cultura nunca la dará el dinero, ni la fama por sí solos.

 

NextDoor, la red social privada para tu vecindario.

 

Odell habla en su libro de redes como Nextdoor, Scuttlebutt o Mastodon. Redes nacidas de manera local que se idearon para entornos cercanos y con estructuras descentralizadas. Sobre el papel lo opuesto a Facebook, por ejemplo. Si bien su evolución y desarrollo ha derivado a presupuestos más alejados de su espíritu original, sobre todo en el caso de Nextdoor. En cualquier caso, la posibilidad de redes sociales propias es un horizonte que la autora nos invita a indagar.

Como sostiene en un capítulo de su ensayo:

«mientras la economía de la atención se beneficia de mantenernos atrapados en un presente que nos atemoriza, corremos el riesgo de desarrollar una ceguera ante el contexto histórico, al tiempo que nuestra atención se ve privada de la realidad física de nuestro entorno» 

Nos descontextualizan como a un vulgar titular de un medio digital ávido de clickbaits. Por ello, las bibliotecas, pueden ayudar a contextualizar, a resituarnos. Las redes actuales, tarde o temprano, pasarán. Igual que el electrolatino aunque parezca eterno: también pasarán (¡perdón, se coló algo que no venía a cuento).

El movimiento Time Well Spent, creado en 2013 por el exdesarrollador ético de Google Tristan Harris, promueve tecnología a la que le importe cómo usamos nuestro tiempo. Que  no estimule nuestra dopamina para convertirnos en alienados ratones de laboratorio ansiosos por darle al botón. Que deje de manipularnos para distraer y cautivar nuestra atención. Pero ocho años después, pese a los própositos de enmienda y adscripción a esta filosofía por parte de popes como Mark Zuckerberg: las rocas sobre las que cantan las sirenas digitales están más afiladas que nunca.

 

Armas de distracción masiva.

 

El Center for Human Technology, que cofundó Harris, trabaja para desarrollar la idea plantada con el movimiento Time Well Spent. Entre sus objetivos está la reinvención radical de la tecnología que respalde el bienestar, la democracia y la información de calidad compartida. Pero, humildemente, desde aquí les señalamos una carencia.

En su staff encontramos desde desarrolladores de web a docentes, tutores educativos o diseñadores. Pero para estar completo ese equipo faltarían bibliotecarios. A ser posible de bibliotecas públicas. Nadie como los profesionales de las bibliotecas para saber lo que es una verdadera red social. Una red formada por relaciones de vecindad, de cercanía, de cotidianidad. Si necesitamos recontextualizarnos fuera de Matrix, el gremio bibliotecario es un activo que los voluntariosos desarrolladores de esa tecnología humana deberían tener en cuenta.

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About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

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