Pulsiones grafómanas

Impulso o tendencia instintivos. Así define la RAE a la palabra pulsión, y por su propia definición es natural que se asocie a actos irreflexivos, a emociones más que a pensamientos. Pero no siempre tiene porque ser es así.

 

 

Muchas veces la ansiedad por dar rienda suelta a un pensamiento, una idea, una sensación hacen que un acto tan aparentemente racional como es la escritura se manifieste casi como un reflejo de nuestro sistema límbico (esa parte de nuestro cerebro en la que se alojan las emociones). Algo así le pasó a la neoyorquina Elena Zaharova cuando contempló las bellas tonalidades con que el otoño pinta a los árboles de Central Park.

«Se amontonan en la ventana las hojas que caen
Las hojas rojas y doradas de otoño»

 

Pero Elena no vio los labios del amado, ni los besos del verano que es como sigue la famosa canción de The Autumn Leaves (Hojas de otoño). En medio de esa hojarasca de tonos rojizos y dorados no podía atisbar nada poético porque el triunfo electoral de Donald Trump le quitaba cualquier lirismo a este otoño neoyorquino. Por eso, antes de caer en la depresión recurrió a lo que tenía más a mano: a esas hojas de otoño, a esas hojas que se amontonan en la ventana.

 

 

86 hojas en las que la diseñadora, con paciente caligrafía, fue escribiendo una a una: poemas, fragmentos de literatos americanos y rusos. Después las fue desperdigando por la ciudad, dejando que el viento las arrastrase por el centro de la Gran Manzana, con la esperanza de reconfortar a alguien con ellas. #leavespoetry es el hashtag con el que Elena busca ampliar la acción por las redes.

Las calles de Manhattan son especialmente ventosas por el fenómeno túnel que provocan los altos rascacielos; y así que no sería tan extraño que alguna de estas hojas algún día llegue volando hasta la mismísima Trump Tower. Claro que lo más probable es que alguno de los emigrantes que mantienen limpio el edificio la barriese de inmediato.

 


El delicioso corto Paperman (2012): viento y papeles para una historia de amor entre los rascacielos de Nueva York

 

De la capacidad terapéutica de la escritura ya se ha hablado mucho, y en algunos casos más que una pulsión se convierte en una auténtica necesidad fisiológica, como la de vomitar. No otra cosa hizo el cantante Nick Cave, que aprovechó sus continuos viajes en avión durante su gira de 2014 para escribir un libro de poesías, canciones y reflexiones con lo que tenía más a mano: las bolsas para vomitar de los aviones. Con semejante material el título del libro no puedo ser otro que The Sick Bag Song (La canción de la bolsa del mareo).

 

El libro de Nick Cave con las bolsas de mareo de los aviones escritas de su puño y letra y pegadas en cada uno de sus ejemplares.

 

El post Tatuaje bibliotecario: orgullo de biblioteca a flor de piel que publicó hace cosa de un año en este blog nuestra compañera Carmen Rodríguez García, ha sido de los que acumulan más visitas e interacciones. La piel como material escriptóreo suponía todo un compromiso a la hora de elegir lo que iba marcar para siempre nuestro cuerpo.

En la película del barroco cineasta Peter Greenaway The pillow book (1996), la protagonista, hija de un calígrafo japonés, cada cumpleaños era obsequiada por su padre con un bello carácter escrito sobre su piel. Una vez adulta y convertida en modelo, Nagiko que así se llama: no puede disociar el placer de lo sensual del placer de la escritura sobre su cuerpo desnudo.

El esteticismo de Greenaway logró aunar erotismo y escritura en algunas de las imágenes más bellas de su carrera. Pero nada de eso parece haberse conservado tras el boom de los tatuajes que explotó a mediados de los 90, y que ha convertido al hecho de tatuarse en algo puramente ornamental.

 

Picasso firmando sobre el pecho de una mujer

 

Pese a todo esta moda de los tatuajes, las escarificaciones o adornarse el cuerpo en Occidente, pareciera un acto de revancha poética para tanta cultura indígena aniquilada, cuyos signos atávicos, reviven ahora en las pieles de los descendientes de los que les invadieron. Si desde Marcel Duchamp, la firma del artista es lo que da valor al objeto más anodino, en esta cultura de la celebridad y el famoseo, era cuestión de tiempo que el rasgo más personal al que pueda aspirarse, sea la firma de un famoso en tu piel.

 

Un dólar convertido en único por llevar la firma del ‘ávida dollars’ de Dalí.

 

La inglesa Zoe Wade lleva 9 años coleccionando autógrafos de celebridades en su piel, que posteriormente convierte en tatuajes. Puede que su cuerpo sea el producto genético de la unión entre su padre y su madre, pero quienes le han otorgado relevancia artística a sus brazos o espalda han sido Debbie Harry, Angelina Jolie, Kylie Minogue, Lionel Ritchie, The Edge (guitarrista de U2), Grace Jones o Penélope Cruz, entre otros. Todos fueron asaltados por esta fan, y accedieron a estampar su firma en su piel, ignorantes de la trascendencia que un acto tan mecánico para ellos, iba a tener en esta ocasión.

 

Grace Jones firmando la espalda de Zoe, quizás sin saber que la marcaba de por vida.

Zoe Wade y su cuerpo «tatuado» por famosos

 

Este singularizarse/despersonalizarse pareciera el culmen del ideario pop warholiano. En la aséptica era de Internet, dudamos que las firmas digitalizadas vayan a conseguir lo mismo. En la última Feria del Libro de Madrid, la multinacional Amazon ofrecía la posibilidad de conseguir un autógrafo personalizado de autores como Vargas Llosa, Isabel Allende, Camilla Läckberg o Lars Kepler para los lectores en dispositivos Kindle que se descargasen alguno de los títulos escogidos de estos autores.

 

Memento (2000) de Christopher Nolan, el escribirse la piel como cuestión de supervivencia.

 

El autógrafo digital de Vargas Llosa en un Kindle.

Pero pese a este empeño por trasladar toda experiencia analógica a lo digital, al menos a este respecto nos quedamos con lo que dijo el escritor Lorenzo Silva cuando se empezó a hablar de estos autógrafos digitales:

«la dedicatoria tiene dos valores, el de lo que personalmente te diga el autor, y el de la tinta y la mano del autor [..] esto me parece intentar hacer servir las cosas para lo que no sirven. Si quieres un recuerdo de alguien, cómprate un libro de ese alguien”

Y no podemos estar más de acuerdo. Lo digital proporciona prestaciones magníficas, pero que se olvide de querer suplantar lo que nunca estará a su alcance. Un libro dedicado es un fetiche, cada huella dáctilar de su autor le añade valor; y su rúbrica, lo hace único entre la tirada de miles de ejemplares que se imprimieron.

Como escribió Paul Valery: “la piel es lo más profundo que hay en el hombre”, y el papel y la tinta son la piel y la sangre para el autógrafo de un escritor. Y sino, que se lo digan a la tatuada Zoe Wade.

 

 

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About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

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