Biblioteca bizarra (#bibliobizarro) 4º aniversario

 

Se han cumplido 4 años desde que en este post, de cara a la Navidad de 2016, lanzamos el reto #bibliobizarro. Un hashtag creado para compartir en redes algunas de esas joyas documentales que reposan, en tantas y tantas bibliotecas: y que requieren de una sensibilidad adiestrada para ser detectadas y convenientemente interpretadas.

 

 

En un rastreo apresurado por Twitter constatamos que el hashtag ha dado señales de vida hasta marzo de 2019. Con menos se le concede el estatus de clásico a según qué cosas. El caso es que la segunda temporada del 2020 (según acertada definición del escritor Miguel Ángel Hernández en un tuit) ha empezado trepidante y no parece que vaya a darnos mucha tregua. Por eso, por conjurar un poco tanto augurio inquietante: apostamos por arrancar el año en este blog con algo ligero.

Además, hace muy pocos días, desde la cuenta de Twitter de la RAE, nos llegaba una buena noticia. Estamos a punto de dejar de estar en pecado, lingüístico, con el uso alevoso y reincidente que llevábamos haciendo del término bizarro:

 

 

El vocablo que ya pasó el prueba del algodón académico en 2017 fue el de postureo. «Actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción«. Así lo describe su entrada. Y se ajusta bastante al uso que del concepto se hacía en sus orígenes angloparlantes. Proviene de poser, una palabra que en inglés venía a describir a aquellos que adoptaban las pintas, perdón, el look de determinadas tribus urbanas sin tener ni idea del discurso que había detrás.

Algo mal visto allá por los 80, cuando lo de la autenticidad aún se tenía en cuenta. Pero cuando, hasta los que entonces se llamaban pijos, llevan camisetas de Los Ramones o del Ché Guevara: está claro que lo de acoplar estética con discurso está más desfasado que decir carroza para referirse a viejuno. Viejuno, por cierto, un término camino de caer en desuso antes incluso de que la RAE inicie los trámites de adopción.

 

 

Precisamente, allá por los 80, la ahora renqueante industria del disco tuvo una de sus épocas gloriosas.  Aún no se atisbaba en el horizonte lo que aquellos simpáticos ordenadores terminarían haciendo con la música, primero. Y las películas, los taxis, las agencias de viajes, los libros y que cada uno sume lo que se le ocurra a la lista: después. Pero como todo vuelve (menos las hombreras como pistas de aterrizaje): los DJ, por un lado, y los (ahora también agotados) hipsters, por otro: han hecho que los vinilos regresen, y cada vez, se vendan más.

Según recientes noticias de la industria del disco, por primera vez en la historia, el vinilo supera al CD en ventas en los Estados Unidos. Una tendencia que ya se dio en el 2019, y que en el año de la pandemia, en el año en que el consumo digital se ha elevado a cifras jamás alcanzadas: se consolida.

 

 

¿Hacemos una lectura oportunista? Este ansia por la fisicidad de la cultura ¿tendrá algo que ver con el ansia por el contacto físico? ¿Necesitamos lo tangible después de tanta comilona digital? ¿Estamos precisados de abrazos culturalesfiúuuuuu Esto último es un intento de onomatopeya para representar el sonido que hace un vinilo cuando se raya por un golpe imprevisto en la aguja. Una distorsión, una disonancia. Como la de citar en el mismo post la cursilería de «abrazo cultural» junto al concepto de bibliobizarro.

Lo cierto es que hasta Netflix le está viendo las orejas al lobo. Lejanas, pero visibles, vacuna mediante. Las ganas acumuladas, reprimidas, confinadas (al menos por parte de los que cumplimos con las recomendaciones sanitarias) por salir de la estricta dieta digital que estamos llevando amenaza con provocar una caída de suscripciones. Y como decíamos en Teletrabajo, telebiblioteca: ahí deberían estar las bibliotecas: capitalizando ese deseo, esa necesidad.

 

 

El caso es que la liturgia del vinilo, el fetichismo de su diseño, todo aquello que los que vivieron los 80 (y décadas previas) reconocían como el placer del melómano, ha vuelto. Una reacción a la falta de respeto con que se consume la música. Pero como todo en este tiempo, este revival no está exento de postureo.

Según un estudio realizado en el Reino Unido, hace unos años: el 48% de las personas que compraban vinilos tenían tocadiscos pero no lo usaban; y el 7% ni siquiera tenía tocadiscos, ni pensaba adquirir uno. Sorprendente, ¿no? Bueno depende de cómo se mire, según el mismo estudio, las razones provienen del placer de disfrutar del diseño de los discos, de su valor como objetos bellos; y por otro lado, su simple afán de coleccionar.

 

 

Tras la muerte de Umberto Eco, circuló por las redes un vídeo en el que una cámara le seguía mientras recorría todo el piso que había consagrado a su biblioteca. Un placer para cualquier bibliófilo, y un sueño/pesadilla para cualquier bibliotecario que tuviera la suerte de recibir tan impresionante legado en donación. ¿Se habría leído todos los libros que atesoraba en su biblioteca el gran Eco? En su caso, nadie se atrevería a hablar de postureo, dada su talla intelectual. Pero, ¿cuánto de fetichismo habría en ese coleccionar libros y libros sabiendo que, probablemente, no llegaría a leérselos todos?

Un libro, por miles que se tengan, siempre es susceptible de ser leído: un disco sin tocadiscos, es un absurdo. Pero siempre se puede interpretar como algo positivo, y sobre todo, muy humano.

 

 

Es la añoranza por un cierto ritual, por alguna forma de liturgia (comprar el disco, desprecintarlo, colocarlo con cuidado en el plato, coger la aguja, ponerla en el surco, y escuchar las primeras notas mientras se contempla las fotos del interior, se leen las letras, y los más apasionados, hasta los créditos). Es, en cierto modo, una nostalgia de pequeñas ceremonias de las cuales, lo digital, nos ha ido privando. Y ahora, hasta los nacidos en un tiempo sin tocadiscos, añoran algo que no vivieron y compran vinilos.

Los datos sobre la cultura en pandemia son demoledores. Pero en medio del desastre, el libro ha mantenido el tipo más que honrosamente. Deseando estamos ver el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros del 2020. Va a resultar de lo más jugoso. De hecho, cuando se convierta en trending topic, deberíamos exigir que a las bibliotecas se les reconozca de, una vez, el papel decisivo que han jugado en esos datos.

¿Se mantendrá la tendencia cuando se alcance la anhelada inmunidad de rebaño? Como dicen los metereólogos a cuenta de Filomena: no hay precedentes. Pero los datos apuntan muy, muy prometedores. Y además, por parte de los David del mundo del libro. Según la información que proporcionan las librerías reunidas en la plataforma Todostuslibros.com: la adquisición de libros en papel en librerías le planta cara al Goliat de Amazon. Los datos pintan halagüeños.

¿Será un efecto rebote pospandémico? ¿En el fondo somos conservadores a la hora de consumir música (y por eso añoramos los vinilos), y a la hora de leer? No, simplemente es que los cambios, pese a lo vertiginosos que puedan parecer, no son tan fulminantes como algunos predicen. Algo negativo en según qué casos; pero en cambio, positivo cuando hablamos de cultura.

Según relataba Bob Stanley, en su estupendo ensayo Yeah, yeah, yeah, la historia del pop modernoEn 1978, como reacción al éxito que tenía la música disco en las listas de éxitos, medios como la revista Rolling Stone (guardiana de las esencias del rock) anunciaba en sus páginas camisetas con frases como «Muerte a la música disco«, «Mata a los Bee Gees«.

Ese mismo año,  en un estadio de beisbol, incluso se llegó a celebrar un «derby de demolición de la música disco«. Hordas guardianas de las esencias del rock contemplando la explosión de un contenedor con 10.000 discos mientras los espectadores gritaban: ¡El disco da asco!

Aquellos espectadores que, cual asaltantes del Capitolio musical del momento: defenestraban la música disco: entrarían en depresión al comprobar que, cuarenta años después, Future nostalgia de Dua Lipa, arrasa reivindicando ese género. Never say never again. Por eso recuperamos el hashtag #bibliobizarro en el primer post del 2021. Probablemente sea el adjetivo que mejor lo vaya a definir ahora que la RAE parece dispuesta a ampliarlo con el significado de extraño, extravagante.

 

Portada del disco Future Nostalgia de Dua Lipa. Tenía que suceder. La industria de la nostalgia lo ha llevado todo tan al extremo que los millennials añoran un futuro de aires retro.

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Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Esta Navidad, Mr. Scrooge somos todos

 

La programación habitual de la televisión generalista (término feo donde los haya, sin duda, promovido por las plataformas de streaming para hacer que pases por caja) por estas fechas unificaba generaciones. Mujercitas, Mary Poppins, ¡Qué bello es vivir! y, sin duda, alguna de las versiones del Cuento de Navidad de Charles Dickens. En este último caso, casi siempre en formato telefilm; porque la versión de 1951 ya solo la recuerdan los boomers. Televisión generalista y boomers: dos términos generacionales ideados para arcaizar los restos del siglo XX.

 

Jeff Benzos como el Tío Gilito creado por el dibujante Carl Barks para Disney como estereotipo del capitalismo.

 

Pero centrémonos un poco. Este año repetir de manera formularia los deseos de felicidad navideños sin mención a lo que hemos vivido, y estamos viviendo, en este 2020: se hace imposible. Esta Navidad todos somos Mr. Scrooge, el ávaro anciano protagonista del clásico de Dickens. No porque necesariamente seamos unos usureros egoístas, allá cada cual con sus circunstancias: sino porque, tal como le sucedía al viejo misántropo: nuestras Navidades pasadas parecen haber transcurrido casi en otras vidas.

Pero quien lleva años ganándose a pulso el título de nuevo Mr. Scrooge, de manera plena, es Jeff Benzos. Al menos desde perspectiva bibliotecaria.

En estas últimas semanas, bibliotecarios de todas las comunidades, no han despegado el auricular de sus orejas resolviendo dudas, reclamaciones e incidencias que se han planteado a raíz del cambio de la plataforma eBiblio. Como si de un fantasma del pasado reciente fuera: el asunto de la incompatibilidad del dispositivo Kindle con la plataforma ha resurgido en más de una ocasión. Es cambiar algo para que, cuestiones que se creían asumidas, resuciten como nuevas.

 

 

Mientras, en los Estados Unidos, las bibliotecas siguen batallando para no ser marginadas del mercado de los libros electrónicos. Las declaraciones del director de la biblioteca del condado de St. Mary en Maryland, Michael Blackwell, resumen bien el espíritu con el que los bibliotecarios estadounidenses se plantean dar batalla frente a las prácticas monopolistas de gigantes como Amazon:

“No debería necesitar una tarjeta de crédito para ser un ciudadano informado. Es esencial que los libros sigan siendo una fuente de información y que estos libros se descubran democráticamente en las bibliotecas ”

La industria del libro debe seguir generando beneficios; pero esa obviedad no se contradice con que las bibliotecas puedan poner al alcance de todos los libros digitales. El grupo de defensa ciudadana especializado en tecnología, Fight for the Future, ha conseguido 15.600 firmas para que se entablen acciones legales contra la negativa de vender a bibliotecas.

Que la pandemia ha incrementado el poder de Amazon sobre el orbe entero es notorio. Más allá de las cuentas de resultados que los medios airean de vez en cuando: sobre todo por las resistencias que desde diversos ámbitos le surgen al gigante comercial.

 

Imagen de la campaña promovida por el gobierno de la Región de Murcia bajo el lema ‘Devolvamos la sonrisa al comercio’. Una campaña en la que la indirecta a Amazon no puede ser más directa. ¿Apropiacionismo del logo?

 

Si en una licencia literaria le concediéramos personalidad, más allá de la jurídica, a Amazon: el fantasma de las Navidades pasadas le mostraría ciudades llenas de vida, de comunidad, de relaciones humanas; gracias al pequeño comercio. El fantasma de las Navidades presentes le enseñaría cómo tenderos, libreros, artesanos, creadores o bibliotecarios: se organizan para librar batallas por su supervivencia.

Es el caso de la plataforma para comercio digital de los libreros independientes estadounidenses Bookshop.org; o plataformas como la catalana la Zona, impulsada por la cooperativa de economía social catalana Opcions, que aspira a favorecer el comercio local, ecológico y sostenible. O políticos, como los franceses, que optan por combatir abiertamente al gigante con declaraciones como las de la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, alentando a sus conciudadanos a que no compren en Amazon.

La última barricada levantada a la expansión salvaje de Amazon ha unido a libreros con Correos. Según informa ‘El País‘, el Ministerio de Cultural ha llegado a un acuerdo con Correos para rebajar el precio que pagan los clientes de las librerías por el envío de libros a domicilio.

 

El ensayo de Carrión se ha convertido en el manifiesto definitivo de la resistencia contra el gigante comercial

La resistencia al gigante amazónico se está organizando, cada vez más, para evitar que la visita del fantasma dickensiano de las Navidades futuras nos muestre un panorama de infinitas colmenas habitadas por laboriosos consumidores aislados.

Sin otros espacios urbanos que no sean los de tránsito. Ciudadanos sin otra ciudadanía que la del consumo: empobreciéndose, unos a otros, al gastar los rendimientos de su trabajo en aras de un ente lejano y omnipotente que lo domina todo.

Pero puede que el fantasma de esas Navidades futuras haya visitado anticipadamente a Benzos.

Un portavoz de su compañía aseguraba recientemente estar en negociaciones con la Biblioteca Pública Digital de América. Según sus palabras: «Creemos que las bibliotecas tienen un propósito vital para las comunidades de todo el país y nuestra prioridad es hacer que  los libros de Amazon Publishing estén disponibles de una manera que garantice un modelo viable para los autores«. ¿Se concretarán estas palabras en acuerdos concretos en el 2021? Algo más para sumar a los buenos propósitos de año nuevo.

Y para cerrar nos quedamos con una franquicia con tintes de multinacional: Star wars. El éxito de la serie The Mandalorian ha inspirado a la ALA (American Library Association) para un cartel en el que el personaje de Baby Yoda invita a la lectura. Tal vez el gigante de Jeff Benzos podía tomar nota. El combo multinacional Disney-LucasFilm, que está detrás de este spin off de Star Wars: ha cedido los derechos para que la ALA pudiera convertir al pequeño Yoda en aliado de la lectura.

 

 

Un ejemplo de que el futuro tiene que basarse en alianzas y colaboraciones más que en estrategias comerciales abusivas. Precisamente, ficciones como Star wars, promueven la resistencia ante los abusos imperialistas en sus argumentos. Lo coherente sería llevar esos principios a la práctica por parte de los imperios que realmente dominan la galaxia. Que nadie olvide que antes de Amazon, Netflix, Disney o HBO: las bibliotecas estaban dando cabida a todos sin dejar por el camino a nadie.

Dicho lo cual solo nos queda concluir este cuento de Navidad peculiar deseando, desde Infobibliotecas, unas ¡¡Felices fiestas y un 2021 lleno de cultura!!

 

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PosBrexit, pospandemia, posbiblioteca

En todos los obituarios a raiz del fallecimiento de John Le Carre se ha resaltado su perfil de analista literario del panorama geopolítico resultante de la II Guerra Mundial. Le Carre creó escuela para bien: por sus mejores novelas; y para menos bien, por la cantidad de best sellers baratos que intentaban copiarlo en los quioscos de aeropuertos.

 

John Le Carre en su biblioteca en Cornwall. Fotografía de Emily Whitfield-Wicks.

 

Hemos quedado huérfanos de un cronista para un futuro tablero mundial posBrexit, pospandémico (ojalá); posTrump (¿o será solo un impasse?); y tal vez ¿posbiblioteca? Según el político conservador inglés Mike Bird la necesidad de las bibliotecas tras la pandemia es un asunto a abordar. Bird, concejal en la ciudad inglesa de Wallsall, plantea una pregunta de una lógica aplastante (según su lógica) como respuesta a la pregunta sobre la reapertura de las bibliotecas en su ciudad:

«Estamos revisando la situación en este momento […] estamos considerando un enfoque por fases. Creo firmemente que si no hemos usado algo durante los últimos cuatro o cinco meses, ¿realmente lo necesitamos?»

Si WordPress permitiera añadir efectos sonoros a las palabras, esta última pregunta al aire del concejal inglés: la habríamos recargado bien de ecos y reverberaciones. ¿De cuántos servicios, espacios y comercios hemos podido prescindir, forzosamente, durante los últimos cuatro o cinco meses? ¿Cuántos años ha existido la población de Wallsall ‘sin necesitar’ las gestiones de este concejal?

Pero más allá de la duda que Bird ha querido sugerir, como quien no quiere la cosa, a sus conciudadanos, lo cierto, es que tras esta crisis sanitaria mundial los hábitos de la población condicionarán la supervivencia o adaptación en los más diversos ámbitos. Puede que el Covid-19 juegue el papel que jugó el meteorito para los dinosaurios. Ahora falta saber si las bibliotecas serán como los pájaros, única especie superviviente que evolucionó desde los dinosaurios; o quedarán como el Tyrannosaurus Rex, muy impresionantes, pero fósiles.

 

La biblioteca central de Walsall en Reino Unido.

 

Como escribe la periodista Alison Flood en la crónica sobre Bird y las bibliotecas en ‘The Guardian‘:

«creo que quienes albergan sospechas de las bibliotecas generalmente buscan socavar la noción de un público bien educado y de pensamiento libre […] Aquellos que buscan socavar las bibliotecas buscan socavar nuestras libertades intelectuales»

Pero Bird (pájaro en inglés como los supervivientes de los dinosaurios) también fue noticia reciente por las quejas de la comunidad mulsulmana de la ciudad. El abusivo control que, según los líderes de dicha comunidad, ejerce el concejal sobre los funerales celebrados en la mezquita municipal. La sombra de la islamofobia del político proBrexit planea sobre la noticia.

El protagonismo indiscutible del virus ha opacado cualquier otra amenaza de las que alimentaban las crónicas de los medios occidentales. El terrorismo yihadista ha emergido exigiendo su cuota de atención a través de los atentados en los últimos meses en Francia o Austria; pero también lo hizo a principios del 2020 en Londres; o lo hace ahora en Nigeria. No olvidemos que el terrorismo yihadista golpea con más fuerza, pero menos eco mediático, más allá de Occidente.

 

En 2014 se sentenció a Mudhar Hussein Almalki, conocido como el Bibliotecario de Al Qaeda, que difundía a través de internet material de exaltación del terrorismo yihadista y manuales.

 

Y mientras en la cuna de las bibliotecas públicas se cuestiona su necesidad para el futuro: en el autodenominado Estado Islámico cuidan con mimo la suya. Gracias a un reportaje de la BBC sabemos de la existencia de la Caliphate Cache: la biblioteca del terrorismo yihadista. Expertos del londinense Instituto de Diálogo Estratégico, nombre que agrupa a investigadores especializados en estudiar la progresión de los extremismos: detectaron a raiz de la muerte del líder del Estado Islámico, El Abu Baku al-Baghdadi, la existencia de una gran biblioteca oculta entre los callejones más sombríos de la red.

 

Según las investigaciones del Instituto de Diálogo Estratégico la biblioteca Caliphato Caché habría recurrido al hackeo de cuentas de fans de estrellas como Justin Bieber para propagar sus mensajes terroristas.

 

Consistiría en una biblioteca digital con más de 90.000 documentos y con más de 10.000 visitantes mensuales que repone continuamente material extremista en la red. Su erradicación se hace tarea harto dificil puesto que no almacena sus datos en una única ubicación.

Se trata de la compilación más completa sobre los diferentes atentados terroristas que el yihadismo se ha adjudicado; con recomendaciones e indicaciones prácticas para planificar y ejecutar acciones criminales. Redes sociales y bots se convierten en aliados para la propagación del material de esta biblioteca Caliphate Cache.

En Creative Commons bibliotecarios repasábamos algunos de los «préstamos» que del concepto biblioteca se han hecho desde lo más diversos ámbitos. Un apropiacionismo , como gusta decir ahora, que han practicado desde grandes superficies comerciales a clubes de striptease pasando por armerías.

La idea de biblioteca no algo bueno per se. Si bien sus orígenes fueron de lo más nobles, al menos si seguimos el desarrollo de los acontecimientos que nos hace Irene Vallejo en su delicioso El infinito en un junco: como todo invento humano está sujeto al uso que se le da.

Las bibliotecas nacieron en Oriente para evolucionar como instituciones al servicio de toda la sociedad en Occidente. La tensión entre Oriente y Occidente vertebra la historia de nuestras civilizaciones. Por eso resultan tan peligrosas las voces que, desde los países que se dicen democráticos, azuzan la desaparición de las bibliotecas. Mientras que sus enemigos explotan la utilidad del concepto para organizarse y atacarles.

Cuando nuestros enemigos se valen de nuestros conceptos, de nuestras ideas para anularnos: es momento de recuperar su razón de ser originaria y adaptarlas. Que la idea de posbiblioteca sea el siguiente paso evolutivo y no el epitafio de estas instituciones seculares. Como el paso evolutivo de los pájaros lo fue respecto a los dinosaurios.

 

De los dinosaurios a los pájaros. Ilustración de Davide Bonadonna.

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Biblioteca de las pequeñas cosas

 

Resulta asombroso cómo nos adaptamos a circunstancias sobrevenidas. Es uno de los pocos méritos indiscutibles de los sapiens. Tal vez sea por eso que acuñamos frases hechas para cada nueva situación con velocidad vertiginosa.

Cual Martita de Graná, la humorista que ha triunfado en redes a cuenta de sus frases del confinamiento, si nos ponemos a ello: seguro que conseguimos una recopilación de frases bibliotecarias poscovid. Frases hechas sobre la tristeza de ver vacías las salas, las estadísticas de préstamo, las ventajas/inconvenientes del teletrabajo, los plazos de cuarentena de los materiales o lo que haremos en la biblioteca cuando el virus nos dé tregua.

Las frases hechas son las alpargatas del lenguaje. Una vez te acomodas en ellas: la realidad, por dura que sea, se hace rutina. Y en tiempos sobrados de incertidumbres cumplen su papel como placebos de normalidad. Cuando pase todo esto (frase hecha donde las haya): que los imprevistos sean agradables para variar.

 

 

Para cuando, por fin, se pueda deambular libremente entre las estanterías, una manera de  reforzar la alegría del reencuentro con las colecciones de las bibliotecas puede ser la de recurrir a los book nooks. Una moda, de no hace mucho, que no ha tenido recorrido en bibliotecas.

Los book nooks vendrían a ser un cruce entre diorama y sujetalibros. Un pasadizo abierto entre las monótonas hileras de libros ordenados en las baldas que se rompe para dar paso a otro mundo. El origen se sitúa en los callejones laberínticos en los que se ramifican las calles de Tokio. Frente a la estandarización del espacio urbano que despersonaliza las ciudades a base de franquicias y grandes cadenas comerciales: el artista japonés Monde concibió estos homenajes en miniatura al callejero más clásico del urbanismo tokiota.

 

 

Ahora mismo, la mayoría de bibliotecas siguen con trabas para el acceso libre a sus colecciones por razones de seguridad sanitaria. Pero ¡qué buena idea a programar como actividad infantil de cara las Navidades! De hecho sería un aliciente estupendo aunque no se puedan disfrutar de inmediato. Organizar un taller casero para que los usuarios más pequeños de la biblioteca creen sus book nooks, sus pasadizos a la imaginación para su biblioteca: y cuando pase todo esto y, por fin, puedan deambular libres por sus estanterías vayan descubriéndolos.

 

Lisa Simpson disfrutando de las cajas de Joseph Cornell.

 

La superdotada Lisa Simpson representaba bien la fascinación que despiertan los mundos en miniatura cuando, en un episodio de la serie, iba con una amiga a visitar una exposición de Joseph Cornell. Reducir el mundo da siempre sensación de control, de seguridad. Las cajas de Cornell, los book nooks de Monde o las casas de muñecas son como las frases hechas de las que hablábamos al principio. Reducir el mundo para reducir los miedos, las ansiedades o sentirse omnipotente.

 

 

Tal vez esto último es lo que latía en la afición de María de Teck por las casas de muñecas. María, más conocida para la historia como la reina María de Reino Unido: recibió de regalo por parte de su prima, la princesa María Luisa: una bellísima casa de muñecas. Ideada por el arquitecto Sir Edwin Lutyens, la casa de muñecas de la reina, incluía todo lo que se podía esperar de una casa señorial en la década de los años 20. Joyeros, botellas de vino con vino de verdad en su interior o incluso un gramófono en el que se podía escuchar el himno nacional. Pero lo que más nos interesa aquí es la magnífica biblioteca de la casita.

Cerca de 600 libros en miniatura (muchos de ellos manuscritos e ilustrados) firmados para la ocasión por un catálogo de autores que da vértigo repasar. Desde el autor de Peter Pan, James Barrie, a Robert Graves, G K. Chesterton, W. Somerset Maugham, el mismísimo Arthur Conan Doyle o Rudyard Kipling: que escribió e ilustró exprofeso para la casa de muñecas real varios poemas.

 

 

El pasado mes de mayo la Britihs Library prosiguió esta tradición británica regia del gusto por las miniaturas. Desde la institución lanzaron una llamada a los niños ingleses para que escribieran libros para formar una «Biblioteca Nacional de Libros en Miniatura para el mundo del juguete» en línea. En la cuenta de Twitter @BL_Learning se fueron publicando las creaciones de los niños que se sumaban a la iniciativa.

 

El autor inglés de libros infantiles Philip Ardagh aportó al proyecto un libro que incluía su preceptiva ficha bibliotecaria para sellar.

 

En su novela de 1997 El dios de las pequeñas cosas Arundhati Roy escribía:
«Las grandes historias son aquellas que ya se han oído y se quiere oír otra vez. Aquellas a las que se puede entrar por cualquier puerta y habitar en ellas cómodamente. No engañan con emociones o finales falsos. No sorprenden con imprevistos. Son tan conocidas como la casa en la que se vive.»
Ese control, esa familiaridad, esa cotidianeidad es la que late, en parte, bajo el amor por las miniaturas. Y algo a lo que cualquier biblioteca querría aspirar; no por la falta de imprevistos de la que hablaba Roy, sino porque resulte tan conocida para sus usuarios como la casa en la que se vive.

 

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Toallas, pinceles y bibliotecas

 

«El sur también existe que…» que escribió Benedetti. Y ahora podríamos añadir que existe y persiste. En una situación de pandemia, contar con una climatología amable es un activo muy importante. Un activo económico, sin duda, para la hostelería y sus terrazas; pero también un activo cultural. Mientras en otras ciudades han tenido que suspender exposiciones, festivales o encuentros artísticos: los amables 24-19 grados de máxima y mínima de Miami: permiten seguir adelante con su evento artístico más internacional: el Art Basel.

 

 

Esta edición, en la que por cierto el artista valenciano Manolo Valdés ofrece la retrospectiva más ambiciosa de su carrera: ha tomado literalmente las calles. Las obras de arte se desperdigan por toda la ciudad convirtiéndola en la más democrática y accesible de las galerías.

Pero de entre todas las obras expuestas por las calles de Miami aquí nos quedamos con la del artista cubano Alexandre Arrechea. Dreaming with Lions (Durmiendo con leones) se inspira en la novela de Hemingway ‘El viejo y el mar’. Solo hay que ver el cartel que precede a este párrafo para entender nuestro interés. La instalación consiste en una biblioteca monolítica construida en la playa. En lugar de libros, en sus baldas, hay toallas de playa que sirven para formar frases inspiradoras de la novela del nobel estadounidense.

 

 

Una biblioteca de toallas. Igual es un concepto al que sacarle provecho desde las bibliotecas de verdad. ¿Quién sabe? Pero no lo traemos aquí por eso. Lo traemos por las palabras del artista explicando su obra: «recuerda al espectador la resistencia y la fuerza de espíritu de la humanidad en estos tiempos difíciles.»

Tom Wolfe en Los Simpson.

En la década de los 70, el posteriormente exitoso novelista Tom Wolfe, dedicó un ensayo altamente irónico al arte contemporáneo. La palabra pintada, que así se titula, recorre el panorama del arte contemporáneo de los 70, pero lo que plantea Wolfe sigue igual de vigente más de 40 años después. Su título hace referencia a la necesidad que tiene el arte contemporáneo de ser explicado, tan críptica es la experiencia artística que propone.

Solo si al lado de cada obra, hay una prolija aclaración textual de las intenciones del artista, es posible en muchas ocasiones llegar a comprender algo. Y a veces, ni aún así. De ahí que según Wolfe los catálogos de una exposición se asemejen a unas instrucciones de uso de lo más voluminosas.

La obra de arte conceptual del artista Tyree Callahan, en cambio no precisa de tanta aclaración. Su propuesta está abierta a mil lecturas, pero a la vez permite el goce inmediato sin necesidad de mucha explicación. Callahan intervino una máquina de escribir Underwood de 1937, convirtiéndola en un ingenio mecánico para pintar.

En lugar de letras, sus teclas son colores, y de seguir el poco práctico método creativo que permite el artilugio: el resultado se supone que sería una pintura como la que emerge del rodillo. Una bella metáfora de las relaciones entre las palabras y la abstracción de la pintura.

 

 

A principios del siglo XX, el poeta italiano Filippo Tomaso Marinetti (1876-1944) celebraba con su manifiesto poético-terrorista: ¡Matemos el claro de luna!, el éxito del futurismo, la apoteosis de la máquina como tótem absoluto de los nuevos tiempos. Como dijo el exaltado Marinetti: «Un automóvil de carreras es más importante que la Victoria de Samotracia«.

La fascinación por la tecnología impregnaba las vanguardias artísticas del momento. Y, más o menos un siglo después, en medio de otra revolución tecnológica que supera las fantasías más calenturientas de los futuristas de principios del XX: la obra de Callahan parece interrogarnos de nuevo sobre la alianza entre el arte y la máquina.

No creemos que los extremismos de Marinetti tuvieran mucha fuerza en estos tiempos líquidos, entre otras cosas, porque el poder de infiltración de la tecnología en todos los ámbitos es tal; que no son necesarias proclamas tan vehementes.

 

Marinetti retratado por Carrà

 

Afortunadamente la aseveración de Marinetti no resultó cierta, y la Victoria de Samotracia sigue congregando más visitantes que cualquier coche de carreras. Será que la tecnología para alcanzar un estadio superior al de un simple mecanismo, seguirá precisando de la imaginación y la creatividad de los artistas. Y en el siglo XXI, se podría decir que la Victoria de Samotracia viaja en coche de carreras.

Y para cerrar, nada mejor que un futurista de pro: Luigi Russolo (1885-1947), pintor y compositor. Entre sus piezas se encuentra precisamente un tema titulado Máquina de escribir. Su sistema de sonido futurista es disfrutable por el vídeo que lo acompaña, y sobre todo, porque dura poco más de un minuto.

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Teletrabajo, telebiblioteca

 

El estilo de este blog oscila entre la soflama de un telepredicador a la vehemencia entusiasta de un vendedor de teletienda. Sentencias tipo ‘las bibliotecas están legitimadas, históricamente, para reclamar su condición de pioneras en múltiples campos’: se avienen a ambos estilos según la entonación.

 

Mesa de trabajo para teletrabajo diseñada por Stem de Heatherwick Studio (Reino Unido). Forma parte de un proyecto artístico que retaba a diseñadores de varios países a idear su mesa ideal para trabajar en tiempos de pandemia.

 

Pero en esta ocasión no vamos a forzar la nota. Reclamar el copyright del teletrabajo sería excesivo. Pero lo cierto es que los bibliotecarios llevan décadas allanando, sin saberlo, el sustrato necesario para que el teletrabajo sea una realidad. La digitalización de los fondos, así como las comunidades virtuales y acceso remoto a las aplicaciones necesarias para gestionar los catálogos, plataformas de contenidos en streaming y procesos digitalizados: dan ventaja al gremio a la hora de plantearse el teletrabajo.

Para los profesionales de bibliotecas el teletrabajo, en muchos de los procesos, era una posibilidad desde hace tiempo. Pero, ¿y para las bibliotecas? ¿Puede existir la telebiblioteca? Sí, al menos en formato de obra de teatro.

 

 

The Telelibrary es una obra escrita por el actor Yannick Trapman-O’Brien pensada para representar telefónicamente. Cuando a mediados de marzo la pandemia nos dejó a todos con el paso cambiado, Yannick, dio rienda suelta a su creatividad poniendo en marcha su teatro telefónico personalizado.

El actor simulando una voz robótica propia de un contestador automático guiaba a su interlocutor a través de una serie de opciones. Y de manera gradual, dejaba que la parte humana se fuera desvelando a través de canciones, chistes, historias o conversaciones. El telebibliotecario interpretado por Yannick se nutre de las interacciones a través del teléfono de los que llaman; de manera que la obra siempre está en constante evolución. 

Lo que constató el actor al ir desarrollando su obra telefónica fue la necesidad de contactar, de comunicarnos a través de la imaginación y la creatividad. La telebiblioteca de Yannick podría verse como un equivalente de la Biblioteca de las personas de las que tanto se ha hablado en el mundo bibliotecario. Pero ¿es compatible perserverar en ese concepto de «Biblioteca de las personas» cuando, al tiempo, se promueve el trabajo a distancia?

 

 

En un reciente artículo de ‘El País’ se hablaba de la inesperada nostalgia de la oficina. Psicológicamente el teletrabajo pasa factura. El estereotipo de lo bibliotecario ha proyectado una imagen secular de aislacionismo; de recogimiento y hasta cierto punto, misantropía. Pero esa imagen a día de hoy no se sostiene ni en un remake de El nombre de la rosa. La biblioteca (al menos la biblioteca preCovid-19) será social o no será. ¿Y se puede ser social en la distancia?

Hay tareas bibliotecarias que se avienen a la perfeccion al teletrabajo:

  • la catalogación, clasificación e indización de los documentos modernos se puede desarrollar perfectamente mediante teletrabajo si se tienen los datos básicos de la obra a dar de alta en el sistema
  • la adquisición de fondos y gestión administrativa, en general. Y si se trata de agregar contenidos digitales a las plataformas digitales con más motivo todavía
  • la gestión de redes sociales y demás canales de comunicación de las bibliotecas con sus comunidades.
  • la labor prescriptora que se puede concretar en diversas publicaciones digitales
  • las actividades culturales adaptadas al medio digital

Todas ellas son tareas susceptibles de teletrabajo en una biblioteca. Pero quedan algunas de las más relevantes fuera de esta modalidad.

Últimamente los tiempos no dan tregua. La crisis del 2008 vino a banderillear el empuje de las bibliotecas, mermando recursos y plantillas: justo cuando se enfrentaban al incierto horizonte de lo digital. Esta nueva crisis pandémica ataca justo a otra línea de futuro que las bibliotecas se habían marcado en su hoja de ruta: la de su reinvención como centros sociales y ciudadanos. El teletrabajo no concuerda con la cercanía, la proximidad, la socialización y la vida cultural offline.

 

El escritor Miguel Ángel Hernández ha convertido sus siestas en objetos literarios. En su ensayo «El don de la siesta» escribe: «existe el peligro de que el teletrabajo introduzca definitivamente los ritmos de la oficina y la pulsión productiva en el ámbito doméstico, y eso desbarate del todo nuestra intimidad, convirtiendo el tiempo que teníamos para nosotros en tiempo para los otros”. Fotografía de Enrique Martínez Bueso.

 

Consuela, y no poco, el que los CEOs de algunas de las empresas más importantes sean reacios a un futuro único de teletrabajo para todos. Tanto los máximos responsables de Google, Microsoft como Netflix abogan por un escenario mixto en el que no se renuncie al trabajo presencial en ningún caso. De hecho, Reed Hastings, el CEO de Netflix no ve aspectos positivos al teletrabajo al escamotear algo tan básico en los equipos de trabajo: como es el compartir espacios físicos e interactuar personalmente. Lo ve como una merma para la creatividad.

No deja de resultar lógico que sean los jefes supremos de las redes sociales los que, en cambio, opten de manera absoluta por el teletrabajo. Tanto Facebook como Twitter apuestan por el trabajo remoto y la deslocalización. Plataformas pensadas, se supone, para socializar que se organizan para dispersar a sus trabajadores.

Como declaraba en una entrevista, Pirjo Kiefer, jefa de diseño de la empresa suiza Vitra, especializada en mobiliario de diseño para oficinas, viviendas y espacios públicos:

«La oficina se convertirá en una plataforma mucho más social. labores que exijan concentración individual o las tareas administrativas se realizarán principalmente en casa. La oficina será clave para facilitar reuniones […] Es como los museos, clubes, iglesias o restaurantes: la gente quiere ir a esos sitios para sentirse parte de un cierto grupo.»

A la diseñadora se le olvidó mencionar a las bibliotecas en esta última frase. Pero aquí estamos nosotros para incluirlas. 

 

Modelos de mobiliario de la marca noruega Buzzihub.

 

Cuando esto pase. Porque pasará. Habrá que aprovechar el ansia de reunión-celebración-comunicación interpersonal que surgirá como un tsunami. Las bibliotecas deben prepararse para capitalizar ese deseo, esa necesidad. Prosiguiendo con las declaraciones de Kiefer a cuenta de las oficinas; vaticina que habrá menos escritorios y sillas y más espacios para reunirse. Y otro tanto debería pasar en las bibliotecas: menos mesas y sillas para el estudio y más sillones y espacios amables para la lectura y las interacciones sociales.

¿Tendrá el trauma poscovid un efecto positivo para redefinir a las bibliotecas como centros culturales y sociales? La escritora Elvira Lindo reflexionaba a cuenta del teletrabajo y lo definía como: «una invasión de la vida íntima […] una maligna proliferación de trabajadores burbuja que eliminan de sus vidas el aspecto social y el reivindicativo […] un batallón de hormigas solitarias.» Tal vez estemos ante una oportunidad de conseguir que, por fin, la biblioteca sea un hormiguero, lleno de vida y ebullicion; pero sin distinciones entre obreras, soldados y reinas. 

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Eau de Bibliothèque

 

El perfume Whispers in the Library (Susurros en la biblioteca)  fragancia amaderada y oriental inspirada en los aromas del papel.

 

Vivimos tiempos de paradojas. Resulta curioso que, en un momento en que el mundo entero anda embozado con mascarillas: el olfato sea el sentido a estimular en varias iniciativas recientes.

Según conocemos por ‘El Confidencial‘, en enero de 2021, se estrena la biblioteca de los olores europeos Odeuropa. El proyecto pretende recopilar las miles de referencias a olores y perfumes que aparecen descritos en impresos publicados en Europa desde 1500. Esta primera fase dará como resultado un extensísimo catálogo online de olores europeos. Pero en la siguiente fase, químicos y perfumistas, trabajarían conjuntamente para recrear esos olores del pasado. De ese modo, cuando un museo organice una exposición situada en una determinada época histórica: las salas se podrán perfumar con los olores correspondientes.

 

 

Una idea, la de perfumar los espacios de un centro cultural para estimular a sus visitantes, sobre la ya fantaseábamos aplicada a las colecciones bibliotecarias en el post Biblioteca de orgasmos, biblioteca de chocolate:

«El problema sería que los conductos de ventilación confundieran los aromas, provocando una parosmia generalizada entre los visitantes (trastorno que confunde los olores) e hiciera que las fans de Danielle Steel terminasen irremediablemente atraídas por la sección de feminismo, los empresarios por la novela romántica, o los jóvenes por la filosofía. Sería un caos olfativo de imprevisibles consecuencias, y probablemente, más que positivas.»

Pero este marketing olfativo también tiene un ejemplo reciente estrictamente literario. La escritora Laure Margerand estuvo trabajando con la ‘nariz’ del laboratorio perfumista TechnicoFlor, Irène Farmachidi, para recrear los aromas que se corresponden con diferentes  momentos claves de su novela Los cinco perfumes de nuestra historia. La trama da margen para ello.

Su protagonista, Charlotte, tras perder a su bebé, a su pareja y a su olfato recibe la propuesta para trabajar con un célebre escritor en su próxima novela. La motivación del escritor para escribirla es reconquista a la mujer de su vida; y para ello, la novela irá acompañada de marcadores perfumados desarrollados por una perfumista. Y hasta aquí nos deja leer el argumento de la novela, Amazon en su versión francesa, cual Maira Gómez Kemp del Internet.

Los personajes se asocian a diferentes fragancias. Cítricos, bayas o cardamomo para la protagonista; y para el galán, irresistiblemente guapo, nuez moscada, cuero y madera. En total cinco aromas y una sexta fragancia sorpresa. Un libro repleto de esencias literarias, cual semanario o revista de tendencias; en la que abres alguna de las muestras de perfume que lleva entre sus páginas; y te satura la pituitaria cada vez que te lees un nuevo artículo.

El experimento olfativo ha obligado a incrementar el precio que alcanza casi los 20 euros: una cifra algo superior a lo habitual para un libro de bolsillo. Pero no es esto lo que más nos preocupa desde punto de vista bibliotecario. Si la obra de Laure Margerand llega a las  baldas de muchas bibliotecas: ¿qué sucederá?

¿Terminarán añadiendo dispensadores de aromas a los libros electrónicos para competir con el papel impreso? ¿Quedará impregnado el 82-3 a la altura de la M por esa mezcla de cítrico, cardamomo, nuez moscada, cuero y madera? Según lo vayan prestando más y más lectores ¿se confundirán los olores al ir pasando de mano en mano? La confusión aromática puede ser tan caótica que la orgía final de El perfume de Süskind se quede en nada.

Fuente: ActuaLitté, les univers du livre 

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Una serie de catastróficas desdichas con final bibliotecario

 

El hecho de que el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos votase por su reelección en una biblioteca tiene algo de justicia poética. Que uno de los políticos al frente de la Casa Blanca que más ha promovido los recortes a las artes, las humanidades, y por supuesto, las bibliotecas: tenga su canto de cisne (un animal dificilmente asociable a su figura) en una de estas últimas no deja de resultar irónico.

Pero no hagamos leña del árbol caído. Si tanto nos quejamos de los linchamientos digitales, las fake news y demás plagas en redes que tanto ha fomentado el propio Trump: no caigamos en ello. No hace falta ensañarse. Es mejor centrarse en ejemplos como los de Reyna, MK y Jesmyn. Una mexicana y dos afroamericanos que, gracias a las bibliotecas, llevan Making America Great again desde hace años. Este post va dedicado a una serie de catastróficas desdichas que tienen un final feliz, es decir, un final bibliotecario.

 

Trump, feliz, camino de la urna en un hábitat extraño.

 

La vida de Reyna Grande en Los Ángeles, pese a la rimbombancia de su nombre, nada tenía que ver con alfombras rojas. Hija de emigrantes mexicanos, su infancia transcurrió en barriadas donde la violencia pandillera campaba a sus anchas, y el alcoholismo de su padre, hacía de su hogar un territorio tan hostil como las calles.

Cuando empezó a usar gafas, un familiar le dijo burlonamente que parecía una bibliotecaria, y no hubo mejor halago para ella. Fue el bibliotecario de la sucursal Arroyo Seco de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, quien le fue recomendando lecturas, que alimentaron su ya innata afición por escribir. Finalmente Grande terminó alzándose con premios literarios por novelas como Across a hundred mountains o Dancing with butterflies.

 

En el otro extremo de los Estados Unidos, en Filadelfia, MK Asante, también se crió en una familia de las que los servicios sociales calificarían como desestructurada. Con un hermano encarcelado, asistiendo a una escuela que más bien parecía una cárcel, y buscándose la vida trapicheando con drogas.

La recomendación del clásico de Kerouac, En el camino, por parte de un profesor, fue el detonante de un cambio de rumbo que ha terminado por convertirle en un escritor de éxito, director de cine, profesor, y hasta músico de hip hop.

 

 

La historia de Jesmyn Ward acumula penurias propias de una película muda de Lillian Gish o Mary Pickford. Nacida al sur del Mississippi en una familia pobre y con padres separados, su historia acumula las muertes prematuras de varios de sus hermanos, intentos de violación y una desvencijada casa de madera, en la que la única escapatoria eran los mundos que le ofrecían los libros. El final feliz llegó con el National Book Award con el que fue galardonada su segunda novela: Salvage the bones.

En 2017 llegaría el segundo National Book Award por su novela Sing, Unburied, Sing. Más recientemente, en septiembre de 2020, su ensayo personal Sobre el testimonio y la reparación: una tragedia personal seguida de una pandemia se publicó en’Vanity Fair’. En él Ward abordaba la muerte de su marido, su duelo, la propagación del Covid-19 y el resurgimiento del movimiento Black Lives Matter.

 

 

Historias, vidas, ejemplos positivos que vendrían muy bien para soltar una nueva soflama (y van) sobre las bibliotecas como refugios ante la adversidad, como instituciones al servicio del progreso de los ciudadanos. Pero vamos a ahorrarnos la música de violines. Mejor nos centramos en dos noticias de actualidad que nos permiten, aunque sea por unos minutos, una tregua esperanzadora en la crónica de este agónico 2020.

En ‘The New York Times‘ han publicado un perfil cultural de Joe Biden. No tanto de sus aficiones o gustos sino de su compromiso con la cultura a lo largo de su amplia trayectoria política. En el artículo lo definen como un consumidor medio de cultura, pero en cambio, varios responsables de entidades culturales lo reconocen como una figura que ha defendido la financianción gubernamental de las artes.

 

Ilustración del ganador de un Pulitzer Barry Blitt para ‘The New Yorker’. Recrea la futura biblioteca presidencial de Biden. Un ala dedicado a Kamala Harris, urnas con su dentadura de madera, su colección completa de una revista sobre ferrocarriles, la abrazadera para la espalda que usó después de cruzar el pasillo demasiadas veces o el holograma de un hipotético tatuaje de Cardi B en su pantorilla.

 

Pero si hablamos del futuro gobierno de los Estados Unidos y la cultura la que, una vez más (y probablemente muchas veces más a lo largo de la legislatura), roba el protagonismo es la vicepresidenta Kamala Harris. Recientemente la hasta ahora senadora demócrata dirigía una carta pública a la bibliotecaria del Congreso: Carla D. Hayden. ¿El motivo?: solicitar la modificación de un encabezamiento de materia. WTF? Perdón por la ordinariez. Pero que una política de primera fila se preocupe de un detalle así, visto desde perspectiva española, no puede más que arrastrarnos al exabrupto.

Cuando la otrora prestigiosa catalogación ha perdido muchísimos puntos en el ranking de lo cool bibliotecario: el debate político en torno a la idoneida de un encabezamiento de materias nos devuelve la importancia de los términos. Catalogar, clasificar, indizar es una forma de ordenar el mundo. Aparentemente pareciera algo mecánico. Pero la subjetividad, como el diablo, está en los detalles. Y entre escoger un encabezamiento de materia u otro puede hay una carga ideológica, histórica, sociológica y cultural que, en ocasiones, carga las tintas donde no debe.

 

Kamala Harris en 2004. Fotografía de Marcio José Sánchez.

 

El caso es que Harris, junto a otras figuras relevantes, ha escrito a la biblioteca del Congreso a cuenta del encabezamiento de materia que la Library of Congress asigna a las obras en torno a la persecución, hostigamiento y matanzas del pueblo armenio en Turquía entre los años 1915-1923. Hasta la fecha el catálogo de autoridades de la institución clasifica dichas obras dentro de la materia ‘Masacres armenias 1915-1923’. En la carta, Harris, argumenta prolijamente la razón por la cual esa entrada en su catálogo de autoridades debe modificarse y pasar a Genocidio armenio 1915-1923.

La exitosa novela de Varujan Vosganian sobre el genocidio armenio.

En su argumentario la senadora subraya la necesidad de que la Biblioteca del Congreso se rija por razonamientos académicos a la hora de definir sus clasificaciones; no por los criterios del Departamento de Estado reacio a admitir el término de genocidio.

Harris recurre al artículo de la Enciclopedia Británica al respecto, entre otras, además de diversas fuentes académicas de prestigio para reforzar la necesidad de que la Biblioteca actúe independiente a los criterios del poder ejecutivo.

Más allá de los pormenores, e incluso de los posibles intereses, la carta nos invita a reflexionar sobre la trascendencia que un simple encabezamiento de materia puede tener. Pero más que nada sobre el papel que las bibliotecas siguen jugando. Si bien estamos hablando de la Biblioteca del Congreso estadounidense, con su enorme capacidad de influencia en el orbe bibliotecario, eso no le resta alcance a la reflexión. ¿Cabe imaginarse algo parecido en nuestro país como no fuese porque beneficiase políticamente, de algún modo, a un bando u otro?

Y para cerrar un último ejemplo de relación bibliotecario-político. No hay que ser crédulos, ni creer en finales felices, menos si anda la política por medio, pero el hecho de que la misma Kamala grabase un vídeo para Los Amigos de la Biblioteca Pública de San Francisco: como poco resulta agradable. Y es que las bibliotecas, mal que le pese a algunos, matter too. Es decir, también importan.

 

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Bibliotecas surfeando en medio de la tormenta

 

En su famoso ensayo La tercera ola (1980) el sociólogo y futurólogo Alvin Toffler vaticinó:

“Un analfabeto será aquel que no sepa dónde ir a buscar la información que requiere en un momento dado para resolver una problemática concreta».

 

Biblioteca al aire libre en una playa australiana.

 

La que Toffler definió como la tercera ola es la revolución en la que estamos inmersos desde que a mediados de los 90 surgiera Internet. Pero, cuarenta años después de la publicación de su ensayo, la ola que nos arrasa es la segunda de una pandemia.

El poder antipatorio de Toffler no alcanzó, ni tenía porqué, al efecto de aceleración que podría ocasionar una pandemia global para que la ola tecnológica se dejara caer con más fuerza. El autor, también del ensayo El shock del futuro, situó acertadamente su tercera revolución   en la tecnología. Pero tampoco se olvidó del factor humano:

«La sociedad necesita personas que se ocupen de los ancianos y que sepan cómo ser compasivos y honestos. La sociedad necesita gente que trabaje en los hospitales. La sociedad necesita todo tipo de habilidades que no son sólo cognitivas, son emocionales, son afectivas. No podemos montar la sociedad sobre datos».

 

Estas palabras  resuenan si cabe aún más oportunas en este 2020 que los aciertos que supo adelantar sobre la sociedad de la información. No podemos montar la sociedad sobre datos. Pero estamos rodeados de datos. Datos sobre contagios, muertes y hospitalizaciones. Pero para algunos lo más estresante es quedarse sin datos en el móvil para poder enviar whatssapps y planear quedadas o consultar el Instagram.

Estamos sobre la segunda ola del Covid-19 y sobre la tercera ola de la revolución global. Y como dijo el mítico surfero Gerry Lopez: «surfear es bailar con las olas«. Así que no nos queda otra que bailar aunque sea con la más fea. La amenaza de nuevos confinamientos pende sobre nuestras vidas con su efecto paralizante.

 

La inquietante distopía futurista de Miguel Ángel Martín, en formato de novela gráfica, inspirada en Alvin Toffler.

 

Mientras, esos ancianos de los que hablaba Toffler precisan de más compasión y honestidad que nunca: el derecho (porque así lo reclaman) a la diversión de otros no entiende de solidaridad, ni civismo. Eso ha derivado en una estigmatización del ocio nocturno que amenaza con la ruina del sector. En este blog somos muy dados a glosar las virtudes de las bibliotecas y su potencial aún por explotar. Pero ni siquiera aquí tendríamos la osadía de presentar a las bibliotecas como alternativas a ese tipo de ocio (¡ejem!).

Si bien es cierto, que con fines diferentes al simple hedonismo, las bibliotecas han adaptado algunas de las propuestas que se pueden encontrar dentro de ese ocio nocturno. Según explicaba el lingüista aficionado Saul H. Rosenthal en su libro Todo el francés que usas sin saberlo: las palabras biblioteca, discoteca y disco (en este orden evolutivo) establecieron un auténtico baile desde su origen francés. En su peregrinar llegaron a colarse en el inglés y derivaron en el, globlamente aceptado, término de Disco para referirse a los hábitats naturales de los Travoltas de turno.

 

Discoteca silenciosa celebrada en el biblioteca de la Universidad de California.

 

Pues bien, poco antes de la pandemia, las Silent Disco en bibliotecas conocieron una revitalización a cuenta del censo electoral en los Estados Unidos. Fue exactamente en la Biblioteca Pública de Chattanooga en Tennessee. A raíz del programa de subvenciones de la ALA para impulsar los esfuerzos de divulgación del censo: las bibliotecas beneficiarias tenían que poner en práctica distintos proyectos. La de Chattanooga (con ese nombre venía rodado) optó por las fiestas de baile silenciosas en la biblioteca. Usuarios que bailan con los cascos puestos al ritmo de las melodías que escucha cada uno.

Con menos, la coreógrafa Blanca Li, te monta un ballet de lo más vanguardista. Y es que estas fiestas silenciosas en bibliotecas, vistas desde fuera, dan pie a interpretaciones de lo más variado. ¿Metáfora llevada al extremo del aislacionismo al que nos podían abocar las nuevas tecnologías según las visiones de Toffler? ¿Representación en movimiento del consumo cultural fragmentado al que nos hemos habituado?  En cualquier caso, siempre que se añadan mascarillas y se cumplan la distancia de seguridad: las Silent Discos son una alternativa en estos tiempos de escasez.

 

 

Esperamos que los bibliotecarios de Chattanooga pudieran difundir la suficiente información sobre el censo (tan importante para las elecciones) entre los ensimismados danzarines. El agónico recuento podría ser una muestra de que los bailes se han terminado concretando en votos.

Otra opción de ocio nocturno, o al menos vespertino, son las escape room. Unos locales que han proliferado en los últimos tiempos en muchas ciudades. Las características en sí de este tipo de locales casan mal con las medidas de seguridad exigidas por la situación de emergencia sanitaria. Los escape room suelen representarse en espacios reducidos; en muchas ocasiones, laberínticos. Algo que no se aviene con la necesaria distancia de seguridad y la contención de aerosoles cuando se vive una trepidante aventura contrarreloj en grupo. Una pequeña ayuda para su supervivencia puede provenir de su alianza con las bibliotecas.

 

 

El entrañable (por su querencia a las entrañas) André de Lorde.

En la Biblioteca Regional de Murcia, con motivo de Halloween 2020, se organizó el segundo escape room en streaming aprovechando las instalaciones de la biblioteca.

La empresa local Mystery Motel Murcia en colaboración con el equipo del centro dieron forma a la aventura. Un cóctel de referencias literarias, cinematográficas con homenaje incluido al bibliotecario más sangriento: el gran André de Lorde (1871-1942). Las salas, depósitos, sótanos y espacios del centro sirvieron de laberinto para la humorista Raquel Sastre que, a través un directo de Instagram, seguía las indicaciones que le daban los seguidores (o no) de la biblioteca para ayudarla a escapar.

Obviamente, ni las discotecas, ni los locales de escape room pueden sobrevivir a esta situación por su simple alianza con las bibliotecas. Pero en estas circunstancias cualquier sinergia, cualquier alternativa, es una ayuda.

 

 

Surfear las sucesivas olas de la pandemia proyectando la biblioteca como centro de ocio digital gracias a las redes. Pero, tal vez, la limitación que más frustración provoca es la de no poder mitigar, con más determinación, la brecha digital que los cierres forzosos de bibliotecas están ahondando. En las bibliotecas del condado estadounidense de Orange han lanzado un programa para ayudar a solventar, en la medida de lo posible, esta situación.

 

Las OC Public Libraries han lanzado un programa de wifi sobre ruedas para atender a las barriadas y sectores de la población más desfavorecidos. Se trata de remolques con antenas que permiten la conexión wifi y se ubican en determinadas zonas dando acceso a unos 150 vecinos en un radio de cerca de 300 metros. Esta iniciativa ha proliferado no solo en el ámbito bibliotecario. Incluso empresas de transporte escolar han puesto en marcha este servicio.

 

«Wifi on wheels» (Wifi sobre ruedas) de la empresa de transporte escolar JFK Transportation en Santa Ana, al sur de Los Ángeles.

 

Según detalla la noticia del ‘Daily Pilot’ no se necesita mucho más que un pequeño router y una antena en el techo. En nuestro país hay 80 bibliobuses en diez comunidades autónomas: ¿resultaría muy costoso añadir este wifi sobre ruedas para dar conexión a Internet, en poblaciones o barrios desfavorecidos, durante determinadas horas del día? Estableciendo un horario fijo se lograría que, al menos los estudiantes, pudieran disponer de conexión para llevar a cabo sus trabajos escolares. Eso por no hablar de otro tipo de recursos que las administraciones podrían habilitar para facilitar este servicio a través de las redes de bibliotecas.

En definitiva, ideas, proyectos, iniciativas y experimentos (con gaseosa) con los que intentar afrontar un momento lleno de incertidumbres. Todos surfeamos como podemos esta situación, estableciendo alianzas nuevas o reforzando las existentes. Maneras de guardar el equilibrio mientras nos preparamos para salvar la próxima ola. Como escribió Virginia Woolf en su novela Las olas: «serán como las olas del mar sobre el cual flotaré».

 

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Más estrellas que en una biblioteca

La plataforma eFilm de contenidos audiovisuales ha lanzado esta semana un concurso en Twitter cara a Halloween de lo más cinematográfico-literario. Y de esta iniciativa de nuestra cuenta amiga, que dirían los cursis, se inspira este post que se recrea en la cara más lectora del Hollywood clásico.

 

En la edad dorada de Hollywood, tal vez el eslogan que más famoso se hizo a la hora de promocionar un estudio, fue el de la Metro Goldwyn Mayer: Más estrellas que en el cielo (título del programa que en los años 80 condujo en TVE el muy cinéfilo Terenci Moix).

Y no era para menos. En sus años de máximo esplendor el estudio contaba con auténticos dioses del cine: Greta Garbo, Clark Gable, Jean Harlow, Elizabeth Taylor, Katharine Hepburn… Iconos de una manera de hacer cine y vivirlo que nunca volvería a repetirse (como diría Gloria Swanson: la gente nos veía como dioses, y nosotros nos comportábamos como tales).

El Hollywood de aquella época no era especialmente valorado y querido por la intelectualidad del momento. El cine nació como una atracción de barraca de feria, pero en California se hizo industria, exprimiendo para ello el talento de muchos grandes escritores que sentían su talento prostituido al ponerse al servicio de los grandes estudios.

 

La cantina de Hollywood: durante la II Guerra Mundial, las estrellas atendían y animaban a los soldados en una cantina, donde bailaban con ellos, y por supuesto se fotografiaban. En la foto el afortunado soldado está flanqueado por: Lana Turner, Deanne Durbin y Marlene Dietrich.

 

William Faulkner, John Steinbeck, Scott Fitzgerald o Truman Capote fueron algunos de los grandes escritores que, en momentos de su carrera, se sintieron tentados por los brillos y, sobre todo, los honorarios que les ofrecían las grandes productoras. Aventuras que en la mayoría de las ocasiones terminaron en litigios o en grandes frustraciones artísticas.

Pero pese a la imagen de frivolidad y falta de cultura con que siempre se ha estereotipado a la fauna del cine de Los Angeles, frente a la vanguardista e intelectual Nueva York: lo cierto es que siempre han existido estrellas del celuloide que han cultivado intereses culturales.

Las fotos de la rubia explosiva por excelencia, Marilyn, leyendo a James Joyce, son todo un clásico. Pero también otras estrellas como Clark Gable, Edward G. Robinson o Burt Lancaster demostraron su interés por la cultura, con su apoyo decidido a la Biblioteca de las Artes Cinematográficas de la Universidad del Sur de California.

La biblioteca se fundó en 1929 gracias a una colaboración entre la Universidad y la Academia de las Artes y las Ciencias. En su fundación estuvieron implicados mitos del celuloide como Douglas Fairbanks, Mary Pickford, D.W. Griffith o Ernst Lubitsch. Entre otros muchos directores, guionistas o productores que apoyaron el plan de estudios de la facultad a la que pertenecía.

Se puede decir que la memoria de Hollywood (la creativa, industrial y cultural, no la de los chismorreos) se conserva en dicha biblioteca. Y no sólo la del cine. El gran enemigo de Hollywood en la década de los 50: la televisión, también pasó a formar parte de las impresionantes colecciones de esta biblioteca, que atesora la memoria audiovisual de los Estados Unidos; y por tanto, del resto del mundo.

 

Sean Connery, aka Bond, James Bond, fraguó su fama en el cine inglés. Pero también se convirtió en una estrella de Hollywood. Sirva de homenaje esta foto en el año de su muerte.

Y tras este breve capricho que nos hemos dado a cuenta de las conexiones biblio-cinematográficas de Hollywood cerramos con una exquisitez. La web Cinecinéfilos es un auténtico filón para cinéfilos mitómanos. Cada semana, en el estupendo espacio del canal 24 h presentado por Moisés Rodríguez: Secuencias 24 h: el escritor e historiador cinematográfico Guillermo Balmori recomienda alguna de las joyas accesibles en este portal web.

Un magnífico portal repleto de vídeos, imágenes e información sobre cine clásico. Un auténtico festín para cualquier cinéfilo del que tomamos, no por casualidad, un banquete repleto de estrellas. El del 25 aniversario de la Metro. Simplemente delicioso.

 

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