Smart libraries: cultura trasatlántica para el siglo XXI

[Nota: este post tiene su reflejo al otro lado del Atlántico a través de un telestroscopio. Para visualizarlo pincha aquí.]

 

La cultura es energía, nunca se destruye, siempre se transforma.

El actor de serie B, en horas bajas, que interpreta Leonado DiCaprio en la última de Tarantino, Érase una vez en Hollywood (2019): asume su participación en un spaguetti western italiano como el signo inequívoco del declive de su carrera. Años después, esos filmes rodados en Europa, alimentarían la cinefilia de un joven empleado de videoclub en Tennessee. Un joven llamado Quentin, que terminaría convertido, en uno los cineastas más influyentes de finales del XX y principios del XXI.

 

 

Los denostados spaguetti western de los que se nutrió Tarantino son la demostración de que la cultura se retroalimenta. No hay detritus, todo sirve de abono. Pero también son la prueba de que la cultura de masas que ha marcado al mundo se basa en momentos, en los que el talento europeo, se cruzó con el espíritu emprendedor americano.

En los años 30 y 40 del pasado siglo cientos de técnicos, artistas, escritores y cineastas, huyendo del nazismo: fueron a recalar en la incipiente industria del cine estadounidense. No por casualidad, lo que vino a continuación, se le conoce como la Edad Dorada de la meca del cine. Ninguna industria como la desarrollada en las colinas de Hollywood ha impregnado la imaginación de todo un planeta como lo hizo la industria hollywoodense.

 

Josef von Stenberg, Marlene Dietrich y Charles Chaplin: europeos en Hollywood.

 

Ernst Lubitsch, Josef von Stenberg, Alfred Hitchcock, Billy Wilder, Fritz Lang, Douglas Sirk, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Ingrid Bergman, Rodolfo Valentino, Audrey Hepburn o Vivian Leigh. La lista se haría interminable. Europeos en América que ayudaron a configurar un olimpo cuyos ecos aún resuenan hoy día.

Y otro tanto pasó en los años 80, cuando la estancada industria del cómic estadounidense, recibió una invasión de guionistas y artistas ingleses. Alan Moore, Dave Gibbons, Neil Gaiman, David Lloyd, Eddie Campbell.., reformularon el discurso del noveno arte para lanzarlo al boom adulto que vive actualmente.

 

Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons: el cómic de superhéroes que lo cambió todo en los 80.

 

Con ese espíritu, el de inspirarse en lo fecundos que han sido los intercambios entre las dos orillas del Atlántico: nace el proyecto empresarial de Smart libraries.

Queremos que esos diálogos, ese trasvase productivo de experiencias y energías, se den también en el mundo bibliotecario. Cooperación bibliotecaria trasatlántica que nos enriquezca mutuamente, y partiendo de un país, España, que tantas conexiones tiene con la pujante comunidad latina de los Estados Unidos.

Y cuyas redes de bibliotecas, a diferencia de las de otros países del viejo continente, como Reino Unido: han sobrevivido los duros años de la crisis apostando por la innovación, el ingenio y la adaptación de espacios y servicios.

Smart libraries, con sede en Miami, aspira a trasladar al mundo bibliotecario estadounidense algunos de los proyectos que mejores resultados han tenido en la empresa Infobibliotecas.

Repensar las bibliotecas en la era digital, requiere cambiar los esquemas en cuanto a servicios y espacios. Para ello es necesario tener un profundo conocimiento de lo que son y han sido las bibliotecas. «Todo ha de cambiar para que todo siga igual»: que decían en El Gatopardo. Otro ejemplo del feedback Europa-USA en su adaptación al cine protagonizada por Burt Lancaster.

Porque los objetivos básicos de las bibliotecas no han caducado. Los principios recogidos en el Manifiesto de la IFLA/Unesco de 1994 sobre bibliotecas públicas siguen vigentes. Pero son los modos de hacer que se cumplan esos objetivos (y otros nuevos que reclaman los tiempos) los que han cambiado.

Smart libraries, es una empresa recién creada, pero lleva el equipaje de la experiencia acumulada, durante años, como empresa de servicios bibliotecarios integrales de Infobibliotecas.

Desde suministro de fondos documentales, en cualquier idioma y formato, así como plataformas tecnológicas para el préstamo online de ebooks, audiovisuales y revistas: que se adaptan a las necesidades y sobre todo, capacidad presupuestaria, de cada institución. Con más de 20.000 e pubs en los que destacan los cómics y el aprendizaje de idiomas; más de 9.000 revistas de todas las temáticas; y miles de audiovisuales.

La biblioteca desde tu sofá: una excelente manera de luchar con la piratería de contenidos digitales. Y paralelamente un enfoque que reconsidera el concepto de biblioteca pública como espacio físico, como centro social y cultural.

 

 

El escritor alemán Bernhard Kellermann, en 1914, publicó una de las novelas más exitosas de principios del siglo XX: El túnel. ¿Su argumento?: la construcción de un túnel transatlántico que uniera Europa con los Estados Unidos. Un verdadero best seller que fue llevado al cine, y cuyo éxito, corroboraba esa fascinación mutua entre continentes.

Casi un siglo después, el artista británico Paul George, creó un telectroscopio y situó: uno, bajo el puente de Brooklyn, en Nueva York; y otro, junto al Puente de Londres.

A través de este ingenioso artefacto habitantes de ambas ciudades podían interactuar en tiempo real y enviarse mensajes. Un espejismo de ese gran túnel que uniese a los habitantes de ambas orillas del Atlántico.

 

El telectroscopio construido junto al Puente de Londres. Foto de David Parker. 

 

Smart libraries nace con vocación umbilical que se nutre en ambos sentidos. Un túnel trasatlántico de la cultura y las bibliotecas. El telectroscopio bibliotecario con el que otear el nuevo panorama que han provocado las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Y para ello: quiere generar debates, reflexiones, intercambios que parten del inconformismo para no apoltronarnos.

La presentación en sociedad de un proyecto tan ilusionante tiene que terminar donde ha empezado: en esa fábrica de sueños que forjaron la creatividad europea y el espíritu emprendedor americano. Como decía la inolvidable Bette Davis de Eva al desnudo (1950): «Abróchense los cinturones» en esta travesía con Smart libraries empieza la tormenta de ideas para bibliotecas.

 

Bette Davis como bibliotecaria insobornable en Storm center (1956).

 

[Nota: este post tiene su reflejo al otro lado del Atlántico a través de un telestroscopio. Para visualizarlo pincha aquí.]

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Hiperestimulados, anestesiados, manipulados

 

Este post solo podía darse en estas fechas. Y no es porque trate nada relativo a la Navidad, es porque sólo una vez saturados de brillos, destellos, luces espasmódicas, adornos kitsch y purpurinas mil: es posible leerlo sin sufrir un ataque epiléptico. Por ponernos pedantes se trataría de algo así como un metapost. Un post que experimenta en sí mismo lo que predica, o más bien, contra lo que predica.

 

 

Hace unos años, el escritor y editor italiano Roberto Calasso, expresaba muy bien una de las paradojas de esta revolución tecnológica que estamos viviendo, que viene a cuento de lo que aquí decimos:

«Un estudiante inteligente, de esos que sufrían porque estaban en provincias y no tenían acceso a las grandes bibliotecas […] hoy desde casa puede tener acceso a libros del siglo XVI, del XVIII, o a las revistas más complicadas de encontrar. Todo está en la red, algo inconcebible hace 20 años. Y, sin embargo, no he notado que se haya producido un particular desarrollo,  jóvenes que escriban una tesis magnífica…»

 

El editor italiano reflexionaba de este modo ante la «aversión» que muchos sienten ante los intermediarios (editores en este caso) en el mundo digital. Pero otro tanto podríamos decir de los bibliotecarios: como mediadores entre el exceso de informaciones y los usuarios.

Nosotros osamos aventurar una explicación a lo que plantea Calasso. Estamos saturados, sobreestimulados, casi anestesiados ante tanto reclamo. Y esto lleva a que muchas veces, salvo los egos insaciables de reconocimiento, muchas voces interesantes opten por la discreción. Una virtud, la discreción, en franca decadencia en nuestros días.

Usar un gif animado, un emoji, un dibujito, un banner emergente, puede tener su punto bien administrado. Pero el aturdimiento continuo que busca provocarnos la publicidad, la avalancha de informaciones, el carrusel de novedades, que gira y gira alrededor: nos arrastra simplemente a la apatía.

 

 

Una de las características que muchos editores de libros electrónicos enarbolan como ventajas frente a la experiencia lectora en papel: es la posibilidad de incluir vídeos y animaciones en el texto. Hay ediciones en digital de cuentos infantiles clásicos que son una verdadera delicia. Relatos interactivos que se venden como un aliciente para atraer a los jóvenes a la lectura al permitir una experiencia más cercana a lo audiovisual.

No tenemos suficientes argumentos pedagógicos para calibrar los pros y contras del uso de la interactividad para fomentar la lectura entre los jóvenes. Pero el peligro de que esa exigencia de interactividad se contagie a la lectura adulta no parece tan beneficiosa. Ya lo dijo el filósofo coreano Byung-Chul Han: «la acumulación de la información no es capaz de generar la verdad. Cuanta más información nos llega, más intrincado nos parece el mundo«.

 

La lectura desnuda de cualquier artificio que no sea la tinta sobre el papel (o la pantalla), la lectura cuyo ritmo lo marque el lector, y no cualquier aplicación o subrayado externo y rutilante: es la única capaz de generar reflexión y pensamiento. Sin algo de quietud (precisamente esa que les estamos robando a cualquiera que lea este post), es imposible asimilar lo que leemos, vemos o escuchamos.

Confiar nuestro aprendizaje a la tecnología, es como fiar nuestros recuerdos a una máquina, y dejar de ejercitar nuestra memoria. La intromisión de Internet en nuestras vidas está llegando a esos límites que la ciencia ficción más visionaria supo adelantarnos hace décadas. Pero solo en el ámbito de lo digital. Todo en general se supedita a ese ritmo, a esa agitación incesante.

 

 

Este año asistimos sin tregua, pisando las ya de por sí saturadas fechas navideñas, al espectáculo trepidante de lo político. Y así con los Reyes aún desfilando por las calles,  nuestros representantes públicos, desfilaban por el hemiciclo empeñados en convertirse en carne de meme, en hashtag, en vergonzosos trending topic, en muñecos de un guiñol de cachiporra que maldita la gracia. El espacio representativo del gobierno de un país transformado en una trinchera en la que cualquier conato de debate estaba proscrito.

Facebook llega tarde a nuestro país al prohibir los vídeos falsos manipulados con inteligencia artificial para que evitar que interfieran en procesos electorales. Nuestros políticos, sin manipulación digital alguna, se bastan y se sobran para dar gifs animados o muertos a las redes.

 

 

Llegados a este punto, si algo nos queda claro es que la sobriedad es el nuevo exhibicionismo. Ante la avalancha de impactos de todo tipo que nos asaltan, y nos anestesian: no hay nada más exhibicionista que lo austero. Algo que este blog procura aplicar cada semana: y no siempre consigue.

Quien quiera leernos que nos lea, quien quiera seguirnos que nos siga. Claro que todo depende del número de visitas de este post, si bate récords, este blog puede convertirse a partir de ahora en un carrusel frenético que ríete tú de la celebración del año chino en Pekín. En cualquier caso, quede como propósito de enmienda de cara al nuevo año que recién arrancamos. Frente al griterío que solo busca aplacar el pensamiento: quietud, mesura, sosiego y reflexión.

Pero por favor ¡¡¡qué acabe de una vez este post!!!

 

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Innovar por innovar es tontería: ¡¡Feliz Navidad!!

 

El veterano diseñador industrial e interiorista Miguel Milá acaba de publicar su libro con tintes biográficos Lo esencial (Lumen). En una entrevista concedida con motivo del lanzamiento, Milá, dice algo que resulta toda una innovación en los tiempos que corren: «innovar por innovar es una memez«. Y no podemos más que darle la razón.

 

Uno de los leones de la NYPL ataviado de Navidad. Una fotografía nada casual para un año, el 2020, en el que la conexión entre Infobibliotecas y las bibliotecas americanas va a ser más fuerte que nunca.

 

Cuando estamos, día sí, día también, machacando con lo que hay que innovar, arriesgar, experimentar, reinventar: que alguien diga que ese empecinamiento solo lleva a la tontería: suena casi a absolución.

Por mucho que sepamos que ser original es algo imposible, no conseguimos quitarnos ese afán inútil de intentar ser originales. Y por el camino del ditirambo se nos olvida algo esencial: que hay cosas que no merece la pena empeñarse en cambiar. Hazlo bien, como dice sabiamente Milá, y olvídate de innovar por innovar.

Por eso intentar hacer algo original por Navidad, cuando es un invento tan testado y contrastado en su eficacia, es un esfuerzo inútil. Y el ejemplo son estas postales navideñas que han realizado en diversas bibliotecas o inspiradas en el mundo bibliotecario. Puede ser que alguna peque de original: pero no era la intención al recopilarlas. La única idea era disfrutarlas sin más. Y constatar que cuando el mensaje está claro y definido: ser tradicional es lo más acertado a lo que puede uno aspirar.

¡¡Felices fiestas y un 2020 repleto de cultura os deseamos desde Infobibliotecas!!!

 

Felicitación bibliotecaria ideada por el diseñador británico Iain Claridge.

La biblioteca pública de Richmond publicó en 2017 una colección de felicitaciones navideñas para poner en venta. El dinero recaudado se destina a diversas causas benéficas.

Postales navideñas de la George Hail Free Library, en Warren Rhode Island (Estados Unidos)

Tarjeta navideña que en realidad es una manera de financiar los fondos infantiles de la Hamilton Public Library.

 

Esta postal navideña no peca de original sino de extraña. Es la tarjeta felicitando las Navidades del Servicio de Guerra de Bibliotecas (organización de voluntarios uniformados de la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos) y la Fuerza Expedicionaria de Estados Unidos en Siberia en 1917.

Billy Graham, fue uno de los predicadores más importantes de los Estados Unidos. En Charlotte, Carolina del Norte, se ubica su biblioteca. Y entre sus fondos evangelizadores se encuentra la colección de postales navideñas que cada año hacía la familia al completo. Lo que Tim Burton, en sus buenos tiempos, habría hecho con un material así.

La colección de postales navideñas de las Bodleian Libraries de la Universidad de Oxford bien merece una visita a su tienda.

Postal navideña dibujada por la artista Jackie Morris para la Organización Internacional para el Libro Juvenil (IBBY).

El libro que recopila 100 de las postales navideñas que forman parte de las colecciones de la Biblioteca Pública de Nueva York.

 

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Bibliotecas a ritmo de trap y reguetón

 

Si en Bibliotecas ¿agentes de la gentrificación? hablamos del aburguesamiento urbanístico de las ciudades y del papel que las bibliotecas juegan en él. En este post partimos de la gentrificación para hablar de asuntos diferentes, pero en el fondo, no tan distantes.

Gentrificación proviene del término inglés gentry (clase social noble media o baja); pero al castellanizar la palabra pareciera que se le añadieran ecos de geriátrico. Y sirviera tanto para aplicarlo a ciudades, como a la cultura en general.

 

 

Ensalzar algo sin menospreciar no está en el espíritu de los tiempos. Si no denigras los gustos de alguien: la defensa de las bondades de lo que defiendes, resultan insuficientes. Flaco favor, en todo caso, para el objeto de devoción. Dios me libre de mis fans que de mis detractores ya me defiendo yo. Pero algo así es lo que ha puesto en práctica la periodista Paula Corroto en un reciente artículo para ‘El confidencial’.

Hacía tiempo que el término marujas (tan habitual en los 80) había perdido fuelle. Pero, gracias a Carroto, las marujas vuelven a la palestra con toda su carga de desprecio a cuestas. Jane Austen es de marujas, la escritora moderna y progresista es Georges Eliot: así ha titulado la periodista su artículo, en el que celebra la figura de la escritora inglesa George Eliot, en el bicentenario de su nacimiento. Sin duda los clickbaits que habrá cosechado le compensarán de las animadversiones y críticas que acumula en los comentarios.

 

El libro de Cristina Morales con un discurso provocador, y supuestamente antisistema, que ya acumula dos de los premios más prestigiosos del estableshiment cultural de nuestro país.

 

Un artículo, el de Carroto, que coincide en el tiempo con una entrada en el blog de la crítica de televisión Diana Aller: a cuenta de los realities televisivos con otro título también llamativo: No lo llaméis basura es clasismo.

En él, Aller parte del consumo de contenidos televisivos a través de plataformas de pago y de las cadenas generalistas en abierto: para dibujar los clasismos culturales entre los que nos movemos.

Por un lado, las clases populares, que acuden en masa mayoritariamente a Mediaset, para consumir realities, talents, magacines, en definitiva, lo que se da en llamar telebasura. Y por otro, los integrantes de esa clase media que se identifican con las tramas de las series de HBO, Netflix o Amazon: en un deseo aspiracional de verse reflejados, de resultar cool, de ser guays.

Aller viene a afear la actitud condescendiente y, profundamente clasista, de críticos y clase media. Un grupo social, la clase media o burguesía, que siempre ha concentrado el desdén de los intelectuales. Ya Theodoro Adorno, que en esto de analizar la cultura es referente inexcusable: decía en uno de los capítulos de su obra Mínima moralia (titulado ‘El burgués que regresa’): «los burgueses sobreviven como fantasmas que anuncian calamidades».

 

Lo burgués, culturalmente, nunca ha tenido buena fama. El clasismo cultural tiene sólidas estructuras que lo sustentan de una clase a otra. De la aristocracia/intelectualidad a la clase media/burguesía, y de ésta a las clases bajas. Los gustos culturales como signo de distinción/exclusión siempre han necesitado del demérito de otro grupo para hacerse valer. Las vanguardias siempre han despreciado a los burgueses y su domesticado buen gusto. Unas vanguardias, en las que en primera línea, siempre se han estado los hijos rebeldes de familias acomodadas.

En los años 70, la hija de un diplomático neerlandés, Gloria van Aerseen; y la bisnieta del pintor Eduardo Rosales, Carmen Santoja: formaron un dúo musical con personalidad propia. Con un estilo único, en lo musical pero sobre todo en las letras, en las que la ironía y el humor estaban muy presentes: Vainica Doble influyeron en muchos de los grupos que surgirían en los 80. Por ejemplo, Carlos Berlanga, alma junto a Nacho Canut, de los Pegamoides o Dinarama: versionó su canción La funcionaria.

 

 

Un puesto de funcionario para sus hijos era el deseo de muchos padres de esa clase media/baja que intentaba prosperar en los 70 y 80. Y ese futuro de grisura y estabilidad laboral no casaba bien con la imagen de inconformismo y bohemia que querían proyectar los modernos de la Movida.

Así que temas como La funcionaria asesina o La cajera del fabuloso tándem Berlanga/Canut: ahondaron en esos contrastes. Unos contrastes que también se daban entre los propios miembros de la escena del Madrid de los 80.

Sin ir más lejos, Pedro Almodóvar, empezó su carrera como cineasta compatibilizándola con su puesto como funcionario en Telefónica. Almodóvar era hijo de un arriero manchego; mientras que su amigo Carlos Berlanga, era hijo del gran director de cine; y Nacho Canut era hijo del médico del actual rey emérito. El talento, en ocasiones, supera clases sociales.

 

Pedro Almodóvar, del brazo de su madre, pasea una vez alcanzado el éxito por su pueblo entre aplausos de sus vecinos.

 

Precisamente ahora estamos viviendo algo similar, pero en sentido contrario. El trap y el reguetón son los dos géneros musicales y estéticos en los que se ubica un amplio sector de los jóvenes de los 2000. Pero, lejos de esas vanguardias de tiempos pasados en las que al frente estaban los hijos díscolos, o más inquietos artísticamente, de familias bien situadas: en este caso sus principales representantes se esfuerzan por aparentar que provienen de las clases sociales más desfavorecidas. Una marginalidad que, una vez se repasan los orígenes de algunos de sus representantes, por ejemplo la Zowi o Bad Gyal: queda un tanto en entredicho.

El caso es que los necesitados de desmarcarse del buen gusto burgués ya los reivindican como el nuevo punk. El clasismo cultural opera en todos los sentidos. Lo cual no deja de ser agotadoramente pueril, o perversamente práctico, para preservar los compartimentos estancos de cada grupo social.

El año pasado el profesor de filosofía Josep Soler publicó su libro: Dame reggaetón Platón: una historia de la filosofía en 15 lecciones. Y hace unos meses, el doctor en filosofía Ernesto Castro lanzaba: El trap, filosofía millennial para la crisis en España.

Así que se puede decir, que aunque solo fuera en formato libro, el reguetón y el trap están presentes en muchas bibliotecas. De ahí al aburguesamiento solo hay un paso.

 

Yung Beef, el músico de trap que aparece en la portada del libro de Ernesto Castro, denunció a la editorial por hacerle una caricatura. No sabemos si porque no le pagaron por usar su imagen; o porque aparece en la portada de un libro de filosofía.

Hace unas semanas, a través del siempre interesante blog Open culture, teníamos noticia del Archivo Internacional Dada de la Universidad de Iowa. Dicho archivo reúne, y da acceso digitalmente, a una rica colección de publicaciones en torno al movimiento vanguardista capitaneado por figuras como Tristan Tzara, Marcel Duchamp o Hugo Ball, entre otros.

Josh Jones, el escritor y músico, autor del artículo recuerda lo que significó el movimiento dadaísta como revulsivo cultural; y lo hace lanzando arpones a la quilla del momento cultural que estamos viviendo actualmente. Jones invoca el espíritu contestatario y revolucionario de los dadaístas como un ejemplo de subversión de lo establecido.

 

 

Pero ¡ay! pese a sus buenas intenciones no puede más que constatar, que al igual que pasa actualmente con cualquier movimiento cultural, por muy contracontracontra cultural que se declare: el dadaísmo, también terminó en sitios que nada tenían que ver con ese inconformismo que lo alimentó. Y entre esos lugares están las bibliotecas. O los archivos, como en el caso de Iowa: que a efectos prácticos viene a ser lo mismo.

Como escribe Jones: «los inicios de Dada no fueron los inicios del arte sino del asco «con la cultura osificada de los buenos, buenos burgueses». Jones recoge las palabras del poeta Hugo Ball:

«Para nosotros el arte no es un fin en sí mismo. Es una oportunidad para la verdadera percepción y crítica de los tiempos en que vivimos»

 

Bad Gyal, de panadera a trapera.

Todo este armazón intelectual del muy instintivo asco que el buen gusto burgués producía en los díscolos dadaístas generó numerosa producción editorial.

Revistas, libros, folletos, manifiestos, etc: que terminaron recopilados, depurados, limpiados y conservados en las asépticas y ordenadas baldas de muchas «bonitas, bonitas y burguesas» bibliotecas. Y gracias a la labor de esos bibliotecarios, un siglo después, el legado dadaísta sigue accesible.

¿Llegarán a dejar un legado perdurable el reguetón y el trap en las bibliotecas? Solo el tiempo lo dirá. El hip hop ha evidenciado sus conexiones con las bibliotecas en más de una ocasión. Y es que toda manifestación cultural es competencia de unas instituciones que aspiran a convertirse en auténticas casas de la cultura del siglo XXI. El clasismo cultural no tiene cabida en las ‘bonitas, bonitas y burguesas’ bibliotecas públicas.

 

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Sarah Connor, después de Terminator 2, se hizo bibliotecaria

 

En la última desfibrilacion que la industria de Hollywood le ha hecho a la saga Terminator, el hecho de recuperar a Linda Hamilton, hizo albergar alguna esperanza sobre que el paciente mejorara. Pero ni el regreso de la originaria Sarah Connor ha evitado el fracaso de esta nueva entrega.

 

Sarah Connor en Terminator 2 (1991) y veintiocho años después.

Scorsese, de nuevo de actualidad por su película para Netflix, y por sus declaraciones despreciando el cine de superhéroes. Opiniones a las que se sumaron otros clásicos como Coppola. Conflictos intergeneracionales de una industria.

 

La churrería en la que se ha convertido gran parte de la oferta de Hollywood no se caracteriza por el riesgo argumental. Y ese conservadurismo pasa factura con un público, al que las televisiones de pago: están tratando como adulto en esta edad dorada de las series.

Si de verdad la saga Terminator hubiera sido fiel al espíritu de la originaria de los años 80: el personaje de Sarah Connor no habría regresado como una iron woman de 60 años.

Lo realmente consecuente con la idea de preservar a la humanidad frente a la amenaza de una tecnología belicosa y desatada (que daba consistencia argumental a la primera) habría pasado por convertir al personaje de Hamilton en bibliotecaria.

Que luego cogiese las armas o no, por aquello de la espectacularidad exigible a todo blockbuster: es otra historia. Pero Sarah Connor, tras sus extenuantes aventuras en las dos primeras entregas de la saga: habría decidido ser bibliotecaria.

 

El futuro Terminator empapándose del conocimiento humano para poder cumplir su misión en la Tierra.

 

¿Dónde encuentra refugio, sino, ese concepto de humanidad al que apelan todas las epopeyas de ciencia ficción literarias o cinematográficas? Claramente en las bibliotecas. Pero si de inteligencia artificial, robots, cíborgs e inquietante futuro digital hablamos: apuntemos el foco a donde se está cociendo todo. A Silicon Valley.

En la trilogía Geopolítica bibliotecaria, cual película de James Bond, dimos una apresurada vuelta al mundo para tomar el pulso a la situación de las bibliotecas. Pero en ese periplo nos dejamos sin apuntar al destino que más tiene que decir sobre el futuro que nos espera. Y la pregunta surge sola. ¿Hay bibliotecas en Silicon Valley? Recurramos, una vez más, a la tecnología para luego criticarla una vez nos haya resuelto la papeleta. Así de ingratos somos los humanos: libraries+Silicon Valley en Google.

 

Espacio selvático en medio de una de las oficinas de Google para el relax y la lectura.

 

El rancho/ parque de atracciones Neverland de Michael Jackson.

Silicon Valley, más que un lugar geográfico que hasta donde sabemos (porque no hemos ido) es real: es un estado mental. Por eso tanto nos da que las oficinas que hemos rastreado de Google, Facebook u otros grandes del valle siliconado: estén en California, en Dublín, Tel Aviv o Singapur.

Estén donde estén: Silicon Valley ya es el mundo, no porque lo represente, sino porque lo domina. Y podemos afirmar, a tenor de los resultados que nos devuelve Google Imágenes: que sí, que en las oficinas de los gigantes de Silicon Valley, hay bibliotecas.

Lo habitual cada vez que algún reportaje en los medios husmea en los cuarteles generales de Google, Facebook o Amazon, pero sobre todo de Google: lo que se muestra son espacios hipermodernos, divertidos, casi parques de atracciones más que oficinas. Lugares en los que trabajar pareciera una fiesta continua. Lo cual, dado el nivel de exigencia para con sus empleados, los hace más inquietantes que el rancho Neverland de Michael Jackson. Y lugares, en los que las bibliotecas, en la mayoría de los casos, parecen estar presentes.

 

Biblioteca en las oficinas de Google en Dublín.

Biblioteca en las oficinas de Facebook en Seattle.

Biblioteca de las oficinas de Facebook en Malasia.

Marc Andreessen, fundador de la empresa de inversión de riesgo en tecnología más importante de Silicon Valley.

 

Comparamos las imágenes de algunas de las oficinas de Google,  la empresa con más fama de sedes guays, que aparecen en un artículo de Webespacio.

Lo primero que llama la atención es lo convencionales, en comparación con los demás espacios, que resultan sus bibliotecas. No decimos que sean feas, no lo son. Pero en comparación con el alarde de fantasía decorativa del resto: se ajustan bastante a la idea convencional de lo que es una biblioteca.

¿Será que las bibliotecas ya son tan modernas que no hay manera de reformularlas al estilo googleniano? ¿O será que un punto vintage en medio de tanta superficie ultramoderna resulta entrañable? ¿Leerán los libros que hay en las estanterías o serán bibliotecas ornamentales? ¿Son simples decorados con los que darse pisto?

Pero si hay una biblioteca en Silicon Valley que resulta de lo más llamativa esa es la de empresa inversora de capital de riesgo en tecnología: Andreessen Horowitz. Que una sociedad dedicada a invertir en star-ups, redes sociales, videojuegos, comercio electrónico y, en general, en empresas de software: reciba a los visitantes con una biblioteca en el vestíbulo de más de 800 libros de papel: podría considerarse una inversión de alto riesgo. O un toque de distinción que marca la diferencia.

 

Biblioteca-recibidor de la sociedad de inversión de riesgo en tecnología Andreessen Horowitz.

 

Musk ha advertido, en numerosas ocasiones, de los peligros de un desarrollo sin control de la IA. Y uno de sus libros de cabecera en ese sentido es el de Nick Bostrom.

Otra figura detrás de algunas de las empresas más ambiciosas de Silicon Valley, como es el magnate Elon Musk, declaró en una entrevista a ‘Rolling Stone’: “Me criaron los libros. Libros, y luego mis padres». En cambio, resulta llamativo que en las fotografías de las oficinas de sus numerosas empresas (PayPal, Tesla Motors, SpaceX, OpenAI, SolarCity…): no aparezcan fotografías de bibliotecas físicas.

Puede que en la ecuación de Musk para cambiar el mundo y la humanidad en sentido drástico: no entre el concepto biblioteca en sentido clásico. De hecho, a Elon Musk, le debemos uno de los proyectos de futuro más alucinantes en torno a las bibliotecas. La creación de bibliotecas en la Luna y en Marte en las que, a través de los cristales de datos Arch, se preserve el conocimiento humano. Y es lógico que, cuando uno está pensando en replicar la civilización humana en otros planetas: no atienda a cuestiones decorativas por muy culturetas que queden.

Con lo que no contaba Musk, en sus previsiones, es con que una china golpeando en el punto exacto: puede romper la luna en mil pedazos.

 

 

Portada del próximo disco de Grimes: Miss Anthropocene.

Bueno, por ser algo menos torticeros, diremos que no fue una china (de chinarro) la que agrietó los indestructibles cristales del último coche electrónico lanzado por Tesla. Fue una bola de metal, pero las grietas que dejó resultan reconfortantemente humanas.

Grietas en la superficie acerada de ese discurso ensimismado en las maravillas de la tecnología en el que tanto nos extraviamos con frecuencia. Algo en lo que la novia de Elon Musk incurrió no hace mucho.

La cantante, compositora y directora de alucinantes vídeos musicales Grimes: está muy implicada en el desarrollo de las nuevas tecnologías. Tanto en su música e imaginario visual, como a título íntimo, por su relación con el poderoso propietario de Tesla. Un poco de crónica rosa de Silicon Valley siempre viene bien.

Pero por lo que Grimes ha levantado revuelo en los últimos días no ha sido por su vida sentimental. Han sido sus declaraciones, en una entrevista, sobre el futuro de la música:

«Siento que estamos en el fin del arte, el arte humano. Una vez que la Inteligencia Artificial domine totalmente la ciencia y el arte […] será mucho mejor que nosotros haciendo arte»

 

Grimes esperando el futuro.

 

Cuando hablamos de cultura y tecnología hay que fijarse siempre en la industria de la música. Fue el primer sector en verse tocado y hundido por el auge de Internet, y detrás, hemos ido el resto.

Por eso el debate que han provocado las declaraciones de Grimes resulta de lo más oportuno. La cantante Zola Jesus ha acusado a Grimes de ‘ser la voz del privilegio fascista de Silicon Valley‘. Según esta cantante de ascendencia rusa, hay que defender la necesidad del ser humano por crear arte.

Pero la replica más interesante ha venido por parte de la artista Holly Herndon, experta en música y tecnología, cuyos comentarios al respecto recogen en ‘Jenesaispop‘:

«a ella lo que le preocupa [a Herndon] que ciertas “empresas transnacionales nos entrenen para entender la cultura como si fuéramos robots […] La artista apunta que la tecnología “debería permitirnos ser más humanos y expresivos”, y aboga por el concepto de “música interdependiente”, que una a seres humanos e inteligencia artificial». 

 

Lo dicho: un debate apasionante, necesario, y en el que no estamos hablando solo de música. Y al que, para terminar hilvanando el post, no nos resistimos a añadir nuestra contribución.

 

Si de verdad se quiere confrontar a la Inteligencia Artificial a un reto que la llevaría al cenit evolutivo o a su colapso: aquí tenemos el test definitivo. Solo dos palabras: Ojete calor. El dúo de subnopop patrio que mayores cortocircuitos neuronales y electrónicos puede llevar a provocar en mentes, sean humanas o artificiales.

Ellos, visionarios, ya cantaban en Cuidado con el cyborg (Corre Sarah Connor): el aviso que lo resume todo. Todos somos Sarah Connor y a todos nos persigue el ciborg. No sabemos aún si será un Terminator bueno o malo. Pero a todos nos pisan los talones.

 

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Representaciones culturales obsoletas

 

Fernando Trueba, en su Diccionario de cine publicado en los 90, echaba pestes sobre Walt Disney. El director de Belle époque apuntaba a esa inquietante línea de puntos que une la dulcificación/expolio de cuentos clásicos que llevó a cabo: con el filofascismo que siempre ha planeado sobre su figura. Y precisamente en estos días, dos noticias en torno a Disney, recuperan ambos asuntos desde perspectivas actuales.

 

Fotograma del corto animado estrenado por Disney en 1943: Education for Death: The Making of the Nazi.

 

El argumento de la última producción que sale bajo la marca Disney: Jojo Rabbit (2019) ha provocado una polémica antes de su estreno. Nada nuevo en estos tiempos en los que lo primero es criticar por si acaso. No vaya a ser que después de informarnos se amargue la posibilidad de indignarnos.

La película (en realidad producida por la Fox, pero como Disney ha comprado la compañía, se la ha llevado en el lote): narra la historia de un niño que tiene como amigo imaginario al mismísimo Hitler.¿Hitler reconvertido en figura amable y simpática? ¿Disney blanqueando al nazismo? No se puede negar que los mimbres para una buena polémica están servidos.

Pero al mismo tiempo la nueva plataforma lanzada por la empresa del ratón Mickey, Disney+, ha incorporado un mensaje en algunos clásicos advirtiendo:

«Este programa se presenta tal y como fue creado originalmente. Podría contener representaciones culturales obsoletas.»

Canción del sur (1946) la película que Disney retirado de su catálogo por su acusado racismo.

Representaciones culturales obsoletas. Pero ¿qué es lo que está obsoleto?

Creíamos que ciertas ideologías estaban obsoletas, y el carrusel cíclico de la Historia: las ha devuelto a primera línea. Se recubren de una frágil apariencia de renovación que, al menor golpe de viento, deja al aire el cartón de lo rancio.

Y ¿cuánta responsabilidad no tiene en este resurgir el discurso progresista que se supone antagonista?

El veterano grupo Def con Dos, que tanto ha soliviantado a la derecha en otras ocasiones, en su último disco critica el puritanismo progre. El ideal de pureza al que nos remiten las ideologías, sean del signo que sean, siempre ha pecado de lo mismo: alergia a los matices. Y sin matices, sin sosiego: no hay pensamiento.

Ahora que las autoridades europeas quieren iniciar una cruzada contra la estafa de la obsolescencia programada: puede que lo obsoleto perviva en algo mucho más peligroso que en un electrodoméstico: en las mentes.

 

Rodrigo Fresán culmina una trilogía con ‘La parte recordada’ en la que las huellas del pasado  son básicas para poder hablar de futuro.

Pero si hay lugares, mucho más que en los archivos de la Disney, en donde las representaciones culturales obsoletas se conservan por millares: esos lugares son las bibliotecas.

Antes que huir, ocultar, afear o incluso prohibir lo que no se corresponda con la sensibilidad contemporánea: ¿no sería mejor contextualizar? Los valores de esta época también quedarán obsoletos vistos desde el futuro.

El riesgo de querer esterilizar nuestro presente es leña para populistas demagogos que venden su grosería, su sinceridad políticamente incorrecta como signo de personalidad, ideas propias, carácter y decisión.

Si tanto gustan los medios de conceptos ditirámbicos acuñemos aquí mismo uno: empatía retrospectiva cultural. Aprender de las razones y circunstancias en que se forjaron  las ideas de nuestros antepasados, para recuperar sus experiencias, sin acarrear la carga negativa que nos lleve de vuelta a errores del pasado. Tanto el discurso conservador como el progresista tienen culpa de ese alzheimer cultural que trata a los ciudadanos como menores necesitados de tutela.

 

 

Para fomentar esa empatía retrospectiva cultural, de la que hablamos, no queda otra que hacerlo en modo intergeneracional. Mayores y jóvenes necesitan espacios de encuentro, de diálogo, de aprendizaje mutuo. Y esos lugares, como no, son las bibliotecas. Así que por aquello de predicar con el ejemplo contemos alguna batallita cual abuelo Cebolleta (¿a algún millennial le sonará aún lo de abuelo Cebolleta?).

Hace unos años, en una tormenta de ideas para un proyecto de dinamización de bibliotecas (que se quedó en barbecho): el que esto escribe propuso un taller Benjamin Button. Un taller bajo el nombre del protagonista del relato corto de Scott Fitzgerald: El curioso caso de Benjamin Button, que la adaptación al cine de David Fincher, ayudó a  popularizar en 2008.

 

La propuesta en cuestión consistía en organizar un taller/espacio digital intergeneracional entre jubilados y jóvenes.

La idea era que a través de los gustos musicales, cinematográficos o literarios de ambas franjas de edad se plantease un survivor (como dicen los modernos). Es decir, que a través de las votaciones de mayores y jóvenes: se llegase a completar una selección de discos (la música la primera por ser la que facilita una conexión más inmediata), películas y libros ‘aprobados’ por ambas generaciones. Un archivo de gustos comunes que, más allá de barreras generacionales, aglutine puntos en común a través de la cultura.

 

 

Si Benjamin Button nacía anciano y moría bebé: se trataba de facilitar viajes a través de los tiempos culturales de cada grupo. Tal vez una utopía pero que sonaba bien sobre el papel.

Después de todo, que alguien que fue joven en los años 50 termine tarareando, por ejemplo: Un veneno de C. Tangana; y que un imberbe nacido en los 2000 termine apreciando Sabroso de Compay Segundo: no tiene porque ser tan difícil. Aunque solo fuera por hacerle la pascua a las industrias que necesitan que nuestros gustos se ajusten siempre a un estereotipo.

 

De ese modo la advertencia que la compañía Disney se ha visto obligada a colocar en su reedición de clásicos podría lucir orgullosa en toda biblioteca rezando así:

«Estas bibliotecas presentan las obras de sus fondos tal y como fueron creadas originalmente. No solo podrían, es que pueden y quieren, contener representaciones culturales obsoletas.»

 

La obsesión por no quedarnos obsoletos (mental o físicamente) nos aboca a una continua ansiedad. El quedarse desfasado según los parámetros que marca el momento angustia por igual a jóvenes y a maduros.

Si en los 70 Woody Allen definió en sus películas el prototipo de neoyorquino acelerado y neurótico: ahora gracias a las nuevas tecnologías todos parecemos neoyorquinos.

Gracias al móvil y sus aplicaciones todos nos quedamos obsoletos en 0,2. El estrés oxidativo nos marca el paso a ritmo del teclado. Y el tiempo avanza igual: es nuestra percepción la que se altera. Una ansiedad moderna de la que, al igual que hace Allen en su cine, habrá que saber reírse (y resistirse). Y el cantautor australiano, de padre español, Josef Salvat lo hace ingeniosamente en el brillante vídeo para su tema, no por casualidad, titulado Modern Anxiety.

 

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Mi biblioteca y otros animales

 

La crónica bibliotecaria de estos últimos días viene cargada de noticias que le darían a J.K. Rowling para una nueva entrega de sus animales fantásticos. No tanto por la magia como por el hecho de toparse con animales allá donde uno no espera encontrárselos: en bibliotecas.

Perros y bibliotecas es una asociación que ya no sorprende a nadie. El programa Perros y Letras R.E.A.D. España es la adaptación a nuestro país del programa originario de los Estados Unidos que creó, en 1999, la organización Intermountain Therapy Animals para mejorar la vida de las personas mediante la interacción con animales. Durante los últimos años han sido varias las bibliotecas que han celebrado cuenta cuentos con perros adiestrados. Lo que no es tan habitual es toparse con serpientes en una biblioteca.

 

 

Tal cual como le pasaba a Elsa Pataky, en esa pieza de culto friki que fue Serpientes en el avión (2006), Peggy Goforth, bibliotecaria responsable de la Biblioteca Pública del Condado de Madison: tuvo un encuentro no demasiado agradable con estos reptiles en su biblioteca.

Un usuario se acercó al mostrador a quejarse porque había detectado a una persona en la biblioteca con una serpiente en una bolsa.

Cuando la bibliotecaria fue a preguntar a la persona en cuestión por el contenido de su bolsa, el hombre, la volcó sobre el mostrador para mostrarle unas doce serpientes, desde pitones a boas, que comenzaron a reptar alrededor mientras el orgulloso propietario les decía los nombres de sus mascotas como si de hijos se tratasen.

Hábilmente, la bibliotecaria le hizo notar al usuario que la presencia de sus queridas mascotas incomodaba al resto de usuarios (tanto es así que hubo que pedir asistencia para una mujer que sufrió un ataque de pánico): por lo que le pidió con mucho tacto que se llevara a las serpientes de la biblioteca: a lo que el hombre accedió comprensivo.

 

The Living Reptile Museum Summer Reading Presentations es un programa de lecturas y actividades con serpientes dirigidas a bibliotecas.

 

La película basada en las memorias de Benjamin Mee, que junto con su familia, adquirió un zoológico abandonado para vivir en él.

Pero tal y como cuentan en ‘Citizen Times‘: las serpientes no son los únicos animales «fantásticos» que han visitado la biblioteca del Condado de Madison. Los usuarios de esta biblioteca parecen tener una afición un tanto desmedida por hacerse acompañar por sus mascotas en sus visitas a la biblioteca.

Los perros y gatos no son nada si se tiene en cuenta al listado de animales que han tenido de visita durante solo el último año: un mono, una rata, arañas, un hurón, loros, pollos, jerbos, conejillos de indias o hámsteres, entre otros.

Puede que también tenga que ver el hecho de que la propia biblioteca ha mostrado un talante muy animal friendly a la hora de programar algunas actividades. En una ocasión hicieron llevar una granja de hormigas para mostrarla en el centro, y la persona encargada olvidó cerrar la tapa: por lo que las hormigas se desperdigaron por toda la biblioteca.

Hormigas entre libros: da para título de cuento infantil o relato de terror.

Un arca de Noé bibliotecario que se les ha ido de las manos, a partir del incidente con la bolsa de serpientes, y les ha obligado tomar medidas. La Junta de Comisionados del Condado ha elaborado un reglamento que limite la presencia de mascotas en las bibliotecas a los perros-guía excluyendo cualquier otro tipo de mascota.

 

Terry L. Vandeventer, de The Living Reptile Museum, ejerciendo como el ‘snake man’ en una biblioteca.

 

Las bibliotecas de nuestro país son menos exóticas en ese sentido. Más allá de los perros, no es habitual encontrarse con situaciones comprometidas en cuanto a la presencia de animales en bibliotecas. Tampoco es que España, históricamente, pueda erigirse en ejemplo de país comprometido con los derechos de los animales.

Afortunadamente en los últimos años este asunto está, poco a poco, ocupando espacio en los medios y en los debates políticos. La última noticia esperanzadora ha sido la aprobación en Extremadura de la Ley 10/2019 de protección civil y gestión de emergencias. Una ley que se ha convertido en la primera normativa española que contempla a los animales, cuando de organizar planes de evacuación ante catástrofes, se trata.

Pero una cosa son los derechos de los animales y otra las reglas de convivencia con los humanos. La presencia de mascotas personales en las bibliotecas (tal y como han decidido en la «zoológica» biblioteca del Condado de Madison) se circunscribe a perros guías.

Pero el debate está en el aire: ¿debería ampliarse la presencia de mascotas (perros mayoritariamente por ser más fácilmente adiestrables) en espacios públicos comunes como son las bibliotecas? Un asunto a debatir en el que surgen posturas de lo más opuestas entre quienes abogan porque estos centros sean dog friendly y los que no ven necesidad, o incluso ven como una molestia, la presencia de mascotas en bibliotecas.

 

Pipper, el perro viajero. La mascota del periodista donostiarra Pablo Muñoz Gabilondo se ha hecho célebre por viajar por toda España junto a su dueño constatando lo dog friendly que son las ciudades de nuestro país.

La cantante, compositora y productora Lorde.

Precisamente la cantante Lorde, la esperanza de la música según declaró Bowie en un alarde de entusiasmo poco habitual por parte del duque blanco, acaba de comunicar a sus fans que su próximo disco retrasa su fecha de publicación debido a la muerte de su perro Pearl.

Lorde ha declarado que era su perro quien le dirigía hacia las ideas que conformaban su nueva obra y «que ya no hay un pastor que me guíe para ver cómo será la obra». Con su anterior disco, Melodrama, la compositora, cantante y productora neozelandesa reafirmó su talento y personalidad. Y, precisamente, de melodrama millennial tachan algunos el hecho de que vaya a reformular su tercer disco, y a posponer su lanzamiento, por el hecho de haber perdido a su mascota.

Sócrates, el perro peripatético de Joann Sfar y Christopher Blain: reflexiones en torno a los humanos desde el punto de vista de un perro filósofo.

Problemas del primer mundo que confunden los afectos en una sociedad desnortada según algunos; algo con lo que empatizar según otros. El caso es que cuando se habla de mascotas (sobre todo perros y gatos) se hace casi inevitable incurrir en alguna frase hecha tipo ‘se les quiere como a uno más de la familia’.

La relación entre las personas y sus mascotas habla mucho de la sociedad en la que vivimos, en positivo y negativo, y es un asunto que no ha hecho más que empezar.

Un debate que se complica aún más cuando se cruza otro tema de candente actualidad como es la alimentación y las industrias cárnicas. En este sentido el libro de la psicóloga y socióloga Melanie Joy sintetizaba maravillosamente el asunto simplemente con su título:

 

 

El documental de Gustavo Salmerón sobre su madre muestra, entre otras muchas cosas, lo importante que es elegir correctamente al animal que queremos como mascota. Y un mono no es la mejor opción.

En la sección que ‘El País’ dedicó a figuras relevantes en diversos ámbitos y a sus mascotas, una de las entrevistas más jugosas, vino de la mano de una gran amante de los perros como es Rosa Montero. La escritora y periodista es hija de banderillero, ella no puede ser más antitaurina, pero en dicha entrevista reconoce que el amor por los animales le vino inducido por su padre.

Contradicciones, incongruencias según quien las mire, paradojas que hacen aún más complejo el debate. Un asunto, el de la presencia de mascotas en espacios públicos humanos, que lejos aminorarse no parece haber hecho más que empezar. Y que por lo tanto requerirá de reflexiones por parte de las bibliotecas.

Pero sería un desperdicio acabar este post sobre animales y bibliotecas sin citar la noticia más #bibliobizarra de los últimos años.

 

 

Según relata ‘The Guardian‘ (aunque la noticia es tan jugosa que ha aparecido ya en muchos medios): se ha recurrido a 500 cabras para salvar, de los incendios que están devastando California, a la biblioteca presidencial de Ronald Reagan. Los chistes son tan facilones que nos los vamos a ahorrar.

El caso es que un ejército caprino hambriento desbrozó los trece acres de matorral seco que circundaban a la biblioteca presidencial, y de este modo: formaron un cortafuegos natural que puso a salvo a la institución.

Afortunadamente la empresa propietaria de las cabras supo contenerlas a tiempo de llegar hasta la propia biblioteca. El festín de papel que se podían haber dado hubiera sido pantagruélico. Claramente puede que las bibliotecas lleguen a ser dog friendly, pero difícilmente serán cabra friendly, y visto lo que han hecho al salvar una biblioteca: no deja de resultar injusto.

Y para terminar nada mejor que rescatar el vídeo del grupo Capital cities para su tema Kangaroo Court. Animales antropomorfos que nos sirven para pensar sobre cuán cerca y lejos estamos las distintas especies que habitamos este planeta; y lo fácil que es llegar a confundirnos si lo miramos todo desde una perspectiva únicamente humana.

 

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Bibliotecas recicladas, bibliotecas circulares

 

En enero de 2018, la noticia sobre unos basureros turcos que habían formado una biblioteca gracias a los libros que rescataban de la basura: ayudó a completar el reducido cupo de noticias edificantes/curiosas en torno a la cultura que se permiten los medios generalistas.

La noticia satisfacía dos conciencias colectivas asumidas en positivo por el discurso de nuestro tiempo: la ecológica y la cultural. Por un lado, la necesidad de reciclar como respuesta ciudadana ante la deriva desbocada de la sociedad de consumo; y por otro, esa visión romántica y apocalíptica que sugiere la idea de un libro desechado como metáfora de una civilización en decadencia. La ración homeopática justa para que a continuación los medios (y quien dice medios incluye también al runrún incesante de las redes): puedan proseguir llenando de basura informativa la crónica de actualidad.

 

Uno de los bancos, con forma de libro, desde los que contemplar el Bósforo en Estambul.

 

Lo que hubiese alterado, profundamente, el sentido de la noticia de haberse descubierto: es el hecho de que, imaginemos, algunos de esos libros hubieran sido expurgados de una biblioteca. Al decir esto en un blog cultural orientado, principalmente, al gremio bibliotecario no se corre ningún peligro. Pero la misma información soltada a bocajarro ante la mesa de algún concejal de cultural o de una asociación de vecinos: puede dar más armamento electoral a la oposición política que la recalificación urbanística de un parque natural.

Que los basureros reciclen libros y con ellos monten una biblioteca es algo reconfortante. Denota el espíritu de progreso de unos proletarios; expresa el respeto que aún se conserva, pese a todo, en esta sociedad hacia los libros. Un respeto tan, tan grande en muchos casos, que por eso un gran porcentaje de ciudadanos ni se les ocurre acercarse a ellos. Es el mismo respeto que lleva a declarar en las encuestas que se está a favor de las bibliotecas: aunque jamás se pise una.

 

El libro posee un valor cultural tan importante en Francia que encontrarse uno en la basura es algo inconcebible para muchos.

 

Una doble moral en la que, muchos por no decir todos, caemos si no es en el asunto de los libros, o en el del reciclaje: en algún otro, que igual, no queremos reconocernos. El sentimiento de culpa, que tan magistralmente administraba la religión: ahora se ha potenciado en tantos ámbitos de nuestra vida que ya no hay escapatoria posible. Y la persecución de cualquier desliz se denuncia con severidad, La picota digital no tiene un segundo de descanso.

La homeopatía, remedios naturales y demás conocimientos de los englobados dentro de las denominadas pseudociencias son uno de los nuevos anatemas. Y pobre de la biblioteca, centro educativo o espacio cultural, que en un despiste, dé cobijo a alguien que defienda algo que se pueda asociar, remotamente, a alguno de estos asuntos.

 

Noviembre fue el mes elegido para convertirse, cada año, en el mes de la divulgación científica en las bibliotecas gallegas.

 

Afortunadamente la ciencia y su divulgación (gracias en parte a las bibliotecas) están desvelando a mucho gurú falso (¿hay alguno verdadero?): pero el encono y la vehemencia que se pone en la persecución de los que aún confían en estos remedios remite a tiempos propios de supercherías y represión inquisitorial. Y ya que estamos en ambiente medieval hagamos un poco de abogados del diablo.

Si un usuario, que como todos, paga los impuestos con que se sostienen las bibliotecas públicas quiere creer en: el tarot, la medicina natural o los remedios caseros, y solicita que se le compren esos libros: ¿han de respetarse sus gustos o ha de ser incluido en la lista de sospechosos en la que, inevitablemente, entraría uno que solicite un manual para formar parte del ISIS?

 

Como se puede comprobar este post viene torrefacto. Porque ahora volviendo a cuestiones de reciclaje y respeto por el medio ambiente nos preguntamos, una vez más: ¿qué se puede hacer desde las bibliotecas? Y echamos un nuevo tronco a la hoguera: ¿qué pasa con los carnés de biblioteca?

Hace un tiempo eran de cartón aunque, en muchas bibliotecas, se plastificaban o recurrían a fundas de plástico: con lo cual tanto daba. Si ya existen los DNI electrónicos y con ellos se pueden hacer infinidad de gestiones: ¿no sería la mejor opción para jubilarlos? Aunque es más probable que sean los móviles, a través de la consiguiente app para hacer préstamos, los que den el tiro de gracia a los carnés de biblioteca.

 

En el reciente viaje de Infobibliotecas a Liberia, una de las visitas, fue a una planta de reciclado de Coca-Cola. En ella se prensaban las botellas del refresco y se procedía a reciclarlas, para con ellas , fabricar desde una cancha de baloncesto al suelo para una escuela o biblioteca.

Coca-Cola, empresa emblemática del capitalismo occidental: ha lanzado su primera botella  fabricada con plástico reciclado recogido de los océanos.

 

Aunque si a esas olas de indignación y linchamiento que diariamente recorren las redes les diera por girar su mirada hacia las bibliotecas: igual no era tanto por el plástico de los carnés sino por el papel de los libros.

Las arrinconadas bibliotecas siempre podrían blandir las estadísticas crecientes de préstamos digitales de libros y películas, como atenuante de conciencia ecológica. Pero, una vez han mordido a la pieza, las jaurías de las redes no sueltan tan fácilmente a su presa.

Por ello el informe que acaba de publicar el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) sobre la economía circular de los libros nos deja varios apuntes de especial interés para repasar.

 

 

¿Hacía una economía más circular en el libro? es la pregunta que encabeza este pormenorizado estudio sobre la situación de los libros de papel y su impacto en el medio ambiente.  Para ello se centra, sobre todo, en soluciones para el sector editorial que los produce: pero abarca a todos los escenarios por los que se mueve el libro incluyendo, claro está, a las bibliotecas.

El reciclaje se erige en la solución mayoritaria para dar salida a la cantidad ingente de libros que se desechan en grandes cantidades. Pero no la única. Según los datos recogidos en el informe del 30% al 70% de los libros desahuciados podrían ser reciclados como papel para imprimir, y el resto, serviría para fabricar productos a base de fibra como cajas, toallas de papel o papel higiénico.

 

Una nueva ecología del libro es posible.

 

La WWF señala la sobreproducción editorial como uno de los mayores problemas para esta economía circular del libro. Por eso insiste en la necesaria racionalización y transparencia de los procesos de la industria editorial, como primer paso, para revertir los efectos nocivos de tantos libros desechados. Y hacia el final, da soluciones para cada uno de los actores que interactúan en el mundo del libro. En nuestro caso, como es de esperar, nos quedamos con los consejos dirigidos a bibliotecas:

  • según señala el informe las bibliotecas ya son un modelo de economía funcional o economía compartida o solidaria: por lo tanto tienen puntos a favor desde el punto de vista ecológico.
  • centrándose en algo que escandaliza, cada cierto tiempo, a personas poco familiarizadas con las bibliotecas y su funcionamiento y/o a medios necesitados de polémicas: el necesario expurgo que llevan a cabo las bibliotecas puede verse compensado con una política de donaciones o ventas de segunda mano. En cuanto a los impedimentos legales que puedan surgir de cara a estas ventas el estudio lo dice claro: «el argumento legal que se usa a menudo para oponerse a la reventa en bibliotecas no tiene una base real, y la jurisprudencia claramente favorece la donación o venta a un precio bajo.»
  • las bibliotecas deben ser centros de recolección para el reciclaje efectivo de libros que no puedan venderse o donarse. WWF pide transparencia a las bibliotecas en la gestión de los libros una vez son desechados.
  • como espacios privilegiados a la hora de llegar a un público joven, las bibliotecas son lugares idóneos para fomentar y educar en la reutilización y el reciclaje, de todo en general, y de los libros en particular. A través de actividades lúdicas y atractivas practicar la pedagogía en torno a la ecología del libro en las bibliotecas.
  • para el final el informe deja una nota a destacar: las bibliotecas en realidad solo representan el 2% de las compras de libros. El mayor porcentaje, un 98%, lo tiene la compra por parte de particulares. Claro que están hablando de Francia; no de España.

 

 

Precisamente en la web El asombrario & Co. se publicaba hace unos días un artículo con un título de lo más positivo: Los libros de papel resisten y se hacen más sostenibles. En él, aparte de abundar en las noticias que confirman la vigencia del libro en papel y el estancamiento del digital: se habla del sello de certificación ecológica FSC que garantiza que el papel que llega al consumidor haya pasado por todos los estándares de sostenibilidad.

En España hay pocas editoriales que se hayan sumado a esta certificación en sus libros.

La primera en hacerlo fue Penguin Random House cuando lanzó en nuestro país el libro de Isabel Allende: El bosque de los pigmeos. Y desde entonces han estado trabajando hasta conseguir, en este 2019, que todos sus libros puedan lucir dicha certificación.

Otros sellos como Impedimenta, Errata Naturae o Plaza y Valdés ya están utilizando también papel con el sello FSC en muchos de sus libros. Apuestas de futuro que nos afectan a todos: librerías, editoriales, lectores y bibliotecas.

Bibliotecas recicladas (en el amplio sentido de la palabra), bibliotecas circulares. En definitiva, bibliotecas por el futuro.

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Bibliotecas bailando con el diablo a la luz de la luna

 

Por si la maquinaria publicitaria de Warner Bros no fuera suficiente, desde Infobibliotecas (generosos que somos), vamos a ayudarles a promocionar su película Joker (2019). Hemos recurrido a una antológica frase del personaje para titular el post. Aunque la frase en cuestión ni siquiera es de la película de Todd Phillips, sino que la pronunciaba hace veinte años otro Joker memorable: Jack Nicholson en la primera de Tim Burton. Y además, en realidad, de lo que vamos a hablar es de bibliotecas. En fin, pese a todo, esperamos que la Warner sepa apreciar el detalle.

 

Batman-Gotham

Parte de la campaña de marketing de la película pasaba por pedir precaución frente a posibles atentados en cines o llamadas a disturbios tras ver la película. Y resulta que, en vez de en los lejanos Estados Unidos, las escenas callejeras violentas, más recientes, las estamos viviendo mucho más cerca. En una tierra cuyas bibliotecas, símbolo de diálogo e integración, siempre han sido modelos en los que inspirarse.

El Joker les decía, poéticamente, esa frase a los que a continuación iba a asesinar. Y en este post viene bien para hablar de esas amistades peligrosas que, en ocasiones, pueden establecer las bibliotecas. Unas amistades que nunca se sabe si te llevarán por el buen camino.

Por otro lado, que en este 2019, el Día de las Bibliotecas, coincida con el día en que finalmente los restos del dictador abandonan el Valle de los Caídos: no podía dejarse pasar sin hacer alguna interpretación de las que tanto nos gustan en este blog. Quien no arriesga no gana. Y riesgo, en este post, lo que se dice riesgo: no va a faltar.

 

El término marketing ha abierto a la puerta a muchos otros anglicismos. Este libro sobre branding es de los más recientes sobre marketing cultural.

 

Las XX Jornadas Bibliotecarias de Andalucía, que tuvieron lugar los días 18 y 19 de octubre: han girado en torno a la importancia de tener una marca propia que nos identifique.

El hashtag #marcabiblioteca y un estupendo spot publicitario lo dejaban claro. Y como en este blog hemos dedicado ya varios post a observar con descaro a la publicidad y sus estrategias para relacionarlas con el mundo bibliotecario (el más reciente: Pausa publicitaria para bibliotecas): no podíamos más que sentirnos interesados.

Por mucho que el diccionario de la RAE siga poniendo la palabra marketing en cursiva remitiéndonos al término más apropiado de mercadotecnia: la batalla parece perdida.

La irrupción de la jerga publicitaria-comercial en todos los ámbitos parece imposible de revertir. Y hasta en esos templos del saber defendidos por los guardianes del conocimiento (sic): el mercadeo está a la orden del día. Que no los llames usuarios que son clientes; que no lo llames plantilla que son recursos humanos; que no lo llames préstamos que son alquileres… Ah, no, esto último lo confunden algunos usuarios/clientes.

El caso es que el ambiente era más que propicio para que las Jornadas andaluzas se lanzasen apelando a la #marcabiblioteca. Y visto lo visto, a través de las redes, superaron las expectativas.

Arrancar a ritmo de Grease con número titulado «Las cosas ya no son lo que eran» ya fue un toque de atención. Si los medios en general se hicieran eco de los eventos bibliotecarios igual que se hacen eco de los eventos de otros sectores: el estereotipo bibliotecario, en el que tanto empeño ponemos por demoler, estaría ya hecho ruinas.

Pero estamos hablando de cultura y el espacio para la cultura en los medios es como aquella película de los 70: Pierna creciente, falda menguante (1970). Y lo de pierna creciente, por mucho que lo pueda parecer, no está metido con calzador. En las Jornadas Bibliotecarias Andaluzas hubo una llamada a la concupiscencia que ríete tú de las películas del destape.

La protagonista fue la bibliotecaria de Villena, Ana Valdés, que junto con el polifacético Nèstor Mir (bibliotecario, músico, dramaturgo, escritor y dinamizador cultural): presentaron su ponencia sobre el movimiento de las Bibliotecas inquietas, que partiendo de Valencia, amenaza con infestar a todo el orbe bibliotecario. Si la cosa había empezado con Grease estuvo a punto de concluir con un estriptis en toda regla.

 

 

Llámenos exagerados pero el momento en el que Ana dejó caer el cárdigan al suelo es equiparable a cuando Rita Hayworth se quitó el guante en Gilda (1946). Pura provocación al santo oficio bibliotecario guardián de las esencias de la ranciedad bibliotecaria más recalcitrante. Ana Valdés, Gilda bibliotecaria, a un paso de la excomunión.

La deriva que ya apuntábamos en Cabaré bibliotecario supera lo anecdótico para amenazar con abrir vías de futuro para las bibliotecas. En aquel post eran los bibliotecarios ingleses los que habían recurrido a un ardid legal para ampliar los horarios de las bibliotecas camuflándolas/confundiéndolas con cabarés. Y una vez se da el primer paso para adentrarse en lo prohibido: la vuelta atrás se torna imposible.

El pasado, últimamente, no para de entrometerse en el presente. Que si el Brexit como nostalgia por un imperio que, what a pity!!, no va a volver; o la exhumación de un dictador que coincide con la celebración del Día de las bibliotecas 2019. ¿Casualidad? No creemos en las casualidades. En este blog somos adictos al efecto mariposa. Y si exhuman a Franco el Día de las bibliotecas es porque el destino, o lo que sea, nos está enviando más señales que un neón a punto de fundirse.

 

Franco inaugurando el primer bibliobús en 1953: adviértase la mirada de ¿desconfianza? ante tanto libro en libre circulación.

 

En Biblioteca yé-yé (o de lo tipycal spanish en bibliotecas) indagamos en lo que había aportado España al mundo bibliotecario. El resultado de las pesquisas nos llevó a concluir que la aportación al mundo bibliotecario netamente español fue un invento franquista: las casas de la cultura. Y ahora los ingleses, los del Brexit, los que inventaron las bibliotecas publicas andan a vueltas con un invento Made in Spain.

Los planes de futuro para las bibliotecas de la ciudad inglesa de York que tienen sus responsables políticos pasan por alejarse de la idea de edificios dedicados en exclusividad a bibliotecas. Hay que compartir espacios o dejarse invadir por ofertas que, en principio, no se contemplaban como propias de una biblioteca.

 

Carné de las bibliotecas de la ciudad inglesa de York.

 

Cafeterías, asociaciones de vecinos, clubes juveniles, ONGs, etc… Edificios multiespacios que acojan a las bibliotecas, pero que den cabida a mucho más. Tal como las casas de la cultura españolas. Hasta aquí no tendría porque sonar mal. En los tiempos de los coworking, de los espacios públicos flexibles, de servicios al ciudadano integrados: las bibliotecas pueden aprovechar las sinergias que surjan de compartir espacios. El matiz viene de cómo se dibuja esa idea en la mente de los responsables políticos.

Según los promotores, el convertir los edificios de las bibliotecas en edificios multiusos hará que York tenga las mejores bibliotecas del Reino Unido. Y eso pasa por ‘identificar posibles socios y el desarrollo de futuros negocios para la inversión». ¿Qué alianzas serán las que busquen? ¿quién ejercerá de anfitrión? ¿la biblioteca o la cafetería? La convivencia público-privado es algo que ni se plantea (de lo asumido que lo tienen) en las bibliotecas del otro lado del charco. El temor a que se desvirtúe el concepto biblioteca está ahí: pero eso no debe paralizarnos.

 

Hive@central es un espacio incubadora de pequeñas empresas y un centro de recursos empresariales de la Biblioteca Pública de Phoenix. 

 

‘Contamíname, mézclate conmigo’ que cantaban dos iconos de la progresía y la lucha antifranquista desde la cultura como Ana Belén y Victor Manuel. Y precisamente, una de las actuaciones suspendidas por los disturbios en las principales ciudades catalanas: ha sido la de la última gira de Ana Belén en Girona.

Los tiempos corren confusos y peligrosos y hay que estar pendientes de esos fascismos cotidianos que terminan enquistándose. Una canción como ‘España, camisa blanca de mi esperanza’ que en su momento llamaba a la concordia y la conciliación, en estos días en Cataluña puede sonar provocadora. La provocación, como siempre, en la mirada y los oídos del que ansía ser provocado.

En un tiempo de exacerbación de las identidades, de exclusión y tribalismo: el futuro tal vez pase por asumir sin miedo la disolución. Bibliotecas solubles mezclándose sin miedo a perder su identidad. Si el libro impreso está demostrando ser más resiliente de lo que tantos vaticinaron: ¿por qué no han de serlo también las mejores guaridas que ha tenido hasta el momento?

En este post hemos hecho cohabitar, como en unos de esos edificios multiusos a los que aspiran los políticos de la ciudad de York: al Joker con Franco, el Brexit, el estriptis y las bibliotecas. Una vecindad de lo más estrafalaria y extrema. Pero cuando hay fe en la cultura como herramienta de progreso, y no como excusa para medrar o dominar: la convivencia siempre es posible.

 

 

Pero cerremos el círculo. El clásico Smile se ha convertido en tendencia en Youtube gracias que suena en Joker (2019). Entre los muchos intérpretes que ha tenido la canción se encontraba Nat King Cole. ¿Qué porqué elegimos su versión en lugar de la de Jimmy Durante que es la que suena en la película? Por varias razones.

La Biblioteca Pública de la ciudad estadounidense de Avon es un ejemplo de esa buena vecindad de la que hablábamos. En esta ocasión entre lo que se espera de una biblioteca; y lo que se espera de una sala de conciertos.

Un gran piano de cola destaca entre estanterías y zonas de lectura rompiendo, de manera habitual, el sacrosanto silencio. Y precisamente, en su programación de conciertos para este 2019, se incluía uno dedicado a Nat King Cole.

Además Nat King Cole, que arrasaba en la España de los 50, fue censurado por el franquismo cuando interpretaba la canción Cachito. Que un afroamericano de dos metros cantase con voz insinuante a las virtuosas españolas de la época aquello de: «cachito, cachito, cachito mío, pedazo de cielo que Dios me dio»: solo podía interpretarse, por parte de los censores, como una alusión velada a su miembro viril. Una provocación en toda regla. Aunque en realidad se trataba del diminutivo cariñoso con el que la autora del tema, Consuelo Velázquez, llamaba a su hijo.

Tras algo así solo cabe reírse y bailar. Bibliotecas bailando con el diablo y sonriendo a la luz de la luna para desear un ¡¡Feliz #DíaDeLasBibliotecas 2019!!

 

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Reality show de biblioteca

 

Recientemente el periódico británico ‘The Guardian’ ha ido publicando listas de las 100 películas, discos, libros y shows de televisión más relevantes en lo que va de siglo. En el puesto 33 del listado referente a programas de televisión aparece Big Brother, y en el primero: Los Soprano. No vamos a discutir lo acertado de aupar la serie de Tony Soprano al primer puesto: pero por mucho que nos gusten Los Soprano: si hay un programa de televisión que ha marcado culturalmente al nuevo siglo ese ha sido, sin duda, Big Brother.

 

 

Andrea Caracortada interpretada por Victoria Abril en Kika (1992): pertrechada para el sensacionalismo.

Pero un inciso antes de ir al asunto: ¿no deberíamos lanzar desde Infobibliotecas una votación para que los bibliotecarios de habla hispana votásemos los mejores libros, películas, discos y cómics de cada año y convertirlo en costumbre?

¿No sería una buena manera de aumentar nuestra presencia en redes y medios si nos ponemos a ello? Nos quedamos rumiando la idea, a ver si conseguimos llevarla a cabo, y alcanza más ediciones que Big Brother.

Pero restableciendo la conexión con la casa de Gran Hermano. España tiene el dudoso honor de ser el país que más ediciones del programa de telerrealidad Gran Hermano acumula. Fue allá por el 2000 cuando la autodenominada cadena amiga, que más formatos (que no contenidos) innovadores ha importado o creado: compró los derechos del formato televisivo ideado en Holanda. Un formato que ha invadido, en sus diversas variantes, las parrillas televisivas de todo el mundo.

 

 

Sopladores de vidrio, constructores de escenarios con piezas Lego, forjadores…la variedad del mundo de la telerrealidad no parece conocer límites como recogía no hace mucho una crónica en ‘El País‘. A este paso no habrá gremio que quede fuera de algún tipo de reality televisivo. Pero ¿dónde están las bibliotecas en esto de la telerrealidad? Si rebuscamos las conexiones terminan por aparecer.

Las escritoras Germaine Greer, Lucía Etxebarría, Isabel Pisano, el director de cine Ken Rusell o el cantante punki Johnny Rotten: son algunos de los concursantes en distintos realities cuyas obras lucen en las estanterías de la mayoría de bibliotecas. Y si bien, ninguno de ellos debe su fama a lo que muchos consideran el episodio más bochornoso de sus respectivas carreras: no es improbable que, algún día, al igual que hay discos de David Bisbal, Kelly Clarkson o Amaia: la obra literaria del ganador de un reality luzca en las estanterías de las bibliotecas.

 

 

De momento la que llegará en breve es la última novela de Salman Rushdie con un título tan español como Quichotte. En ella, su protagonista, un escritor sin éxito de novelas de suspense, consume reality shows de manera compulsiva hasta caer rendidamente enamorado de un ex estrella de Bollywood. En pos de su amada inicia un viaje por los Estados Unidos en compañía de su hijo imaginario de nombre Sancho. Como paisaje de fondo de esta road novel van desfilando muchos de los problemas más acuciantes de la vida cotidiana de los estadounidenses.

Rushdie se empapó de realities para documentarse. Según ha declarado en una entrevista promocional: todos nadamos en el mismo mar (seamos o no espectadores de realities) porque el ambiente de verdades y mentiras que generan afectan a nuestro entorno, e inevitablemente nos condicionan de un modo u otro. Cabe preguntarse, si acaso alguien no lo ha hecho ya: si el autor de los célebres Versos satánicos aceptaría participar en uno de esos programas. Siempre con coartada sociológica-cultural, por supuesto.

 

En 2013 el grupo folclórico puertorriqueño Guamanique elaboró un proyecto de reality show en el que grabasen su gira como una forma de financiarse. Lo vendieron como ‘el primer reality cultural’ pero no obtuvieron respuesta.

 

El escritor…Un reality de novela fue el título de un proyecto televisivo que la productora Only Productions, allá por 2015, quiso poner en antena. Al igual que se han evaluado las habilidades canoras, culinarias, seductoras, danzarinas o de supervivencia: se pretendía evaluar el talento literario de 12 jóvenes escritores. Pero la propuesta no llegó a buen puerto.

No es algo nuevo, a principios de década, la televisión italiana anunció un programa de similares características bajo el nombre de Masterpiece (Obra maestra), en el que el premio para el vencedor consistía en un contrato editorial y una fuerte campaña de publicidad.

Y en el 2012, en el I Premio Global Village de Novela en México, el premio para los autores de las diez mejores novelas seleccionadas: consistía en participar como concursantes en el reality show El juego de los escritores.

El concurso italiano llegó a coronar a un ganador, pero su audiencia fue tan baja, que las aspiraciones de vender el formato a cadenas de otros países se vieron frustradas. Y a tenor de un artículo del blog Writer beware (Cuidado con el escritor), el listado de fracasos televisivos a la hora de unir espectáculo y literatura ocupa varios cajones en las productoras de televisión.

 

Los ganadores del reality show holandés ‘El pueblo español’ en su casa en Polopo.

 

Tal vez si prospera el formato del reality show holandés, El pueblo español, hayan nuevas vías que explorar en torno a la idea de un reality bibliotecario. El concurso holandés ha sido noticia en los medios españoles, recientemente, por haber cambiado por completo la vida un pequeño pueblo de Las Alpujarras (Polopos).

Durante seis meses, 10 parejas tenían que vivir en el pueblo y aportar propuestas para revitalizar el, cada vez más deshabitado, Polopos. El caso es que los ganadores, decididos a quedarse a vivir en el pueblo, van a invertir los 20.000 euros del premio en abrir una residencia artística en el pueblo. Y como consecuencia directa del éxito de audiencia, la afluencia de turistas holandeses a la localidad granadina, no para de incrementarse.

¿Nos aguantamos las ganas de hacer una lectura en clave política? Pues no. Nuestros políticos, en campaña electoral, se llenan la boca con lo de la España vacía y ahora vienen los flamencos (los de la Europa del norte no los de las cuevas del Sacromonte): y aportan soluciones. Mientras los políticos españoles alcanzan niveles propios de un Gran Hermano: la realidad, la de verdad, no la de los políticos, se busca la vida en formato reality.

El aprendiz de celebridad: el reality show de Donald Trump. Siete años después del show Trump ha convertido en un reality show la presidencia de los Estados Unidos.

 

¿Qué posibilidades abre esto para el mundo bibliotecario? ¿Cuántas bibliotecas de pequeñas (y no tan pequeñas) poblaciones, arrinconadas por sus concejales o consejeros, no serían maravillosos platós para realities del tipo del holandés? ¿A qué están esperando las productoras para idear algo similar? Nuestra serie El ángel exterminador bibliotecario es un cajón de ideas a explotar en ese sentido.

¿En qué otro lugar podría darse un casting más heterogéneo que en una biblioteca?  ¿Dónde hay más rincones para, ponérselo difícil a las cámaras, y practicar el flirteo entre estanterías? ¿Qué hay de la emoción, hasta las lágrimas, cuando un usuario localiza disponible la siguiente temporada de su serie favorita? ¿En qué otro hábitat adverso se podría ambientar mejor un concurso de supervivencia para los que despectivamente tildan de ninis y chonis? Por no abordar cuestiones de personal y presupuestos, con las que ya entraríamos en el subgénero de las snuff movies. Biblioteca choni: tiki tiki. Lo vemos.

 

 

Como se lamentaba Vargas Llosa en su ensayo: “en la civilización del espectáculo el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda”. Claro está, que repasar lo que de manera tan sensata planteaba Vargas Llosa, mientras se miran sus fotos junto a Isabel Preysler en el ¡Hola!: puede resultar una de las experiencias más paradójicas de nuestro tiempo.

La delgada línea que separaba a la civilización del espectáculo ha resultado ser de papel cuché. Para regocijo del paisano de Vargas Llosa: el literato (pero también estrella televisiva) Jaime Bayly.

El autor de Pecho frío abrazó sin prejuicios, desde el principio, referentes de la cultura popular en su literatura. Por eso no es de extrañar que le dedicara varios artículos al romance. Una prueba de que los escritores puede ser tan buenos como los ninis a la hora de dar espectáculo tirándose los trastos a la cabeza públicamente.

El caso es que, como aseguraban en este divertido y completo repaso a la historia de los realities en España: el formato no parece dar síntomas de agotamiento. E igual que las denostadas españoladas del cine de los 60 ahora son magníficos documentos sociológicos para estudiar aquellos años: los realities lo serán, o más bien, ya lo son para estudiar la sociedad de nuestro tiempo. Del landismo al chonismo. Toda una evolución de nuestra sociedad a través de las pantallas.

Y si se trata de creadores que han capturado con tino nuestra realidad más inmediata, pocos lo han sabido hacer tan bien como Pedro Almodóvar. En su vapuleada Kika (1992), esperpentizó en el personaje de  la presentadora destroyer Andrea Caracortada, esa explotación del morbo que se ha convertido en figura de estilo del discurso de los medios de masas. Lo peor del día, un buen título para acabar este post.

 

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