Bibliotecas en contexto

 

La veterana influencer española Dulceida, hace unas semanas, conmocionaba (sic) los medios al anunciar que «abandonaba» las redes. En realidad, las comillas que hemos puesto en una sola palabra deberían enmarcar la frase por completo. Todo es susceptible de enmarcar con el irritante gesto de comillas con el que ahora se subraya lo irónico ante el déficit de comprensión lectora que nos asedia.

 

Greta Garbo, una verdadera influencer que dijo que se iba y se fue de verdad.

 

Pero Dulceida, pese a sus casi tres millones de seguidores, no es como Greta Garbo. En parte, porque la mayoría de sus seguidores, probablemente, no sepan quien era la Garbo; y en parte, porque en realidad, dijo que se iba por su salud mental: pero habrá que ver cuánto tarda en volver. I want to be alone (quiero estar sola),  que dijo la Divina (ella sí de verdad) con tan solo 36 años.

La influencer sigue una tendencia al alza: el abandono de diversas celebrities en los últimos tiempos de las redes sociales. En algunos casos, es más que probable y comprensible que sea por hastío (sobre todo si hablamos de Twitter); pero no hay que ser muy avezado para sospechar que, en otros, será como la eternamente última gira de los Rolling Stones. Algo que tras la muerte del elegante Charlie Watss, tal vez, puede, es posible, cabe la posibilidad: de que acabe siendo cierto. Pero si hasta ABBA va a girar holográficamente: nada puede darse por sentado.

 

 

La sospecha de un to be alone de manual para reflotar un tirón mediático que flojea: planea sobre muchos de estos retiros anunciados a bombo y platillo. Si hablamos de bibliotecas (en teoría sobre lo que va este blog), en principio, no procede. Una biblioteca nunca va a decir que quiere estar sola. Pero sí que puede llegar el momento en que se replantee su permanencia en las redes. 

En principio, suena a dislate. ¿Qué daño pueden causar las redes a una biblioteca más allá de que no te siga nadie? Es difícil (que no imposible) que se conviertan en diana del linchamiento diario con que se desayuna, merienda y cena en Twitter. Pero no es lo más probable. En cambio, las injerencias por parte de instancias superiores según vengan los vientos políticos del momento: es más que factible. En cualquier caso, si se tiene un altavoz, por poco volumen que tenga: es absurdo renunciar a él cuando es gratis. Pero, ¿realmente sale gratis? Las redes sociales que conocemos ¿tienen algún coste para las bibliotecas?

Las redes sí tienen un coste más allá de la tarifa de la conexión wifi. Las bibliotecas están trabajando gratis, como cualquiera que publica en ellas, para Facebook, Twitter, Instagram, TikTok, etc… Están colaborando en promover la economía de la atención.

 

 

La resistencia activa a esa economía de la atención es la propuesta que la artista, escritora y docente estadounidense Jenny Odell plantea en su ensayo: Cómo no hacer nada. Resistirse a la economía de la atención (Ariel, 2021). Un libro en el que Odell plantea formas de sustraerse al canto de sirenas paralizante en que pueden convertirse las redes. El biorregionalismo es fundamento de muchas de sus estrategias. Y precisamente, en estos días, es una estrategia que apela directamente a la situación de las bibliotecas públicas.

Habitar tu entorno con nueva conciencia. Aprender y desaprender a mirar lo que te rodea. Entrenar tu capacidad para percibir lo que está ahí pero ignoramos porque las pantallas monopolizan nuestros sentidos. Con las bibliotecas desperezándose físicamente (digitalmente no se han dormido lo más mínimo) tras este año y medio de restricciones: los ejemplos que aporta Odell en su libro sobre redes fuera de las grandes corporaciones suenan de lo más interesante. No solo para organizarse la vida digital, sino también la analógica.

El pintor estadounidense Jeremy Miranda gusta de descontextualizar espacios domésticos en algunas de sus obras. Como por ejemplo esta biblioteca imposible abierta al mar.

 

Si el software libre para bibliotecas lleva décadas sobre el tapete, quizás, sea momento de sumar a los asuntos pendientes la creación de redes sociales propias de bibliotecas. Los VIP ya las tienen. La red social Raya requiere de invitación y solo admite a usuarios que pasan un filtro previo. Una red que se vende como la red de las celebrities. En una biblioteca pública todo el mundo es VIP independientemente de su género, raza, orientación sexual, procedencia o situación económica. La exclusividad que da la cultura nunca la dará el dinero, ni la fama por sí solos.

 

NextDoor, la red social privada para tu vecindario.

 

Odell habla en su libro de redes como Nextdoor, Scuttlebutt o Mastodon. Redes nacidas de manera local que se idearon para entornos cercanos y con estructuras descentralizadas. Sobre el papel lo opuesto a Facebook, por ejemplo. Si bien su evolución y desarrollo ha derivado a presupuestos más alejados de su espíritu original, sobre todo en el caso de Nextdoor. En cualquier caso, la posibilidad de redes sociales propias es un horizonte que la autora nos invita a indagar.

Como sostiene en un capítulo de su ensayo:

«mientras la economía de la atención se beneficia de mantenernos atrapados en un presente que nos atemoriza, corremos el riesgo de desarrollar una ceguera ante el contexto histórico, al tiempo que nuestra atención se ve privada de la realidad física de nuestro entorno» 

Nos descontextualizan como a un vulgar titular de un medio digital ávido de clickbaits. Por ello, las bibliotecas, pueden ayudar a contextualizar, a resituarnos. Las redes actuales, tarde o temprano, pasarán. Igual que el electrolatino aunque parezca eterno: también pasarán (¡perdón, se coló algo que no venía a cuento).

El movimiento Time Well Spent, creado en 2013 por el exdesarrollador ético de Google Tristan Harris, promueve tecnología a la que le importe cómo usamos nuestro tiempo. Que  no estimule nuestra dopamina para convertirnos en alienados ratones de laboratorio ansiosos por darle al botón. Que deje de manipularnos para distraer y cautivar nuestra atención. Pero ocho años después, pese a los própositos de enmienda y adscripción a esta filosofía por parte de popes como Mark Zuckerberg: las rocas sobre las que cantan las sirenas digitales están más afiladas que nunca.

 

Armas de distracción masiva.

 

El Center for Human Technology, que cofundó Harris, trabaja para desarrollar la idea plantada con el movimiento Time Well Spent. Entre sus objetivos está la reinvención radical de la tecnología que respalde el bienestar, la democracia y la información de calidad compartida. Pero, humildemente, desde aquí les señalamos una carencia.

En su staff encontramos desde desarrolladores de web a docentes, tutores educativos o diseñadores. Pero para estar completo ese equipo faltarían bibliotecarios. A ser posible de bibliotecas públicas. Nadie como los profesionales de las bibliotecas para saber lo que es una verdadera red social. Una red formada por relaciones de vecindad, de cercanía, de cotidianidad. Si necesitamos recontextualizarnos fuera de Matrix, el gremio bibliotecario es un activo que los voluntariosos desarrolladores de esa tecnología humana deberían tener en cuenta.

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Aristócratas digitales en Benidorm

 

El veraneo, entendido como un tiempo de asueto y relax en algún enclave natural: remonta sus orígenes al siglo XIX y a los monarcas europeos. Algo difícil de creer si atendemos a los vídeos de jubilados corriendo en Torrevieja sombrilla en ristre a la conquista de un rectángulo de arena.

 

Página de la novela gráfica de Ana Penyas ‘Todo bajo el sol’: crónica de una familia en los sesenta de la costa levantina inmersa en el brutal urbanismo que arrasaría con la costa y el modo de vida tradicional de la zona.

 

El rey Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia serían los grandes propulsores de Santander, a principios del siglo XXI; o el rey Jorge IV de la ciudad británica costera de Brighton; la reina María Cristina de San Sebastián o la única familia que podría calificarse como real de los Estados Unidos, los Kennedys, poniendo en el mapa del veraneo exclusivo a la localidad de Martha’s Vineyard. Últimamente, los ricos, parecen decantarse más por el turismo espacial. La Marbella del siglo XXI, por diferentes motivos, puede que tenga una atmósfera tan irrespirable como la de Jesús Gil.

Pero para sentirse parte de un club exclusivo ya no es necesario reservar suite a 900 euros la noche en el hotel Martínez de Cannes. En realidad, la exclusividad, en la actualidad pareciera consistir más en no hacer que en hacer. Según el Barómetro Jóvenes y Tecnología 2021 que lleva a cabo el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud: el 2020 ha provocado un verdadero empacho digital entre las generaciones más alienadas por las nuevas tecnologías. Aunque estamos incurriendo en una segmentación de lo más injusta. El Barómetro se centra en adolescentes y jóvenes pero la alienación tecnológica atañe, prácticamente, a cualquiera sea cual sea su edad.

 

 

Durante este año y medio de pandemia el espacio del ocio se ha mezclado con el del trabajo de manera inesperada y agobiante hasta para los más proclives a lo digital. Por eso, no es de extrañar que hasta un 47% de los jóvenes afirmen desear la desconexión digital. Ni mucho menos en sentido absoluto sino más bien gestionar/administrar mejor los tiempos para vivir también en modo offline.

A riesgo de resultar reiterativos y cansinos volvemos a subrayarlo una vez más: las bibliotecas tienen una oportunidad única para atraer esa necesidad de «vida real». Bibliotecas como centros de desintoxicación digital. Llevamos años, cuando no décadas, insistiendo sobre la reconversión de las bibliotecas públicas en centros sociales; en centros culturales que «deformen» la estrecha horma con la que tantas veces se las constriñe.

 

La periodista Beatriz Montañez en el salón de su refugio recibiendo la visita del programa literario «Página Dos» a raíz de la publicación de su libro Niadela. Un libro sobre su experiencia de aislamiento voluntario en la naturaleza. Una idea romántica que, precisamente tras salir en los medios, se ha visto perturbada con la noticia de intrusos que merodean su retiro.

 

En la Red de Bibliotecas Públicas de San Javier (Murcia), en agosto de 2020, lanzaron al respecto una declaración de intenciones mediante una Terapia de Desconexión Digital en forma de mochilas. Inmersos en la tercera ola del Covid era imposible plantearse «vender» a las bibliotecas como centros sociales en torno a la cultura. Pero estas terapias sonaban a deseo de tiempos mejores que, a tenor de que un año después seguimos nadando en sucesivas olas pese a las vacunas: veremos a ver si se concretan en un otoño más prometedor.

En todo caso, las Terapias de las bibliotecas de San Javier, nos tienen ganados por haberse inspirado para una de ellas en uno de los posts más queridos de este blog: La arruga es subversiva.

 

Anuncio de la mochila Terapia de desconexión digital lanzada desde las bibliotecas de San Javier (Murcia)

 

Pero retomando esos veraneos aristocráticos con los que iniciábamos el post. En el artículo Saber desconectar del Especial Tecnología de ‘El País’ mencionaban el concepto de aristocracia digital:

«Un aristócrata digital no se distingue por su pedigrí […] no es un mandato genético. Usted puede estudiar, aprender cómo funciona este mundo y, con un poco de empeño, convertirse en uno de ellos.»

En el pasado las clases menos favorecidas aspiraban al lujo y esplendor de la aristocracia. Será cuestión de mirarse ahora en los que ostentan el poder. Ya hemos hablado más de una vez de la estricta dieta digital a la que los popes de la tecnología someten a sus vástagos. Si en tiempos no tan lejanos las aspiraciones de progresar emulando a las élites pasaban por las figuritas de Lladró, la casita en la costa o el suelo de parqué. Hoy, esa emulación pasa por apagar los dispositivos.

El exquisito y esteticista director italiano Luca Guadagnino se debería plantear revisionar El Gatopardo a la luz de los mundos en desaparición a los que nos está llevando la tecnología. El príncipe de Salina bien podría ser interpretado ahora por un Burt Lancaster revivido a través de la tecnología del deep fake y pronunciar su famosa máxima: «todo tiene que cambiar para que todo siga igual» con voz metálica y robótica.

 

La exquisita Katharine Hepburn en una escena de Locuras de verano (1955) en una Venecia idealizada. De cuando los cruceros monstruosos no ensuciaban sus canales.

 

La aristocracia no es disponer de la última versión lanzada por Mac, ni tan siquiera de la tecnología más puntera y vanguardista. La aristocracia digital consiste en poder permitirse ser dueño de tu tiempo. Poder administrar y controlar el uso de las nuevas tecnologías. Da igual que sea en Saint-Tropez que en Benidorm. Algo en lo que más de uno estamos. Buscando con afán salir del proletariado digital que te exige entrega en cuerpo y alma las 24.

En este blog a partir de hoy vamos manejarnos cual marqueses, condes o príncipes. Tanto nos da el escalafón nobiliario. Vamos a poner en práctica uno de los mayores lujos que puede uno permitirse en estos tiempos: dedicarnos a la vida offline. Quien salga el último que apague, por favor. Nos vemos en septiembre. ¡Feliz desconexión!

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Biblioteca húmeda

 

Hace unos años la biblioteca estadounidense Earl del condado de Roanoke, en Carolina del Norte, ganó cierta notoriedad (al menos en el mundillo bibliotecario): al ser la primera en contar como asistente bibliotecario con el simpático robot Pepper.

 

En Dubai han creado una ciudad submarina dentro de una piscina de tamaño descomunal: la Deep Dive Dubai. En ella se puede bucear y visitar desde restaurantes a supermercados, salones recreativos, cine, cafeterías o una biblioteca.

 

El androide desarrollado por la empresa japonesa Softbank Robotics fue noticia en diferentes ámbitos. Su diseño amable y aire manga lo hacían irresistiblemente cuqui. Pepper llegaba publicitado como un robot empático, capaz de reconocer los estados de ánimo de los humanos, y capaz de interactuar de manera dinámica con personas mayores, clientes o público, por ejemplo, de una biblioteca. Pero, recién cumplidos sus seis años de existencia, puede que a Pepper le haya llegado la jubilación anticipada.

Según la noticia difundida por diversos medios la producción de nuevos Pepper lleva un año paralizada. Y no es por el parón que ha afectado a tantos sectores durante lo que llevamos de pandemia, no, es simplemente que no hay demanda. Pese a lo adorable que resulta Pepper pocas instituciones u organismos se deciden a gastar los entre 17.000 a 20.000 euros (programación aparte) que puede llegar a costar el simpático robot.

 

Pepper, asistente en una tienda de cafés. Foto: EFE

 

Como subrayan, con cierto recochineo ludita, en ‘Business Insider’ los robots que venían a sustituirnos también están sujetos a despido. El artículo recoge algunos de los numerosos errores que Pepper ha acumulado en residencias de ancianos, bancos, domicilios familiares o tiendas. En todos ellos, Pepper, ha terminado arrumbado cual artilugio adquirido en un teletienda de madrugada. No tenemos noticia de la biblioteca de Roanoke. Pero en nuestro país el cuestionado robot está presente en dos hospitales de Barcelona y, también se anunció que estaría, en el Museo Europeo de Arte Moderno.

En cualquier caso la empresa ha anunciado el cese de su fabricación que no de su distribución. Pero el hecho de que artilugios, como los altavoces inteligentes o los asistentes de los smartphones, lleven a cabo muchas más funciones que Pepper a menor coste: no le augura un futuro inmediato aparentemente prometedor. Visto lo visto parece que Pepper no va a alcanzar nunca el estatus de una de esas cosas bibliotecarias que solo sirven para hacer bonito; de las que hablábamos hace unos posts.

Siri Hustvedt no menciona a Pepper en ningún momento en el ensayo Los espejismos de la certeza (Seix Barral). Pero habla de robots, o más exactamente, de inteligencia artificial. Aborda temas apasionantes desde una erudición que pese a lo denso de algunos pasajes no hace encallar sus planteamientos en ningún momento. Hustvedt viene a decirnos que hay que prevenirse de las verdades aceptadas, de las interpretaciones sesgadas de las evidencias científicas.

La autora cortocircuita una de las certezas que asumimos de manera mayoritaria aún sin tener los suficientes elementos de juicio: que la Inteligencia artificial va a superar al ser humano en breve. Y para ello, previamente, nos sitúa en el punto adecuado repasando algunos de las investigaciones más interesantes que sobre la mente humana se han desarrollado en las últimas décadas. Reducirnos a cerebro ha sido un espejismo en el que han creído muchos de los apóstoles de la Inteligencia Artificial. Pero un cerebro sin cuerpo no es nada. Un cerebro sin la información sensitiva que proporciona un cuerpo no alcanzaría la extraordinaria, y aún desconocida, complejidad que alcanza el cerebro  humano.

 

GOFAI (Good Fashioned Artificial Intelligence): inteligencia artificial decimonónica.

 

La Inteligencia Artificial en su contraposición a lo humano siempre ha despreciado lo viscoso, lo fluido, lo carnoso, en definitiva, lo húmedo. El primer paso para desmoralizar al enemigo es herirle la autoestima. Y por eso Hustvedt titula uno de sus capítulos: ¿Húmedo o seco? Porque esa humedad contrapone a lo humano frente a los que quieren desecar la mente humana hasta simplificarla en un simple algoritmo. Como escribe la autora:

«la GOFAI (la Inteligencia Artificial clásica) al despojar a la «inteligencia» humana de su realidad material y convertirla en una serie de símbolos lógicos que podían ser procesados en una mente cuasi cartesiana: unos prejuicios que a menudo ocultan el miedo a los cuerpos mortales, sucios y chorreantes, que no son sino un puñado de células lamentables que hay que trascender»

Y lo mejor de todo es que no hay espíritu iconoclasta en las palabras de la autora. Son simples conclusiones a la luz de los resultados de investigaciones procedentes de muy diversas disciplinas. Mención aparte, por cerrar el comentario en torno al ensayo de Hustvedt, merece el saludable cuestionamiento fundamentado y feminista que la estadounidense hace de tótems del pensamiento científico más mainstream representado en figuras como las de Richards Dawkins o Steve Pinker. Tan citados, todo sea dicho, desde posturas ideológicas muchas veces rayanas en el mal llamado neoliberalismo.

El ensayo de Hustvedt es una cura de humildad, de lo más humana, para la arrogante Inteligencia Artificial. No lo pretende, su rigor intelectual lo impide: pero es inevitable sentir una cierta sensación de revancha ante el poder omnipotente del algoritmo. El libro, en ningún momento, cuestiona los enormes avances que la tecnología nos brinda: pero sí ayuda a moderar los excesos a los que nos puede llevar una fe ciega en la misma.

 

El proyecto de IA de la Biblioteca del Congreso pretende facilitar la búsqueda entre las 250.000 fotografías de los años 20 que atesora la institución.  Foto: Library of Congress 

 

Precisamente, una noticia reciente, nos habla de Inteligencia Artificial en bibliotecas y su enorme potencial. En la Biblioteca del Congreso de Washington se ha recurrido a la IA para ayudar a los investigadores a explotar sus vastas colecciones. Se ha puesto en marcha un proyecto para crear una red neuronal, una de las ramas de la IA, que imite la forma en que el cerebro humano aprende. De ese modo se espera que los resultados de las búsquedas sean más precisos y relevantes. La primera lección para esa IA debería ser leerse el libro de Hustvedt. Pero volvamos a los orígenes.

En una biblioteca, los índices de humedad, deben estar adecuadamente controlados para la preservación de las colecciones. Un termohigrómetro mantendrá el papel de los documentos en su nivel óptimo; pero la calidez necesaria para que ese puñado de células lamentables, a las que se refiere Hustvedt, lo sientan como su hábitat ideal requiere de una serie de habilidades que, ni siquiera el simpático Pepper, ha conseguido emular. No lo olvidemos: nuestros cuerpos siguen siendo un 65% de agua. Por ello, en contraposición a la noticia de la IA en la Biblioteca del Congreso, cerramos con una biblioteca que es todo humedad: la Clitothèque.

 

El pasado mes de abril se presentaba esta biblioteca digital francesa que aspira a promover la educación sexual (asignatura pendiente también en la mayoría de programaciones bibliotecarias); centrándose en la sexualidad femenina. Un proyecto participativo con ánimo didáctico que busca popularizar la educación sexual entre influencers, instagramers y youtubers. Una biblioteca colaborativa en la que cualquiera pueda compartir sus conocimientos y experiencias: y que aspira a enriquecer intelectualmente a sus visitantes. Pobre inteligencia artificial. ¡Cuánto le queda aún por aprender!

 

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Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Entrenamiento olímpico en bibliotecas

 

El entreno se asocia mayoritariamente a alguna práctica deportiva. Las bibliotecas, per se, no entran en la ecuación mental que establecemos al hablar de prácticas deportivas. Siempre que exceptuemos las prácticas que recogíamos en Del bodybook a la zumba poética: entrenamientos de biblioteca. Pero nunca hay que quedarse en lo obvio. Hay muchos micromundos en torno a la biblioteca que nada tienen que ver con la finalidad para la que se construyó su edificio.

 

El skateboarding: de deporte callejero a disciplina olímpica. Foto: James Gray/Rex Features

 

Como en todo ecosistema urbano que merezca la pena: las apropiaciones que de sus espacios hagan ciudadanos y colectivos: serán las que realmente arraiguen a la biblioteca como espacio ciudadano. En principio, una biblioteca, es para disfrutar de la cultura. Pero, ¿quienes somos nosotros para negarle otros usos? Por ejemplo, como refugio para tribus urbanas que practican sus rituales aprovechando la singularidad que suelen aportar las arquitecturas bibliotecarias.

En las inminentes olimpiadas de Tokio, el skateboarding se estrenará como disciplina olímpica. De repente, esa chiquillería que machaca bordillos y escalones con sus cabriolas sobre tablas rodantes puede soñar ya con medallas de oro. Y en más de un caso, la biblioteca, o mejor dicho: los aledaños del edificio de la biblioteca les han servido como zona amigable para su afición.

El skater Nyjah Huston, favorito para los juegos olímpicos. Foto: SkateNews

 

Es el caso de la superestrella del skate Nyjah Huston, considerado el mejor skater de competición de todos los tiempos a sus 26 años; y una de las estrellas que más expectación despierta de cara a Tokio 2021. Según nos cuenta un artículo de ‘Los Angeles Times’, Huston junto a sus colegas, practica alrededor de una biblioteca angelina. ¿Qué razones puede haber en esta cierta atracción por parte de los skaters por los aledaños de bibliotecas? Se conjugan varios elementos:

  • la biblioteca, bien porque haya conseguido convertirse en centro social atractivo para la juventud; o bien porque, tristemente, la vean solo como sala de estudio: congrega a mucho público joven diariamente y en horarios muy amplios.
  • los edificios de las bibliotecas suelen contar con escaleras, barandillas (sobre cuyos filos se puede practicar el espectacular estilo “grinding») o rampas para cumplir con las exigencias de accesibilidad propias de un edificio público. Y esas escaleras, barandillas o rampas son elementos que actúan como auténticos reclamos para la pulsion skate.
  • además son edificios, espacios urbanos, públicos. Es decir, nadie puede apropiarse de ellos por intereses puramente comerciales, especulativos o directamente clasistas. Y por eso, un multimillonario como Huston, se siente más cerca de sus raíces, se siente más «auténtico» si entrena en los espacios que le han sido propios cuando se inició con sus colegas. Da para una fábula: la estrella que no se olvida del barrio.
  • las bibliotecas suelen estar cerca de infraestructuras públicas más amplias que incluyen: jardines, parques, zonas de entrenamiento deportivo o incluso: pistas para hacer skate.
  • y para ¿qué negarlo?, la biblioteca es una institución, que por mucho que no la pises, tampoco te resulta antipática o excluyente. Acoge a todo el mundo y eso es algo que subliminalmente lanza un mensaje de bienvenida aún a los colectivos más alérgicos a lo, supuestamente, académico.

Pero más allá de esta relación puramente física o arquitectónica entre skaters y bibliotecas:  hay bibliotecas que llevan años reforzando estos vínculos de diversas formas en sus programaciones.

En la cuenta de Twitter de Pulp librarian siempre encuentras joyas vintage hables del tema que hables.

Es el caso de la biblioteca de Shawnee, en Okhaloma, que ofrecía una programación para el aprendizaje del skateboarding. Desde proyecciones de películas, a demostraciones en vivo. O más recientemente, la Biblioteca Pública de Fredericton, Nuevo Brunswick, en Canadá. Que siguiendo la práctica, actualmente en boga, de prestar más que libros: ha puesto en marcha un servicio de préstamo de tablas de skateboarding o monopatines; por apearnos un rato de tanto anglicismo.

La biblioteca ya tiene antecedentes prestando otro tipo de materiales como instrumentos musicales o raquetas de nieve. Y es que como declara Julia Stewart, directora de la biblioteca, a un medio local: «Nos gusta la idea de probar antes de comprar, para que puedas hacer una prueba, ver si es algo realmente te gusta; y luego, tal vez, compres el tuyo«. Algo que en los últimos años, en el caso de las tablets y lectores de libros electrónicos, se ha podido constatar en muchas bibliotecas españolas. Al hilo de este nuevo servicio, la biblioteca de Fredericton, también programó un taller para aprender a restaurar monopatines viejos y así poder repartirlos entre los niños de la zona.

 

El personal de la Fredericton Public Library posando con algunos de los monopatines disponibles para préstamo en la biblioteca. Foto: @FrederictonRecreation

 

El skateboarding parece una actividad a tener en cuenta en futuras actividades bibliotecarias. Y además refrendada por argumentos científicos que la vinculan aún más con las bibliotecas. En 2013, el psicólogo Michael McBeath, realizó un estudio en el que concluía que los patinadores mejoran significativamente su comprensión de la física gracias a la práctica del skateboarding. Parece que ayudaría a una compresión instintiva de conceptos físicos al experimentarlos en sus propios cuerpos. Es evidente que el idilio entre bibliotecas y artilugios con ruedas va mucho más allá de los carritos para transportar libros.

Y por soñar que no quede. El edificio de la biblioteca del siglo XXI bebe del concepto y la arquitectura de edificios como la Alhóndiga Bilbao, con esa piscina de fondo transparente, que se ve desde el patio central. Pero, seamos realistas, no siempre es posible tal maravilla ¿Qué tal una zona de parkoutskateboard, un rocódromo, gradas para peleas de gallos de hip hop, etc? Un edificio repleto de actividad intelectual y cultural en su interior; y repleto de vida y movimiento físico en su exterior. El ecosistema urbano perfecto.

 

 

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Cosas bibliotecarias que solo sirven para hacer bonito

Que un profesor sea que el defienda la utilidad de lo inútil ya te reconcilia con el mundo. El filósofo y docente universitario Nuccio Ordine se ha convertido en un referente más allá de sus vastos conocimientos sobre el Renacimiento italiano y los inicios de la Edad Moderna gracias a ensayos como La utilidad de lo inútil.

 

Como atinadamente sostiene el calabrés en este ensayo:

«las conquistas de la industria, que han enriquecido a tantos hombres prácticos, no habrían jamás existido […] si no les hubieran precedido locos desinteresados que murieron pobres, que no pensaron jamás en la utilidad y que, sin embargo, tenían otra guía además de su solo capricho»

«Me gustan las cosas que solo sirven para hacer bonito» que decía Penélope Cruz en la deliciosa comedia de Gómez Pereira El amor perjudica seriamente la salud (1996). Y es que lo superfluo, lo frívolo es lo que da la medida de lo evolucionada que está una sociedad. Cuando las necesidades básicas están cubiertas el ser humano puede empezar a frivolizar.

El pasado mes de abril la artista Barbara Page publicó su libro Book marks: an artists card catalog: notes from the library of my mind. El subtítulo es de lo más sugerente: catálogo de cartas de un artista: notas de la biblioteca de mi mente. Todo parte del amor de esta artista y triatleta por la lectura que la ha llevado a convertir tarjetas de préstamo de bibliotecas en pequeñas obras de arte. Más de 800 tarjetas recicladas que se han exhibido en diferentes bibliotecas y que, finalmente, ha reunido en este libro.

Con este proyecto Page ha creado una biblioteca mental con los libros que la han acompañado a lo largo de su vida. Y ¿qué mejor que las tarjetas desahuciadas de bibliotecas para transformarlas en lienzos sobre los que representar; mediante dibujos, collages y sellos: las tramas de los libros de su vida? Para completar la obra, las tarjetas, se ordenan, como debe ser, en ficheros de madera. De hecho la propia web de la artista se organiza según un clásico catálogo manual de biblioteca.

Pero que nadie espere que la ordenación de las tarjetas en su correspondiente fichero de madera se rija por la CDU o la Clasificación de Dewey. El catálogo de Page pone en práctica una tipología no demasiado rigurosa desde el prisma de la profesión. Las fichas se ordenan cronológicamente según el año en que leyó las obras representadas en las tarjetas.

Más de 70 años de gozosas y provechosas lecturas que la artista ha fijado en su recuerdo gracias a estas tarjetas de bibliotecas intervenidas.

 

Entre los formatos que quedaron atrás en el mundo bibliotecario no se puede decir que las cintas VHS fueran, exactamente, bonitas. Pese a su presencia, lo cierto, es que las cintas de vídeo no se asocian en el imaginario colectivo a las bibliotecas. El hábitat común de estos formatos fueron los videoclubes de barrio de los ochenta. Negocios extinguidos que tanto tienen que ver con la buena o mala educación cinematográfica de toda una generación. Y si había un género que se percibía como propio de videoclub ese era el de las películas de acción y las de terror. Las porno también tenían un protagonismo especial; pero tras una cortina o habitación contigua estratégicamente ubicada para proporcionar intimidad a los clientes.

En la tienda Etsy Readful Things le dieron una segunda vida a estos artilugios tan ochenteros, VHS y Betamax,  transformándolas en homenajes en 3D a algunos de los títulos más representativos de esa «cultura de videoclub» que bien merecería un estudio en profundidad. ¡Cuántas lecturas sociológicas, económicas, culturales y sociales se podrían extraer de una cuidada observación del microcosmos que se generaba en torno a estos negocios!

Con una técnica mixta manual en la que han recurrido a la arcilla y otros materiales crearon homenajes para clásicos a los que tanto debe la serie Stranger things como: La cosa, Critters, Creepshow, El terror no tiene forma, Tiburón, Pesadilla en Elm Street, Parque Jurásico o Biltelchús. Que los resultados sean «bonitos» depende del criterio estético de cada cual. Pero divertidos, desde luego que sí. Y además sirven para dar ideas para posibles talleres en bibliotecas. Y al hilo de esto nos surge una pregunta para terminar. Tarjetas de biblioteca y cintas de vídeo aparte: ¿qué otras cosas bibliotecarias arrumbadas por el paso del tiempo podrían convertirse en, simplemente, bonitas?

 

 

 

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Biblioteca para un mundo que no existe

 

En una reciente entrevista de ‘El País’ el creador del famoso (y temido en España) informe PISA sobre educación, el alemán Andreas Schleicher, señalaba que el sistema educativo español prepara en muchos casos a los estudiantes para un mundo que ya no existe.

Ilustración del dibujante Josán González de su cómic: The future is now.

 

Menos mal que en el resto de la entrevista aporta otros argumentos algo más amables para nuestro entorno. Pero no es sobre el informe PISA de lo que habla este post. Nos apropiamos desde el mismo título de la reflexión de Schleicher para plantearnos cuántas cosas no estaremos haciendo pensando en un mundo que ya no existe. Y, como no puede ser de otro modo: cuántas cosas se hacen desde las bibliotecas.

Dime, Rusty…¿Dónde puedo conseguir una de esas cosas?

En un documental, los decoradores de la serie Mad Men, hablaban de cómo representar los cambios de década (la serie empieza en los 60 y llega hasta los 70). Una serie no es una película. El largo recorrido cronológico requiere cambios sutiles. No se puede pasar de golpe de las lámparas de lava a las plataformas en los zapatos. Los cambios deben ser graduales. Los puntos de fuga de pasado y futuro convergen en el presente. Pero no siempre somos capaces de discernirlos.

Lo que servía en los tiempos A.I. (antes de Internet) no tiene nada que ver con lo que sucede ahora. Puede que en decoración las cosas no vayan tan frenéticas; pero en muchos otros ámbitos, la cosa no da tregua. Bibliotecas para un mundo que no existe sirve para una doble interpretación. Un mundo que no existe porque ha desaparecido por falta de sincronía con nuestro tiempo y no nos hemos enterado. O un mundo que no existe porque no acaba de llegar. Se intuye, se supone, se presume. Pero no acaba de concretarse.

 

 

En el clásico de Hollywood Cruce de destinos (1956), Stewart Granger consolaba a la afligida mestiza interpretada por Ava Gardner diciéndole que «los únicos que aceptan la realidad son los que no tienen el valor suficiente para escapar cuando la ven llegar». Una oda al escapismo que en nuestros días millones de internautas hacen suya en su día a día digital. Vivimos en mundos cada vez más impermeables entre sí. Lo cual no quiere decir que no existan. Hay quienes dicen no interesarse por la política. Pero la política existe; como el cambio climático o la Covid: y condiciona, quieran o no, su realidad.

Generacionalmente, hay mundos que forzosamente coexisten. Y no necesariamente, quienes peinan canas, representan la pervivencia de ideas del pasado por haberlo vivido. El progreso no entiende de edadismo. Quienes hacen avanzar la maquinaria son las mentes que tienen la suficiente perspectiva para vislumbrar el camino. Tengan la edad que tengan.

Volviendo a la pregunta implícita en el título de este post: ¿cuántas cosas hacemos para un mundo que no existe? Y más específicamente, ¿cuántas cosas se hacen desde las bibliotecas para un mundo que ya desapareció o aún no ha llegado? Se nos ocurren unas cuantas. Pero pensando, no literalmente en un mundo que no existe pero sí en un mundo bajo clara amenaza de extinción; se nos ocurren al menos tres:

  • Suena ingrato porque lo es. Tras los servicios prestados la CDU o la Clasificación de Dewey deberían tener un mayor respeto. Y lo tienen porque siguen luciendo como criterios de ordenación en las estanterías de la mayoría de bibliotecas del mundo. Pero, ¿tiene sentido perder ni un segundo en hacer elaboradas notaciones en los registros bibliográficos de una biblioteca pública? Por no hacer sangre en el revisionismo ideológico al que ha estado sometida últimamente la clasificación de Melvil Dewey por asuntos extrabibliotecarios. Pero no nos desviemos del tema. ¿Realmente una clasificación, y en esta ocasión hablamos de la CDU, en la que el número auxiliar -055.3 ha aglutinado a «personas de sexo dudoso» junto a homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y pervertidos sexuales y sádicos: ¿puede considerarse vigente en el siglo XXI salvo en Hungría o en el ideario de algún que otro partido político conservador? A este respecto es una delicia la lectura de la ponencia que Mª Antonia Morán Suárez y Blanca Rodríguez-Bravo publicaron sobre La imagen de la mujer en la Clasificación Decimal Universal. Más vigente ahora si cabe que en enero de 2001 cuando la publicaron.

Melvil Dewey otra figura alcanzada por la cultura de la cancelación. Foto ilustración de Slate

 

  • La catalogación exhaustiva moviliza el recurso más valioso de una biblioteca pública: el tiempo de sus profesionales. Pasan las décadas, pero pese a los avances, nuevas necesidades o escenarios posibles para el concepto biblioteca: la catalogación sigue absorbiendo esfuerzos que debían derivarse al rediseño de espacios, la programación de actividades y la implicación con la escena creativa local. La catalogación en una biblioteca pública es como un taller de cocina gourmet: placentero para quien guste de minimalismos culinarios pero innecesario cuando hay platos preparados con suficiente valor nutritivo.

 

  • Las colecciones audiovisuales. A las enciclopedias y demás obras de referencia les llegó su hora hace tiempo. Pero ¿y a las colecciones audiovisuales físicas? El libro en papel sigue conservando acólitos pese a ese futuro totalmente en digital que nos vendían. Pero los documentos sonoros y audiovisuales (si exceptuamos la moda de los vinilos, de difícil acomodo en una biblioteca de préstamo) no viven su mejor momento. Y no parece que por mucho revival nostálgico que haya alcanzado a los casetes: la reinvindicación del CD o DVD vaya a marcar el ritmo en los próximos años. Tras la debacle del mundo de la música en la era digital: ¿asistiremos a una recuperación del aura perdida de la que hablaba Walter Benjamin? A tenor del furor por las actuaciones musicales en vivo así podría parecerlo. Sobre todo ahora, que tras la pandemia, los conciertos son obligadamente tranquilos, exigen la atención del público, la escucha activa y no una simple excusa para el botellón con música en vivo de fondo. Pero mucho nos tememos que no sea más que un espejismo.

Que existan bibliotecas para un mundo que no existe no es responsabilidad de la profesión. Ni mucho menos. Las apariencias engañan y mucho. La tersura de la piel no se corresponde necesariamente con la idea de evolución. El futuro no tiene porqué significar avance. Y ahora mismo cunden los ejemplos en muchos ámbitos que así lo demuestran. Por recurrir a modismos de lo que es posible que nadie se acuerde en unos años: muchos millennial o zeta son más retrógrados que muchos boomers.

Esos boomers que ahora tendrán que resistir más años en sus puestos de trabajo para tener acceso a una jubilación digna. En unos años, si no cambia la percepción social respecto a las bibliotecas, se avecinan concursos de traslados para boomers exhaustos, que frisan los 70, y quieren concluir plácidamente su vida laboral en una. Tiempo al tiempo.

 

Dua Lipa la rutilante estrella del pop de la generación Z cuyo último disco llevaba un título muy significativo: Future nostalgia.

 

Para la profesión bibliotecaria la idea de biblioteca con el único fin de servir como sala de estudio ni se contempla en su idea de futuro. En cambio, para el público estudiantil que solo las utilizan como tal: no es que siga vigente: es la única forma en que las conciben. Vivimos realidades paralelas. Dentro de las propias bibliotecas. Matrix a cada vuelta de estantería.

Y por no hablar de los que nunca han pensado en las bibliotecas como opción cultural y de ocio. Los que les sonaba como a galaxia lejana hace décadas y les sigue sonando igual en la actualidad. Esta biblioteca/s para un mundo/s que no existe bien puede merecer más capítulos. Pero no será en este post (los mundos se extinguen pero este blog prosigue feliz con sus posts anacrónica y tozudamente laaaargos): por ahora nos quedamos con una noticia que viene a cuento de lo que hablamos.

 

Unas jovencísimas Isabelle Huppert, Isabelle Adjani y Marie-France Pisier como las hermanas Brontë en la película dirigida por André Techiné en 1979.

 

Desde Reino Unido (precisamente ese país que, paradójicamente, ha decidido diseñar su futuro queriendo volver al pasado): nos llega una demostración práctica de que, como decía Paul Éluard: hay otros mundos pero están en éste. Un consorcio de bibilbiotecas y museos se han organizado para evitar que una de las bibliotecas privadas más importantes del país se disperse en la subasta que va a realizar Sotheby’s.

La Biblioteca Honresfield, reunida por los industriales Alfred y William Law a inicios del siglo pasado, en la que se conservan auténticas joyas bibliófilas que van desde documentos inéditos y correspondencia privada de las hermanas Brönte pasando por un  Quijote editada en 1620 en Londres; más de 500 manuscritos; epistolarios o cuidadas ediciones de Homero o los hermanos Grimm.

Una movilización sin precedentes por preservar una de las bibliotecas privadas inglesas más importantes que se creía perdida.

Los Friends of the National Libraries (FNL) promueven esta recogida de fondos públicos y privados para salvar la biblioteca de un mundo que no existe. Porque preservar a las hermanas Brönte, a Walter Scott, Cervantes, Ovidio u Homero es pensar en el futuro. Forman parte del legado imprescindible para construir un camino con referentes sólidos basados en la memoria, que no, en las trampas de la nostalgia. Solo así la biblioteca, la cultura, podrá resultar verdaderamente útil para los mundos que existen o puedan llegar a existir. Después de todo, vivimos siempre en un permanente estado provisional.

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Y ahora, ¿hacia dónde miramos? Bibliotecas y políticos

 

En el siglo pasado, los españoles, se miraron en los espejos de otros países con una mezcla de admiración y aprensión. Admiración por los avances extranjeros; y aprensión por una autoestima que, ni el discurso patriotero del franquismo, fue capaz de levantar. El espejismo del año 92 maquilló una década en la que la carcoma siguió corrompiendo, como de costumbre, esa superficie de bonanza. Y ahora, con muchas de las verguenzas al aire: ¿dónde se puede mirar?

 

El multipremiado documental El año del descubrimiento (2020) sobre el año 1992 como punto de partida de la debacle social, política, ética y económica que vendría después.

 

Electrodomésticos Miele el sueño doméstico de origen alemán.

En los años del desarrollismo, los españolitos ensalzaban los electrodomésticos alemanes («para el mundo del hoy y del mañana»: rezaba el eslogan de los codiciados frigoríficos Miele en los 70); la altura intelectual y política de los británicos («nostalgia por este europeo magistral»: escribía Fernando Savater a cuenta de la figura de Churchill); el afán emprendedor de los estadounidenses («américanos os recibimos con alegría»); o el savoir faire cultural de los franceses («envidio la fidelidad del público francés con su cine»: que declaraba Carmen Maura).

Pero tras el fraude de Volkswagen, el Brexit, el asalto al Capitolio o la quema de bibliotecas en Francia:  ¿qué espejo queda para mirarse? ¿Qué imagen aspiracional nos puede servir como estímulo para mejorar? Caidos del guindo puede que la autoestima se recomponga no por mejora propia sino por devaluación del resto. Consuelo de tontos, en cualquier caso.

En el mundo bibliotecario español siempre hemos mirado hacia los países del norte de Europa y, of course, a los EEUU. Pero en la serie Geopolítica bibliotecaria ya dábamos pistas de que el ombliguismo nunca es bueno. Ni el eurocentrismo, ni el occidentalcentrismo (¡toma ya!). Nada que resulte céntrico. Porque las afueras, los suburbios, los aledaños: son los que exigen su lugar en el siglo XXI. Son la única oportunidad real de progreso en Occidente. Y si no, ahí está China para desplazar el eje cultural del planeta.

Pese a todo, hay detalles que seguir observando, con envidia no necesariamente sana: en los EEUU. La convención anual de la ALA (Asociación Estadounidense de Bibliotecas) se celebra del 23 al 29 de junio; y el encargado de dar el discurso de clausura no será otro que el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América: Barack Obama. El expresidente se reunirá con Lonnie G. Bunch III, el primer afroamericano en convertirse en secretario del prestigioso Instituto Smithsonian.

Cierto es, que Obama, sigue de gira de presentación de su autobiografía Una tierra prometida. Pero no hay que sospechar de intereses meramente promocionales. Ya en 2016, en un congreso de la IFLA, Obama participó y ensalzó el papel de las bibliotecas.

Pero volviendo a lo del espejo en el que mirarnos (un símil no especialmente inspirado pero mejor que incurrir en lo de las comparaciones odiosas): ¿sería posible imaginar a un  Felipe Gonzalez, un José María Aznar o a un Rodríguez Zapatero yendo a clausurar un congreso de bibliotecas en España?

 

Pedro Sánchez en la presentación del plan España 2050. Foto: EFE

 

‘Yo, mentiroso’ la tercera entrega de la magnífica trilogía egoista que han llevado a cabo Antonio Altarriba y Keko. En este caso centrada en la corrupción política más reciente de nuestro país.

Pedro Sánchez inaugurando el próximo congreso, noviembre 2021, en Las Palmas de Gran Canaria: sería todo un gesto. Un expresidente es como un regalo barroco de la abuela que los nietos, de gustos minimalistas, nunca saben dónde ubicar. Pero estando en el cargo: la cosa cambia. De ese modo, podría compensar lo poco que la palabra «biblioteca» aparece en la Agenda 2050 para España que se lanzó recientemente.

Si, como se dice en dicha agenda, las bibliotecas, deben convertirse junto con museos, industrias culturales, empresas y entidades comunitarias en agentes educadores en los que se apoyen las escuelas. ¿Qué mejor que apoyar a las bibliotecas inaugurando su congreso? Y hasta aquí el capítulo de sugerencias a políticos. Un terreno siempre movedizo por el que es mejor no recrearse mucho.

Abundando en ese complejo de inferioridad que tan bien retrató Berlanga en los españolitos: volvamos de nuevo la mirada al extranjero. Hecho el propósito de enmienda nos podemos permitir pecar, una vez más, y mirar de nuevo a los EEUU con arrobo. Retomamos en cierto modo un asunto que ya tocábamos en Un serie de catastróficas desdichas con final bibliotecario. En ese post era Kamala Harris, la primera vicepresidenta afroamericana, la que se convertía en adalid de la lucha por la exactitud de los encabezamientos de materia en las bibliotecas.

 

Quien clasifica el mundo, ordena el mundo. Y ese cometido, de manera modesta pero implacable, lo lleva ejerciendo el gremio bibliotecario desde el principio de los tiempos. Puede que no cuele como excusa para lo del occidentalcentrismo del que hablábamos: pero lo cierto es que USA, con su sociedad multicultural y poliédrica, viene sirviendo como sociedad cobaya para el resto. El caso del encabezamiento de materia de los «ilegal aliens» es un claro ejemplo.

Change the subject (Cambia la materia) es un documental de 2019 en el que se recoge la lucha por modificar un encabezamiento de materia de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Con menos de eso Netflix te monta una serie. La película recoge la lucha de los estudiantes del Dartmouth College por cambiar la entrada de materias «ilegal aliens» (extranjeros ilegales) por la de: «inmigrantes indocumentados».

Todo empezó en 2013, cuando la estudiante de orígenes mexicanos Melissa Padilla y su compañero, Óscar Rubén Cornejo: descubrieron el encabezamiento de «ilegal alien» sin que los registros en los aparecían se refirieran, para nada, a la saga de películas sobre el famoso depredador que persigue a la teniente Ripley. Padilla y Cornejo sintieron que la elección de este término criminalizaba los esfuerzos de sus padres por proveerles de un futuro mejor. Junto con otros estudiantes se movilizaron para conseguir que la entrada fuera sustituida en el Catálogo de Autoridades de la Biblioteca.

 

Change the subject: un documental sobre etiquetas, bibliotecas y activismo.

 

La suntuosa, canalla y underground crónica de la España más reciente y corrupta de la mano de Magius.

En un primer momento, la Biblioteca del Congreso desestimó su petición. Pero más adelante lograron el apoyo de la ALA y otras organizaciones que respaldaban sus reivindicaciones. Tras varios debates y solicitudes, en marzo de 2016, la biblioteca tomó la decisión de sustituir «extranjeros ilegales» por «no ciudadanos» e «inmigración no autorizada». Pero la polémica llegó hasta el Congreso. En eso los políticos, sean de un país u otro, no se diferencian a la hora de detectar asuntos con potencial para subrayar sus discursos más groseros.

Los representantes republicanos de la Cámara se opusieron firmemente a la sustitución. A través de una disposición legal, la senadora Diane Black, logró bloquearla. Y de ese modo, los «ilegal aliens», a día de hoy, siguen apareciendo en la lista de encabezamientos de materia de la biblioteca que actúa como faro para el resto del planeta.

Fue la primera vez que el Congreso estadounidense intervenía para legislar en torno a una modificación en los encabezamientos de la biblioteca. Un hito, triste para los estudiantes, pero esperanzador si se observa desde el punto de vista de la relevancia que las bibliotecas aún pueden llegar a tener en una sociedad.

Pero pese al fracaso de los estudiantes del Dartmouth College: numerosas bibliotecas locales modificaron el encabezamiento en sus sistemas locales ignorando el magisterio de la nave nodriza. Y todavía, en la actualidad: siguen presionando para que la LC haga lo mismo.

 

 

Merecía la pena mirar el ombligo estadounidense. Las pelusas xenófobas, racistas e involucionistas se cobijan bien en él; pero también los recursos higiénicos para eliminarlas. Tiempos de contrastes, tiempos de scratching (mover los discos hacia delante y hacia atrás para generar sonidos). Será cuestión de encontrarle el ritmo a tanto avance y retroceso. Volviendo a nuestro país para acabar nos encontramos con la última polémica política en torno a vacunas y fútbol.

El representante español de Eurovisión se queja en redes de que se vacune a la selección española de fútbol y a los representantes de la cultura, no. Según quien y cómo se mire  puede que no le falte razón. Los más exquisitos argüirán que, precisamente, Eurovisión no es el mejor ejemplo de cultura española. Pero, curiosamente, la última edición (en la que el orgullo patrio siguió por los suelos) la ganó un grupo de glam rock (estilo de origen británico) cantando en italiano.

Un ejemplo más de que el XXI será diverso o no será. Por muchos muros físicos o en forma de discursos que retrógrados conservadores o progresistas (los tiempos hacen que retrógrado y progresista no suene a oxímoron sino a sinónimo en muchos casos) se empeñen en levantar: la deslocalización es imparable. Si la geolocalización nos fiscaliza cada trayecto: volvamos loco al algoritmo con nuestros afectos culturales.

«The history book on the shelf is always repeating itself. Waterloo, I was defeated, you won the war» (El libro de historia en la estantería siempre se repite. Waterloo, yo fui derrotado y tú ganaste la guerra)

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Control de autoridades Jagger

 

El 18 de abril de 2021 desaparecían entre las llamas cerca de 95.000 libros y 3.500 vídeos y cintas de una de las colecciones documentales más importantes de África. La biblioteca Jagger de Ciudad del Cabo reunía testimonios únicos sobre la cultura y la historia africana; sobre todo, porque conservaba una visión documental verdaderamente africana del continente. Un retrato escrito, dibujado y filmado por los propios africanos: no por la mirada europea.

 

El incendio acontecía en un momento en el que las reivindicaciones, desde muy diversos ámbitos, por descolonizar los relatos de culturas y colectivos que, hasta hace poco, no tenían voz propia: es imparable. Como decía recientemente la empresaria española de origen africano, nacida y criada en Valencia, Bisila Bokoko en una entrevista :

«Cuando era niña, mis padres me mostraron África a través de los libros […]  siempre quisieron darme una identidad de raza. No querían que yo no entendiera las dificultades con las que me iba a encontrar siendo negra, e hicieron mucho hincapié en todo el tema de la raza, del panafricanismo y de cómo África se ve a sí misma. […]  cuando eres niño tú quieres ser como todo el mundo […] Al final me di cuenta de que esto era una oportunidad, el entender las diferencias y no separarme de ellas, sino integrarlas y acogerlas.»

 

Gracias a esos libros que sus padres se esforzaron porque leyera, Bokoko, se ha convertido en una exitosa empresaria y filántropa que ha fundado modernas bibliotecas en aldeas africanas a través de su proyecto African Literacy Project. Precisamente para que los niños africanos pudieran sentirse identificados con historias autóctonas sin mediatizar por una mirada ajena a su realidad más inmediata.

Si el incendio de una biblioteca es triste, el de la biblioteca Jagger, es doblemente triste: por la fragilidad de la historia escrita que el continente africano ha generado por sí mismo. Dos meses después de la tragedia, numerosos investigadores se están movilizando para reconstruir la biblioteca. Un esfuerzo a nivel global está localizando a expertos e investigadores que posean fotografías, documentos digitalizados de cualquiera de las obras que se conservaban en la biblioteca Jagger.

La alianza internacional de bibliotecas académicas y de investigación (SPARC) se está encargando de centralizar todas las referencias que puedan existir sobre las colecciones de la biblioteca devastada por el fuego. Y las redes sociales se han convertido en un medio que ha facilitado algunos hallazgos.

Redes sociales y bibliotecas. Hace tres años en «No tengo Facebook, Twitter ni Instagram»: el desgarrador testimonio de una biblioteca en directo calibrábamos/ironizábamos sobre la «esclavitud» de las redes sociales y sobre la presencia de las bibliotecas en ellas. Por mucho que haya tímidas campañas seduciendo con la idea de que otras redes son posibles: lo cierto es que transcurridos estos años las redes no han cambiado, aparentemente, en cuanto a contenidos. Séniors en Facebook, broncas en Twitter, postureos en Instagram, youtubers (valga la redundancia) en Youtube y gansadas varias en Tik Tok.

 

Y aunque creamos haberlo visto todo siempre surge algo que, como poco, nos hace enarcar una ceja. Durante la pandemia, con las bibliotecas cerradas, se intensificó una moda que había ido ganando adeptos en Youtube durante los últimos tiempos: ver a gente estudiando. Uno de los usos, con peor prensa entre el gremio, que se hace de bibliotecas convertido en fenómeno viral.

Un acuario en un salón: relaja y decora. Una persona estudiando en una pantalla: motiva. Monkey see, monkey do. Es un estímulo que apela a uno de los instintos más primigenios de los mamíferos: la imitación. Aprendemos imitando, somos colectivos, gregarios. Por mucho que los invisibles muros digitales nos separen: rastreamos simulacros de comunidad al menor descuido. Tras la fidelidad a realities, series, o al Sálvame late el deseo por la compañía, por la costumbre, lo conocido, lo previsible. Ese deseo de identificación (o desavenencia pero doméstica) es algo ha escudriñar, o mejor dicho, estudiar en algún post futuro.

Pero pese a la superficie monótona que, desde lejos, pueden dar las redes algunos de los divulgadores con más tirón de la actualidad están naciendo en ellas. En un planeo apresurado y totalmente parcial e insuficiente, nombres como Jaime Altozano en música; Javier Santaolalla en ciencias; Ernesto Castro en filosofía; o canales como A toda leche o Pero eso es otra historia sobre historia: son un demostración práctica de ese «otras redes son posibles».

 

 

E incluso la figura más relevante en las redes de nuestro país en los últimos años, el streamer Ibai Llanos, supone una evolución en la limitada figura del youtuber de primera, segunda y tercera generación. Para empezar porque el reino de Llanos se ha forjado en una red nueva, Twitch, y porque su postura en la polémica sobre los youtubers andorranos: le hizo ganarse el respeto de muchos medios tradicionales. Esos medios a los que Llanos está mirando ya cara a cara.

En el recorrido que hace unos meses hacía por la mansión en la que «convive/trabaja» con otros gamers y youtubers además de piscina, salones, jardines y demás frutos del pelotazo digital: había una pequeña biblioteca o rincón para la lectura. Una biblioteca en una mansión gamer. Las conexiones entre bibliotecas y el mundo redes puede que estén más cerca de lo que tópicos y esterotipos nos quieren hacer creer.

 

Ibai Llanos en la zona de lectura de la mansión para gamers: cómics y libros de Harry Potter y El señor de los anillos.

 

Aunque atendiendo a la última demostración de poderío mediático de Llanos no parece que las conexiones por ese lado vayan pronto a fructificar. La velada de boxeo, organizada y comentada por el propio Llanos, con otros famosos youtubers como púgiles fue un verdadero acontecimiento en la red. Una convulsión en la fuerza. El combate más celebrado fue el protagonizado por el youtuber Mister Jägger. El fichero de autoridades Jagger se nos va completando. Pero no, desde luego, no es por ahí por donde vendrá el crossover bibliotecas/streamer.

Para el final dejamos al Jagger más veterano y mundial. Puede que para los posmilénicos el Jagger famoso sea ahora el youtuber. Pero Mick, el auténtico, lleva cinco décadas trascendiendo (que gusta decir ahora) a golpe de rock y meneos. Ahora, junto al también veterano, pero menos, Dave Grohl hablan sobre teorías conspiranoicas, mascarillas, vacunas y los bailes estúpidos de Tik Tok.

Eazy sleazy, algo así como «sordidez fácil», nos viene a recordar que para sintonizar con los tiempos no hay que dejarse llevar por la corriente. Todo lo contrario. Hay que ejercitar el espíritu crítico en todas direcciones. Hacia fuera y hacia dentro. Y para eso las bibliotecas, se supone, deberían estar preparadas.

 

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Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Poesía bibliotecaria

 

En ocasiones, nos quejamos de la irrelevancia que las bibliotecas tienen en los medios, Pero estamos siendo injustos. Al igual que las Fallas de Valencia, el ranking de audiencias de Nochevieja, los Sanfermines o los reportajes de chiringuitos en verano: las bibliotecas tienen espacios inamovibles en la escaleta, parrilla o plantilla de los medios.

El Día de la biblioteca, dependiendo de cómo venga de apretada la actualidad, suele tener un espacio reservado. Al menos en aquellos medios en los que la cabecera bajo el nombre de Cultura sobrevive frente al avance de redes y crónica rosa. El Día del libro, también, aunque en este caso haya mucha competencia. Pero cuando, de verdad, las bibliotecas son reinas por un día es en los meses de mayo y junio.

 

Estudiantes de la Universidad de Finanzas y Economía de Nanjing hacen fila antes de que abra la biblioteca para poder comenzar a estudiar para sus exámenes finales. [Foto / icpress.cn]

La combinación letal (en este punto siempre es oportuno recurrir a adjetivos contundentes cual película de los 80) proviene de la intersección del fin de curso de Secundaria y universidades con las inminentes convocatorias de exámenes de oposición. Y combinado con las restricciones propias de una pandemia: el cóctel se hace aún más prometedor. Es entonces cuando las miradas hambrientas de reporteros famélicos de noticias se giran esperanzadas hacia las bibliotecas. Esas clásicas y, afortunadamente, predecibles instituciones en las que se repiten los rituales como si de una iglesia se tratase.

«Cientos de estudiantes hacen cola a las puertas de las bibliotecas»; «Las salas de estudio de la ciudad (titular sobre la foto de una biblioteca) saturadas de estudiantes; «Los estudiantes reclaman que las bibliotecas tengan horario nocturno»; «Quejas por la falta de puestos de estudio en las bibliotecas»; «El concejal XXXX declara que las bibliotecas ampliarán sus horarios en épocas de exámenes». Y así podríamos seguir hasta completar un dosier de lo más voluminoso y nada original. Un mantra, un arrullo, un relato monótono y mecánico para calmar el horror vacui de los medios cada primavera.

Ahora vendría bien la enésima perorata quejicosa sobre lo duro que resulta luchar contra molinos de viento. Pero no. Ya que hablamos de lo predecible de los medios: vamos a hacer un quiebro, e incluso, un requiebro. Estamos en primavera. Época de exámenes, finales de curso y demás urgencias. Pero buen momento, como cualquier otro, para la poesía.

La bibliotecaria severa objeto de fantasías romántico-vengativas de un opositor. A veces, para reventar estereotipos: la mejor fórmula es exagerarlos hasta que exploten.

 

OPOSITOR
(a una bibliotecaria)

No te ríes jamás. Eres sosísima.
Ir a la biblioteca es un dolor.
Pienso probarlo todo, todo por contemplar
tras tus labios sangrientos de arrecife,
el fulgor abisal, el ordenado
banco de pececitos de marfil
de tus dientes perfectos y monótonos.
Voy a hacerte reír, hija del mal,
y volveré después a mis temarios
sabiendo que he hecho algo por el mundo,
sabiendo que la vida estará en deuda
con un opositor de alma marchita.

Es un poema de Miguel Salas Díaz, de su libro Las almas nómadas, XXVI Premio de Poesía Hiperión 2011

 

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Hagan juego, señores… pero lejos de la biblioteca

 

Antes de arrancar habría que hacer un aviso para navegantes. Por el comienzo del título se podría pensar que este post va sobre gamificación. Pero no. No vamos a hablar de algunas de las brillantes propuestas de Ana Ordás. Que si ya eran necesarias antes del parón del 2020; tras este terremoto pandémico: van a convertirse en auténticos salvavidas para dinamizar y repensar las bibliotecas. Va de juego, sí, pero no de aprendizaje.

 

La baraja Library Lovers Playing ilustra sus cartas con carteles bibliotecarios para el fomento de la lectura de principios del siglo XX. Proyecto de un bibliotecario inglés apasionado por los juegos y la lectura. La baraja se lanzó como un proyecto de crowfunding a través de Kickstarter.

 

Hace nueve años, en la isla británica de Man, un medio local celebraba en una noticia el acuerdo al que había llegado el Departamento de Educación e Infancia con la empresa de juego PokerStars. El futuro de las bibliotecas públicas de la isla quedaba a salvo, durante los años siguientes, gracias a la inversión que la, entonces incipiente empresa, haría en la red de bibliotecas isleñas.

En 2021 no tenemos noticia de cómo sigue, si es que acaso ha seguido: el entendimiento entre dos sectores tan lejanos como un gigante del juego online y el ramo bibliotecario. El altruismo de PokerStars se ve matizado cuando se descubre que la empresa tiene sedes en la isla, sobre todo, por las facilidades de cara a las licencias de juego y el régimen fiscal. Beneficios, los fiscales, suponemos incrementados a raiz de la generosidad empresarial con la cultura local.

Visto en perspectiva, y desde un país como España que padece una auténtica fiebre de locales de apuestas a ritmo de los índices de paro y sucesivas crisis económicas: las relaciones entre casinos (virtuales o físicos) y bibliotecas se antojan improbables. Pero nunca se sabe. Si se buscan conexiones: se encuentran.

 

 

Por ejemplo, este burdo spot publicitario que la empresa Apuestas de Murcia (no por nada la comunidad autónoma con la mayor tasa de locales de apuestas de España) lanzó hace unos años. Un anuncio que pese a lo cutre que es: tiene una intrahistoria. La empresa Apuestas de Murcia no patrocina bibliotecas, no, lo que patrocina es a equipos de baloncesto pertenecientes a la Universidad Católica San Antonio de Murcia.

Esa universidad, cuyo presidente, proporcionó en bandeja la canción de verano al programa de humor de La Sexta, El intermedio, con su discurso al más puro estilo Bosé: sobre microchis insertos en vacunas y fuerzas del mal. El grado de surrealismo va in crescendo.

Pues bien, en un derroche de sutileza y marketing afinado, rodaron un spot en las instalaciones de la biblioteca de dicha universidad. La idea, como exigen las leyes de la publicidad: sencilla; el eslogan: directo. Y el resultado: un bochorno que haría que Don Draper se pasara del güisqui a las drogas duras de haberlo realizado su equipo.

 

 

¿Quién necesita un libro, una biblioteca o una educación teniendo un local de apuestas cerca? Desde luego que la emoción (ludópata) no entiende de lógica ni del más mínimo interés por las bibliotecas.

Afortunadamente, desde diferentes comunidades, se está empezando a regular legalmente esta incitación publicitaria constante a la ludopatía. Y en la noticia más reciente al respecto se cita expresamente a las bibliotecas.

El pleno del Ayuntamiento de Barcelona ha aprobado una normativa para regular los locales de juegos de azar que se quiere pionera en el comunicado: pero que luego veremos no lo es tanto. Para empezar se quiere restringir las autorizaciones para la apertura de nuevos locales. Y entre las medidas adoptadas se incluye la exigencia de que la distancia entre un local de juegos y un centro educativo pase de 100 a 800 metros. Y en cuanto a equipamientos sociales (y es aquí donde se cita expresamente a las bibliotecas): la distancia ha de ser de 450 metros como mínimo.

La legislación valenciana de este asunto le saca 50 metros a la catalana. 850 metros son los exigidos en Valencia entre un local de apuestas y un centro escolar. Pero la distancia de esta noticia a la siguiente sobre juego y bibliotecas se mide en kilómetros. Concretamente los 15.744 kilómetros que separan a España de Sydney (Australia).

 

 

En Fairfield, al suroeste de Sydney, están preparando el programa Bibliotecas después del anochecer (que suena a la película de Robert Rodríguez sobre vampiros; pero no). El programa, que ya está operativo en ciudades como Victoria; consiste en ampliar el horario de las bibliotecas en horario nocturno para ayudar a combatir la ludopatia.

En Fairfield más del 30% de la población vive en hogares con bajos ingresos familiares. Por contraste, es la zona donde se generan las recaudaciones más altas en locales de juego y apuestas. La vulnerabilidad social de las poblaciones como incentivo para las cuentas de resultados de estas empresas. El programa Bibliotecas después del anochecer es viable gracias, como señala la alcaldesa de la localidad de Darebin, Susie Rennie, al cambio que las bibliotecas públicas han experimentado:

 

«Las bibliotecas han cambiado enormemente durante la última década. Hay muchas actividades allí (grupos de conversación, grupos de manualidades, ajedrez, noches de cine), por lo que los libros son solo una pequeña parte de lo que se ofrece»

 

Cabecera del videojuego en línea: Library of ruina. Un juego en el que los jugadores apuestan y luchan contras los bibliotecarios. Y los que pierden se convierten en libros y así la biblioteca sigue creciendo.

El clásico de Frank Miller.

 

Y para cerrar un post ludópata-bibliotecario nada mejor que un último viaje a la ciudad del pecado (Sin city). Así se conocía a Las Vegas. Pero para los jóvenes de las generaciones actuales no queda nada de ese halo mítico que tantas películas recrearon. Una aburrida ciudad de plástico y neón, en la que las opciones de futuro: les llevan a huir como si de un pueblo de la España vaciada se tratara.

Entre 2006 y 2019 el censo de jóvenes de Las Vegas pasó de 3300 a 2300. Las opciones son escasas si se tienen aspiraciones más allá de los casinos o el alcohol. Y algunos jóvenes de origen mexicano han decidido organizarse durante el pasado año, marcado por la pandemia: para luchar por cambiar las cosas y que apetezca quedarse en su ciudad.

Este grupo de millennials han colaborado en la elaboración del censo de Las Vegas, desarrollando negocios locales e involucrándose con el gobierno de la ciudad. Su objetivo:  lograr financiación para libros en las escuelas, bibliotecas, carreteras y demás servicios sociales.

Si en la ciudad del juego, por excelencia, surgen propuestas así: puede que a LeoVegas se le empiece a caer la melena. Las Vegas y sus bibliotecas. Un asunto que bien merece una investigación para algún post futuro.

Por ahora: hagan juego, señores. Pero lejos de las bibliotecas.

 

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