La biblioteca como puente intergeneracional

 

Febrero 2021. Elon Musk está a punto de enviar turistas al espacio; la comunidad científica internacional, en un esfuerzo sin precedentes, ha conseguido vacunas para combatir una pandemia, la Inteligencia Artificial ha resucitado a Lola Flores para anunciar cervezas; en el congreso de los diputados de España se debate una ley trans. Mientras, las bibliotecarias, siguen usando gafas antiguas, llevando cárdigans grisáceos y teniendo una vida aburrida.

Si eres bibliotecaria y has llegado a los 50 tu vida tiene que ser un asco. Equivalencias perennes en el relato audivisual contemporáneo.

La adaptación cinematográfica de la novela gráfica Days of the Bagnold Summer (no publicada en castellano) estrenada en la plataforma Movistar+ recupera la imagen más canónica de la profesión. Menos mal. No fuera a ser que, entre tanta distracción, a la generación zeta se le pasara perpetuar una iconografía con tanta solera.

Para los nacidos desde la mitad de los 90, Bertín Osborne y el gremio bibliotecario, deben formar parte de un pack indisociable a ese pasado mítico, oscuro y troglodita en el que no existía Internet.

Pero vamos al meollo, es decir, a la sipnosis de la película. El argumento, basado en el precedente gráfico del cómic de Joff Winterhart, retrata el verano que tienen que pasar juntos una madre y un hijo adolescente. El hijo heavy y depresivo (no necesariamente en ese orden) confiaba en pasar las vacaciones con su padre recorriendo Florida en un descapotable. Pero, por inconvenientes sobrevenidos, se ve obligado a pasarlo con su madre: una introvertida bibliotecaria de 52 años que se esfuerza por encontrar pareja de nuevo. El personaje de la madre cumple con todos los preceptos de la ranciedad estética y vital más estricta.

¿Un heavy como representante de la juventud millennial? Lo anacrónico e intergeneracional para Joff Winterhart, un boomer, son figuras de estilo. Sin duda. En su segunda novela gráfica, Driving short distances, incide en la temática ahora con contraste entre modelos de masculinidad.

 

La más reciente novela gráfica de Joff Winterhart se centra en la relación entre un joven aprendiz y su jefe. Un prototípico ejemplar de hombre de mediana edad chapado a la tradición.

 

Según reza Wikipedia, la teoría sociológica de la brecha generacional, surgió en los 60. Fueron los boomers los que cuestionaron todo el establishment cultural, político y de valores de sus padres. Desde entonces la juventud baila (como rezaba el programa de television de los 80) en la publicidad, el consumo y las modas. Mientras que en el mercado de trabajo, vivienda e independencia económica: la pista de baile se queda vacía.

La segregación por generaciones, más allá del entorno familiar, es uno de los proyectos más exitosos del capitalismo. Los ámbitos y espacios de interacción intergeneracional, más allá de los vínculos familiares, se han ido reduciendo sistemáticamente desde hace décadas. Divide y manipularás mejor. Un panorama que esta crisis sanitaria no ha venido más que a acentuar.

 

 

Del desconfinamiento por edades al «Tu fiesta me va a matar»: ahora llega el momento vacuna con «Tú Moderna y Pfizer, y yo AstraZeneca». La brecha, la insolidaridad, la lejanía se hacen más y más profundas. Pero donde menos, y cuando menos lo esperas, va C Tangana y hace un guiño a la Campanera de Joselito, mediación mediante de Manolito Gafotas: que la incrustó en la memoria de los que eran niños en los 90. Y Lola Flores, invocación digital de por medio, se convierte en referente del ideario millennial condensado en un eslogan publicitario para vender cervezas.

En la joya cinematográfica Looper (2012), un maduro y escarmentado Bruce Willis, coincide con su yo joven y tiene que disuadirlo de tomar decisiones que marcarán trágicamente su futuro.  Atención spoiler: no funciona.

Para superar lo que los tiempos se han empeñado en separar desde los años 60 del pasado siglo: no basta con advertencias. Hacen falta espacios comunes. Y ese espacio, físico y mental, puede y debe ser la cultura.

 

 

En la revista ‘Vanity Fair’ publicaba hace unos días un artículo sobre el club de lectura creado por la mítica casa de modas Chanel. La encargada de inaugurarlo ha sido Carlota Casiraghi. El titular elegido para encabezar el artículo deja claro el target al que se dirige la publicación: Carlota Casiraghi debuta en el club de lectura de Chanel con dos ‘looks’ sobresalientes. Y es cierto, la hija de Carolina de Mónaco, luce espectacular y terriblemente chic con sus dos conjuntos de Chanel. Pero donde termina de deslumbrar es cuando habla de Rilke, Baudelaire o lee fragmentos de Lou Andreas-Salomé.

¿Qué separa a la bibliotecaria protagonista de Days of the Bagnold Summer y a la heredera del trono del glamur monegasco? ¿La belleza, el estilo, el chic, la edad, el dinero, la clase social, la fama…? Desde luego, que como autores de juegos de encontrar las 7 diferencias: no tenemos precio. Y ¿si nos fijamos mejor en lo que, teóricamente, las une? Los libros.

La bibliotecaria interpretada por Monica Dolan trabaja rodeada de libros; y según el testimonio de Carlota, ella vive también rodeada de libros. En la aparentemente abismal brecha que separa ambas mujeres (dejando aparte que una es de ficción y otra, suponemos, porque no la conocemos, real): hay un puente hecho de libros.

 

Carlota, que tiene 34, es millennial por la punta de arriba. Y si tenemos que creer a Sabina: las niñas ya no quieren ser princesas desde los 80. Tal vez por eso, Carlota, licenciada en Filosofía por La Sorbona, se ha convertido en estrella de encuentros literarios como el pasado Hay Festival de Segovia; y escribe libros de filosofía junto a Robert Maggiori.

Mientras, desde el otro mundo que la reclama, el de la moda: la diseñadora de la colección de prêt-à-porter de la casa Hermès: Nadège Vanhee-Cybulski declara para ‘El País’:

«En los últimos 30 años todo en la moda ha girado en torno a la juventud: en los próximos 10 años lo hará sobre la diversidad  la inclusión.»

 

Sin salir de Francia, el alcalde de la villa gala de Rouez (Sarthe), ha promovido con la colaboración de la Fundación Le Grou la construcción de una biblioteca pública dentro de la residencia de ancianos de la localidad. Y prosiguiendo con este afan por crear espacios comunes en los que las generaciones interactúen entre ellas, el siguiente paso, ha sido la creación de un comedor para que escolares y ancianos coman juntos.

Ludovic Robidas, que así se llama el político, ha colaborado para la creación de dos de los espacios públicos donde, de la manera más natural, mejor se sortea la brecha generacional. Libros y gastronomía como puente entre los más jóvenes y mayores de la comunidad.

Como subraya el, también francés, arquitecto Eric Cassar: «la arquitectura intergeneracional implica repensar nuestros hábitos. La pandemia de coronavirus es un recordatorio de que se necesita una mayor solidaridad». Y por ello el arquitecto ha concebido un concepto de residencias que promuevan la mezcla intergeneracional.

El blog de arquitectura galo en el que se promueve un hábitat urbano ecológico, solidario e intergeneracional.

 

Cuando todo esto pase (frase que, a estas alturas, es más rogativa divina que frase hecha): las bibliotecas pueden/deben convertirse en los espacios públicos propicios para captar las ganas de interacción que tendremos. Frase que advertimos, ante previsibles quejas, que va a ser letanía en este blog a partir de ahora: que esa interacción sea más intergeneracional que nunca para compensar tanto tiempo (y vidas) perdidas.

Nos tocará construir los puentes. ¿De desvencijadas maderas y sogas como el de Indiana Jones y el templo maldito o el Golden Gate de San Francisco? Uno de Calatrava, mejor no, que resbalan y a ciertas edades, bibliotecarias, son un peligro para las caderas.

Y cerramos con lo que empezamos. La banda sonora de la película sobre la bibliotecaria aburrida y el hijo heavy viene firmada por el grupo Belle and Sebastian. Pero no, no vamos a cerrar con un tema de la BSO. Elegimos un clásico de su repertorio porque su título lo dice todo: Wrapped up in books (Envuelto en libros). Tal cual como la bibliotecaria de la peli y Carlota Casiraghi.

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Biblioteca bizarra (#bibliobizarro) 4º aniversario

 

Se han cumplido 4 años desde que en este post, de cara a la Navidad de 2016, lanzamos el reto #bibliobizarro. Un hashtag creado para compartir en redes algunas de esas joyas documentales que reposan, en tantas y tantas bibliotecas: y que requieren de una sensibilidad adiestrada para ser detectadas y convenientemente interpretadas.

 

 

En un rastreo apresurado por Twitter constatamos que el hashtag ha dado señales de vida hasta marzo de 2019. Con menos se le concede el estatus de clásico a según qué cosas. El caso es que la segunda temporada del 2020 (según acertada definición del escritor Miguel Ángel Hernández en un tuit) ha empezado trepidante y no parece que vaya a darnos mucha tregua. Por eso, por conjurar un poco tanto augurio inquietante: apostamos por arrancar el año en este blog con algo ligero.

Además, hace muy pocos días, desde la cuenta de Twitter de la RAE, nos llegaba una buena noticia. Estamos a punto de dejar de estar en pecado, lingüístico, con el uso alevoso y reincidente que llevábamos haciendo del término bizarro:

 

 

El vocablo que ya pasó el prueba del algodón académico en 2017 fue el de postureo. «Actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción«. Así lo describe su entrada. Y se ajusta bastante al uso que del concepto se hacía en sus orígenes angloparlantes. Proviene de poser, una palabra que en inglés venía a describir a aquellos que adoptaban las pintas, perdón, el look de determinadas tribus urbanas sin tener ni idea del discurso que había detrás.

Algo mal visto allá por los 80, cuando lo de la autenticidad aún se tenía en cuenta. Pero cuando, hasta los que entonces se llamaban pijos, llevan camisetas de Los Ramones o del Ché Guevara: está claro que lo de acoplar estética con discurso está más desfasado que decir carroza para referirse a viejuno. Viejuno, por cierto, un término camino de caer en desuso antes incluso de que la RAE inicie los trámites de adopción.

 

 

Precisamente, allá por los 80, la ahora renqueante industria del disco tuvo una de sus épocas gloriosas.  Aún no se atisbaba en el horizonte lo que aquellos simpáticos ordenadores terminarían haciendo con la música, primero. Y las películas, los taxis, las agencias de viajes, los libros y que cada uno sume lo que se le ocurra a la lista: después. Pero como todo vuelve (menos las hombreras como pistas de aterrizaje): los DJ, por un lado, y los (ahora también agotados) hipsters, por otro: han hecho que los vinilos regresen, y cada vez, se vendan más.

Según recientes noticias de la industria del disco, por primera vez en la historia, el vinilo supera al CD en ventas en los Estados Unidos. Una tendencia que ya se dio en el 2019, y que en el año de la pandemia, en el año en que el consumo digital se ha elevado a cifras jamás alcanzadas: se consolida.

 

 

¿Hacemos una lectura oportunista? Este ansia por la fisicidad de la cultura ¿tendrá algo que ver con el ansia por el contacto físico? ¿Necesitamos lo tangible después de tanta comilona digital? ¿Estamos precisados de abrazos culturalesfiúuuuuu Esto último es un intento de onomatopeya para representar el sonido que hace un vinilo cuando se raya por un golpe imprevisto en la aguja. Una distorsión, una disonancia. Como la de citar en el mismo post la cursilería de «abrazo cultural» junto al concepto de bibliobizarro.

Lo cierto es que hasta Netflix le está viendo las orejas al lobo. Lejanas, pero visibles, vacuna mediante. Las ganas acumuladas, reprimidas, confinadas (al menos por parte de los que cumplimos con las recomendaciones sanitarias) por salir de la estricta dieta digital que estamos llevando amenaza con provocar una caída de suscripciones. Y como decíamos en Teletrabajo, telebiblioteca: ahí deberían estar las bibliotecas: capitalizando ese deseo, esa necesidad.

 

 

El caso es que la liturgia del vinilo, el fetichismo de su diseño, todo aquello que los que vivieron los 80 (y décadas previas) reconocían como el placer del melómano, ha vuelto. Una reacción a la falta de respeto con que se consume la música. Pero como todo en este tiempo, este revival no está exento de postureo.

Según un estudio realizado en el Reino Unido, hace unos años: el 48% de las personas que compraban vinilos tenían tocadiscos pero no lo usaban; y el 7% ni siquiera tenía tocadiscos, ni pensaba adquirir uno. Sorprendente, ¿no? Bueno depende de cómo se mire, según el mismo estudio, las razones provienen del placer de disfrutar del diseño de los discos, de su valor como objetos bellos; y por otro lado, su simple afán de coleccionar.

 

 

Tras la muerte de Umberto Eco, circuló por las redes un vídeo en el que una cámara le seguía mientras recorría todo el piso que había consagrado a su biblioteca. Un placer para cualquier bibliófilo, y un sueño/pesadilla para cualquier bibliotecario que tuviera la suerte de recibir tan impresionante legado en donación. ¿Se habría leído todos los libros que atesoraba en su biblioteca el gran Eco? En su caso, nadie se atrevería a hablar de postureo, dada su talla intelectual. Pero, ¿cuánto de fetichismo habría en ese coleccionar libros y libros sabiendo que, probablemente, no llegaría a leérselos todos?

Un libro, por miles que se tengan, siempre es susceptible de ser leído: un disco sin tocadiscos, es un absurdo. Pero siempre se puede interpretar como algo positivo, y sobre todo, muy humano.

 

 

Es la añoranza por un cierto ritual, por alguna forma de liturgia (comprar el disco, desprecintarlo, colocarlo con cuidado en el plato, coger la aguja, ponerla en el surco, y escuchar las primeras notas mientras se contempla las fotos del interior, se leen las letras, y los más apasionados, hasta los créditos). Es, en cierto modo, una nostalgia de pequeñas ceremonias de las cuales, lo digital, nos ha ido privando. Y ahora, hasta los nacidos en un tiempo sin tocadiscos, añoran algo que no vivieron y compran vinilos.

Los datos sobre la cultura en pandemia son demoledores. Pero en medio del desastre, el libro ha mantenido el tipo más que honrosamente. Deseando estamos ver el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros del 2020. Va a resultar de lo más jugoso. De hecho, cuando se convierta en trending topic, deberíamos exigir que a las bibliotecas se les reconozca de, una vez, el papel decisivo que han jugado en esos datos.

¿Se mantendrá la tendencia cuando se alcance la anhelada inmunidad de rebaño? Como dicen los metereólogos a cuenta de Filomena: no hay precedentes. Pero los datos apuntan muy, muy prometedores. Y además, por parte de los David del mundo del libro. Según la información que proporcionan las librerías reunidas en la plataforma Todostuslibros.com: la adquisición de libros en papel en librerías le planta cara al Goliat de Amazon. Los datos pintan halagüeños.

¿Será un efecto rebote pospandémico? ¿En el fondo somos conservadores a la hora de consumir música (y por eso añoramos los vinilos), y a la hora de leer? No, simplemente es que los cambios, pese a lo vertiginosos que puedan parecer, no son tan fulminantes como algunos predicen. Algo negativo en según qué casos; pero en cambio, positivo cuando hablamos de cultura.

Según relataba Bob Stanley, en su estupendo ensayo Yeah, yeah, yeah, la historia del pop modernoEn 1978, como reacción al éxito que tenía la música disco en las listas de éxitos, medios como la revista Rolling Stone (guardiana de las esencias del rock) anunciaba en sus páginas camisetas con frases como «Muerte a la música disco«, «Mata a los Bee Gees«.

Ese mismo año,  en un estadio de beisbol, incluso se llegó a celebrar un «derby de demolición de la música disco«. Hordas guardianas de las esencias del rock contemplando la explosión de un contenedor con 10.000 discos mientras los espectadores gritaban: ¡El disco da asco!

Aquellos espectadores que, cual asaltantes del Capitolio musical del momento: defenestraban la música disco: entrarían en depresión al comprobar que, cuarenta años después, Future nostalgia de Dua Lipa, arrasa reivindicando ese género. Never say never again. Por eso recuperamos el hashtag #bibliobizarro en el primer post del 2021. Probablemente sea el adjetivo que mejor lo vaya a definir ahora que la RAE parece dispuesta a ampliarlo con el significado de extraño, extravagante.

 

Portada del disco Future Nostalgia de Dua Lipa. Tenía que suceder. La industria de la nostalgia lo ha llevado todo tan al extremo que los millennials añoran un futuro de aires retro.

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Biblioteca cancelada

 

Pa’ la cultura, cultura, cultura

Pa’ la cultura tengo la cura,

bailo lo que me dura

David Guetta ft. Various artists

 

La cultura en la actualidad es un campo plagado de minas. Hay que ser extremadamente cuidadoso para no terminar saltando por los aires. La cultura siempre ha sido terreno resbaladizo. Pero pocas veces el camino ha estado tan plagado de buenas intenciones (como las que llevan al infierno); por parte de los que han de heredar todo esto.

 

Cancelled: serie filmada con un teléfono móvil durante el confinamiento y estrenada en Facebook. 

 

Que cada generación quiera enmendarle la plana a la precedente es (o debería ser) señal de evolución. Y los denominados millennials o generación Z están repitiendo el patrón, que desde que se sacralizara la juventud allá por los 60: han hecho los boomers, los X, los Y y cualesquiera otra etiqueta con la que se han estereotipado las características de cada nueva camada.

A los que les toca ahora representar ese papel (los nacidos entre finales de los 90 y la primera mitad de los 2000): la foto de grupo les sale favorable en conciencia medioambiental, igualdad de género, libertad sexual, justicia social, capacidad de movilización y consumo responsable. Claro que, también en estas franjas de edad, se sitúan muchos votantes de partidos populistas y extremistas. Pero, pese a sus actitudes y modos, no son estos jóvenes adscritos a discursos apolillados los que más deberían preocupar.

 

En la portada de enero de 1939 de ‘Flechas y Pelayos’, la publicación infantil de Falange Española: un bebé aprende a formar palabras con el nombre de Franco.

 

El verdadero peligro se encuentra entre ese sector de jóvenes concienciados con su tiempo. Entre ese grupo de jóvenes que abogan por hacer progresar la sociedad hacia valores más justos e igualitarios. Esos jóvenes en los que los mayores, que se creyeron el espejismo de una España moderna en los 80: les gusta verse reflejados. Ellos son los llamados a reformular, en términos prácticos, lo que entonces eran meras fórmulas estéticas.

Pero la polarización extrema en los principales medios a los que recurren para informarse (las redes sociales): les lleva, en demasiadas ocasiones, a tejer el tapiz de un mundo ideal que por los extremos se les va deshilachando.

La información, el consumo cultural, los discursos… se han fragmentado como las casillas de una ruleta. Un círculo bien compartimentado en el que la bola de la polémica va botando hasta caer aleatoriamente. No por casualidad la ficción más consumida en estos tiempos son las series de televisión. Narraciones troceadas ideadas para inducir la fidelidad.

En el Festival de cine de San Sebastián, el presidente del jurado, el cineasta Luca Guadagnino presentó su serie para HBO: We are who we are. El retrato de unos jóvenes estadounidenses que viven en una base militar en Italia. Respecto al consumo de series, Guadagnino, declaraba lo siguiente en una entrevista en ‘El Español‘:

«El problema es la fruición. Es el modo en que vemos una película y en el que vemos una serie de televisión. La unidad de visión que permite gozar de una película de cine, no pertenece a la experiencia televisiva, porque en una tele se ve un episodio separado del otro.» 

Vasos de Duralex: nostalgia para los que fueron a la EGB. Tras 75 años cierra la mítica marca de vajillas. ‘Mi mundo en desaparición’ que cantaba Fangoria. 

Historias por entregas, cual folletines decimonónicos, que administran la acción según estricta posología. Un consumo cultural que cuanto más se globaliza, más se atomiza. Como un vaso de Duralex estrellado en el suelo de la cocina.

En el documental de moda sobre las redes sociales, The social media (2020), diversos exdirectivos de Facebook, Twitter, Instagram y demás adictivos digitales: entonan el mea culpa por el daño que sus empresas están generando en la sociedad y la democracia.

No es casualidad que el término al que se recurre para describir la implicación de muchos internautas con los valores progresistas que defienden sea el de la cancelación. Al igual que a una serie: ahora a cualquiera nos pueden cancelar. Condenar al ostracismo social, vía digital, sin posibilidad de otra respuesta que no sea la contrición pública.

En los últimos meses se suceden artículos sobre la cultura de la cancelación (otro concepto proveniente del mundo anglosajón que, como tantos, se ha adoptado sin reticencias). Y curiosamente uno de los análisis más certeros se publicó en una revista de moda. Como las plataformas de streaming cuando una serie no da los datos de audiencia deseados, en las redes, se cancelan personas o trayectorias como si fueran personajes de ficción.

Una serie que, dificilmente, será cancelada por su productora es la adaptación de la novela Patria por parte de HBO. Su estreno acapara todos los titulares que amablemente dejan libres los políticos y sus peleas en plena pandemia. Pocas veces, al menos en estos tiempos de consumos fragmentados, había concitado tanto revuelo una adaptación literaria a la pantalla pequeña.

En el caso de Patria, la novela y su adaptación, es muy probable que se conviertan en objeto de estudio y precedente de futuras apuestas similares. El poder de la ficción como herramienta didáctica para abordar un trauma nacional. Un proceso de debate sobre un tema delicado que se abrió audiovisualmente, a través del humor, en la amable Ocho apellidos vascos (2014). Su taquillazo allanó, en cierto modo, el camino para abordarlo ahora desde el drama.

El impacto de la novela, en un país con bajos índices de lectura, pese a convertirse en best seller, y hasta ser recomendado por la influencer de sobremesa Belén Esteban: tenía sus limitaciones. Pero al traducirse a imagen la identificación de los espectadores con esa realidad, aún tan tristemente cercana, se multiplica.

El elogiado debut literario de la joven promesa de las letras estadounidenses: Camonghne Felix.

En palabras de la joven escritora estadounidense Camonghne Felix: «la cancelación […] es una forma de que las comunidades marginadas afirmen públicamente sus sistemas de valores a través de la cultura pop». Hasta ahí suena bien. Lo peligroso es cuando se convierte en un movimiento de justicieros solitarios que, cada día, entran en las redes dispuestos a cobrarse nuevas piezas.

No fue el pop del que habla Felix, sino el rock radical vasco, el que ejerció de banda sonora en los años más duros del conflicto vasco. Pero el concepto de cultura de la cancelación se podría aplicar igualmente a lo que entonces aconteció. Una parte de la sociedad ‘cancelando’ a los que no comulgaban con su sistema de valores.

La inquisición bien entendida empieza por uno mismo. Kate Winslet, que parte como favorita en la temporada de premios cinematográficos, ha abjurado de Woody Allen y Roman Polanski sin que nadie se lo pidiera. Un arrepentimiento por haber trabajado en sus películas, cuando las acusaciones que pesan sobre ellos, eran de sobra conocidas. 

 

Si las bibliotecas consiguieran una presencia realmente trascendente en redes: serían canceladas desde los más diversos frentes. Las bibliotecas defienden los matices, las opiniones contrapuestas, abordar discursos dañinos para extraer las enseñanzas necesarias para desactivarlos. Pero si esta cultura histérica de la cancelación se agudiza o se agota de pescar siempre en los mismos caladeros: ¿cuánto tardarán en exigir que se ‘cancelen’ en las bibliotecas las obras de J.K. Rowling, las películas de Allen y Polanski o las de Pérez Reverte (diana favorita en nuestro país)?

En las zonas ideadas para jóvenes, que últimamente proliferan en el orbe bibliotecario, se destaca su apuesta por dejarles su espacio; potenciar su capacidad de auto aprendizaje; de autonomía e independencia de criterio. Espacios seguros para que puedan desarrollarse y disfrutar de la oferta bibliotecaria según sus intereses.

En la descripción de objetivos que la Biblioteca Pública de Providence (Rhode Island) hace de su loft para jóvenes destacamos tres:

  • Apoyar el crecimiento y desarrollo de los jóvenes.
  • Construir relaciones y comunidad a través de la comunicación y la compresión.
  • Practicar la humildad cultural y abrazar la diversidad.

La zona para jóvenes de la Biblioteca Pública de Evanston (Illinois).

 

En su primera novela gráfica, Ilu Ros, aborda los referentes del pasado a través de sus conversaciones con su abuela.

Practicar la humildad cultural y abrazar la diversidad. No puede sonar mejor. No ya para los jóvenes sino para todos. La desconexión de los nacidos bajo el imperio de lo digital respecto a generaciones previas marca una distancia que puede acarrear muchos problemas. Sobre todo, cuando los propios adultos que provienen de una cultura mucho menos fragmentada: tampoco demuestran grandes habilidades protegiéndose de las manipulaciones y la infoxicación que todo lo enturbia.

Por ello, esa tendencia a crear espacios propios para adolescentes y jóvenes en las bibliotecas, que tan bien puede venir para atraer a la población más difícil de seducir: debería ser compensada.

El siguiente paso sería potenciar, pensar, diseñar espacios, actividades, cruces intergeneracionales en la biblioteca. Si las redes, los medios tendenciosos (¿hay alguno que no lo sea? incluido este blog) se empeñan en separarnos: démosle la vuelta a su discurso y promovamos la interacción entre generaciones. El tinglado, tal y como está ideado, no lo soportaría.

Aún estamos a tiempo de aprovechar todo lo bueno, todo lo aprendido, todo lo ensayado. Todos los errores. Pero para eso hace falta capacidad de resistirse al ritmo que nos marcan (mos). Antes de que el Covid-19, u otra venganza de la naturaleza, nos cancele a todos: aprovechémonos del potencial de las bibliotecas, de la cultura sin dogmas, para lograr esa sociedad con la que no solo sueñan los jóvenes.

 

Página de ‘Estamos todas bien’ la novela gráfica con la que la ilustradora Ana Penyas ganó el Premio Nacional de Cómic (2018). Las abuelas de la autora como protagonistas de su relato.

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Vindicación de lo bibliotecario en tiempos posCovid

En una ocasión ya hablamos del riesgo que se corre en blogs, revistas, foros y demás medios del orbe bibliotecario de actuar como un ‘¡Hola!’ bibliotecario. Y quien dice un ‘¡Hola!’ dice un ‘Vogue’, ‘Vanity fair’, ‘House&Gardens’, ‘Neo2’. Cualquier cabecera aspiracional, que cual Instagram impresos, permite al pueblo asomarse al retrato edulcorado de las élites. Financieras o culturales, tanto da, si es que acaso no coinciden.

 

Una fotografía que perfectamente podría ser del ‘¡Hola!’ pero que aparece en ‘Vanitatis‘: la visita de los Reyes a la Biblioteca Nacional.

 

Una combinación mal dosificada de preguntas al aire combinada con exhortaciones a la innovación: puede tener efectos paralizantes.

Paralizantes por generar mala conciencia entre profesionales de bibliotecas con plantillas envejecidas por años de falta de renovación de personal; de bibliotecas donde propiamente, lo que se dice personal con formación bibliotecaria, hay muy, muy poco; de bibliotecas donde si había poco presupuesto ahora habrá menos…

Esta letanía quejumbrosa y deprimente siempre ha sido un eco en muchas pausas del café en congresos y/o encuentros del gremio. Es un vicio, que como todos los vicios, no deja de ser síntoma de carencias. Por eso vamos a planear a ras de suelo. Si este post fuera una exclusiva se publicaría en el ‘Pronto’ antes que en el ‘¡Hola!’ para entendernos.

La biblioteca viviente también necesita cariño.

 

Esta situación mundial de emergencia sanitaria ha provocado prácticas marcadas por la provisionalidad en las que, inevitablemente, habrá que perserverar. Por ejemplo, toda la vida que se haya podido infundir a redes y plataformas de la biblioteca: se querrá afianzar y consolidar. Otra cuestión es que las exigencias del trabajo presencial lo permitan a ese nivel.

Que digital+biblioteca va unido en todas sus vertientes: está asumido. Pero vamos a la crónica de sucesos, vamos al ‘Pronto’ que prometíamos. ¿Qué pasa con la biblioteca como espacio físico?

Una vez terminados los protocolos, instaladas las mamparas, los hidrogeles, los espacios para cuarentena de la colección, la cartelería, la señalética, las políticas de préstamo, los circuitos para la movilidad del público, etc. Si tras superar, cual carrera de obstáculos, las fases 1, 2, 3 y alcanzar esa ‘nueva normalidad’: quedara algo de tiempo: se podrían retomar asuntos pendientes.

 

Infografía sobre los servicios permitidos en Fase 3 según la Orden SND/458/2020 realizada por la Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria del Ministerio.

 

Por ejemplo, ¿cuántas veces hemos repetido que: ‘las bibliotecas no son salas de estudio’? Muchas más de las que ha sonado Resistiré durante estos meses. Y he aquí una oportunidad para ponerlo en práctica. Por mucho que en la fase se permitan las actividades culturales, el préstamo interbibliotecario, el uso de ordenadores o el estudio encubierto de consulta en sala: el orden de los factores, en este caso, sí que afecta al resultado.

Postergar todo lo que se pueda el estudio y dar prioridad absoluta a todo lo que consideramos como servicio propiamente bibliotecario (préstamo presencial, información bibliográfica, préstamo interbibliotecario, actividades culturales, clubes de lectura…) sí que marca precedentes, aunque sea en el pundonor bibliotecario de los profesionales.

Deja claro que si la biblioteca fuera Kate Winslet, en Titanic (1997), y Leonardo DiCaprio representara a los estudiantes: no dejaría que Leo se ahogase, le dejaría subir a la tabla: pero antes se aseguraría de que lo prioritario está a salvo. La bibliotecidad de la que hablaba Pablo Gallo, la esencia bibliotecaria, o como quiera cada uno llamarlo: según la idea y concepto que tenga de lo que debe ser una biblioteca pública.

 

James Cameron decidiendo quién ‘sobrevive’: si las bibliotecas o los estudiantes.

 

Imagen promocional de Kika (1993): el director pensando cómo mover a sus personajes. Una buena metáfora visual de cómo mover las piezas en esta extraña rentrée bibliotecaria.

El margen de cambio, dadas las circunstancias, puede que sea pequeño pero siempre habrá alguno. ¿Cuántas veces se ha dado un impasse en el devenir cotidiano de las bibliotecas como este?

Sería injusto centrarnos únicamente en el lobby estudiantil. ¿Qué pasa con los pecados achacables a los propios bibliotecarios? ¿Cuántos procesos de trabajo no se podrían reconducir, cuántas inercias corregir, y asuntos replantear aprovechando la excepcionalidad del momento?

Si se acomete la reducción de espacio para el estudio que sea con la finalidad de abordar, por fin, ese fab lab; ese espacio multidisciplinar; ese vivero de empresas; esas salas para reuniones/trabajos de grupo; ese estudio de grabación; o cualquiera otra reestructuracion de espacios/servicios que, hasta ahora, no se habia encontrado el momento de acometer.

Cuando todos estamos en modo reseteo es momento de introducir las actualizaciones. De subrayar (por recurrir a vocabulario estudiantil) lo que realmente nos importa. Aunque fuera de manera testimonial, ni siquiera con el mobiliario y diseño soñados. Pero que al menos se plante la semilla de ese concepto de biblioteca con el que soñamos al leer los ‘Hola-Vogue-Vanity Fair’ bibliotecarios.

Algunas ideas posibles, que no plausibles hasta que se ponen en práctica, serían:

  • reducir brecha digital: si algo ha quedado claro durante esta pandemia son las limitaciones de los servicios bibliotecarios (y educativos, y de todo tipo, pero aquí hablamos de bibliotecas) para alcanzar a las personas excluidas por el motivo que sea de una conexión a Internet. Formación y pensar en servicios que se puedan ofrecer vía móvil.
  • atención reforzada a población de edad avanzada: desde promover préstamo a domicilio en casos en que se pueda, formación en el uso de plataformas digitales, y espacios propios para ellos en la biblioteca. La segmentación por edades de los espacios de la biblioteca, en estas circunstancias, gana más importancia que nunca por cuestiones de seguridad.
  • préstamos de equipamiento informático a domicilio. Antes que mantener los equipos dormidos en los armarios permitir su préstamo extramuros.
  • ofrecer las plataformas/redes de la biblioteca para eventos que se han tenido que suspender en el municipio y que permiten su celebración online. Los grandes festivales de cine se han suspendido presencialmente, pero van a llevar a cabo, a través de Youtube, parte de su programación. ¿No podrían explotar los eventos cinematográficos locales ofertas de las bibliotecas como la plataforma eFilm? O si se ha suspendido una feria del libro o eventos literarios ajenos a la biblioteca, lo que sea adaptable al mundo digital: podría usar las redes o plataformas de la biblioteca.
  • Compañías teatrales, actores, cuentistas y demás creadores locales se han ofrecido, de manera gratuita durante el confinamiento, a bibliotecas. Sus redes eran deseadas como vías para llegar a más público. Y al tiempo, afianzan, una posible relación, remunerada, en el futuro.

Pero antes de que nos acusen de incurrir en una apoteosis del ‘Consejos vendo que para mí no tengo’: lo dejamos aquí. Que para acusaciones, en relación a bibliotecas, ya está la denuncia de cuatro grupos editoriales contra el portal Internet Archives (IA).

Logo de la biblioteca emergencia de Internet Archives.

La espita de esta nueva ofensiva editorial contra la que se autodenomina ‘biblioteca web’ proviene de la creación de una ‘biblioteca de emergencia’ durante este periodo.

IA ‘liberó’ 1’4 millones de libros, como aquí en España han hecho algunas editoriales, permitiendo la concurrencia. Una suspensión, la de las listas de espera, que se programó solo, en principio, para esta situación excepcional.

Lo que temen los grupos editoriales que han elevado la demanda, con el apoyo de la Asociación de Editoriales Estadounidense (AAP): es que esta excepcionalidad sea un coladero para afianzar esta práctica. En ‘Xataka‘ recogen las declaraciones del fundador de IA Brewster Kahlo al respecto de la demanda:

«como biblioteca, IA adquiere libros y los presta, como siempre han hecho las bibliotecas […] en una situación en la que no puede accederse a colegios, bibliotecas y demás sitios públicos esta demanda judicial no favorece a nadie»

¿Alguién le habrá hablado a Kahlo de las plataformas legales de préstamo de libros y audiovisuales con que cuentan las bibliotecas? El caso es que ante esta apropiación (¿o deberíamos decir suplantación de identidad?) del concepto biblioteca: una vez más se hace necesario vindicar lo genuinamente bibliotecario en tiempos posCovid.

Si se apropian de la idea, al menos, que se reconozca la denominación de origen a las que siempre han sido bibliotecas de verdad. Un ‘nosotras estábamos primero’ que, en términos prácticos sirve para poco; pero que a efectos psicológicos: igual ayuda para infundir ánimos de cara al regreso.

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Literatura infectada

Que una película como Contagio (2011) se convirtiera en la más vista durante las primeras semanas de confinamiento se puede interpretar de dos maneras. Desde un punto de vista positivo: los espectadores que la eligieron querían indagar, a través de la ficción, en lo que suponía una pandemia. Y de una perspectiva menos constructiva, pero igualmente humana, que el morbo por lo apocalíptico forma parte de nuestro ADN. Y quien dice la cinta de Steven Sodenberg dice las numerosas selecciones de libros de ficción sobre pandemias.

 

Orgullo + prejuicios + zombies (2016)

 

El propio director, Sodenberg, declaraba recientemente que pese a haberse documentado sobre los escenarios posibles en una pandemia global: la realidad le ha sobrepasado. Pese a la inquietante fidelidad de la película con lo acontecido nueve años después: el director se ha visto sorprendido por la profunda irracionalidad de muchos de sus compatriotas. La realidad siempre superando a la ficción.

Pero en este post vamos a rescatar ¿del olvido? un fenómeno literario que precisamente coincidió cronológicamente con el estreno de la película de Sodenberg: la literatura mashup. Cuando se publicó el cómic Orgullo, prejuicio y zombis parecía un disparate de lo más divertido. Fue a principios de esta década cuando el concepto de los mashup infectó a la literatura.

Antes que nada habrá que aclarar qué es eso de la literatura mashup por si alguien no lo recuerda o sabe. Nosotros proponemos castellanizar el concepto traduciéndolo como Literatura infectada. Porque de eso se trata: de infectar a unos géneros con otros, de coger clásicos de la literatura y machacarlos, hacerlos añicos convirtiéndolos en historias de vampiros, zombis u hombres lobo.

El término, culturalmente hablando, proviene del mundo de la música. El bastard pop o mashup se concibe como un collage musical que mezcla dos (o más) piezas musicales. En tiempos recientes YouTube se ha llenado de temas pop hábilmente mezclados, en la mayoría de las ocasiones, como una manera de denunciar sospechosas inspiraciones que rozan el plagio. Como si la originalidad siguiera teniendo algún peso en la fábrica de salchichas de la mayoría de música comercial del momento.

Pero centrándonos en lo literario, la mayor damnificada/intervenida fue Jane Austen: desde Sentido y sensibilidad y monstruos marinos, pasando por el ya mencionado Orgullo, prejuicio y zombis o Emma y los vampiros. Pero ni Tolstói se libró del saqueo, y así la robótica enlazó con la heroína romántica por excelencia, en Android Karenina.

Y al cine, por supuesto, también llegó la moda con Abraham Lincoln, cazador de vampiros (2012) o Drácula la leyenda jamás contada (2014). Menos mal que a continuación, Spielberg estrenó su biopic sobre el mítico presidente.

Así al menos, cuando manden un trabajo escolar sobre la figura del presidente a los escolares estadounidenses, tienen un referente cinematográfico más fidedigno. Aunque dado el umbral de incredulidad superado con Trump: creer que un presidente ejercía como un Val Helsing de la política: resulta de lo más creíble. La realidad de nuevo superando a la ficción.

¿Qué artefactos culturales, qué mixturas insospechadas, surgirán de esta crisis sanitaria, económica y social? Un campo de experimentación son las bibliotecas.

En nuestra serie El ángel exterminador bibliotecario planteábamos un confinamiento cultural entre diferentes tipologías de usuarios. En esa ocasión lo hicimos para tomar el pulso a los consumos culturales de grupos muy diversos.Tal vez, con un poco de perspectiva, sería momento de retomar aquella idea y cruzarla con otra serie de este blog: Geopolítica bibliotecaria. Al menos la sospecha de plagio se anula.

The exterminating angel: la ópera del compositor inglés Thomas Àdes que adapta la película buñueliana.

 

Un post mashup entre El ángel exterminador bibliotecario y Geopolítica bibliotecaria. Un cruce entre cómo se desarrollan los hábitos y comportamientos de los usuarios de bibliotecas con efecto zoom (escrito en inglés original con doble intención): de lo local a lo global. Pero para que se dé esta infección aún necesitamos algo más de tiempo. Quede como promesa.

Y mientras llega el momento volvemos a los orígenes, a donde nació el fenómeno mashup, a la música. En un post de Open culture nos hablan sobre si las generaciones son fenómenos naturales o construcciones culturales. Un debate apasionante pero para otro momento. Lo que enlaza con el fenómeno mashup es el proyecto que nos descubren de dos DJ de Chicago: The Hood Internet.

Estos dos DJ y productores, especializados en mashup y remixes, han elaborado una serie de vídeos en los que agrupan 50 canciones lanzadas en un solo año. Desde 1979 a 1988 (por el momento). Aquí elegimos el 86 como podíamos haber elegido cualquier otro. Un collage músico-nostálgico que según los gustos, estéticos y musicales, de cada uno puede resultar indigesto o una delicia.

 

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Manual de urbanidad bibliotecaria

 

La educación salva vidas. Así de contundente y simple. Solo respetando la distancia social, el uso de mascarillas, y tomando todas las medidas oportunas: conseguiremos doblegar a este virus.

Según el sesgo político de cada uno se aceptaba o atacaba la existencia de una asignatura denominada: Educación para la ciudadanía. Pero se esté o no a favor: lo cierto es que el nombre no puede ser más acertado. Si nos educan para leer, resolver problemas matemáticos, tener nociones de ciencia, habilidades deportivas o manuales: ¿no procede que nos eduquen en convivencia y civismo? Lo que sucede es que, en estas circunstancias, la desidia o ausencia de esa consideración hacia tus conciudadanos tiene consecuencias trágicas.

 

«la conductora es ante todo mujer. Por tanto, debe ayudársela a descender de su vehículo»

 

Ser ciudadano, como todo, requiere un aprendizaje. Y lo que hasta el momento era francamente deficitario en nuestras calles y espacios compartidos: ahora se convierte en cuestión de importancia vital. Y ¿en las bibliotecas? Ahora va a ser el momento de comprobar más que nunca esas carencias que cualquiera puede observar en la calle.

Los buenos modales, la educación, o en su término más arcaico, la urbanidad: ha ido acumulando muy mala prensa desde hace décadas. Por eso para hablar de urbanidad y bibliotecas, este post, se recrea en una de esas joyas que tanto satisfacen nuestra vena bibliobizarra. Una de esos libros que aparecen en un depósito polvoriento y te arrojan una mirada en perspectiva sobre nuestro presente: El libro de oro de la cortesía. Guía ilustrada de la etiqueta.

«dos señoritas o señoras llevan en medio al hombre, que las acompaña, el cual tiene a su derecha a la de más edad»

Este tratado suizo, editado en 1967, es una mina. La urbanidad, tal y como la entendían nuestro mayores, tenía tanto de sentido común para facilitar la convivencia; como de imposición social, que reprimía cualquier disidencia del papel que hombres y mujeres, debían representar.

Según la ley del péndulo de la historia, era lógico que después de tanta rigidez, vinieran tiempos más relajados. Pero, ¿dónde termina la naturalidad y empieza la grosería?

El siglo XXI, tiene las mismas cifras que el XIX, quizás sea por eso que a algunos les bailan los números, y nos hacen viajar por el túnel del tiempo. Por eso, no vamos a erigirnos en inquisidores de las formas sociales, nada más lejos de nuestra intención. Nos seduce más separar lo rancio de lo necesario, recreándonos en algunos de los consejos que aparecen en el susodicho libro. A ver si de este modo, consiguiéramos situarnos en la mitad del arco que va describiendo el péndulo.

Hace años, en ‘El País’ se abordaba en un artículo, el tema de los buenos modales en el mundo digital. Según se destacaba en este artículo: «los jóvenes se están hartando de la ironía, de la grosería y de los comentarios sarcásticos que predominan en sus vidas en Internet». La etiqueta está volviendo como respuesta a la dureza de las relaciones en el ámbito digital («lo amable está de moda», era una de las frases que condensaba el texto).

 

«en primer lugar se saludan las señoras unas a otras; y por último, los señores entre sí.»

 

Esto era en 2013, y siete años después, ¿acaso podemos decir que lo amable esté de moda? Si miramos a Instagram más que lo amable es lo falsario. Y si miramos a Twitter…. si miramos Twitter…

Y esa frenética falta de modales, de educación, de respeto, lo peor, es que se desvirtualiza y termina ocupando nuestras calles.

No deja de resultar curioso que, si hoy día, buscas artículos, en castellano, sobre Netiqueta (esos buenos modales digitales): encontremos artículos mayoritariamente latinoamericanos. Solo hay que viajar a Colombia u otros países, unidos con España a través de la lengua, para notar la degradación del castellano en nuestro país. Vocablos, aquí considerados cultos o en desuso, perviven en el lenguaje de las clases más humildes al otro lado del Atlántico.

 

«la mujer moderna conduce personalmente su automóvil»

«las uvas se arrancan del racimo con la mano, y se comen grano a grano»

 

¿Conseguirán las bibliotecas confirmarse una vez más como espacios seguros? Los numerosos protocolos que ultiman contrarreloj para adaptar espacios y servicios a esa inminente ‘nueva normalidad’ serán los baremos con los que  medirse. Ahora más que nunca la biblioteca, como espacio físico, actuará como espacio de descompresión del, en demasiadas ocasiones, antipático espacio exterior.

Una buena oportunidad para reforzar aún más los lazos con nuestras comunidades. Y demostrar que la cultura no te hace ser un ladrillo más en la pared. Todo lo contrario. Te hace más libre de esos ‘maestros’ que imparten moralina en las redes esperando que les sigas el juego en la calle.

 

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Desescalada cultural o bibliotecuchicuchi

 

En estos tiempos extraños se habla mucho de desescalada como vuelta a nueva normalidad. Pero tras esta forzosa ruptura con la rutina, el concepto de desescalada, se puede aplicar a muchas cosas. Sin ir más lejos a la cultura. ¿Se ha producido una desescalada de lo que se entiende por cultura durante este confinamiento? Las bibliotecas ¿han actuado como proveedoras de cultura o de entretenimiento?

Parecía imposible. Pero, incluso en medio del fuego cruzado de bots políticos, aún ha quedado hueco para un linchamiento a cuenta de la cultura en Twitter. Un linchamiento que nos sirve para abordar esa desescalada cultural de la que hablamos.

 

Tarta de la pastelería neoyorquina Trolls Cake que hace tartas con los tuits ofensivos de trolls en redes, localiza sus direcciones,  y se los manda a domicilio. 

 

El linchamiento, en cuestión, tuvo como diana a una artista que lanzó una reflexión en torno a la cultura y al entretenimiento desde su cuenta personal. En su tuit llamaba a no confundir entretenimiento con cultura. Y a las pocas horas tuvo que cerrar su cuenta de Twitter ante el hostigamiento.

No vamos a decir de qué artista se trata. Como decía aquella: «odiamos a los que odian». Así que no vamos a reavivar ningún estúpido linchamiento. Lo que nos interesa es el fondo y trasfondo que se puede hacer de esa confrontación cultura-entretenimiento y lo que pintan las bibliotecas en medio de todo esto.

Entretener, según la socorrida RAE, en su primera acepción es distraer a alguien impidiéndole hacer algo (lo que alguno llamaría el pan y circo de toda la vida para adormecer a las masas). Pero en la misma entrada, la sexta acepción del término, detalla: divertirse jugando, leyendo, etc. Y he aquí, que en ese leyendo, se abre el túnel en el diccionario por el que se conecta el entretenimiento con la cultura.

Diferenciar cultura de entretenimiento, visto el juicio sumarísimo en Twitter, se tipifica como delito de clasismo, esnobismo, prepotencia, superioridad y demás crímenes tipificados por el Tribunal Supremo de lo igualitario en redes. Cuando, se supone, lo que debería celebrar la cultura por encima de todo, precisamente, es la diferencia de criterio. Igual es que el foro para sutilezas a contracorriente no era el apropiado. Va a ser eso.

 

«La democracia es la dictadura de los ignorantes«: atiéndase a las comillas no vaya nadie a adjudicarnos la frase y nos toque el siguiente linchamiento. Es una de las perlas que dice el aristocrático, clasista sin complejos, y cínico secular conde Drácula en la, interesante e irregular, revisión que de su mito han hecho los británicos Mark Gatiss y Steven Moffat para la BBC. Pero de entre las perlas que salen por su boca destaca la explicación del miedo cerval que el, aparentemente, omnipotente conde siente por las cruces.

La cruz como arma: un clásico en el género vampírico.

[Atención spoiler] Según relata el vampiro su miedo proviene de haberse tenido que alimentar durante siglos, en Transilvania, de la sangre de miles de campesinos. Por culpa de ello, el aristócrata, ha desarrollado un miedo instintivo a las cruces por tantos litros de hemoglobina plebeya.

Para los campesinos la cruz es símbolo de represión, no de salvación, y la superchería religiosa se ha infiltrado en las descreídas venas del no muerto. De ahí el empeño del conde por viajar a Inglaterra. Esa tierra repleta de exquisitos, refinados y cultos gentlemen y ladies de los que tanto plasma cultural puede succionar, literalmente, para su dieta.

Curiosamente esta readaptación del clásico de Stoker, ha coincidido con la reposición en la 2 de TVE, de la serie de los 80 Fortunata y Jacinta. Aparte del hecho de que solo hubiera un canal de televisión entonces: ¿el éxito entre los televidentes de la época provenía del hecho de tratarse de la adaptación de una obra de un escritor de prestigio o del componente folletinesco de la novela del canario? Vista hoy día lo que destaca son los estándares de calidad de la serie por encima de las razones de su prestigio.

 

Ana Belén, artista que se ha asociado a lo largo de su carrera a un cierto concepto de respetabilidad cultural popular, como Fortunata en la serie dirigida por Mario Camus.

 

¿Acaso los editores distinguen lo que es cultura de lo que es entretenimiento? ¿Acaso discriminan los best sellers frente a la literatura de autor en sus catálogos? Más bien todo lo contrario. La Metro Goldwyn Mayer, en los tiempos dorados de Hollywood, mantenía una política de producción basada en películas con coartada cultural por temática o producción; que alternaba con otras de menor consideración artística, pero, con las que esperaba recaudar más.

El tiempo se ha encargado de descompensar esta fórmula prestigio-popularidad que aplicaba la Metro u otros estudios. Solo hay que fijarse en dos producciones de la Metro en los años 30. Una, el prestigioso melodrama La fruta amarga (1930) con el que la productora apuntaba a los Óscars; y la otra, la despreciada, vilipendia, y posteriormente retirada de circulación por ser un fiasco en taquilla: Freaks (1932) de Tod Browning. Noventa años después, ¿cuál ha sobrevivido como clásico de culto y ha seguido dando dinero?

 

Repasar las ayudas que, finalmente, ha lanzado el Ministerio del ramo para las industrias culturales bajo ese prisma prestigio-popularidad: no deja de resultar interesante. Para empezar luce esa rebaja al 4% del IVA de los libros electrónicos. Pero también un avance en la siempre prometida, y siempre también postergada, regulación del mecenazgo cultural. Las deducciones por las inversiones que los acaudalados hagan en la cosa cultural les puede beneficar con hasta un 80% en las primeras cantidades que inviertan. ¿Se incluirá a las bibliotecas como objetos de deseo en estas medidas para promover el mecenazgo?

Pero volviendo a las medidas adoptadas referentes al sector del libro los medios destacan los 4 millones de euros destinados a la supervivencia de librerías independientes. Y al hilo de estas medidas, la Asociación de Cámaras del Libro de España, reclama la puesta en marcha de un programa de compras públicas de libros con destino a bibliotecas.

Ambas medidas, la adoptada legalmente y la solicitada por la Asociación, son ejemplos de una protección estatal del valor cultural de lo minoritario. Pero también el sector del videojuego ha celebrado que el Ministerio haya apostado por la industria del videojuego con la mayor inversión económica de la historia que asciende a 70 millones. Ahora vendría la pregunta clasista de rigor: ¿los videojuegos son cultura o mero entretenimiento?

 

Déjame entretenerte que cantaba Robbie Williams en los 90, como antes, lo hizo Queen en los 70.

 

Ya lo hemos dicho más de una vez: terminar con preguntas al aire resulta de lo más irritante amén de mediocre. Por eso no nos importa tanto la respuesta a la pregunta como lo que se constata al formularla. Llegados a este punto la cultura es indisociable del entretenimiento: se retroalimentan y confunden. Ese juicio crítico, del que habla la definición del diccionario, sería imposible si no atendemos tanto a la una como a la otra.

Y para concluir: un ejemplo práctico. Durante este confinamiento ha sido habitual recurrir a personalidades relevantes en diferentes ámbitos para que recomienden libros, películas o simplemente, los servicios de las bibliotecas. En el caso concreto de la Biblioteca Regional de Murcia así se ha hecho.

El efecto publicitario que estas ‘celebrities’ aporten a la difusión de los servicios bibliotecarios, y por lo tanto a su uso, lo dirán las estadísticas a medio plazo. Pero lo que se podía constatar de manera inmediata eran las interacciones en las redes en que se difundían.

Destacaban aquellos internautas que comentaban los vídeos dirigiéndose directamente a la actriz, cantante, periodista, diseñador, escritor o humorista que aparecía. No reparaban, ni por un instante, en que estaban comentando algo publicado por la biblioteca; no por la figura pública en cuestión. Algo así como cuando empezó la televisión, y algunos ancianos, hablaban a pantalla creyendo que los que salían podían escucharles.

 

El muro del IG de la Biblioteca Regional de Murcia lleno de vídeos de diversas figuras de la cultura, relacionadas con Murcia, publicitando los servicios de las bibliotecas.

 

Pero de entre los vídeos compartidos destacó el de la entertainer Charo Baeza. La única española que ha salido en Los Simpson; la actriz que más veces ejerció como special guest star en la serie Vacaciones en el mar; una estrella en la industria estadounidense del espectáculo en los 70 y 80; que competía en recaudación con los mismísimos Frank Sinatra o Elvis Presley en Las Vegas.

Todo el mundo conoce a Charo en América, pero muy pocos, en su tierra natal. Alumna aventajada de Andrés Segovia con la guitarra. Ha sido destacada, dos veces, como mejor guitarrista clásica por la prestigiosa revista ‘Guitar Player’.

Cuando llegó a los Estados Unidos quería lucir sus dotes como guitarrista, pero los productores, prefirieron su recreación estereotipada de lo hispano. Con su grito de guerra cuchicuchi hizo fortuna gracias a su desparpajo, entusiasmo y vis humorística. Pues bien, entre los numerosos comentarios divertidos, celebrando su vídeo, su colaboración con la biblioteca, uno destacaba en medio de Facebook exclamando: «¡Qué vergüenza!»

Era uno solo, bueno dos porque luego lo apostillaba con otro, pero condensaba como ninguno la indignación porque una biblioteca se asociase a una figura del show business como Charo. Aunque también podría ser porque la biblioteca, una institución cultural, seria y respetable como Dios manda, se autoproclamase bibliotecacuchicuchi de manera orgullosa.

Las comparaciones son odiosas, y más en este caso. Pero las reflexiones que despierta La peste de Camus sobre la naturaleza humana (un clásico de máxima actualidad estos días); desde luego no son las que despierta el cuchicuchi de la murciana. Pero ambos, la buena literatura y la pura evasión, pueden resultar igualmente balsámicos, según en qué circunstancias, para sobrellevar la situación.

Bibliotecacuchicuchi como supercalifragilisticoespialidoso es un ‘palabro’ que no dice nada. Pero, que según como queramos usarlo, lo puede decir todo.

 

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Autocorrector bibliotecario

 

En estos días el autocorrector se ha convertido en una inesperada metáfora de nuestro tiempo. ¿Cuántos entrecejos contraídos estará provocando la aletoriedad del autocorrector al corregir los millones de WhatsApp que circulan? A todos, y a todo, nos están aplicando el autocorrector en estos días.

 

 

Un ensayo exprés para tiempos exprés.

Autocorrector linda con autocorrectivo. Tenemos que corregir hábitos, comportamientos, planificaciones, y puede que, hasta planteamientos de vida. El escritor superventas Paolo Giordano ha cogido la delantera, en plena cuarentena mundial, para erigirse como el primero en publicar un libro sobre la crisis del coronavirus. Puede que el mundo se haya parado, pero la urgencia oportunista por subirse a los carros que pasan: no.

La necesidad de cambiar hábitos, de replantearnos cómo se organiza nuestro mundo. Un discurso que se repite en artículos y reflexiones de insignes, y no tan insignes, firmas. Pero el caso es que las formas (seis días ha tardado Giordano en escribirlo) no parecen predicar con el ejemplo. Hemos levantado el pie del acelerador a la fuerza, encerrándonos en nuestras guaridas: pero nuestras vidas digitales corren, invaden y se aceleran con más fuerza que nunca.

En No tengo Facebook, Twitter ni Instagram: el desgarrador testimonio de una biblioteca en directo: citábamos el ensayo de Remedios Zafra: El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital. Y ahora, no solo los creadores, todos estamos sujetos a la esclavitud del teletrabajo. Se derribaron todas las barreras de la intimidad que antes eran coto de concursantes de realities televisivos. No hemos terminado de engullir la tostada y el café cuando ya le estamos dando al botón de encendido del portátil casero.

 

En la cuenta de IG Postales de cuarentena se publican postales simulando viajes por los rincones de nuestros hogares. Hay otros mundos pero están en nuestro hogar. El publicista Álvaro Palma y el ilustrador Álvaro Bernis están detrás de esta idea. Dos proveedores de mundos, como las bibliotecas, para este encierro.

 

Se impone la necesidad de replantearnos el funcionamiento de las cosas; de valorar lo importante. Y asistimos a esos propósitos de enmienda en medio de un fuego cruzado de ofertas culturales, promoción de servicios y altruismos varios que dejan poco tiempo para esa reflexión y sosiego de la que tanto nos hablan.

Como dice César Rendueles en ‘Babelia‘:

«si alguien que nunca hubiera oído hablar de la pandemia, observara mi cuenta de Twitter estos días, probablemente llegaría a la conclusión de que “coronavirus” es el nombre de alguna clase de corriente artística caracterizada por la bulimia cultural.»

Atiborrándonos de entretenimiento y cultura como sucedáneos de la vida que se nos ha estancado. Pero que en realidad nunca tuvimos. Y las bibliotecas, frenéticas hormiguitas, aplicándose para no perder la oportunidad. Habrá que rendir cuentas ante jefes y usuarios. En Bibliotecas en los balcones hablábamos de que era el momento de fomentar la labor prescriptora de los bibliotecarios como profesionales de la cultura que son. Pero ¿quién prescribe a los prescriptores?

Automedicarse está muy mal visto. Pero autoprescribirse lecturas, películas y música no contraviene ningún mandato de la OMS ¿Por qué no computan como horas de teletrabajo las lecturas, películas vistas y música escuchada en este encierro? Si hay que poner en valor más que nunca el papel de intermediarios que desempeñan los bibliotecarios entre la enorme oferta cultural y los usuarios: ¿no tendrán que saber de lo que hablan para poder ofertarlo?

 

 

Estado de excepción cultural: funcionarios leyendo, viendo cine o escuchando música como trabajo. ¿Hace falta más leña para ciertos discursos? Si transigimos con una app que reinterpreta, corrije y distorsiona nuestras palabras: ¿porqué también vamos a ceder la soberanía de corregirnos a nosotros mismos? En estos días al escribir un blog, como éste sin ir más lejos, hay que cuidarse mucho de que no parezca que estás leyendo la cartilla. Pontificando aquí y allá sobre lo que deberían, o no, hacer las bibliotecas y bibliotecarios. Más que nunca dame hechos, no deseos.

Por alusiones, uno de nuestros bibliotecarios de cabecera: @ferjur, nos citó de rondón en un tuit con el que no podemos estar más de acuerdo:

«La teoría nos la sabemos tod@s. Creo que necesitamos menos recomendaciones teóricas (de 0.60 que diría @infobibliotecas) y más equivocaciones prácticas. Sin error no habrá #biblioteca (ni en casa ni fuera de ella).»

 

 

¿Se llevará este virus la verborrea bienintencionada, pero muchas veces hueca, de lo que deben hacer las bibliotecas? ¿dejaremos (y aquí los primeros) de dar vueltas como un perro que se quiere morder el rabo sobre los mismos propósitos? Si algo sacamos en claro de esta crisis es que son los funcionarios (científicos y sanitarios) los verdaderos protagonistas de esta crisis. Y que como señalaba Antonio Muñoz Molina en ‘El País‘:

«Por primera vez desde que tenemos memoria las voces que prevalecen en la vida pública española son las de personas que saben; por primera vez asistimos a la abierta celebración del conocimiento y de la experiencia, y al protagonismo merecido y hasta ahora inédito de esos profesionales de campos diversos»

Y eso hace que nos guste más saber de iniciativas como las que está desarrollando la Biblioteca Pública Municipal de Valdelacalzada (Badajoz) que forma parte de la red CV19_Makers_Extremadura. Florencia Corrionero nos ha contado cómo, el Espacio Read Maker de esta biblioteca, lleva días produciendo viseras y máscaras de protección en su impresora 3D con destino a proteger al personal sanitario. Mucho se hablaba del potencial de los espacios makers en bibliotecas: pero no sabíamos aún hasta qué punto podían llegar a ser útiles.

Ahí tenemos un caso concreto: no una hipótesis o elucubración teórica. No un ‘hay que hacer…’ sino un ‘hemos hecho…». Y mientras, no nos agobiemos más de lo que nos agobia ya de por sí la actualidad.

 

Automediquémonos con cultura y acumulemos errores y experimentos con gaseosa. No hay porque estar todo el rato justificándose para que el responsable político de turno mantenga brillante su imagen en el escaparate de esta crisis. La profesión bibliotecaria tiene la suerte de poder ser cobaya de los medicamentos que prescribe, Leer, ver y escuchar: puede que no contabilicen como horas fichadas. Pero la curiosidad intelectual siempre computa en la cuenta de resultados de una biblioteca.

 

Postales desde una cuarentena.

 

Y si abrimos con WhatsApp bien está que cerremos con WhatsApp. Estos días se ha hecho viral un mensaje, a través de este medio, con un poema fechado en 1800. Firmado por una tal K. O’Meara que al parecer lo escribió con motivo de la epidemia de la peste de hace dos siglos. Y como tantas cosas, en estos días, ha resultado ser una verdad/mentira a medias.

Kitty O’Meara, en realidad, es una profesora jubilada de los Estados Unidos que ha escrito dicho poema con motivo de este confinamiento mundial de 2020. Pero, por lo que fuera, quedaba más romántico ubicarlo en el pasado.

«Y la gente se quedó en casa. Y leyó libros y escuchó…» Así empieza el poema. Y no deja de ser irónico que sea un poema involucrado en una fake news intrascendente (de esas noticias falsas a las que las bibliotecas deben ayudar a combatir): el que resuma la actitud con la que mejor podemos autocorregirnos en este encierro.

 

 

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Hiperestimulados, anestesiados, manipulados

 

Este post solo podía darse en estas fechas. Y no es porque trate nada relativo a la Navidad, es porque sólo una vez saturados de brillos, destellos, luces espasmódicas, adornos kitsch y purpurinas mil: es posible leerlo sin sufrir un ataque epiléptico. Por ponernos pedantes se trataría de algo así como un metapost. Un post que experimenta en sí mismo lo que predica, o más bien, contra lo que predica.

 

 

Hace unos años, el escritor y editor italiano Roberto Calasso, expresaba muy bien una de las paradojas de esta revolución tecnológica que estamos viviendo, que viene a cuento de lo que aquí decimos:

«Un estudiante inteligente, de esos que sufrían porque estaban en provincias y no tenían acceso a las grandes bibliotecas […] hoy desde casa puede tener acceso a libros del siglo XVI, del XVIII, o a las revistas más complicadas de encontrar. Todo está en la red, algo inconcebible hace 20 años. Y, sin embargo, no he notado que se haya producido un particular desarrollo,  jóvenes que escriban una tesis magnífica…»

 

El editor italiano reflexionaba de este modo ante la «aversión» que muchos sienten ante los intermediarios (editores en este caso) en el mundo digital. Pero otro tanto podríamos decir de los bibliotecarios: como mediadores entre el exceso de informaciones y los usuarios.

Nosotros osamos aventurar una explicación a lo que plantea Calasso. Estamos saturados, sobreestimulados, casi anestesiados ante tanto reclamo. Y esto lleva a que muchas veces, salvo los egos insaciables de reconocimiento, muchas voces interesantes opten por la discreción. Una virtud, la discreción, en franca decadencia en nuestros días.

Usar un gif animado, un emoji, un dibujito, un banner emergente, puede tener su punto bien administrado. Pero el aturdimiento continuo que busca provocarnos la publicidad, la avalancha de informaciones, el carrusel de novedades, que gira y gira alrededor: nos arrastra simplemente a la apatía.

 

 

Una de las características que muchos editores de libros electrónicos enarbolan como ventajas frente a la experiencia lectora en papel: es la posibilidad de incluir vídeos y animaciones en el texto. Hay ediciones en digital de cuentos infantiles clásicos que son una verdadera delicia. Relatos interactivos que se venden como un aliciente para atraer a los jóvenes a la lectura al permitir una experiencia más cercana a lo audiovisual.

No tenemos suficientes argumentos pedagógicos para calibrar los pros y contras del uso de la interactividad para fomentar la lectura entre los jóvenes. Pero el peligro de que esa exigencia de interactividad se contagie a la lectura adulta no parece tan beneficiosa. Ya lo dijo el filósofo coreano Byung-Chul Han: «la acumulación de la información no es capaz de generar la verdad. Cuanta más información nos llega, más intrincado nos parece el mundo«.

 

La lectura desnuda de cualquier artificio que no sea la tinta sobre el papel (o la pantalla), la lectura cuyo ritmo lo marque el lector, y no cualquier aplicación o subrayado externo y rutilante: es la única capaz de generar reflexión y pensamiento. Sin algo de quietud (precisamente esa que les estamos robando a cualquiera que lea este post), es imposible asimilar lo que leemos, vemos o escuchamos.

Confiar nuestro aprendizaje a la tecnología, es como fiar nuestros recuerdos a una máquina, y dejar de ejercitar nuestra memoria. La intromisión de Internet en nuestras vidas está llegando a esos límites que la ciencia ficción más visionaria supo adelantarnos hace décadas. Pero solo en el ámbito de lo digital. Todo en general se supedita a ese ritmo, a esa agitación incesante.

 

 

Este año asistimos sin tregua, pisando las ya de por sí saturadas fechas navideñas, al espectáculo trepidante de lo político. Y así con los Reyes aún desfilando por las calles,  nuestros representantes públicos, desfilaban por el hemiciclo empeñados en convertirse en carne de meme, en hashtag, en vergonzosos trending topic, en muñecos de un guiñol de cachiporra que maldita la gracia. El espacio representativo del gobierno de un país transformado en una trinchera en la que cualquier conato de debate estaba proscrito.

Facebook llega tarde a nuestro país al prohibir los vídeos falsos manipulados con inteligencia artificial para que evitar que interfieran en procesos electorales. Nuestros políticos, sin manipulación digital alguna, se bastan y se sobran para dar gifs animados o muertos a las redes.

 

 

Llegados a este punto, si algo nos queda claro es que la sobriedad es el nuevo exhibicionismo. Ante la avalancha de impactos de todo tipo que nos asaltan, y nos anestesian: no hay nada más exhibicionista que lo austero. Algo que este blog procura aplicar cada semana: y no siempre consigue.

Quien quiera leernos que nos lea, quien quiera seguirnos que nos siga. Claro que todo depende del número de visitas de este post, si bate récords, este blog puede convertirse a partir de ahora en un carrusel frenético que ríete tú de la celebración del año chino en Pekín. En cualquier caso, quede como propósito de enmienda de cara al nuevo año que recién arrancamos. Frente al griterío que solo busca aplacar el pensamiento: quietud, mesura, sosiego y reflexión.

Pero por favor ¡¡¡qué acabe de una vez este post!!!

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Nada sale gratis: las bibliotecas tampoco

 

El cine superó los barracones de feria en los que nació para habitar suntuosas salas en el centro de las ciudades. El videojuego, cuyo hábitat inicial fueron billares y salones recreativos, ha progresado hasta llegar a museos. Las bibliotecas, en cambio, que nacieron en templos y palacios: se esfuerzan por descender hasta los más desfavorecidos.

Pero, independientemente de sus trayectorias, ascendentes o descendentes: cine, videojuegos y bibliotecas tienen algo en común. Los tres han terminado por ser consumidos desde los sofás de los hogares recreando un espejismo de gratuidad.

 

 

En la revista digital ‘Yorokobu’ se publicó recientemente una entrevista con la psicóloga que está detrás del desarrollo de uno de los videojuegos más exitosos de todos los tiempos: Fortnite.

Celia Hodent, que así se llama la psicóloga, señala la gratuidad de los videojuegos como una posible trampa. Una vez picado el anzuelo, solo pagando, se consigue añadidos que amplíen las posibilidades de triunfo. Un buen adiestramiento capitalista para los millones de gamers absortos en las pantallas.

Hodent se lamenta de que en la industria no se discuta lo suficiente sobre los límites éticos de los videojuegos. Confiemos que pasado un tiempo, Hodent, no termine como algunos de los creadores de las redes sociales: disculpándose por haber colaborado en la alienación digital de las nuevas generaciones. Pero, como ella misma dice: la mala fama que acarrean los videojuegos antes la tuvo el cine, la televisión o los cómics.

 

Escena en una biblioteca en el videojuego Fortnite.

 

En cualquier caso, lo más destacable es que haya psicólogos ayudando a desarrollar videojuegos. Cuando se crearon los estudios de psicología, allá por 1860 en Suiza, la profesión parecía orientada a ayudar a desentrañar la psique humana para tratar y mitigar sus patologías. Pero visto la de psicólogos que hay en la plantilla de shows televisivos como Gran Hermano, en agencias de publicidad y en los equipos electorales de los partidos: el potencial para manipular de la profesión destaca por encima del resto de sus aplicaciones prácticas.

Pero lejos de criticar nada, más bien, nos preguntamos: ¿por qué no se cuenta también con psicólogos a la hora de diseñar los planes de fomento de la lectura/cultura para bibliotecas?

Hodent declara que su motivación para entrar en la industria de los videojuegos fue mejorar su calidad y proyectarlos más allá del simple entretenimiento. En su trabajo tiene muy en cuenta la curva de olvido del psicólogo alemán Herman Ebbinghaus. Según dicha curva: si has aprendido cierta información sin ningún método es probable que olvides un 70% en cuestión de un día.

 

Una curva que se debe de combar hasta rozar el suelo en el caso del método cuántico de lectura que se ha ido extendiendo en China. El método ideado por el profesor japonés Yumiko Tobitani se está publicitando dirigido principalmente a los jóvenes. Cursos en los que se promete la lectura de 100.000 palabras en cinco minutos. En una sociedad donde el nivel de estudios marca la diferencia: el método cuántico es a la lectura lo que las dietas milagrosas a la salud. La lectura en tiempos del beneficio inmediato.

Pero nada sale gratis. Si se quiere leer a la velocidad del rayo será a costa de renunciar al placer. ¿Será por eso que las ofertas de descuento destacadas, para estas Navidades, en Amazon: se olvidan de los libros y dan preferencia al Satisfyer?  Según la publicidad, con el famoso artilugio el placer está asegurado entre la población más lectora: las mujeres. Orgasmos en menos de dos minutos. Ya que cuesta tanto alcanzar una igualdad real, al menos, que se iguale el tiempo que tardan en alcanzar el orgasmo los dos sexos. Si hay que competir con las máquinas convirtámonos en máquinas.

 

 

Pero no nos dispersemos más de la cuenta. Cuando todo parece a punto de descarrilar desembocamos de nuevo en las bibliotecas. En las conclusiones de las recientes Jornadas ‘Presente y futuro de las bibliotecas’, organizadas por Anabad-Murcia, con motivo del 30º aniversario de los estudios de Biblioteconomía en la UMU: el catedrático José Antonio Gómez Hernández lanzó una reflexión que enlazaba con lo de la gratuidad.

Según Gómez, tal vez, habría que empezar a darle la vuelta al eslogan que tanto se ha repetido durante los últimos años: ‘las bibliotecas no son un gasto sino una inversión’. En una sociedad capitalista: solo a lo que cuesta dinero, a lo que supone un gasto: se le reconoce un valor. En resumen, se le respeta. Si algo sale gratis, sospecha, puede que estés pagando un precio más alto que el dinero. Tu intimidad, tu compromiso en lo que crees, tu libertad, o la sociedad que te gustaría en el futuro.

Y precisamente ha sido en un medio económico y financiero, el británico ‘Financial Times’: donde, la escritora y crítica literaria hindú, Nilanjana S. Roy ha publicado una columna defendiendo a las bibliotecas. Su título desafía con una pregunta y su respuesta: ¿Quieren construir democracia? Entonces construyan bibliotecas.

 

 

Roy cita en su artículo el libro del sociólogo Eric Klinenberg Palaces for the People (2018). Un libro que esperemos alguna editorial española tenga la visión de publicar en nuestro país. El subtítulo aclara bastante sobre lo que versa: «cómo las infraestructuras sociales pueden ayudar a luchar contra la desigualdad, polarización y el declive de la sociedad civil». Y entre las infraestructuras sociales que el sociólogo sitúa en lo más alto de su lista están, como no, las bibliotecas.

El único libro de Nilanjana Roy publicado en castellano.

Además, Roy en su articulo, revisa la situación en que se encuentran las bibliotecas en diversos ámbitos geográficos.

Para la escritora hindú si alguien ha demostrado entender bien el valor y alcance del papel de las bibliotecas en las sociedades esos son los autoritarios y populistas. Y gracias a esa comprensión están dedicándose a combatirlas o, directamente, eliminarlas.

En Egipto, el presidente Abdel Fatteh el-Sisi echó el cierre a las bibliotecas de Al-Karama por estar financiadas por el defensor de los derechos humanos Gamal Eid. En Turquía asfixian presupuestariamente las redes de bibliotecas y ordenan quemas de libros. Este pasado agosto, más de 300.000 libros, fueron calcinados por orden el ministro de Educación. Cualquier referencia al golpe de Estado de 2016 hay que borrarla del mapa.

 

 

Trump por su parte lleva tres años recortando el presupuestos de las bibliotecas y está decidido a eliminar el Instituto de Servicios de Museos y Bibliotecas. En la India, el Partido Popular Indio, han optado por promover las bibliotecas, sí, pero bibliotecas que promocionen fondos que sustenten el discurso ideológico del partido en el poder.

Pero tal vez lo más triste es constatar que, esos discursos de odio a la cultura, encuentran colaboracionistas entre las propias filas bibliotecarias. Precisamente hace poco, en las redes sociales chinas, se hacía viral una fotografía de dos bibliotecarias a la puerta de su centro de trabajo quemando libros prohibidos.

 

 

Visto el panorama pareciera que los problemas de financiación para las bibliotecas no provienen tanto de la falta de recursos y medios. No se trata de priorizar necesidades básicas en las asignaciones presupuestarias ante la escasez de riqueza. Se trata de una purga ideológica, orquestada y organizada, por los gobernantes de algunos de los países con más peso en la escena internacional.

Otro de los libros que Roy cita en su artículo en defensa del papel de las bibliotecas en la sociedad actual.

El dinero es cobarde, según los especuladores, pero más allá de su cobardía está el hecho de que las bibliotecas sean capital de riesgo. De riesgo de democracia, de riesgo de un pensamiento independiente, de riesgo de ciudadanos independientes no manipulables.

Y eso no interesa al populismo, de derechas o de izquierdas, que campa a sus anchas por este nuevo siglo.

Un populismo reaccionario que guarda muy pocos grados de separación con el supuesto progresismo digital de Silicon Valley (con sus gurús provenientes de Berkeley y su tradición contracultural): cuando se trata de alienar a la población. Y en ese panorama, las bibliotecas públicas, siempre resultan anomalías en el sistema.

Todo tiene un precio, cierto. Pero parafraseando una frase que se hizo célebre durante la campaña electoral de Bill Clinton en 1992: «no es la economía, estúpido, es la ideología». Nada sale gratis. Pero lo que sale mas caro siempre es la independencia de criterio.

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com