Terrarios de buena literatura

 

Ahora que la sostenibilidad ha dejado de ser uno de esos buenos propósitos que se cuelgan de cualquier discurso para convertirse en una necesidad perentoria. Es buen momento para recuperar ideas como The Drinkable Book y otras iniciativas verdes alrededor del mundo del libro y las bibliotecas.

 

 

Flores de papel realizadas con periódicos publicados durante la pandemia elaborados por la artista Lina Ávila.

Hace seis años la ONG Water is life presentaba, en formato libro, un sistema de filtración de agua que permite eliminar los patógenos que provocan el cólera y la fiebre tifoidea. De ese modo, se podía potabilizar el agua en regiones con problemas de abastecimiento de manera sencilla y económica.

Si del libro se ha dicho que es uno de los inventos más geniales de la historia; esta aplicación del formato lo llevaba a otro nivel de significado. Las hojas del libro, ideado en la universidad americana de Carnegie Mellon, se recubren de nanopartículas de plata o cobre capaces de matar las bacterias.

Al verter el agua sobre una de sus páginas se depuran hasta un 99% de las bacterias que hacen no potable el agua de ríos o fuentes naturales. Las páginas del libro depurativo estaban impresas con mensajes y recomendaciones sobre el consumo salubre de agua. Las páginas puede ser reutilizadas para filtrar el agua hasta cuatro años.

 

Libros reciclados como macetas.

 

Que el libro es un objeto multiusos (físicos y mentales) lo tenemos archisabido. Desde convertirlas en macetas a lámparas, esculturas, lienzos o bolsos. Pero una de las prácticas sobre la que, durante los últimos años, se ha hablado varias veces en medios bibliotecarios ha sido la de las bibliotecas de semillas. Regalar, más que prestar, semillas (a ser posible autóctonas de la zona) para que los usuarios de bibliotecas puedan cultivarlas en sus domicilios. Precisamente a raiz de esta idea decíamos en El tiempo en nuestras manos:

«¿No sería fantástico «prestar» semillas acompañadas de una selección cuidada de libros, películas, música, cómics… que acompañasen el proceso de germinación? Abono para mentes, abono para semillas: el servicio bibliotecario definitivo para aprender a gestionar nuestro tiempo de manera más acorde con nuestro ciclo vital.»

 

La librera Bianca Corso junto a sus terrarios literarios.

Bianca Corso, librera en Palermo (Sicilia), ha llevado a la práctica la idea desde su librería adaptándola en cierto modo. La librería Feltrinelli, de la capital siciliana, además de libros ahora se adorna con terrarios de cristal con trasfondo, como no podía ser de otro modo, literario.

En la página de Facebook, Terrario Letterario, la librera siciliana va publicando los terrarios que crea basándose en obras literarias. Cada terrario va a acompañado de frases de libros como una manera, subliminalmente vegetal, de recomendar su lectura. Como declara Bianca cuando le preguntan sobre este bello proyecto:

«Me gustaría que las frases de mis terrarios se convirtieran en semillas que despierten la curiosidad de lectores y no lectores por igual. Un libro nunca es solo un libro, sino que contiene muchos otros en sí mismo. Esta es la magia de la lectura. «

Una idea a aprovechar desde el ámbito bibliotecario antes de que aplicaciones como AVA Byte nos escamoteen hasta el placer de cultivar nuestro propio huerto o jardín, Esta aplicación promete cultivar verduras, hortalizas y frutas bajo el control de una cámara y regulando automáticamente el riego y la luz. Un placer más que nos quiere arrebatar la tecnología con la promesa de la eficacia. Tal vez, la lectura digital se avenga bien con esta horticultura digital. Pero mientras sigamos hechos de material orgánico no perdamos, tan fácilmente, nuestra relación con el resto de seres vivos que nos acompañan.

 

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Y ahora, ¿hacia dónde miramos? Bibliotecas y políticos

 

En el siglo pasado, los españoles, se miraron en los espejos de otros países con una mezcla de admiración y aprensión. Admiración por los avances extranjeros; y aprensión por una autoestima que, ni el discurso patriotero del franquismo, fue capaz de levantar. El espejismo del año 92 maquilló una década en la que la carcoma siguió corrompiendo, como de costumbre, esa superficie de bonanza. Y ahora, con muchas de las verguenzas al aire: ¿dónde se puede mirar?

 

El multipremiado documental El año del descubrimiento (2020) sobre el año 1992 como punto de partida de la debacle social, política, ética y económica que vendría después.

 

Electrodomésticos Miele el sueño doméstico de origen alemán.

En los años del desarrollismo, los españolitos ensalzaban los electrodomésticos alemanes («para el mundo del hoy y del mañana»: rezaba el eslogan de los codiciados frigoríficos Miele en los 70); la altura intelectual y política de los británicos («nostalgia por este europeo magistral»: escribía Fernando Savater a cuenta de la figura de Churchill); el afán emprendedor de los estadounidenses («américanos os recibimos con alegría»); o el savoir faire cultural de los franceses («envidio la fidelidad del público francés con su cine»: que declaraba Carmen Maura).

Pero tras el fraude de Volkswagen, el Brexit, el asalto al Capitolio o la quema de bibliotecas en Francia:  ¿qué espejo queda para mirarse? ¿Qué imagen aspiracional nos puede servir como estímulo para mejorar? Caidos del guindo puede que la autoestima se recomponga no por mejora propia sino por devaluación del resto. Consuelo de tontos, en cualquier caso.

En el mundo bibliotecario español siempre hemos mirado hacia los países del norte de Europa y, of course, a los EEUU. Pero en la serie Geopolítica bibliotecaria ya dábamos pistas de que el ombliguismo nunca es bueno. Ni el eurocentrismo, ni el occidentalcentrismo (¡toma ya!). Nada que resulte céntrico. Porque las afueras, los suburbios, los aledaños: son los que exigen su lugar en el siglo XXI. Son la única oportunidad real de progreso en Occidente. Y si no, ahí está China para desplazar el eje cultural del planeta.

Pese a todo, hay detalles que seguir observando, con envidia no necesariamente sana: en los EEUU. La convención anual de la ALA (Asociación Estadounidense de Bibliotecas) se celebra del 23 al 29 de junio; y el encargado de dar el discurso de clausura no será otro que el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América: Barack Obama. El expresidente se reunirá con Lonnie G. Bunch III, el primer afroamericano en convertirse en secretario del prestigioso Instituto Smithsonian.

Cierto es, que Obama, sigue de gira de presentación de su autobiografía Una tierra prometida. Pero no hay que sospechar de intereses meramente promocionales. Ya en 2016, en un congreso de la IFLA, Obama participó y ensalzó el papel de las bibliotecas.

Pero volviendo a lo del espejo en el que mirarnos (un símil no especialmente inspirado pero mejor que incurrir en lo de las comparaciones odiosas): ¿sería posible imaginar a un  Felipe Gonzalez, un José María Aznar o a un Rodríguez Zapatero yendo a clausurar un congreso de bibliotecas en España?

 

Pedro Sánchez en la presentación del plan España 2050. Foto: EFE

 

‘Yo, mentiroso’ la tercera entrega de la magnífica trilogía egoista que han llevado a cabo Antonio Altarriba y Keko. En este caso centrada en la corrupción política más reciente de nuestro país.

Pedro Sánchez inaugurando el próximo congreso, noviembre 2021, en Las Palmas de Gran Canaria: sería todo un gesto. Un expresidente es como un regalo barroco de la abuela que los nietos, de gustos minimalistas, nunca saben dónde ubicar. Pero estando en el cargo: la cosa cambia. De ese modo, podría compensar lo poco que la palabra «biblioteca» aparece en la Agenda 2050 para España que se lanzó recientemente.

Si, como se dice en dicha agenda, las bibliotecas, deben convertirse junto con museos, industrias culturales, empresas y entidades comunitarias en agentes educadores en los que se apoyen las escuelas. ¿Qué mejor que apoyar a las bibliotecas inaugurando su congreso? Y hasta aquí el capítulo de sugerencias a políticos. Un terreno siempre movedizo por el que es mejor no recrearse mucho.

Abundando en ese complejo de inferioridad que tan bien retrató Berlanga en los españolitos: volvamos de nuevo la mirada al extranjero. Hecho el propósito de enmienda nos podemos permitir pecar, una vez más, y mirar de nuevo a los EEUU con arrobo. Retomamos en cierto modo un asunto que ya tocábamos en Un serie de catastróficas desdichas con final bibliotecario. En ese post era Kamala Harris, la primera vicepresidenta afroamericana, la que se convertía en adalid de la lucha por la exactitud de los encabezamientos de materia en las bibliotecas.

 

Quien clasifica el mundo, ordena el mundo. Y ese cometido, de manera modesta pero implacable, lo lleva ejerciendo el gremio bibliotecario desde el principio de los tiempos. Puede que no cuele como excusa para lo del occidentalcentrismo del que hablábamos: pero lo cierto es que USA, con su sociedad multicultural y poliédrica, viene sirviendo como sociedad cobaya para el resto. El caso del encabezamiento de materia de los «ilegal aliens» es un claro ejemplo.

Change the subject (Cambia la materia) es un documental de 2019 en el que se recoge la lucha por modificar un encabezamiento de materia de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Con menos de eso Netflix te monta una serie. La película recoge la lucha de los estudiantes del Dartmouth College por cambiar la entrada de materias «ilegal aliens» (extranjeros ilegales) por la de: «inmigrantes indocumentados».

Todo empezó en 2013, cuando la estudiante de orígenes mexicanos Melissa Padilla y su compañero, Óscar Rubén Cornejo: descubrieron el encabezamiento de «ilegal alien» sin que los registros en los aparecían se refirieran, para nada, a la saga de películas sobre el famoso depredador que persigue a la teniente Ripley. Padilla y Cornejo sintieron que la elección de este término criminalizaba los esfuerzos de sus padres por proveerles de un futuro mejor. Junto con otros estudiantes se movilizaron para conseguir que la entrada fuera sustituida en el Catálogo de Autoridades de la Biblioteca.

 

Change the subject: un documental sobre etiquetas, bibliotecas y activismo.

 

La suntuosa, canalla y underground crónica de la España más reciente y corrupta de la mano de Magius.

En un primer momento, la Biblioteca del Congreso desestimó su petición. Pero más adelante lograron el apoyo de la ALA y otras organizaciones que respaldaban sus reivindicaciones. Tras varios debates y solicitudes, en marzo de 2016, la biblioteca tomó la decisión de sustituir «extranjeros ilegales» por «no ciudadanos» e «inmigración no autorizada». Pero la polémica llegó hasta el Congreso. En eso los políticos, sean de un país u otro, no se diferencian a la hora de detectar asuntos con potencial para subrayar sus discursos más groseros.

Los representantes republicanos de la Cámara se opusieron firmemente a la sustitución. A través de una disposición legal, la senadora Diane Black, logró bloquearla. Y de ese modo, los «ilegal aliens», a día de hoy, siguen apareciendo en la lista de encabezamientos de materia de la biblioteca que actúa como faro para el resto del planeta.

Fue la primera vez que el Congreso estadounidense intervenía para legislar en torno a una modificación en los encabezamientos de la biblioteca. Un hito, triste para los estudiantes, pero esperanzador si se observa desde el punto de vista de la relevancia que las bibliotecas aún pueden llegar a tener en una sociedad.

Pero pese al fracaso de los estudiantes del Dartmouth College: numerosas bibliotecas locales modificaron el encabezamiento en sus sistemas locales ignorando el magisterio de la nave nodriza. Y todavía, en la actualidad: siguen presionando para que la LC haga lo mismo.

 

 

Merecía la pena mirar el ombligo estadounidense. Las pelusas xenófobas, racistas e involucionistas se cobijan bien en él; pero también los recursos higiénicos para eliminarlas. Tiempos de contrastes, tiempos de scratching (mover los discos hacia delante y hacia atrás para generar sonidos). Será cuestión de encontrarle el ritmo a tanto avance y retroceso. Volviendo a nuestro país para acabar nos encontramos con la última polémica política en torno a vacunas y fútbol.

El representante español de Eurovisión se queja en redes de que se vacune a la selección española de fútbol y a los representantes de la cultura, no. Según quien y cómo se mire  puede que no le falte razón. Los más exquisitos argüirán que, precisamente, Eurovisión no es el mejor ejemplo de cultura española. Pero, curiosamente, la última edición (en la que el orgullo patrio siguió por los suelos) la ganó un grupo de glam rock (estilo de origen británico) cantando en italiano.

Un ejemplo más de que el XXI será diverso o no será. Por muchos muros físicos o en forma de discursos que retrógrados conservadores o progresistas (los tiempos hacen que retrógrado y progresista no suene a oxímoron sino a sinónimo en muchos casos) se empeñen en levantar: la deslocalización es imparable. Si la geolocalización nos fiscaliza cada trayecto: volvamos loco al algoritmo con nuestros afectos culturales.

«The history book on the shelf is always repeating itself. Waterloo, I was defeated, you won the war» (El libro de historia en la estantería siempre se repite. Waterloo, yo fui derrotado y tú ganaste la guerra)

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Control de autoridades Jagger

 

El 18 de abril de 2021 desaparecían entre las llamas cerca de 95.000 libros y 3.500 vídeos y cintas de una de las colecciones documentales más importantes de África. La biblioteca Jagger de Ciudad del Cabo reunía testimonios únicos sobre la cultura y la historia africana; sobre todo, porque conservaba una visión documental verdaderamente africana del continente. Un retrato escrito, dibujado y filmado por los propios africanos: no por la mirada europea.

 

El incendio acontecía en un momento en el que las reivindicaciones, desde muy diversos ámbitos, por descolonizar los relatos de culturas y colectivos que, hasta hace poco, no tenían voz propia: es imparable. Como decía recientemente la empresaria española de origen africano, nacida y criada en Valencia, Bisila Bokoko en una entrevista :

«Cuando era niña, mis padres me mostraron África a través de los libros […]  siempre quisieron darme una identidad de raza. No querían que yo no entendiera las dificultades con las que me iba a encontrar siendo negra, e hicieron mucho hincapié en todo el tema de la raza, del panafricanismo y de cómo África se ve a sí misma. […]  cuando eres niño tú quieres ser como todo el mundo […] Al final me di cuenta de que esto era una oportunidad, el entender las diferencias y no separarme de ellas, sino integrarlas y acogerlas.»

 

Gracias a esos libros que sus padres se esforzaron porque leyera, Bokoko, se ha convertido en una exitosa empresaria y filántropa que ha fundado modernas bibliotecas en aldeas africanas a través de su proyecto African Literacy Project. Precisamente para que los niños africanos pudieran sentirse identificados con historias autóctonas sin mediatizar por una mirada ajena a su realidad más inmediata.

Si el incendio de una biblioteca es triste, el de la biblioteca Jagger, es doblemente triste: por la fragilidad de la historia escrita que el continente africano ha generado por sí mismo. Dos meses después de la tragedia, numerosos investigadores se están movilizando para reconstruir la biblioteca. Un esfuerzo a nivel global está localizando a expertos e investigadores que posean fotografías, documentos digitalizados de cualquiera de las obras que se conservaban en la biblioteca Jagger.

La alianza internacional de bibliotecas académicas y de investigación (SPARC) se está encargando de centralizar todas las referencias que puedan existir sobre las colecciones de la biblioteca devastada por el fuego. Y las redes sociales se han convertido en un medio que ha facilitado algunos hallazgos.

Redes sociales y bibliotecas. Hace tres años en «No tengo Facebook, Twitter ni Instagram»: el desgarrador testimonio de una biblioteca en directo calibrábamos/ironizábamos sobre la «esclavitud» de las redes sociales y sobre la presencia de las bibliotecas en ellas. Por mucho que haya tímidas campañas seduciendo con la idea de que otras redes son posibles: lo cierto es que transcurridos estos años las redes no han cambiado, aparentemente, en cuanto a contenidos. Séniors en Facebook, broncas en Twitter, postureos en Instagram, youtubers (valga la redundancia) en Youtube y gansadas varias en Tik Tok.

 

Y aunque creamos haberlo visto todo siempre surge algo que, como poco, nos hace enarcar una ceja. Durante la pandemia, con las bibliotecas cerradas, se intensificó una moda que había ido ganando adeptos en Youtube durante los últimos tiempos: ver a gente estudiando. Uno de los usos, con peor prensa entre el gremio, que se hace de bibliotecas convertido en fenómeno viral.

Un acuario en un salón: relaja y decora. Una persona estudiando en una pantalla: motiva. Monkey see, monkey do. Es un estímulo que apela a uno de los instintos más primigenios de los mamíferos: la imitación. Aprendemos imitando, somos colectivos, gregarios. Por mucho que los invisibles muros digitales nos separen: rastreamos simulacros de comunidad al menor descuido. Tras la fidelidad a realities, series, o al Sálvame late el deseo por la compañía, por la costumbre, lo conocido, lo previsible. Ese deseo de identificación (o desavenencia pero doméstica) es algo ha escudriñar, o mejor dicho, estudiar en algún post futuro.

Pero pese a la superficie monótona que, desde lejos, pueden dar las redes algunos de los divulgadores con más tirón de la actualidad están naciendo en ellas. En un planeo apresurado y totalmente parcial e insuficiente, nombres como Jaime Altozano en música; Javier Santaolalla en ciencias; Ernesto Castro en filosofía; o canales como A toda leche o Pero eso es otra historia sobre historia: son un demostración práctica de ese «otras redes son posibles».

 

 

E incluso la figura más relevante en las redes de nuestro país en los últimos años, el streamer Ibai Llanos, supone una evolución en la limitada figura del youtuber de primera, segunda y tercera generación. Para empezar porque el reino de Llanos se ha forjado en una red nueva, Twitch, y porque su postura en la polémica sobre los youtubers andorranos: le hizo ganarse el respeto de muchos medios tradicionales. Esos medios a los que Llanos está mirando ya cara a cara.

En el recorrido que hace unos meses hacía por la mansión en la que «convive/trabaja» con otros gamers y youtubers además de piscina, salones, jardines y demás frutos del pelotazo digital: había una pequeña biblioteca o rincón para la lectura. Una biblioteca en una mansión gamer. Las conexiones entre bibliotecas y el mundo redes puede que estén más cerca de lo que tópicos y esterotipos nos quieren hacer creer.

 

Ibai Llanos en la zona de lectura de la mansión para gamers: cómics y libros de Harry Potter y El señor de los anillos.

 

Aunque atendiendo a la última demostración de poderío mediático de Llanos no parece que las conexiones por ese lado vayan pronto a fructificar. La velada de boxeo, organizada y comentada por el propio Llanos, con otros famosos youtubers como púgiles fue un verdadero acontecimiento en la red. Una convulsión en la fuerza. El combate más celebrado fue el protagonizado por el youtuber Mister Jägger. El fichero de autoridades Jagger se nos va completando. Pero no, desde luego, no es por ahí por donde vendrá el crossover bibliotecas/streamer.

Para el final dejamos al Jagger más veterano y mundial. Puede que para los posmilénicos el Jagger famoso sea ahora el youtuber. Pero Mick, el auténtico, lleva cinco décadas trascendiendo (que gusta decir ahora) a golpe de rock y meneos. Ahora, junto al también veterano, pero menos, Dave Grohl hablan sobre teorías conspiranoicas, mascarillas, vacunas y los bailes estúpidos de Tik Tok.

Eazy sleazy, algo así como «sordidez fácil», nos viene a recordar que para sintonizar con los tiempos no hay que dejarse llevar por la corriente. Todo lo contrario. Hay que ejercitar el espíritu crítico en todas direcciones. Hacia fuera y hacia dentro. Y para eso las bibliotecas, se supone, deberían estar preparadas.

 

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Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Hagan juego, señores… pero lejos de la biblioteca

 

Antes de arrancar habría que hacer un aviso para navegantes. Por el comienzo del título se podría pensar que este post va sobre gamificación. Pero no. No vamos a hablar de algunas de las brillantes propuestas de Ana Ordás. Que si ya eran necesarias antes del parón del 2020; tras este terremoto pandémico: van a convertirse en auténticos salvavidas para dinamizar y repensar las bibliotecas. Va de juego, sí, pero no de aprendizaje.

 

La baraja Library Lovers Playing ilustra sus cartas con carteles bibliotecarios para el fomento de la lectura de principios del siglo XX. Proyecto de un bibliotecario inglés apasionado por los juegos y la lectura. La baraja se lanzó como un proyecto de crowfunding a través de Kickstarter.

 

Hace nueve años, en la isla británica de Man, un medio local celebraba en una noticia el acuerdo al que había llegado el Departamento de Educación e Infancia con la empresa de juego PokerStars. El futuro de las bibliotecas públicas de la isla quedaba a salvo, durante los años siguientes, gracias a la inversión que la, entonces incipiente empresa, haría en la red de bibliotecas isleñas.

En 2021 no tenemos noticia de cómo sigue, si es que acaso ha seguido: el entendimiento entre dos sectores tan lejanos como un gigante del juego online y el ramo bibliotecario. El altruismo de PokerStars se ve matizado cuando se descubre que la empresa tiene sedes en la isla, sobre todo, por las facilidades de cara a las licencias de juego y el régimen fiscal. Beneficios, los fiscales, suponemos incrementados a raiz de la generosidad empresarial con la cultura local.

Visto en perspectiva, y desde un país como España que padece una auténtica fiebre de locales de apuestas a ritmo de los índices de paro y sucesivas crisis económicas: las relaciones entre casinos (virtuales o físicos) y bibliotecas se antojan improbables. Pero nunca se sabe. Si se buscan conexiones: se encuentran.

 

 

Por ejemplo, este burdo spot publicitario que la empresa Apuestas de Murcia (no por nada la comunidad autónoma con la mayor tasa de locales de apuestas de España) lanzó hace unos años. Un anuncio que pese a lo cutre que es: tiene una intrahistoria. La empresa Apuestas de Murcia no patrocina bibliotecas, no, lo que patrocina es a equipos de baloncesto pertenecientes a la Universidad Católica San Antonio de Murcia.

Esa universidad, cuyo presidente, proporcionó en bandeja la canción de verano al programa de humor de La Sexta, El intermedio, con su discurso al más puro estilo Bosé: sobre microchis insertos en vacunas y fuerzas del mal. El grado de surrealismo va in crescendo.

Pues bien, en un derroche de sutileza y marketing afinado, rodaron un spot en las instalaciones de la biblioteca de dicha universidad. La idea, como exigen las leyes de la publicidad: sencilla; el eslogan: directo. Y el resultado: un bochorno que haría que Don Draper se pasara del güisqui a las drogas duras de haberlo realizado su equipo.

 

 

¿Quién necesita un libro, una biblioteca o una educación teniendo un local de apuestas cerca? Desde luego que la emoción (ludópata) no entiende de lógica ni del más mínimo interés por las bibliotecas.

Afortunadamente, desde diferentes comunidades, se está empezando a regular legalmente esta incitación publicitaria constante a la ludopatía. Y en la noticia más reciente al respecto se cita expresamente a las bibliotecas.

El pleno del Ayuntamiento de Barcelona ha aprobado una normativa para regular los locales de juegos de azar que se quiere pionera en el comunicado: pero que luego veremos no lo es tanto. Para empezar se quiere restringir las autorizaciones para la apertura de nuevos locales. Y entre las medidas adoptadas se incluye la exigencia de que la distancia entre un local de juegos y un centro educativo pase de 100 a 800 metros. Y en cuanto a equipamientos sociales (y es aquí donde se cita expresamente a las bibliotecas): la distancia ha de ser de 450 metros como mínimo.

La legislación valenciana de este asunto le saca 50 metros a la catalana. 850 metros son los exigidos en Valencia entre un local de apuestas y un centro escolar. Pero la distancia de esta noticia a la siguiente sobre juego y bibliotecas se mide en kilómetros. Concretamente los 15.744 kilómetros que separan a España de Sydney (Australia).

 

 

En Fairfield, al suroeste de Sydney, están preparando el programa Bibliotecas después del anochecer (que suena a la película de Robert Rodríguez sobre vampiros; pero no). El programa, que ya está operativo en ciudades como Victoria; consiste en ampliar el horario de las bibliotecas en horario nocturno para ayudar a combatir la ludopatia.

En Fairfield más del 30% de la población vive en hogares con bajos ingresos familiares. Por contraste, es la zona donde se generan las recaudaciones más altas en locales de juego y apuestas. La vulnerabilidad social de las poblaciones como incentivo para las cuentas de resultados de estas empresas. El programa Bibliotecas después del anochecer es viable gracias, como señala la alcaldesa de la localidad de Darebin, Susie Rennie, al cambio que las bibliotecas públicas han experimentado:

 

«Las bibliotecas han cambiado enormemente durante la última década. Hay muchas actividades allí (grupos de conversación, grupos de manualidades, ajedrez, noches de cine), por lo que los libros son solo una pequeña parte de lo que se ofrece»

 

Cabecera del videojuego en línea: Library of ruina. Un juego en el que los jugadores apuestan y luchan contras los bibliotecarios. Y los que pierden se convierten en libros y así la biblioteca sigue creciendo.

El clásico de Frank Miller.

 

Y para cerrar un post ludópata-bibliotecario nada mejor que un último viaje a la ciudad del pecado (Sin city). Así se conocía a Las Vegas. Pero para los jóvenes de las generaciones actuales no queda nada de ese halo mítico que tantas películas recrearon. Una aburrida ciudad de plástico y neón, en la que las opciones de futuro: les llevan a huir como si de un pueblo de la España vaciada se tratara.

Entre 2006 y 2019 el censo de jóvenes de Las Vegas pasó de 3300 a 2300. Las opciones son escasas si se tienen aspiraciones más allá de los casinos o el alcohol. Y algunos jóvenes de origen mexicano han decidido organizarse durante el pasado año, marcado por la pandemia: para luchar por cambiar las cosas y que apetezca quedarse en su ciudad.

Este grupo de millennials han colaborado en la elaboración del censo de Las Vegas, desarrollando negocios locales e involucrándose con el gobierno de la ciudad. Su objetivo:  lograr financiación para libros en las escuelas, bibliotecas, carreteras y demás servicios sociales.

Si en la ciudad del juego, por excelencia, surgen propuestas así: puede que a LeoVegas se le empiece a caer la melena. Las Vegas y sus bibliotecas. Un asunto que bien merece una investigación para algún post futuro.

Por ahora: hagan juego, señores. Pero lejos de las bibliotecas.

 

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Shangri-La bibliotecario

 

En 1933 el escritor británico James Hilton publicaba Lost horizon (Horizontes perdidos). La historia de un grupo de extranjeros que arriban al remoto y paradisíaco monasterio tibetano de Shangri-La. Un mundo ideal basado en la moderación y el respeto, en el cual, la conjunción de varios elementos: asegura una longevidad fuera de los estándares del resto del planeta.

 

Heinrich Harrier, el autor de la célebre «Siete años en el Tíbet», de un pasado nazi a convertirse en discípulo del Dalai Lama.

 

Desde entonces, y sobre todo tras su adaptación cinematográfica de 1937: Shangri-La se convirtió en sinónimo de paraíso en la Tierra. Una sociedad en armonía en la que gobiernan «los mejores, no los más fuertes». Hecha la introducción, a ser posible con la banda sonora que Dimitri Tiomkin compuso para la película de Capra: quedaría de postal empezar a comparar a las bibliotecas con unas Shangri-La de la cultura. Pero es que no tenemos ni el presupuesto, ni el tiempo que tenían en Hollywood para hacer creíble una cursilada de tal calibre.

Para muchos, las bibliotecas, aún en pleno centro de sus ciudades y barrios: quedan tan lejanas como el santuario utópico imaginado por Hilton. En cambio, la biblioteca de Shangri-La (o de al menos una biblioteca relacionada con el mundo imaginado por Hilton): está más cerca que nunca.

 

La Shangri La de aires art decó de Frank Capra en su película: Horizontes lejanos (1937)

 

Se han digitalizados más de 20.000 documentos de libros antiguos de la cultura tibetana ahora accesibles desde la web de la Biblioteca del Tibet. El esfuerzo ha corrido a cargo del Centro Regional de Protección de Libros Antiguos cuyo trabajo ha logrado que biografías de eruditos tibetanos y obras sobre la historia del Tibet y del budismo, desde el siglo XII al XX: estén a alcance de cualquier con una conexión a Internet.

Lo que en otra latitud, país o circunstancia no pasaría de ser una noticia cultural a celebrar sin mayor trascendencia; en el caso que nos ocupa se reviste de connotaciones que van más allá. La represión por parte del régimen chino sobre el Tíbet es algo que han señalado libros, documentales y hasta estrellas de Hollywood convertidas al budismo. Pero nada de eso parece haber servido para relajar la presión. Tras más de 70 años de ocupación china el Tíbet está sufriendo uno de los períodos más opresivos de las últimas décadas.

 

El proyecto de la futura Biblioteca y Centro de Aprendizaje del Gran Dalai Lama XIV en Ithaca (Nueva York). Centro cultural y centro internacional para el budismo. 

 

Recopilación de ensayos sobre el desarrollo social, cultural y político del Tíbet desde el siglo VII hasta el período moderno.

No hace ni dos meses que el escritor tibetano Gang Metal fue detenido por las autoridades chinas sin que, por el momento, nadie sepa cuál es su paradero. Sus obras giran argumentalmente sobre las protestas y manifestaciones tibetanas contra el gobierno chino en 2008.

Detenido por primera vez en 2016, Gangkye Drukpa Kyab (su verdadero nombre): ha tenido graves secuelas como consecuencia de las torturas a las que fue sometido mientras estaba en prisión.

Desde que China invadiera el Tíbet en 1949 más del 99 por ciento de los templos, bibliotecas y santuarios tibetanos han sido saqueados o destruidos. Durante la última década, los topógrafos han viajado por toda la región rescatando miles de libros antiguos. Joyas olvidadas que ahora, gracias a la digitalización, ayudarán a preservar la cultura tibetana clásica. Las nuevas tecnologías, en su versión más positiva, dando una oportunidad única para la preservación de culturas amenazadas o perseguidas. Y esta supervivencia cultural, pese a todo, gracias a la tecnología: también se encuentra en los lugares más insospechados.

Tenzin Kalsang es bibliotecaria en Brooklyn, y redes sociales mediante: ha ganado una repentina celebridad a raiz de los cuentacuentos bilingües inglés/tibetano que narraba desde las redes de su biblioteca durante el confinamiento.

 

Tenzin Kalsang, bibliotecaria de la Biblioteca Pública de Brooklyn.

 

Kalsang, desde un rincón de su apartamento, logró llegar a miles de seguidores mucho más allá de Brooklyn. Tras la invasión china del Tíbet miles de tibetanos se dispersaron por todo el mundo. Los cuentacuentos bilingües de la bibliotecaria, de orígenes tibetanos, se convirtieron en una reinvidicación involuntaria de la cultura y la lengua tibetana. Desde que estalló la pandemia, la Biblioteca Pública de Brooklyn, ofreció varios horarios de cuentos bilingües en línea, incluidos en ruso, español y chino. Una iniciativa, en palabras de la bibliotecaria, que indica que las bibliotecas celebran la diversidad.

Y es después de todo no hace falta perderse por los Himalayas. Shangri-La, a veces y gracias a la tecnología: puede encontrarse en un pequeño apartamento de Brooklyn.

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La biblioteca del Ritz

 

Hace dos semanas escasas, el hotel Ritz de Madrid, reabría sus puertas tras tres años inmerso en una profunda remodelación. ¿Una señal de que se avecinan unos felices años 20 pospandémicos? No presumamos tanto. Este renacimiento no ha tenido que ver con una boda real; como en sus orígenes. Si el Ritz que impulsó Alfonso XIII miraba a Europa (concretamente a los Ritz de Londres y París); el remozado Mandarin Oriental Ritz del siglo XXI se mira en el lujo asiático. Un hotel para las élites siempre debe saber quien detenta el poder en cada momento.

 

El Ritz clásico y el Ritz de la actualidad: ¿renovarse o morir? ¿Y si en la renovación se pierde la esencia? Un momento: ¿estamos hablando del Ritz o de las bibliotecas en la actualidad? 

 

En los numerosos artículos que han publicado los medios estos días (contar con Isabel Díaz Ayuso como madrina, mediáticamente, da mucho juego): se han ido glosando las maravillas que aguardan a quienes puedan disfrutar del lujo a partir de 600 euros la noche.

Según relatan las crónicas, en el Mandarin Oriental Ritz, luce una colección de obras de arte creadas ad hoc para sus diferentes espacios y ambientes. Cuenta con cinco restaurantes de alta cocina; cafeterías deliciosas; instalaciones deportivas; spa y centro de masajes; piscinas; jardines… Pero lo más importante, lo que realmente marca la diferencia en un establecimiento de extralujo como es el caso: es su biblioteca. Y en el Ritz no hay biblioteca.

La cadena Mandarin Oriental Hotel Group, a la que pertenece ahora el Ritz, puede que sea de las más importantes pero falla en un detalle que realmente marca la diferencia de clase. Nada que ver con The Ben West Palm Hotel: el maravilloso hotel de Florida del que hablamos en Alexa quiere ser bibliotecaria, pero no la dejan: que incluye en su oferta un servicio de recomendaciones de libros para sus huéspedes en colaboración con la biblioteca local.

 

Este señalar con el dedo tan feo no procede de ningún resentimiento por parte de curritos bibliotecarios a los que pagar 600 euros por noche les parece un disparate. Nada de eso. Es que nadie con un poco de integridad bibliotecaria pasaría por alto esta clamorosa ausencia.

La biblioteca del Ritz, o lo que es lo mismo: su ausencia; es elocuente sobre nuestro tiempo. Si las clases dirigentes no se adornan con cultura: ¿hacia qué mundo vamos? Ni siquiera una estantería con libros falsos. La legitimación social del trepa, en el siglo XX, se apoyaba en una pátina de ilustración. Pero ahora los tiempos son más sinceros: la obscena exhibición del dinero es más que suficiente.

 

La brillante ‘Un lugar en el sol’ (1951): retrato certero de un arribista del siglo XX.

 

En todo caso, para disipar cualquier animosidad por nuestra parte, si la dirección del Ritz requiere asesoramiento profesional para subsanar el olvido: estamos abiertos a alojarnos durante unos días en sus instalaciones y así poder orientarles. Ante todo profesionalidad. Lecturas sociológicas aparte. La inexistencia de la biblioteca en el Ritz va en contra de una tendencia del sector inmobiliario y de lujo actual.

Según un artículo de ‘El Economista’ los 188.000 empleos que, según previsiones del Gobierno, ayudará a crear el plan de rehabilitación de viviendas: no serán suficientes para resucitar al sector de la construcción. Un inciso al hilo de esto: en dicho plan habrá un 30% destinado a edificios públicos. El 70% restante está destinado a viviendas. ¿Qué porcentaje le asignarán a las bibliotecas? Son edificios públicos, sí, pero también son las casas de la cultura. Según este razonamiento deberían optar al 100%.

 

 

¿Pecamos en exceso de mirar por las bibliotecas al incluirlas por medio, incluso, cuando hablamos del sector inmobiliario? No se crean. La revista ‘Money Week’ (la revista de finanzas más vendida del Reino Unido) mantiene actualizada su sección Houses for sale with libraries (Casas en venta con bibliotecas). Las bibliotecas cotizan al alza como valor añadido a la hora de atraer compradores. Entre sus ofertas más recientes:

«villa ubicada en una colina con vistas a Florencia. Tiene una biblioteca con estanterías de madera tallada, un gran vestíbulo de entrada con una escalera de piedra tallada, techos decorativos ornamentados y chimeneas de época. 12 dormitorios, 15 baños. Precio: 10 millones de euros» «salón del siglo XVIII con torre almenara y biblioteca con gabinetes hechos a medida con vista a los jardines. 7 dormitorios, 6 baños, invernadero. Precio: 3,75 millones de libras.» «Casa de campo de los años 50  dependencias rodeadas de jardines que incluyen un lago con una isla. Conserva sus chimeneas de madera de tilo, tiene una biblioteca que incluye una puerta oculta detrás de estantes de libros antiguos. Precio: 1,65 millones de libras.»

 

Para los que no nos llega la nómina ni para comprar la caseta del jardinero tenemos unas magníficas bibliotecas públicas; con fondos tan amplios, que nada tienen que envidiar a estas colecciones. Claro que si atendemos al muy didáctico artículo publicado en ‘Newtral’ radiografiando  las bibliotecas en España: igual deberíamos preocuparnos. De seguir la tendencia de este gráfico, en el 2030, puede que siga sin haber biblioteca en el Ritz; ni tampoco en ningún barrio.

 

Pero lobotomizándonos, una vez más, con el glamur y el lujo. Otro indicador de que las bibliotecas (lo que no implica a la cultura) son objetos de deseo: es el hecho de que la prestigiosa casa de subastas Christie’s lo resalte en las ofertas de su departamento de bienes inmuebles.

Al describir una finca en Connecticut (EEUU) destaca sus 51,3 acres, la  casa principal elegantemente restaurada, una biblioteca, casa de huéspedes, casa del cuidador, cabaña de troncos e impresionante galería de arte. Con vista a la casa de la piscina hay una biblioteca de arte en el segundo piso diseñada para la lectura y la investigación, con un piso y techo de madera de fresno, estanterías empotradas para cientos de libros y grandes luces que cuelgan de un techo inclinado.

 

Por solo 18 millones de euros se podía adquirir esta vivienda en Nueva York dotada de una amplia biblioteca con dos pisos.

 

¿Pasará con las bibliotecas como ha pasado con el mercado del arte? Empresarialismodenomina Will Gompertz, director de Arte de la BBC y extrabajador en la Tate Gallery, en su recurrente ensayo: ¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno: a este momento de la historia del arte, en el que las leyes del mercado son las que rigen las fluctuaciones en el mundo artístico.

Esperemos que los afortunados que puedan permitirse estas mansiones les atraigan de verdad  esas magníficas bibliotecas; y no sólo por el empaque que dan al inmueble.

Nosotros, como en otras ocasiones, nos remitimos siempre a la máxima del director de cine John Waters: “si vas a casa de alguien y no tiene libros, no folles con esa persona”. Pese al sabio consejo del padre del cine trash siempre te podían engañar: pero bastaba con escudriñar un poco el desgaste en los lomos para descubrir al impostor.

En cambio ahora, con la lectura digital: ¿quién podrá orientarse a la hora de irse a la cama? El recurso a que lee mucho, pero en digital, nos deja huérfanos de referentes para dejarnos llevar por la lujuria. En este blog, pese a defender la lectura en cualquier formato, nos aventuramos a dar una opinión al respecto: si sólo lee en digital, desconfíe.

En tales cuestiones, el tacto es esencial, y que alguien haya renunciado por completo a la experiencia táctil de la lectura ya nos debería poner sobre aviso (aunque alguno argüirá que son muy diestros pulsando botones, en fin, nos estamos dispersando).

 

 

Volviendo, para cerrar, a lo inmobiliario. Hace unos meses, de nuevo ‘El Economista’, hablaba sobre uno de los símbolos más estrambóticos del boom inmobiliario de hace unos años. Resultar estrambótico en el urbanismo de Benidorm no es algo que esté a la altura de cualquiera. Salvo que tengas 192 metros de altura, 52 plantas, seas de color dorado, y te corone un cono invertido entre dos torres simulando un diamante que, en perspectiva: podría interpretarse como la entrepierna de una gigante robótica sin tronco.

 

 

Es el rascacielos Intempo. Vendido en 2017 a un grupo inmobiliario que lo concluyó y puso a la venta. Actualmente los pisos se venden desde 200.000 hasta el millón de euros. La venta va algo lenta. Desde Infobibliotecas, lanzados tras el órdago al Ritz, les aconsejamos que incluyan una biblioteca en la última planta. Justo en el embudo (seamos ahora más elegantes en las comparaciones) que lo corona. Seguro que, con esas vistas, y una buena selección de fondos: se los quitan de las manos.

«El castigo del lujo
Está en el aire para que todos lo vean
Y es feo ahora
Y se pone peor cada dia
(¡Hey hey hey!)»

 

El castigo del lujo

Orchestral Manoeuvres in the Dark

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Bibliotecas en el espejo de Netflix

 

Tras este año de pandemia, en el que la cultura ha estado tan presente; en el que la cultura ha hecho tanto bien por la salud mental de la población (aunque no se le reconozca): ¿se puede seguir hablando de la cultura del ‘todo gratis’?

En un artículo publicado en ‘Business Insider‘ repasan las estrategias de éxito que Netflix ha seguido para, siempre según la publicación: desterrar la cultura del ‘todo gratis’. Revisando esas estrategias nos encontramos con cuatro puntos a destacar:

  • apostar por un storytelling propio: algo que se aplica sin cesar sea cual sea el sector del que se hable: construir el relato. Si en los 60 nació el culto al autor (‘Cahiers du cinema’ mediante); en los dosmiles es el relato lo que importa. Tal vez, sea por el influjo de las teorías de Yuval Noah Harari en Sapiens: sobre la ventaja evolutiva de nuestra especie por su capacidad para crear historias.
  • establecer un vínculo de cercanía con sus suscriptores gracias a la producción local.
  • capitalizar su profundo conocimiento de las audiencias para dotar al contenido menos mainstream, menos comercial, de «viajabilidad».

El artículo continúa con otras tantas loas a la estrategia seguida por Netflix. Y si bien, las bibliotecas sería más apropiado equipararlas a Filmin (por su perfil más cuidado en cuanto a calidad de contenidos; y porque parte de sus contenidos se ofrecen en eFilmonline): lo cierto es que los puntos positivos que subrayan en las tácticas de Netflix son perfectamente extrapolables al mundo bibliotecario.

¿A cuántas bibliotecas les resuena cual eco lo de construir el relato, lo de transmitir los valores e idea de la biblioteca pública a los usuarios?  Otro tanto respecto a lo de establecer vínculos de cercanía. Ninguna otra institución cultural puede enmendarle la plana a las bibliotecas públicas en ese sentido. Y en cuanto a lo capitalizar su conocimiento de su audiencia habría que hacer un punto y aparte.

Ahora mismo el cine clásico, que otrora arrasaba en taquilla, está al mismo nivel que los productos más alternativos de la actualidad. ¿Qué diría el todopoderoso David O. Selznick si levantase la cabeza y viera que sus superproducciones ahora se publicitan al mismo nivel que el catálogo de productoras independientes? Si hay alguien que no discrimina entre taquillazos y obras para público minoritario (plataformas como Filmin aparte que, por cierto, nutre el catálogo de eFilmOnline): esas son las bibliotecas.

Con esto no queremos rebatir, ni mucho menos, el artículo de ‘Business Insider’. No se puede esperar que una publicacion dedicada al mundo empresarial vaya a tener en cuenta la aportacion de las bibliotecas. Pero no porque no sea temática propia de su linea editorial sino porque nadie, ni las propias autoridades de las que dependen, le reconocen la labor que llevan décadas realizando. Ya lo decíamos en Se vende biblioteca al respecto de las sucesivas campañas institucionales contra el pirateo en las que jamás se subrayó la alternativa bibliotecaria.

Pero evitemos un tono revanchista que no lleva a nada bueno. En la semana, en que se celebra el Día Mundial del Arte, aprovechemos para darle la vuelta a esa cultura del «todo gratis» reinvidicando a las instituciones englobadas en el acrónimo GLAM (Galleries, Libraries, Archives and Museum).

En Barcelona se ha publicado, y firmado por organizaciones como Médicos Sin Fronteras, Oxfam Intermón, Amnistía Internacional o Médicos del Mundo: una declaración a favor de la liberación de las patentes de las vacunas contra el Covid-19. El clamor por la liberación de las patentes de las vacunas sigue creciendo sin parar.

La cultura, de inmediato, no salva vidas (salvo si de cultura científica hablamos) pero sirve para vertebrar sociedades sanas y con futuro. Las instituciones GLAM llevan muchos años ‘liberando’ millones de creaciones para uso y disfrute de la ciudadanía.

Chase McCoy, el diseñador de productos, ingeniero de front-end y explorador de Internet que ha creado el metabuscador Museo.

El motor de búsqueda Museo permite localizar entre millones de imágenes libres de derechos de instituciones como el Instituto de Arte de Chicago, el Rijkmuseum, los museos de arte de Harvard, el Instituto de Arte de Minneapolis o la colección digital de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Todo tiene su etiqueta. Y cuando se entra en una web de imágenes libres de derechos; lo primero que hay que hacer es buscar temas que te interesan. Hemos escrito ‘libraries’ y estas son algunas de las joyitas con las que nos hemos encontrado.

Imágenes «liberadas» (se siente un placer especial al escribir lo de liberadas) del concepto biblioteca a lo largo de los siglos:

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La biblioteca como puente intergeneracional

 

Febrero 2021. Elon Musk está a punto de enviar turistas al espacio; la comunidad científica internacional, en un esfuerzo sin precedentes, ha conseguido vacunas para combatir una pandemia, la Inteligencia Artificial ha resucitado a Lola Flores para anunciar cervezas; en el congreso de los diputados de España se debate una ley trans. Mientras, las bibliotecarias, siguen usando gafas antiguas, llevando cárdigans grisáceos y teniendo una vida aburrida.

Si eres bibliotecaria y has llegado a los 50 tu vida tiene que ser un asco. Equivalencias perennes en el relato audivisual contemporáneo.

La adaptación cinematográfica de la novela gráfica Days of the Bagnold Summer (no publicada en castellano) estrenada en la plataforma Movistar+ recupera la imagen más canónica de la profesión. Menos mal. No fuera a ser que, entre tanta distracción, a la generación zeta se le pasara perpetuar una iconografía con tanta solera.

Para los nacidos desde la mitad de los 90, Bertín Osborne y el gremio bibliotecario, deben formar parte de un pack indisociable a ese pasado mítico, oscuro y troglodita en el que no existía Internet.

Pero vamos al meollo, es decir, a la sipnosis de la película. El argumento, basado en el precedente gráfico del cómic de Joff Winterhart, retrata el verano que tienen que pasar juntos una madre y un hijo adolescente. El hijo heavy y depresivo (no necesariamente en ese orden) confiaba en pasar las vacaciones con su padre recorriendo Florida en un descapotable. Pero, por inconvenientes sobrevenidos, se ve obligado a pasarlo con su madre: una introvertida bibliotecaria de 52 años que se esfuerza por encontrar pareja de nuevo. El personaje de la madre cumple con todos los preceptos de la ranciedad estética y vital más estricta.

¿Un heavy como representante de la juventud millennial? Lo anacrónico e intergeneracional para Joff Winterhart, un boomer, son figuras de estilo. Sin duda. En su segunda novela gráfica, Driving short distances, incide en la temática ahora con contraste entre modelos de masculinidad.

 

La más reciente novela gráfica de Joff Winterhart se centra en la relación entre un joven aprendiz y su jefe. Un prototípico ejemplar de hombre de mediana edad chapado a la tradición.

 

Según reza Wikipedia, la teoría sociológica de la brecha generacional, surgió en los 60. Fueron los boomers los que cuestionaron todo el establishment cultural, político y de valores de sus padres. Desde entonces la juventud baila (como rezaba el programa de television de los 80) en la publicidad, el consumo y las modas. Mientras que en el mercado de trabajo, vivienda e independencia económica: la pista de baile se queda vacía.

La segregación por generaciones, más allá del entorno familiar, es uno de los proyectos más exitosos del capitalismo. Los ámbitos y espacios de interacción intergeneracional, más allá de los vínculos familiares, se han ido reduciendo sistemáticamente desde hace décadas. Divide y manipularás mejor. Un panorama que esta crisis sanitaria no ha venido más que a acentuar.

 

 

Del desconfinamiento por edades al «Tu fiesta me va a matar»: ahora llega el momento vacuna con «Tú Moderna y Pfizer, y yo AstraZeneca». La brecha, la insolidaridad, la lejanía se hacen más y más profundas. Pero donde menos, y cuando menos lo esperas, va C Tangana y hace un guiño a la Campanera de Joselito, mediación mediante de Manolito Gafotas: que la incrustó en la memoria de los que eran niños en los 90. Y Lola Flores, invocación digital de por medio, se convierte en referente del ideario millennial condensado en un eslogan publicitario para vender cervezas.

En la joya cinematográfica Looper (2012), un maduro y escarmentado Bruce Willis, coincide con su yo joven y tiene que disuadirlo de tomar decisiones que marcarán trágicamente su futuro.  Atención spoiler: no funciona.

Para superar lo que los tiempos se han empeñado en separar desde los años 60 del pasado siglo: no basta con advertencias. Hacen falta espacios comunes. Y ese espacio, físico y mental, puede y debe ser la cultura.

 

 

En la revista ‘Vanity Fair’ publicaba hace unos días un artículo sobre el club de lectura creado por la mítica casa de modas Chanel. La encargada de inaugurarlo ha sido Carlota Casiraghi. El titular elegido para encabezar el artículo deja claro el target al que se dirige la publicación: Carlota Casiraghi debuta en el club de lectura de Chanel con dos ‘looks’ sobresalientes. Y es cierto, la hija de Carolina de Mónaco, luce espectacular y terriblemente chic con sus dos conjuntos de Chanel. Pero donde termina de deslumbrar es cuando habla de Rilke, Baudelaire o lee fragmentos de Lou Andreas-Salomé.

¿Qué separa a la bibliotecaria protagonista de Days of the Bagnold Summer y a la heredera del trono del glamur monegasco? ¿La belleza, el estilo, el chic, la edad, el dinero, la clase social, la fama…? Desde luego, que como autores de juegos de encontrar las 7 diferencias: no tenemos precio. Y ¿si nos fijamos mejor en lo que, teóricamente, las une? Los libros.

La bibliotecaria interpretada por Monica Dolan trabaja rodeada de libros; y según el testimonio de Carlota, ella vive también rodeada de libros. En la aparentemente abismal brecha que separa ambas mujeres (dejando aparte que una es de ficción y otra, suponemos, porque no la conocemos, real): hay un puente hecho de libros.

 

Carlota, que tiene 34, es millennial por la punta de arriba. Y si tenemos que creer a Sabina: las niñas ya no quieren ser princesas desde los 80. Tal vez por eso, Carlota, licenciada en Filosofía por La Sorbona, se ha convertido en estrella de encuentros literarios como el pasado Hay Festival de Segovia; y escribe libros de filosofía junto a Robert Maggiori.

Mientras, desde el otro mundo que la reclama, el de la moda: la diseñadora de la colección de prêt-à-porter de la casa Hermès: Nadège Vanhee-Cybulski declara para ‘El País’:

«En los últimos 30 años todo en la moda ha girado en torno a la juventud: en los próximos 10 años lo hará sobre la diversidad  la inclusión.»

 

Sin salir de Francia, el alcalde de la villa gala de Rouez (Sarthe), ha promovido con la colaboración de la Fundación Le Grou la construcción de una biblioteca pública dentro de la residencia de ancianos de la localidad. Y prosiguiendo con este afan por crear espacios comunes en los que las generaciones interactúen entre ellas, el siguiente paso, ha sido la creación de un comedor para que escolares y ancianos coman juntos.

Ludovic Robidas, que así se llama el político, ha colaborado para la creación de dos de los espacios públicos donde, de la manera más natural, mejor se sortea la brecha generacional. Libros y gastronomía como puente entre los más jóvenes y mayores de la comunidad.

Como subraya el, también francés, arquitecto Eric Cassar: «la arquitectura intergeneracional implica repensar nuestros hábitos. La pandemia de coronavirus es un recordatorio de que se necesita una mayor solidaridad». Y por ello el arquitecto ha concebido un concepto de residencias que promuevan la mezcla intergeneracional.

El blog de arquitectura galo en el que se promueve un hábitat urbano ecológico, solidario e intergeneracional.

 

Cuando todo esto pase (frase que, a estas alturas, es más rogativa divina que frase hecha): las bibliotecas pueden/deben convertirse en los espacios públicos propicios para captar las ganas de interacción que tendremos. Frase que advertimos, ante previsibles quejas, que va a ser letanía en este blog a partir de ahora: que esa interacción sea más intergeneracional que nunca para compensar tanto tiempo (y vidas) perdidas.

Nos tocará construir los puentes. ¿De desvencijadas maderas y sogas como el de Indiana Jones y el templo maldito o el Golden Gate de San Francisco? Uno de Calatrava, mejor no, que resbalan y a ciertas edades, bibliotecarias, son un peligro para las caderas.

Y cerramos con lo que empezamos. La banda sonora de la película sobre la bibliotecaria aburrida y el hijo heavy viene firmada por el grupo Belle and Sebastian. Pero no, no vamos a cerrar con un tema de la BSO. Elegimos un clásico de su repertorio porque su título lo dice todo: Wrapped up in books (Envuelto en libros). Tal cual como la bibliotecaria de la peli y Carlota Casiraghi.

 

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Viento en popa a toda biblioteca

 

Muchos de aquellos que se lo pueden permitir han tomado la decisión de trasladarse, o permanecer tras el verano, en sus segundas residencias en la costa. En nuevo año que arranca oscuro, la cercanía al mar, pareciera una promesa de normalidad y seguridad. Si en este blog tendiéramos al lirismo, que no es el caso, podríamos jugar literariamente con el ansia marina como una nostalgia del pasado. Pero si aplicásemos el oído a una caracola lo más seguro es que acabásemos con un cangrejo de pendiente, tal cual, como en un tebeo de Bruguera.

¿Trasantlántico o ballena?: la Bibliotheater de Shanghái. Fotografías de Jonathan Leijonhufvud

 

Esta evocación marina viene al hilo de que el post de la semana anterior lo dedicamos a las bibliotecas del Titanic; y en este, hablamos de bibliotecas y ballenas. Háblame del mar, bibliotecario. Que desde mi ventana no puedo yo verlo…

El campus de la Escuela Internacional Qingpu Pinghe en Shanghái ha estrenado recientemente la Pinghe Bibliotheater: una biblioteca, un teatro y un cine. Todo en uno. Por su forma exterior, algunos la llaman el transatlántico, mientras otros: la ballena azul. Puestos a elegir preferimos la segunda. Antes Moby Dick (aunque fuese blanca) que Titanic. Por el clásico de Melville; pero también porque fue una ballena la que dio cobijo a Jonás. Tal como hacen las bibliotecas: aunque no por precepto divino.

El estudio arquitéctonico OPEN, artífices del edificio, fundamentan conceptualmente esta biblioteca-teatro en la idea de que la lectura y el pensamiento, como componentes críticos de la educación: deben expresarse a través de representaciones. Algo de lo que suelen adolecer los sistemas educativos.

 

La Bibliotheater es un archipiélago bibliotecario, cultural y educativo conformado por varios edificios. En ellos se distribuyen: la biblioteca, un cine con 500 plazas, el teatro para 150 espectadores y un café. En el vientre de esa biblioteca, cualquier amante de la cultura, querría pasar mucho más días de los que el profeta pasó en el de la ballena.

Y desde China también nos llegó la red social que copa la actualidad en los últimos tiempos: TikTok. Su nombre originario es el de «Douyin» (sacudir la música en chino) pero ha dado su salto internacional con las dos sílabas que recuerdan: tanto al sonido de las manecillas de un reloj como al de un metrónomo marcando el ritmo.

Una de las últimas modas en la susodicha red son las canciones marineras. Bajo el hashtag #seashantytok los usuarios de la red comparten vídeos musicales cantando, en directo o playback, algunas de las tonadas clásicas que, con gusto, entonaría la tripulación del capitán Ahab.

Este auge repentino ha llevado a British Library Publishing a adelantar la publicación del libro ilustrado: Sailor Song: The Shanties and Ballads of The High Seas. Una recopilación de canciones y baladas marinas llevada a cabo por el cantante y profesor universitario Gerry Smith y que está profusamente ilustrado por dibujos de Jonny Hannahy e imágenes pertenecientes a los fondos de la British Library.

 

 

Algo se ha hablado de TikTok en bibliotecas. Pero su uso  aún no se ha extendido demasiado. Como recogía Fernando Gabriel Gutiérrez, en Infotecarios, hay varios pros y contras que sopesar. Pese a ello algunas bibliotecas ya se han decidido y empiezan timidamente a poblar una red colmada por coreografías y memes continuos. Una de las últimas, la Biblioteca Pública de Calgary, en Canadá. Y tras 8 meses de recorrido ya pueden hacer un pequeño balance que igual sirve de ayuda para aquellas que se lo estén planteando.

En tiempos de pandemia el equipo de Calgary ha conseguido conectar con el público potencial de la red: los adolescentes. Han tirado de lo cómico, como no podía ser de otro modo: para transmitir desde recomendaciones sobre el uso de las mascarillas, a comportamientos incorrectos en las instalaciones de la biblioteca; manualidades o, por supuesto, recomendaciones de libros. El resultado ha sido una gran difusión de sus vídeos entre el público objetivo al que iban destinados.

 

Dos técnicos de la plantilla de bibliotecarios se ocupan de alimentar la red en la que colaboran hasta 20 compañeros: dando sugerencias, haciendo guiones o filmando vídeos.

Entre las campañas que han puesto en marcha se encuentra la del canoodling (besuqueo en inglés): para advertir a los jóvenes que acuden a la biblioteca que besarse con mascarilla (como ha sucedido en sus instalaciones): no es una práctica que cumpla, precisamente, con los protocolos sanitarios de la Covid-19.

Igual los bibliotecarios confundieron la motivación de los jóvenes; y en realidad, lo que estaban haciendo era emular a Los amantes de Magritte.

Y para cerrar la travesía de este post que arrancó surcando los mares para terminar surcando las redes: nada mejor que rescatar la banda sonora de la película Vida acuática (2004). No es muy propia de TikTok. Seu Jorge versionando clásicos de Bowie en modo bossa nova. Y precisamente por eso la elegimos. Porque sosiega tanto el ánimo como perderse mirando el mar.

 


Crédit photo : Jonathan Leijonhufvud

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La biblioteca del Titanic

 

Los aires apocalípticos de estos últimos tiempos están dando para muchos memes y chascarrillos. Es cuestión de tiempo que la prolífica industria del manga lance alguna serie dedicada a la pandemia del Covid-19. Hasta puede que ya lo hayan hecho y no lo sepamos. Pero estamos tranquilos. Tarde o temprano Yordi biblioteca la localizará y nos lo hará saber.

Hay mangas para los asuntos más peregrinos. Y la cultura japonesa tiene el gen apocalíptico hipertrofiado en su ADN. Este fin del mundo necesita de onomatopeyas y líneas cinéticas al estilo nipón. Ahora que Iker Jiménez se ha vuelto un periodista riguroso hace falta, más que nunca, alguien que guionice el juicio final que se nos avecina. Por el momento, una de las series manga centrada en retratar tiempos oscuros en bibliotecas: se acerca a su fin.

Library wars. Love & War Beesatsu-hen de Kiiro Jumi anuncia que arranca su arco final. Lo cual no es decir mucho. El chicle se puede estirar, cual Sr. Fantástico de Los 4 fantásticos, con numerosas secuelas. De hecho, esta Beesatsu-hen, se trata de una continuación de Library wars. Love & Peace, la serie original que se publicó desde el 2007 al 2014. Una secuela como el 2021 parece ser del 2020.

El caso que esta historia, sobre un régimen autoritario que dicta una ley para limitar la libertad de expresión, en el 2019, y que provoca la creación de una unidad militar para defender los libros de las bibliotecas: encara su tramo final. Biblioteca y hecatombe siempre combinan bien en las tramas de cualquier tipo de ficción.

El último número de la veterana revista ‘Dirigido por…’ dedica un amplio dosier al denominado cine de catástrofes. Un género que conoció su punto álgido allá por la década de los 70 del pasado siglo; pero que en medio de esta sucesión de catástrofes: tiene el terreno abonado para resurgir.

 

La Biblioteca Pública de Nueva York en dos imágenes de El día de mañana (2004): cine catastrofista con el cambio climático de excusa.

 

En la selección de 25 películas por cada año que el Archivo Nacional de la Biblioteca del Congreso de Washington conserva para la posteridad: no han incluido ni La aventura del Poseidón; ni El coloso en llamas; ni tan siquiera alguna de la serie Aeropuerto. Ninguno de los títulos emblemáticos del género o subgénero. La única que se ha incluido es la de Titanic de James Cameron. Pero el taquillazo de los 90 no es representativa de los años dorados del sonido sensurround

Un pequeño fallo en el listado. No por la cuestionable calidad de las películas en sí (aunque las producidas por Irwin Allen no se pueden desdeñar pese a lo estereotipado de la fórmula): sino porque son altamente representativas de un momento histórico concreto.

 

Detalle del cartel de ‘La aventura del Poseidón’ (1972).

 

El modo en que la sociedad de un periodo representa su fascinación por el desastre, por la catástrofe, por la aniquilación: no se puede dejar pasar si queremos un retrato lo más completo posible. Igual que los años 60-70 españoles quedarían cojos si junto con las películas de autores como Carlos Saura: no tuviéramos en cuenta las españoladas de Alfredo Landa o Paco Martínez Soria.

Titanic, la de DiCaprio, es de 1997 y recrea un desastre acaecido en 1912: así que poco aporta a las posibles lecturas que del género de catástrofes se podrían hacer. Y dejando el romanticismo kitsch hiperdigitalizado del mamotreto de Cameron aparte: mucho se habla de los músicos del Titanic; pero bien poco de las bibliotecas del infortunado trasatlántico.

En las siguientes fotografías se pueden ver lo que podrían ser salas de lectura del buque de lujo. La primera corresponde a la primera clase; y la segunda, se identifica como la biblioteca dispuesta para la segunda clase. A la categoría que le correspondía al personaje de Leo no le correspondería biblioteca alguna.

 

 

No hemos podido confirmar que fueran consideradas propiamente como bibliotecas. Pero estamos hablando del género de catástrofes: no dejemos que la verosimilitud más estricta nos malogre la historia.

Melancolía (2011) de Von Trier: el fin del mundo para cinéfilos de pro.

Al inicio de esta pandemia también sonaron voces proclamando que el virus actuaba como un gran igualador. Que no discriminaba entre ricos y pobres. Una tontería como cualquier otra. Y no solo por las diferencias sociales y económicas.

Llevándolo a nuestro terreno, el bibliotecario, también suena falso. En las bibliotecas públicas no hay primera, segunda ni tercera clase. Pero eso no quiere decir que no corran peligro de naufragar aún sin icerberg de por medio.

No, no va a ser lo mismo para una biblioteca grande, con más personal y recursos; que para una biblioteca pequeña. No será lo mismo para una biblioteca de gran ciudad que para una biblioteca rural. Pero esas desigualdades, injusticias o simples diferencias: no tienen porque ser coartada para regodearse en el lamento y la autoconmiseración. Y por lo tanto en la inactividad.

En medio de este panorama, la biblioteca que ha saltado a los medios, que ha merecido un reconocimiento desde la instituciones europeas, que ha convocado el aplauso unánime: ha sido una biblioteca pequeña con solo tres trabajadores en plantilla. La biblioteca de Soto del Real. Una chalupa, según la tormenta, tiene más posibilidades de sobrevivir que un trasatlántico. Y en ello tiene mucho, pero que mucho que ver, su tripulación

 

 

Y para cerrar un post que se podría clasificar dentro del género catastrofista nada mejor que volver la mirada a los clásicos. Si hay un infierno literario de referencia ese es el Infierno de Dante. Ahora, gracias a una exposición virtual de la Galería de los Uffizi, podemos disfrutar de una joya bibliográfica única con motivo del 700 aniversario de la muerte del poeta.

Las ilustraciones que Frederico Zuccari llevó a cabo sobre la obra de Dante, inspirado, tras un viaje a España entre 1586 y 1588. Ochenta y ocho grabados que pasaron de pertenecer a la familia Orsini a los Médici antes de terminar en la coleccion Uffizi en 1738. De la serie dibujada por Zuccari solo once ilustraciones de las ochenta y ocho están dedicadas al cielo. Está claro que el Infierno, el apocalipsis, siempre ha resultado más fotogénico.

 

Una colección de dibujos que ha sido apreciada por muy pocos ojos. Se mostraron en público solo en 1865, con motivo del 600 aniversario del nacimiento de Dante. Y ahora, gracias a la tecnología, se pueden disfrutar con un nivel de detalle asombroso. Según el director de la galería Uffizi, Eike Schmidt, la iconografía del averno que surgió, gracias a las ediciones ilustradas de la obra del poeta, ha impregnado la imaginación apocalíptica de los siglos posteriores.

Y en esas seguimos, imaginando cómo será el fin del mundo. En La hora final (1959), una muestra de cine de catástrofes, podríamos decir que de «autor» (Stanley Kramer), Gregory Peck y Ava Gardner aguardan, en Australia, a que les alcance la radiación nuclear que ha aniquilado al resto del mundo. Mientras esperan esa hora final se dedican a reconciliarse con su pasado. Y es que si llega el fin del mundo, tal y como decía Picasso a cuenta de la inspiración, que nos pille haciendo cosas. Porque, ¿y si no llega?

 

 

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