Emergencia climática en bibliotecas

 

La estrella de la música en auge, la jovencísima Billie Eilish, se ha transformado en un ángel caído en su último vídeo para denunciar el cambio climático. El plazo para revertir los desastres medioambientales según los científicos se agota. No es de extrañar por eso que una estrella emergente como Ellish aborde uno de los asuntos que más movilizan a los jóvenes. El encapotado panorama laboral, medioambiental y social que se les dibuja en el horizonte incrementa los tintes apocalípticos a cada nueva previsión meteorológica.

De ahí que el próximo 20 de septiembre se haya convocado la huelga global por el clima. En nuestro país figuras como Rosa Montero, Manuel Rivas, Elvira Lindo, Fernando Aramburu, Marta Sanz, y así hasta cerca de cien escritores: han firmado un manifiesto apoyando dicha huelga. Pero ¿y las bibliotecas?

¿Cómo puede colaborar de verdad las bibliotecas en la lucha contra el cambio climático más allá de: centros de interés, eliminando bolsas de plástico, adaptando espacios e infraestructuras a los requisitos de una buen gestión medioambiental? Pues con algo que siempre es una alegría para el gremio: aumentando las estadísticas de préstamo.

Y para ello, nada mejor que las ya conocidas: Bibliotecas de las cosas.

Este movimiento tiene un largo recorrido. En el 2015 lo que hizo que ganase mayor relevancia en el mundo bibliotecario fue la noticia de la Library of Things (LoT) que puso en marcha la biblioteca de Sacramento.

Raquetas para la nieve, cañas de pescar, telescopios, moldes para pasteles, discos voladores, pelotas, muñecas, ukeleles, etc… Un largo muestrario de objetos que las bibliotecas iban añadiendo a su oferta y que prestaban aparte de libros, discos, películas y demás material propio de bibliotecas.

En nuestro país han sido fundaciones como Los Traperos de Emaus las que se han lanzado recientemente a poner en práctica la idea.

En Guipúzcoa, el pasado mes de marzo, nacía #gauzaTEKA: adaptando la idea que tanto predicamento ha obtenido en Canadá, Reino Unido o Alemania; y que ha hecho que ya se contabilicen más de 400 Bibliotecas de las cosas por el mundo. Pero sin salir del País Vasco, en Bilbao, también existe la Aloklub: una Biblioteca de las cosas puesta en marcha por el brasileño Rodolfo Pereira, al que los medios, ya denominan el bibliotecario de las cosas.

¿Un caso más de apropiacionismo del concepto biblioteca de los que hablábamos en Creative Commons bibliotecarios? El caso es que siendo como es un movimiento que tiene tanto predicamento en bibliotecas públicas foráneas, parece que por el momento, está costando que se implante en nuestras bibliotecas.

 

En una biblioteca pública de Viena acaban de iniciar  «Cosas de Viena». Una biblioteca de las cosas que recurre a un simple casillero transparente para poder ofrecer los utensilios susceptibles de préstamo a domicilio durante 15 días prorrogables.

 

Salvo error por nuestra parte (del que estaremos encantados que alguien nos saque) en ninguna biblioteca pública de nuestro país se ha puesto en marcha. Y precisamente por ello resulta muy pertinente la entrevista que en la web de Shareable publicaban con el responsable de MyTurn: Gene Homicki.

MyTurn es una plataforma que promueve la economía colaborativa: y cuya experiencia con las Libraries of Things y las bibliotecas públicas tiene un amplio recorrido.

 

 

Shareable es una institución sin ánimo de lucro involucrada en promover la cultura del intercambio como una manera de contrarrestar los efectos nocivos de un sistema capitalista basado en el consumo compulsivo y la explotación salvaje de nuestro planeta. Gracias a la entrevista con Gene Homicki podemos tomarle el pulso a cómo va el movimiento Library of Things, y sobre todo, repensar lo idóneo de que alguna biblioteca pública se atreviese a dar el paso.

Entre las cosas a destacar de la entrevista:

  • el movimiento comenzó como bibliotecas de herramientas y lo hizo en una biblioteca de verdad: en la Biblioteca Pública de Grosse Point, Michigan, en 1943;
  • en los años 2008-2009 dos hechos sirvieron para que el movimiento Library of Things cogiera un nuevo impulso que sigue ganando fuerza en nuestros días: por un lado, la terrible crisis financiera que dejó a millones de personas sin trabajo; y por otro: el desarrollo de tecnologías que facilitaban los procesos que requieren las LoTs;
  • en un principio se trataba de hacer que los ciudadanos, y las instituciones, rescatasen aquellos objetos, utensilios y recursos que cogían polvo en sus garajes, trasteros y almacenes y se les diera una segunda oportunidad gracias a las LoTs. Pero en el proceso se encontraron con un añadido: las bibliotecas de las cosas sirven para construir comunidad;
  • las LoTs cuentan con la ventaja de que la mayoría de personas están familiarizadas con las bibliotecas y las tiendas de alquiler: por eso la idea de las LoTs es fácilmente asumible por el público en general.

Argumentos para sopesar la viabilidad de poner algo así en marcha en una biblioteca pública. El próximo día 20, miles de jóvenes de todo el mundo, saldrán a la calle exigiendo medidas efectivas ante la emergencia de pura supervivencia que se nos plantea: y las bibliotecas públicas no pueden dejar de estar presentes de un modo u otro en esta lucha.

En la película The public de Emilio Estévez (tal vez la película, sin fecha de estreno en España, de la que más hemos hablado en el mundillo bibliotecario): un grupo de personas sin hogar se niegan a abandonar la biblioteca ante la falta de plazas en los albergues de la ciudad para protegerse de una ola de frío.

 

Las bibliotecas como refugio ante las condiciones climáticas adversas. Un servicio que no aparece en las cartas de servicio de las bibliotecas pero que es más real que muchas de las promesas que ellas aparecen. Pero ninguna biblioteca, por acogedora que sea, podrá protegernos si los peores presagios de los expertos sobre el cambio climático se hacen realidad.

Tomarse estas cosas con humor se hace difícil: pero no por ello menos necesario. Es lo que ha hecho el reputado director de documentales Errol Morris, que en lugar de hacer uno de sus trabajos concienciando sobre el asunto: ha preferido rodar cortos de 30 segundos que se pueden ver en Youtube. Protagonizados por el actor y comediante Bob Odenkirk como el Almirante Horatio Horntower. Un humor negro y necesario. Y es que como dice el propio director:

«la lógica rara vez convence a alguien de algo. El cambio climático se ha convertido en otro vehículo para la polarización política. Si Al Gore dijera que la Tierra era redonda, habría oposición política insistiendo en que es plana. Todo es tan absurdo, tan despreciable.»

 

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Pausa publicitaria para bibliotecas

Este post es como hacer zapeo sin aparente rumbo decidido. Veremos estatuas con bufanda, librerías flotantes y desfiles de moda. Pero recaigamos en el canal que sea, lo seguro, es que van a estar emitiendo anuncios y que se hablará de bibliotecas.

 

Campaña publicitaria chilena anunciando el préstamo de ebooks en bibliotecas de Chile.

 

Desde hace décadas la historia de la publicidad es una de las crónicas más fiables de nuestra contemporaneidad. El Festival Internacional de Creatividad de Cannes es el mejor lugar para tomar el pulso a la publicidad y a lo último en marketing.

Pero ¿no es algo redundante lo de creatividad publicitaria? ¿existe otro tipo de creatividad en nuestros días? Todo, nosotros incluidos, no somos más que marcas (personales o institucionales) y las ideas que tenemos, la creatividad que ponemos en juego, están al servicio de publicitarnos. Unas veces para que nos contraten o mejoren profesionalmente; otras veces, simplemente (en el caso de las cuentas personales en redes sociales) para acumular likes y así, supuestamente, ganar la estima de nuestro entorno más cercano.

 

 

Salvo que pertenezcas a una tribu perdida en la jungla: estás en el ajo. E incluso en el caso de la tribu, siempre puede llegar un misionero plasta, y te conviertes en noticia en medios que ni sabes que existen. Todos estamos en el mercado, todos nos publicitamos, de un modo u otro.

Libro de George Lois, gurú de la publicidad, en el que habla de cómo liberar el potencial creativo.

Pero centrémonos en las tendencias que rigen la publicidad en la actualidad. Hace tiempo que un concepto se viene aplicando a casi todo cuando se habla de marketing: lo experiencial. Hay que ser experiencial, hay que promover experiencias. Hay que ofrecer sucedáneos de vida a falta de que la gente tenga vidas propias. Allanar el camino para que la Inteligencia Artificial nos enchufe definitivamente a Matrix.

Bueno esto último es una interpretación tendenciosa y maniquea por nuestra parte. Mejor aparcamos la pose escéptica por un momento y, puesto que hablamos de experiencias: experimentamos la capacidad de interpretar las tendencias a nuestra manera. Es decir, desde un punto de vista bibliotecario.

Creatividad, autenticidad y valores. Estos son los tres puntos en los que resume la web MD, marketingdirecto.com, los pilares del marketing experiencial. Y de los tres deberían andar sobradas las bibliotecas. El artículo recoge tres consejos del director creativo de Pop in Group (agencia de publicidad madrileña multipremiada), Salvador Albacar, para triunfar en el marketing experiencial:

 

SER CREATIVO VENDE

 

Totalmente de acuerdo. Y las bibliotecas dan variadas muestras de creatividad. Pero son tantas y numerosas que nos vamos a quedar con dos.

1000 días contabilizaba el ‘secuestro’ del libro ‘Gente tóxica’ de la biblioteca de Ripollet. Usuarios tóxicos de bibliotecas. 

La más reciente y cercana ha sido la campaña de la biblioteca de Ripollet (Barcelona) sobre libros secuestrados. Exponer las portadas de algunas de las obras desaparecidas en combate (es decir: no devueltas) con el número de días que hace que se las llevaron.

Una manera de recordar que los documentos de las bibliotecas son de todos; y que no devolverlos: se podría considerar abiertamente un secuestro.

La idea es simpática, impactante y creativa. Pero hay una realidad detrás que no se aborda lo suficiente. Si cometes cualquier infracción o impago: la Administración, o las empresas, actúan en consecuencia y se ponen en marcha los procedimientos punitivos que procedan (multa, requerimientos judiciales, inclusión en la lista de morosos, etc…)

 

 

En cambio, si se retiene ilegalmente un bien común como son los documentos de bibliotecas: ¿por qué las administraciones de las cuáles dependen no se toman más en serio actuar contra los morosos cuando se constata que existe un ánimo manifiesto de dolo? No en casos de despiste, pérdida por accidente o demás circunstancias de las cuales, los siempre comprensivos bibliotecarios, se pueden llegar a hacer cargo. Es en aquellos casos en que los que el desprecio por el bien público se hace evidente.

Tejer es el nuevo yoga: cartel para publicitar el club de hacer punto de la biblioteca irlandesa de Nenagh.

Un bonito tema para el debate. Pero volviendo a la creatividad. En la biblioteca del condado estadounidense de Anderson se protegieron diferentes estatuas de la ciudad con bufandas y sombreros confeccionadas por las integrantes de The Black Sheep Knitters (Las ovejas negras tejedoras). Un grupo femenino que se reúne en la biblioteca del condado para tejer y leer.

Quien necesitase una bufanda no tenía más que cogérsela prestada a alguna de las egregias personalidades que han merecido una estatua en su honor. Una manera de convertir la afición de estas jubiladas en un acto de solidaridad y reivindicación de la historia local.

 

TENER VALORES VENDE

 

Tal vez sea este punto el más arriesgado. Demostrar un compromiso, unos valores con los que nuestro público (seas marca o biblioteca) pueda identificarse. Pero ¿qué valores? Las marcas publicitarias pisan cautelosas para no romper el hielo y hundirse en el lago gélido de los linchamientos digitales. En el mercado de valores, y no hablamos de los bursátiles, hay ciertas ideas progresistas que, más o menos, están asumidas por la mayoría de la opinión pública. Pero la polarización extrema de los discursos obliga a que, en determinados momentos, haya que elegir.

 

En 2017 la modelo Kendall Jenner protagonizó una campaña para Pepsi en la que se sumaba a una revuelta cívica y repartía refrescos entre los antidisturbios. La reacción por frivolizar con reivindicaciones sociales fue tan fuerte que terminaron retirando la campaña.

 

Las bibliotecas públicas atienden a todo tipo de público sin discriminaciones de ningún tipo. Para otra ocasión queda pendiente hacer un repaso a aquellos valores que, sin duda, deben defenderse desde una biblioteca publica; y por otro, aquellos otros valores que probablemente solivianten a colectivos e ideologías no tan comprometidas con el progreso pero que tienen respaldo social (y lo más triste) electoral.

Por eso en este punto elegimos dos ejemplos de difusión de valores partiendo de dos noticias que hablan de bibliotecas sin que, en ninguna de las dos crónicas, se trate de bibliotecas propiamente dichas.

 

El barco Logos Hope que se publicita como la mayor librería flotante del mundo.

 

El barco Logos Hope es descrito machaconamente en los medios como la biblioteca flotante más grande del mundo. Pero es falso. No se trata de una biblioteca, en realidad, es una librería. El barco, cual transatlántico librario, surca los océanos atracando en puertos de países de África, Asia y Europa para promover la lectura, organizando actividades, donando fondos a orfanatos e implicándose en proyectos de construcción de centros comunitarios. Eso sí, no nos consta que tengan entre sus escalas Sentinel del Norte: cuyos habitantes quiso evangelizar el misionero plasta que citábamos antes.

Que en su reciente parada en Buenos Aires, haya despertado una reacción en contra por parte de los libreros de la ciudad, se podría entender como una queja por la competencia que supone un barco con más de 5000 libros. Pero lo interesante está en los matices. El Logos Hope es un barco que pertenece a la organización caritativa cristiana alemana GBA Ships. Lo que los libreros bonaerenses denuncian, competencia desleal aparte, es la labor de evangelización que el barco ejerce a través de sus fondos y actividades.

El transatlántico librero más que fomentar la lectura y la cultura lo que persigue es extender el mensaje religioso de su organización. Sin duda, un ejemplo exitoso de saber venderse a través de los valores. Cuestión aparte es si estos valores coinciden o no con los nuestros.

 

La bibliotecaria espontánea Yashoda Shenoy en la biblioteca pública que ha conseguido crear en su casa.

 

Y de Buenos Aires viajamos a la India. Es allí donde la niña de 12 años, Yashoda Shenoy, ha llegado a crear una biblioteca de casi 3500 libros gracias a donaciones. Shenoy tomó conciencia del impedimento que suponía, para los niños más desfavorecidos: el sistema de penalizaciones por retraso en las devoluciones en bibliotecas (que se saldan con dinero); y el hecho de que se cobre una cuota para ser usuario.

Con el apoyo de sus padres y hermanos, Shenoy, se ha convertido en bibliotecaria por convicción. Los libros que ha ido consiguiendo los han ordenado en una parte del domicilio paterno que ha terminado reconvertido en biblioteca pública. En este caso está claro que los valores de Shenoy venden. Venden una idea de las bibliotecas como instrumentos de progreso que ninguna elaborada campaña de marketing podría superar.

 

SER AUTÉNTICO VENDE

 

La autenticidad es quizás la cuestión más peliaguda. Si eres una marca comercial que busca vender, no de manera altruista como las bibliotecas, sino obteniendo ganancias contantes y sonantes: ¿cómo convences de tu autenticidad? Fijándote en las bibliotecas.

En el punto de la autenticidad las bibliotecas no tienen que esforzarse lo más mínimo para convencer. Son más bien las marcas las que se fijan, cuando son inteligentes, en instituciones capaces de congregar una imagen social tan positiva, pese a su modestia publicitaria, como son las bibliotecas.

Ha sido el caso de la presentación de la última colección otoño-invierno 2019-2020 de la mítica casa de modas Chanel. Se trata de la primera colección que se lanza tras la desaparición del que era su diseñador estrella: Karl Lagerfeld. Y para convencer de que respetan su espíritu han recurrido a una de las aficiones del carismático diseñador: su bibliofilia.

“Los libros son una droga de tapa dura sin peligro de sobredosis. Soy víctima feliz de los libros”.

Es conocido el amor que sentía por los libros Lagerfeld. Ávido lector de Spinoza, Bossuet, Rabelais, Emily Dickinson o Clarisse Lispector. Él dijo aquello de «drogas de tapa dura» para referirse a los libros.

De ahí que la casa de modas a la que dedicó sus mejores años de creador haya ambientado su último desfile en una recreación de la bella biblioteca Stadsbiblioteket de Estocolmo. Un estupendo cierre para este recorrido por las conexiones entre estrategias bibliotecarias y estrategias publicitarias.

Las bibliotecas como escenarios de autenticidad incluso cuando ejercen de decorado, las bibliotecas como espacios de verdad que aportan discurso a lo efímero. Si las marcas quieren de verdad aportar creatividad, valores y autenticidad: harían bien en buscar alianzas con las bibliotecas en lugar de estereotiparlas. Las alianzas con la cultura siempre aportan buena imagen.

 

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Bibliotecas de altos vuelos

Biblioteca del jet privado diseñado por el estudio inglés Winch Design. ¿Serán libros huecos o libros de verdad?

 

En los 70 no existía Internet, ni por lo tanto, redes sociales, móviles y demás golosinas digitales. El cine y la televisión seguían conservando todo su poder adormidera. En Hollywood, la edad dorada de los estudios ya había acabado, y en el pequeño margen que se dio entre el cine de autor (Coppola, Scorsese, Cimino…) y el cine espectáculo que terminaría ganando la partida (Georges Lucas, Spielberg: ): tuvo como bisagra al género catastrofista.

Inauguró el filón la película Aeropuerto (1970). Un plantel de estrellas del Hollywood dorado (Burt Lancaster, Dean Martin, Jean Seberg…) pasándolas canutas en catástrofes aéreas cada vez más aparatosas. Básicamente lo que se hace ahora con las estrellas en decadencia en los realities televisivos. El caso es que poniéndonos apocalíptico-conspiranoicos, algo que tanto nos gusta, la saga de desastres aéreos fue un magnífico instrumento de control social. Viendo como los pudientes, que podían permitirse viajar en avión, vivían el horror de un desastre aéreo: el miedo a volar entre las masas, hundidas por la crisis del petróleo, actuaba de estupendo elemento disuasorio.

 

Lo mejor del género de catástrofes aéreas de los 70: cuando llegaron las parodias con ‘Aterriza como puedas’.

 

El auge de un determinado cine de género siempre tiene su correlato con la situación social. El ensayo de Ramonet no habla de cine, pero sí, del escenario propicio para el catastrofismo de ficción.

Tras los revolucionarios 60, un poco de miedo que cortase las alas, no venía nada mal. Pero ¿aún seguimos creyendo que las ficciones ejercen algún efecto sobre la realidad?

Estar despiertos en la era de los espejismos digitales se hace difícil. Pero si hay un lugar en el que todos procuramos evadirnos (por miedo o simple aburrimiento) es en los aviones.

Por eso la noticia de que la compañía de vuelos de bajo coste EasyJet ha provisto de bibliotecas a sus aparatos para disfrute de su clientela: es de esas noticias que no podíamos dejar de comentar.

La «Flybrary», creada en colaboración con la editorial HarperCollins, ofrece desde el 15 de julio: 60.000 textos para niños y adolescentes de 3 a 11 años en siete idiomas.

Un medio de transporte de pasajeros, sobre todo si el trayecto es de varias horas, es uno de los momentos/espacios en los que la estrofa de Serrat: «niño, deja ya de joder con la pelota». Un asunto, que tiempo de ofendidos por doquier, también tiene su debate ad hoc según recogía un artículo de ‘eldiario’ con este titular: Un hilo en Twiter aviva el debate sobre el ruido infantil: ¿irresponsabilidad de las familias o sociedad para adultos? Los bibliotecarios, sobre todo los que trabajan en las secciones infantiles y/o juveniles, tendrían mucho que decir al respecto. Pero, siendo como son expertos en la materia, nadie suele invitarlos en estos debates.

Lógicamente la compañía aérea publicita a la Flylibrary recurriendo a lo obvio: hay que dejar volar la imaginación de los niños. Pero en la web de viajes italiana SiViaggia dan la noticia diciendo a las claras lo que más de uno piensa orillando cualquier poesía: «no más niños gritando a bordo.»

Mientras tanto, en la ciudad boliviana de Cochabamba, se ha concedido el premio de ‘Biblioteca del año’ al Biblioavión. Situado en una céntrica plaza de la ciudad, un avión que operó durante la Segunda Guerra Mundial, se reconvirtió en una biblioteca infantil hace ahora 17 años. Con este premio el Colegio de Profesionales en Ciencias de la Información de Bolivia (Cpcib) reconoce la labor desarrollada en este atípico espacio bibliotecario en el que se imparten talleres, clubes de lectura y numerosas actividades dirigidas a los menores de edad. Una iniciativa, la de convertir viejos aviones en bibliotecas, que también se anunció en la ciudad mexicana de San Blas, en el estado de Nayarit, hace unos años. Pero, que en este caso, nunca llegó a despegar.

 

El también biblioavión mexicano Gervasio, en la isla de Cozumel, que sí ha llegado a funcionar.

El alcalde que lo promovió terminó su mandato entre acusaciones por robo, extorsión y torturas, y el biblioavión, camino del vertedero. Sin duda el político mexicano (el alcalde que «robó poquito«, según sus propias palabras) llevó al extremo una forma de hacer política con puntos en común con la de algunos de nuestros políticos. La diferencia es que en España, en vez de reconvertir aviones desahuciados en bibliotecas, nos podemos permitir el lujo de reconvertir aeropuertos enteros.

Escultura de Juan Ripollés en el aeropuerto de Castellón: durante muchos años ejemplo del pelotazo urbanístico.

Interior del biblioavión boliviano.

 

En Aeropuerto 75 (la segunda de la saga) el choque de una avioneta contra un Jumbo provocaba la catástrofe, y aquí, la fricción entre la noticia de la biblioteca en EasyJet y el biblioavión boliviano: actúan de pedernal para encender la mecha que termine por dinamitar este post.

Si algo distingue a las bibliotecas de altos vuelos (por muy humildes que puedan ser) de las que son simples expendedoras de soma cultural: es que están por encima de lo que siempre se ha dado en llamar ‘literatura de aeropuerto’. Nada hay de malo, al contrario, en apaciguar a los niños en los vuelos a través de la lectura. Al igual que los adultos se apaciguan con la adormidera en que puede convertirse el consumo compulsivo de series.

Pero lo que diferencia a la biblioteca del avión de EasyJet, del biblioavión boliviano: es muy easy de ver: es la diferencia entre la lectura/cultura como simple objeto de consumo y la lectura/cultura como elemento imprescindible de progreso social.

‘Comicmanía’ una nueva revista para estar al día de las novedades y de todo lo que se mueve en el mundo del cómic.

La periodista cultural Elisa McCauslan publica una columna en el nº 1 de la nueva revista ‘Comicmanía’ que expresa muy bien de lo que hablamos:

«En ocasiones, me siento sobrepasada por este presente obsesionado con la ficción como brújula moral, como manual de instrucciones de vida, como forma de terapia a problemas que hemos convertido en traumas […] nos dejamos llevar por etiquetas apaciguadoras que sedan nuestras conciencias, en vez de cuestionar la precariedad de las imágenes, la inconsistencia de los discursos, la banalidad de los textos.»

 

Y en medio de este tráfico aéreo cultural los bibliotecarios como auxiliares de vuelo, que no comandantes, para no incurrir en dirigismo cultural. Pero eligiendo dónde situarse: si como simples camellos de ficciones que proveen a sus usuarios de lo que las multinacionales les hacen desear; o como profesionales de la cultura que ejercen de mediadores promoviendo el pensamiento crítico y las ideas propias para cada uno pueda volar por su cuenta.

Como dice el eslogan de este vídeo sobre Bibliotecas pijas vs. bibliotecas públicas: «La cultura en las bibliotecas públicas nunca es un adorno. Es una necesidad.»

 

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Bibliotecas de festival

 

Por mucho que se ha hablado de la burbuja festivalera lo cierto es que el panorama de festivales de música en nuestro país sigue pujante pese a la inflación de citas que se replican acá y allá. La herida que Internet infligió en la industria musical sigue supurando: pero los músicos, gracias al boom de los conciertos en vivo, han visto una salida a la caída de ingresos en la venta de discos. Una fórmula, la de los festivales, que ha encontrado un filón en las condiciones climáticas y ambientales idóneas de nuestro país, pero que no conoce fronteras, cuando llega el verano.

En Canadá, el selecto y exquisito festival de música electrónica Bass Coast, se ha ido haciendo un hueco desde que arrancase hace siete años. Su apuesta por un festival para no más de 3.000 personas, que prima la calidad y la atención al detalle frente a los ya masificados como, por ejemplo, el célebre Coachella. Las instalaciones de arte de vanguardia se entremezclan con propuestas musicales y artísticas de la más diversa índole. No podía ser de otro modo porque detrás del Bass Coast se encuentra una bibliotecaria cuyas sesiones reciben nombres tan familiares como el de ‘Book club’.

 

 

The Librarian es el nombre de guerra de la DJ Andrea Graham que junto con Liz Thompson crearon dicho festival. No es de extrañar por tanto que del Bass Coast los críticos destaquen la estimulación inteligente y la sutileza con la que sus creadores promueven la creatividad y la exquisitez en un género, el de la música electrónica, en el que lo comercial ha hecho estragos durante las últimas décadas. Llamándose La Bibliotecaria no podía esperarse menos de ella. Pero ahí terminan las conexiones.

Nos habría encantado descubrir que Andrea Graham empezó su carrera como bibliotecaria y de ahí su apodo como DJ: pero no es así. Lo cual no quita para que ese concepto de festival exquisito y el nickname de su fundadora tengan mucho que ver.

En el número 13 de la revista ‘Infobibliotecas’ ya se habló de las relaciones entre bibliotecas y festivales de música. En el interesante y completo repaso que Silvia Oviaño y Hector Foucé hacían se evidenciaba una falta de mayor implicación de las bibliotecas en los festivales propiamente musicales. Hay colaboraciones cuando se trata de festivales literarios: pero los que convocan a las masas son, en la mayoría de los casos, ocasiones desaprovechadas desde el mundo bibliotecario para visibilizar sus ofertas.

Las editoriales por ejemplo ya lo tienen claro y apuestan decididamente por los festivales musicales. Es el caso de Reservoir Books un sello editorial que, por las características de su catálogo, encuentra un fácil acomodo en el ámbito de un evento musical. El sello editorial incluye numerosos títulos de temática musical, biografías, y cómics, cada vez más cómics. Títulos potencialmente interesantes para los asiduos a festivales. Así por ejemplo, la editorial ha contado con estand el festival barcelonés de Cruïlla.

Uno de los más recientes lanzamientos del sello Reservoir Books: un libro que mezcla la crónica de las giras de bandas omnipresentes del panorama festivalero con una guía de viajes gastronómica por nuestro país.

 

Otra editorial que publica obras susceptibles de captar el interés del público festivalero es Blackie Books. El sello editorial que mejor ha sabido conectar con la escena indie, hipster o _______ (póngase la etiqueta que mejor convenga): ha sido sin duda esta editorial fundada por Jan Martí, también casualmente fundador del grupo de música Mendetz.

«La cultura vende» que concluía un artículo de hace dos años en el portal de la Asociación de Promotores Musicales sobre el aterrizaje de las editoriales en los festivales de música. Y si vende en el caso de las editoriales: ¿por qué no va a ‘vender’ en el caso de las bibliotecas? Con el mapa tan abigarrado de eventos musicales con que contamos en nuestra geografía difícil será que no nos pille algún festival cerca de nuestra biblioteca. Si nos fijamos en los ejemplos de editoriales que hemos mencionado (Reservoir Books y Blackie Books): ya tenemos pistas de por dónde pueden ir los tiros a la hora de abrir vías de colaboración bibliotecas-festivales de música.

 

La novela de Elisa Victoria uno de los últimos éxitos de Blackie Books.

 

Partimos de que en la mayoría de los casos las mismas administraciones de las que dependen las bibliotecas son las implicadas en dar los permisos y ceder espacios, e incluso, partidas presupuestarias (y aquí correremos un tupido velo sobre la posibilidad de que esas inversiones en macro eventos de dos/tres días hayan ido, en algún caso, en detrimento de la cultura de base que son las bibliotecas): para abrir un posible vía de persuasión cara a los políticos de la conveniencia de que las bibliotecas también estén presentes en los festivales.

Pero volviendo a las pistas que nos daban los catálogos de Reservoir Books y Blackie Books: ¿en qué tipo de obras nos interesaría más centrarnos de cara a un festival de música? La respuesta surge sola: en los cómics y fanzines.

Partiendo de la posibilidad de tener un estand de la biblioteca en el espacio cultural del festival: lo más factible sería aprovechar ese espacio para difundir la oferta de la biblioteca pero no quedándose en mero puesto de merchandising/publicidad. Habría que implicar a creadores locales que quisieran el escaparate del festival para difundir sus creaciones bajo la protección de la biblioteca.

 

 

A continuación lanzamos algunas ideas que, sin necesidad de retorcer muchos las cosas en busca de una originalidad forzada, podrían resultar altamente ventajosas de cara a la promoción de los creadores locales, al tiempo, que de la biblioteca en el festival. Dejamos aparte actividades paralelas del festival que pudieran desarrollarse en la biblioteca: para centrarnos en la presencia de la misma en el propio evento. Las actuaciones se concretarían en tres acciones y un posible bonus track:

  • A ritmo de viñetas: esta actividad cruza dos escenas creativas: la escena musical y la cantera de ilustradores y/o artistas urbanos con que cuente la localidad en cuestión. En numerosos festivales la oferta se distribuye entre varios escenarios que se especializan por diversas razones. El escenario principal donde actúan los nombres cabecera del evento; carpas o escenarios para música electrónica; o escenarios para actuaciones más minoritarias o que concentran a los grupos/solistas emergentes. Es en ese escenario, en el que desfilarán probablemente grupos locales, o alternativos, donde mejor se acomodaría esta actividad promovida por la biblioteca. Consistiría en una actuación paralela que relacione a los grupos de música con artistas locales. Mientras los grupos tocan, en la pantalla de fondo, se proyectaría lo que los autores de cómics o artistas urbanos estén dibujando en directo.
  • Electrónica gráficaprácticamente en todos los festivales (salvo los muy centrados en un solo estilo musical) la escena electrónica ha ganado presencia. Acompañar las sesiones de los DJ con proyecciones de imágenes es algo muy habitual: y ¿qué mejor que programar alguna sesión con proyecciones de montajes de imágenes que mezclen escenas de anime, adaptaciones de cómics al cine o la televisión, comic trailers, etc… integrados en un video montaje que muestre incluya imágenes promocionales de los servicios/colecciones de la biblioteca que más puedan interesar al público en cuestión? Electrónica gráfica o Biblioteca subliminal: porque el caso es ir dejando semillas visuales que calen, que asocien a la biblioteca al tipo de ocio hedonista y de disfrute que prima en estos eventos.

El cómic en forma de disco o el disco en forma de cómic de Luis Bustos. Una prueba más de lo bien que combinan música y cómic.

  • Fanzinoteca: propiamente éste sería el estand de la biblioteca en el festival. Aquí se ubicaría la publicidad más directa de la misma y en la que los autores de fanzines pudieran vender sus fanzines junto al merchandising que se pudiera crear para la ocasión. Con responsables políticos amplios de miras podría ser una pequeña fuente de ingresos la venta de camisetas, bolsas, materiales con publicidad de la biblioteca, etc… No iba a solucionar las carencias presupuestarias pero sí que ayudaría a sufragar posibles gastos generados por la participación de la biblioteca en el festival (contratación del personal por ejemplo).
  • Bonus track: junto al espacio de la biblioteca un mural con dibujos para grafitis y dibujos que el público podrá intervenir para expresarse. Fanzines en blanco para que puedan ser escritos/dibujados por los asistentes. Con lo que merezca la pena y se pueda rescatar del material intervenido se editaría un Fanzine Oficial por parte de la biblioteca.

Esbozos de posibles okupaciones bibliotecarias en eventos que congregan gran número de público que, en cada caso y circunstancia, se pueden adaptar según la idiosincrasia del festival, de la localidad y de la biblioteca en cuestión.

Y cerrar este post sin música sería un gran error. Aire libre, buen tiempo, buen ambiente y ganas de disfrutar (y en medio la biblioteca disasociando su imagen de un lugar de trabajo y/o estudio para potenciarse como local de ocio) y los indietrónicos MGMT para darlo todo.

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Líneas rojas bibliotecarias

En la maravillosa película La linterna roja (1991) de Zhang Yimou: una linterna roja frente a una de las viviendas de las cuatro esposas de un señor feudal: significaba quien era la elegida, cada noche, para yacer con su marido y amo. Quien haya visto la película difícilmente podrá olvidar la belleza de sus imágenes, en las que el color rojo, se carga de simbolismo y significado. El rojo de la sangre menstrual como arma arrojadiza entre cuatro mujeres enclaustradas: que compiten en sus luchas por el poder dentro de los muros de un castillo.

Arrancar trayendo a colación la película de Yimou no necesita justificación, siempre es saludable recordar buenas obras para revisarlas o poner sobre su pista a quienes no las hayan disfrutado: pero es que la actualidad, siempre tan oportuna, nos trae una noticia que da aún más vigencia a algo de lo que hablábamos en el post anterior.

 

El documental, producido por Netflix, sobre los tabúes que rodean al ciclo menstrual en la India que se alzó con un Óscar en la edición de este año.

 

En La biblioteca como ornamento contamos el ardid de unos diseñadores alemanes para denunciar/soslayar el abusivo IVA que grava a los tampones en su país vendiéndolos dentro de un libro. Un libro de tampones que unía insospechadamente una cuestión de higiene íntima con el mundo bibliotecario. Y ahora desde Canadá nos llega otra noticia que vuelve a unir ambos asuntos.

El emoji para representar la menstruación que también nació entre polémicas.

Los baños de las bibliotecas públicas de la ciudad de Halifax distribuirán, de forma gratuita, tampones y toallas sanitarias. Una medida que ha sido celebrada por activistas como Jodi Brown que lleva varios años promoviendo campañas para conseguir productos sanitarios y de higiene para las personas más desfavorecidas.

De este modo, tampones y toallitas se equiparan al jabón y papel higiénico como productos a ofrecer en cualquier aseo de un establecimiento público. Pero algo, en apariencia, tan cotidiano entronca con un discurso feminista, cada vez más presente, en torno a la necesidad de desestigmatizar/visibilizar todo lo que rodea al ciclo menstrual femenino.

 

El espectacular hall rojo de la biblioteca pública de Seattle. Un desafío cromático a los sentidos.

 

La reciente y esteticista adaptación del clásico de Argento que ha llevado a cabo Luca Giardino.

Y al igual que el rojo de la película de Yimou nos ha servido para marcar el inicio del post: ahora es una foto del provocador hall rojo de la Biblioteca Pública de Seattle que, cual decorado de una película de Dario Argento, traza la línea roja que demarca un giro en nuestra narración.

La planta roja de la biblioteca de Seattle representa a la perfección la idea que de las bibliotecas propagan figuras como el creacionista estadounidense Ken Ham que, a través de Twitter (¿dónde iba ser si no?), ha declarado que «las bibliotecas públicas se están convirtiendo en lugares peligrosos».

 

La galardonada obra de teatro ‘Red’ de John Logan gira en torno a la figura del pintor Rothko y ha sido estrenada hace poco en nuestro país.

No sabemos si conocerá ese vestíbulo de rojo mareante de la biblioteca de Seattle; de hecho no sabemos si habrá pisado muchas bibliotecas el tal Ham: pero lo que es probable es que esa imagen debe representar, como pocas, el infierno intelectual en el que vive el susodicho. «El hombre que cree que la Tierra tiene 6.000 años de antigüedad: dice que las bibliotecas están empezando a ser peligrosas para los niños».

Así reza el titular que da para un meme con el que se cuenta la noticia en ‘The New York Daily News’.  El célebre evangelista estadounidense acusa a las bibliotecas de estar poniendo en peligro las mentes más tiernas al exponerlas a libros y documentos  LGTBIQ y feministas . Un cuento que ya nos sabemos de memoria de tantas (malas) versiones como de él se han dado en las noticias de distintos países. Pero más allá de las acusaciones contra las bibliotecas, la figura de Ken Ham, bien merece un pequeño inciso en nuestro rojo recorrido.

 

El Kentucky’s Ark Encounter es el parque temático cristiano evangelista promovido por el creacionista Ken Ham. En él se puede visitar este Arca de Noé tamaño real.

 

Ken Ham es el propulsor y director del parque de atracciones temático Ark Encounter en Grant County, Kentucky. Aparte de la reproducción del Arca de Noé el parque cuenta con un museo donde la historia de la humanidad se cuenta desde el punto de vista creacionista; y hasta tienen en proyecto construir la Torre de Babel. No hemos podido constatar que el parque cuente con una biblioteca: pero en el caso de que esté en proyecto: nos encantaría conocer todos los detalles de dicha biblioteca, y sobre todo, de la persona al frente de la misma.

Este tipo de noticias, en el pasado más inmediato, siempre nos horrorizaban/divertían desde la distancia de seguridad que nos daba tener un océano cultural y físico entre: los siempre contradictorios Estados Unidos y, la vetusta y venerable, Europa. Pero ese cordón sanitario cultural, esa línea roja, hace mucho que se desvaneció.

 

 

Hace solo unos días Abderramán III se convirtió en trending topic siglos después de su muerte. El hecho de que la primera medida adoptada por el equipo municipal de gobierno del pueblo zaragozano de Cadrete haya sido retirar un busto de Abderramán III: ha copado los titulares de los medios y las redes.

No hace falta hablar de lugares en ultramar. Tenemos los totalitarismos a la vuelta de la esquina. Con una variedad de colores y espectros (por no decir fantasmas) ideológicos que los norteamericanos, tan binarios en lo político como son ellos, no serían capaces de imaginar ni en una producción de Hollywood.

 

Bibliotecarios sin fronteras: organización canadiense que promueve a las bibliotecas sin distinciones geográficas en más de 75 países.

 

Nuestra corresponsal en Nueva York, Irene Blanco, hace poco en este blog, nos corroboraba lo implicados que están los bibliotecarios neoyorquinos con su comunidad. La sociedad civil y el activismo en los Estados Unidos es uno de los rasgos más admirables de la sociedad estadounidense: y el gremio bibliotecario, en ese sentido, no queda al margen. Todo lo contrario. En numerosas ocasiones ha demostrado su firmeza cuando de defender la libertad de expresión y la función de las bibliotecas se trata.

Las comparaciones sobran. Pero ya que los políticos no paran de hablar de líneas rojas y cordones sanitarios, entre unos y otros, la pregunta surge sola: ¿qué líneas rojas marcarían los bibliotecarios españoles al ver amenazadas la libertad de expresión o la libre circulación de las ideas en sus centros? ¿qué fronteras culturales estarían dispuestos a defender ante eventuales ataques a los principios que recoge el Manifiesto de la IFLA/Unesco sobre bibliotecas públicas?

 

Los bibliobúses: activismo bibliotecario sobre ruedas.

 

La película de Frederik Wiseman sobre la Biblioteca Pública de Nueva York: blockbuster bibliotecario de la temporada.

Ya lo decía hace poco el documentalista Frederick Wiseman al visitar nuestro país: «Una biblioteca es un arma política«: puede ser solo cuestión de tiempo que los que no habían caído en la cuenta de esa verdad sean conscientes y decidan usarla. Máxime cuando, posturas hasta ahora impensables en nuestro entorno más cercano: se abren paso en las administraciones de las que dependen las bibliotecas.

Afortunadamente, en contrapartida, también hay noticias que están dibujando líneas, rojas o no, con las que perfilar horizontes más esperanzadores.

Es el caso de las bibliotecarias aragonesas que se han unido para reclamar un reconocimiento a su labor y, sobre todo, compromiso por parte de las administraciones con la labor que las bibliotecas pequeñas desarrollan en el mundo rural. Es también el caso del ilusionante Manifiesto de bibliotecas inquietas que ha surgido en Valencia.

Puede que no tengamos la tradición activista de los Estados Unidos, ni una sociedad civil con una capacidad de movilización tan potente: pero ya que insisten e insisten tanto políticos y medios en ello: es buen momento para parar un instante y preguntarse: ¿cuáles serían nuestras líneas rojas bibliotecarias?

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La biblioteca como ornamento

 

La portada del próximo nº de la revista Infobibliotecas sobre bibliotecas y museos no puede resultar más adecuado para lo que hablamos en este post.

En el post previo cerrábamos con una instalación de la estrella de Hollywood, Lucy Liu, en su faceta como artista visual. La exposición tuvo lugar en Singapur y consistía en una biblioteca con libros que escondían objetos que la artista había ido recopilando. Una biblioteca, que buscaba la intervención por parte del público, que estaba autorizado a cambiar los libros de sitio, y a modificar la ordenación. La pesadilla de un bibliotecario hecha instalación artística.

El libro como metáfora, como concepto, como continente: no deja de revalidar su vigencia en el discurso artístico. En 2017 la británica, Su Blackwell, recreó los hogares de escritoras famosas en sus propios libros. Las casas de escritoras decimonónicas como Jane Austen, Daphne Du Maurier o Charlotte Brontë. emergían esculpidas en el mismo papel en el que se podían leer sus historias. El libro como fetiche, como tótem; pero también el libro-objeto como subterfugio para luchar contra el sexismo fiscal. Suena raro, pero es que vivimos tiempos extraños.

 

La casa de Jane Austen emergiendo de uno de sus libros gracias a la artista Su Blackwell.

 

Y, a través de ActuaLitté, les univers du libre, no enteramos de que en Alemania una agencia de publicidad ha recurrido al libro como subterfugio para evidenciar/denunciar/soslayar una injusticia. El IVA que se aplica a tampones y compresas excede con mucho lo que resultaría comprensible para un artículo de primera necesidad como es el caso. En el país de Ángela Merkel se aplica un IVA del 19% a estos productos de higiene íntima para las mujeres. Un impuesto que los convierte, si se compara a los tampones con productos como las trufas, el caviar o las pinturas antiguas: en un auténtico objeto de lujo. Trufas, caviar y pinturas se gravan con un 7% de IVA.

Por ello ha nacido The tampón book, o lo que es lo mismo, un libro hueco (como los de Lucy Liu) lleno de tampones. La idea es que, dentro de ese formato, los tampones pasan a tener un IVA del 7% que el gravamen al que se someten los libros. Triquiñuelas de diseño para denunciar y promover una concienciación que han hecho que la agencia Scholz&Friends, creadores de la idea, se hayan llevado un León de Oro en el festival publicitario de Cannes.

 

Pero el prestigio del formato libro se extiende hasta en ámbitos, en principio, tan alejados como es la industria discográfica. La supervivencia de los músicos ha pasado a depender, más que nunca, del directo antes que de las ventas de discos. Una de las maneras con la que, algunos músicos, han intentado contrarrestar esa devaluación de la música como objeto cultural, como fetiche, ha sido a través del mimo por la presentación física de su producto.

Es el caso de la cantante de hip hop, spoken word y escritora de poesía, narrativa y teatro: Kate Tempest. El título de su último trabajo musical lo deja claro: The Book of Tramps and Lessons (El libro de las trampas y las lecciones). Según la web ‘Jenesaispop’ el diseño en formato libro de tapa dura ha sido determinante en el hecho de que, en pleno apogeo del streaming como manera de consumir música, Tempest haya conseguido entrar en el top 30 de las listas británicas.

Los vinilos cada vez más deseados por las nuevas generaciones y los cedés con forma de libro: lo tangible como una resistencia instintiva y primaria ante la volatilidad de lo digital.

 

 

La empresa inglesa OBW (Original Books Works) está especializada en espejismos de bibliotecas. Su especialidad son los libros huecos, las paredes decoradas como si de una biblioteca se tratase que engañan al ojo, puesto que dentro de esos lomos de repujado cuero: está el vacío más absoluto.

La moda de los libros huecos viene de lejos. Su relación con el ansia burgués por emular los valores aristocráticos a través de la decoración es una imagen perfecta del deterioro de un cierto canon de lo cultural que, desde que se democratizó, ha seguido imparable. En los tiempos del Instagram los libros huecos, con su pulida apariencia de carcasas desiertas de conocimiento, lo tienen todo para resurgir. En cualquier domicilio operarían como las vainas alienígenas de la invasión de los ultracuerpos: reproduciendo los vacíos que van dejando las omnipresentes pantallas en muchos de nuestros hábitos.

Pero antes de ponernos febrilmente conspiranoicos, ya que hablamos de cultura como ornamento o cultura como necesidad: echémosle un ojo a cómo van las cosas por los sectores más elevados de la sociedad. Esos grupos sociales cuyos símbolos aspiraban a emular los arribistas con estanterías repletas de libros huecos.

 

 

La célebre frase: «los pobres tienen grandes televisores, los ricos grandes bibliotecas» es la versión autoayuda del lampedusiano: «todo tiene que cambiar para que todo siga igual». Las diferencias sociales siguen reflejándose en los hábitos culturales; y así, mientras los señores de Silicon Valley controlan el acceso de sus hijos a las pantallas: las masas se alienan voluntariamente con cada nueva golosina digital que inventan.

Un artículo publicado en el prestigioso ‘The Washington Post’ se preguntaba recientemente: ¿por qué los ricos quieren que sus hijos estudien artes liberales? En el mundo anglosajón las artes liberales en la actualidad engloban tanto a las carreras de humanidades como a las ciencias en un enfoque claramente transversal.

 

Lo que el profesor emérito de la California Polytechnic State University, Donald Lazere, sostiene en dicho artículo sobre el auge de las humanidades en la formación de las clases dirigentes suena de lo más perverso. Y, precisamente por ello, creíble.

Resumiendo, y por lo tanto peligrosamente simplificando, lo que dice Lazere: la educación  que fomente el pensamiento crítico y dote a los estudiantes de capacidades para desenvolverse con mayor capacidad de análisis en nuestras sociedades: se escamotea (recortes a la educación pública mediante) al grueso de la población para hacerla exclusiva de la clase dirigente.

Las humanidades, el pensamiento crítico, la capacidad de análisis compleja de la realidad puede acarrear el cuestionamiento de las injusticias, el ansia por reformar el status quo que excluye sistemáticamente a los que parten con menos recursos. Bien en aras de una sociedad más justa o (y esto no lo dice Lazere pero lo añadimos nosotros): para sustituir a los que ahora ocupan esas posiciones privilegiadas.

 

La última Palma de Oro de Cannes: una comedia negra demoledora sobre dos familias (una rica y otra pobre) que estamos seguros arrojará más luz (o oscuridad) sobre la temática de este post. 

 

El interesante ensayo de Nussbaum sobre la necesidad de las humanidades para el buen funcionamiento de la democracia.

Durante las últimas décadas había que especializarse, el desprecio hacia todo conocimiento que no fuera utilitario y práctico según la lógica del mercado: no se contemplaba. Había que «convertir la educación en una empresa con fines de lucro». Y lo aparentemente diletante, lo sofisticado, lo ornamental si se quiere: desprestigiarlo en un vulgo alienado tecnológicamente para, secretamente, cultivarlo en las élites y, de este modo, éstas ejerciten a sus herederos en una visión mucho más rica y completa del mundo que perpetúe sus privilegios.

Viendo a políticos como Trump, a millonarios como las Kardashian o (por poner un ejemplo más próximo) a los hijos de Isabel Preysler: cuesta creer ese argumento. Pero es que ni Trump, ni las Kardhasian ni los vástagos de Preysler son los que (por mucho dinero y/o poder que acumulen) manejan los designios del planeta.

Pero antes de que esto termine como un libro de Daniel Estulin nos dejamos de altas esferas, y creyendo razonablemente los argumentos del artículo de ‘The Washington Post’, nos preguntamos desde nuestra condición de pueblo llano: ¿donde pueden compensarse las carencias del sistema educativo en una formación más humanística? ¿Hace falta decirlo con lo tendencioso que es este blog? Ya lo dijimos hace un tiempo: la revolución (si llega) empezará en las bibliotecas (públicas).

 

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Tu biblioteca te engaña

El bloque de apartamentos intervenido hace unos meses por dos artistas urbanos en la ciudad de Utrecht.

 

«A menudo …para analizar los blogs, […] se compara a éstos con los diarios, las memorias o el género epistolar, modelos todos ellos fundamentados en el tiempo. Pero los blogs pertenecen a otro ámbito […] Un blog es fundamentalmente un espacio […] en el que aparece una información que se relaciona entre sí por asociaciones muy diversas, dadas instantáneamente, todas al mismo tiempo, y en las que caben desde asociaciones semánticas a visuales.»

Teoría general de la basura (cultura, apropiación, complejidad) de Agustín Fernández Mallo.

Galaxia Gutenberg 2018

 

Tras el periplo neoyorquino de la mano de Irene Blanco no viene mal retomar el ritmo habitual del blog con este fragmento del ensayo de Fernández Mallo que, tan bien, define lo que es un blog.

Disociar blogs de memorias, diarios y modelos narrativos basados en la lectura impresa: tiene todo el sentido. Cuando reinauguramos el blog dijimos que nos habíamos mudado a un nuevo piso, loft, cabaña o cuchitril (donde hay cultura se hace hogar): y esa referencia a un espacio es lo que viene a confirmarnos el texto de Mallo. Un hogar laberíntico, sin duda, en el que un arquitecto loco hubiese diseñado planos que conectan los asuntos y materiales (vídeos, fotos, tuits, gifs…) más variopintos en aras de un discurso que, para bien o para mal, nunca es único.

En esta nueva etapa esperamos que esos rasgos se intensifiquen y conseguir tenerlo bien amueblado. Aunque lo de tenerlo bien amueblado no lo tengamos tan claro. Tener (la cabeza) bien amueblada se identifica con lo correcto, con la claridad de ideas, con la sensatez: en definitiva con el cerebro. Y si nos remitimos a la cultura: lo impoluto, en realidad, dificulta más que facilita la progresión.

Precisamente Fernández Mallo en su ensayo nos habla de lo necesaria que es la basura cultural, los detritus para seguir generando nuevos discursos. En su libro cita la obra de George Zarkadakis Our own image (2016) en la que se resume, a través de 6 metáforas, la idea que se ha tenido de nuestro cerebro, y por tanto, de la inteligencia humana según las épocas:

  • según la Biblia los seres humanos se formaron a partir de arcilla o tierra a la que Dios otorgó el espíritu que sería nuestra inteligencia.
  • en el siglo III a.C. se equiparó a un modelo hidráulico
  • en el siglo XVI la invención de los autómatas inspiró la idea de que los humanos funcionan mentalmente como máquinas.
  • en el siglo XVIII los descubrimientos sobre electricidad y química llevó a nuevas interpretaciones
  • El físico alemán Hermann von Helmholtz comparó al cerebro con un telégrafo
  • Y en 1940 es cuando se empezó a asociar metafóricamente a la mente humana con una computadora.

Pero todas las definiciones terminan resultando insuficientes cuando surge la siguiente maravilla creada por esa mente a la que tanto empeño ponen en comparar. Tal vez por ello, la Inteligencia Artificial está optando por automatizar a los humanos a su semejanza a través de los prodigios tecnológicos que colonizan nuestro día a día. No queremos ser agoreros, ni apocalípticos, pero a la IA tampoco les va a salir bien, porque en realidad, a lo que se asemeja la mente humana es a algo tan arcaico como una biblioteca.

 

Planos de la biblioteca de Filología de la Universidad de Berlín apodada ‘el cerebro’ diseñada por Norman Foster.

 

Un espacio laberíntico formado por estanterías en las que se supone se ordenan los conocimientos adquiridos, pero cuyo libre acceso, provoca que cualquier usuario distraído mezcle los fondos arbitrariamente estableciendo conexiones insospechadas.

En un reciente artículo en ‘El País‘ del que hemos fusilado el título para este post se aborda los espejismos con que nuestro cerebro nos engaña sin que ni siquiera seamos conscientes. El artículo parte de las investigaciones de los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman sobre cómo opera nuestra mente. En 1974 abrieron una corriente de investigación partiendo del siguiente supuesto:

«Steve es muy tímido y retraído, siempre servicial, pero poco interesado por la gente o por el mundo real. De carácter disciplinado y metódico, necesita ordenarlo y organizarlo todo. Además, tiene una obsesión por el detalle. ¿Qué es más probable que Steve sea un bibliotecario o un agricultor?»

 

Según las conclusiones de los psicólogos, el pensamiento más instantáneo conducía a ubicar a Steve dentro de la profesión bibliotecaria, en cambio, el tímido y ordenado Steve resultaba ser agricultor. Una mera cuestión de probabilidades porque en los Estados Unidos de los 70 existía un bibliotecario por cada 20 agricultores.

¿Han evolucionado los bibliotecarios de los 70 para que no se les siga asociando a rasgos como la timidez, el retraimiento, la misantropía y la manía por el orden? Porque visto con perspectiva, y mala leche, el bueno de Steve también cuadraría con las características de un psicópata tipo Norman Bates. Un estereotipo que, tanto en los 70 como en los 2000, según Hollywood, prolifera mucho en los Estados Unidos.

Lugares comunes de bostezo contagioso que se hacen añicos de muy diferentes modos. Si nuestros cerebros nos engañan (hasta a la todopoderosa IA) y los hemos comparado con una biblioteca, ergo, las bibliotecas también nos engañan:

  • tu biblioteca te engaña si acudes solo a estudiar a las bibliotecas porque están mutando en otra cosa en la que tu actitud pasiva tiene poca cabida;
  • tu biblioteca te engaña si eres usuario que busca un centro vivo y dinámico: porque sus servidumbres políticas hacen que su deriva hacia simples salas de estudio sea un peligro latente para su supervivencia;
  • tu biblioteca te engaña si eres un bibliotecario con inquietudes y te das de bruces con la realidad en muchas administraciones: en las que la innovación no está bien vista, ni se pone mucho empeño (ni es fácil) remediar vicios adquiridos;
  • tu biblioteca te engaña si eres un funcionario (o aspirante) con vocación de jubilado (sin que en esto importe la edad) y pides la biblioteca como destino y te topas con un centro lleno de vida, trabajo, compromiso y ganas de crecer;
  • tu biblioteca te engaña si piensas que todos los bibliotecarios, como profesionales de la cultura, aman la cultura y, en realidad, puede que estén allí igual que podrían haber estado en una oficina de recaudación;
  • tu biblioteca te engaña si piensas en las bibliotecas como zonas seguras porque en cualquier momento se te puede cruzar un libro, una película o un cómic que cambie tu perspectiva para siempre.

Y así podríamos seguir con más y más engaños. Pero por el momento vamos bien servidos. Y ya es momento de abrir otra conexión, sin aparente rumbo, que finalmente dote a todo de sentido.

La artista y escritora Shubigi Rao.

 

El cerebro es una biblioteca sin leer‘ es el título de la charla TEDx de la artista Shubigi Rao. Una artista y escritora que en su obra se interesa por la arqueología, la neurociencia, las bibliotecas, los libros o el arte contemporáneo, entre otros asuntos. Una de sus últimas acciones artísticas la ha llevado a cabo en colaboración con Lucy Liu.

La actriz famosa por sus papeles en series como Ally McBeal o películas como Los ángeles de Charlie o Kill Bill: se ha revelado como artista visual en esta colaboración con Rao a través de la exposición ‘Pertenencias desahuciadas’. Una obra que apela directamente a lo que hemos estado hablando aquí.

 

Lucy Liu, con el cerebro al aire, junto a Uma Thurman en una pausa en el rodaje de Kill Bill 2.

 

La instalación artística ideada por Liu consistió en una biblioteca compuesta por unos 200 libros, hechos a mano, en cuyo interior se esconden algunos de los objetos que la actriz ha ido recogiendo a lo largo de sus viajes. Los visitantes podían coger los libros, abrirlos y descubrir su contenido, así como cambiarlos de sitio.  ¿Y el mensaje?: «promover un ciclo de redescubrimiento, los objetos perdidos adquieren un nuevo significado, no solo a través del relato que Liu ha creado para ellos en sus libros, sino también a través de la constante reordenación de los libros en sí.» Suena bien menos para aquellos bibliotecarios que hayan vivido la experiencia de toparse con una loncha de salchichón (por poner un ejemplo) usado como marcapáginas en un libro de su biblioteca.

Basura, libros y usuarios desordenando una biblioteca.Y es que de eso trata este blog: de reubicarse, de reacomodarse, una y otra vez, igual que cada día se ordenan las estanterías de las bibliotecas, que están vivas, sabiendo que en poco tiempo volverán a desordenarse. Bendito desorden.

La biblioteca de libros con ‘sorpresa’ de Lucy Liu.

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Postales bibliotecarias de NYC: entrevista con Irene Blanco

Fotografía de Berenice Abbott. West Street, 1932

 

Los vientos soplaban favorables porque lo cierto es que, cuando nos vimos abocados a reinagurar el blog de Infobibliotecas, nada de lo que ha acontecido estaba previsto. Según los psicólogos tres de los hechos más traumáticos y estresantes que pueden acontecerte son: un divorcio, la muerte de un ser querido y una mudanza. Pues bien, en lo que (afortunadamente) nos atañe, la mudanza, no ha podido resultar más placentera.

Como si de un plan urdido a conciencia se tratase, de manera inesperada, el camino de Infobibliotecas se cruzó con el periplo neoyorquino de Irene Blanco. Y de repente se nos planteaba una oportunidad única para tener conexión directa con el inquieto mundo bibliotecario de la Gran Manzana. Han sido siete crónicas, a cual más interesante, que no podíamos concluir sin un último añadido: una charla, ya ajena a los frenéticos ritmos de la metrópoli, con la que celebrar el regreso de la mejor corresponsal que podríamos haber imaginado. Nos ajustamos a la máxima de la muy neoyorquina Dorothy Parker que tan bien ha aplicado Irene Blanco en sus crónicas:

«La cura para el aburrimiento es la curiosidad. No existe cura para la curiosidad.»

 

Antes que nada disípanos una preocupación que tenemos. ¿Se te ha pegado algo de ese carácter neurótico, malencarado y agresivo con el que los estereotipos caracterizan a los neoyorquinos?

Jajajajajajajaja New York es una selva total, es cierto que es un choque esa agresividad con la que la ciudad se manifiesta en algunos momentos y lugares (véase hacer transbordo en Grand Concourse en hora punta ;)) pero los neoyorquinos tienen ese carácter que también te empodera mucho. Dicen que en NYC todo es posible, es cierto que se respira ese espíritu luchador y emprendedor, pero nada es gratis en la tierra de las oportunidades, hay que luchar y puede resultar cansado. Eso sí, si sobrevives a esa ciudad, luego España te parece «a walk in the park».

¿Te fue fácil la adaptación? ¿es una ciudad que, pese a lo mastodóntica y aparatosa que es, te hace sencillo integrarte en su día a día?

No es una ciudad sencilla, la vas descubriendo a cada paso y con muchas equivocaciones, a mi me suele costar un mes acostumbrarme al ritmo, a las distancias, a los trenes y los horarios. Yo pensaba que después de más de diez años en Madrid era una urbanita, pero aquello es otro nivel de locura. Realmente todo es muy diferente a España, aún no me aclaro con los grados Fahrenheit, ni las millas o las pulgadas, pero ya me oriento en Manhattan y se calcular los tips, ¡todo reto tiene algo de apasionante!

¿Crees que los espacios culturales, como las bibliotecas, ayudan a integrarte mejor a un entorno nuevo, y puede que en ocasiones, hasta hostil?

Definitivamente. Una de las diferencias que encuentras con Madrid es que en NYC hay que pagar por casi todo lo cultural, y las bibliotecas son de los pocos espacios que molan mucho que, además, son gratis. Y es muy bonito ver integrada a la diversidad de su ciudadanía en un mismo espacio que te acoge sin hacer preguntas, ser parte del mismo y  disfrutar de los útiles recursos que ofrece al recién llegado. Y como para cualquier bibliotecaria, en la biblio te sientes un poco en casa.

Por las estupendas crónicas que nos has ido enviando se puede notar una progresión. Al principio el deslumbramiento ante la mítica ciudad; después el paulatino descubrimiento de iniciativas interesantes en las bibliotecas; y en las últimas crónicas, una implicación con el poder de las bibliotecas en su comunidad. ¿Esta evolución las has vivido realmente así o es una impresión nuestra?

Ha sido así totalmente. Con la ciudad pasa lo mismo que con la biblioteca, primero te deslumbran los focos de Times Square o del Culture Pass y luego ves lo que hay detrás, entiendes cómo funciona la ciudad, las desigualdades que se viven en diferentes barrios, cómo son las interacciones entre los habitantes… y empiezas a comprender cómo la historia reciente de este país sigue repercutiendo en todas sus realidades y el sentido que tienen las bibliotecas en ese lío. Además, creo que las bibliotecas de NYC son como un pequeño laboratorio social para entender cómo funciona su sociedad actual y también cómo se proyecta eso en este mundo globalizado, donde consumimos tanta cultura norteamericana, a veces sin ser conscientes de lo que asumimos.

En un tuit al hilo de una de las crónicas apuntaban que, tal vez, el que en nuestro país las bibliotecas no jueguen un papel tan fuerte en cuanto a compromiso social es porque afortunadamente contamos con más asistencia social. Comparando la realidad bibliotecaria española y lo que has podido observar en Nueva York ¿hay puntos en los que salimos ganando en comparación?

Antes de nada, me gustaría señalar que ni las bibliotecas, ni los bibliotecarios de NY, son perfectos. He tenido la suerte de recorrer unas cuantas y cada una tiene sus características, muchas se parecen a las españolas donde me crié, y en las que he tenido la suerte de trabajar. No hay que idealizarlas, a pesar de que en mis crónicas haya señalado las cosas positivas y que creo que son interesantes, en España tenemos excelentes profesionales y grandes bibliotecas donde he sido muy feliz. Lo que pasa es que en la intensidad de Nueva York las bibliotecas son un refugio inesperado, cool e imprescindible desde que se fundó la ciudad.

Creo que en España gozamos de un cierto estado del bienestar que nos puede colocar a muchos ciudadanos en un lugar privilegiado en el que, aparentemente, pensemos que no necesitemos ese compromiso social bibliotecario. Pero pienso que la realidad es más compleja y que siempre hay que cuestionarse quiénes son los excluidos del sistema para reflexionar cómo les ofrecemos ese servicio público cultural que la biblioteca promete. Usuarios jóvenes, racializados, discapacitados, sin hogar… ¿están realmente integrados o incomodan?

Creo que, a veces, quizás no nos damos cuenta de la sociedad adultocéntrica, racista, LGTBifóba y excluyente con el diferente en la que vivimos y cómo se refleja eso en los lugares públicos. Y aunque estuviésemos en un escenario social ideal, creo que el compromiso público de las bibliotecas siempre ha de existir porque son lugares de convivencia, donde los usuarios disfrutan de un ocio no consumista, que garantizan un acceso a la cultura igual para todos y que hacen fuertes los barrios.

No me gusta pensar en una biblioteca «para los que necesitan servicios» ni victimizar a ciertos sectores de la población. Me gusta entender a la biblioteca como algo necesario para todos, donde lo bonito es que exista esa convivencia en torno a la cultura y no relajarnos por tener una buena Seguridad Social o una Educación Pública envidiable. Pienso que la biblioteca debe de ser parte de este engranaje de una sociedad saludable.

Eres experta en SEO, SEM y Social Media y precisamente, en tus crónicas desde Nueva York, nos has hablado sobre todo de iniciativas que tienen que ver mucho con las bibliotecas como espacios públicos para experiencias físicas compartidas. La tecnología es esencial pero ¿se puede afirmar que la biblioteca como espacio real es una apuesta de futuro tan, o más importante, que la biblioteca como experiencia virtual?

Bueno, creo que en las bibliotecas -como en cualquier otro espacio de nuestra vida- lo tecnológico ya convive con lo analógico y no lo entiendo como una lucha ni un enfrentamiento, sino como algo natural. Y quizás por este futuro/presente digital creo que es más importante aún conservar lugares físicos de encuentro; lugares donde la multitarea se pare, donde haya una energía de lectura y murmullos. Quizás es porque soy una clásica, pero el ritual de recorrer las estanterías, venirme arriba y coger en préstamo dos o tres libros, no me lo quita el tener instalada la app de audiolibros y leer en digital. Una de las cosas que más me gustan de las bibliotecas de NYC es cómo dan una presencia física y digital de calidad, cómo un usuario puede elegir entre la experiencia de ir a la biblio o navegarla y que ambas sean interesantes.

Hablar de patrocinio o mecenazgo por parte del sector privado en bibliotecas de nuestro país es siempre un tema que enciende los debates. En los Estados Unidos multinacionales como McDonald’s patrocinan en muchos casos a las bibliotecas. Tras tu periplo estadounidense ¿tienes otra perspectiva sobre este asunto?

Estados Unidos es la tierra de la propina, la ciudadanía tiene claro que para que algo tire tiene que aportar su granito de arena y eso no es necesariamente bueno. Además, me llama la atención que las bibliotecas organizan unos fundraising de lo más interesante: desde galas y eventos a vender merchandising chulísimo, no hay una newsletter que no te recuerde donar una pequeña contribución a la biblioteca y lo que eso supone para la comunidad. Por otro lado, recordemos que allí está bien visto ser millonario, los más ricos donan grandes cantidades de dólares y son aplaudidos por ello. Sólo hay que ir al hall de la biblioteca principal y ver todos los millonarios que la levantaron.

Quizás en España sentimos que lo público «ya lo estamos pagando» y no sentimos que haya que aportar nada más o confiamos mucho en cómo funciona la fiscalidad… no sé, no entiendo de economía, pero es muy bonito ver a los usuarios y empresas apostando por a las bibliotecas, valorándolas así.

Se habla mucho de las bibliotecas como las instituciones más democráticas que existen. En una ciudad en la que las diferencias sociales están tan marcadas, como nos contabas en la primera crónica ¿en las bibliotecas se reflejan esas diferencias o se perciben como un espacio neutro en este sentido?

Cada biblioteca es un mundo, dependiendo del barrio se perciben unas cosas u otras, no es lo mismo una biblioteca de Downtown a otra del Bronx… pero en líneas generales, a mí sí que me han parecido lugares neutros. Comparten espacio usuarios diversos, con diferentes necesidades pero con una actitud bastante respetuosa, aunque alguna escena he visto también divertida. Es que esa ciudad es mucho.

En la tercera crónica nos hablabas de la fantástica iniciativa de un club de lectura compartido por toda la ciudad. Y nos decías los libros que habían escogido para ese club multitudinario. Al final ¿te has podido leer alguno? Dinos cuál porque más de una biblioteca puede montar con la excusa un club de lectura con aire neoyorquino.

¡Aún no he leído ninguno! Pero quiero leerme Free Food for Millionaires para profundizar en el tema de la identidad al que se enfrentan las nuevas familias estadounidenses y cómo combinan esa necesidad de permanecer conectado con su cultura de origen con el deseo de éxito, con el sueño americano. Y no se mucho del pueblo coreano, ¿qué más se puede pedir? Este verano nos podríamos animar y ser parte del club de lectura ‘New Yorker’ siguiendo el hashtag #OneBookNY 😉

Nos has contado muchas iniciativas que inspirarían a cualquiera pero haciendo memoria ¿cuáles de ellas ves más adaptables a nuestra realidad?

Lamentablemente, llevo demasiado tiempo despegada del trabajo de las bibliotecas y creo que esta pregunta requeriría una conversación tranquila con bibliotecarios españoles, que saben la realidad de los recursos con los que cuentan y entienden sus márgenes de innovación. Pero por responderte, en plan carta a los Reyes Magos, a mi me gustaría ver un staff más diverso y que se pudiesen abrir las contrataciones de personal, que no todos tuvieran que pasar por oposición para ponerse detrás de un mostrador y encontrarme trabajadores con especialidades en trabajo social, mediación, marketing y otros perfiles con las que cuenta la NYPL. Creo que es un plus que las hace más dinámicas.

Y por último, ha sido un auténtico lujo poder contar con una corresponsal como tú en NYC. Nunca hubiéramos imaginado que esta ventana bibliotecaria a la cultura del siglo XXI que queríamos abrir en este blog iba a arrancar con unas vistas tan espectaculares. Las puertas de nuestro loft, pisito, apartamento, cabaña o cuchitril (teniendo cultura alrededor cualquier sitio es un hogar) siempre están abiertas para cuando te pille de paso visitarnos.

El placer ha sido mío, gracias por dejarme contar estas aventuras de una cartagenera en Gotham y reflexionar juntos. Me he sentido como en casa, tenéis un loft que ya lo quisieran en la 5th Avenue.

 

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Una bibliotecaria española en Nueva York. Sexta y última crónica

 

Justicia restaurativa en bibliotecas de Nueva York

 

Ya hemos visto en otros posts que eso de que «las bibliotecas son para todos» es una gran declaración de valores que, en ocasiones, tomamos por buena y como verdad absoluta. Pero trabajar para hacer realidad esa intención pública es un proceso activo y continuo, que no se materializa sólo por el hecho de ser un lugar «público».

 

 

En el congreso de Urban Librarians, que se celebró en la ciudad de Nueva York bajo el lema «Libraries as a place», he tenido el gusto de escuchar la interesante charla que hicieron Maggie Craig, Katrina Ortega y Crystal Chen, bibliotecarias de la NYPL que trabajan con usuarios jóvenes, preocupadas en cómo se forja la comunidad desde las bibliotecas, cómo se responden a los diferentes conflictos que surgen o al comportamiento desafiante en sus espacios públicos. Aquí van todas las notas que pude tomar, como buena nerd que soy, de todo el conocimiento que nos transmitieron estas profesionales.

Pioneras en aplicar lo que se denomina «justicia restaurativa» y en aplicar diferentes enfoques de aprendizaje socioemocional, para fomentar la comunidad de sus bibliotecas, incorporando valores de equidad, inclusión y esa «justicia para todos» que promete la Constitución de este país.

La justicia restaurativa también llamada justicia reparadora o justicia compasiva, es una forma de pensar la justicia cuyo foco de atención son las necesidades de las víctimas y los responsables del delito, y no el castigo a estos últimos, ni el cumplimiento de principios legales abstractos: intentando evitar estigmatizar a las personas que han cometido un delito y entendiendo las causas de dónde viene.

 

 

Sólo por aportar un poco de contexto a la realidad de dónde viene todo este movimiento, extraída de «We Want to Do More Than Survive» de Bettina Love:

  • Hasta entrados los 60, el acceso a las bibliotecas para la comunidad negra estaba limitado.
  • Esta segregación continúa en los colegios y barrios.
  • Las prácticas de castigo/multas/vigilancia policial refuerza esa exclusión.
  • Se continúa invisibilizando a las razas no blancas.
  • EEUU es el país del mundo que más gente tiene en prisión del mundo, lo que supone que 2,7 millones de niños tengan, al menos, a un progenitor en prisión.
  • Las personas racializadas son el 37% de la población de EEUU y el 67% de la población encarcelada.
  • Los colegios públicos son vigilados por policías, criminalizando y castigando a niños más vulnerables, que suelen ser de color.

 

¿Qué papel tienen las bibliotecas como instituciones que afirmen valores positivos y justos para la comunidad?

Los espacios donde los niños experimentan comunidad e infraestructura social -el colegio, la biblioteca, el parque- son lugares donde aprenden sobre cómo funciona el mundo, cómo manejar un conflicto, cómo lidiar crítica y creativamente con la realidad, qué es o qué han de esperar de los líderes de la comunidad, de las figuras de autoridad y cómo son vistos y tratados en comunidad.

 

 

«Cuando un niño es excluido, eso le enseña a otros niños que pertenecer a la comunidad de la clase es condicional y no absoluto, que depende de la capacidad de ser complaciente o tener un comportamiento determinado. En este paradigma, complacer es un privilegio que es ganado a través de la docilidad, no siendo un derecho humano del niño». Troublemakers de Carla Shalaby.

 

 

¿Cómo crear espacios donde se encuentren los jóvenes y reflejen sus necesidades, identidades y experiencias?

Craig, Ortega y Chen explicaban cómo crear espacios diseñados para esta comunidad y evaluaban los espacios de la biblioteca con estas sencillas preguntas:

  • ¿Hay vigilancia?
  • ¿Cuáles son las dinámicas de poder?
  • ¿Las señales son accesibles? ¿Están en varios idiomas?
  • ¿Las señales usan lenguaje negativo o sancionador?
  • ¿Las mesas de trabajo son individuales, de grupo o de las dos?
  • ¿Están las estanterías altas o bajas?
  • ¿Los libros están accesibles?
  • ¿Hay un espacio diferenciado para la infancia y/o a los adolescentes?

La justicia restaurativa es una práctica proactiva. ¿Qué tipo de cultura experimentan los niños y jóvenes cuando van a la biblioteca? ¿Es una cultura de la libertad o una cultura del control?

  • ¿Son los bibliotecarios agentes del orden?
  • ¿Dónde es necesario/productivo/positivo el control?
  • ¿Cómo pueden los bibliotecarios acercarse más hacia la figura de mentor o facilitador que a la de controlador?

También nos daban estos interesantes consejos para construir esa «cultura de comunidad«:

  • Examina las normas existentes y los procedimientos de la biblioteca. Es importante interrogar las normas del mismo modo que lo hacen los niños, y estar preparado para responder con respeto y escucha activa, cuando los niños pregunten por qué existe o ha de cumplir una norma.
  • No decir «no» si realmente esa respuesta negativa no es necesaria. No ejecutar el control si no hay daños o peligros reales.
  • Celebra las ideas y las sugerencias de los niños.
  • Crea plataformas y canales para que los niños se expresen.
  • Considera el feedback con respeto y mente abierta.
  • Demuestra aprecio ante las habilidades, talento y experiencia de los niños en la biblioteca. Consúltales su opinión cuando tengas la oportunidad
  • Apréndete y usa sus nombres.
  • Saluda a cada uno cuando lleguen.
  • Fomenta la implicación y la participación en el espacio.
  • Involucra a los jóvenes en formas de participación relevantes para la biblioteca.
  • Genera ‘engagement‘ invitándoles a crear carteles, señales, liderar ciertas actividades (ejemplo: reunir a otros niños para asistir a la hora del cuento), cuidar de las plantas, enseñar a otros a cómo hacer algo.
  • Ten conversaciones con niños y jóvenes. Pregúntales cosas y ten en cuenta su opinión.

Sin olvidar lo más importante: el poder de las relaciones. Las relaciones son fundamentales para crear lazos de unión entre los usuarios de la biblioteca. El cuidado, las interacciones individuales y la paciencia hacen que el respeto y la confianza en la biblioteca como espacio crezcan.

¿Qué pasa cuando hay un comportamiento o situación desafiante? Estas bibliotecarias proponen lo siguiente:

  • Establece límites y estate presente.
  • Cuando surja un problema, intenta mediar como un mentor. ¿Qué es lo que dices cuando observas situaciones de bullying? ¿Qué haces cuando observas actitudes machistas, racistas o LGTBIfobas entre los miembros de la comunidad? ¿Cómo actúas como profesional que custodia la cultura?
  • Es importante llevar a cabo una intervención, atención individual y una escucha activa.
  • Antes de castigar un comportamiento, ofrece opciones a los jóvenes que han hecho algo mal.
  • Busca alternativas antes de llamar a la policía.

No es fácil comenzar a cambiar hábitos asociados al trabajo diario, especialmente cuando existe una cultura de trabajo muy arraigada y limitaciones de recursos, apoyos institucionales o de tus propios colegas que no ven claro un cambio. Es importante llegar a un equilibrio entre lo ideal y la realidad.

Mide el alcance de tu influencia:

  • ¿Hasta dónde llegan los auxiliares de biblioteca?
  • ¿Qué pueden hacer los directores de las bibliotecas?
  • ¿Qué puede hacer la administración?

Un trabajo con semejante implicación, no está exento del llamado ‘burnout‘ por lo que estas bibliotecarias no olvidaron recordar la importancia del autocuidado como pieza clave, para poder afrontar este cambio de paradigma en la biblioteca pública: conociendo nuestros propios límites y respetándolos, cogiendo vacaciones, haciendo paradas de descanso, respetando horarios, teniendo tiempo para conciliar trabajo con familia, hobbies, desarrollando una red de apoyos, creando una cultura de autocuidado en la biblioteca.

Todas las bibliotecas son diferentes (espacios, diseño, arquitectura, staff, líderes, comunidades, desafíos). ¿Cómo pueden los bibliotecarios encontrar maneras de escalar estas prácticas de justicia restaurativa y de construcción de comunidad a su contexto local?

Quizás podemos comenzar respondiendo a estas preguntas:

  • ¿Cómo puede tu biblioteca conocer las necesidades del área a la que das servicio?
  • ¿Cómo describen la biblioteca los niños/jóvenes/adultos?
  • ¿Cómo puedes hacer de tu biblioteca un espacio donde los jóvenes se sientan libres, autónomos, confiados y respetuosos?
  • ¿Cómo puedes demostrar respeto y cuidado de los niños que usan la biblioteca?
  • ¿Es una realidad posible? ¿Qué es lo que necesitas?

Cuando escuché esta charla me explotó un poco el cerebro porque visualicé claramente cómo muchas bibliotecas públicas son lugares con normas, quizás, demasiado marcadas y estrictas para los más pequeños, que pueden perpetuar la exclusión que sufren los colectivos más marginados. Sería muy bonito poder trabajar y aprender de estas bibliotecarias, tan dispuestas a arremangarse y ser parte del cambio que quieren ver en las bibliotecas. Nadie dijo que fuese fácil.

Hasta aquí llegamos en este viaje por las bibliotecas de Nueva York. Muchas gracias por acompañarme hasta aquí y visitar conmigo sus bibliotecas, como si fuesen el mismo Empire State.

 

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Una bibliotecaria española en Nueva York. Quinta crónica

 

“La persona que menos se respeta en América es la mujer negra. La persona más desprotegida en América es la mujer negra.” Malcolm X

 

Black Power en Bibliotecas: Regina Andrews, Jean Blackwell Hutson y el Schomburg Center de la NYPL

 

Uno de los acontecimientos que he vivido durante esta etapa en NYC es el lanzamiento de Homecoming de Beyoncé. Creedme, la ciudad se vuelve loca con ella y más con el impresionante documental de su show en el Coachella de 2018, siendo la primera mujer negra cabeza de cartel en la historia del festival.

 

 

 “Cuando decidí actuar en Coachella, me di cuenta de que en vez de ponerme mi corona de flores, lo más importante era llevar nuestra cultura al festival”, explica Beyoncé en este documental que, además de dejarnos boquiabiertos con el despliegue técnico, musical y coreográfico, es un pretexto para hablar de la representación de la mujer negra en sociedad, a través de numerosos mensajes feministas y antirracistas al público del Coachella y a los los millones de usuarios de Netflix, plataforma donde se estrenó.

Quizás os estaréis preguntando qué tendrá que ver esto con las bibliotecas públicas de NYC… ¿Qué representación tienen los bibliotecarios «racializados»? ¿Os habéis preguntado alguna vez si las bibliotecas son racistas? 

 

Seguramente pensemos por defecto que no, que las bibliotecas son lugares públicos donde todo el mundo es bienvenido. Y sí, las bibliotecas deben de ser lugares acogedores, inclusivos y justos, pero escuchando otras voces se ponen en relieve otras realidades: las bibliotecarias de EEUU son históricamente mayoría blancas y si ahora se encuentra una mayor representación de bibliotecarias negras o «racializadas» es porque otras lo pelearon antes por esa inclusión. Y os voy a contar la historia de dos bibliotecarias negras ejemplares de la ciudad de Nueva York: Regina Andrews y Jean Blackwell Hutson.

 

 

Días antes de que Beyoncé publicase este documental, se celebraba el Black History Month y la Librarian National Week (sí, nos va a dar algo de días mundiales, pero oye, siempre es una buena excusa celebrar y recordar, sobre todo si son causas de personas que han sido y son excluidas, o eso creo yo) tuve el placer de asistir al evento “Open Archive: Regina Andrews and Jean Blackwell Hutson” en el Schomburg Center for Research in Black Culture, de Harlem (Manhattan, uptown, donde hacen las misas de gospel con tanto flow ;)).

 

Como su propio nombre indica, el Schomburg Center for Research in Black Culture es una de las instituciones culturales más importantes del mundo dedicada a la investigación, preservación y exhibición de materiales centrados en las experiencias de los afroamericanos y de la diáspora africana. 

Este centro es una división de investigación de la Biblioteca Pública de Nueva York, se halla en un gran edificio en el Malcolm X Boulevard con la 135 st y es un centro de referencia para todo el que quiera investigar sobre cultura negra, ver exposiciones, asistir a eventos y talleres o investigar entre los ricos fondos de su biblioteca y su archivo. Podéis ver más de su actividad aquí.

En ese mismo lugar, antes de alzarse en 1981 el edificio donde ahora se aloja, encontraríamos una de las bibliotecas públicas de la NYPL del barrio de Harlem, donde tradicionalmente eran empleados los bibliotecarios negros, allá por los años 20. 

 

 

Aunque no vamos a hablar en profundidad sobre los complejos temas de la segregación racial y de la deuda fundacional que tienen los Estados Unidos de América con el pasado de esclavitud del pueblo africano, no hay que olvidar este contexto. La mayoría de las bibliotecas de los años 20 tenían alguna forma de segregación, en ciudades como Charleston (Carolina del Sur) y Dallas (Texas) se excluía por completo a los afroamericanos de las bibliotecas públicas; en otras como Atlanta y Nueva Orleans, tenían sucursales separadas para usuarios negros.

Aunque en la NYPL todos los usuarios “eran bienvenidos” en todas las bibliotecas, cuando se trataba de empleo, había una cierta segregación basada en la demografía del vecindario. Los solicitantes de Europa del Este generalmente se enviaban a la Biblioteca Webster en el Upper East Side, los rusos y judíos a la sucursal de Seward Park en el Lower East Side, y los solicitantes negros iban a la calle 135, en Harlem, barrio en el que he tenido el gusto de recorrer durante estos meses y que sigue siendo muy negro, aunque se está gentrificando a pasos agigantados.

 

«I am American» Regina M. Anderson

 

En el año 1922 llegó a Nueva York desde Chicago la bibliotecaria Regina M. Anderson. Cuentan que cuando hizo la entrevista para la NYPL se catalogó como «estadounidense», que era lo que se consideraba a ella misma por haber nacido en este país. No pensó lo mismo su entrevistador, que al no ser 100% blanca (tenía raíces ​​de Suecia, indígena norteamericana, Madagascar e India) no se la consideraba “americana”, sino negra. Lo que eso implicaba, efectivamente, que fuese enviada a la sucursal de Harlem de la calle 135, mencionada arriba.

Junto con Ernestine Rose -la directora de la biblioteca, decidida a hacer que el espacio fuera lo más útil posible para el vecindario- convirtieron este centro en un lugar donde todos los usuarios, especialmente la comunidad negra, eran bienvenidos. Un espacio seguro donde reflexionar sobre su historia, sobre sus derechos, sobre su cultura. Un lugar donde se coció el movimiento Black Power y otras tantas causas de justicia social que, lamentablemente, hoy siguen siendo importantes en esta ciudad y en el mundo entero.

 

 

Anderson, fue parte e inspiración del círculo social de intelectuales del que fue denominado “Harlem Renaissance” -y que es algo así como nuestra “Generación del 27”- y organizó varios grupos de teatro (los cuales, por un tiempo, ensayaban en la 135th Street Branch), escribió dramaturgias y, tras mucho pelear, se convirtió en la primera directora afroamericana de una sucursal de la Biblioteca Pública de Nueva York, en la calle 115. Más tarde, encabezaría la sucursal de Washington Heights, donde continuó trayendo usuarios, alentó el uso de la biblioteca por parte de la comunidad y organizó grupos teatrales. 

Una auténtica líder de la comunidad y bibliotecaria revolucionaria, como podemos deducir de uno de sus discursos en los que dijo: “Debemos ser más que bibliotecarios. No se trata solo de estar en bibliotecas, sino de salir a la calle. Si lo haces bien, uno naturalmente conduce al otro”. 

Yo creo que este es el auténtico trabajo con la comunidad, esto es querer cambiar las cosas del barrio, conocer a tus usuarios y trabajar con el liderazgo necesario para cambiar las cosas, dando pasos aparentemente pequeños, pero que hoy son todo un legado.

 

 

Si regresamos al Schomburg, debemos de pararnos en la Jean Blackwell Hutson Research and Reference Division, cuyo nombre se le debe a otra bibliotecaria / archivera que luchó incansable por la representación negra en bibliotecas y por la accesibilidad y la atención a las personas marginadas. Dicen que esto fue lo que marcó desde el comienzo la carrera de Jean Blackwell Hutson como bibliotecaria, cuando trabajaba en una sucursal de la Biblioteca Pública de Nueva York, en el Bronx.

A Jean Blackwell Hutson le debemos, entre otros muchos avances, las clases de inglés para extranjeros, uno de los pilares más importantes de la NYPL en lo que a integración del inmigrante se refiere. También fue la primera biblioteca que albergó una colección que incluyese libros en español, para atraer a los usuarios que lo hablaban y no las frecuentaban, por no encontrarse con ese derecho o por no encontrarlas lugares de interés. Los que la conocieron y trabajaron con ella dicen que Hutson aportó, «intelecto sin compromiso y que compartió extraordinaria generosidad con los usuarios».

A partir de 1947, trabajó en la División de Literatura Negra de la Biblioteca Pública de Nueva York, y se convirtió en jefa de la Colección Schomburg (originalmente basada en la colección privada de libros de Arthur Schomburg) en 1948. 

 

The Division of Negro Literature, History and Prints. Fuente: NYPL

 

Hutson estimuló una enorme cantidad de crecimiento del Schomburg Center. Curó importantes colecciones de arte e historia, consiguió que sus amigos e importantísimos literatos Langston Hughes y Richard Wright donaran sus archivos personales a la colección y organizó muchas recaudaciones de fondos para la construcción del nuevo edificio. 

Hutson dijo en una entrevista de radio en 1964 que estaba comprometida a “llenar los vacíos de omisiones que han ocurrido en el relato de la historia de los negros” y su trabajo como bibliotecaria y archivista refleja su éxito en esta búsqueda.  Recordemos que era la época revolucionaria en la que Martin Luther King, Jr. luchaba en el movimiento por los derechos civiles de Estados Unidos.

 

 

En 1962, Hutson ayudó a publicar el Catálogo de diccionarios de la Colección Schomburg, que dió alcance a Schomburg a nivel mundial, ya que los microfilmes del mismo permitieron a las bibliotecas de todo el mundo explorar los contenidos de la colección. Hutson también participó en muchas organizaciones más allá de Schomburg, entre ellas The American Library Association, The African Studies Association, The NAACP y The Urban League.

Además, ayudó a fundar la Academia Negra de Artes y Letras y fue la primera presidenta del Consejo Cultural de Harlem. Fue profesora adjunta de historia en City College, donde alentó a los estudiantes que participaron en el movimiento Black Power a usar Schomburg como un recurso para su activismo. 

Hasta aquí estas historias de mujeres que han luchado por la justicia social a través de las bibliotecas. Muchas gracias por haber llegado hasta aquí y por reflexionar en estos temas complejos que requieren pausa, conversación, lectura y mente abierta para intentar comprender otras realidades del sistema en el que vivimos y somos parte.

 

 

Creo que estas historias han de ser celebradas y que en una sociedad diversa, es importante que haya representación de esa diversidad en todos los lugares, especialmente en los públicos y, aún más, si tienen esa vocación de atraer y dar servicio a los usuarios de diversas razas, culturas, géneros, religiones, clases y capacidades. Como dicen por ahí, “Nothing About Us Without Us” (“Nada sobre nosotros sin nosotros”). 

Yo que soy una extranjera en esta gran ciudad, pienso ahora en las bibliotecas de España, un país que cada día es más diverso. También pienso en sus usuarios, en sus bibliotecarios, en los recursos con los que cuentan, en cómo se sentirán los recién llegados y las segundas generaciones. En cómo afrontamos estos cambios de paradigma, en si los resolvemos teniendo en cuenta a las comunidades, en si escuchamos las voces de los más marginados, en dónde están nuestros prejuicios y en si estamos dispuestos a desaprender tanto aprendido.

 

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