Formatos emergentes para bibliotecas convalecientes

Nos hayamos visto directamente afectados o no (esperemos que no) por el COVID-19: todos estamos convalecientes. Informativa, económica o políticamente: nadie quedará ajeno a la pandemia. Las bibliotecas tampoco.

 

Thomas Mann inició su novela ‘La montaña mágica’ a raíz de un ingreso de su esposa  en el Sanatorio Wald de Davos.

 

Aunque vivamos en una precaria nueva normalidad y las bibliotecas hayan vuelto a reiniciar sus servicios: es imposible prever hasta qué punto alterará, esta emergencia sanitaria y sus secuelas, al mundo bibliotecario. Una de las pocas certezas que se repiten, aplicadas o no a bibliotecas: es la intensificación de la vida digital.

Pese a que se permitan actividades culturales lo cierto es que la prudencia, y los meses de estío, siempre más áridos para programaciones culturales en espacios cerrados: condicionan esa idea de biblioteca como centro cultural. Esa casa de la cultura con la que nos prometíamos una alternativa feliz, presencial y socialmente humana al discurso único de lo digital. Tal como le pasa al mundo de los espectáculos en vivo. Y es que hace tiempo que las bibliotecas forman parte de la farándula.

 

Festival de música de la BRMU a partir de una selección de conciertos disponibles en la plataforma eFilm.

 

Los festivales de música, cines, teatros, y demás espacios de cultura en vivo temen las pérdidas económicas: pero no la absoluta extinción. Su público volverá cuando sea posible. Los espacios físicos de las bibliotecas como espacios para la cultura en directo, en cambio: despiertan más incertidumbres. ¿Y si se pierde todo lo conseguido hasta el momento? Aquí, como en todo, depende de las características de cada biblioteca.

En esta situación cada espacio al aire libre se cotiza al alza. Si a las medidas de distanciamiento implantadas sumamos la posibilidad de habilitar terrazas, patios u otros espacios adyancentes del edificio de la biblioteca para convocar al público: mejor que mejor. Si los bares han conseguido permiso para ocupar más espacio urbano y poder sostener sus negocios: ¿por qué las bibliotecas no va a hacer lo mismo?

Aunque sea por soñar: vamos a darnos un breve paseo por algunas bibliotecas afortunadas que cuentan con esas terrazas o espacios:

 

Terraza de la Oodi Library de Helsinki. La foto, suponemos, sería previa a la pandemia. Imaginar esa terraza, sin un toldo, en una biblioteca del sur de España resultaría disuasorio.

Terraza de la biblioteca de la universidad de Carolina del Norte.

Terraza de la biblioteca del condado Fallbrook Branch en San Diego.

Un lujo al alcance pocos:  la terraza de Yandiola en el centro cultural-deportivo de la Alhóndiga de Bilbao.

Jardín de la biblioteca pública de Torre Pacheco (Murcia).

 

Pero lo dicho, no deja de ser un sueño, pocas bibliotecas públicas pueden permitirse espacios tan idílicos.

Por eso, se hace inevitable, que para no perder la ligazón con los usuarios las bibliotecas se vuelquen en lo digital. La competencia es feroz y las bibliotecas, aunque cuenten con el cariño de su público, cual folclóricas antiguas, no son ídolos de masas del mundo digital. Pero ya se sabe: el que resiste gana. Y ésta es una carrera de fondo.

Emerging Formats (Formatos emergentes) con este sugestivo título la British Library define a aquellos formatos que, según la legislación de depósito legal, ha de reunir y conservar la institución. Unos formatos que, por estructura y contenido, suponen un mayor desafío de cara a su tratamiento y custodia.

Dentro de esos formatos emergentes se sitúan los videojuegos. Y la British Library predica con el ejemplo. Con aire retro ochentero ha lanzado un divertido videojuego que toma a la biblioteca como escenario. Si no puedes recorrerla libre de restricciones de manera presencial: que puedas patearla a través de la pantalla.

 

 

El British Library Simulator es un mini juego creado con el motor de juego Bitsy. Una exaltación del píxel que despertará la vena nostálgica de más de un gamer de los ochenta (de cuando no se sabía que era eso de un gamer). La sede de la Biblioteca en St Pancras es el escenario por el que se mueven los toscos, y por eso simpáticos, monigotes y objetos del videojuego. En su recorrido, dirigido con las teclas de flecha del teclado, se van descubriendo los diferentes proyectos digitales que tiene en marcha la Biblioteca.

En definitiva, bibliotecarios ingeniándoselas, una vez más, para que la distancia no sea el olvido.

 

La Biblioteca Pública de Wilton (Connecticut) está en plena celebración de sus 125 años de vida. No sabemos si será por ese motivo, o porque es así de hiperactiva, ha lanzado su programación de actividades culturales para el verano: y resulta abrumadora. Los retos de lectura, las clases de costura, pintura, manualidades, clubes de lectura, cinefórums, cuentacuentos, charlas, talleres de dibujo, de escritura, animales vivos del zoo, makerspaces, etc…

Y en ese continuo estrujar de meninges una palabra se repite en los diversos eventos programados: zoom. El efecto post pandemia del auge de las apps como Zoom Vídeo, Pexip, Google Meet, etc…Pero sobre todo de Zoom.

 

 

Zum, según la RAE, es el efecto de acercar y alejar la imagen. Una buena definición de lo que pretendemos en este blog cada semana. Modificar los ángulos de visión a ver si conseguimos atisbar un poco mejor el panorama. En este confinamiento todas las generaciones se han familiarizado con las pantallas partidas. Para los mayores del lugar (y para Tarantino) el recuerdo del cine de los 60 y 70 se hacía inevitable.

Pero si se habla de zoom, con permiso de Cachitos de hierro y cromo, un recuerdo para el glorioso ballet Zoom y a Valerio Lazarov. Platillos volantes se llamaba esta coreografía no apta para epilépticos. Justo de lo que habla este post: de formatos futuristas y de colonizar el espacio exterior (de las bibliotecas).

 

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