Biblioteca cancelada

 

Pa’ la cultura, cultura, cultura

Pa’ la cultura tengo la cura,

bailo lo que me dura

David Guetta ft. Various artists

 

La cultura en la actualidad es un campo plagado de minas. Hay que ser extremadamente cuidadoso para no terminar saltando por los aires. La cultura siempre ha sido terreno resbaladizo. Pero pocas veces el camino ha estado tan plagado de buenas intenciones (como las que llevan al infierno); por parte de los que han de heredar todo esto.

 

Cancelled: serie filmada con un teléfono móvil durante el confinamiento y estrenada en Facebook. 

 

Que cada generación quiera enmendarle la plana a la precedente es (o debería ser) señal de evolución. Y los denominados millennials o generación Z están repitiendo el patrón, que desde que se sacralizara la juventud allá por los 60: han hecho los boomers, los X, los Y y cualesquiera otra etiqueta con la que se han estereotipado las características de cada nueva camada.

A los que les toca ahora representar ese papel (los nacidos entre finales de los 90 y la primera mitad de los 2000): la foto de grupo les sale favorable en conciencia medioambiental, igualdad de género, libertad sexual, justicia social, capacidad de movilización y consumo responsable. Claro que, también en estas franjas de edad, se sitúan muchos votantes de partidos populistas y extremistas. Pero, pese a sus actitudes y modos, no son estos jóvenes adscritos a discursos apolillados los que más deberían preocupar.

 

En la portada de enero de 1939 de ‘Flechas y Pelayos’, la publicación infantil de Falange Española: un bebé aprende a formar palabras con el nombre de Franco.

 

El verdadero peligro se encuentra entre ese sector de jóvenes concienciados con su tiempo. Entre ese grupo de jóvenes que abogan por hacer progresar la sociedad hacia valores más justos e igualitarios. Esos jóvenes en los que los mayores, que se creyeron el espejismo de una España moderna en los 80: les gusta verse reflejados. Ellos son los llamados a reformular, en términos prácticos, lo que entonces eran meras fórmulas estéticas.

Pero la polarización extrema en los principales medios a los que recurren para informarse (las redes sociales): les lleva, en demasiadas ocasiones, a tejer el tapiz de un mundo ideal que por los extremos se les va deshilachando.

La información, el consumo cultural, los discursos… se han fragmentado como las casillas de una ruleta. Un círculo bien compartimentado en el que la bola de la polémica va botando hasta caer aleatoriamente. No por casualidad la ficción más consumida en estos tiempos son las series de televisión. Narraciones troceadas ideadas para inducir la fidelidad.

En el Festival de cine de San Sebastián, el presidente del jurado, el cineasta Luca Guadagnino presentó su serie para HBO: We are who we are. El retrato de unos jóvenes estadounidenses que viven en una base militar en Italia. Respecto al consumo de series, Guadagnino, declaraba lo siguiente en una entrevista en ‘El Español‘:

«El problema es la fruición. Es el modo en que vemos una película y en el que vemos una serie de televisión. La unidad de visión que permite gozar de una película de cine, no pertenece a la experiencia televisiva, porque en una tele se ve un episodio separado del otro.» 

Vasos de Duralex: nostalgia para los que fueron a la EGB. Tras 75 años cierra la mítica marca de vajillas. ‘Mi mundo en desaparición’ que cantaba Fangoria. 

Historias por entregas, cual folletines decimonónicos, que administran la acción según estricta posología. Un consumo cultural que cuanto más se globaliza, más se atomiza. Como un vaso de Duralex estrellado en el suelo de la cocina.

En el documental de moda sobre las redes sociales, The social media (2020), diversos exdirectivos de Facebook, Twitter, Instagram y demás adictivos digitales: entonan el mea culpa por el daño que sus empresas están generando en la sociedad y la democracia.

No es casualidad que el término al que se recurre para describir la implicación de muchos internautas con los valores progresistas que defienden sea el de la cancelación. Al igual que a una serie: ahora a cualquiera nos pueden cancelar. Condenar al ostracismo social, vía digital, sin posibilidad de otra respuesta que no sea la contrición pública.

En los últimos meses se suceden artículos sobre la cultura de la cancelación (otro concepto proveniente del mundo anglosajón que, como tantos, se ha adoptado sin reticencias). Y curiosamente uno de los análisis más certeros se publicó en una revista de moda. Como las plataformas de streaming cuando una serie no da los datos de audiencia deseados, en las redes, se cancelan personas o trayectorias como si fueran personajes de ficción.

Una serie que, dificilmente, será cancelada por su productora es la adaptación de la novela Patria por parte de HBO. Su estreno acapara todos los titulares que amablemente dejan libres los políticos y sus peleas en plena pandemia. Pocas veces, al menos en estos tiempos de consumos fragmentados, había concitado tanto revuelo una adaptación literaria a la pantalla pequeña.

En el caso de Patria, la novela y su adaptación, es muy probable que se conviertan en objeto de estudio y precedente de futuras apuestas similares. El poder de la ficción como herramienta didáctica para abordar un trauma nacional. Un proceso de debate sobre un tema delicado que se abrió audiovisualmente, a través del humor, en la amable Ocho apellidos vascos (2014). Su taquillazo allanó, en cierto modo, el camino para abordarlo ahora desde el drama.

El impacto de la novela, en un país con bajos índices de lectura, pese a convertirse en best seller, y hasta ser recomendado por la influencer de sobremesa Belén Esteban: tenía sus limitaciones. Pero al traducirse a imagen la identificación de los espectadores con esa realidad, aún tan tristemente cercana, se multiplica.

El elogiado debut literario de la joven promesa de las letras estadounidenses: Camonghne Felix.

En palabras de la joven escritora estadounidense Camonghne Felix: «la cancelación […] es una forma de que las comunidades marginadas afirmen públicamente sus sistemas de valores a través de la cultura pop». Hasta ahí suena bien. Lo peligroso es cuando se convierte en un movimiento de justicieros solitarios que, cada día, entran en las redes dispuestos a cobrarse nuevas piezas.

No fue el pop del que habla Felix, sino el rock radical vasco, el que ejerció de banda sonora en los años más duros del conflicto vasco. Pero el concepto de cultura de la cancelación se podría aplicar igualmente a lo que entonces aconteció. Una parte de la sociedad ‘cancelando’ a los que no comulgaban con su sistema de valores.

La inquisición bien entendida empieza por uno mismo. Kate Winslet, que parte como favorita en la temporada de premios cinematográficos, ha abjurado de Woody Allen y Roman Polanski sin que nadie se lo pidiera. Un arrepentimiento por haber trabajado en sus películas, cuando las acusaciones que pesan sobre ellos, eran de sobra conocidas. 

 

Si las bibliotecas consiguieran una presencia realmente trascendente en redes: serían canceladas desde los más diversos frentes. Las bibliotecas defienden los matices, las opiniones contrapuestas, abordar discursos dañinos para extraer las enseñanzas necesarias para desactivarlos. Pero si esta cultura histérica de la cancelación se agudiza o se agota de pescar siempre en los mismos caladeros: ¿cuánto tardarán en exigir que se ‘cancelen’ en las bibliotecas las obras de J.K. Rowling, las películas de Allen y Polanski o las de Pérez Reverte (diana favorita en nuestro país)?

En las zonas ideadas para jóvenes, que últimamente proliferan en el orbe bibliotecario, se destaca su apuesta por dejarles su espacio; potenciar su capacidad de auto aprendizaje; de autonomía e independencia de criterio. Espacios seguros para que puedan desarrollarse y disfrutar de la oferta bibliotecaria según sus intereses.

En la descripción de objetivos que la Biblioteca Pública de Providence (Rhode Island) hace de su loft para jóvenes destacamos tres:

  • Apoyar el crecimiento y desarrollo de los jóvenes.
  • Construir relaciones y comunidad a través de la comunicación y la compresión.
  • Practicar la humildad cultural y abrazar la diversidad.

La zona para jóvenes de la Biblioteca Pública de Evanston (Illinois).

 

En su primera novela gráfica, Ilu Ros, aborda los referentes del pasado a través de sus conversaciones con su abuela.

Practicar la humildad cultural y abrazar la diversidad. No puede sonar mejor. No ya para los jóvenes sino para todos. La desconexión de los nacidos bajo el imperio de lo digital respecto a generaciones previas marca una distancia que puede acarrear muchos problemas. Sobre todo, cuando los propios adultos que provienen de una cultura mucho menos fragmentada: tampoco demuestran grandes habilidades protegiéndose de las manipulaciones y la infoxicación que todo lo enturbia.

Por ello, esa tendencia a crear espacios propios para adolescentes y jóvenes en las bibliotecas, que tan bien puede venir para atraer a la población más difícil de seducir: debería ser compensada.

El siguiente paso sería potenciar, pensar, diseñar espacios, actividades, cruces intergeneracionales en la biblioteca. Si las redes, los medios tendenciosos (¿hay alguno que no lo sea? incluido este blog) se empeñan en separarnos: démosle la vuelta a su discurso y promovamos la interacción entre generaciones. El tinglado, tal y como está ideado, no lo soportaría.

Aún estamos a tiempo de aprovechar todo lo bueno, todo lo aprendido, todo lo ensayado. Todos los errores. Pero para eso hace falta capacidad de resistirse al ritmo que nos marcan (mos). Antes de que el Covid-19, u otra venganza de la naturaleza, nos cancele a todos: aprovechémonos del potencial de las bibliotecas, de la cultura sin dogmas, para lograr esa sociedad con la que no solo sueñan los jóvenes.

 

Página de ‘Estamos todas bien’ la novela gráfica con la que la ilustradora Ana Penyas ganó el Premio Nacional de Cómic (2018). Las abuelas de la autora como protagonistas de su relato.

 

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Formatos emergentes para bibliotecas convalecientes

Nos hayamos visto directamente afectados o no (esperemos que no) por el COVID-19: todos estamos convalecientes. Informativa, económica o políticamente: nadie quedará ajeno a la pandemia. Las bibliotecas tampoco.

 

Thomas Mann inició su novela ‘La montaña mágica’ a raíz de un ingreso de su esposa  en el Sanatorio Wald de Davos.

 

Aunque vivamos en una precaria nueva normalidad y las bibliotecas hayan vuelto a reiniciar sus servicios: es imposible prever hasta qué punto alterará, esta emergencia sanitaria y sus secuelas, al mundo bibliotecario. Una de las pocas certezas que se repiten, aplicadas o no a bibliotecas: es la intensificación de la vida digital.

Pese a que se permitan actividades culturales lo cierto es que la prudencia, y los meses de estío, siempre más áridos para programaciones culturales en espacios cerrados: condicionan esa idea de biblioteca como centro cultural. Esa casa de la cultura con la que nos prometíamos una alternativa feliz, presencial y socialmente humana al discurso único de lo digital. Tal como le pasa al mundo de los espectáculos en vivo. Y es que hace tiempo que las bibliotecas forman parte de la farándula.

 

Festival de música de la BRMU a partir de una selección de conciertos disponibles en la plataforma eFilm.

 

Los festivales de música, cines, teatros, y demás espacios de cultura en vivo temen las pérdidas económicas: pero no la absoluta extinción. Su público volverá cuando sea posible. Los espacios físicos de las bibliotecas como espacios para la cultura en directo, en cambio: despiertan más incertidumbres. ¿Y si se pierde todo lo conseguido hasta el momento? Aquí, como en todo, depende de las características de cada biblioteca.

En esta situación cada espacio al aire libre se cotiza al alza. Si a las medidas de distanciamiento implantadas sumamos la posibilidad de habilitar terrazas, patios u otros espacios adyancentes del edificio de la biblioteca para convocar al público: mejor que mejor. Si los bares han conseguido permiso para ocupar más espacio urbano y poder sostener sus negocios: ¿por qué las bibliotecas no va a hacer lo mismo?

Aunque sea por soñar: vamos a darnos un breve paseo por algunas bibliotecas afortunadas que cuentan con esas terrazas o espacios:

 

Terraza de la Oodi Library de Helsinki. La foto, suponemos, sería previa a la pandemia. Imaginar esa terraza, sin un toldo, en una biblioteca del sur de España resultaría disuasorio.

Terraza de la biblioteca de la universidad de Carolina del Norte.

Terraza de la biblioteca del condado Fallbrook Branch en San Diego.

Un lujo al alcance pocos:  la terraza de Yandiola en el centro cultural-deportivo de la Alhóndiga de Bilbao.

Jardín de la biblioteca pública de Torre Pacheco (Murcia).

 

Pero lo dicho, no deja de ser un sueño, pocas bibliotecas públicas pueden permitirse espacios tan idílicos.

Por eso, se hace inevitable, que para no perder la ligazón con los usuarios las bibliotecas se vuelquen en lo digital. La competencia es feroz y las bibliotecas, aunque cuenten con el cariño de su público, cual folclóricas antiguas, no son ídolos de masas del mundo digital. Pero ya se sabe: el que resiste gana. Y ésta es una carrera de fondo.

Emerging Formats (Formatos emergentes) con este sugestivo título la British Library define a aquellos formatos que, según la legislación de depósito legal, ha de reunir y conservar la institución. Unos formatos que, por estructura y contenido, suponen un mayor desafío de cara a su tratamiento y custodia.

Dentro de esos formatos emergentes se sitúan los videojuegos. Y la British Library predica con el ejemplo. Con aire retro ochentero ha lanzado un divertido videojuego que toma a la biblioteca como escenario. Si no puedes recorrerla libre de restricciones de manera presencial: que puedas patearla a través de la pantalla.

 

 

El British Library Simulator es un mini juego creado con el motor de juego Bitsy. Una exaltación del píxel que despertará la vena nostálgica de más de un gamer de los ochenta (de cuando no se sabía que era eso de un gamer). La sede de la Biblioteca en St Pancras es el escenario por el que se mueven los toscos, y por eso simpáticos, monigotes y objetos del videojuego. En su recorrido, dirigido con las teclas de flecha del teclado, se van descubriendo los diferentes proyectos digitales que tiene en marcha la Biblioteca.

En definitiva, bibliotecarios ingeniándoselas, una vez más, para que la distancia no sea el olvido.

 

La Biblioteca Pública de Wilton (Connecticut) está en plena celebración de sus 125 años de vida. No sabemos si será por ese motivo, o porque es así de hiperactiva, ha lanzado su programación de actividades culturales para el verano: y resulta abrumadora. Los retos de lectura, las clases de costura, pintura, manualidades, clubes de lectura, cinefórums, cuentacuentos, charlas, talleres de dibujo, de escritura, animales vivos del zoo, makerspaces, etc…

Y en ese continuo estrujar de meninges una palabra se repite en los diversos eventos programados: zoom. El efecto post pandemia del auge de las apps como Zoom Vídeo, Pexip, Google Meet, etc…Pero sobre todo de Zoom.

 

 

Zum, según la RAE, es el efecto de acercar y alejar la imagen. Una buena definición de lo que pretendemos en este blog cada semana. Modificar los ángulos de visión a ver si conseguimos atisbar un poco mejor el panorama. En este confinamiento todas las generaciones se han familiarizado con las pantallas partidas. Para los mayores del lugar (y para Tarantino) el recuerdo del cine de los 60 y 70 se hacía inevitable.

Pero si se habla de zoom, con permiso de Cachitos de hierro y cromo, un recuerdo para el glorioso ballet Zoom y a Valerio Lazarov. Platillos volantes se llamaba esta coreografía no apta para epilépticos. Justo de lo que habla este post: de formatos futuristas y de colonizar el espacio exterior (de las bibliotecas).

 

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Vindicación de lo bibliotecario en tiempos posCovid

En una ocasión ya hablamos del riesgo que se corre en blogs, revistas, foros y demás medios del orbe bibliotecario de actuar como un ‘¡Hola!’ bibliotecario. Y quien dice un ‘¡Hola!’ dice un ‘Vogue’, ‘Vanity fair’, ‘House&Gardens’, ‘Neo2’. Cualquier cabecera aspiracional, que cual Instagram impresos, permite al pueblo asomarse al retrato edulcorado de las élites. Financieras o culturales, tanto da, si es que acaso no coinciden.

 

Una fotografía que perfectamente podría ser del ‘¡Hola!’ pero que aparece en ‘Vanitatis‘: la visita de los Reyes a la Biblioteca Nacional.

 

Una combinación mal dosificada de preguntas al aire combinada con exhortaciones a la innovación: puede tener efectos paralizantes.

Paralizantes por generar mala conciencia entre profesionales de bibliotecas con plantillas envejecidas por años de falta de renovación de personal; de bibliotecas donde propiamente, lo que se dice personal con formación bibliotecaria, hay muy, muy poco; de bibliotecas donde si había poco presupuesto ahora habrá menos…

Esta letanía quejumbrosa y deprimente siempre ha sido un eco en muchas pausas del café en congresos y/o encuentros del gremio. Es un vicio, que como todos los vicios, no deja de ser síntoma de carencias. Por eso vamos a planear a ras de suelo. Si este post fuera una exclusiva se publicaría en el ‘Pronto’ antes que en el ‘¡Hola!’ para entendernos.

La biblioteca viviente también necesita cariño.

 

Esta situación mundial de emergencia sanitaria ha provocado prácticas marcadas por la provisionalidad en las que, inevitablemente, habrá que perserverar. Por ejemplo, toda la vida que se haya podido infundir a redes y plataformas de la biblioteca: se querrá afianzar y consolidar. Otra cuestión es que las exigencias del trabajo presencial lo permitan a ese nivel.

Que digital+biblioteca va unido en todas sus vertientes: está asumido. Pero vamos a la crónica de sucesos, vamos al ‘Pronto’ que prometíamos. ¿Qué pasa con la biblioteca como espacio físico?

Una vez terminados los protocolos, instaladas las mamparas, los hidrogeles, los espacios para cuarentena de la colección, la cartelería, la señalética, las políticas de préstamo, los circuitos para la movilidad del público, etc. Si tras superar, cual carrera de obstáculos, las fases 1, 2, 3 y alcanzar esa ‘nueva normalidad’: quedara algo de tiempo: se podrían retomar asuntos pendientes.

 

Infografía sobre los servicios permitidos en Fase 3 según la Orden SND/458/2020 realizada por la Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria del Ministerio.

 

Por ejemplo, ¿cuántas veces hemos repetido que: ‘las bibliotecas no son salas de estudio’? Muchas más de las que ha sonado Resistiré durante estos meses. Y he aquí una oportunidad para ponerlo en práctica. Por mucho que en la fase se permitan las actividades culturales, el préstamo interbibliotecario, el uso de ordenadores o el estudio encubierto de consulta en sala: el orden de los factores, en este caso, sí que afecta al resultado.

Postergar todo lo que se pueda el estudio y dar prioridad absoluta a todo lo que consideramos como servicio propiamente bibliotecario (préstamo presencial, información bibliográfica, préstamo interbibliotecario, actividades culturales, clubes de lectura…) sí que marca precedentes, aunque sea en el pundonor bibliotecario de los profesionales.

Deja claro que si la biblioteca fuera Kate Winslet, en Titanic (1997), y Leonardo DiCaprio representara a los estudiantes: no dejaría que Leo se ahogase, le dejaría subir a la tabla: pero antes se aseguraría de que lo prioritario está a salvo. La bibliotecidad de la que hablaba Pablo Gallo, la esencia bibliotecaria, o como quiera cada uno llamarlo: según la idea y concepto que tenga de lo que debe ser una biblioteca pública.

 

James Cameron decidiendo quién ‘sobrevive’: si las bibliotecas o los estudiantes.

 

Imagen promocional de Kika (1993): el director pensando cómo mover a sus personajes. Una buena metáfora visual de cómo mover las piezas en esta extraña rentrée bibliotecaria.

El margen de cambio, dadas las circunstancias, puede que sea pequeño pero siempre habrá alguno. ¿Cuántas veces se ha dado un impasse en el devenir cotidiano de las bibliotecas como este?

Sería injusto centrarnos únicamente en el lobby estudiantil. ¿Qué pasa con los pecados achacables a los propios bibliotecarios? ¿Cuántos procesos de trabajo no se podrían reconducir, cuántas inercias corregir, y asuntos replantear aprovechando la excepcionalidad del momento?

Si se acomete la reducción de espacio para el estudio que sea con la finalidad de abordar, por fin, ese fab lab; ese espacio multidisciplinar; ese vivero de empresas; esas salas para reuniones/trabajos de grupo; ese estudio de grabación; o cualquiera otra reestructuracion de espacios/servicios que, hasta ahora, no se habia encontrado el momento de acometer.

Cuando todos estamos en modo reseteo es momento de introducir las actualizaciones. De subrayar (por recurrir a vocabulario estudiantil) lo que realmente nos importa. Aunque fuera de manera testimonial, ni siquiera con el mobiliario y diseño soñados. Pero que al menos se plante la semilla de ese concepto de biblioteca con el que soñamos al leer los ‘Hola-Vogue-Vanity Fair’ bibliotecarios.

Algunas ideas posibles, que no plausibles hasta que se ponen en práctica, serían:

  • reducir brecha digital: si algo ha quedado claro durante esta pandemia son las limitaciones de los servicios bibliotecarios (y educativos, y de todo tipo, pero aquí hablamos de bibliotecas) para alcanzar a las personas excluidas por el motivo que sea de una conexión a Internet. Formación y pensar en servicios que se puedan ofrecer vía móvil.
  • atención reforzada a población de edad avanzada: desde promover préstamo a domicilio en casos en que se pueda, formación en el uso de plataformas digitales, y espacios propios para ellos en la biblioteca. La segmentación por edades de los espacios de la biblioteca, en estas circunstancias, gana más importancia que nunca por cuestiones de seguridad.
  • préstamos de equipamiento informático a domicilio. Antes que mantener los equipos dormidos en los armarios permitir su préstamo extramuros.
  • ofrecer las plataformas/redes de la biblioteca para eventos que se han tenido que suspender en el municipio y que permiten su celebración online. Los grandes festivales de cine se han suspendido presencialmente, pero van a llevar a cabo, a través de Youtube, parte de su programación. ¿No podrían explotar los eventos cinematográficos locales ofertas de las bibliotecas como la plataforma eFilm? O si se ha suspendido una feria del libro o eventos literarios ajenos a la biblioteca, lo que sea adaptable al mundo digital: podría usar las redes o plataformas de la biblioteca.
  • Compañías teatrales, actores, cuentistas y demás creadores locales se han ofrecido, de manera gratuita durante el confinamiento, a bibliotecas. Sus redes eran deseadas como vías para llegar a más público. Y al tiempo, afianzan, una posible relación, remunerada, en el futuro.

Pero antes de que nos acusen de incurrir en una apoteosis del ‘Consejos vendo que para mí no tengo’: lo dejamos aquí. Que para acusaciones, en relación a bibliotecas, ya está la denuncia de cuatro grupos editoriales contra el portal Internet Archives (IA).

Logo de la biblioteca emergencia de Internet Archives.

La espita de esta nueva ofensiva editorial contra la que se autodenomina ‘biblioteca web’ proviene de la creación de una ‘biblioteca de emergencia’ durante este periodo.

IA ‘liberó’ 1’4 millones de libros, como aquí en España han hecho algunas editoriales, permitiendo la concurrencia. Una suspensión, la de las listas de espera, que se programó solo, en principio, para esta situación excepcional.

Lo que temen los grupos editoriales que han elevado la demanda, con el apoyo de la Asociación de Editoriales Estadounidense (AAP): es que esta excepcionalidad sea un coladero para afianzar esta práctica. En ‘Xataka‘ recogen las declaraciones del fundador de IA Brewster Kahlo al respecto de la demanda:

«como biblioteca, IA adquiere libros y los presta, como siempre han hecho las bibliotecas […] en una situación en la que no puede accederse a colegios, bibliotecas y demás sitios públicos esta demanda judicial no favorece a nadie»

¿Alguién le habrá hablado a Kahlo de las plataformas legales de préstamo de libros y audiovisuales con que cuentan las bibliotecas? El caso es que ante esta apropiación (¿o deberíamos decir suplantación de identidad?) del concepto biblioteca: una vez más se hace necesario vindicar lo genuinamente bibliotecario en tiempos posCovid.

Si se apropian de la idea, al menos, que se reconozca la denominación de origen a las que siempre han sido bibliotecas de verdad. Un ‘nosotras estábamos primero’ que, en términos prácticos sirve para poco; pero que a efectos psicológicos: igual ayuda para infundir ánimos de cara al regreso.

 

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Derechos de autor en confinamiento

Una de las cuestiones que está preocupando al gremio bibliotecario, durante este confinamiento, es la relativa a los derechos de autor y las actividades de animación a la lectura a través de redes sociales.

 

 

Enfrentados al teletrabajo, y al deber y deseo por ofrecer una ‘nueva normalidad’ anticipada: numerosos profesionales se lanzan a la animación a la lectura. Si bien, en algunas bibliotecas de mayor tamaño, los animadores habituales han seguido ofreciendo sus servicios; en otras más modestas, han sido los propios responsables de las bibliotecas los que han asumido dicha función desde sus hogares.

Recurriendo a programas de edición de vídeos, o simplemente grabándose con sus dispositivos móviles: las programaciones de cuentacuentos se han mantenido gracias a la voluntariedad de los bibliotecarios. No solo cuentacuentos. También lecturas por teléfono a personas mayores o recitales de poesía en streaming. Y la duda que ha surgido con frecuencia es la relativa a los derechos de autor en esta situación.

 

 

El procedimiento no debería de variar mucho con respecto a cuando las bibliotecas estaban funcionando con normalidad. Pero en estas circunstancias: nada es normal. En Francia, los bibibliotecarios se han encontrado ante las mismas dudas. Y en ActuaLitté, relatan algunas de las medidas adoptadas, que no difieren de las que se pueden adoptar a este lado de los Pirineos.

 

 

¿Bajo qué condiciones es posible producir y, sobre todo, difundir la lectura en voz alta de una obra protegida por derechos de autor? La solución no da mucho margen: conseguir la autorización expresa de los autores, y sobre todo, de los editores.

En estas circunstancias, y por varios casos que hemos podido constatar en nuestro país, lo habitual es que no pongan ningún impedimento. Es más, los autores, suelen recibir con alegría que los bibliotecarios elijan sus obras para aliviar el confinamiento de los más pequeños. Localizar y contactar con los autores, gracias a las redes sociales, blogs personales o webs, es algo relativamente sencillo. Y siermpre queda la posibilidad de enviar un correo a la editorial de la obra en cuestión.

 

 

Volviendo a nuestros vecinos de arriba, el organismo encargado en Francia de gestionar los derechos de autor (SCELF), planteó en un principio aplicar un impuesto sobre las lecturas públicas realizadas en bibliotecas. Pero tras diversas deliberaciones se decidió confiar a la decisión de cada editor la autorización y gestión de los derechos.

Un requisito que algunas editoriales han pedido en Francia ha sido la eliminación de los vídeos una vez concluya el confinamiento. E incluso los propios bibliotecarios en sus peticiones ya incluyen esa futura eliminación de los vídeos, a posteriori, como una manera de preservar los derechos y ganarse la confianza de autores y editores.

Otra opción, por supuesto, son las numerosas obras libres de derechos de autor que se pueden localizar en las bibliotecas digitales y en la red en general. En este sentido, las webs del ámbito educativo tiene un amplio recorrido reuniendo recursos orientados al público infantil.

Además hay numerosos proyectos en la red de lo más interesantes para indagar en ellos y explotarlos. Es el caso de la web WeeBleBooks. En la que tanto se pueden subir cuentos educativos creados por particulares, como, descargarse los que están disponibles en la plataforma.

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Autocorrector bibliotecario

 

En estos días el autocorrector se ha convertido en una inesperada metáfora de nuestro tiempo. ¿Cuántos entrecejos contraídos estará provocando la aletoriedad del autocorrector al corregir los millones de WhatsApp que circulan? A todos, y a todo, nos están aplicando el autocorrector en estos días.

 

 

Un ensayo exprés para tiempos exprés.

Autocorrector linda con autocorrectivo. Tenemos que corregir hábitos, comportamientos, planificaciones, y puede que, hasta planteamientos de vida. El escritor superventas Paolo Giordano ha cogido la delantera, en plena cuarentena mundial, para erigirse como el primero en publicar un libro sobre la crisis del coronavirus. Puede que el mundo se haya parado, pero la urgencia oportunista por subirse a los carros que pasan: no.

La necesidad de cambiar hábitos, de replantearnos cómo se organiza nuestro mundo. Un discurso que se repite en artículos y reflexiones de insignes, y no tan insignes, firmas. Pero el caso es que las formas (seis días ha tardado Giordano en escribirlo) no parecen predicar con el ejemplo. Hemos levantado el pie del acelerador a la fuerza, encerrándonos en nuestras guaridas: pero nuestras vidas digitales corren, invaden y se aceleran con más fuerza que nunca.

En No tengo Facebook, Twitter ni Instagram: el desgarrador testimonio de una biblioteca en directo: citábamos el ensayo de Remedios Zafra: El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital. Y ahora, no solo los creadores, todos estamos sujetos a la esclavitud del teletrabajo. Se derribaron todas las barreras de la intimidad que antes eran coto de concursantes de realities televisivos. No hemos terminado de engullir la tostada y el café cuando ya le estamos dando al botón de encendido del portátil casero.

 

En la cuenta de IG Postales de cuarentena se publican postales simulando viajes por los rincones de nuestros hogares. Hay otros mundos pero están en nuestro hogar. El publicista Álvaro Palma y el ilustrador Álvaro Bernis están detrás de esta idea. Dos proveedores de mundos, como las bibliotecas, para este encierro.

 

Se impone la necesidad de replantearnos el funcionamiento de las cosas; de valorar lo importante. Y asistimos a esos propósitos de enmienda en medio de un fuego cruzado de ofertas culturales, promoción de servicios y altruismos varios que dejan poco tiempo para esa reflexión y sosiego de la que tanto nos hablan.

Como dice César Rendueles en ‘Babelia‘:

«si alguien que nunca hubiera oído hablar de la pandemia, observara mi cuenta de Twitter estos días, probablemente llegaría a la conclusión de que “coronavirus” es el nombre de alguna clase de corriente artística caracterizada por la bulimia cultural.»

Atiborrándonos de entretenimiento y cultura como sucedáneos de la vida que se nos ha estancado. Pero que en realidad nunca tuvimos. Y las bibliotecas, frenéticas hormiguitas, aplicándose para no perder la oportunidad. Habrá que rendir cuentas ante jefes y usuarios. En Bibliotecas en los balcones hablábamos de que era el momento de fomentar la labor prescriptora de los bibliotecarios como profesionales de la cultura que son. Pero ¿quién prescribe a los prescriptores?

Automedicarse está muy mal visto. Pero autoprescribirse lecturas, películas y música no contraviene ningún mandato de la OMS ¿Por qué no computan como horas de teletrabajo las lecturas, películas vistas y música escuchada en este encierro? Si hay que poner en valor más que nunca el papel de intermediarios que desempeñan los bibliotecarios entre la enorme oferta cultural y los usuarios: ¿no tendrán que saber de lo que hablan para poder ofertarlo?

 

 

Estado de excepción cultural: funcionarios leyendo, viendo cine o escuchando música como trabajo. ¿Hace falta más leña para ciertos discursos? Si transigimos con una app que reinterpreta, corrije y distorsiona nuestras palabras: ¿porqué también vamos a ceder la soberanía de corregirnos a nosotros mismos? En estos días al escribir un blog, como éste sin ir más lejos, hay que cuidarse mucho de que no parezca que estás leyendo la cartilla. Pontificando aquí y allá sobre lo que deberían, o no, hacer las bibliotecas y bibliotecarios. Más que nunca dame hechos, no deseos.

Por alusiones, uno de nuestros bibliotecarios de cabecera: @ferjur, nos citó de rondón en un tuit con el que no podemos estar más de acuerdo:

«La teoría nos la sabemos tod@s. Creo que necesitamos menos recomendaciones teóricas (de 0.60 que diría @infobibliotecas) y más equivocaciones prácticas. Sin error no habrá #biblioteca (ni en casa ni fuera de ella).»

 

 

¿Se llevará este virus la verborrea bienintencionada, pero muchas veces hueca, de lo que deben hacer las bibliotecas? ¿dejaremos (y aquí los primeros) de dar vueltas como un perro que se quiere morder el rabo sobre los mismos propósitos? Si algo sacamos en claro de esta crisis es que son los funcionarios (científicos y sanitarios) los verdaderos protagonistas de esta crisis. Y que como señalaba Antonio Muñoz Molina en ‘El País‘:

«Por primera vez desde que tenemos memoria las voces que prevalecen en la vida pública española son las de personas que saben; por primera vez asistimos a la abierta celebración del conocimiento y de la experiencia, y al protagonismo merecido y hasta ahora inédito de esos profesionales de campos diversos»

Y eso hace que nos guste más saber de iniciativas como las que está desarrollando la Biblioteca Pública Municipal de Valdelacalzada (Badajoz) que forma parte de la red CV19_Makers_Extremadura. Florencia Corrionero nos ha contado cómo, el Espacio Read Maker de esta biblioteca, lleva días produciendo viseras y máscaras de protección en su impresora 3D con destino a proteger al personal sanitario. Mucho se hablaba del potencial de los espacios makers en bibliotecas: pero no sabíamos aún hasta qué punto podían llegar a ser útiles.

Ahí tenemos un caso concreto: no una hipótesis o elucubración teórica. No un ‘hay que hacer…’ sino un ‘hemos hecho…». Y mientras, no nos agobiemos más de lo que nos agobia ya de por sí la actualidad.

 

Automediquémonos con cultura y acumulemos errores y experimentos con gaseosa. No hay porque estar todo el rato justificándose para que el responsable político de turno mantenga brillante su imagen en el escaparate de esta crisis. La profesión bibliotecaria tiene la suerte de poder ser cobaya de los medicamentos que prescribe, Leer, ver y escuchar: puede que no contabilicen como horas fichadas. Pero la curiosidad intelectual siempre computa en la cuenta de resultados de una biblioteca.

 

Postales desde una cuarentena.

 

Y si abrimos con WhatsApp bien está que cerremos con WhatsApp. Estos días se ha hecho viral un mensaje, a través de este medio, con un poema fechado en 1800. Firmado por una tal K. O’Meara que al parecer lo escribió con motivo de la epidemia de la peste de hace dos siglos. Y como tantas cosas, en estos días, ha resultado ser una verdad/mentira a medias.

Kitty O’Meara, en realidad, es una profesora jubilada de los Estados Unidos que ha escrito dicho poema con motivo de este confinamiento mundial de 2020. Pero, por lo que fuera, quedaba más romántico ubicarlo en el pasado.

«Y la gente se quedó en casa. Y leyó libros y escuchó…» Así empieza el poema. Y no deja de ser irónico que sea un poema involucrado en una fake news intrascendente (de esas noticias falsas a las que las bibliotecas deben ayudar a combatir): el que resuma la actitud con la que mejor podemos autocorregirnos en este encierro.

 

 

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Bibliotecas en los balcones

 

En su relato El vocabulario de los balcones, la escritora Almudena Grandes, narraba la historia de amor entre dos vecinos. Dos jóvenes que se descubrían mutuamente al observarse desde sus balcones. Ese diálogo de miradas y gestos entre dos, desde hace unos meses, en países como Italia o España: se ha convertido en un lenguaje entre millones de personas.

 

Windows of New York el proyecto del ilustrador José Guizar obsesionado con las ventanas de Nueva York.

 

Sophia Loren asomada a la ventana en Una jornada particular (1977)

Y ese vocabulario de los vecinos enamorados, del Jimmy Stewart de La ventana indiscreta (1954), o de Loren y Mastroianni en el patio de vecinos de Una jornada particular (1977): se ha extendido al ritmo del confinamiento al que nos arrastra el Covid-19. Después de esto nada será igual.

Hay voces que aventuran consecuencias positivas, a la larga, de esta traumática experiencia global. Sería demasiado temerario confiar en ello. Por lo que queda aún por superar, y por la propia naturaleza de la especie a la que está castigando esta plaga. Pero que habrá cambios parece innegable. Y las bibliotecas no quedarán indemnes.

Los ciudadanos confinados nos asomamos a ventanas, balcones y terrazas. Y en esos momentos las bibliotecas también se han asomado pero a las ventanas digitales en las que nos reflejamos todos. Pero demasiadas veces sin vernos realmente. Las plataformas como eBiblio y eFilm, las bibliotecas digitales, y por supuesto, las redes sociales: se han convertido en los alféizares en los que se apoyan las bibliotecas para seguir ofreciéndose a sus usuarios.

 

 

Y de las estrategias que las bibliotecas jueguen en ese panóptico digital depende el que puedan llegar a mucho más público del que llegaban antes de esta crisis. Decisiones tan sencillas como facilitar el darse de alta a cualquier ciudadano vía digital, ampliar número de préstamos en dichas plataformas digitales, buscar alianzas o suspender sanciones: juegan a favor de ese compromiso de la profesión por resultar útil en una situación así.

La labor prescriptora es esencial. Ahora más que nunca se pone a prueba el bagaje de esos profesionales de la cultura que son los bibliotecarios. De esos perfiles que se cincelan a base tecnología en los planes de estudios arrinconando, muchas veces, a las humanidades. Esas humanidades que ahora tanto ayudan para tener criterio. Saber escarbar más allá de las series de Netflix o Amazon (que todo el mundo ha visto); o de esos best sellers que todo el mundo conoce incluso sin haberlos leído. Y que tanto pueden ayudar a la hora clubes de lectura, cinefórums u otras actividades virtuales.

 

 

Venga lo que venga. Fortalezas y debilidades de los sistemas bibliotecarios van a quedar más subrayadas que nunca. El Institute of Museum and Libraries Services ha recopilado muchas de las iniciativas que diferentes centros de los Estados Unidos han estado preparando para dar respuesta a esta emergencia sanitaria, social y económica.

 

El edificio de la Wuhan Huashan Library aguarda el regreso de sus usuarios.

 

Las bibliotecas de los países por los que la pandemia ha provocado estragos han tomado medidas similares. En China, origen de esta crisis mundial, en pleno epicentro de la epidemia: bibliotecas y librerías se unieron para construir minibibliotecas. Los hospitales temporales, que se veían crecer vertiginosamente en los noticiarios de medio mundo fueron provistos, además de con material sanitario: con miles de libros.

En Corea del Sur, la Biblioteca Municipal de Simin y la Joongang Metropolitana de Busan, pusieron en funcionamiento un servicio de préstamo y devolución de libros drive-thru (como si de comprar una hamburguesa sin bajarse del coche se tratara). Tal cual como se han realizado las pruebas del coronavirus a la población. Una de las medidas que más éxito ha tenido en frenar el contagio en el país.

 

Ilustración homenaje a la ola de Hokusai de la artista nipona Yuko Shimizu.

 

En cada crisis humanitaria que ha castigado a algún país, en los últimos tiempos, siempre han estado las bibliotecas presentes. El terremoto y el tsunami que devastaron Japón en 2011 superó a cualquier coronavirus pero, claro está, no afectó a todo el planeta. Hideaki Kawabata, en 2011, tenía una empresa organizadora de eventos; y el desastre natural le llevó a implicarse a fondo con sus compatriotas.

Pueblos enteros surgieron de la nada, con barracones temporales, para resguardar a la población. Kawabata empezó a donar artículos de socorro para mitigar la situación de los evacuados. Pero fue cuando supo del deseo expresado por los supervivientes de poder leer: cuando se lanzó a donar libros, cómics y demás materiales para los refugios. Y una cosa llevó a la otra.

Kawabata terminó fundando Everyone’s libraries (Bibliotecas para todos), una organización que fue fundando bibliotecas en las prefecturas que resultaron más afectadas. Puede que las viviendas fueran temporales, pero Kawabata supo ver que la manera de mitigar la sensación de desamparo: era creando un lugar en el que la comunidad tomase conciencia de sí misma, y estrechase sus lazos. Y ¿qué lugar podía ser ese más que una biblioteca?

El artista Mark Reigelman creó este ‘Nido para lecturas’, como metáfora de la acogida que dan las bibliotecas, a las puertas de la biblioteca de Cleveland.

 

Tras los devastadores efectos del huracán Sandy en Nueva York, en 2013, el escritor, periodista y crítico de arquitectura de ‘The New York Times’ Michael Kimmelman publicó un artículo sobre el asunto. En él, planteaba soluciones para un desarrollo urbanístico capaz de afrontar cataclismos en entornos urbanos. Siete años después, Next time, Libraries Could Be Our Shelters From The Storm (La próxima vez, las bibliotecas podrían ser nuestros refugios de la tormenta): sigue plenamente vigente.

Entonces la solución de arquitectos e ingenieros pasaba por construir más espacios comunitarios: y las bibliotecas ocupaban el primer lugar. El sociólogo Eric Klinenberg, observó que los numerosos fallecimientos en barrios deprimidos de Chicago, tras la ola de calor de 1995, no se repartían por igual. En aquellas zonas donde contaban con locales públicos, como bibliotecas, el número de muertes disminuía considerablemente.

 

 

Biblioteca-nido, biblioteca-refugio, biblioteca-paraguas. Ahora más que nunca el texto con el que se ha lanzado la empresa filial de Infobibliotecas en los Estados Unidos, y que da también nombre a la revista, ‘Knovvmads‘ cobra doble sentido:

«Somos Knovvmads (acrónimo inglés entre know, conocimiento, y nomads, nómadas) porque creamos en cualquier lugar. Somos itinerantes, dinámicos e innovadores comprometidos con las comunidades a las que servimos»

Puede que el confinamiento haya dejado en suspenso temporal la itinerancia en el sentido más físico. Pero la creatividad, el compromiso y el servicio a las comunidades gana más valor que nunca en esta crisis mundial Covid-19. Nómadas de conocimiento asomados a las múltiples ventanas, físicas y digitales, que se nos abren para comunicar, y sobre todo, conectar a través de la cultura.

 

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Mimo mi biblioteca

Lo que se cuida se quiere. Así de simple. Y si hay algo de lo que adolece, en demasiados casos, nuestra sociedad: es de cariño hacia lo público.

Estos últimos días se ha abierto un pequeño debate por los corrillos bibliotecarios de Twitter a cuenta de las sanciones en bibliotecas. Las noticias, desde el otro lado del Atlántico, sobre bibliotecas que habían decidido eliminar su política de sanciones por retrasos: encendieron la mecha.

La bibliotecaria de la Biblioteca Pública de Toronto, en 1955, llevando libros a los niños ingresados en el hospital local.

 

Pero el matiz que lo cambia todo es el hecho de que en las bibliotecas estadounidenses se multa, y en las españolas, no. Relacionar las sanciones de bibliotecas en nuestro entorno con las desigualdades sociales: tiene cabida en el caso de que esas sanciones fueran de carácter económico. Pero si lo que se pide es simplemente cortesía para el resto de ciudadanos, que también tienen derecho a disfrutar de esos bienes que son de todos: el debate se acaba pronto.

En las sociedades nórdicas, al menos esa es la impresión vistas desde la lejanía, el cumplimiento de las normas cívicas es algo que parece que no requiere de sobresfuerzos prohibitivos. El civismo y respeto a lo público va implícito en su cultura. De ahí que las bibliotecas en nuestro país pueden jugar un papel, diminuto cierto, pero papel, en educar en ese civismo, en ese respeto hacia lo que es de todos.

Hace ya más de 20 años, concretamente en 1998, la biblioteca donostiarra Koldo Mitxelena ya planteaba montar una exposición de documentos destrozados por los usuarios de la biblioteca.

Durante estos veinte años alguna otra biblioteca ha recurrido a una exposición de los horrores en que se pueden convertir los fondos de las bibliotecas en manos de algunos usuarios. Añadir cartelas con el precio (es decir: lo que todos hemos pagado) y el número de préstamos: ahonda en la labor de concienciación con este tipo de expo/denuncias bibliotecarias.

 

 

Pero también hay otras formas de concienciación que, casualmente, coinciden con movimientos muy en boga en los últimos tiempos. La ecología ha pasado de tendencia o moda hipster que daba fuste en semanarios y revistas a necesidad imperiosa.

Las idílicas postales de bienestar burgués que nacieron con la sociedad de consumo cada vez más se tiñen de sombras más siniestras. Reciclar y combatir la obsolescencia programada se ha convertido en imperativo, y las bibliotecas, no pueden quedar al margen.

 

Miguel Brieva se ha convertido en un autor especialmente incisivo en sus análisis ilustrados del mundo contemporáneo.

 

Como ya recogíamos en Bibliotecas recicladas, bibliotecas circulares: según el informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) sobre la economía circular de los libros: las bibliotecas son instituciones bastante competentes (o al menos tienen posibilidades para serlo) en cuanto a practicar una economía circular del libro. En uno de los puntos que destacábamos del informe se dice:

  • como espacios privilegiados a la hora de llegar a un público joven, las bibliotecas son lugares idóneos para fomentar y educar en la reutilización y el reciclaje, de todo en general, y de los libros en particular. A través de actividades lúdicas y atractivas practicar la pedagogía en torno a la ecología del libro en las bibliotecas.

Y en la Biblioteca Pública de Woodland (California) llevan tiempo poniendo en práctica este consejo del informe del WWF.

Los voluntarios de la Biblioteca Pública de Woodland demuestran tener sentido al humor al haberse bautizado con el nombre de una colección de libros de terror de los años 90.

Hasta un total de 10000 libros pertenecientes a sus fondos han sido restaurados por parte de voluntarios. La labor de estos voluntarios, denominados los «Spinetinglers», ha conseguido ahorrar miles de dólares a la biblioteca. Además, gracias a su trabajo, muchos libros imposibles de conseguir al estar descatalogados: consiguen una segunda, tercera o cuarta vida.

Dirigidos por una artista local, Marcia Cary, los voluntariosos ‘mecánicos de libros’ se reúnen semanalmente. Los talleres de restauración de libros se han convertido en una actividad ideal para programar en bibliotecas.

Un modo de implicar/concienciar a los usuarios de bibliotecas en el cuidado y respeto del bien público.

Unos talleres que se pueden poner en práctica para cualquier edad y que apelan a dos de los objetivos bibliotecarios fundamentales: ofertar actividades relacionadas con la cultura y promover la conciencia cívica.

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Unboxing bibliotecario

 

Desempaquetar, desembalar, desenvolver…¿realmente era necesario utilizar un anglicismo para titular este post? ¿No hay suficientes palabras en castellano para describir el hecho de abrir una caja o envoltorio? Obviamente las hay. Pero la mayoría de vídeos de Youtube que han popularizado el término tienen tan poco fuste que mantener el anglicismo se convierte en una venganza.

El castellano para lo respetable; el inglés para las chorradas. Clasismo lingüístico comme il faut.

 

Los orígenes del unboxing según cuentan se remontan a 2006 y nació con el desempaquetado de productos tecnológicos. Una metáfora impecable. La rudimentaria, arcaica, pero, todavía imprescindible caja de cartón: siendo destripada para dar a luz alguna maravilla de la tecnología. A partir de ahí, el unboxing se ha intensificado hasta acumular likes y visionados por millones.

Youtubers e influencers desempaquetan de manera compulsiva frente a las cámaras. A falta de rituales, en ausencia de ceremonias: los sacerdotes de nuestro tiempo ofrecen liturgias de desempaquetado. Igual que Áaron y sus hijos sacrificaban carneros ante Yavé en el Antiguo Testamento. Mientras, el dios Amazon sonríe complacido por la obediencia de sus fieles. ¿Se nos fue la mano en la comparativa? En lo literario puede ser, en el trasfondo, ni un poco.

 

La sonrisa de las cajas de Amazon y la sonrisa del Joker: ¿parecidos razonables?

 

Si el unboxing remite a algo es a otro rito asociado a una festividad de orígenes religiosos: los Reyes Magos. Esta moda lo que explota es la sensación de expectación y alegría al abrir los regalos junto al árbol navideño. Nos infantiliza y gratifica de inmediato. Y ese potencial no tiene porqué desperdiciarse desde un punto de vista del marketing bibliotecario.

Algunas bibliotecas acumulan ya experiencia en esto de explotar el efecto sorpresa o la emoción de enfrentarse a lo desconocido con total confianza. Ya en 2012, en la biblioteca pública de Seattle (Washington) pusieron en marcha las bolsas secretas diseminadas por sus estanterías.

Más adelante, llegaron las mochilas con contenidos secretos dirigidas a público infantil adaptadas por varias bibliotecas españolas. Y esta semana: más de una volverá a proponer citas ciegas con la biblioteca con motivo de San Valentín.

 

 

Pero si hablamos de unboxing, en sentido estricto, la última variante al respecto nos llega desde Francia. En la red de mediatecas de Pau, la capital francesa del Departamento de los Pirineos Atlánticos, llevan un tiempo ofreciendo el servicio de cajas literarias (Bouqu’in Box). Un paso más allá en la necesaria labor prescriptora sobre la que tanto se habla en el mundo bibliotecario.

Si el dios Amazon nos come terreno combatámoslo con sus mismas armas: cajas y recomendaciones a la carta. Se parte de un formulario en línea en el que el usuario que quiera usar el servicio va introduciendo datos: sus libros favoritos, sus gustos, el último libro que leyó… Y en 15 días puede pasar a recoger la ‘caja literaria’ en la sucursal en la que haya elegido. El plazo es un mes renovable por otro mes.

Lo que se echa en falta en estas cajas es que no fuesen solo literarias. Somos cansinos, sí, pero ya hemos dicho muchas veces que las bibliotecas promueven la cultura, no solo la lectura. Así que añadiríamos también cómics, películas o música. Tal cual como se hace en los Packs de préstamo de la BRMU, que en este 2020, van a vivir un relanzamiento. Aunque en este caso no se formen a partir de un formulario completado por los usuarios.

 

 

Lo que sí aprovechan los bibliotecarios galos es para incluir merchandising sobre la red de bibliotecas en las cajas. Y para concluir cada temporada de cajas literarias llevarán a cabo un sorteo, y quien lo gane, conseguiría una caja ‘premium’. En esta caja especial se añadirá a la obra seleccionada un producto fabricado por un artesano local.

De este modo los lazos de la comunidad a través de la cultura, y gracias a las bibliotecas, se refuerzan y tienen su proyección en las programaciones que diseñan las diferentes sucursales de la red.

El unboxing bibliotecario también puede conocer otra vertiente relacionada con las estrategias de comunicación en redes. Antes citábamos a youtubers e influencers, principales exponentes de este fenómeno del unboxing. Los booktubers no son ajenos a la tendencia: todo lo contrario. Por eso igual que iniciativas como las box littéraires se miran de tú a tú con Amazon; otro tanto se puede hacer desde las redes de las bibliotecas.

 

 

Poner en práctica el unboxing cada vez que llega un pedido a la biblioteca. Grabarse abriendo las cajas, comentando las novedades aprovechando para ‘venderlas’ a potenciales usuarios, y compartiéndolos bien en Youtube o en los stories de Instagram o Facebook.

No es algo que no hayan hecho ya en más de una biblioteca pero que no se explota lo suficiente. Y quien dice unboxing dice también a la hora de catalogarlo, o de tejuelarlo: cámara subjetiva a cuestas y comentarios en off del bibliotecario. El proceso para magnetizarlo mejor lo dejamos fuera del exhibicionismo de este trasunto de reality bibliotecario. No es cuestión de dar pistas sobre los sistemas antihurto de la biblioteca. Siempre es bueno mantener algo de misterio.

Y para terminar un post repleto de cajas, packs y redes sociales nada mejor que rescatar uno de los anuncios de la última campaña de Correos. ¿De qué hablarán las ordenadas cajas o packs bibliotecarios mientras esperan ser recogidos por sus usuarios?

 

 

Fuente: ActuaLitté, les univers du livre

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Se vende biblioteca

 

La semana pasada pasó algo con eFilm, la plataforma de visionado en streaming para bibliotecas desarrollada por Infobibliotecas, que aunque previsible: resulta interesante de analizar.

Imagen de la campaña publicitaria de la Free Library of Philadelphia.

 

De manera simultánea, en ‘El País‘ y en ‘Cinemanía‘, le dedicaron sendos reportajes a las enormes posibilidades que dicha plataforma ofrece. Torrelodones fue el primer municipio que apostó por eFilm; y en 2018, Murcia, sería la primera comunidad autónoma en ponerlo en funcionamiento. Entonces, hubo cierto eco en medios en su mayoría locales, pero el impacto no ha tenido nada que ver con el hecho de haber salido en cabeceras de tirada nacional.

Tras los dos citados se ha ido extendiendo la noticia y se han publicado nuevos artículos o reseñas en ‘El Español‘, ‘ABC‘, o en webs tecnológicas de referencia como ‘Genbeta‘ o ‘Xataka‘, u otros medios especializados como ‘Sensacine’.

 

 

La mayoría de medios se limitan a repetir la misma información más o menos resumida. Pero hay que agradecer especialmente a un medio orientado a la tecnología que haya sido el que más ensalce y reconozca la labor que desarrollan las bibliotecas públicas. John Tones, en ‘Xataka’, escribe:

«pero las bibliotecas públicas siempre han sido un oasis fílmico al que recurrir cuando aprieta el bolsillo o ya hemos devastado colecciones propias y ajenas, y no quedan novedades a las que recurrir. Desde los tiempos del VHS, el préstamo de películas ha estado en las bibliotecas, de forma legal y gratuíta. Los tiempos cambian pero, por suerte, la función de servicio público de estas instituciones, no»

De todo este revuelo en torno a eFilm y de las reacciones, comentarios a las noticias, retuiteos y reflejos en sucesivos medios se pueden sacar varias lecturas:

  • lo que ofrecen las bibliotecas públicas sigue siendo un misterio para la mayoría de los ciudadanos
  • las redes sociales tienen muchas limitaciones por mucho que las sintamos omnipresentes y monopolicen, en ocasiones, el debate público
  • la fragmentación de la información en nichos es una realidad
  • las jubilaciones anticipadas de medios considerados tradicionalistas, y por ello, en decadencia: es un deseo de algunos más que una realidad.

«Podrías estar leyendo»: la empresa de publicidad Lamar Advertising lanzó una campaña para la Biblioteca Pública de Milwaukee en vallas publicitarias. Para promover una campaña de alfabetización jugando con los logos de las redes sociales. 

 

¿Qué no habría pasado si la misma noticia hubiese salido, además, en los telediarios de las diferentes cadenas, en Días de cine, Cámara abierta, o ya por hacer teleficción delirante, en el Sálvame o Gran Hermano? Desengañémonos, si es que acaso alguien se había engañado. El potencial publicitario de las redes sociales de una biblioteca pública es muy, muy limitado. Y no solo de las bibliotecas. Las redes sociales han creado un mundo falso que podemos llegar a confundir con la realidad. Y no es así.

 

‘Pon tu cara en un libro’: la campaña para la Biblioteca Pública de Milwaukee jugando con el logo de Facebook.

 

La endogamia informativa es lo que hace girar a las redes sociales. Alguno argumentará que también a los medios tradicionales (y no les falta razón): pero ese aspecto achacable al resto, en las redes, se acentúa hasta el paroxismo. El caso que es la televisión, esa ventana por la que el mundo (según la visión de algunos), entraba en los hogares; y la prensa, ese invento decimonónico al que los jóvenes no parecen prestar atención: siguen siendo transcendentales para provocar algún impacto.

Con las redes, en la mayoría de los casos, hay que contentarse con el logro de predicar a los ya conversos. Al resto de ciudadanos, los no usuarios si hablamos de bibliotecas, ni les llega un lejano eco.

«¿140 caracteres? prueba millones»: la campaña para la Biblioteca Pública de Milwaukee jugando con el logo de Twitter.

 

Y lo triste es que, ahora que las bibliotecas fomentan cultura, no solo la lectura: muchas de sus ofertas interesarían, y mucho, a ese alto porcentaje de ciudadanos que ni leen, ni se lo plantean. Pero las redes de bibliotecas, por mucho empeño que pongan: no llegan ni a arañar la capa de prejuicios en los que incurre la mayoría de la población. Y lo que es más grave: los propios responsables políticos de dichas instituciones.

Por eso, aún es más de valorar la entradilla de John Tones en Xataka. No es algo habitual de ver en las sempiternas noticias en torno a bibliotecas. Notas de prensa, que en ocasiones, parecieran lanzadas por el mismo bot aburrido de haberle tocado en desgracia publicar algo que va a provocar tan poco clickbait.

 

El próximo libro de Gilles Lipovetsky, que Anagrama publicará en España, versa sobre la sociedad de la seducción.

 

Precisamente el medio que dio el pistoletazo de salida a la noticia sobre eFilm, ‘El País’, publicaba una entrevista con el sociólogo y escritor francés Gilles Lipovetsky, de la que extraemos una respuesta interesante:

¿Se refiere a un apoyo político prioritario a la educación y a la cultura? Es raro encontrarlo. En España, no, desde luego. Sí, hablo de eso, pero no hacen falta grandes proyectos. ¡Estoy contra los proyectos culturales grandiosos! Al final eso acaba solo en el star system. Si Mitterrand hubiera dedicado el gasto de sus obras faraónicas en París a mejorar las infraestructuras culturales de las ciudades de provincia, o a mejorar la situación de la banlieue, todo habría ido mejor. […] Es un tema de voluntad política, ¡se trata de hacer que la gente diga lo que le gusta, no solo a quién detesta!

 

Y las bibliotecas, al menos en nuestro país, nunca han entrado en el apartado de obras faraónicas. Las bibliotecas son esas infraestructuras culturales de las ciudades de provincia de las que habla Lipovetsky; y de los barrios, que añadimos nosotros. Por eso, sin el apoyo del organismo superior competente, toda campaña de marketing de una biblioteca para vender sus servicios choca con un techo de cristal.

Si hay algo que han repetido en la citada noticia sobre eFilm: es un potencial para combatir la piratería de contenidos culturales. Aaaaalgo que ya hemos dicho aquí muchas veces, no ya solo de eFilm, sino de las bibliotecas en general. Pero claro estamos predicando a conversos. El mensaje no llega. En cambio, en ninguna de las numerosas campañas que el Ministerio de Cultura ha hecho contra la piratería se ha mencionado a las bibliotecas.

 

‘Spain is different’ el eslogan promovido por el entonces ministro de turismo, Manuel Fraga, que se terminó convirtiendo en todo un clásico intergeneracional.

 

Los respectivos ministerios, a lo largo de los años, han invertido partidas presupuestarias en campañas contra el tabaquismo, la piratería, el fraude fiscal, para evitar los accidentes de tráfico, etc… Algunas con una eficacia nemotécnica innegable: Si bebes no conduzcas; Póntelo pónselo; Hacienda somos todos; Pezqueñines, no gracias; Todos contra el fuego.

Del Ministerio de Cultura destacan algunas muy recientes como la de: No piratees tu futuro, y la más reciente, de Somos patrimonio. En la primera las bibliotecas ni aparecen; en la segunda al menos, al comienzo del spot se sitúa en una biblioteca. El lema de la campaña para fomento de la lectura 2017-2020: Leer te da vidas extras: era ingenioso.

 

Pero ¿sirve una campaña de fomento de la lectura como sustitutivo de una campaña, dedicada en exclusiva, a vender lo mucho que ofrecen las bibliotecas, además de lectura? Y quien dice administración central, dice autonómicas o locales. ¿Se pone dinero solo en publicitar lo que interesa electoralmente? La ingenuidad implícita en la pregunta hace que nos ruboricemos mientras se escribe.

 

 

En el post precedente hablábamos de las demandas de la asociación de bibliotecarios francesa al Ministerio de Cultura de su país. Y ahora, en nuestro país, es FESABID quien acaba de hacer un llamamiento a todas las Administraciones Públicas.

Este llamamiento se concreta en una declaración que, partiendo de los resultados obtenidos en el estudio Las bibliotecas públicas en España diagnóstico tras la crisis económica, reclama a las Administraciones un compromiso para reactivar y reforzar las redes de bibliotecas públicas.

La declaración bajo el lema «Bibliotecas públicas españolas: la casa común de nuestros pueblos y ciudades» se hizo pública en la sede de la Federación Española de Municipios y Provincias; y tal y como informan desde Docuweb:

FESABID aboga por el compromiso de las Administraciones para el desarrollo de una política bibliotecaria que fortalezca estos servicios para garantizar los derechos de la ciudadanía en el acceso equitativo a la información, la educación, la cultura y el conocimiento.

 

Para afrontar estos problemas FESABID reclama un compromiso de todas las Administraciones. Y para empezar ese compromiso de la manera más sencilla: ¿qué tal una campaña publicitaria en condiciones para ‘vender’ lo mucho que ofrecen las bibliotecas?

 

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Bibliotecas recicladas, bibliotecas circulares

 

En enero de 2018, la noticia sobre unos basureros turcos que habían formado una biblioteca gracias a los libros que rescataban de la basura: ayudó a completar el reducido cupo de noticias edificantes/curiosas en torno a la cultura que se permiten los medios generalistas.

La noticia satisfacía dos conciencias colectivas asumidas en positivo por el discurso de nuestro tiempo: la ecológica y la cultural. Por un lado, la necesidad de reciclar como respuesta ciudadana ante la deriva desbocada de la sociedad de consumo; y por otro, esa visión romántica y apocalíptica que sugiere la idea de un libro desechado como metáfora de una civilización en decadencia. La ración homeopática justa para que a continuación los medios (y quien dice medios incluye también al runrún incesante de las redes): puedan proseguir llenando de basura informativa la crónica de actualidad.

 

Uno de los bancos, con forma de libro, desde los que contemplar el Bósforo en Estambul.

 

Lo que hubiese alterado, profundamente, el sentido de la noticia de haberse descubierto: es el hecho de que, imaginemos, algunos de esos libros hubieran sido expurgados de una biblioteca. Al decir esto en un blog cultural orientado, principalmente, al gremio bibliotecario no se corre ningún peligro. Pero la misma información soltada a bocajarro ante la mesa de algún concejal de cultural o de una asociación de vecinos: puede dar más armamento electoral a la oposición política que la recalificación urbanística de un parque natural.

Que los basureros reciclen libros y con ellos monten una biblioteca es algo reconfortante. Denota el espíritu de progreso de unos proletarios; expresa el respeto que aún se conserva, pese a todo, en esta sociedad hacia los libros. Un respeto tan, tan grande en muchos casos, que por eso un gran porcentaje de ciudadanos ni se les ocurre acercarse a ellos. Es el mismo respeto que lleva a declarar en las encuestas que se está a favor de las bibliotecas: aunque jamás se pise una.

 

El libro posee un valor cultural tan importante en Francia que encontrarse uno en la basura es algo inconcebible para muchos.

 

Una doble moral en la que, muchos por no decir todos, caemos si no es en el asunto de los libros, o en el del reciclaje: en algún otro, que igual, no queremos reconocernos. El sentimiento de culpa, que tan magistralmente administraba la religión: ahora se ha potenciado en tantos ámbitos de nuestra vida que ya no hay escapatoria posible. Y la persecución de cualquier desliz se denuncia con severidad, La picota digital no tiene un segundo de descanso.

La homeopatía, remedios naturales y demás conocimientos de los englobados dentro de las denominadas pseudociencias son uno de los nuevos anatemas. Y pobre de la biblioteca, centro educativo o espacio cultural, que en un despiste, dé cobijo a alguien que defienda algo que se pueda asociar, remotamente, a alguno de estos asuntos.

 

Noviembre fue el mes elegido para convertirse, cada año, en el mes de la divulgación científica en las bibliotecas gallegas.

 

Afortunadamente la ciencia y su divulgación (gracias en parte a las bibliotecas) están desvelando a mucho gurú falso (¿hay alguno verdadero?): pero el encono y la vehemencia que se pone en la persecución de los que aún confían en estos remedios remite a tiempos propios de supercherías y represión inquisitorial. Y ya que estamos en ambiente medieval hagamos un poco de abogados del diablo.

Si un usuario, que como todos, paga los impuestos con que se sostienen las bibliotecas públicas quiere creer en: el tarot, la medicina natural o los remedios caseros, y solicita que se le compren esos libros: ¿han de respetarse sus gustos o ha de ser incluido en la lista de sospechosos en la que, inevitablemente, entraría uno que solicite un manual para formar parte del ISIS?

 

Como se puede comprobar este post viene torrefacto. Porque ahora volviendo a cuestiones de reciclaje y respeto por el medio ambiente nos preguntamos, una vez más: ¿qué se puede hacer desde las bibliotecas? Y echamos un nuevo tronco a la hoguera: ¿qué pasa con los carnés de biblioteca?

Hace un tiempo eran de cartón aunque, en muchas bibliotecas, se plastificaban o recurrían a fundas de plástico: con lo cual tanto daba. Si ya existen los DNI electrónicos y con ellos se pueden hacer infinidad de gestiones: ¿no sería la mejor opción para jubilarlos? Aunque es más probable que sean los móviles, a través de la consiguiente app para hacer préstamos, los que den el tiro de gracia a los carnés de biblioteca.

 

En el reciente viaje de Infobibliotecas a Liberia, una de las visitas, fue a una planta de reciclado de Coca-Cola. En ella se prensaban las botellas del refresco y se procedía a reciclarlas, para con ellas , fabricar desde una cancha de baloncesto al suelo para una escuela o biblioteca.

Coca-Cola, empresa emblemática del capitalismo occidental: ha lanzado su primera botella  fabricada con plástico reciclado recogido de los océanos.

 

Aunque si a esas olas de indignación y linchamiento que diariamente recorren las redes les diera por girar su mirada hacia las bibliotecas: igual no era tanto por el plástico de los carnés sino por el papel de los libros.

Las arrinconadas bibliotecas siempre podrían blandir las estadísticas crecientes de préstamos digitales de libros y películas, como atenuante de conciencia ecológica. Pero, una vez han mordido a la pieza, las jaurías de las redes no sueltan tan fácilmente a su presa.

Por ello el informe que acaba de publicar el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) sobre la economía circular de los libros nos deja varios apuntes de especial interés para repasar.

 

 

¿Hacía una economía más circular en el libro? es la pregunta que encabeza este pormenorizado estudio sobre la situación de los libros de papel y su impacto en el medio ambiente.  Para ello se centra, sobre todo, en soluciones para el sector editorial que los produce: pero abarca a todos los escenarios por los que se mueve el libro incluyendo, claro está, a las bibliotecas.

El reciclaje se erige en la solución mayoritaria para dar salida a la cantidad ingente de libros que se desechan en grandes cantidades. Pero no la única. Según los datos recogidos en el informe del 30% al 70% de los libros desahuciados podrían ser reciclados como papel para imprimir, y el resto, serviría para fabricar productos a base de fibra como cajas, toallas de papel o papel higiénico.

 

Una nueva ecología del libro es posible.

 

La WWF señala la sobreproducción editorial como uno de los mayores problemas para esta economía circular del libro. Por eso insiste en la necesaria racionalización y transparencia de los procesos de la industria editorial, como primer paso, para revertir los efectos nocivos de tantos libros desechados. Y hacia el final, da soluciones para cada uno de los actores que interactúan en el mundo del libro. En nuestro caso, como es de esperar, nos quedamos con los consejos dirigidos a bibliotecas:

  • según señala el informe las bibliotecas ya son un modelo de economía funcional o economía compartida o solidaria: por lo tanto tienen puntos a favor desde el punto de vista ecológico.
  • centrándose en algo que escandaliza, cada cierto tiempo, a personas poco familiarizadas con las bibliotecas y su funcionamiento y/o a medios necesitados de polémicas: el necesario expurgo que llevan a cabo las bibliotecas puede verse compensado con una política de donaciones o ventas de segunda mano. En cuanto a los impedimentos legales que puedan surgir de cara a estas ventas el estudio lo dice claro: «el argumento legal que se usa a menudo para oponerse a la reventa en bibliotecas no tiene una base real, y la jurisprudencia claramente favorece la donación o venta a un precio bajo.»
  • las bibliotecas deben ser centros de recolección para el reciclaje efectivo de libros que no puedan venderse o donarse. WWF pide transparencia a las bibliotecas en la gestión de los libros una vez son desechados.
  • como espacios privilegiados a la hora de llegar a un público joven, las bibliotecas son lugares idóneos para fomentar y educar en la reutilización y el reciclaje, de todo en general, y de los libros en particular. A través de actividades lúdicas y atractivas practicar la pedagogía en torno a la ecología del libro en las bibliotecas.
  • para el final el informe deja una nota a destacar: las bibliotecas en realidad solo representan el 2% de las compras de libros. El mayor porcentaje, un 98%, lo tiene la compra por parte de particulares. Claro que están hablando de Francia; no de España.

 

 

Precisamente en la web El asombrario & Co. se publicaba hace unos días un artículo con un título de lo más positivo: Los libros de papel resisten y se hacen más sostenibles. En él, aparte de abundar en las noticias que confirman la vigencia del libro en papel y el estancamiento del digital: se habla del sello de certificación ecológica FSC que garantiza que el papel que llega al consumidor haya pasado por todos los estándares de sostenibilidad.

En España hay pocas editoriales que se hayan sumado a esta certificación en sus libros.

La primera en hacerlo fue Penguin Random House cuando lanzó en nuestro país el libro de Isabel Allende: El bosque de los pigmeos. Y desde entonces han estado trabajando hasta conseguir, en este 2019, que todos sus libros puedan lucir dicha certificación.

Otros sellos como Impedimenta, Errata Naturae o Plaza y Valdés ya están utilizando también papel con el sello FSC en muchos de sus libros. Apuestas de futuro que nos afectan a todos: librerías, editoriales, lectores y bibliotecas.

Bibliotecas recicladas (en el amplio sentido de la palabra), bibliotecas circulares. En definitiva, bibliotecas por el futuro.

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