Mujeres que nos gustarían como bibliotecarias [5]: Loola Pérez

 

Loola Pérez. Fotografías Miguel Sotomayor

Un año después, tras un nuevo 8-M, retomamos la serie que iniciamos el año pasado. Figuras femeninas ajenas al mundo bibliotecario, pero cuyos discursos creativos, científicos o de pensamiento: abren debates y perspectivas siempre interesantes.

Es algo incuestionable que el movimiento social que más profundamente ha modificado la sociedad occidental, desde finales del XIX, ha sido el feminismo. La lucha por la emancipación y la igualdad de derechos entre hombres y mujeres se ha erigido en un elemento de cambio y avance que trasciende fronteras.

Llegados a este punto son más necesarias que nunca voces que discrepen, cuestionen y desmonten los discursos únicos que puedan fosilizar al movimiento reduciéndolo a dogmas y eslóganes. Y en ese incómodo, pero honesto, punto se posiciona la quinta de nuestras bibliotecarias en potencia.

Loola Pérez, con esa doble O que actúa cual anteojos que amplían la realidad para no perder detalle, graduada en Filosofía, integradora social, sexóloga educativa y, actualmente, estudiante de Psicología: es una voz disonante con algunos de las posturas más asentadas del discurso feminista. Y esa discrepancia, ese cuestionamiento, esa llamada a la reflexión serena y al debate saludable: es algo que siempre debe encontrar refugio en las bibliotecas.

 

LOOLA PÉREZ

 

Arranquemos hablando de gustos culturales. ¿Qué te ha influido más: la lectura, la música, el cine o, dado que has crecido en plena eclosión de Internet: el mundo digital?

Sin duda, la lectura. Desde muy pequeña me ha gustado leer y es una afición que conservo a día de hoy. Tuve muy buenos profesores en Lengua y Literatura y eso fue un extra de motivación. Cuando era adolescente me decantaba más por la novela, ahora es difícil sacarme del ensayo. Lo último que he leído ha sido El liberalismo del miedo de Judith Shklar. También es cierto que lo que más leo ahora son artículos de investigación. Es una de las cosas positivas de seguir estudiando, que te obliga a estar actualizada.  

En tu reciente ensayo ‘Maldita feminista: hacia un nuevo paradigma sobre la igualdad de sexos’ (Seix Barral, 2020) dices una frase que resulta simpática y esperanzadora: «Pensar nunca será un titular en la portada de ‘Forbes’, pero soy lo suficientemente joven y repelente como para seguir reivindicándolo«. ¿Crees que la curiosidad intelectual, el aprendizaje continuo, son imprescindibles para que ese espíritu no se pierda con los años?

Por supuesto. El triunfo actual del sensacionalismo nos lleva a la especulación y alimenta las teorías de la conspiración… Esto fomenta la desconfianza entre la ciudadanía. Hay como una vuelta al relativismo, a la idea de que la verdad no existe… 

La figura del tertuliano, que no es más que el cantamañas de toda la vida, está siendo más rentable que nunca. Coincide, además, en una época donde se hace más difícil el periodismo de investigación: y se ha devaluado profundamente la Filosofía. En tiempos de impúdica irracionalidad hay que poner la Filosofía en el centro del saber, reestructurar su currículo en la etapa educativa. Y hacer de las facultades espacios de aprendizaje mucho más atractivos y prácticos.

Cuando la gente ignora lo que es un argumento, no sabe evaluar una prueba, no conoce cómo fundamentar un juicio crítico o en qué profesionales puede apoyarse: se vuelve mucho más permeable al dogmatismo ideológico, las pseudociencias o el populismo político. Vale que todas las personas pueden tener una opinión: pero los hechos son los hechos. 

 

Las bibliotecas públicas estadounidenses se han convertido, en muchas ocasiones, en objetos de deseo para movimientos de derechos sociales que ven en ellas escaparates idóneos. ¿Crees que pueden jugar un papel como instituciones que sirvan para acoger un debate abierto y sosegado?

Creo que las bibliotecas públicas pueden ser una alternativa a los espacios de debate universitario, especialmente ahora que muchas universidades se prestan al juego de la censura como pasó en la Universidad de La Coruña a propósito de unas Jornadas sobre trabajos sexuales y derechos o en la Universidad Pompeu Fabra con una intervención sobre transexualidad del profesor Pablo de Lora.

Además, las bibliotecas públicas son mucho más cercanas a la ciudadanía que las universidades, las cuales continúan arrastrando cierta fama de elitistas. No sería mala idea convertir las bibliotecas públicas en el estandarte del libre pensamiento. 

Hace muy poco se ha reeditado en nuestro país el ensayo de Camilla Paglia ‘Sexual personae’. En tu ensayo reconoces enfrentarte a los libros de Paglia desde el amor y el odio. Te remueven, te cuestionan, te hacen replantearte las cosas. ¿Figuras incómodas como Paglia son ahora más necesarias que nunca para no caer en dogmatismos?

Paglia es un huracán. Es una mujer inteligente, llena de fuerza, una especie de heroína moderna que huye del victimismo y la mojigatería. Pero también, como autora, llega a ser en ocasiones muy intensa y esencialista. Supongo que eso es lo que me gusta y admiro de ella: que no hace falta que piense como yo para reconocer que es una tía intelectualmente arrolladora.

Su disidencia es necesaria en el movimiento feminista. Argumenta contra los excesos del feminismo hegemónico, celebra la belleza, evade el constructivismo, reconoce la importancia de la biología en los sexos…. No se la puede comparar con un trol de internet ni con un extremista de ultraderecha. Tiene estilo propio y no se deja influir por la presión social que, a veces, el feminismo hegemónico ejerce en personas que trabajan en el ámbito académico. 

En un panorama tan polarizado ideológica y políticamente como el actual: ejercer la disidencia supone asumir riesgos. ¿Te preocupan más los ataques de aquellos sectores que defienden una visión única del feminismo; o el apropiacionismo distorsionado que de tu discurso puedan hacerse medios o grupos en las antípodas de tu pensamiento?

Bueno, el apropiacionismo distorsionado es previsible, pero no me quita el sueño. Yo soy muy clara y también expreso en Maldita Feminista cómo me preocupa la amenaza de la ultraderecha. La gente que me sigue sabe perfectamente cuáles son mis valores, ideas y compromisos. Que alguien pueda decir que yo le hago las palmas a la ultraderecha me parece de risa. Solo un buen idiota puede decir eso cuando mis referencias provienen de otras autoras feministas, y mi visión, es indisociable de los derechos humanos.  Así que…

Me preocupa más la visión única del feminismo porque, siendo un movimiento sumamente transformador y de importancia vital en las democracias, está perdiendo su esencia y convirtiéndose en una parodia. Por ejemplo, las mujeres son las principales perjudicadas en un sistema sexista, pero reducir la posición social de estas a un estado perpetuo y atemporal de victimización no contribuye a la emancipación sino que, por el contrario, despoja a las mujeres de su capacidad de agencia, de su derecho a equivocarse, de su resiliencia, de la posibilidad de ser malas… 

Como integrante de esa generación que se ha dado en bautizar como millennial las redes sociales son un ámbito en el que te desenvuelves con soltura. Tu cuenta de Twitter, en la que apareces como @DoctoraGlas, es muy activa en todos los sentidos. Lejos de rehuir la confrontación respondes siempre argumentando y razonando tus posturas.

¿Piensas que un intelectual en el siglo XXI puede inhibirse del estruendo mediático continuo de las redes sociales? ¿Estar en ellas, es condición imprescindible para analizar nuestra realidad más inmediata?

Bueno, cada persona tiene diferentes expectativas y motivaciones al respecto. Las redes sociales no son toda la realidad, pero sí una parte de nuestro mundo y estar ahí hace que tu mensaje puede llegar a mucha gente… Muchas personas, tanto de España como de fuera de nuestro país, me escriben a menudo para confesarme que gracias a mis puntos de vista y reflexiones se han reconciliado con el feminismo. Eso me da mucha energía.

A veces no es fácil estar en Twitter, pero discutir a través de ese medio hace que practique la agudeza, que fortalezca mi seguridad personal a la hora de exponer mis convicciones y conocimientos, ejercer mayor control de mi temperamento, aprender nuevas ideas o incluso, hace que me enfrente a lo que Ovejero llama ‘chatarra retórica’. También tengo mis límites, aunque a veces me los salto (risas). No me gusta discutir con quien me da órdenes, cuando el error se convierte en falta, cuando se distorsiona con mala fe aquello que expreso o si el insulto precede al argumento. 

Paglia, en Vamps & Tramps, decía que el inmenso underground del cómic ha escapado a la policía del pensamiento feminista. Figuras como Eric Stanton, con sus cómics sadomasoquistas; o el cineasta Russ Meyer, con sus heroínas supervixens, se dirigían a un público masculino. Y paradójicamente, para excitar a los hombres, creaban mujeres  independientes, poderosas y fuertes.

¿Se elude la complejidad de la sexualidad, tanto masculina como femenina, para ajustarnos a las exigencias de un discurso biempensante?

¡Me encantan las supervixens! No solo es que transmitan esos valores de independencia, poder o fuerza también representan la exuberancia, la libertad sexual, lo salvaje… En lo que no estoy de acuerdo es en la idea de que la representación de esas figuras femeninas explícitamente sensuales y sexuales tuviera el único objetivo de excitar a los hombres. Al contrario, creo que expresa el deseo femenino sin necesidad de pedir perdón o de justificarlo a partir de elementos románticos. Son personajes independientes de la mirada masculina y por ello escapan de la cosificación.

La verdad que ver hoy una película de Meyer en La 2 sería imposible: lo cual sirve para pensar sobre si estamos ante una vuelta al puritanismo. Es injusto que uno de los cineastas que más ha contribuido al erotismo en el cine fuera calificado por algunos sectores feministas como viejo verde, y hoy, condenado al olvido por el auge de la mojigatería. Posiblemente hay más estereotipos de género en series como Cómo conocí a vuestra madre que en las películas de Meyer.

 

 

Ahora, no me cabe la menor duda, de que tanto en el ámbito privado como social, pese a estos titubeos, hay una mayor libertad sexual. Eso es un triunfo del feminismo. Vivimos la sexualidad con menos tabú. Sin embargo, me preocupa que en nombre del feminismo se descalifique el hecho de que haya mujeres que puedan disfrutar del sexo de una sola noche con desconocidos; que puedan tener fantasías políticamente incorrectas o que les guste la pornografía. ¿Con qué derecho esas feministas de pacotilla le dicen a otras mujeres cómo deben gestionar su vida sexual para no ofender un supuesto ideal igualitario?

Decía la actual Directora del Instituto de la mujer que ‘hay que follar con empatía’ y a mí, personalmente, me daba la risa. Cuando muchas mujeres hemos tenido sexo de una sola noche no hemos pensado en la empatía sino en el consentimiento, en el respeto y en el placer. Es curioso porque la misma generación que años atrás reivindicó el ‘amor libre’ y el ‘sexo sin compromiso’ viene ahora a decirnos a muchas jóvenes que follamos mal. Porque lo hacemos con gente sin empatía y que eso es algo así como una traición al feminismo. ¡Es de locos!

Ese discurso biempensante sobre la sexualidad acabará empobreciendo nuestras experiencias eróticas. Sin ir más lejos, me provoca mucha tristeza que una ministra como Irene Montero, se atreva a decir que con su proyecto de ley de libertad sexual, “serán las mujeres las que decidan hasta dónde llegar”. Es estúpido. Las mujeres ya decidimos lo que queremos y lo que no en nuestras relaciones. Me cuesta mucho entender esta tendencia de la izquierda actual a hablar de España, que es un país sumamente seguro y avanzado en políticas de igualdad, como si fuera Irán. El peligro de la violación está ahí, pero eso, por insensible que pueda parecer, no va a solucionarlo una ley como la que propone desde el Gobierno. 

Y es que uno de los problemas que tenemos como sociedad a la hora de pensar sobre la violación es que creemos que se enmarca como una relación de poder. Yo no pienso eso, creo que se trata más bien de una compleja relación entre el poder y el sexo. Para las feministas hegemónicas, las cuales han hecho del texto Contra nuestra voluntad de Susan Brownmiller una bandera, la violación es un acto de poder. Yo rechazo que la cultura socialice a los hombres para la violación, lo cual no significa que no haya estereotipos o ideas preconcebidas sobre la violación.

Sí es cierto que muchos hombres utilizan la violencia para conseguir aquello que quieren: atención, sexo, objetos… Pero insisto en que en la mayoría de las violaciones prevalece una motivación sexual. Por ello, no son pocos los violadores que se ponen preservativo, fuerzan a las mujeres a prácticas que no tienen que ver con la penetración, eligen mujeres que les atraen sexualmente… Pensemos en un caso de violación. Chico y chica se conocen en una discoteca, tontean. El chico quiere tener sexo, pero ella dice no. Entonces el chico la fuerza y abusa de ella. ¿Cómo entendemos esto? ¿En un primer momento él actuaba porque quería sexo y luego cuando ella no quiere: su motivación cambia y se inscribe exclusivamente como un acto de poder?

Y ya que hemos hablado de cómics y de cine sigamos con música. ¿Qué te parecen las listas prohibiendo canciones de determinados cantantes o la demonización del reguetón por sus letras? ¿Qué lecturas haces de figuras como Bad Gyal, La Zowi, o Miss Nina que, desde el denostado reguetón, exhiben la misma desinhibición sexual que sus colegas masculinos? ¿Podría entroncar con ese feminismo putón que reivindican feministas como Itziar Ziga?

Aborrezco la censura y reivindico que las personas tienen derecho al mal gusto, ya sea porno malo, música hortera o literatura fast food. Me preocupa más este boom de influencers hablando de sexualidad y feminismo sin tener ni idea, es decir, pasando como saber un conjunto de rabietas infantiles o tratando de relanzar su carrera: que un espectáculo de La Zowi donde sus bailarinas bailan en tanga.

Me parece súper divertido ver a la gente que va de moderna y progre escandalizada por el sacrosanto sexo. ¡Al igual que los grupos ultra-religiosos!

Toda esa generación mimada que está creciendo en la burbuja de Operación Triunfo, donde de todo lo políticamente incorrecto se hace un dramita, autoconvenciéndose de que tienen derecho a no ser ofendidos… Un espectáculo para adultos no debería ser juzgado como si estuviéramos delante de un teatro infantil.

No sé si esto podría entroncar con el feminismo putón que encontramos en feministas como Ziga. Lo que sí sé es que me gusta la provocación y ella va sobrada de esto. Pero también hay algo más profundo en sus reflexiones, que es su reivindicación de las mujeres a usar la libertad, sin miedo al que dirán. 

Figuras como Patti Smith, Nina Hagen, Grace Jones, Peaches, Siouxsie Sioux, Chrissie Hynde o, desde lo más comercial, Madonna: no enarbolaban banderas, pero con su actitud, lanzaban mensajes muy poderosos. ¿Se podría señalar el rótulo feminista de Beyonce como el momento en el que el feminismo se hizo mainstream? ¿Le resta fuerza al convertirlo en complemento de moda, al reducirlo a eslóganes, o compensa por haber llegado a más público?

Ese neón de ‘Feminist’ que acompañaba a Beyoncé en el año 2014 durante los MTV VMAs refleja, en cierto sentido, un antes y un después en la percepción del feminismo en la cultura de masas. Expone un mensaje sumamente explícito, pero vapulea en cierto sentido la lucha social al presentar la reivindicación de una forma tan despolitizada. No tengo claro si compensa, pero sospecho que cuando lo estético cobra más importancia que lo ético: el mensaje en pro de la igualdad se desvirtúa.

Creo que conviene distinguir entre el hecho de que una artista se reconozca como ‘feminista’ y que se utilice el feminismo como un objeto mediático, como un objeto de consumo… Además de Beyoncé encontramos muchos más ejemplos sobre esta tendencia… Lo hemos visto con el anuncio de Campofrío o más recientemente con Gillete. 

 

 

Hemos hablado de libros, música y cine. Pero en estos tiempos el menú cultural parece incompleto si no se habla de series. ¿Alguna serie te ha resultado especialmente interesante desde las temáticas que abordas en tu trabajo? ¿Has visto Sex education?

Puede que a priori no esté muy relacionada con la temática feminista, pero Homeland ha sido una serie que me ha permitido pensar mucho a través de sus tramas en el debate sobre libertades y protección/seguridad, cómo es ser profesional (y madre) en un mundo de hombres o el resentimiento de los hombres blancos, el cual viene inspirado en el ascenso al poder de Donald Trump y sus adeptos. Sí, he visto Sex education. Es bastante fresca y divertida, pero resulta descorazonador que los guionistas llamen en multitud de veces a la vulva equivocadamente vagina… o que tengan que ser tan excéntricos para explicar situaciones o vivencias sobre sexualidad que se viven, generalmente, con naturalidad. 

Esta serie de Mujeres que nos gustarían como bibliotecarias la abríamos con Roberta Marrero. Roberta a través de su obra explora la diversidad afectiva y sexual. Es una mujer artivista como le gusta definirse. ¿La exclusión que se quiere hacer de las mujeres transexuales por sectores del feminismo reproduce los mecanismos de exclusión del patriarcado?

La exclusión hacia las personas transexuales responde a muchos intereses y, a priori, no lo compararía con los mecanismos de exclusión que tradicionalmente ha desarrollado el patriarcado. Desde los sectores del feminismo que excluyen a las personas trans, no se considera en ningún momento a las personas transexuales ‘inferiores’ ni se les impide votar o acceder a los ámbitos educativos. Cuestiones que, en cambio, sí se han enmarcado en los mecanismos de violencia y discriminación del patriarcado. Lo que observamos en los sectores del feminismo que excluyen a las personas transexuales es una revitalización del biologicismo y el uso de la mala fe para socavar su imagen pública.  La percepción que la sociedad pueda tener de este colectivo. 

Así, por un lado, el feminismo TERF, el que excluye a las personas trans, considera que ser mujer se basa en una genitalidad y pasa por alto las explicaciones biológicas de la transexualidad. No tienen en cuenta las complejidades del sexo genético, el sexo gonadal, el sexo genital y la identidad sexual. Por otro, muestra su odio y rechazo a las personas trans, comparándolas con proxenetas, alimentando la psicosis de que las mujeres trans son hombres disfrazados de mujeres para obtener beneficios en casos de violencia en la pareja o llegando incluso a afirmar de que son un lobby. Todo eso es cruel y guarda muchas similitudes con la xenofobia.

El hecho de que Izquierda Unida haya expulsado al Partido Feminista por su ideología transfóbica y rechazo a la ley trans me parece coherente, pero creo que llega tarde, dado que las proclamas contra las personas trans comenzaron a hacerse sin ningún tipo de pudor ya en 2017. Las mujeres trans son mujeres y, si hay un sector del feminismo que niega esto, merece que se ponga en duda su visión de los derechos humanos. 

En tu ensayo planteas que la igualdad solo puede llegar si además de los problemas de las mujeres, el feminismo tiene en cuenta los problemas de los hombres. Suena conciliador e integrador ¿Sería una manera de desactivar la confrontación a la que nos quieren abocar las posturas más extremas?

Deseo que lo sea. El capítulo titulado De los hombres no lloran a los chicos no importan es uno de mis favoritos de Maldita feminista. No entiendo la igualdad como un sentimiento de prepotencia hacia los hombres. El día a día está plagado de hombres que hacen un trabajo de fuerza brutal, en escenarios sumamente peligrosos… No entiendo como muchas feministas pueden despreciarles desde sus cómodos sillones institucionales o secundar bobadas como “es una guerra” o cosas así. Prescindir de ellos y no comprender sus demandas, necesidades y problemas solo genera un sentimiento de rechazo y hastío hacia los logros de las mujeres. 

Tu inconformismo intelectual, y el rigor y la pasión con el que lo ejercitas, son valores imprescindibles para la profesión bibliotecaria. «Bibliotecario sin curiosidad, biblioteca muerta» que reza un eslogan. ¿Se te ocurre alguna idea, por loca que te parezca, de cómo te gustaría que fuesen las bibliotecas públicas en el siglo XXI?

Me conformo con que no desaparezcan los libros en papel. En un mundo cada vez más digital, los libros evocan lo sagrado e incorruptible. 

 

Síguenos en:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *