Bibliotecas en los balcones

 

En su relato El vocabulario de los balcones, la escritora Almudena Grandes, narraba la historia de amor entre dos vecinos. Dos jóvenes que se descubrían mutuamente al observarse desde sus balcones. Ese diálogo de miradas y gestos entre dos, desde hace unos meses, en países como Italia o España: se ha convertido en un lenguaje entre millones de personas.

 

Windows of New York el proyecto del ilustrador José Guizar obsesionado con las ventanas de Nueva York.

 

Sophia Loren asomada a la ventana en Una jornada particular (1977)

Y ese vocabulario de los vecinos enamorados, del Jimmy Stewart de La ventana indiscreta (1954), o de Loren y Mastroianni en el patio de vecinos de Una jornada particular (1977): se ha extendido al ritmo del confinamiento al que nos arrastra el Covid-19. Después de esto nada será igual.

Hay voces que aventuran consecuencias positivas, a la larga, de esta traumática experiencia global. Sería demasiado temerario confiar en ello. Por lo que queda aún por superar, y por la propia naturaleza de la especie a la que está castigando esta plaga. Pero que habrá cambios parece innegable. Y las bibliotecas no quedarán indemnes.

Los ciudadanos confinados nos asomamos a ventanas, balcones y terrazas. Y en esos momentos las bibliotecas también se han asomado pero a las ventanas digitales en las que nos reflejamos todos. Pero demasiadas veces sin vernos realmente. Las plataformas como eBiblio y eFilm, las bibliotecas digitales, y por supuesto, las redes sociales: se han convertido en los alféizares en los que se apoyan las bibliotecas para seguir ofreciéndose a sus usuarios.

 

 

Y de las estrategias que las bibliotecas jueguen en ese panóptico digital depende el que puedan llegar a mucho más público del que llegaban antes de esta crisis. Decisiones tan sencillas como facilitar el darse de alta a cualquier ciudadano vía digital, ampliar número de préstamos en dichas plataformas digitales, buscar alianzas o suspender sanciones: juegan a favor de ese compromiso de la profesión por resultar útil en una situación así.

La labor prescriptora es esencial. Ahora más que nunca se pone a prueba el bagaje de esos profesionales de la cultura que son los bibliotecarios. De esos perfiles que se cincelan a base tecnología en los planes de estudios arrinconando, muchas veces, a las humanidades. Esas humanidades que ahora tanto ayudan para tener criterio. Saber escarbar más allá de las series de Netflix o Amazon (que todo el mundo ha visto); o de esos best sellers que todo el mundo conoce incluso sin haberlos leído. Y que tanto pueden ayudar a la hora clubes de lectura, cinefórums u otras actividades virtuales.

 

 

Venga lo que venga. Fortalezas y debilidades de los sistemas bibliotecarios van a quedar más subrayadas que nunca. El Institute of Museum and Libraries Services ha recopilado muchas de las iniciativas que diferentes centros de los Estados Unidos han estado preparando para dar respuesta a esta emergencia sanitaria, social y económica.

 

El edificio de la Wuhan Huashan Library aguarda el regreso de sus usuarios.

 

Las bibliotecas de los países por los que la pandemia ha provocado estragos han tomado medidas similares. En China, origen de esta crisis mundial, en pleno epicentro de la epidemia: bibliotecas y librerías se unieron para construir minibibliotecas. Los hospitales temporales, que se veían crecer vertiginosamente en los noticiarios de medio mundo fueron provistos, además de con material sanitario: con miles de libros.

En Corea del Sur, la Biblioteca Municipal de Simin y la Joongang Metropolitana de Busan, pusieron en funcionamiento un servicio de préstamo y devolución de libros drive-thru (como si de comprar una hamburguesa sin bajarse del coche se tratara). Tal cual como se han realizado las pruebas del coronavirus a la población. Una de las medidas que más éxito ha tenido en frenar el contagio en el país.

 

Ilustración homenaje a la ola de Hokusai de la artista nipona Yuko Shimizu.

 

En cada crisis humanitaria que ha castigado a algún país, en los últimos tiempos, siempre han estado las bibliotecas presentes. El terremoto y el tsunami que devastaron Japón en 2011 superó a cualquier coronavirus pero, claro está, no afectó a todo el planeta. Hideaki Kawabata, en 2011, tenía una empresa organizadora de eventos; y el desastre natural le llevó a implicarse a fondo con sus compatriotas.

Pueblos enteros surgieron de la nada, con barracones temporales, para resguardar a la población. Kawabata empezó a donar artículos de socorro para mitigar la situación de los evacuados. Pero fue cuando supo del deseo expresado por los supervivientes de poder leer: cuando se lanzó a donar libros, cómics y demás materiales para los refugios. Y una cosa llevó a la otra.

Kawabata terminó fundando Everyone’s libraries (Bibliotecas para todos), una organización que fue fundando bibliotecas en las prefecturas que resultaron más afectadas. Puede que las viviendas fueran temporales, pero Kawabata supo ver que la manera de mitigar la sensación de desamparo: era creando un lugar en el que la comunidad tomase conciencia de sí misma, y estrechase sus lazos. Y ¿qué lugar podía ser ese más que una biblioteca?

El artista Mark Reigelman creó este ‘Nido para lecturas’, como metáfora de la acogida que dan las bibliotecas, a las puertas de la biblioteca de Cleveland.

 

Tras los devastadores efectos del huracán Sandy en Nueva York, en 2013, el escritor, periodista y crítico de arquitectura de ‘The New York Times’ Michael Kimmelman publicó un artículo sobre el asunto. En él, planteaba soluciones para un desarrollo urbanístico capaz de afrontar cataclismos en entornos urbanos. Siete años después, Next time, Libraries Could Be Our Shelters From The Storm (La próxima vez, las bibliotecas podrían ser nuestros refugios de la tormenta): sigue plenamente vigente.

Entonces la solución de arquitectos e ingenieros pasaba por construir más espacios comunitarios: y las bibliotecas ocupaban el primer lugar. El sociólogo Eric Klinenberg, observó que los numerosos fallecimientos en barrios deprimidos de Chicago, tras la ola de calor de 1995, no se repartían por igual. En aquellas zonas donde contaban con locales públicos, como bibliotecas, el número de muertes disminuía considerablemente.

 

 

Biblioteca-nido, biblioteca-refugio, biblioteca-paraguas. Ahora más que nunca el texto con el que se ha lanzado la empresa filial de Infobibliotecas en los Estados Unidos, y que da también nombre a la revista, ‘Knovvmads‘ cobra doble sentido:

«Somos Knovvmads (acrónimo inglés entre know, conocimiento, y nomads, nómadas) porque creamos en cualquier lugar. Somos itinerantes, dinámicos e innovadores comprometidos con las comunidades a las que servimos»

Puede que el confinamiento haya dejado en suspenso temporal la itinerancia en el sentido más físico. Pero la creatividad, el compromiso y el servicio a las comunidades gana más valor que nunca en esta crisis mundial Covid-19. Nómadas de conocimiento asomados a las múltiples ventanas, físicas y digitales, que se nos abren para comunicar, y sobre todo, conectar a través de la cultura.

 

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