Creative commons bibliotecarios

 

Este blog puede que tenga los días contados tal y como es ahora mismo. Aún es pronto para saber cómo nos va a condicionar la nueva regulación de los derechos de autor que hace unas semanas se debatía en el Parlamento europeo. Pero lo cierto es que el espinoso asunto del copyright siempre va a plantear dudas en el escurridizo mundo digital.

Desde la más candorosa de las inocencias (nada más perverso que la inocencia para cuestionarlo todo): defenderíamos que en instituciones culturales como son las bibliotecas el compartir en sus blogs, redes y webs contenidos ajenos, siempre que se citen las fuentes y los autores, no debería tener demasiadas limitaciones. El hecho de que sean instituciones públicas, sin ánimo de lucro, cuya finalidad es la promoción de la cultura debería tenerse en cuenta por parte de los grandes de Internet a la hora de programar los temibles (y necesarios) filtros que rastrean posibles usurpaciones digitales. Pero esos gigantes de Internet ¿van a tener en cuenta las necesidades de esas hacendosas hormiguitas que son las bibliotecas?

 

 

En otra candorosa reflexión se nos ocurre que podrían hacerlo los propios autores. Que convencidos de la labor que hacen las bibliotecas e instituciones culturales exijan que se les dé un trato de favor. Pero cuando ha habido autores (y no señalamos a nadie porque no sabemos si Juan Manuel de Prada habrá cambiado de opinión) que equiparaban en 2011 las descargas ilegales con los préstamos de sus libros en la red de bibliotecas públicas del Estado: ¿qué no otras resistencias se encontrarán en la red?

Si en un espacio cultural digital se reproduce un texto ajeno (con las preceptivas comillas cuya ausencia tanto juego está dando políticamente), se incluye una imagen, se inserta un vídeo, o se musicaliza un vídeo de elaboración propia: con el ánimo de recomendar, prescribir, ensalzar u homenajear lo que se ha tomado prestado: ¿no cabría una mayor permisividad? En ese flower power limbo nos columpiábamos hasta que irrumpe el renovado (sic) debate en torno al apropiacionismo cultural.

 

Comparativa entre el vídeo de ‘Malamente’ de Rosalía y la parodia por parte de Los Morancos.

 

Rosalía, la nueva sensación del flamenco-pop-trap-choni……..(rellénese la línea de puntos con lo que cada uno distinga en su collage musical y propuesta estética), no sabemos si va a afianzarse como una gran estrella: pero ya ha conseguido uno de los requisitos imprescindibles para que así sea: que la imiten Los Morancos. Si no te imitan no eres nadie. Rosalía lo sabe: así que lo celebró retuiteando el vídeo en su cuenta de Twitter. El humor «plagiario» de Los Morancos podría considerarse también apropiación, jocosa, pero apropiación que igual no lo tendría tan fácil si prosperase la legislación más restrictiva.

A la cantante catalana se le afea que no tenga pedigrí flamenco, que no sea del sur, que haga suyos símbolos e imaginerías que no le corresponden y una serie de supuestas expoliaciones que Rosalía hace a la cultura calé. Algo que curiosamente no se les ha echado en cara al cantaor Miguel Poveda (también catalán sin raíces gitanas); o al iconoclasta Niño de Elche que recientemente ha versionado la Bomba gitana de Lola Flores, que por cierto, tampoco era gitana. Aunque a este último, quienes lo acaban de linchar han sido los críticos del ‘ABC’ y ‘El mundo’, tras su actuación en la Bienal de Flamenco de Sevilla.

 

El chino Can Wang encabeza la lista de admitidos al grado superior de Guitarra Flamenca del exigente Conservatorio Superior Rafael Orozco de Córdoba. Es un ejemplo de la pujanza de japoneses y chinos en el flamenco de la que nos hablaba ‘El País’ recientemente.

 

El apropiacionismo es uno de los discursos políticamente correctos que más estragos puede hacer en el criterio cultural despistado de algunos jóvenes millennials que faltos de referentes, y acostumbrados al continuo linchamiento de las redes: den por bueno un test de pureza que contraviene en esencia lo que debe ser la cultura.

A las generaciones que vivieron peligrosamente (o no) las décadas de los 30 a los 80 (aquellas en que Hollywood marcó a fuego el imaginario del mundo entero vía cine o televisión) que soñaron con la India de Narciso negro (1947); el África con tigres de las películas de Tarzán; o la Arabia suntuosa de El ladrón de Bagdad (1940): esto del apropiacionismo les pilla muy lejos. Si el bueno de Terenci Moix, que tanto disfrutó y ensalzó ese cartón piedra que le hizo enamorarse del Egipto real, levantase la cabeza: quedaría horrorizado de este test de virginidad al que se quiere someter a la cultura popular.

Hemos pasado del elogio del mestizaje, del buen rollo perroflautero de Manu Chao, del buenismo del ‘Contamíname‘: a exigir la prueba de ADN a la cultura en tiempos de la globalización. Nada más triste que un nacionalismo cultural que confunde el respeto a las raíces con el rechazo a la novedad. Nada que ver con los franceses siempre dispuestos a asumir como propio todo aquello que les deslumbra culturalmente.

La película española de Asghar Farhadi ¿se podría considera apropiacionismo por parte de un iraní?

En todo caso si alguien tuviera el hipotético derecho de ponerse flamencas en esto del apropiacionismo: esas serían las bibliotecas. Depositarias del copyright de la cultura por derecho propio: ¿cuántos escritores, artistas, creadores o pensadores han relatado agradecidos la deuda contraída con las bibliotecas que les acompañaron en su formación?

Puestos a reivindicar hasta podrían reclamar la exclusividad del sufijo –teca que con tanta alegría explotan aquí y allá revalidando la vigencia del concepto biblioteca. Ese concepto que algunos siguen empecinados en jubilar.

 

Los viejos archivadores de biblioteca inspiración para los vestidores diseñados por IKEA. Apropiándose hasta del mobiliario.

 

Solo hay que fijarse en algunas de las empresas más exitosas del planeta para constatar cuanta ‘inspiración’ siguen ejerciendo las bibliotecas. El caso más reciente, el de la multinacional IKEA, que en un claro ejemplo de apropiacionismo ha creado salas de lectura para sus clientes durante este verano en la tienda inglesa de Wembley. Y no solo para leer allí incluso para llevárselos prestados a casa.

La empresa sueca no tiene suficiente con haber uniformado la decoración de millones de hogares en todo el mundo; de convertirnos en esclavos del instinto IKEA (como declamaba el protagonista en la novela El club de la lucha: «personas que conozco que solían llevarse pornografía al baño ahora se llevan el catálogo del IKEA»); ni de publicar el libro más impreso del mundo (su famoso catálogo): ahora además se apropian del concepto biblioteca.

 

 

Gracias a un acuerdo con el British Booker Prize la empresa de muebles invitaba a sus clientes a reducir el estrés leyendo. Si los hogares ya no son el paraíso que eran por lo difícil que resulta desconectar con tanta tecnología intrusa en nuestra intimidad: ahí está IKEA para ofrecernos el remedio para desconectar a través de la lectura. Tié guasa la cosa que diría un flamenco.

Y ya puestos a usurpar el papel de las bibliotecas añadiendo el beneficio económico propio de toda empresa: en Francia, también IKEA, se puso a fomentar las donaciones de libros. Del 11 al 23 de junio, IKEA Francia, puso en marcha una campaña de recogida de libros usados a cambio de una tarjeta regalo de 10 euros. Tarjeta que los clientes podrían usar en compras superiores a los 50 euros. Posteriormente las donaciones serían entregadas a dos asociaciones.

 

 

Y sin salir de Francia, también este verano pasado, otra gran empresa como Carrefour tuvo su ‘momento biblioteca’. La cadena gala recurrió a una ilustración del blog pedagógico Mysticlolly para señalizar y adornar sus estanterías de literatura infantil.

El autor del dibujo es un profesor de secundaria que creó la ilustración bajo una licencia de Creative Commons para que se pudiera utilizar sin problemas por parte de sus colegas, instituciones educativas y cualquier otro centro cultural: pero no con fines comerciales. A través de Twitter denunció su utilización por parte de una empresa que genera millones de ganancias. No sabemos cómo ha acabado esa denuncia, porque según la noticia recogida por ActuaLitté les univers du livre, a finales de julio no había recibido respuesta alguna.

 

Biblioteca de las armas: nombre para una armería en los Estados Unidos. Un ejemplo de apropiacionismo del concepto biblioteca que no nos gusta ni una chispa.

 

No está bonito lucrarse con el trabajo ajeno. Eso no pasa con las bibliotecas. Las bibliotecas de por sí son generosas. Bibliotecas y bibliotecarios han sido pioneros en muchas cosas que, generación tras generación, se revisten con nuevos ropajes para venderlas como si fuera el último grito. Si Youtube está repleto de tutoriales: los bibliotecarios los hicieron antes para explicar cómo usar el catálogo; si El Corte inglés y otras grandes superficies ofrecen cuentacuentos: las bibliotecas los hicieron antes; si las nuevas tecnologías se basan en palabras claves y clasificaciones: las bibliotecas las llevan haciendo desde la Antigüedad: y así podríamos seguir.

 

Cartel en Las Vegas anunciando el club de striptease The library. Un club para caballeros que se anuncia con el eslogan: una experiencia de aprendizaje. En este caso el apropiacionismo, aunque sea solo por el morro que han tenido, al menos despierta una sonrisa.

 

En fin, que el concepto biblioteca sigue tan vigente, válido y necesario como siempre. Y si no que se lo digan a tantos como se arriman a él para potenciar sus negocios disfrazándolos (en muchos casos) como otra cosa. Pero las bibliotecas lejos de ser celosas de ese concepto: son todo generosidad y no pueden más que alegrarse de que cunda el ejemplo. Lo único que revienta es que todavía haya ciudadanos que se maravillen por lo que les ofrecen negocios que buscan su dinero y no aprovechen lo mismo teniéndolo gratis (gracias a los impuestos de todos) a pocos metros de su domicilio.

 

 

Debi Mazar como la Ava Gardner de Arde Madrid (2018) la serie de Paco León.

Y para terminar volvemos al flamenco (¿?). A cuenta de lo del apropiacionismo, precisamente hace poco, el director y actor Paco León: ha recibido no pocas críticas por interpretar a una mujer trans en la serie La casa de las flores (2018) en lugar de ceder su puesto a una actriz transexual. Un intento de coaccionar la libertad creativa de los creadores de la serie en función de unas reivindicaciones, las del colectivo de mujeres transexuales, por otro lado, perfectamente respetables.

Y el talentoso León también acaba de filmar, como director e intérprete, la serie sobre los años en que la inolvidable Ava Gardner vivió en nuestro país: Arde Madrid (2018). Hablando de apropiacionismo, kitsch, usurpaciones y delirios creativos varios: nada como cerrar con el fragmento en el que la gran Ava interpretaba a una bailaora flamenca española en La condesa descalza (1954). Todo parecido con el flamenco y lo gitano no es pura coincidencia es directamente imposible, y en cambio, eso no le resta ni un ápice de valor a esta maravillosa película.

 

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