Desescalada cultural o bibliotecuchicuchi

 

En estos tiempos extraños se habla mucho de desescalada como vuelta a nueva normalidad. Pero tras esta forzosa ruptura con la rutina, el concepto de desescalada, se puede aplicar a muchas cosas. Sin ir más lejos a la cultura. ¿Se ha producido una desescalada de lo que se entiende por cultura durante este confinamiento? Las bibliotecas ¿han actuado como proveedoras de cultura o de entretenimiento?

Parecía imposible. Pero, incluso en medio del fuego cruzado de bots políticos, aún ha quedado hueco para un linchamiento a cuenta de la cultura en Twitter. Un linchamiento que nos sirve para abordar esa desescalada cultural de la que hablamos.

 

Tarta de la pastelería neoyorquina Trolls Cake que hace tartas con los tuits ofensivos de trolls en redes, localiza sus direcciones,  y se los manda a domicilio. 

 

El linchamiento, en cuestión, tuvo como diana a una artista que lanzó una reflexión en torno a la cultura y al entretenimiento desde su cuenta personal. En su tuit llamaba a no confundir entretenimiento con cultura. Y a las pocas horas tuvo que cerrar su cuenta de Twitter ante el hostigamiento.

No vamos a decir de qué artista se trata. Como decía aquella: «odiamos a los que odian». Así que no vamos a reavivar ningún estúpido linchamiento. Lo que nos interesa es el fondo y trasfondo que se puede hacer de esa confrontación cultura-entretenimiento y lo que pintan las bibliotecas en medio de todo esto.

Entretener, según la socorrida RAE, en su primera acepción es distraer a alguien impidiéndole hacer algo (lo que alguno llamaría el pan y circo de toda la vida para adormecer a las masas). Pero en la misma entrada, la sexta acepción del término, detalla: divertirse jugando, leyendo, etc. Y he aquí, que en ese leyendo, se abre el túnel en el diccionario por el que se conecta el entretenimiento con la cultura.

Diferenciar cultura de entretenimiento, visto el juicio sumarísimo en Twitter, se tipifica como delito de clasismo, esnobismo, prepotencia, superioridad y demás crímenes tipificados por el Tribunal Supremo de lo igualitario en redes. Cuando, se supone, lo que debería celebrar la cultura por encima de todo, precisamente, es la diferencia de criterio. Igual es que el foro para sutilezas a contracorriente no era el apropiado. Va a ser eso.

 

«La democracia es la dictadura de los ignorantes«: atiéndase a las comillas no vaya nadie a adjudicarnos la frase y nos toque el siguiente linchamiento. Es una de las perlas que dice el aristocrático, clasista sin complejos, y cínico secular conde Drácula en la, interesante e irregular, revisión que de su mito han hecho los británicos Mark Gatiss y Steven Moffat para la BBC. Pero de entre las perlas que salen por su boca destaca la explicación del miedo cerval que el, aparentemente, omnipotente conde siente por las cruces.

La cruz como arma: un clásico en el género vampírico.

[Atención spoiler] Según relata el vampiro su miedo proviene de haberse tenido que alimentar durante siglos, en Transilvania, de la sangre de miles de campesinos. Por culpa de ello, el aristócrata, ha desarrollado un miedo instintivo a las cruces por tantos litros de hemoglobina plebeya.

Para los campesinos la cruz es símbolo de represión, no de salvación, y la superchería religiosa se ha infiltrado en las descreídas venas del no muerto. De ahí el empeño del conde por viajar a Inglaterra. Esa tierra repleta de exquisitos, refinados y cultos gentlemen y ladies de los que tanto plasma cultural puede succionar, literalmente, para su dieta.

Curiosamente esta readaptación del clásico de Stoker, ha coincidido con la reposición en la 2 de TVE, de la serie de los 80 Fortunata y Jacinta. Aparte del hecho de que solo hubiera un canal de televisión entonces: ¿el éxito entre los televidentes de la época provenía del hecho de tratarse de la adaptación de una obra de un escritor de prestigio o del componente folletinesco de la novela del canario? Vista hoy día lo que destaca son los estándares de calidad de la serie por encima de las razones de su prestigio.

 

Ana Belén, artista que se ha asociado a lo largo de su carrera a un cierto concepto de respetabilidad cultural popular, como Fortunata en la serie dirigida por Mario Camus.

 

¿Acaso los editores distinguen lo que es cultura de lo que es entretenimiento? ¿Acaso discriminan los best sellers frente a la literatura de autor en sus catálogos? Más bien todo lo contrario. La Metro Goldwyn Mayer, en los tiempos dorados de Hollywood, mantenía una política de producción basada en películas con coartada cultural por temática o producción; que alternaba con otras de menor consideración artística, pero, con las que esperaba recaudar más.

El tiempo se ha encargado de descompensar esta fórmula prestigio-popularidad que aplicaba la Metro u otros estudios. Solo hay que fijarse en dos producciones de la Metro en los años 30. Una, el prestigioso melodrama La fruta amarga (1930) con el que la productora apuntaba a los Óscars; y la otra, la despreciada, vilipendia, y posteriormente retirada de circulación por ser un fiasco en taquilla: Freaks (1932) de Tod Browning. Noventa años después, ¿cuál ha sobrevivido como clásico de culto y ha seguido dando dinero?

 

Repasar las ayudas que, finalmente, ha lanzado el Ministerio del ramo para las industrias culturales bajo ese prisma prestigio-popularidad: no deja de resultar interesante. Para empezar luce esa rebaja al 4% del IVA de los libros electrónicos. Pero también un avance en la siempre prometida, y siempre también postergada, regulación del mecenazgo cultural. Las deducciones por las inversiones que los acaudalados hagan en la cosa cultural les puede beneficar con hasta un 80% en las primeras cantidades que inviertan. ¿Se incluirá a las bibliotecas como objetos de deseo en estas medidas para promover el mecenazgo?

Pero volviendo a las medidas adoptadas referentes al sector del libro los medios destacan los 4 millones de euros destinados a la supervivencia de librerías independientes. Y al hilo de estas medidas, la Asociación de Cámaras del Libro de España, reclama la puesta en marcha de un programa de compras públicas de libros con destino a bibliotecas.

Ambas medidas, la adoptada legalmente y la solicitada por la Asociación, son ejemplos de una protección estatal del valor cultural de lo minoritario. Pero también el sector del videojuego ha celebrado que el Ministerio haya apostado por la industria del videojuego con la mayor inversión económica de la historia que asciende a 70 millones. Ahora vendría la pregunta clasista de rigor: ¿los videojuegos son cultura o mero entretenimiento?

 

Déjame entretenerte que cantaba Robbie Williams en los 90, como antes, lo hizo Queen en los 70.

 

Ya lo hemos dicho más de una vez: terminar con preguntas al aire resulta de lo más irritante amén de mediocre. Por eso no nos importa tanto la respuesta a la pregunta como lo que se constata al formularla. Llegados a este punto la cultura es indisociable del entretenimiento: se retroalimentan y confunden. Ese juicio crítico, del que habla la definición del diccionario, sería imposible si no atendemos tanto a la una como a la otra.

Y para concluir: un ejemplo práctico. Durante este confinamiento ha sido habitual recurrir a personalidades relevantes en diferentes ámbitos para que recomienden libros, películas o simplemente, los servicios de las bibliotecas. En el caso concreto de la Biblioteca Regional de Murcia así se ha hecho.

El efecto publicitario que estas ‘celebrities’ aporten a la difusión de los servicios bibliotecarios, y por lo tanto a su uso, lo dirán las estadísticas a medio plazo. Pero lo que se podía constatar de manera inmediata eran las interacciones en las redes en que se difundían.

Destacaban aquellos internautas que comentaban los vídeos dirigiéndose directamente a la actriz, cantante, periodista, diseñador, escritor o humorista que aparecía. No reparaban, ni por un instante, en que estaban comentando algo publicado por la biblioteca; no por la figura pública en cuestión. Algo así como cuando empezó la televisión, y algunos ancianos, hablaban a pantalla creyendo que los que salían podían escucharles.

 

El muro del IG de la Biblioteca Regional de Murcia lleno de vídeos de diversas figuras de la cultura, relacionadas con Murcia, publicitando los servicios de las bibliotecas.

 

Pero de entre los vídeos compartidos destacó el de la entertainer Charo Baeza. La única española que ha salido en Los Simpson; la actriz que más veces ejerció como special guest star en la serie Vacaciones en el mar; una estrella en la industria estadounidense del espectáculo en los 70 y 80; que competía en recaudación con los mismísimos Frank Sinatra o Elvis Presley en Las Vegas.

Todo el mundo conoce a Charo en América, pero muy pocos, en su tierra natal. Alumna aventajada de Andrés Segovia con la guitarra. Ha sido destacada, dos veces, como mejor guitarrista clásica por la prestigiosa revista ‘Guitar Player’.

Cuando llegó a los Estados Unidos quería lucir sus dotes como guitarrista, pero los productores, prefirieron su recreación estereotipada de lo hispano. Con su grito de guerra cuchicuchi hizo fortuna gracias a su desparpajo, entusiasmo y vis humorística. Pues bien, entre los numerosos comentarios divertidos, celebrando su vídeo, su colaboración con la biblioteca, uno destacaba en medio de Facebook exclamando: «¡Qué vergüenza!»

Era uno solo, bueno dos porque luego lo apostillaba con otro, pero condensaba como ninguno la indignación porque una biblioteca se asociase a una figura del show business como Charo. Aunque también podría ser porque la biblioteca, una institución cultural, seria y respetable como Dios manda, se autoproclamase bibliotecacuchicuchi de manera orgullosa.

Las comparaciones son odiosas, y más en este caso. Pero las reflexiones que despierta La peste de Camus sobre la naturaleza humana (un clásico de máxima actualidad estos días); desde luego no son las que despierta el cuchicuchi de la murciana. Pero ambos, la buena literatura y la pura evasión, pueden resultar igualmente balsámicos, según en qué circunstancias, para sobrellevar la situación.

Bibliotecacuchicuchi como supercalifragilisticoespialidoso es un ‘palabro’ que no dice nada. Pero, que según como queramos usarlo, lo puede decir todo.

 

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