Manual de urbanidad bibliotecaria

 

La educación salva vidas. Así de contundente y simple. Solo respetando la distancia social, el uso de mascarillas, y tomando todas las medidas oportunas: conseguiremos doblegar a este virus.

Según el sesgo político de cada uno se aceptaba o atacaba la existencia de una asignatura denominada: Educación para la ciudadanía. Pero se esté o no a favor: lo cierto es que el nombre no puede ser más acertado. Si nos educan para leer, resolver problemas matemáticos, tener nociones de ciencia, habilidades deportivas o manuales: ¿no procede que nos eduquen en convivencia y civismo? Lo que sucede es que, en estas circunstancias, la desidia o ausencia de esa consideración hacia tus conciudadanos tiene consecuencias trágicas.

 

«la conductora es ante todo mujer. Por tanto, debe ayudársela a descender de su vehículo»

 

Ser ciudadano, como todo, requiere un aprendizaje. Y lo que hasta el momento era francamente deficitario en nuestras calles y espacios compartidos: ahora se convierte en cuestión de importancia vital. Y ¿en las bibliotecas? Ahora va a ser el momento de comprobar más que nunca esas carencias que cualquiera puede observar en la calle.

Los buenos modales, la educación, o en su término más arcaico, la urbanidad: ha ido acumulando muy mala prensa desde hace décadas. Por eso para hablar de urbanidad y bibliotecas, este post, se recrea en una de esas joyas que tanto satisfacen nuestra vena bibliobizarra. Una de esos libros que aparecen en un depósito polvoriento y te arrojan una mirada en perspectiva sobre nuestro presente: El libro de oro de la cortesía. Guía ilustrada de la etiqueta.

«dos señoritas o señoras llevan en medio al hombre, que las acompaña, el cual tiene a su derecha a la de más edad»

Este tratado suizo, editado en 1967, es una mina. La urbanidad, tal y como la entendían nuestro mayores, tenía tanto de sentido común para facilitar la convivencia; como de imposición social, que reprimía cualquier disidencia del papel que hombres y mujeres, debían representar.

Según la ley del péndulo de la historia, era lógico que después de tanta rigidez, vinieran tiempos más relajados. Pero, ¿dónde termina la naturalidad y empieza la grosería?

El siglo XXI, tiene las mismas cifras que el XIX, quizás sea por eso que a algunos les bailan los números, y nos hacen viajar por el túnel del tiempo. Por eso, no vamos a erigirnos en inquisidores de las formas sociales, nada más lejos de nuestra intención. Nos seduce más separar lo rancio de lo necesario, recreándonos en algunos de los consejos que aparecen en el susodicho libro. A ver si de este modo, consiguiéramos situarnos en la mitad del arco que va describiendo el péndulo.

Hace años, en ‘El País’ se abordaba en un artículo, el tema de los buenos modales en el mundo digital. Según se destacaba en este artículo: «los jóvenes se están hartando de la ironía, de la grosería y de los comentarios sarcásticos que predominan en sus vidas en Internet». La etiqueta está volviendo como respuesta a la dureza de las relaciones en el ámbito digital («lo amable está de moda», era una de las frases que condensaba el texto).

 

«en primer lugar se saludan las señoras unas a otras; y por último, los señores entre sí.»

 

Esto era en 2013, y siete años después, ¿acaso podemos decir que lo amable esté de moda? Si miramos a Instagram más que lo amable es lo falsario. Y si miramos a Twitter…. si miramos Twitter…

Y esa frenética falta de modales, de educación, de respeto, lo peor, es que se desvirtualiza y termina ocupando nuestras calles.

No deja de resultar curioso que, si hoy día, buscas artículos, en castellano, sobre Netiqueta (esos buenos modales digitales): encontremos artículos mayoritariamente latinoamericanos. Solo hay que viajar a Colombia u otros países, unidos con España a través de la lengua, para notar la degradación del castellano en nuestro país. Vocablos, aquí considerados cultos o en desuso, perviven en el lenguaje de las clases más humildes al otro lado del Atlántico.

 

«la mujer moderna conduce personalmente su automóvil»

«las uvas se arrancan del racimo con la mano, y se comen grano a grano»

 

¿Conseguirán las bibliotecas confirmarse una vez más como espacios seguros? Los numerosos protocolos que ultiman contrarreloj para adaptar espacios y servicios a esa inminente ‘nueva normalidad’ serán los baremos con los que  medirse. Ahora más que nunca la biblioteca, como espacio físico, actuará como espacio de descompresión del, en demasiadas ocasiones, antipático espacio exterior.

Una buena oportunidad para reforzar aún más los lazos con nuestras comunidades. Y demostrar que la cultura no te hace ser un ladrillo más en la pared. Todo lo contrario. Te hace más libre de esos ‘maestros’ que imparten moralina en las redes esperando que les sigas el juego en la calle.

 

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Desescalada cultural o bibliotecuchicuchi

 

En estos tiempos extraños se habla mucho de desescalada como vuelta a nueva normalidad. Pero tras esta forzosa ruptura con la rutina, el concepto de desescalada, se puede aplicar a muchas cosas. Sin ir más lejos a la cultura. ¿Se ha producido una desescalada de lo que se entiende por cultura durante este confinamiento? Las bibliotecas ¿han actuado como proveedoras de cultura o de entretenimiento?

Parecía imposible. Pero, incluso en medio del fuego cruzado de bots políticos, aún ha quedado hueco para un linchamiento a cuenta de la cultura en Twitter. Un linchamiento que nos sirve para abordar esa desescalada cultural de la que hablamos.

 

Tarta de la pastelería neoyorquina Trolls Cake que hace tartas con los tuits ofensivos de trolls en redes, localiza sus direcciones,  y se los manda a domicilio. 

 

El linchamiento, en cuestión, tuvo como diana a una artista que lanzó una reflexión en torno a la cultura y al entretenimiento desde su cuenta personal. En su tuit llamaba a no confundir entretenimiento con cultura. Y a las pocas horas tuvo que cerrar su cuenta de Twitter ante el hostigamiento.

No vamos a decir de qué artista se trata. Como decía aquella: «odiamos a los que odian». Así que no vamos a reavivar ningún estúpido linchamiento. Lo que nos interesa es el fondo y trasfondo que se puede hacer de esa confrontación cultura-entretenimiento y lo que pintan las bibliotecas en medio de todo esto.

Entretener, según la socorrida RAE, en su primera acepción es distraer a alguien impidiéndole hacer algo (lo que alguno llamaría el pan y circo de toda la vida para adormecer a las masas). Pero en la misma entrada, la sexta acepción del término, detalla: divertirse jugando, leyendo, etc. Y he aquí, que en ese leyendo, se abre el túnel en el diccionario por el que se conecta el entretenimiento con la cultura.

Diferenciar cultura de entretenimiento, visto el juicio sumarísimo en Twitter, se tipifica como delito de clasismo, esnobismo, prepotencia, superioridad y demás crímenes tipificados por el Tribunal Supremo de lo igualitario en redes. Cuando, se supone, lo que debería celebrar la cultura por encima de todo, precisamente, es la diferencia de criterio. Igual es que el foro para sutilezas a contracorriente no era el apropiado. Va a ser eso.

 

«La democracia es la dictadura de los ignorantes«: atiéndase a las comillas no vaya nadie a adjudicarnos la frase y nos toque el siguiente linchamiento. Es una de las perlas que dice el aristocrático, clasista sin complejos, y cínico secular conde Drácula en la, interesante e irregular, revisión que de su mito han hecho los británicos Mark Gatiss y Steven Moffat para la BBC. Pero de entre las perlas que salen por su boca destaca la explicación del miedo cerval que el, aparentemente, omnipotente conde siente por las cruces.

La cruz como arma: un clásico en el género vampírico.

[Atención spoiler] Según relata el vampiro su miedo proviene de haberse tenido que alimentar durante siglos, en Transilvania, de la sangre de miles de campesinos. Por culpa de ello, el aristócrata, ha desarrollado un miedo instintivo a las cruces por tantos litros de hemoglobina plebeya.

Para los campesinos la cruz es símbolo de represión, no de salvación, y la superchería religiosa se ha infiltrado en las descreídas venas del no muerto. De ahí el empeño del conde por viajar a Inglaterra. Esa tierra repleta de exquisitos, refinados y cultos gentlemen y ladies de los que tanto plasma cultural puede succionar, literalmente, para su dieta.

Curiosamente esta readaptación del clásico de Stoker, ha coincidido con la reposición en la 2 de TVE, de la serie de los 80 Fortunata y Jacinta. Aparte del hecho de que solo hubiera un canal de televisión entonces: ¿el éxito entre los televidentes de la época provenía del hecho de tratarse de la adaptación de una obra de un escritor de prestigio o del componente folletinesco de la novela del canario? Vista hoy día lo que destaca son los estándares de calidad de la serie por encima de las razones de su prestigio.

 

Ana Belén, artista que se ha asociado a lo largo de su carrera a un cierto concepto de respetabilidad cultural popular, como Fortunata en la serie dirigida por Mario Camus.

 

¿Acaso los editores distinguen lo que es cultura de lo que es entretenimiento? ¿Acaso discriminan los best sellers frente a la literatura de autor en sus catálogos? Más bien todo lo contrario. La Metro Goldwyn Mayer, en los tiempos dorados de Hollywood, mantenía una política de producción basada en películas con coartada cultural por temática o producción; que alternaba con otras de menor consideración artística, pero, con las que esperaba recaudar más.

El tiempo se ha encargado de descompensar esta fórmula prestigio-popularidad que aplicaba la Metro u otros estudios. Solo hay que fijarse en dos producciones de la Metro en los años 30. Una, el prestigioso melodrama La fruta amarga (1930) con el que la productora apuntaba a los Óscars; y la otra, la despreciada, vilipendia, y posteriormente retirada de circulación por ser un fiasco en taquilla: Freaks (1932) de Tod Browning. Noventa años después, ¿cuál ha sobrevivido como clásico de culto y ha seguido dando dinero?

 

Repasar las ayudas que, finalmente, ha lanzado el Ministerio del ramo para las industrias culturales bajo ese prisma prestigio-popularidad: no deja de resultar interesante. Para empezar luce esa rebaja al 4% del IVA de los libros electrónicos. Pero también un avance en la siempre prometida, y siempre también postergada, regulación del mecenazgo cultural. Las deducciones por las inversiones que los acaudalados hagan en la cosa cultural les puede beneficar con hasta un 80% en las primeras cantidades que inviertan. ¿Se incluirá a las bibliotecas como objetos de deseo en estas medidas para promover el mecenazgo?

Pero volviendo a las medidas adoptadas referentes al sector del libro los medios destacan los 4 millones de euros destinados a la supervivencia de librerías independientes. Y al hilo de estas medidas, la Asociación de Cámaras del Libro de España, reclama la puesta en marcha de un programa de compras públicas de libros con destino a bibliotecas.

Ambas medidas, la adoptada legalmente y la solicitada por la Asociación, son ejemplos de una protección estatal del valor cultural de lo minoritario. Pero también el sector del videojuego ha celebrado que el Ministerio haya apostado por la industria del videojuego con la mayor inversión económica de la historia que asciende a 70 millones. Ahora vendría la pregunta clasista de rigor: ¿los videojuegos son cultura o mero entretenimiento?

 

Déjame entretenerte que cantaba Robbie Williams en los 90, como antes, lo hizo Queen en los 70.

 

Ya lo hemos dicho más de una vez: terminar con preguntas al aire resulta de lo más irritante amén de mediocre. Por eso no nos importa tanto la respuesta a la pregunta como lo que se constata al formularla. Llegados a este punto la cultura es indisociable del entretenimiento: se retroalimentan y confunden. Ese juicio crítico, del que habla la definición del diccionario, sería imposible si no atendemos tanto a la una como a la otra.

Y para concluir: un ejemplo práctico. Durante este confinamiento ha sido habitual recurrir a personalidades relevantes en diferentes ámbitos para que recomienden libros, películas o simplemente, los servicios de las bibliotecas. En el caso concreto de la Biblioteca Regional de Murcia así se ha hecho.

El efecto publicitario que estas ‘celebrities’ aporten a la difusión de los servicios bibliotecarios, y por lo tanto a su uso, lo dirán las estadísticas a medio plazo. Pero lo que se podía constatar de manera inmediata eran las interacciones en las redes en que se difundían.

Destacaban aquellos internautas que comentaban los vídeos dirigiéndose directamente a la actriz, cantante, periodista, diseñador, escritor o humorista que aparecía. No reparaban, ni por un instante, en que estaban comentando algo publicado por la biblioteca; no por la figura pública en cuestión. Algo así como cuando empezó la televisión, y algunos ancianos, hablaban a pantalla creyendo que los que salían podían escucharles.

 

El muro del IG de la Biblioteca Regional de Murcia lleno de vídeos de diversas figuras de la cultura, relacionadas con Murcia, publicitando los servicios de las bibliotecas.

 

Pero de entre los vídeos compartidos destacó el de la entertainer Charo Baeza. La única española que ha salido en Los Simpson; la actriz que más veces ejerció como special guest star en la serie Vacaciones en el mar; una estrella en la industria estadounidense del espectáculo en los 70 y 80; que competía en recaudación con los mismísimos Frank Sinatra o Elvis Presley en Las Vegas.

Todo el mundo conoce a Charo en América, pero muy pocos, en su tierra natal. Alumna aventajada de Andrés Segovia con la guitarra. Ha sido destacada, dos veces, como mejor guitarrista clásica por la prestigiosa revista ‘Guitar Player’.

Cuando llegó a los Estados Unidos quería lucir sus dotes como guitarrista, pero los productores, prefirieron su recreación estereotipada de lo hispano. Con su grito de guerra cuchicuchi hizo fortuna gracias a su desparpajo, entusiasmo y vis humorística. Pues bien, entre los numerosos comentarios divertidos, celebrando su vídeo, su colaboración con la biblioteca, uno destacaba en medio de Facebook exclamando: «¡Qué vergüenza!»

Era uno solo, bueno dos porque luego lo apostillaba con otro, pero condensaba como ninguno la indignación porque una biblioteca se asociase a una figura del show business como Charo. Aunque también podría ser porque la biblioteca, una institución cultural, seria y respetable como Dios manda, se autoproclamase bibliotecacuchicuchi de manera orgullosa.

Las comparaciones son odiosas, y más en este caso. Pero las reflexiones que despierta La peste de Camus sobre la naturaleza humana (un clásico de máxima actualidad estos días); desde luego no son las que despierta el cuchicuchi de la murciana. Pero ambos, la buena literatura y la pura evasión, pueden resultar igualmente balsámicos, según en qué circunstancias, para sobrellevar la situación.

Bibliotecacuchicuchi como supercalifragilisticoespialidoso es un ‘palabro’ que no dice nada. Pero, que según como queramos usarlo, lo puede decir todo.

 

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Derechos de autor en confinamiento

Una de las cuestiones que está preocupando al gremio bibliotecario, durante este confinamiento, es la relativa a los derechos de autor y las actividades de animación a la lectura a través de redes sociales.

 

 

Enfrentados al teletrabajo, y al deber y deseo por ofrecer una ‘nueva normalidad’ anticipada: numerosos profesionales se lanzan a la animación a la lectura. Si bien, en algunas bibliotecas de mayor tamaño, los animadores habituales han seguido ofreciendo sus servicios; en otras más modestas, han sido los propios responsables de las bibliotecas los que han asumido dicha función desde sus hogares.

Recurriendo a programas de edición de vídeos, o simplemente grabándose con sus dispositivos móviles: las programaciones de cuentacuentos se han mantenido gracias a la voluntariedad de los bibliotecarios. No solo cuentacuentos. También lecturas por teléfono a personas mayores o recitales de poesía en streaming. Y la duda que ha surgido con frecuencia es la relativa a los derechos de autor en esta situación.

 

 

El procedimiento no debería de variar mucho con respecto a cuando las bibliotecas estaban funcionando con normalidad. Pero en estas circunstancias: nada es normal. En Francia, los bibibliotecarios se han encontrado ante las mismas dudas. Y en ActuaLitté, relatan algunas de las medidas adoptadas, que no difieren de las que se pueden adoptar a este lado de los Pirineos.

 

 

¿Bajo qué condiciones es posible producir y, sobre todo, difundir la lectura en voz alta de una obra protegida por derechos de autor? La solución no da mucho margen: conseguir la autorización expresa de los autores, y sobre todo, de los editores.

En estas circunstancias, y por varios casos que hemos podido constatar en nuestro país, lo habitual es que no pongan ningún impedimento. Es más, los autores, suelen recibir con alegría que los bibliotecarios elijan sus obras para aliviar el confinamiento de los más pequeños. Localizar y contactar con los autores, gracias a las redes sociales, blogs personales o webs, es algo relativamente sencillo. Y siermpre queda la posibilidad de enviar un correo a la editorial de la obra en cuestión.

 

 

Volviendo a nuestros vecinos de arriba, el organismo encargado en Francia de gestionar los derechos de autor (SCELF), planteó en un principio aplicar un impuesto sobre las lecturas públicas realizadas en bibliotecas. Pero tras diversas deliberaciones se decidió confiar a la decisión de cada editor la autorización y gestión de los derechos.

Un requisito que algunas editoriales han pedido en Francia ha sido la eliminación de los vídeos una vez concluya el confinamiento. E incluso los propios bibliotecarios en sus peticiones ya incluyen esa futura eliminación de los vídeos, a posteriori, como una manera de preservar los derechos y ganarse la confianza de autores y editores.

Otra opción, por supuesto, son las numerosas obras libres de derechos de autor que se pueden localizar en las bibliotecas digitales y en la red en general. En este sentido, las webs del ámbito educativo tiene un amplio recorrido reuniendo recursos orientados al público infantil.

Además hay numerosos proyectos en la red de lo más interesantes para indagar en ellos y explotarlos. Es el caso de la web WeeBleBooks. En la que tanto se pueden subir cuentos educativos creados por particulares, como, descargarse los que están disponibles en la plataforma.

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Se vende biblioteca

 

La semana pasada pasó algo con eFilm, la plataforma de visionado en streaming para bibliotecas desarrollada por Infobibliotecas, que aunque previsible: resulta interesante de analizar.

Imagen de la campaña publicitaria de la Free Library of Philadelphia.

 

De manera simultánea, en ‘El País‘ y en ‘Cinemanía‘, le dedicaron sendos reportajes a las enormes posibilidades que dicha plataforma ofrece. Torrelodones fue el primer municipio que apostó por eFilm; y en 2018, Murcia, sería la primera comunidad autónoma en ponerlo en funcionamiento. Entonces, hubo cierto eco en medios en su mayoría locales, pero el impacto no ha tenido nada que ver con el hecho de haber salido en cabeceras de tirada nacional.

Tras los dos citados se ha ido extendiendo la noticia y se han publicado nuevos artículos o reseñas en ‘El Español‘, ‘ABC‘, o en webs tecnológicas de referencia como ‘Genbeta‘ o ‘Xataka‘, u otros medios especializados como ‘Sensacine’.

 

 

La mayoría de medios se limitan a repetir la misma información más o menos resumida. Pero hay que agradecer especialmente a un medio orientado a la tecnología que haya sido el que más ensalce y reconozca la labor que desarrollan las bibliotecas públicas. John Tones, en ‘Xataka’, escribe:

«pero las bibliotecas públicas siempre han sido un oasis fílmico al que recurrir cuando aprieta el bolsillo o ya hemos devastado colecciones propias y ajenas, y no quedan novedades a las que recurrir. Desde los tiempos del VHS, el préstamo de películas ha estado en las bibliotecas, de forma legal y gratuíta. Los tiempos cambian pero, por suerte, la función de servicio público de estas instituciones, no»

De todo este revuelo en torno a eFilm y de las reacciones, comentarios a las noticias, retuiteos y reflejos en sucesivos medios se pueden sacar varias lecturas:

  • lo que ofrecen las bibliotecas públicas sigue siendo un misterio para la mayoría de los ciudadanos
  • las redes sociales tienen muchas limitaciones por mucho que las sintamos omnipresentes y monopolicen, en ocasiones, el debate público
  • la fragmentación de la información en nichos es una realidad
  • las jubilaciones anticipadas de medios considerados tradicionalistas, y por ello, en decadencia: es un deseo de algunos más que una realidad.

«Podrías estar leyendo»: la empresa de publicidad Lamar Advertising lanzó una campaña para la Biblioteca Pública de Milwaukee en vallas publicitarias. Para promover una campaña de alfabetización jugando con los logos de las redes sociales. 

 

¿Qué no habría pasado si la misma noticia hubiese salido, además, en los telediarios de las diferentes cadenas, en Días de cine, Cámara abierta, o ya por hacer teleficción delirante, en el Sálvame o Gran Hermano? Desengañémonos, si es que acaso alguien se había engañado. El potencial publicitario de las redes sociales de una biblioteca pública es muy, muy limitado. Y no solo de las bibliotecas. Las redes sociales han creado un mundo falso que podemos llegar a confundir con la realidad. Y no es así.

 

‘Pon tu cara en un libro’: la campaña para la Biblioteca Pública de Milwaukee jugando con el logo de Facebook.

 

La endogamia informativa es lo que hace girar a las redes sociales. Alguno argumentará que también a los medios tradicionales (y no les falta razón): pero ese aspecto achacable al resto, en las redes, se acentúa hasta el paroxismo. El caso que es la televisión, esa ventana por la que el mundo (según la visión de algunos), entraba en los hogares; y la prensa, ese invento decimonónico al que los jóvenes no parecen prestar atención: siguen siendo transcendentales para provocar algún impacto.

Con las redes, en la mayoría de los casos, hay que contentarse con el logro de predicar a los ya conversos. Al resto de ciudadanos, los no usuarios si hablamos de bibliotecas, ni les llega un lejano eco.

«¿140 caracteres? prueba millones»: la campaña para la Biblioteca Pública de Milwaukee jugando con el logo de Twitter.

 

Y lo triste es que, ahora que las bibliotecas fomentan cultura, no solo la lectura: muchas de sus ofertas interesarían, y mucho, a ese alto porcentaje de ciudadanos que ni leen, ni se lo plantean. Pero las redes de bibliotecas, por mucho empeño que pongan: no llegan ni a arañar la capa de prejuicios en los que incurre la mayoría de la población. Y lo que es más grave: los propios responsables políticos de dichas instituciones.

Por eso, aún es más de valorar la entradilla de John Tones en Xataka. No es algo habitual de ver en las sempiternas noticias en torno a bibliotecas. Notas de prensa, que en ocasiones, parecieran lanzadas por el mismo bot aburrido de haberle tocado en desgracia publicar algo que va a provocar tan poco clickbait.

 

El próximo libro de Gilles Lipovetsky, que Anagrama publicará en España, versa sobre la sociedad de la seducción.

 

Precisamente el medio que dio el pistoletazo de salida a la noticia sobre eFilm, ‘El País’, publicaba una entrevista con el sociólogo y escritor francés Gilles Lipovetsky, de la que extraemos una respuesta interesante:

¿Se refiere a un apoyo político prioritario a la educación y a la cultura? Es raro encontrarlo. En España, no, desde luego. Sí, hablo de eso, pero no hacen falta grandes proyectos. ¡Estoy contra los proyectos culturales grandiosos! Al final eso acaba solo en el star system. Si Mitterrand hubiera dedicado el gasto de sus obras faraónicas en París a mejorar las infraestructuras culturales de las ciudades de provincia, o a mejorar la situación de la banlieue, todo habría ido mejor. […] Es un tema de voluntad política, ¡se trata de hacer que la gente diga lo que le gusta, no solo a quién detesta!

 

Y las bibliotecas, al menos en nuestro país, nunca han entrado en el apartado de obras faraónicas. Las bibliotecas son esas infraestructuras culturales de las ciudades de provincia de las que habla Lipovetsky; y de los barrios, que añadimos nosotros. Por eso, sin el apoyo del organismo superior competente, toda campaña de marketing de una biblioteca para vender sus servicios choca con un techo de cristal.

Si hay algo que han repetido en la citada noticia sobre eFilm: es un potencial para combatir la piratería de contenidos culturales. Aaaaalgo que ya hemos dicho aquí muchas veces, no ya solo de eFilm, sino de las bibliotecas en general. Pero claro estamos predicando a conversos. El mensaje no llega. En cambio, en ninguna de las numerosas campañas que el Ministerio de Cultura ha hecho contra la piratería se ha mencionado a las bibliotecas.

 

‘Spain is different’ el eslogan promovido por el entonces ministro de turismo, Manuel Fraga, que se terminó convirtiendo en todo un clásico intergeneracional.

 

Los respectivos ministerios, a lo largo de los años, han invertido partidas presupuestarias en campañas contra el tabaquismo, la piratería, el fraude fiscal, para evitar los accidentes de tráfico, etc… Algunas con una eficacia nemotécnica innegable: Si bebes no conduzcas; Póntelo pónselo; Hacienda somos todos; Pezqueñines, no gracias; Todos contra el fuego.

Del Ministerio de Cultura destacan algunas muy recientes como la de: No piratees tu futuro, y la más reciente, de Somos patrimonio. En la primera las bibliotecas ni aparecen; en la segunda al menos, al comienzo del spot se sitúa en una biblioteca. El lema de la campaña para fomento de la lectura 2017-2020: Leer te da vidas extras: era ingenioso.

 

Pero ¿sirve una campaña de fomento de la lectura como sustitutivo de una campaña, dedicada en exclusiva, a vender lo mucho que ofrecen las bibliotecas, además de lectura? Y quien dice administración central, dice autonómicas o locales. ¿Se pone dinero solo en publicitar lo que interesa electoralmente? La ingenuidad implícita en la pregunta hace que nos ruboricemos mientras se escribe.

 

 

En el post precedente hablábamos de las demandas de la asociación de bibliotecarios francesa al Ministerio de Cultura de su país. Y ahora, en nuestro país, es FESABID quien acaba de hacer un llamamiento a todas las Administraciones Públicas.

Este llamamiento se concreta en una declaración que, partiendo de los resultados obtenidos en el estudio Las bibliotecas públicas en España diagnóstico tras la crisis económica, reclama a las Administraciones un compromiso para reactivar y reforzar las redes de bibliotecas públicas.

La declaración bajo el lema «Bibliotecas públicas españolas: la casa común de nuestros pueblos y ciudades» se hizo pública en la sede de la Federación Española de Municipios y Provincias; y tal y como informan desde Docuweb:

FESABID aboga por el compromiso de las Administraciones para el desarrollo de una política bibliotecaria que fortalezca estos servicios para garantizar los derechos de la ciudadanía en el acceso equitativo a la información, la educación, la cultura y el conocimiento.

 

Para afrontar estos problemas FESABID reclama un compromiso de todas las Administraciones. Y para empezar ese compromiso de la manera más sencilla: ¿qué tal una campaña publicitaria en condiciones para ‘vender’ lo mucho que ofrecen las bibliotecas?

 

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Hiperestimulados, anestesiados, manipulados

 

Este post solo podía darse en estas fechas. Y no es porque trate nada relativo a la Navidad, es porque sólo una vez saturados de brillos, destellos, luces espasmódicas, adornos kitsch y purpurinas mil: es posible leerlo sin sufrir un ataque epiléptico. Por ponernos pedantes se trataría de algo así como un metapost. Un post que experimenta en sí mismo lo que predica, o más bien, contra lo que predica.

 

 

Hace unos años, el escritor y editor italiano Roberto Calasso, expresaba muy bien una de las paradojas de esta revolución tecnológica que estamos viviendo, que viene a cuento de lo que aquí decimos:

«Un estudiante inteligente, de esos que sufrían porque estaban en provincias y no tenían acceso a las grandes bibliotecas […] hoy desde casa puede tener acceso a libros del siglo XVI, del XVIII, o a las revistas más complicadas de encontrar. Todo está en la red, algo inconcebible hace 20 años. Y, sin embargo, no he notado que se haya producido un particular desarrollo,  jóvenes que escriban una tesis magnífica…»

 

El editor italiano reflexionaba de este modo ante la «aversión» que muchos sienten ante los intermediarios (editores en este caso) en el mundo digital. Pero otro tanto podríamos decir de los bibliotecarios: como mediadores entre el exceso de informaciones y los usuarios.

Nosotros osamos aventurar una explicación a lo que plantea Calasso. Estamos saturados, sobreestimulados, casi anestesiados ante tanto reclamo. Y esto lleva a que muchas veces, salvo los egos insaciables de reconocimiento, muchas voces interesantes opten por la discreción. Una virtud, la discreción, en franca decadencia en nuestros días.

Usar un gif animado, un emoji, un dibujito, un banner emergente, puede tener su punto bien administrado. Pero el aturdimiento continuo que busca provocarnos la publicidad, la avalancha de informaciones, el carrusel de novedades, que gira y gira alrededor: nos arrastra simplemente a la apatía.

 

 

Una de las características que muchos editores de libros electrónicos enarbolan como ventajas frente a la experiencia lectora en papel: es la posibilidad de incluir vídeos y animaciones en el texto. Hay ediciones en digital de cuentos infantiles clásicos que son una verdadera delicia. Relatos interactivos que se venden como un aliciente para atraer a los jóvenes a la lectura al permitir una experiencia más cercana a lo audiovisual.

No tenemos suficientes argumentos pedagógicos para calibrar los pros y contras del uso de la interactividad para fomentar la lectura entre los jóvenes. Pero el peligro de que esa exigencia de interactividad se contagie a la lectura adulta no parece tan beneficiosa. Ya lo dijo el filósofo coreano Byung-Chul Han: «la acumulación de la información no es capaz de generar la verdad. Cuanta más información nos llega, más intrincado nos parece el mundo«.

 

La lectura desnuda de cualquier artificio que no sea la tinta sobre el papel (o la pantalla), la lectura cuyo ritmo lo marque el lector, y no cualquier aplicación o subrayado externo y rutilante: es la única capaz de generar reflexión y pensamiento. Sin algo de quietud (precisamente esa que les estamos robando a cualquiera que lea este post), es imposible asimilar lo que leemos, vemos o escuchamos.

Confiar nuestro aprendizaje a la tecnología, es como fiar nuestros recuerdos a una máquina, y dejar de ejercitar nuestra memoria. La intromisión de Internet en nuestras vidas está llegando a esos límites que la ciencia ficción más visionaria supo adelantarnos hace décadas. Pero solo en el ámbito de lo digital. Todo en general se supedita a ese ritmo, a esa agitación incesante.

 

 

Este año asistimos sin tregua, pisando las ya de por sí saturadas fechas navideñas, al espectáculo trepidante de lo político. Y así con los Reyes aún desfilando por las calles,  nuestros representantes públicos, desfilaban por el hemiciclo empeñados en convertirse en carne de meme, en hashtag, en vergonzosos trending topic, en muñecos de un guiñol de cachiporra que maldita la gracia. El espacio representativo del gobierno de un país transformado en una trinchera en la que cualquier conato de debate estaba proscrito.

Facebook llega tarde a nuestro país al prohibir los vídeos falsos manipulados con inteligencia artificial para que evitar que interfieran en procesos electorales. Nuestros políticos, sin manipulación digital alguna, se bastan y se sobran para dar gifs animados o muertos a las redes.

 

 

Llegados a este punto, si algo nos queda claro es que la sobriedad es el nuevo exhibicionismo. Ante la avalancha de impactos de todo tipo que nos asaltan, y nos anestesian: no hay nada más exhibicionista que lo austero. Algo que este blog procura aplicar cada semana: y no siempre consigue.

Quien quiera leernos que nos lea, quien quiera seguirnos que nos siga. Claro que todo depende del número de visitas de este post, si bate récords, este blog puede convertirse a partir de ahora en un carrusel frenético que ríete tú de la celebración del año chino en Pekín. En cualquier caso, quede como propósito de enmienda de cara al nuevo año que recién arrancamos. Frente al griterío que solo busca aplacar el pensamiento: quietud, mesura, sosiego y reflexión.

Pero por favor ¡¡¡qué acabe de una vez este post!!!

 

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Post contemplativo

 

Esta semana se celebra el IX Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas y se prevén unas jornadas intensas, llenas de conversaciones, reencuentros, debates e intercambio de ideas. Por eso el blog de Infobibliotecas quiere ejercer de oyente, de esponja que se empape bien de lo mucho y bueno que se hablará en Logroño durante estos días: y callarse un poco. De ahí este post contemplativo.

Si hay una red social donde la imagen lo es todo: esa es Instagram. Cuando la desvencijada frase de ‘una imagen vale más que mil palabras’ se ha convertido en prácticamente una dictadura aquí la rebatimos y decimos que es mentira. Para interpretar una imagen correctamente han hecho falta miles de palabras antes que sepan extraerle todas las lecturas posibles.

Que se lo digan a Juan José Millás y su sección en ‘El País Semanal’ donde escudriña fotos para extraer las conclusiones más sorprendentes. O que se lo dijeran a Tom Wolfe, que ante el auge del arte conceptual allá por los 70, dedicó todo un estupendo ensayo, La palabra pintada, para ironizar sobre los excesos del arte contemporáneo cuyas imágenes precisan de mil palabras que consigan insuflarle algo de sentido o valor.

Por eso aquí nos callamos (a ver si es verdad) y nos recreamos en los fotomontajes que dos bookstagrammers publican en sus cuentas. James Trevino y Elizabeth Sagan son rumanos y entre los dos llevan la cuenta de Instagram My Book Features.  En ella explotan lo fotogénico que es el libro como objeto, y lo fotogénica que es la lectura para salir favorecidos en una foto. Pero es en sus cuentas personales donde ambos se convierten en protagonistas de los fotomontajes que les han hecho ganar más seguidores.

Ahora que se acerca la Navidad y en algunas localidades se retoma la tradición de los belenes vivientes: Trevino y Sagan pareciera que montan un belén libresco con cada nueva instantánea. Eso sí: deberían añadir a sus respectivas cuentas de Instagram un aviso de que en sus fotos ningún libro ha sufrido daño alguno. Pero viéndolas no estamos muy seguros.

 

Lo que deja claro esta pareja de rumanos es que para salir bien en las fotos no hace falta que sonrías, ni que marques pómulo: simplemente lee y rodéate de libros.

Sospechar que parte del éxito en Instagram, de Trevino y Sagan, sea porque son guapos y jóvenes, y no por su amor por los libros: es de ser muy mal pensados.

 

 

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Biblioteca insecticida

 

La actualidad bibliotecaria engarza posts en este blog como en un rosario o en un collar de perlas (según se prefiera). Si en el que precede, cerrábamos con Barbara Gordon, alias Batwoman, como bibliotecaria superheroína en los 60: este se abre con murciélagos como si de una nueva aventura del hombre ídem se tratase. Pero aún hay más. Curiosamente se nos cruza por las redes esta foto de una Batwoman de 1905. Una asombrosa antepasada del misterioso superhéroe creado por Bob Kane y Bill Finger en 1939. Pero pese a lo que pueda parecer no vamos a hablar de superhéroes otra vez en este post: pero sí de murciélagos e insectos.

 

Sorprendente antecesora de Batman en 1905 que hemos descubierto gracias al Twitter del crítico de cómics de ‘El País’: Álvaro Pons.

 

Hace unos días el Ministerio para la Transición Ecológica distribuía un meme con la curiosa noticia de que hay bibliotecas que utilizan murciélagos para que acaben con las polillas que amenazan sus valiosas colecciones. Y publicado por el Ministerio y corroborado desde Francia. Casi al mismo tiempo (y dudamos mucho que se pusieran de acuerdo) la web ActuaLitté, les universidad du livre nos hablaba de la antigua biblioteca de la Universidad de Coimbra (Portugal) donde además de usuarios, bibliotecarios y demás fauna bibliotecaria: se permite que aniden los murciélagos.

No sabemos lo que esta noticia ayudará a que la imagen de las bibliotecas como lugares vetustos y sombríos evolucione. Pero nos da igual. Puede que queramos ir de muy modernos pero, por favor, que nunca desaparezcan estas maravillas. El caso es que no solo es en la biblioteca universitaria coimbrense donde al anochecer salen a la caza los murciélagos entre sus baldas: en la biblioteca del Palacio Nacional de Mafra la tradición se repite.

 

En España la Universidad Complutense es una de las instituciones que participa en el mayor proyecto de preservación digital: la Hathi Trust Digital Library. O lo que vendría ser lo mismo: buscando los murciélagos de la era digital.

 

En el canal de televisión brasileña Globo dedicaron un reportaje hace dos años a esta curiosa costumbre. En los manuales de conservación y preservación de las colecciones nunca se mencionó esta exótica tradición, y es una pena, porque aúna respeto medioambiental y protección del patrimonio. El programa del canal brasileño se debe a sus índices de audiencia: así que el tono y las imágenes refuerzan el lado más siniestro y misterioso del relato. La historia daba pie a ello y hasta resulta algo digno de nuestro reto #bibliobizarro.

En este caso el punto de sensacionalismo se comprende y hasta se agradece. Y sorprendentemente establece un insospechado punto de conexión entre murciélagos y bibliotecarios, no vía Batman, pero sí en relación con el papel que los profesionales de las bibliotecas pueden ejercer hoy día combatiendo bichos dañinos en otros ámbitos menos venerables.

 

 

Si hablábamos de insectívoros beneficiosos ahora nos pasamos a las aves de rapiña. En el clásico del cine francés, El cuervo (1943), unas misteriosas misivas, firmadas bajo el seudónimo de ‘El cuervo’, despiertan los recelos y las sospechas entre los vecinos de un pequeño pueblo francés. La película se convertía en una inteligente metáfora del ambiente de delación, represión y persecución que había propiciado la ocupación nazi de Francia. Pero 75 años después, la película de H. G. Clouzot, resulta perfecta para retratar un mundo que le quedaba lejísimos: el generado en torno al día a día de las redes sociales.

No vamos culpar a Twitter, sobre todo, de haber inventado el mal rollo en los medios de comunicación. El amarillismo viene de lejos. Ni tampoco al pobre Yellow Kid, inocente protagonista de la tira cómica por la que lucharon encarnizadamente las dos grandes cabeceras de la prensa estadounidense a finales del XIX (el ‘New York World’ de Joseph Pulitzer y el ‘New York Journal’ de Williams Randolph Hearst ) y que dio otro término para referirse al sensacionalismo inspirándose en el color amarillo del pijama del inocente crío.

 

‘The Yellow Press’  de L.M. Glackens (1910): ilustración conservada en la Library of Congress.

 

En determinados espacios de noticias, sobre todo de cadenas privadas, el espacio que antes cedían a la cultura: ahora lo ocupan las últimas ocurrencias o polémicas del Twitter o Youtube. «Si no pasa nada, tendremos que hacer algo para remediarlo: inventar la realidad«. Esta frase atribuida al magnate William Randolph Hearst sigue vigente: pero realidad se puede intercambiar por polémica, que es lo que realmente da beneficios.

La letra de la canción de un grupo que, en los 80, era todo lo contrario a la rebelión juvenil: provocando el escándalo entre los millenials.

A los creadores del concurso-reality de OT les ha salido muy bien con el debate abierto en torno a la palabra mariconez en una canción de Mecano. El conflicto intergeneracional que tratábamos hace un año en El ángel exterminador bibliotecario IV (alevines versus séniors) ejemplificado de manera impecable.

Que los jóvenes cuestionen a generaciones previas es requisito imprescindible de ser joven, y por tanto saludable, lo inquietante es la intransigencia a la hora de admitir opiniones que disientan de su criterio.

¿Será la crisis y el futuro tan incierto el que motive un descrédito tan feroz de cualquier opinión expuesta por un mayor de 25? ; ¿o simplemente es el histerismo inherente al no debate que alimenta las redes cada día? ; ¿se encuentra más pronunciada que nunca la brecha cultural entre generaciones?

La estupenda fotografía que Mary Ellen Mark realizó para su serie ‘La nueva España’ en la década de los 80. Los hijos de aquellos punkis ahora son los que siguen OT.

El principal error de estos jóvenes indignados por el uso de una palabra homófoba en una canción de hace 30 años es medir las obras y hechos del pasado según el baremo que rige ahora. Un baremo basado en el respeto a las opciones vitales de cada uno, en la no discriminación, en la conciencia ecológica y otros valores de lo más esperanzador, en muchos casos, pero cuya falta de cuestionamiento y matizaciones puede terminar convirtiendo en algo monstruoso.

¿El espíritu del Mayo del 68 reencarnado en digital vía Twitter? No sabemos, pero bajo la pantalla del smartphone o las teclas del ordenador, más vale que no esté la arena de esa playa que reivindicaban bajo los adoquines de París. El romanticismo, en determinados casos, choca con el buen funcionamiento de los dispositivos.

 

‘Teresa soñando’ obra de Balthus que intentaron censurar en el Met de Nueva York.

 

¿Cómo se juzgarían determinadas obras o sucesos culturales a la cruda luz que arrojan las redes hoy día? Lolita de Nabokov ya generó gran agitación en los años cincuenta en que se publicó: pero ahora sería un linchamiento que opacaría la magistral creación de Nabokov. ¿Podría el Marqués de Sade haber expuesto sus obras a unas redes que, en nombre de la tolerancia y el respeto a la diferencia, son más implacables que la propia guillotina que a punto estuvo de acariciar su cuello en el siglo XVIII? ; ¿cómo recibirían los oídos acostumbrados a décadas y décadas de música comercial, que no pasa de los cuatro acordes, la Consagración de la Primavera de Stravinski? ; ¿qué ataques habría recibido Tod Browning por explotar las taras físicas de sus actores en su obra maestra La parada los monstruos (1932)?

 

En los albores de la televisión se hablaba mucho de su poder como herramienta educativa: casi un siglo después el poder educativo de las redes es quien acapara el debate.

 

Hemos confundido las redes con la televisión y hemos querido asignarle el poder de debate abierto y pausado, que un principio, algunos quisieron ver en el nuevo medio: y nada más lejos. Solo hay que contrastar (para quienes tengan la suficiente edad y memoria): un debate del programa ‘La clave’ con uno de ‘La Sexta noche’. Pero es que también en los 80: Antonio Escohotado hablando junto a madres de drogodepedientes, en un programa de máxima audiencia, sobre el uso recreativo de las drogas: era mezclar churras con merinas. Esperar un debate reflexivo en Twitter viene a ser lo mismo: pero sin el atenuante del dolor de esas madres de drogadictos que recriminaban a Escohotado sus opiniones.

Siempre pueden existir refugios, cuentas seguras, espacios libres de haters donde de verdad lo que se pretenda sea el libre y civilizado intercambio de ideas. ¿Qué cuáles pueden ser esos lugares?. Es obvio para quien conozca un poco este blog.

De ahí esa analogía murciélagos-bibliotecarios. Si los alados nocturnos que revolotean al atardecer por entre los pasillos de las antiguas bibliotecas portuguesas acaban al vuelo con las plagas que amenazan a los manuscritos y libros: los bibliotecarios tienen una nueva misión en este mundo digital: acabar al vuelo digital con los insectos que amenazan la cultura en las redes. Cierto que no hace falta ser Batman, pero qué duda cabe, que puede convertirse en un superpoder para la profesión en nuestros días.

 

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Influencers anónimos de biblioteca

«Dos peces jóvenes nadando se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario y les saluda con la cabeza y dice “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?” Y los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno de ellos se vuelve hacia el otro y dice “¿Qué diablos es el agua?”.

David Foster Wallace

 

Libro de entrevistas con 21 ‘influencers’ de diversos ámbitos para descifrar las claves de su poder de convocatoria digital.

Este curso, la Universidad Autónoma de Madrid, ha sido noticia por incluir en su oferta formativa un máster para aprender a ser influencer. Y otro tanto hace la Cámara de Comercio de Sevilla con otro máster sobre social media influencer. ¿Estudiar para ser Kim Kardashian, Paula Echevarría o El Rubius? Si según la biotecnología somos puros algoritmos: ¿por qué no se va a poder localizar el algoritmo del carisma, la personalidad o ese noséqué que hace que las masas te sigan en las redes?

Igual no hemos sido muy precisos con eso de carisma, personalidad o talento. Viendo por encima los escaparates digitales de algunos de los influencers que dominan el cotarro es difícil descifrar los códigos que hacen que resulten tan sumamente fascinantes para legiones de seguidores. Será por desfase generacional, será que los humanos (como sostenía un reciente estudio) nos estamos volviendo más estúpidos, o será que nos movemos en un mundo tan nuevo que los baremos del pasado no sirven para compararlo: pero lo cierto es que los fenómenos de masas que nos venden producen no poca perplejidad una vez se detiene uno a observarlos aún con la mejor de las intenciones.

 

Clark Gable provocando la ruina de los fabricantes de camisetas interiores para hombres con solo quitarse la camisa.

 

Marlon Brando remediando en ‘Un tranvía llamado deseo’ (1951) el desaguisado provocado por Gable en los años 30. 

Pero influencers, sin que nadie los llamase así, han existido siempre. En la década de los años 30 el rey de Hollywood en aquellos años, Clark Gable, al desvestirse en una escena del clásico Sucedió una noche (1934), dejó ver que no usaba camiseta interior. Como consecuencia los fabricantes de camisetas interiores masculinas tuvieron pérdidas millonarias. Ahora, los que hacen que se vendan o no determinadas marcas, saltan a la fama sin necesidad de salir de su cuarto: blandiendo un móvil y recurriendo a las redes sociales.

Las estrellas del Hollywood clásico tenían toda una industria detrás que les promocionaba, protegía, mimaba, explotaba y desechaba. Pero ahora la intemperie digital exige más estrellas fugaces que nunca. Puede que los ritmos sean distintos pero los procesos son los mismos. Pero la fábrica de sueños de Internet tiene una baza que le hace superar a las todopoderosas majors de antaño: el Alzheimer cultural que aqueja a las nuevas generaciones de consumidores de sueños.

 

Viñeta del delicioso ensayo en dibujos que ha publicado Neil Gaiman y Chris Riddell titulado: Por qué necesitamos bibliotecas. El texto de esta ilustración viene al pelo para este post: «Estás descubriendo algo mientras lees que será de vital importancia para abrirte camino. Y eso es que: el mundo no tiene porqué ser así. Las cosas pueden ser diferentes.»

 

Aunque en sentido estricto no resulte muy ajustado lo de Alzheimer cultural. Para olvidar algo antes hay que conocerlo. Los millennials no se distinguen de generaciones previas y piensan que con ellos empezó el mundo. No les faltan razones. Es la primera generación protagonista de un tiempo inédito en la historia de la humanidad. Pero culturalmente a pocas generaciones se les han escamoteado los referentes culturales que les precedieron como a ellos. Algo paradójico si se piensa que vivimos en un tiempo en el que tenemos acceso a una cantidad de información impensable en generaciones anteriores. 

A cuenta de esa ignorancia, en las mismas redes que aúpan a esos influencers que siguen los millennials, proliferan los tuits cachondeándose de ellos. La cuenta de Millennials Descubren, en Twitter, acumula 47200 seguidores a costa de reírse de los comentarios que, supuestamente, hacen los millennials en la citada red. De los más recientes un tuit sobre un millennial que creía descubrir la pólvora y en realidad (salvo por lo del alojamiento) estaba describiendo una biblioteca:

 

 

La vulnerabilidad más extrema es el precio a pagar por ese exhibicionismo continuo que necesitan las redes como combustible. De ahí probablemente venga la explicación de la deserción que muchos millennials hacen de Twitter hacia Instagram que certifica el Estudio Anual de Redes Sociales IAB. La mala baba que destila Twitter ahuyenta a muchos jóvenes que prefieren refugiarse en el mundo limpio, bonito, todo postureo y vacuidad que proporciona Instagram. Un Disneyland perpetuo en el que estar a salvo de la realidad más grosera. Lo malo es que por mucho que se sientan protegidos una vez apagan el móvil (mejor dicho: una vez se queden sin batería o cobertura): esa realidad tan fea sigue ahí.

 

Portada dibujada por Ceesepe para el disco de Kiko Veneno: ‘Seré mecánico por ti’. Un título de lo más apropiado a los tiempos que corren.

 

El recién, y prematuramente, fallecido Ceesepe (figura de un movimiento, la Movida, que también parecía reinventar el mundo de la cultura): en una entrevista en ‘Vanity Fair’ declaraba a cuenta del desapego por la cultura en nuestro país: «la gente se conforma con muy poco. Con fútbol y prensa del corazón.» No parece que las redes sociales vayan a contrarrestar esta inercia intergeneracional.

Puede que no sea el fútbol o la prensa del corazón en formato tradicional: pero los mecanismos de dispersión mental lejos de desvanecerse se agudizan. Por eso, de ese 53% de millennials que, según el ya célebre estudio del Pew Research Center, usaron una biblioteca pública en los últimos 12 meses: saldrán los verdaderos influencers del futuro. Estamos convencidos. No de los que simplemente las usan como salas de estudio sino de los que las usan como almacenes de ideas con las que configurar un discurso propio.

Estrellas pre-Internet como Bowie o Madonna supieron rastrear en lo underground para nutrirse y proyectarse al estrellato. Lady Gaga vuelve a la actualidad remitiéndose a Barbra Streisand que a su vez remitía a Judy Garland en la nueva versión de ‘Ha nacido una estrella‘ (2018). Un infinito juego de espejos, de clonación cultural para las masas, de serigrafías warholianas que van borrando los orígenes para poder inventar el mundo con cada nueva generación.

 

 

‘Pose’ (2018) la serie de HBO que recrea los tiempos de los ballrooms o de la ball culture: salones de baile en los que los marginados del sistema se reunían para convertir el baile en expresión de su disidencia. En 1990 la avispada Madonna lo rescató del underground para convertirlo en un éxito masivo.

 

Los millennials lo tienen más fácil que generaciones previas para creer ciegamente en que todo empieza con ellos: la precariedad, un nuevo concepto de fama, de consumir contenidos culturales, de posicionarse en el mundo, de construir o fragmentar su identidad. Pero la diferencia, la originalidad ya no está en lo marginal (simples viveros de ideas y creatividad que alimenta y engrasa al sistema para que siga vendiendo) sino dentro de instituciones plenamente integradas en el sistema que algunos se empeñan en hacer desaparecer.

Resquicios, grietas por las que se infiltra la disidencia en matrix: eso son las bibliotecas, y de ellas nacerán los verdaderos influencers del futuro, las voces propias: tal y como ha sido desde siempre. Hace unos días la agencia creativa estadounidenses RedPepper lanzaba a los medios su última creación: un brazo robot capaz de localizar en pocos segundos a Wally. La inteligencia artificial aprendiendo como siempre han aprendido los niños: con un clásico de las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas públicas.

 

Con motivo del Día de los inocentes Google Maps lanzó una app que permitía buscar a Wally en todo el mundo.

 

Sabiamente el Hal 9000 está aprendiendo a marchas forzadas de las bibliotecas mientras que algunos se empeñan en que los humanos las abandonen. Las estanterías de las bibliotecas están repletas de influencers anónimos para muchos millennials y de ellos surgirán los que configurarán la cultura del futuro: la única duda que queda por resolver es si serán humanos o boots y algoritmos. Mientras llega el futuro, como rezaba el título del libro de nuestro bibliotecario (humano hasta donde sabemos) de cabecera Fernando Juarez: las bibliotecas seguirán practicando su discreta y secreta influencia subversiva desde sus estanterías.

 

 

 

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Tonto el que lo lea (postDíadelLibro)

 

Titular con una frase infantil un post relaja mucho. Nadie puede albergar grandes expectativas visto el arranque. Pero es que después de lo intenso que se pone el discurso cuando de celebrar el Día del Libro se trata: se agradece recurrir a la tontería

Este es el post postDíadelLibro2018 y como todos los años estamos de resaca. Resacosos de citas de escritores famosos, de recomendaciones de libros, de imágenes idealizadas de lectores y libros, de frases entrecomilladas sobre las bondades de la lectura, de mil y una noticias y especiales en todos los medios celebrando al libro y a la lectura. Y ¿hoy qué?, ¿se habrá incrementado el número de lectores por ello?, ¿se cerrarán menos librerías? , ¿se apuntará más gente a las bibliotecas?

 

 

Que no, que no, que no estamos en la última fase de la borrachera, y después del subidón, subidón, nos hemos instalado en el muermo. Que no estamos patéticamente llorosos, proclamando que queremos mucho a la cultura, que la lectura es maravillosa, que los libros son maravillosos, que el muuuuuundooooo es maravilloso. Que no, que no vamos de descreídos, todo lo contrario. El que exista un Día Internacional del Libro está muy bien.

Como mínimo las librerías habrán aumentado sus ventas y las bibliotecas han podido programar actividades para deleite de sus usuarios. Pero es que para promocionar la lectura no queremos un día, queremos todos los días del año. A veces esto de los Días Internacionales de…. es como los propósitos de año nuevo: lavan la conciencia a base de buenos propósitos y después se olvidan con la misma facilidad que se formularon.

 

 

En las bibliotecas el Día del Libro son 365 (porque ahora ya ni los festivos se salvan teniendo plataformas de lectura digital o contenidos audiovisuales a la carta), y no estaría mal que si de verdad se quiere fomentar la lectura, se apostase por las mayores redes de circulación y fomento de la lectura que son las bibliotecas. Pero en pleno día de resaca, no es cuestión de ponernos intensos, por eso hemos recurrido a algo liviano para engalanar el post: a algunas de las viñetas del delicioso cómic Los libros en The New Yorker.

Tal y como demuestran las jocosas viñetas que durante años ha ido publicando el prestigioso medio neoyorquino: el libro, en sus diversas formas, ha sido la piedra angular sobre la que ha girado la cultura desde que se inventó la escritura.

 

 

Los libros han sido la fuente predominante, y única hasta no hace tanto, para indagar en el ser humano. Pero eso siempre ha requerido de tiempo, perseverancia y entrenamiento. Ahora los únicos entrenamientos aceptados voluntariamente son los que imponen los monitores de gimnasio. Si los tiempos no se avienen al esfuerzo necesario para asimilar las páginas de un libro, en lugar de leer libros habrá que leer las mentes, directamente, sin intermediarios, ni filtros. Algo que la noticia postDíadelLibro de que España es el tercer país de la UE que menos gasta en la lectura: solo viene a refrendar. Tanto reality y programa del corazón tenían que dar sus frutos tarde o temprano: leer las mentes ya que no los libros.

El sueño de todo publicista, empresario, político y de cualquiera (padres, hijos, pareja) que aspire a manipularnos para bien o para mal.

 

 

El primer paso ya lo está dando la tecnología. Hace unos días saltaba la noticia de que el más puntero de los institutos tecnológicos del mundo, el de Massachusetts (MIT) ha creado un casco capaz de leer los pensamientos con el nombre de Alter ego. El casco, compuesto de electrodos, detecta las señales neuromusculares que intervienen en la comunicación hablada. De este modo el casco es capaz de interpretar la voz interior: un hábito que, según el artículo de ‘Tendencias 21′ que es donde hemos conocido el invento, es muy común entre los lectores. El soliloquio que constituye nuestra banda sonora interior (efectos sonoros de las tripas aparte) ahora con subtítulos incorporados.

Es una forma pedestre de contarlo porque en realidad lo que hace el casco es transcribirlos en cualquier pantalla o dispositivo con una eficacia del 92%. La noticia tranquiliza por un lado (no puede leer los pensamientos cerrados, es decir los que no están pensados para verbalizarse); e inquieta por otro (la seguridad del dispositivo no está desarrollada por lo que está expuesto al pirateo).

Pensamientos pirateados: un nuevo frente se abre para la legislación que protege los derechos de autor. Aunque antes de legislar habrá que comprobar si los pensamientos pirateados merecen protección. En cualquier caso, cual mantra, ante la posibilidad de intrusismo mental habrá que repetirse continuamente ‘tonto el que lo lea’ como quien  coloca un cartel falso de protección con alarma en la fachada de su domicilio.

 

Los sensores desarrollados por el MIT para detectar la actividad neuromuscular y así transmitir los pensamientos.

 

El relato de Philip K. Dick en que se basó la película de Spielberg.

Quizás porque todo sea cada vez más complejo: el pensamiento se está haciendo tan simple que leer las mentes no va a exigir de tecnologías demasiado sofisticadas. La Inteligencia Artificial en pos de la complejidad humana, y los humanos en pos de la simpleza binaria de lo digital. Era inevitable con tanto SMS, whatssap, emojis y memes. Nos gustaría pensar que más que una involución se trata de un paso intermedio hacia la telepatía. Una forma superior de comunicación, que si se acompaña de empatía, podría ser la solución definitiva para nuestra especie.

En un artículo publicado en ‘Library Journal’ el profesor universitario estadounidense Michael Stephens repasaba cómo se representaban hace dos años (eso en Internet es mucho tiempo pero en el asunto en cuestión la cosa no parece haber variado mucho) los asuntos referidos a libros, bibliotecas y bibliotecarios en el lenguaje de los emojis. Entonces se lamentaba de que no existiera ningún emoji para representar una biblioteca o a un bibliotecario: y dos años después seguimos igual.

 

La historia de Miley Cyrus en emojis.

 

En 2018 Unicode Consortium, que es la organización de publicar nuevos emojis, entre los 157 nuevos monigotes que ha estrenado ha dado cabida a pavos reales, loros, dientes, microbios, rollos de papel higiénico y hasta tiques de la compra. Es cierto que ya existen emojis para libros, lectura, escritura, e incluso algunos emojis de edificios que bien podrían pasar por una biblioteca: pero a ver si para 2019 se crea algún emoji que represente a las bibliotecas/carios inequívocamente. ¿O en realidad no será necesario crear un emoji para representar a la profesión bibliotecaria?

No, no, que no vamos en plan lastimero, todo lo contrario. Revisando los principales emojis que hasta la fecha se han creado para representar las distintas profesiones lo cierto es que prácticamente todos podrían ser bibliotecarios.

 

 

En casi todos emojis laborales hay rasgos bibliotecarios. Tal es el perfil de una profesión que, en los últimos tiempos, va acumulando más capas que una milhojas en cuanto a competencias. Todo le viene bien.

Que si la lupa de los detectives; que si la bata de los médicos; que si el gorro de operario o el mono de mecánico cuando se rompe algo, y aburridos de esperar a que vayan a arreglarlo, agarran la caja de herramientas casera; que si los pinceles en los talleres; y por supuesto, el rayo cruzado en la cara a lo Bowie, porque puestos a ser cool pueden ser los más cool; y no incluimos el gorro de los soldados de la guardia real inglesa porque no queremos enrollarnos, pero es más que probable, que encontrásemos alguna semejanza (si estuviéramos preDíadelLibro habríamos dicho que son como la guardia real de la cultura: pero estamos en pantuflas así que mejor nos ahorramos tales cursilerías).

 

Vida de un bibliotecario en emojis.

 

Pero mirándolo desde otro prisma: que te conviertan en emoji no resulta nada halagador. Casi cualquier historia de un taquillazo de Hollywood o de muchos best sellers (de los de usar y tirar) se podria resumir en emojis. De ahí que tantos espectadores que buscan relatos adultos se hayan volcado en las series. Después de todo que no te jibaricen el pensamiento, que no te transformen en monigote: es de lo mejor que te puede pasar. Manías de ‘letrasados’ que se empeñan en alcanzar la simplicidad sin incurrir en simplezas.

Y mientras se nos pasa la resaca ponemos algo de música. No muy alta. Róisín Murphy tampoco es fácil de estereotipar. Esta tipa, desde que empezara con Moloko en los 90, se ha empeñado en sacar los pies del tiesto una y otra vez. Daría para mil emojis a cual más estrafalario, y aún así, no alcanzarían a describirla por completo. ¡Bien por ella! Terminar con su vídeo Whatever (Lo que sea) es toda una declaración de principios. Lo que sea antes que previsibles, o dicho de otro modo más acorde con el título del post: antes muertos que sencillos.

 

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Si encuentras a la Biblioteca por el camino, mátala

 

Un koan es una frase, problema o reto que, dentro del budismo zen, el maestro plantea al alumno para poner a prueba su progreso. ‘Si encuentras a Buda por el camino, mátalo’: es un koan especialmente contundente, pero como en todo koan, hay que saber trascender el sentido literal de las palabras.

‘Matar a Buda’ puede interpretarse como una manera de escapar de las propias creencias cuando éstas se convierten en dogmas, en un camino trillado que nos lleva hacia el conformismo, a una sabiduría estereotipada convertida en cliché. De ahí la blasfemia suprema de matar nada menos que a Buda para seguir creciendo espiritualmente.

 

Diseño del mítico Saul Bass para la película de Otto Preminger: Anatomía de un asesinato (1959)

 

Si este blog fuera el camino por el que cruzarse con la Biblioteca: parecería una masacre de tantas veces como hemos intentado asesinar con saña el concepto de biblioteca más canónico, rancio e inmovilista. Ese concepto que sobrevive, nos gustaría pensar que no gracias a la profesión, sino a ese alto porcentaje de ciudadanos que jamás pisan una.

Lo de ‘asesinar a la biblioteca’ tiene unos antecedentes nada budistas. Si nos remontamos a 2011, fue el profesor David Lankes, quien trasladó el término killing (asesinando), propio del argot callejero en donde significa ‘pensar a lo grande’ asesinando lo que nos estorba: para aplicarlo al mundo de las bibliotecas. Y en esas seguimos: empeñados en asesinar a las bibliotecas como si de la anciana protagonista de El quinteto de la muerte (1955) se tratara, y ésta se resiste a dejarse matar. Igual habría que dejar que la naturaleza siguiera su curso, pero en ese caso, es más que probable, que los bibliotecarios terminasen compartiendo sepulcro.

 

El pasado otoño se celebró en La Térmica de Málaga el I Congreso de Cultura Basura. Alta cultura, baja cultura, cultura popular, cultura underground, cultura basura: los contornos de la cultura se derriten como un blandibu.

 

En Biblioteca yé-yé: de lo typical spanish en bibliotecas llegábamos a la conclusión de que el invento bibliotecario más genuinamente español eran las casas de cultura: un concepto perfectamente extrapolable a lo que deben ser las bibliotecas en el siglo XXI. La casa, como edificio, ya la tenemos; ahora habrá que saber en qué se ha transformado la cultura para poder seguir acogiéndola.

Precisamente pocos años después de que se crearan las casas de la cultura, tras la muerte de Franco, el denominado destape eclosionó como signo de los nuevos tiempos. Entre bikinis, minifaldas, pantalones y camisas ajustadas: el pudor y la decencia propios del carácter español que tanto promovía el NO-DO: parecían desvanecerse. Pero era mentira. Hasta que no llegaron las redes sociales y los realities: el pudor cotizaba al alza. Pero eso acabó.

Los años del destape literario, titulaba Manuel Vilas su artículo sobre la eclosión de la ‘literatura del yo’ en el suplemento cultural ‘Babelia’. Según Vilas, los autores españoles, una vez superados las ideas de pudor imbuidas por el catolicismo imperante en la literatura española han decidido, por fin, desnudarse en relatos cada vez más indiscretos, sinceros, y exhibicionistas. Llegan un poco tarde. Es cierto que no escribían, pero el ejemplo de Nadiuska, Agata Lys, Susana Estrada o Bárbara Rey, entre otras, merecería un reconocimiento por su valentía y arrojo al haber sido pioneras.

 

Los años desnudos (2008) de Félix Sabroso y Dunia Ayaso: homenaje fallido a una época que bien merecería una buena película o serie.

 

Philiph Roth, Karl Ove Knausgard o Joan Didion quedan muy apropiados en un artículo sobre literatura. Pero para ser justos habría que reconocer el influjo que Facebook, Twitter, los realities o Instagram han ejercido en levantar el acta de defunción definitiva del pudor. La cultura, sea lo que sea eso ahora, no se puede interpretar sino es contando con ellos.

Un experto en estas lides, como es el periodista, presentador y, ahora hasta actor, Jorge Javier Vázquez (por cierto abonado también a la literatura del yo con dos autobiografías publicadas) declaraba recientemente que ‘la intimidad está sobrevalorada. El mundo sería más amable si la compartiésemos más‘. Cierto, sobre todo el mundo de los que negocian con ella.

Pero el mejor diagnóstico del tiempo cultural que estamos viviendo ya la hizo Robbie Williams, en el 2000, cuando Internet aún estaba a medio arar. Una estrella del pop mainstream a través de un videoclip. No cabía mejor formato ni mensajero.

 

 

Si la intimidad cotiza a la baja, la única intimidad posible es la falsa intimidad: la que nos creamos cuando estamos a solas, no con un libro, sino con nuestra conexión wifi. Tanto es así que, en ocasiones, olvidas que lo que publicas puede llegar a lectores insospechados.

El reciente post Bibliotecas fuera de la ley dibujaba el mapa de las bibliotecas públicas como el mapa de la libertad de expresión de nuestro país. Para ello se citaban algunas de los casos mediáticos más sonados de censura de creaciones artísticas en España, y entre ellos, no faltaba el escándalo alrededor del libro de relatos Todas putas de Hernán Migoya. Pues bien la sorpresa (más que agradable) ha venido al recibir un correo del propio Migoya felicitándonos por el post.

 

La adaptación al cómic de la novela de Vázquez Montalbán ‘Tatuaje’ por Hernán Migoya con dibujos de Bartolomé Seguí.

 

Migoya inspirándose en la bañera.

Desde Lima, donde reside actualmente, Migoya se congratula de que el debate sobre la libertad de expresión esté tan vigente, y sobre todo, nos transmite su total amor por las bibliotecas. Tanto es así que nos enlaza un post suyo sobre la situación de la biblioteca pública del barrio limeño en el que vivió que no tiene desperdicio.

Y como, en ocasiones los astros parecen alinearse, en el último ‘Jot Down’ aparece una extensa e interesantísima entrevista con el propio Migoya. Repasar su trayectoria desde el underground de ‘El Víbora’ hasta el punto de inflexión que supuso en su carrera el escándalo alrededor de Todas putas: es asistir a un creador libre de mente y discurso, incómodo para todos aquellos que necesitan que las cosas sean blancas o negras, de izquierdas o de derechas, de un bando u otro. Migoya ha ‘asesinado’  muchos lugares comunes a lo largo de su trayectoria: con su reivindicación de la cultura popular como un antídoto contra lo dogmático, lo engolado, lo estancado.

 

La puesta en escena del show televisivo al servicio de lo literario.

 

En la última edición del concurso-realiti-show Go Talent, en medio de saltimbanquis, magos y aspirantes al sueño americano versión hispano-televisiva: un joven emigrante guineano se hizo con el primer premio de este concurso recitando poesía. Risto Mejide, el duro oficial de Telecinco, interpretó su papel de severo de gran corazón al que solo la auténtica poesía alcanza a conmover. Y con los datos de audiencia aún calientes: el primer libro del joven llegaba a las librerías bajo la frase publicitaria: «el libro del poeta que conquistó a un país en menos de tres minutos».

No vamos valorar el talent o talento de Brandon, entre otras cosas porque no hemos leído su libro y le deseamos lo mejor, pero sin duda, en breve, estará en más de una biblioteca pública y elevará estadísticas de préstamo igual que elevó índices de audiencia. No vamos a incidir en la perfecta fórmula por la que apostó el publicista Mejide (joven africano+drama de la emigración+show televisivo+poesía = éxito de ventas); ni tan siquiera en la música de violines de fondo que acompañaba la voz llorosa de Brandon mientras recitaba sus poemas. Convenciones, al fin y al cabo, del espectáculo televisivo.

No, no vamos a mirar por encima del hombro desde la atalaya bibliotecaria cuando de ‘asesinar a la biblioteca’ estamos hablando. Sería de juzgado de guardia. Es más interesante atender a cómo cierta idea de cultura, no solo pervive, sino que lo inunda todo: la que apela a la emoción reprimiendo cualquier filtro racional. Después de todo esa ha sido la base siempre de la cultura popular: pero ahora elevando los niveles de azúcar que rozan la hiperglucemia.

 

Libro de Defreds, uno de los jóvenes poetas surgidos en las redes sociales, editado por Espasa: la misma editorial que ha editado al ganador de Got talent.

 

Mejide-Telecinco no han hecho otra cosa que apropiarse del fenómeno de jóvenes poetas que triunfan en las redes (Marwan, Defreds, Elvira Sastre…)  trasladándolo al show televisivo y añadiéndole elementos que mejoraran el producto de cara al discurso políticamente correcto de lo que nos debe conmover. En una escena de Eva al desnudo (1950) Bette Davis (sí, otra vez ella) quitaba la radio al escuchar una melodía de Chopin declarando que detestaba el sentimentalismo. Margo Channing, su personaje en la película, lo iba a llevar muy mal en nuestro tiempo.

 

«Detesto el sentimentalismo barato»: Margo Channing dejándolo claro en Eva al desnudo (1950)

 

En medio de todo ¿dónde queda el discurso creativo que no se ajuste a estas pautas? ; ¿lo underground o lo elitista son las únicas salidas para otro tipo de mirada sobre lo que se considera cultura? ; ¿qué entienden los tan traídos y llevados millenials por cultura? Según la RAE, cultura es «conjunto de conocimientos que permite desarrollar un juicio crítico»: pero, ¿se puede desarrollar un juicio crítico viviendo permanentemente en un clima de emotividad exagerada? En tiempos de Inteligencia artificial lo humano elevado a la enésima potencia. ¡Qué fácil se lo estamos poniendo a los terminators!

Este es el koan, el reto que al que deben someterse las bibliotecas como casas de la cultura: ¿qué es la cultura hoy día? Solo respondiendo esta pregunta el asesinato de la Biblioteca será un crimen perfecto.

 

 

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