Autocorrector bibliotecario

 

En estos días el autocorrector se ha convertido en una inesperada metáfora de nuestro tiempo. ¿Cuántos entrecejos contraídos estará provocando la aletoriedad del autocorrector al corregir los millones de WhatsApp que circulan? A todos, y a todo, nos están aplicando el autocorrector en estos días.

 

 

Un ensayo exprés para tiempos exprés.

Autocorrector linda con autocorrectivo. Tenemos que corregir hábitos, comportamientos, planificaciones, y puede que, hasta planteamientos de vida. El escritor superventas Paolo Giordano ha cogido la delantera, en plena cuarentena mundial, para erigirse como el primero en publicar un libro sobre la crisis del coronavirus. Puede que el mundo se haya parado, pero la urgencia oportunista por subirse a los carros que pasan: no.

La necesidad de cambiar hábitos, de replantearnos cómo se organiza nuestro mundo. Un discurso que se repite en artículos y reflexiones de insignes, y no tan insignes, firmas. Pero el caso es que las formas (seis días ha tardado Giordano en escribirlo) no parecen predicar con el ejemplo. Hemos levantado el pie del acelerador a la fuerza, encerrándonos en nuestras guaridas: pero nuestras vidas digitales corren, invaden y se aceleran con más fuerza que nunca.

En No tengo Facebook, Twitter ni Instagram: el desgarrador testimonio de una biblioteca en directo: citábamos el ensayo de Remedios Zafra: El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital. Y ahora, no solo los creadores, todos estamos sujetos a la esclavitud del teletrabajo. Se derribaron todas las barreras de la intimidad que antes eran coto de concursantes de realities televisivos. No hemos terminado de engullir la tostada y el café cuando ya le estamos dando al botón de encendido del portátil casero.

 

En la cuenta de IG Postales de cuarentena se publican postales simulando viajes por los rincones de nuestros hogares. Hay otros mundos pero están en nuestro hogar. El publicista Álvaro Palma y el ilustrador Álvaro Bernis están detrás de esta idea. Dos proveedores de mundos, como las bibliotecas, para este encierro.

 

Se impone la necesidad de replantearnos el funcionamiento de las cosas; de valorar lo importante. Y asistimos a esos propósitos de enmienda en medio de un fuego cruzado de ofertas culturales, promoción de servicios y altruismos varios que dejan poco tiempo para esa reflexión y sosiego de la que tanto nos hablan.

Como dice César Rendueles en ‘Babelia‘:

«si alguien que nunca hubiera oído hablar de la pandemia, observara mi cuenta de Twitter estos días, probablemente llegaría a la conclusión de que “coronavirus” es el nombre de alguna clase de corriente artística caracterizada por la bulimia cultural.»

Atiborrándonos de entretenimiento y cultura como sucedáneos de la vida que se nos ha estancado. Pero que en realidad nunca tuvimos. Y las bibliotecas, frenéticas hormiguitas, aplicándose para no perder la oportunidad. Habrá que rendir cuentas ante jefes y usuarios. En Bibliotecas en los balcones hablábamos de que era el momento de fomentar la labor prescriptora de los bibliotecarios como profesionales de la cultura que son. Pero ¿quién prescribe a los prescriptores?

Automedicarse está muy mal visto. Pero autoprescribirse lecturas, películas y música no contraviene ningún mandato de la OMS ¿Por qué no computan como horas de teletrabajo las lecturas, películas vistas y música escuchada en este encierro? Si hay que poner en valor más que nunca el papel de intermediarios que desempeñan los bibliotecarios entre la enorme oferta cultural y los usuarios: ¿no tendrán que saber de lo que hablan para poder ofertarlo?

 

 

Estado de excepción cultural: funcionarios leyendo, viendo cine o escuchando música como trabajo. ¿Hace falta más leña para ciertos discursos? Si transigimos con una app que reinterpreta, corrije y distorsiona nuestras palabras: ¿porqué también vamos a ceder la soberanía de corregirnos a nosotros mismos? En estos días al escribir un blog, como éste sin ir más lejos, hay que cuidarse mucho de que no parezca que estás leyendo la cartilla. Pontificando aquí y allá sobre lo que deberían, o no, hacer las bibliotecas y bibliotecarios. Más que nunca dame hechos, no deseos.

Por alusiones, uno de nuestros bibliotecarios de cabecera: @ferjur, nos citó de rondón en un tuit con el que no podemos estar más de acuerdo:

«La teoría nos la sabemos tod@s. Creo que necesitamos menos recomendaciones teóricas (de 0.60 que diría @infobibliotecas) y más equivocaciones prácticas. Sin error no habrá #biblioteca (ni en casa ni fuera de ella).»

 

 

¿Se llevará este virus la verborrea bienintencionada, pero muchas veces hueca, de lo que deben hacer las bibliotecas? ¿dejaremos (y aquí los primeros) de dar vueltas como un perro que se quiere morder el rabo sobre los mismos propósitos? Si algo sacamos en claro de esta crisis es que son los funcionarios (científicos y sanitarios) los verdaderos protagonistas de esta crisis. Y que como señalaba Antonio Muñoz Molina en ‘El País‘:

«Por primera vez desde que tenemos memoria las voces que prevalecen en la vida pública española son las de personas que saben; por primera vez asistimos a la abierta celebración del conocimiento y de la experiencia, y al protagonismo merecido y hasta ahora inédito de esos profesionales de campos diversos»

Y eso hace que nos guste más saber de iniciativas como las que está desarrollando la Biblioteca Pública Municipal de Valdelacalzada (Badajoz) que forma parte de la red CV19_Makers_Extremadura. Florencia Corrionero nos ha contado cómo, el Espacio Read Maker de esta biblioteca, lleva días produciendo viseras y máscaras de protección en su impresora 3D con destino a proteger al personal sanitario. Mucho se hablaba del potencial de los espacios makers en bibliotecas: pero no sabíamos aún hasta qué punto podían llegar a ser útiles.

Ahí tenemos un caso concreto: no una hipótesis o elucubración teórica. No un ‘hay que hacer…’ sino un ‘hemos hecho…». Y mientras, no nos agobiemos más de lo que nos agobia ya de por sí la actualidad.

 

Automediquémonos con cultura y acumulemos errores y experimentos con gaseosa. No hay porque estar todo el rato justificándose para que el responsable político de turno mantenga brillante su imagen en el escaparate de esta crisis. La profesión bibliotecaria tiene la suerte de poder ser cobaya de los medicamentos que prescribe, Leer, ver y escuchar: puede que no contabilicen como horas fichadas. Pero la curiosidad intelectual siempre computa en la cuenta de resultados de una biblioteca.

 

Postales desde una cuarentena.

 

Y si abrimos con WhatsApp bien está que cerremos con WhatsApp. Estos días se ha hecho viral un mensaje, a través de este medio, con un poema fechado en 1800. Firmado por una tal K. O’Meara que al parecer lo escribió con motivo de la epidemia de la peste de hace dos siglos. Y como tantas cosas, en estos días, ha resultado ser una verdad/mentira a medias.

Kitty O’Meara, en realidad, es una profesora jubilada de los Estados Unidos que ha escrito dicho poema con motivo de este confinamiento mundial de 2020. Pero, por lo que fuera, quedaba más romántico ubicarlo en el pasado.

«Y la gente se quedó en casa. Y leyó libros y escuchó…» Así empieza el poema. Y no deja de ser irónico que sea un poema involucrado en una fake news intrascendente (de esas noticias falsas a las que las bibliotecas deben ayudar a combatir): el que resuma la actitud con la que mejor podemos autocorregirnos en este encierro.

 

 

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