Mi biblioteca y otros animales

 

La crónica bibliotecaria de estos últimos días viene cargada de noticias que le darían a J.K. Rowling para una nueva entrega de sus animales fantásticos. No tanto por la magia como por el hecho de toparse con animales allá donde uno no espera encontrárselos: en bibliotecas.

Perros y bibliotecas es una asociación que ya no sorprende a nadie. El programa Perros y Letras R.E.A.D. España es la adaptación a nuestro país del programa originario de los Estados Unidos que creó, en 1999, la organización Intermountain Therapy Animals para mejorar la vida de las personas mediante la interacción con animales. Durante los últimos años han sido varias las bibliotecas que han celebrado cuenta cuentos con perros adiestrados. Lo que no es tan habitual es toparse con serpientes en una biblioteca.

 

 

Tal cual como le pasaba a Elsa Pataky, en esa pieza de culto friki que fue Serpientes en el avión (2006), Peggy Goforth, bibliotecaria responsable de la Biblioteca Pública del Condado de Madison: tuvo un encuentro no demasiado agradable con estos reptiles en su biblioteca.

Un usuario se acercó al mostrador a quejarse porque había detectado a una persona en la biblioteca con una serpiente en una bolsa.

Cuando la bibliotecaria fue a preguntar a la persona en cuestión por el contenido de su bolsa, el hombre, la volcó sobre el mostrador para mostrarle unas doce serpientes, desde pitones a boas, que comenzaron a reptar alrededor mientras el orgulloso propietario les decía los nombres de sus mascotas como si de hijos se tratasen.

Hábilmente, la bibliotecaria le hizo notar al usuario que la presencia de sus queridas mascotas incomodaba al resto de usuarios (tanto es así que hubo que pedir asistencia para una mujer que sufrió un ataque de pánico): por lo que le pidió con mucho tacto que se llevara a las serpientes de la biblioteca: a lo que el hombre accedió comprensivo.

 

The Living Reptile Museum Summer Reading Presentations es un programa de lecturas y actividades con serpientes dirigidas a bibliotecas.

 

La película basada en las memorias de Benjamin Mee, que junto con su familia, adquirió un zoológico abandonado para vivir en él.

Pero tal y como cuentan en ‘Citizen Times‘: las serpientes no son los únicos animales «fantásticos» que han visitado la biblioteca del Condado de Madison. Los usuarios de esta biblioteca parecen tener una afición un tanto desmedida por hacerse acompañar por sus mascotas en sus visitas a la biblioteca.

Los perros y gatos no son nada si se tiene en cuenta al listado de animales que han tenido de visita durante solo el último año: un mono, una rata, arañas, un hurón, loros, pollos, jerbos, conejillos de indias o hámsteres, entre otros.

Puede que también tenga que ver el hecho de que la propia biblioteca ha mostrado un talante muy animal friendly a la hora de programar algunas actividades. En una ocasión hicieron llevar una granja de hormigas para mostrarla en el centro, y la persona encargada olvidó cerrar la tapa: por lo que las hormigas se desperdigaron por toda la biblioteca.

Hormigas entre libros: da para título de cuento infantil o relato de terror.

Un arca de Noé bibliotecario que se les ha ido de las manos, a partir del incidente con la bolsa de serpientes, y les ha obligado tomar medidas. La Junta de Comisionados del Condado ha elaborado un reglamento que limite la presencia de mascotas en las bibliotecas a los perros-guía excluyendo cualquier otro tipo de mascota.

 

Terry L. Vandeventer, de The Living Reptile Museum, ejerciendo como el ‘snake man’ en una biblioteca.

 

Las bibliotecas de nuestro país son menos exóticas en ese sentido. Más allá de los perros, no es habitual encontrarse con situaciones comprometidas en cuanto a la presencia de animales en bibliotecas. Tampoco es que España, históricamente, pueda erigirse en ejemplo de país comprometido con los derechos de los animales.

Afortunadamente en los últimos años este asunto está, poco a poco, ocupando espacio en los medios y en los debates políticos. La última noticia esperanzadora ha sido la aprobación en Extremadura de la Ley 10/2019 de protección civil y gestión de emergencias. Una ley que se ha convertido en la primera normativa española que contempla a los animales, cuando de organizar planes de evacuación ante catástrofes, se trata.

Pero una cosa son los derechos de los animales y otra las reglas de convivencia con los humanos. La presencia de mascotas personales en las bibliotecas (tal y como han decidido en la «zoológica» biblioteca del Condado de Madison) se circunscribe a perros guías.

Pero el debate está en el aire: ¿debería ampliarse la presencia de mascotas (perros mayoritariamente por ser más fácilmente adiestrables) en espacios públicos comunes como son las bibliotecas? Un asunto a debatir en el que surgen posturas de lo más opuestas entre quienes abogan porque estos centros sean dog friendly y los que no ven necesidad, o incluso ven como una molestia, la presencia de mascotas en bibliotecas.

 

Pipper, el perro viajero. La mascota del periodista donostiarra Pablo Muñoz Gabilondo se ha hecho célebre por viajar por toda España junto a su dueño constatando lo dog friendly que son las ciudades de nuestro país.

La cantante, compositora y productora Lorde.

Precisamente la cantante Lorde, la esperanza de la música según declaró Bowie en un alarde de entusiasmo poco habitual por parte del duque blanco, acaba de comunicar a sus fans que su próximo disco retrasa su fecha de publicación debido a la muerte de su perro Pearl.

Lorde ha declarado que era su perro quien le dirigía hacia las ideas que conformaban su nueva obra y «que ya no hay un pastor que me guíe para ver cómo será la obra». Con su anterior disco, Melodrama, la compositora, cantante y productora neozelandesa reafirmó su talento y personalidad. Y, precisamente, de melodrama millennial tachan algunos el hecho de que vaya a reformular su tercer disco, y a posponer su lanzamiento, por el hecho de haber perdido a su mascota.

Sócrates, el perro peripatético de Joann Sfar y Christopher Blain: reflexiones en torno a los humanos desde el punto de vista de un perro filósofo.

Problemas del primer mundo que confunden los afectos en una sociedad desnortada según algunos; algo con lo que empatizar según otros. El caso es que cuando se habla de mascotas (sobre todo perros y gatos) se hace casi inevitable incurrir en alguna frase hecha tipo ‘se les quiere como a uno más de la familia’.

La relación entre las personas y sus mascotas habla mucho de la sociedad en la que vivimos, en positivo y negativo, y es un asunto que no ha hecho más que empezar.

Un debate que se complica aún más cuando se cruza otro tema de candente actualidad como es la alimentación y las industrias cárnicas. En este sentido el libro de la psicóloga y socióloga Melanie Joy sintetizaba maravillosamente el asunto simplemente con su título:

 

 

El documental de Gustavo Salmerón sobre su madre muestra, entre otras muchas cosas, lo importante que es elegir correctamente al animal que queremos como mascota. Y un mono no es la mejor opción.

En la sección que ‘El País’ dedicó a figuras relevantes en diversos ámbitos y a sus mascotas, una de las entrevistas más jugosas, vino de la mano de una gran amante de los perros como es Rosa Montero. La escritora y periodista es hija de banderillero, ella no puede ser más antitaurina, pero en dicha entrevista reconoce que el amor por los animales le vino inducido por su padre.

Contradicciones, incongruencias según quien las mire, paradojas que hacen aún más complejo el debate. Un asunto, el de la presencia de mascotas en espacios públicos humanos, que lejos aminorarse no parece haber hecho más que empezar. Y que por lo tanto requerirá de reflexiones por parte de las bibliotecas.

Pero sería un desperdicio acabar este post sobre animales y bibliotecas sin citar la noticia más #bibliobizarra de los últimos años.

 

 

Según relata ‘The Guardian‘ (aunque la noticia es tan jugosa que ha aparecido ya en muchos medios): se ha recurrido a 500 cabras para salvar, de los incendios que están devastando California, a la biblioteca presidencial de Ronald Reagan. Los chistes son tan facilones que nos los vamos a ahorrar.

El caso es que un ejército caprino hambriento desbrozó los trece acres de matorral seco que circundaban a la biblioteca presidencial, y de este modo: formaron un cortafuegos natural que puso a salvo a la institución.

Afortunadamente la empresa propietaria de las cabras supo contenerlas a tiempo de llegar hasta la propia biblioteca. El festín de papel que se podían haber dado hubiera sido pantagruélico. Claramente puede que las bibliotecas lleguen a ser dog friendly, pero difícilmente serán cabra friendly, y visto lo que han hecho al salvar una biblioteca: no deja de resultar injusto.

Y para terminar nada mejor que rescatar el vídeo del grupo Capital cities para su tema Kangaroo Court. Animales antropomorfos que nos sirven para pensar sobre cuán cerca y lejos estamos las distintas especies que habitamos este planeta; y lo fácil que es llegar a confundirnos si lo miramos todo desde una perspectiva únicamente humana.

 

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Bibliotecas recicladas, bibliotecas circulares

 

En enero de 2018, la noticia sobre unos basureros turcos que habían formado una biblioteca gracias a los libros que rescataban de la basura: ayudó a completar el reducido cupo de noticias edificantes/curiosas en torno a la cultura que se permiten los medios generalistas.

La noticia satisfacía dos conciencias colectivas asumidas en positivo por el discurso de nuestro tiempo: la ecológica y la cultural. Por un lado, la necesidad de reciclar como respuesta ciudadana ante la deriva desbocada de la sociedad de consumo; y por otro, esa visión romántica y apocalíptica que sugiere la idea de un libro desechado como metáfora de una civilización en decadencia. La ración homeopática justa para que a continuación los medios (y quien dice medios incluye también al runrún incesante de las redes): puedan proseguir llenando de basura informativa la crónica de actualidad.

 

Uno de los bancos, con forma de libro, desde los que contemplar el Bósforo en Estambul.

 

Lo que hubiese alterado, profundamente, el sentido de la noticia de haberse descubierto: es el hecho de que, imaginemos, algunos de esos libros hubieran sido expurgados de una biblioteca. Al decir esto en un blog cultural orientado, principalmente, al gremio bibliotecario no se corre ningún peligro. Pero la misma información soltada a bocajarro ante la mesa de algún concejal de cultural o de una asociación de vecinos: puede dar más armamento electoral a la oposición política que la recalificación urbanística de un parque natural.

Que los basureros reciclen libros y con ellos monten una biblioteca es algo reconfortante. Denota el espíritu de progreso de unos proletarios; expresa el respeto que aún se conserva, pese a todo, en esta sociedad hacia los libros. Un respeto tan, tan grande en muchos casos, que por eso un gran porcentaje de ciudadanos ni se les ocurre acercarse a ellos. Es el mismo respeto que lleva a declarar en las encuestas que se está a favor de las bibliotecas: aunque jamás se pise una.

 

El libro posee un valor cultural tan importante en Francia que encontrarse uno en la basura es algo inconcebible para muchos.

 

Una doble moral en la que, muchos por no decir todos, caemos si no es en el asunto de los libros, o en el del reciclaje: en algún otro, que igual, no queremos reconocernos. El sentimiento de culpa, que tan magistralmente administraba la religión: ahora se ha potenciado en tantos ámbitos de nuestra vida que ya no hay escapatoria posible. Y la persecución de cualquier desliz se denuncia con severidad, La picota digital no tiene un segundo de descanso.

La homeopatía, remedios naturales y demás conocimientos de los englobados dentro de las denominadas pseudociencias son uno de los nuevos anatemas. Y pobre de la biblioteca, centro educativo o espacio cultural, que en un despiste, dé cobijo a alguien que defienda algo que se pueda asociar, remotamente, a alguno de estos asuntos.

 

Noviembre fue el mes elegido para convertirse, cada año, en el mes de la divulgación científica en las bibliotecas gallegas.

 

Afortunadamente la ciencia y su divulgación (gracias en parte a las bibliotecas) están desvelando a mucho gurú falso (¿hay alguno verdadero?): pero el encono y la vehemencia que se pone en la persecución de los que aún confían en estos remedios remite a tiempos propios de supercherías y represión inquisitorial. Y ya que estamos en ambiente medieval hagamos un poco de abogados del diablo.

Si un usuario, que como todos, paga los impuestos con que se sostienen las bibliotecas públicas quiere creer en: el tarot, la medicina natural o los remedios caseros, y solicita que se le compren esos libros: ¿han de respetarse sus gustos o ha de ser incluido en la lista de sospechosos en la que, inevitablemente, entraría uno que solicite un manual para formar parte del ISIS?

 

Como se puede comprobar este post viene torrefacto. Porque ahora volviendo a cuestiones de reciclaje y respeto por el medio ambiente nos preguntamos, una vez más: ¿qué se puede hacer desde las bibliotecas? Y echamos un nuevo tronco a la hoguera: ¿qué pasa con los carnés de biblioteca?

Hace un tiempo eran de cartón aunque, en muchas bibliotecas, se plastificaban o recurrían a fundas de plástico: con lo cual tanto daba. Si ya existen los DNI electrónicos y con ellos se pueden hacer infinidad de gestiones: ¿no sería la mejor opción para jubilarlos? Aunque es más probable que sean los móviles, a través de la consiguiente app para hacer préstamos, los que den el tiro de gracia a los carnés de biblioteca.

 

En el reciente viaje de Infobibliotecas a Liberia, una de las visitas, fue a una planta de reciclado de Coca-Cola. En ella se prensaban las botellas del refresco y se procedía a reciclarlas, para con ellas , fabricar desde una cancha de baloncesto al suelo para una escuela o biblioteca.

Coca-Cola, empresa emblemática del capitalismo occidental: ha lanzado su primera botella  fabricada con plástico reciclado recogido de los océanos.

 

Aunque si a esas olas de indignación y linchamiento que diariamente recorren las redes les diera por girar su mirada hacia las bibliotecas: igual no era tanto por el plástico de los carnés sino por el papel de los libros.

Las arrinconadas bibliotecas siempre podrían blandir las estadísticas crecientes de préstamos digitales de libros y películas, como atenuante de conciencia ecológica. Pero, una vez han mordido a la pieza, las jaurías de las redes no sueltan tan fácilmente a su presa.

Por ello el informe que acaba de publicar el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) sobre la economía circular de los libros nos deja varios apuntes de especial interés para repasar.

 

 

¿Hacía una economía más circular en el libro? es la pregunta que encabeza este pormenorizado estudio sobre la situación de los libros de papel y su impacto en el medio ambiente.  Para ello se centra, sobre todo, en soluciones para el sector editorial que los produce: pero abarca a todos los escenarios por los que se mueve el libro incluyendo, claro está, a las bibliotecas.

El reciclaje se erige en la solución mayoritaria para dar salida a la cantidad ingente de libros que se desechan en grandes cantidades. Pero no la única. Según los datos recogidos en el informe del 30% al 70% de los libros desahuciados podrían ser reciclados como papel para imprimir, y el resto, serviría para fabricar productos a base de fibra como cajas, toallas de papel o papel higiénico.

 

Una nueva ecología del libro es posible.

 

La WWF señala la sobreproducción editorial como uno de los mayores problemas para esta economía circular del libro. Por eso insiste en la necesaria racionalización y transparencia de los procesos de la industria editorial, como primer paso, para revertir los efectos nocivos de tantos libros desechados. Y hacia el final, da soluciones para cada uno de los actores que interactúan en el mundo del libro. En nuestro caso, como es de esperar, nos quedamos con los consejos dirigidos a bibliotecas:

  • según señala el informe las bibliotecas ya son un modelo de economía funcional o economía compartida o solidaria: por lo tanto tienen puntos a favor desde el punto de vista ecológico.
  • centrándose en algo que escandaliza, cada cierto tiempo, a personas poco familiarizadas con las bibliotecas y su funcionamiento y/o a medios necesitados de polémicas: el necesario expurgo que llevan a cabo las bibliotecas puede verse compensado con una política de donaciones o ventas de segunda mano. En cuanto a los impedimentos legales que puedan surgir de cara a estas ventas el estudio lo dice claro: «el argumento legal que se usa a menudo para oponerse a la reventa en bibliotecas no tiene una base real, y la jurisprudencia claramente favorece la donación o venta a un precio bajo.»
  • las bibliotecas deben ser centros de recolección para el reciclaje efectivo de libros que no puedan venderse o donarse. WWF pide transparencia a las bibliotecas en la gestión de los libros una vez son desechados.
  • como espacios privilegiados a la hora de llegar a un público joven, las bibliotecas son lugares idóneos para fomentar y educar en la reutilización y el reciclaje, de todo en general, y de los libros en particular. A través de actividades lúdicas y atractivas practicar la pedagogía en torno a la ecología del libro en las bibliotecas.
  • para el final el informe deja una nota a destacar: las bibliotecas en realidad solo representan el 2% de las compras de libros. El mayor porcentaje, un 98%, lo tiene la compra por parte de particulares. Claro que están hablando de Francia; no de España.

 

 

Precisamente en la web El asombrario & Co. se publicaba hace unos días un artículo con un título de lo más positivo: Los libros de papel resisten y se hacen más sostenibles. En él, aparte de abundar en las noticias que confirman la vigencia del libro en papel y el estancamiento del digital: se habla del sello de certificación ecológica FSC que garantiza que el papel que llega al consumidor haya pasado por todos los estándares de sostenibilidad.

En España hay pocas editoriales que se hayan sumado a esta certificación en sus libros.

La primera en hacerlo fue Penguin Random House cuando lanzó en nuestro país el libro de Isabel Allende: El bosque de los pigmeos. Y desde entonces han estado trabajando hasta conseguir, en este 2019, que todos sus libros puedan lucir dicha certificación.

Otros sellos como Impedimenta, Errata Naturae o Plaza y Valdés ya están utilizando también papel con el sello FSC en muchos de sus libros. Apuestas de futuro que nos afectan a todos: librerías, editoriales, lectores y bibliotecas.

Bibliotecas recicladas (en el amplio sentido de la palabra), bibliotecas circulares. En definitiva, bibliotecas por el futuro.

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Emergencia climática en bibliotecas

 

La estrella de la música en auge, la jovencísima Billie Eilish, se ha transformado en un ángel caído en su último vídeo para denunciar el cambio climático. El plazo para revertir los desastres medioambientales según los científicos se agota. No es de extrañar por eso que una estrella emergente como Ellish aborde uno de los asuntos que más movilizan a los jóvenes. El encapotado panorama laboral, medioambiental y social que se les dibuja en el horizonte incrementa los tintes apocalípticos a cada nueva previsión meteorológica.

De ahí que el próximo 20 de septiembre se haya convocado la huelga global por el clima. En nuestro país figuras como Rosa Montero, Manuel Rivas, Elvira Lindo, Fernando Aramburu, Marta Sanz, y así hasta cerca de cien escritores: han firmado un manifiesto apoyando dicha huelga. Pero ¿y las bibliotecas?

¿Cómo puede colaborar de verdad las bibliotecas en la lucha contra el cambio climático más allá de: centros de interés, eliminando bolsas de plástico, adaptando espacios e infraestructuras a los requisitos de una buen gestión medioambiental? Pues con algo que siempre es una alegría para el gremio: aumentando las estadísticas de préstamo.

Y para ello, nada mejor que las ya conocidas: Bibliotecas de las cosas.

Este movimiento tiene un largo recorrido. En el 2015 lo que hizo que ganase mayor relevancia en el mundo bibliotecario fue la noticia de la Library of Things (LoT) que puso en marcha la biblioteca de Sacramento.

Raquetas para la nieve, cañas de pescar, telescopios, moldes para pasteles, discos voladores, pelotas, muñecas, ukeleles, etc… Un largo muestrario de objetos que las bibliotecas iban añadiendo a su oferta y que prestaban aparte de libros, discos, películas y demás material propio de bibliotecas.

En nuestro país han sido fundaciones como Los Traperos de Emaus las que se han lanzado recientemente a poner en práctica la idea.

En Guipúzcoa, el pasado mes de marzo, nacía #gauzaTEKA: adaptando la idea que tanto predicamento ha obtenido en Canadá, Reino Unido o Alemania; y que ha hecho que ya se contabilicen más de 400 Bibliotecas de las cosas por el mundo. Pero sin salir del País Vasco, en Bilbao, también existe la Aloklub: una Biblioteca de las cosas puesta en marcha por el brasileño Rodolfo Pereira, al que los medios, ya denominan el bibliotecario de las cosas.

¿Un caso más de apropiacionismo del concepto biblioteca de los que hablábamos en Creative Commons bibliotecarios? El caso es que siendo como es un movimiento que tiene tanto predicamento en bibliotecas públicas foráneas, parece que por el momento, está costando que se implante en nuestras bibliotecas.

 

En una biblioteca pública de Viena acaban de iniciar  «Cosas de Viena». Una biblioteca de las cosas que recurre a un simple casillero transparente para poder ofrecer los utensilios susceptibles de préstamo a domicilio durante 15 días prorrogables.

 

Salvo error por nuestra parte (del que estaremos encantados que alguien nos saque) en ninguna biblioteca pública de nuestro país se ha puesto en marcha. Y precisamente por ello resulta muy pertinente la entrevista que en la web de Shareable publicaban con el responsable de MyTurn: Gene Homicki.

MyTurn es una plataforma que promueve la economía colaborativa: y cuya experiencia con las Libraries of Things y las bibliotecas públicas tiene un amplio recorrido.

 

 

Shareable es una institución sin ánimo de lucro involucrada en promover la cultura del intercambio como una manera de contrarrestar los efectos nocivos de un sistema capitalista basado en el consumo compulsivo y la explotación salvaje de nuestro planeta. Gracias a la entrevista con Gene Homicki podemos tomarle el pulso a cómo va el movimiento Library of Things, y sobre todo, repensar lo idóneo de que alguna biblioteca pública se atreviese a dar el paso.

Entre las cosas a destacar de la entrevista:

  • el movimiento comenzó como bibliotecas de herramientas y lo hizo en una biblioteca de verdad: en la Biblioteca Pública de Grosse Point, Michigan, en 1943;
  • en los años 2008-2009 dos hechos sirvieron para que el movimiento Library of Things cogiera un nuevo impulso que sigue ganando fuerza en nuestros días: por un lado, la terrible crisis financiera que dejó a millones de personas sin trabajo; y por otro: el desarrollo de tecnologías que facilitaban los procesos que requieren las LoTs;
  • en un principio se trataba de hacer que los ciudadanos, y las instituciones, rescatasen aquellos objetos, utensilios y recursos que cogían polvo en sus garajes, trasteros y almacenes y se les diera una segunda oportunidad gracias a las LoTs. Pero en el proceso se encontraron con un añadido: las bibliotecas de las cosas sirven para construir comunidad;
  • las LoTs cuentan con la ventaja de que la mayoría de personas están familiarizadas con las bibliotecas y las tiendas de alquiler: por eso la idea de las LoTs es fácilmente asumible por el público en general.

Argumentos para sopesar la viabilidad de poner algo así en marcha en una biblioteca pública. El próximo día 20, miles de jóvenes de todo el mundo, saldrán a la calle exigiendo medidas efectivas ante la emergencia de pura supervivencia que se nos plantea: y las bibliotecas públicas no pueden dejar de estar presentes de un modo u otro en esta lucha.

En la película The public de Emilio Estévez (tal vez la película, sin fecha de estreno en España, de la que más hemos hablado en el mundillo bibliotecario): un grupo de personas sin hogar se niegan a abandonar la biblioteca ante la falta de plazas en los albergues de la ciudad para protegerse de una ola de frío.

 

Las bibliotecas como refugio ante las condiciones climáticas adversas. Un servicio que no aparece en las cartas de servicio de las bibliotecas pero que es más real que muchas de las promesas que ellas aparecen. Pero ninguna biblioteca, por acogedora que sea, podrá protegernos si los peores presagios de los expertos sobre el cambio climático se hacen realidad.

Tomarse estas cosas con humor se hace difícil: pero no por ello menos necesario. Es lo que ha hecho el reputado director de documentales Errol Morris, que en lugar de hacer uno de sus trabajos concienciando sobre el asunto: ha preferido rodar cortos de 30 segundos que se pueden ver en Youtube. Protagonizados por el actor y comediante Bob Odenkirk como el Almirante Horatio Horntower. Un humor negro y necesario. Y es que como dice el propio director:

«la lógica rara vez convence a alguien de algo. El cambio climático se ha convertido en otro vehículo para la polarización política. Si Al Gore dijera que la Tierra era redonda, habría oposición política insistiendo en que es plana. Todo es tan absurdo, tan despreciable.»

 

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Pausa publicitaria para bibliotecas

Este post es como hacer zapeo sin aparente rumbo decidido. Veremos estatuas con bufanda, librerías flotantes y desfiles de moda. Pero recaigamos en el canal que sea, lo seguro, es que van a estar emitiendo anuncios y que se hablará de bibliotecas.

 

Campaña publicitaria chilena anunciando el préstamo de ebooks en bibliotecas de Chile.

 

Desde hace décadas la historia de la publicidad es una de las crónicas más fiables de nuestra contemporaneidad. El Festival Internacional de Creatividad de Cannes es el mejor lugar para tomar el pulso a la publicidad y a lo último en marketing.

Pero ¿no es algo redundante lo de creatividad publicitaria? ¿existe otro tipo de creatividad en nuestros días? Todo, nosotros incluidos, no somos más que marcas (personales o institucionales) y las ideas que tenemos, la creatividad que ponemos en juego, están al servicio de publicitarnos. Unas veces para que nos contraten o mejoren profesionalmente; otras veces, simplemente (en el caso de las cuentas personales en redes sociales) para acumular likes y así, supuestamente, ganar la estima de nuestro entorno más cercano.

 

 

Salvo que pertenezcas a una tribu perdida en la jungla: estás en el ajo. E incluso en el caso de la tribu, siempre puede llegar un misionero plasta, y te conviertes en noticia en medios que ni sabes que existen. Todos estamos en el mercado, todos nos publicitamos, de un modo u otro.

Libro de George Lois, gurú de la publicidad, en el que habla de cómo liberar el potencial creativo.

Pero centrémonos en las tendencias que rigen la publicidad en la actualidad. Hace tiempo que un concepto se viene aplicando a casi todo cuando se habla de marketing: lo experiencial. Hay que ser experiencial, hay que promover experiencias. Hay que ofrecer sucedáneos de vida a falta de que la gente tenga vidas propias. Allanar el camino para que la Inteligencia Artificial nos enchufe definitivamente a Matrix.

Bueno esto último es una interpretación tendenciosa y maniquea por nuestra parte. Mejor aparcamos la pose escéptica por un momento y, puesto que hablamos de experiencias: experimentamos la capacidad de interpretar las tendencias a nuestra manera. Es decir, desde un punto de vista bibliotecario.

Creatividad, autenticidad y valores. Estos son los tres puntos en los que resume la web MD, marketingdirecto.com, los pilares del marketing experiencial. Y de los tres deberían andar sobradas las bibliotecas. El artículo recoge tres consejos del director creativo de Pop in Group (agencia de publicidad madrileña multipremiada), Salvador Albacar, para triunfar en el marketing experiencial:

 

SER CREATIVO VENDE

 

Totalmente de acuerdo. Y las bibliotecas dan variadas muestras de creatividad. Pero son tantas y numerosas que nos vamos a quedar con dos.

1000 días contabilizaba el ‘secuestro’ del libro ‘Gente tóxica’ de la biblioteca de Ripollet. Usuarios tóxicos de bibliotecas. 

La más reciente y cercana ha sido la campaña de la biblioteca de Ripollet (Barcelona) sobre libros secuestrados. Exponer las portadas de algunas de las obras desaparecidas en combate (es decir: no devueltas) con el número de días que hace que se las llevaron.

Una manera de recordar que los documentos de las bibliotecas son de todos; y que no devolverlos: se podría considerar abiertamente un secuestro.

La idea es simpática, impactante y creativa. Pero hay una realidad detrás que no se aborda lo suficiente. Si cometes cualquier infracción o impago: la Administración, o las empresas, actúan en consecuencia y se ponen en marcha los procedimientos punitivos que procedan (multa, requerimientos judiciales, inclusión en la lista de morosos, etc…)

 

 

En cambio, si se retiene ilegalmente un bien común como son los documentos de bibliotecas: ¿por qué las administraciones de las cuáles dependen no se toman más en serio actuar contra los morosos cuando se constata que existe un ánimo manifiesto de dolo? No en casos de despiste, pérdida por accidente o demás circunstancias de las cuales, los siempre comprensivos bibliotecarios, se pueden llegar a hacer cargo. Es en aquellos casos en que los que el desprecio por el bien público se hace evidente.

Tejer es el nuevo yoga: cartel para publicitar el club de hacer punto de la biblioteca irlandesa de Nenagh.

Un bonito tema para el debate. Pero volviendo a la creatividad. En la biblioteca del condado estadounidense de Anderson se protegieron diferentes estatuas de la ciudad con bufandas y sombreros confeccionadas por las integrantes de The Black Sheep Knitters (Las ovejas negras tejedoras). Un grupo femenino que se reúne en la biblioteca del condado para tejer y leer.

Quien necesitase una bufanda no tenía más que cogérsela prestada a alguna de las egregias personalidades que han merecido una estatua en su honor. Una manera de convertir la afición de estas jubiladas en un acto de solidaridad y reivindicación de la historia local.

 

TENER VALORES VENDE

 

Tal vez sea este punto el más arriesgado. Demostrar un compromiso, unos valores con los que nuestro público (seas marca o biblioteca) pueda identificarse. Pero ¿qué valores? Las marcas publicitarias pisan cautelosas para no romper el hielo y hundirse en el lago gélido de los linchamientos digitales. En el mercado de valores, y no hablamos de los bursátiles, hay ciertas ideas progresistas que, más o menos, están asumidas por la mayoría de la opinión pública. Pero la polarización extrema de los discursos obliga a que, en determinados momentos, haya que elegir.

 

En 2017 la modelo Kendall Jenner protagonizó una campaña para Pepsi en la que se sumaba a una revuelta cívica y repartía refrescos entre los antidisturbios. La reacción por frivolizar con reivindicaciones sociales fue tan fuerte que terminaron retirando la campaña.

 

Las bibliotecas públicas atienden a todo tipo de público sin discriminaciones de ningún tipo. Para otra ocasión queda pendiente hacer un repaso a aquellos valores que, sin duda, deben defenderse desde una biblioteca publica; y por otro, aquellos otros valores que probablemente solivianten a colectivos e ideologías no tan comprometidas con el progreso pero que tienen respaldo social (y lo más triste) electoral.

Por eso en este punto elegimos dos ejemplos de difusión de valores partiendo de dos noticias que hablan de bibliotecas sin que, en ninguna de las dos crónicas, se trate de bibliotecas propiamente dichas.

 

El barco Logos Hope que se publicita como la mayor librería flotante del mundo.

 

El barco Logos Hope es descrito machaconamente en los medios como la biblioteca flotante más grande del mundo. Pero es falso. No se trata de una biblioteca, en realidad, es una librería. El barco, cual transatlántico librario, surca los océanos atracando en puertos de países de África, Asia y Europa para promover la lectura, organizando actividades, donando fondos a orfanatos e implicándose en proyectos de construcción de centros comunitarios. Eso sí, no nos consta que tengan entre sus escalas Sentinel del Norte: cuyos habitantes quiso evangelizar el misionero plasta que citábamos antes.

Que en su reciente parada en Buenos Aires, haya despertado una reacción en contra por parte de los libreros de la ciudad, se podría entender como una queja por la competencia que supone un barco con más de 5000 libros. Pero lo interesante está en los matices. El Logos Hope es un barco que pertenece a la organización caritativa cristiana alemana GBA Ships. Lo que los libreros bonaerenses denuncian, competencia desleal aparte, es la labor de evangelización que el barco ejerce a través de sus fondos y actividades.

El transatlántico librero más que fomentar la lectura y la cultura lo que persigue es extender el mensaje religioso de su organización. Sin duda, un ejemplo exitoso de saber venderse a través de los valores. Cuestión aparte es si estos valores coinciden o no con los nuestros.

 

La bibliotecaria espontánea Yashoda Shenoy en la biblioteca pública que ha conseguido crear en su casa.

 

Y de Buenos Aires viajamos a la India. Es allí donde la niña de 12 años, Yashoda Shenoy, ha llegado a crear una biblioteca de casi 3500 libros gracias a donaciones. Shenoy tomó conciencia del impedimento que suponía, para los niños más desfavorecidos: el sistema de penalizaciones por retraso en las devoluciones en bibliotecas (que se saldan con dinero); y el hecho de que se cobre una cuota para ser usuario.

Con el apoyo de sus padres y hermanos, Shenoy, se ha convertido en bibliotecaria por convicción. Los libros que ha ido consiguiendo los han ordenado en una parte del domicilio paterno que ha terminado reconvertido en biblioteca pública. En este caso está claro que los valores de Shenoy venden. Venden una idea de las bibliotecas como instrumentos de progreso que ninguna elaborada campaña de marketing podría superar.

 

SER AUTÉNTICO VENDE

 

La autenticidad es quizás la cuestión más peliaguda. Si eres una marca comercial que busca vender, no de manera altruista como las bibliotecas, sino obteniendo ganancias contantes y sonantes: ¿cómo convences de tu autenticidad? Fijándote en las bibliotecas.

En el punto de la autenticidad las bibliotecas no tienen que esforzarse lo más mínimo para convencer. Son más bien las marcas las que se fijan, cuando son inteligentes, en instituciones capaces de congregar una imagen social tan positiva, pese a su modestia publicitaria, como son las bibliotecas.

Ha sido el caso de la presentación de la última colección otoño-invierno 2019-2020 de la mítica casa de modas Chanel. Se trata de la primera colección que se lanza tras la desaparición del que era su diseñador estrella: Karl Lagerfeld. Y para convencer de que respetan su espíritu han recurrido a una de las aficiones del carismático diseñador: su bibliofilia.

“Los libros son una droga de tapa dura sin peligro de sobredosis. Soy víctima feliz de los libros”.

Es conocido el amor que sentía por los libros Lagerfeld. Ávido lector de Spinoza, Bossuet, Rabelais, Emily Dickinson o Clarisse Lispector. Él dijo aquello de «drogas de tapa dura» para referirse a los libros.

De ahí que la casa de modas a la que dedicó sus mejores años de creador haya ambientado su último desfile en una recreación de la bella biblioteca Stadsbiblioteket de Estocolmo. Un estupendo cierre para este recorrido por las conexiones entre estrategias bibliotecarias y estrategias publicitarias.

Las bibliotecas como escenarios de autenticidad incluso cuando ejercen de decorado, las bibliotecas como espacios de verdad que aportan discurso a lo efímero. Si las marcas quieren de verdad aportar creatividad, valores y autenticidad: harían bien en buscar alianzas con las bibliotecas en lugar de estereotiparlas. Las alianzas con la cultura siempre aportan buena imagen.

 

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Una bibliotecaria española en Nueva York. Cuarta crónica

 

10 razones por las que la Biblioteca de Brooklyn molan todo

 

Brooklyn es el más grande los cinco condados (“boroughs”) de Nueva York y un punto de reunión de razas, culturas y religiones del mundo entero, lo que se refleja en su personalidad, en su arquitectura y en sus diferentes barrios.

Blue in the face (1995), secuela de Smoke: dos de los mejores retratos cinematográficos de Brooklyn de mano de Paul Auster.

En el norte se encuentran los cotizados barrios de Williamsburg y Greenpoint, que hasta hace poco eran barrios obreros y ahora son los más cools de la ciudad, recordemos que el concepto “gentrificación” nació justo aquí.

Pero en Brooklyn no sólo hay hipsters, en sus calles podemos encontrar muchos afroamericanos, blancos, judíos ortodoxos, inmigrantes y generaciones ya asentadas, que proceden de Asia, Europa, Caribe, países árabes, etc .

Este collage de culturas en convivencia es lo que hace de Brooklyn un lugar tan especial, que atrae a miles de turistas que cruzan su famoso puente en busca de cerveza artesanal, de arte, de tiendas vintage, de cupcakes y ¡de bibliotecas! Brooklyn tiene unas bibliotecas chulísimas que, independientes y hermanas de la NYPL y de las de Queens, cada día dan servicio a todas las etnias y culturas de este barrio con tanto swag.

 

Y yo que viví una temporadita en Brooklyn, podría dar muchas más, pero aquí van 10 razones de por qué las bibliotecas de Brooklyn molan todo:

1. Porque su sede central es espectacular, siempre está llena de usuarios, tiene una cafetería grande a la entrada donde charlar o trabajar en un ambiente distendido, abren los domingos, tienen un wi fi que vuela y también exposiciones interesantes. Además, tienen una terraza con mesitas y sillas donde tomar un respiro y un poco de sol, y queda al ladito de Prospect Park y del Brooklyn Museum. Si vais, tenéis que pasear por Franklin Avenue y disfrutar de su multicultural restauración.

 

 

2. Porque entienden la diversidad de sus barrios y de la ciudad de Nueva York (algunas fuentes afirman que son más de 200 lenguas las que se hablan en estas islas), por lo que en su catálogo encontramos libros escritos en diferentes idiomas, tienen muchos recursos para aprenderlos que van desde una app gratuita para todos los que tenemos el carné de la biblioteca hasta clases formales de gramática y otras más informales de conversación, todos los días en cada una de sus sedes.

Como extranjera, es interesante ser parte de una de estos encuentros para conocer las historias reales de las personas que habitan en Brooklyn y te acercan al pueblo, al emigrante, al visitante.

 

 

3. Porque educan en la diversidad sexual y de género a través de su colección y programado diferentes actividades como el Drag Queen Story Hour y otros eventos modernos para los más pequeños de la casa.

 

 

4. Porque bibliotecas de Brooklyn son un gran lugar para los que comienzan con su propio negocio, con su carrera de emprendimiento o, simplemente, buscan empleo. Cuentan con un variado asesoramiento financiero (para abrir y manejar tu cuenta de banco, los ahorros, préstamos o ayudas en las campañas de recaudación de impuestos), proporcionan mentores para emprender, ayudan a preparar el CV, carta de presentación y también a familiarizarte con toda la parte digital que necesitas en tu vida laboral, entre otras bondades.

5. Porque tienen una tienda que todo bibliotecario querría comprar entera (¡y con la que también recaudan fondos!).

 

6. Porque hacen un trabajo digital exquisito. La página web tiene una experiencia de usuario envidiable, son usables, responsive y tiene todas las funcionalidades para el usuario de la biblioteca tradicional (solicitar el carné o renovar un préstamo) y el usuario online como coger un ebook o un audiolibro, entre otras.

7. Porque hacen eventos chulísimos que van desde música clásica a teatro, pasando por noches de fiesta con DJs para recaudar fondos, charlas o recitales.

8. Porque se deben a su comunidad y por ello la celebran a través de la Colección Digital del barrio, donde los curiosos archiveros pueden darse un paseo por la historia de Brooklyn a través de sus materiales que van desde postales, fotografías, audios o mapas.

9. Porque tienen un podcast que se llamaBorrowed” (“Prestado”) donde homenajean la profesión de bibliotecario, entrevistan a su personal, hablan de temas de interés y te cuentan cosas muy curiosas del funcionamiento de su red. Y porque, además, tienen otros dos podcasts donde recogen la memoria oral de las personas del barrio, dándoles valor e importancia y haciendo un archivo digital emocionante y vivo.

10. Porque están en todos los detalles, como el de incluir este cartel en el cambiador de pañales de sus baños que, por cierto, son “all gender”:

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Una bibliotecaria española en Nueva York. Segunda crónica

 

Cuando el carné de la biblioteca te abre las puertas de los museos: el Culture Pass de NYC

 

Sobre el manido concepto de democratización cultural, tan usado por políticos y altos cargos de «La Cultura», decía Oriol Martí en un interesante artículo, que publicó para ‘Cultura y Ciudadanía‘:

“siempre utilizo el mismo ejemplo para explicar qué es una política pública centrada en la llegada cultural: la construcción y puesta en funcionamiento de una biblioteca para acercar los libros, el amor a la lectura, el silencio, el estudio y el conocimiento reposado al mayor número de personas, independientemente de su condición social, género, país de origen, edad, peso o estatura. Y siempre utilizo un segundo ejemplo: un festival de artes de calle”.

 

Y creo que razón no le falta. Cuando se quiere acercar la cultura a todos los públicos, las plazas, las calles: las bibliotecas son los lugares idóneos. Donde, en principio, toda la ciudadanía es bienvenida. Pero ¿qué pasa con el resto de instituciones?, ¿son realmente accesibles los museos, las bibliotecas privadas, los jardines botánicos o las galerías? ¿No hay responsabilidad en hacer esos lugares algo más cercano para todos los públicos? ¿Por qué no vemos los mismos públicos en un museo que en una biblioteca?

Quizás sea por eso de que los museos tienen ese halo moderno que rodea a las élites culturales, quizás sea porque da pereza ser turistas en nuestras propias ciudades, o porque no tenemos dinero para la entrada o no tenemos el tiempo para ir a ultimísima hora cuando quizás “es gratis”… O quizás sea porque algunas comunidades tienen categorizados esos lugares como algo que no se merecen, que no son para ellos, donde no son bienvenidos. 

 

Por eso, cuando llegué a Nueva York en septiembre de 2018, y encontré la ciudad empapelada de algo que se llamaba “Culture Pass”, y que estaba firmado por las bibliotecas públicas de la ciudad, ya sabéis, saltó el radar. ¿Será que en NYC las bibliotecas y los museos están ahora más integrados? ¿Será verdad que se puede ir gratis al MoMa si eres usuario de la biblioteca?

Pues sí, este “Culture Pass” es una iniciativa dirigida por la NYPL, la Brooklyn Library y la Queens Library: que proporciona acceso gratuito a los millones de usuarios que tienen carné de la biblioteca para que puedan visitar 50 instituciones culturales de los cinco condados de Nueva York. Suena bien.

Tom Finkelpearl, del comisionado de asuntos culturales de la ciudad de Nueva York, decía: «En una ciudad tan rica en actividades creativas, cada neoyorquino merece tener acceso a experiencias culturales transformadoras«.

Exactamente, a través de esta iniciativa, los usuarios de bibliotecas pueden visitar, de manera gratuita diferentes instituciones culturales de la ciudad que van desde el Jardín Botánico de Nueva York al Museo de Brooklyn, pasando por el Met, el Guggenheim o el Museo de Historia Natural. Todos los “must” que los turistas no nos perdemos, y que tantos ciudadanos aún no han pisado, por las razones que sean.

A mí me parece interesantísimo que se refuercen los vínculos entre las bibliotecas locales y otras atracciones propias del sector cultural, porque realmente, creo que deberían de ser un todo en la relación cultural que tenemos con la ciudad.

Además, creo que el Culture Pass es especialmente potente en esta ciudad que posee una de las ofertas culturales más potentes del mundo, que hacen de ella un destino atractivo, y que ahora no pertenece sólo a los turistas o comunidades más privilegiadas, sino que también pertenece al pueblo que es usuario de las bibliotecas. Es emocionante poner en la misma página a las bibliotecas y museos: instituciones que, a veces, parecen pertenecer a categorías culturales diferentes. 

Dice Linda E. Johnson. , Presidente y CEO de la Biblioteca Pública de Brooklyn:

«Como la institución más democrática de nuestra sociedad, la misión principal de la biblioteca es proporcionar recursos para el aprendizaje, la cultura y la creatividad a personas de todas las edades y antecedentes, en esencia para brindar acceso al conocimiento colectivo del mundo. El Culture Pass ayudará a crear conciencia, ampliar el público y ofrecer acceso a los usuarios de bibliotecas a los museos e instituciones culturales de Nueva York. Estamos encantados de unir fuerzas con estos estimados museos de artes visuales y ciencia”.

 

 

Por su lado, el presidente y director general de la Biblioteca Pública de Nueva York, Anthony W. Marx afirmaba:

“En la Biblioteca Pública de Nueva York, trabajamos todos los días para garantizar que todos los neoyorquinos puedan aprovechar todos estos destinos únicos para aprender, crecer y beneficiarse de la gran cantidad de información y experiencias enriquecedoras de la ciudad. El Culture Pass es una manera emocionante de ampliar ese trabajo y ayudar a todos los neoyorquinos a explorar y descubrir los tesoros de la ciudad».

Sí, qué jefes bibliotecarios más inspiradores, cómo empoderan a la ciudadanía.

¿Por qué está funcionando tan bien esta iniciativa?

Porque además de conseguir que diferentes organizaciones culturales donen invitaciones al Culture Pass, de manera mensual, éstas resultan ser las instituciones más importantes de la ciudad y, por lo tanto, intrínsecamente interesantes y atractivas… ¡¡chachaaaán!!

 

Hacen publicidad todo el rato y en todos los lugares del Culture Pass: desde en las marquesinas del bus, en el metro, en redes sociales, en las mismas bibliotecas, en la prensa… De nada vale tener un servicio a la disposición del usuario si no se le repite, y se le explica una y otra vez, que tienen derecho a usarlo. Y esto, como os imagináis, es una inversión en recursos extra, que las bibliotecas de la ciudad asumen, porque estamos en el reino del marketing y saben hacer las cosas.

Porque además de hacer publicidad de la biblioteca, la estás promocionando asociándola a algo cool, atractivo, de ocio saludable y disponible para todos. Porque tener el carné de la biblioteca es tener un pase a los museos, porque quizás algunos usuarios se han dado de alta precisamente para tener este servicio. Porque en el momento en que entramos a la biblioteca ya estamos más cerca de leer; de cogernos ese libro que te apuntaste en esa exposición; o de planificar un fin de semana diferente en la ciudad y llevar gratis a tres personas más. Y eso, en esta ciudad es mucho.

 

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Árbol genealógico bibliotecario

 

El estreno navideño del 2018 sin duda ha sido la ultima ganadora de la Palma de oro del festival de Cannes: la cinta japonesa Un asunto de familia (2018). No hay papanoeles, ni árboles de navidad, superhéroes ni belenes. Pero si la Navidad en nuestras latitudes gira en torno a la familia: no cabe duda de que la película del director Hirokazu Koreeda es la que mejor habla de lo que debería ser una familia.

 

 

Las ‘familias’ que elegimos terminan siendo más determinantes, en muchos casos, que las que nos han tocado en suerte de manera fortuita (y tras estas fechas es posible que más uno desee que en esa tómbola le hubiese tocado otra). Es algo parecido a lo que sucede con los referentes culturales que libremente decidimos hacer nuestros.

Al igual que nuestra personalidad se foguea cuando sale del círculo familiar más inmediato por contraste con el resto: nuestra personalidad cultural se va definiendo en las libres elecciones que hacemos, en esas afinidades electivas de las que hablaba Goethe en su clásico y que hacían saltar por los aires los convencionalismos aprendidos. Esas afinidades que también valen cuando hablamos de elecciones culturales.

El último Baremo de Hábitos de Lectura de 2017 (a ver qué pasa con el de 2018) nos dejaba claro que los bibliotecarios ocupan un lugar bastante insignificante a la hora de intervenir en esas afinidades electivas. Las familias (la elegida y la impuesta por las leyes de la biología) siguen primando; pero después son los algoritmos propios de webs y redes sociales las que se quedan con el trozo de panetone o de turrón más grande.

 

 

Una regla básica de la gestión empresarial es estar pendiente de lo que hace la competencia. En el caso de las bibliotecas hablar de competencia no es referirse exactamente a otras bibliotecas. La mayor competencia en nuestros días, como en la mayoría de los casos, proviene de Internet, de las redes sociales. Así pues, imitemos lo que hacen las redes.

Facebook aprovecha cualquier ocasión para recordarte los aniversarios que se cumplen con tus diversos contactos en la red. Montajes fotográficos, vídeos y demás memorabilia te sale al paso, sobre todo a final de año, para que afiances esas supuestas afinidades electivas digitales que has ido estableciendo con el simple hecho de compartirlas. Un amable retrato que da más miedo que un episodio de Black Mirror: «recuerda qué felices habéis sido y de paso te dejo claro que vigilo cada uno de tus pasos».

 

Los DJ Les Castizos ironizando sobre los resúmenes que hace Facebook.

 

En las bibliotecas, gracias a los sistemas de gestión bibliotecaria, también es posible hacer algo similar (sin mal rollo tipo Black mirror de por medio). Es un clásico los usuarios que reclaman a pie de mostrador el historial de sus préstamos. Bien por recordar si algo que han elegido ya se lo han leído, o puede ser también, por aquello de hacer repaso a lo mucho que han leído, visto o escuchando gracias a la biblioteca.

Una vez sopesadas todas las restricciones que la legislación de protección de datos personales supone, previa autorización explícita, sería todo un acierto ofrecer árboles genealógicos bibliotecarios. ¿En qué consistirían? En una representación gráfica, cuál árbol genealógico familiar, en el que nuestras lecturas, películas, músicas o cualquier otra información respecto a nuestros consumos culturales (asistencia a actividades organizadas por la biblioteca, etc…): se ofrezca al usuario que la desee como prueba de los itinerarios culturales que libremente ha ido eligiendo en nuestra biblioteca.

 

Heidi Pitre es una ilustradora de Nueva Orleans que ha ido recogiendo viejas fichas de préstamo bibliotecarias ya desahuciadas para publicar un libro con ellas. Pitre ha dibujado sobre las fichas que lucen las fechas de devolución y préstamo y las ha dotado de una segunda vida gracias a dibujos referentes a obras literarias y autores que han marcado su personalidad cultural. ‘Un registro permanente’ así se llamará este libro que busca financiar a través de Kickstarter (aquí se puede ver su presentación) que está confeccionando Pitre y que se ajusta a la perfección a esta celebración de la memorabilia bibliotecaria de la que estamos hablando en este post.

 

Para los amantes del rigor científico, tal vez sería más apropiado, un mapa de su ADN cultural. Con los cruces, asociaciones y vericuetos que han ido alternando azar y voluntad para conformar su perfil de consumidor cultural bibliotecario. Enlazaría con una moda que no para de dar alegrías, y disgustos, en los últimos tiempos.

En los Estados Unidos se ha puesto de moda regalar test de ADN con los que descubrir parientes que se desconocían, ramificar el árbol genealógico hasta que haga falta podarlo. Es lo que contaba una noticia en la ‘BBC’: cuando esta moda de descubrir antepasados revela secretos que mejor no se hubieran sabido. En el caso de los árboles genealógicos/test de ADN cultural bibliotecarios lo máximo que puede pasar es que emerja algún placer culpable (guilty pleasure: para quien tenga de eso) olvidado, alguna debilidad mainstream en el impoluto expediente de préstamos de un hipster de manual: nada grave si uno está dispuesto a asumirse sin patrones ajenos.

 

 

El paso siguiente sería ofrecer la posibilidad de establecer cruces entre árboles genealógicos bibliotecarios (o test de ADN) de unos usuarios de la biblioteca con otros: para aquellos que quieran ampliar su ‘familia’ cultural. Las tijeras de podar, en este caso, quedarían al arbitrio de cada uno y no delegadas en manos de algoritmos mecánicos y fríos.

Una bonita idea en forma de regalo que Infobibliotecas ofrece para este 2019 para quien quiera ponerla en práctica. Queda pendiente de otro post darle vueltas a lo que podría salir de aplicar esta idea de un árbol genealógico o test de ADN de la propia biblioteca. ¿Cuántos secretos y mentiras de la ´familia´bibliotecaria quedarían al descubierto?

Y para cerrar con algo de música este año: ¿qué mejor que un tema del añorado, fugaz y minoritario, grupo Family? Un tema precioso, una de esas elecciones que dicen mucho de las afinidades afectivas/electivas de cada uno.

 

 

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Bibliotecas wannabe

 

El lanzamiento el pasado 2 de noviembre de 2018 del segundo disco de la cantante Rosalía: ‘El mal querer’ es la culminación de una de las campañas de marketing más exitosas que se recuerdan en nuestro país y que, es más que probable, será estudiada y puesta como ejemplo (o al menos deberían) en las escuelas de negocios al igual que hace años se estudiaba la carrera de Madonna.

No sabemos si llegarán a crearse en los ambientes académicos universitarios más inquietos unos Rosalía Studies como se han desarrollado los Madonna Studies en muchas universidades internacionales (la más reciente en la de Oviedo): pero las lecturas de la nueva estrella de pop aflamencada se pueden extraer, sin duda, son de lo más jugosas. Y si las empresas y escuelas de negocios se fijan en las estrategias de las estrellas del pop: ¿cómo no lo hacen también las bibliotecas si tanto han adaptado conceptos empresariales como el marketing?

 

El fotógrafo Filip Custic, los vídeos de la productora Canadá, las coreografías de Charm La’Donna, los diseños de Palomo Spain, el cameo en la próxima de Almodóvar, las colaboraciones cool con Rossy de Palma: todo parece diseñado con tiralíneas de manera impecable para envolver el producto.

 

Ha conseguido conectar con el público ofreciendo: tradición y renovación, novedad y clasicismo, ambición y rigor. El componente escándalo tan determinante, en el caso de Madonna, no ha hecho falta forzarlo: la pudibundez y mojigatería cultural, tan de este siglo, en torno al apropiacionismo cultural: se lo ha servido sin ni siquiera tener que recurrir a religión o sexo (agotados tras tanta discípula de la ambición rubia) como en el caso de la estadounidense. Impecable.

Pero lo más sorprendente, lo más desconcertante: es que haya conseguido que los millennials alucinen con algo tan, en principio, poco comercial como es el cante jondo: y todo envolviéndolo en ropajes actuales. Hace meses alabábamos la falta de prejuicios al consumir cultura de los millennials; y lamentábamos su, en ocasiones, falta de curiosidad por el pasado. El éxito de Rosalía es el reverso positivo: mil referentes del pasado reelaborados con sonidos del presente.

¿Alguien duda de que sea pertinente fijarse en lo que hacen las estrellas del pop desde las bibliotecas ¿Qué llevan haciendo en los últimos tiempos sino intentando no perder los trenes tecnológicos, culturales o sociales que se cruzan en su camino para seguir, en realidad, vendiendo lo mismo?

Se habla mucho de las bibliotecas como instituciones culturales pero no tanto como locales de entretenimiento. Tal vez por eso el reciente vídeo realizado por el videoblogger Nas Daily para promocionar las bibliotecas de Toronto incurre de forma bienintencionada en determinados tópicos sobre las bibliotecas que pueden provocar cierto efecto rebote.

 

 

Evelio Martínez Cañadas en su post En defensa de la biblioteca «aburrida» celebra lo bien que, a tenor del vídeo, están innovando las bibliotecas de Toronto: pero matiza con una idea que se desliza de rondón demasiadas veces a la hora de intentar convencer de que las bibliotecas del siglo XXI son otra cosa:

 

«Insistir en que la biblioteca ahora ya no es aburrida porque ya es no es sólo libros es profundizar en la asociación entre la lectura y el aburrimiento, algo que francamente creo que no necesitamos»

 

Y esto, sorprendentemente (bueno no: en este blog ninguna conexión resulta ya sorprendente): entronca con las estrellas de la música.

El experimental e icónico Omega de Morente&Lagartija Nick.

Solo el tiempo dirá si la fiebre Rosalía da lugar a una artista con una trayectoria sólida, interesante y perdura en la cultura popular, española e internacional, o se diluye en el recurrente ‘tú antes molabas’ que tanto gusta en las redes. Sea como sea, una vez superado el impacto inicial, el mejor activo que posee Rosalía, aparte del talento que cada uno quiera reconocerle: es apoyarse en algo tan asentado, respetado (por sus aficionados) e incontestable como es el flamenco.

Todo su discurso renovador se  ha demostrado necesario, hábil e inteligente a la hora de proyectarlo a públicos ‘no usuarios’ de este estilo musical: los ropajes, los adornos pasarán de moda pero, mientras no se despegue de esa base de tradición, venda más o menos, tendrá más posibilidades de proseguir su carrera.

 

Martirio en los 80: dando una vuelta irónica, posmoderna y muy anclada en su momento de la copla. Décadas después su respeto a la copla y el jazz le han permitido seguir desarrollando su carrera una vez apeada de los accesorios más llamativos.

 

Y es que la obsesión por modernizarse a toda costa puede desembocar en el ridículo. El diccionario de la RAE entre las acepciones del término clásico, incluye aquello que “se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia”. Hace décadas, las creaciones aspiraban a alcanzar algún día la categoría de clásico; ahora va todo tan deprisa que no da tiempo a que nada se asiente el tiempo suficiente.

Cuando Andrés Trapiello lanzó hace unos años una edición de El Quijote modernizado que reabrió el viejo debate sobre lo idóneo, o no, de adaptar a la actualidad, obras inmortales. Desde académicas como Soledad Puértolas, o premios Nobel como Vargas Llosa, defendieron estas actualizaciones frente a voces como la de Alberto Manguel, que en un interesante artículo de ‘El País’: sostenía que estas adaptaciones no son más que muestras de pereza intelectual.

Tal vez, el mejor argumento para situarse en el punto medio en este debate, sea recurrir a las razones que Italo Calvino daba de ¿Por qué leer a los clásicos? Entre el listado de argumentos de su delicioso ensayo, quizás la razón número 13 que daba el inolvidable literato italiano nos resulte la más adecuada:

«es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo»

 

Las canciones y vídeos de Rosalía están llenas precisamente de ruidos de fondo e imaginería que resitúan una música tradicional en un entorno inequívocamente contemporáneo, pero a su vez, mantienen el respeto de base hacia la esencia de los palos del flamenco. Y en eso están también las bibliotecas.

Bibliotecas wannabe, porque con ese término se denominaba a las aspirantes al trono pop que desde los 80 ha ocupado Madonna: en el caso de las bibliotecas estas aspiraciones no son las de alcanzar ningún espacio sino de preservarlo. Como todo veterano del show business sabe: lo difícil no es tanto llegar como mantenerse.

El último ensayo del filósofo de moda (sí en todo hay modas) Byung-Chul Han aborda el asunto del entretenimiento. The show must go on que cantaba el recordado Freddie Mercury (ahora por cierto revivido en una versión algo disneyzada de su carrera): y dicho lema es igualmente aplicable a las bibliotecas. Como advierte el filósofo coreano:

«Hace ya tiempo que el entretenimiento se ha hecho también con la «realidad real» […] Para ser, para formar parte del mundo, es necesario resultar entretenido. Solo lo que resulta entretenido es real o efectivo

 

Seamos entretenidos, formemos parte de la industria del entretenimiento cultural, sea con maker spaces, videojuegos, robots, plataformas online o enseñando a cocinar sushi como en Toronto: pero por el camino no perdamos de vista esa bibliotecidad de la que hablaba José Pablo Gallo. De ese modo las bibliotecas conseguirán mantenerse al igual que, por ejemplo, Silvia Pérez Cruz dio otro giro al flamenco y a otros estilos, y sin tanto marketing como Rosalía, ahí sigue desarrollando su carrera.

 

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Perpetuando estereotipos, destrozando bibliotecas

 

Durante los últimos años, cómics y videojuegos, alimentan la maquinaria del Hollywood más comercial, bueno de Hollywood a secas, que antes se nutría principalmente de lo literario y el teatro. Y curiosamente este devenir en la industria del entretenimiento masivo por antonomasia (al menos hasta que la industria de los videojuegos le haya superado en volumen de negocio) tiene mucho que ver con el devenir de las bibliotecas en su proceso de adaptación a los nuevos tiempos.

El filón de los superhéroes en el cine estadounidense, lejos de remitir, se afianza con más y más adaptaciones de los, en otros tiempos, denostados comic books. En la pugna entre el cine de autor que enarbolaron cineastas como Coppola, Scorsese o Cimino en los 70; y el cine de entretenimiento y efectos especiales que representaron compañeros de generación como Georges Lucas, Steven Spielberg o Joe Dante: está claro quien terminó decantando la balanza de la industria a su favor.

 

La serie ‘Superflemish’ del fotógrafo francés Sacha Goldberger recrea a los superhéroes como pinturas del siglo XVII. Baja cultura con el aspecto de alta cultura: un símil perfecto de la asimilación de los cómics en las bibliotecas.

 

Por eso no es de extrañar que los espectadores y creadores que aspiran a disfrutar y crear narraciones audiovisuales con contenidos más adultos se hayan terminado refugiando en la pujante televisión por cable. La edad de oro de la televisión, series mediante, es la revancha del cine de autor de los 70. Y no es que haya nada malo en las películas de superhéroes, todo lo contrario, algunas son auténticas obras maestras (las dos últimas de Christopher Nolan sobre Batman, por ejemplo, o el segundo Batman de Tim Burton): lo malo es que parezca que no hay cabida, en el cine comercial hollywoodense, para otra cosa que no sean los superhéroes.

Las bibliotecas en cambio no renuncian a nada. Lo literario, las series, el cine, el cómic y los videojuegos siguen presentes, y ganando presencia en sus ofertas, y ahora además podrían tener un beneficio colateral con el que no contábamos.

 

 

Barbara Gordon, bibliotecaria de día, Batgirl de noche.

Esa industria del entretenimiento de la que hablábamos explota a conciencia los estereotipos para así poder fijar con más fuerza esa eterna lucha entre el bien y el mal que caracteriza a las, hasta no hace tantos años, esquemáticas tramas de videojuegos y cómics de superhéroes. El cine clásico de Hollywood puede que se sustentara más en lo literario: pero no por eso ha variado en su representación de lo bibliotecario. Una idea que no evoluciona a tenor de la reacción que dos youtubers, con gran tirón en nuestro país, como son Soy una pringada y King Jedet, tienen en este vídeo que confronta esa idea venida de lejos con lo que son las bibliotecas hoy en día:

 

 

A cada profesión le toca su sambenito y algo habrán hecho los bibliotecarios para merecer la imagen que tienen. En las películas de superhéroes y en los videojuegos tampoco faltan las referencias bibliotecarias: y casi siempre son para convertirlas en escenarios de algún atropello. Pero eso, por increíble que parezca, puede que juegue a su favor.

Un ejemplo de hasta qué punto los estudios de cine están estirando el chicle superheróico son las dos series que, en poco más de diez años, se han dedicado a contar la historia de Spiderman. En la segunda entrega de la segunda trilogía (abortada en su tercera entrega): su creador Stan Lee hacía una de sus habituales apariciones. Cual Alfred Hitchcock, el guionista, editor, creador de Spiderman, Los cuatro fantásticos o los X-Men, acostumbra en cada película de alguna de sus criaturas, a efectuar un cameo, y en el caso de este nuevo episodio del enmascarado arácnido aparecía como bibliotecario.

La escena era lógicamente breve pero no se requiere mucho tiempo para ponerse en situación. En plena batalla destructiva entre el Hombre Lagarto y el Hombre Araña, el afable y tranquilo bibliotecario escucha música clásica y se mantiene en su burbuja de paz y tranquilidad.

 

 

La escena de la biblioteca en el videojuego de Gears of war justo antes de saltar por los aires.

Si hay un requisito que todo espectáculo palomitero debe cumplir es la destrucción de bienes e instituciones. Debe existir alguna lectura sociológica o psicológica en la que no vamos a entrar: pero también en los videojuegos las instituciones culturales, tipo museos o bibliotecas, casi siempre son excusas para una buena escena de destrucción. Pero esta tendencia puede que se revierta a partir de ahora.

Este otoño se lanza Unmemory, el videojuego que se anuncia con uno de esos eslóganes que ya nos engancha desde el principio: «un juego que se lee, una novela que se juega«.

Es leerlo y pensar en que deberían haber contado con la gran Ana Ordás como asesora. De ese modo nos aseguraríamos de que el crossover (anglicismo obligado hablando de superhéroes) entre videojuego y biblioteca se completaría hasta el último nivel.

 

 

El juego ha sido desarrollado por Daniel Calabuig y su socia gracias a una campaña de crowfunding que se llevó a cabo a través de la plataforma Kickstarter. Según detallan en su web Unmemory se anuncia como una nueva forma narrativa, un escape book (otro punto en común con últimas tendencias en bibliotecas: las escape room de las que ya hablábamos en Escapando de la biblioteca, escapando de los bibliotecarios), como un juego de aventura basado en un texto o como una novela digital.

Partiendo de una trama de novela negra el argumento de este videojuego+novela+escape book pone a prueba al jugador+lector+escapista para que se sienta dentro de la trama y ‘experimente’ el relato. ¿Cuesta mucho pensar en las posibilidades que este tipo de proyectos pueden tener en las bibliotecas?

Una escena típica, en muchos relatos de aventuras, policíacos o de suspense, es la que se desarrolla en una biblioteca. Más allá de las clásicas intrigas tipo Agatha Christie de asesinatos de salón y biblioteca: las pistas para dilucidar y hacer avanzar la trama se encuentran en los libros. El siguiente paso de los creadores de Unmemory debería pasar por integrar a las bibliotecas físicas en el periplo del juego narrativo.

Si tanto se promueve la vida sana, se fomenta el ejercicio para contrarrestar el sedentarismo que acarrean las nuevas tecnologías, y cada vez más se recurre al ‘grillete’ que mide tus constantes vitales, los pasos que das y vibra para que te levantes: ¿por qué no aunarlo todo dentro de esa experiencia inmersiva de la que hablan los desarrolladores de Unmemory? Se nos va la cabeza, cierto, pero las posibilidades que surgirían del tándem entre las bibliotecas físicas y este tipo de juegos: no deberían ser desaprovechadas si de verdad estamos hablando de reinventar las bibliotecas. Una oportunidad única de darle la vuelta a los estereotipos bibliotecarios explotándolos a conciencia.

 

Escena en la biblioteca del juego Bloodborne diseñado por Hidetaka Miyazaki.

 

En una entrevista en ‘El País’, Hidetaka Miyazaki, creador de algunos de los videojuegos más exitosos de los últimos años hacía unas declaraciones en 2015 que merece la pena rescatar:

«No me intereso mucho por lo que hacen los demás diseñadores. No me gusta basarme ni en videojuegos ni en películas. La inspiración para crear mis mundos siempre viene de los libros. De un esfuerzo de imaginación». 

«Me encantaba leer libros que aún no podía comprender del todo. Las partes que no entendía porque era demasiado joven me obligaban a usar mi imaginación para rellenar esos huecos y crear mi propia versión de lo que había leído. Es lo que sigo haciendo ahora»

 

En la crónica que hicimos de la locura por los videojuegos que se desató en la Biblioteca Regional de Murcia en el GameMaker48h. (Nunca ‘Game over’ en la BRMU) decíamos que uno de los objetivos era desarrollar en vivo y en directo un videojuego, muy sencillo, con referencias bibliotecarias. Pues bien, dicho videojuego ya está disponible para su descarga gratuita desde la plataforma Google Play. ‘Palas, guardia del saber’ es un videojuego protagonizado por la lechuza Palas que remite a la cultura clásica por inspirarse en la lechuza, símbolo de la diosa de la sabiduría griega, Palas Atenea, y en la nueva cultura representada en la inteligencia artificial: al ser representada como un robot. Para alcanzar esa sabiduría, Palas, tiene que engullir los logos de los distintos servicios de la biblioteca; y evitar al monstruoso Lepisma que amenaza con devorarle como hace con el papel de los libros.

 

 

Palas está claramente inspirada en la versión que el mago de los efectos especiales artesanales, el gran Ray Harryhausen, hizo de la lechuza de Palas Atenea en la primera versión de Furia de titanes (1981): y curiosamente este cruce entre lo artesanal de Harryhausen y lo digital de los videojuegos tiene que ver con el papel de las bibliotecas en este momento.

Todas las maravillas digitales que existen y existirán no serán nada si no consiguen sacudirnos de alguna forma, si no nos conmueven, nos hacen pensar, nos hacen evolucionar de algún modo. La infantilización de la cultura se mitiga dotando de contenido al artificio. Por eso las bibliotecas son las indicadas para aportar ese contenido, esa artesanía cultural necesaria para que las luminarias digitales no se queden en simple pirotecnia que se extingue sin dejar rastro una vez se apaga el dispositivo.

 

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Cabaré bibliotecario

Willkommen! And bienvenue! Welcome! Si como cantaba Liza Minelli «Life is a cabaret» también podemos convenir que «Life is a library». Y siguiendo el razonamiento, llegamos a la conclusión de que cabaré es igual a biblioteca.

Nos tenemos que hacer mirar este empeño de comparar a las bibliotecas con lo que se nos cruza por el camino. Pero es lo que tiene un mundo en permanente cambio (el bibliotecario) en el que el concepto está obligado a mutar para, tal vez, convertirse en otra cosa. Siguiendo fieles el eslogan que acuñamos aquí hace tiempo («Quien habla de bibliotecas termina hablando de todo«) hay que escarbar poco para encontrar conexiones incluso en mundos, aparentemente, tan distantes como el cabaret y las bibliotecas.

En Monster show: una historia de la cultura del horror (Intempestivas): David J. Skal nos retrotrae a los orígenes del terror moderno con la invención de los espectáculos del Gran Guinol en el París previo a la Primera Guerra Mundial. Es allí donde se desarrolla la carrera de unos de esos bibliotecarios de trayectoria ejemplar que bien podría sumarse a los que ya recogíamos en Recortable bibliotecario: André de Lorde (1869-1942). Como escribe Skal en su ensayo:

«de día pacífico bibliotecario de la Bibliothèque de L’Arsenal gozó de una reputación nocturna como el «El Príncipe del Terror» de París gracias a más de cien obras sensacionales y horripilantes escritas entre 1901 y 1906  […] De Lorde era deliberadamente un técnico del terror, que gozó de muchas extravagantes comparaciones con Poe en la prensa y que en muchos aspectos prefiguró los métodos de Alfred Hitchcock»

 

Antepasados bibliotecarios ilustres: André de Lorde (1871-1942): Príncipe del Terror de París.

 

El teatro Grand Guignol de París, con sus espectáculos enfermizamente morbosos, directos a promover las más bajas pasiones del público: apelaban directamente al subconsciente de un momento histórico concreto. Coincidía con el esplendor del cabaré, el music-hall y las varietés. Espectáculos clave de la cultura popular más denostada por los representantes del buen gusto burgués. Con antecedentes bibliotecarios tan duchos en tomar el pulso a los gustos del público como André de Lorde: ¿cómo es que no ha tomado nota la ortodoxia bibliotecaria para venderse a su público? Puede que a principios del XX el binomio biblioteca-gustos populares fuera totalmente incompatible: pero en el siglo XXI: se hace imprescindible.

¿Recurrimos a la simulación de decapitaciones, torturas y numeritos gore? No parece lo más adecuado; aunque tendría su impacto, no cabe duda. Pero eso no quita para que disfrutemos de algunos de los carteles que la biblioteca digital francesa Gallica atesora sobre el Théatre du Grand Guignol:

 

 

¿Qué fue de Baby Jane? (1962) de Robert Aldrich o el Grand Guinol asentándose con fuerza en el Hollywood de los 60.

En ‘El ángel azul’ (1930) la cabaretera Lola Lola, una Dietrich prehollywoodense todo vulgaridad y desparpajo berlinés, arrastraba a la perdición al profesor Enmanuel Rath. Eso era a principios del  XX, un siglo después, las bibliotecas públicas, a diferencia del remilgado profesor, deben dejarse llevar gustosamente a la perdición para desasociarse de todo vestigio de ranciedad academicista. De hecho, la solución que algunas bibliotecas han buscado para sobrevivir ha sido la de convertirse en cabarés.

En plena crisis, allá por 2013, cuando el cierre de bibliotecas públicas en el país que las vio nacer, Reino Unido, era una auténtica sangría: en la ciudad de Sheffield andaban estudiando convertir las bibliotecas en bares. Tal cual. Como reza un dicho inglés: Wine makes a good book better (El vino hace mejor a un buen libro) y así lo estaban estudiando seriamente, en 2016, en la Biblioteca Walkley de dicha ciudad. A tenor de las últimas noticias que aparecen en su web, y del paseo virtual que permite, no parece que el acuerdo llegase a buen puerto: pero las autoridades lo veían como una manera adecuada para mantener unas bibliotecas que, además de estar siendo atendidas por voluntariado, ahora cederían sus espacios a empresas de hostelería.

 

Joshemari Larrañaga, un arquitecto jubilado, recrea en sus acuarelas algunos de los lugares de Barcelona. En uno de sus blogs dedicado a bares de la ciudad se recogía la Bodega Lo Pinyol. Esta bodega está regentada por la bibliotecaria Pau Raga y su marido. Pau fue la protagonista de una entrevista por parte de Carme Fenoll en su sección en la revista Infobibliotecas en el número 23 dedicado a gastronomía y bibliotecas. Conexiones bares-bibliotecas por todas partes.

 

Después de todo, si nos remontamos a los tiempos de la Revolución industrial en Inglaterra, los lugares donde los proletarios podían aliviar sus miserables vidas eran los bares y las bibliotecas parroquiales (el cabaré o el prostíbulo dependía de que pudieran permitírselo con sus exiguos salarios). De ahí viene el origen de las bibliotecas públicas, lo que hace que la evolución hasta este híbrido biblioteca-vinoteca, no deje de tener su lógica.

El vino también se cataloga por añadas, se conserva en las condiciones ópticas de temperatura y luz, y se ordena en las estanterías. Tal cual como los documentos de una biblioteca, y en su justa medida: vivifica el espíritu igual que un buen libro. Hasta ahí no suena mal. La historia se avinagra cuando no es más que una mera excusa para desentenderse de un servicio público que debería ser básico en toda sociedad avanzada. Es entonces cuando toda la historia parece producto de una mala cogorza.

 

 

Tal vez inspirados por este binomio bares-bibliotecas: los responsables del Centro de bibliotecas de Upper Norwood, en el sureste de Londres, se han decidido a dar un paso más y han solicitado permiso para reconvertir sus bibliotecas en cabarés.

Así dicho queda lo suficientemente sensacionalista para ser titular de ‘El HuffPost’, pero una vez lanzado el anzuelo, hay que entrar en detalles. La petición ha sido hasta cierto punto un subterfugio para poder ampliar el horario de las bibliotecas. Los horarios para locales, donde se sirve alcohol y realizan espectáculos nocturnos, tienen permiso para cerrar a las 23 h., e incluso, hasta la una de la madrugada los viernes y sábados.

 

 

Los argumentos esgrimidos por los responsables del servicio para convencer a las autoridades de que concedieran el estatus de cabaré a las bibliotecas (al menos en cuanto a horarios) es el festival de arte Attic Arts Club que organizaron para el pasado mes de junio. Cabarés, teatro, música en directo, espectáculos para toda la familia que tenían como espacios para desarrollarse a las bibliotecas de este área londinense.

En el local The Back Room de Chicago organizaban allá por 2013 burlesque bibliotecario con descuentos en el precio para bibliotecarios bajo el lema: Libros, alcohol y burlesque. Una combinación infalible.

Las bibliotecas están gestionadas por la empresa social Library Hub orientada a la promoción de actividades culturales. Por eso, para acceder al festival era necesario comprar tiques. Según aparece en su web Library Hub «ofrece una amplia gama de eventos, cursos, actividades y un programa de extensión que se ejecuta junto con un servicio de préstamo de biblioteca proporcionado por el consejo  de Lamberth».

Resulta interesante observar como el préstamo bibliotecario (servicio estrella de cualquier biblioteca hasta hace nada) se menciona como un complemento a la oferta de actividades culturales que centran el protagonismo: no como un pilar fundamental del servicio bibliotecario.

Una noticia de ‘El País’ recogía la reconversión que algunos cines están llevando a cabo para ofrecer valores añadidos a la simple proyección de una película: asientos supercómodos, y una oferta gastronómica de lo más variada para poder cenar con los amigos mientras se ve una película (si las palomitas ya eran molestas no podemos imaginar qué nuevas torturas esperan a los cinéfilos más puristas). Los negocios de siempre reinventándose para poder seguir atrayendo al público.

 

Montaje collage con algunas de las figuras más relevantes del mítico Cabaret Voltaire de Zurich.

 

Referentes que legitiman este crossover bibliotecario entre biblioteca-cabaré no faltan. Fue en los cabarés donde iniciaron sus carreras cantautores como Georges Brassens, Serge Gainsbourg, Juliette Gréco o Edith Piaf. Estamos en buen momento para retomar los postulados de Hugo Ball y Emmy Hennings, cuando a principios del XX, inauguraron su Cabaret Voltaire como un espacio para el debate político y artístico que experimentara con las nuevas tendencias. Convertir a las bibliotecas en cabarés suena chocante pero no estaría de más ir añadiendo el marabú, los ligueros o los sombreros de copa al código de etiqueta de los bibliotecarios que, durante este verano, se ha popularizado bajo el hashtag #librarianfashion en Twitter a cuenta del próximo congreso de la IFLA.

 

Mientras tanto cerramos con una recomendación de esas que merece la pena guardar en Favoritos. No es exactamente un cabaré, más bien semeja una librería, el lugar dónde se graban todos los conciertos íntimos promovidos por el músico y promotor musical estadounidense Bob Boilen. Tiny Desk Concert se llaman estas exquisitas grabaciones de conciertos en vivo que, bajo el auspicio de la organización para la redifusión nacional NPR, están disponibles en Youtube.

Horas y horas de buena música en la que se pueden descubrir artistas que ofrecen fantásticas actuaciones entre estanterías llenas de libros que bien podrían ser las de una biblioteca. Escogemos un concierto al azar y dejamos al criterio de cada uno seguir indagando en este auténtico filón de música diferente en muchos casos. Como avisaba el título español de la película de Bob Fosse, que de esto sabía mucho, ‘All that jazz’ (1979): Empieza el espectáculo.

 

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