Mimo mi biblioteca

Lo que se cuida se quiere. Así de simple. Y si hay algo de lo que adolece, en demasiados casos, nuestra sociedad: es de cariño hacia lo público.

Estos últimos días se ha abierto un pequeño debate por los corrillos bibliotecarios de Twitter a cuenta de las sanciones en bibliotecas. Las noticias, desde el otro lado del Atlántico, sobre bibliotecas que habían decidido eliminar su política de sanciones por retrasos: encendieron la mecha.

La bibliotecaria de la Biblioteca Pública de Toronto, en 1955, llevando libros a los niños ingresados en el hospital local.

 

Pero el matiz que lo cambia todo es el hecho de que en las bibliotecas estadounidenses se multa, y en las españolas, no. Relacionar las sanciones de bibliotecas en nuestro entorno con las desigualdades sociales: tiene cabida en el caso de que esas sanciones fueran de carácter económico. Pero si lo que se pide es simplemente cortesía para el resto de ciudadanos, que también tienen derecho a disfrutar de esos bienes que son de todos: el debate se acaba pronto.

En las sociedades nórdicas, al menos esa es la impresión vistas desde la lejanía, el cumplimiento de las normas cívicas es algo que parece que no requiere de sobresfuerzos prohibitivos. El civismo y respeto a lo público va implícito en su cultura. De ahí que las bibliotecas en nuestro país pueden jugar un papel, diminuto cierto, pero papel, en educar en ese civismo, en ese respeto hacia lo que es de todos.

Hace ya más de 20 años, concretamente en 1998, la biblioteca donostiarra Koldo Mitxelena ya planteaba montar una exposición de documentos destrozados por los usuarios de la biblioteca.

Durante estos veinte años alguna otra biblioteca ha recurrido a una exposición de los horrores en que se pueden convertir los fondos de las bibliotecas en manos de algunos usuarios. Añadir cartelas con el precio (es decir: lo que todos hemos pagado) y el número de préstamos: ahonda en la labor de concienciación con este tipo de expo/denuncias bibliotecarias.

 

 

Pero también hay otras formas de concienciación que, casualmente, coinciden con movimientos muy en boga en los últimos tiempos. La ecología ha pasado de tendencia o moda hipster que daba fuste en semanarios y revistas a necesidad imperiosa.

Las idílicas postales de bienestar burgués que nacieron con la sociedad de consumo cada vez más se tiñen de sombras más siniestras. Reciclar y combatir la obsolescencia programada se ha convertido en imperativo, y las bibliotecas, no pueden quedar al margen.

 

Miguel Brieva se ha convertido en un autor especialmente incisivo en sus análisis ilustrados del mundo contemporáneo.

 

Como ya recogíamos en Bibliotecas recicladas, bibliotecas circulares: según el informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) sobre la economía circular de los libros: las bibliotecas son instituciones bastante competentes (o al menos tienen posibilidades para serlo) en cuanto a practicar una economía circular del libro. En uno de los puntos que destacábamos del informe se dice:

  • como espacios privilegiados a la hora de llegar a un público joven, las bibliotecas son lugares idóneos para fomentar y educar en la reutilización y el reciclaje, de todo en general, y de los libros en particular. A través de actividades lúdicas y atractivas practicar la pedagogía en torno a la ecología del libro en las bibliotecas.

Y en la Biblioteca Pública de Woodland (California) llevan tiempo poniendo en práctica este consejo del informe del WWF.

Los voluntarios de la Biblioteca Pública de Woodland demuestran tener sentido al humor al haberse bautizado con el nombre de una colección de libros de terror de los años 90.

Hasta un total de 10000 libros pertenecientes a sus fondos han sido restaurados por parte de voluntarios. La labor de estos voluntarios, denominados los «Spinetinglers», ha conseguido ahorrar miles de dólares a la biblioteca. Además, gracias a su trabajo, muchos libros imposibles de conseguir al estar descatalogados: consiguen una segunda, tercera o cuarta vida.

Dirigidos por una artista local, Marcia Cary, los voluntariosos ‘mecánicos de libros’ se reúnen semanalmente. Los talleres de restauración de libros se han convertido en una actividad ideal para programar en bibliotecas.

Un modo de implicar/concienciar a los usuarios de bibliotecas en el cuidado y respeto del bien público.

Unos talleres que se pueden poner en práctica para cualquier edad y que apelan a dos de los objetivos bibliotecarios fundamentales: ofertar actividades relacionadas con la cultura y promover la conciencia cívica.

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