Una bibliotecaria española en Nueva York. Sexta y última crónica

 

Justicia restaurativa en bibliotecas de Nueva York

 

Ya hemos visto en otros posts que eso de que «las bibliotecas son para todos» es una gran declaración de valores que, en ocasiones, tomamos por buena y como verdad absoluta. Pero trabajar para hacer realidad esa intención pública es un proceso activo y continuo, que no se materializa sólo por el hecho de ser un lugar «público».

 

 

En el congreso de Urban Librarians, que se celebró en la ciudad de Nueva York bajo el lema «Libraries as a place», he tenido el gusto de escuchar la interesante charla que hicieron Maggie Craig, Katrina Ortega y Crystal Chen, bibliotecarias de la NYPL que trabajan con usuarios jóvenes, preocupadas en cómo se forja la comunidad desde las bibliotecas, cómo se responden a los diferentes conflictos que surgen o al comportamiento desafiante en sus espacios públicos. Aquí van todas las notas que pude tomar, como buena nerd que soy, de todo el conocimiento que nos transmitieron estas profesionales.

Pioneras en aplicar lo que se denomina «justicia restaurativa» y en aplicar diferentes enfoques de aprendizaje socioemocional, para fomentar la comunidad de sus bibliotecas, incorporando valores de equidad, inclusión y esa «justicia para todos» que promete la Constitución de este país.

La justicia restaurativa también llamada justicia reparadora o justicia compasiva, es una forma de pensar la justicia cuyo foco de atención son las necesidades de las víctimas y los responsables del delito, y no el castigo a estos últimos, ni el cumplimiento de principios legales abstractos: intentando evitar estigmatizar a las personas que han cometido un delito y entendiendo las causas de dónde viene.

 

 

Sólo por aportar un poco de contexto a la realidad de dónde viene todo este movimiento, extraída de «We Want to Do More Than Survive» de Bettina Love:

  • Hasta entrados los 60, el acceso a las bibliotecas para la comunidad negra estaba limitado.
  • Esta segregación continúa en los colegios y barrios.
  • Las prácticas de castigo/multas/vigilancia policial refuerza esa exclusión.
  • Se continúa invisibilizando a las razas no blancas.
  • EEUU es el país del mundo que más gente tiene en prisión del mundo, lo que supone que 2,7 millones de niños tengan, al menos, a un progenitor en prisión.
  • Las personas racializadas son el 37% de la población de EEUU y el 67% de la población encarcelada.
  • Los colegios públicos son vigilados por policías, criminalizando y castigando a niños más vulnerables, que suelen ser de color.

 

¿Qué papel tienen las bibliotecas como instituciones que afirmen valores positivos y justos para la comunidad?

Los espacios donde los niños experimentan comunidad e infraestructura social -el colegio, la biblioteca, el parque- son lugares donde aprenden sobre cómo funciona el mundo, cómo manejar un conflicto, cómo lidiar crítica y creativamente con la realidad, qué es o qué han de esperar de los líderes de la comunidad, de las figuras de autoridad y cómo son vistos y tratados en comunidad.

 

 

«Cuando un niño es excluido, eso le enseña a otros niños que pertenecer a la comunidad de la clase es condicional y no absoluto, que depende de la capacidad de ser complaciente o tener un comportamiento determinado. En este paradigma, complacer es un privilegio que es ganado a través de la docilidad, no siendo un derecho humano del niño». Troublemakers de Carla Shalaby.

 

 

¿Cómo crear espacios donde se encuentren los jóvenes y reflejen sus necesidades, identidades y experiencias?

Craig, Ortega y Chen explicaban cómo crear espacios diseñados para esta comunidad y evaluaban los espacios de la biblioteca con estas sencillas preguntas:

  • ¿Hay vigilancia?
  • ¿Cuáles son las dinámicas de poder?
  • ¿Las señales son accesibles? ¿Están en varios idiomas?
  • ¿Las señales usan lenguaje negativo o sancionador?
  • ¿Las mesas de trabajo son individuales, de grupo o de las dos?
  • ¿Están las estanterías altas o bajas?
  • ¿Los libros están accesibles?
  • ¿Hay un espacio diferenciado para la infancia y/o a los adolescentes?

La justicia restaurativa es una práctica proactiva. ¿Qué tipo de cultura experimentan los niños y jóvenes cuando van a la biblioteca? ¿Es una cultura de la libertad o una cultura del control?

  • ¿Son los bibliotecarios agentes del orden?
  • ¿Dónde es necesario/productivo/positivo el control?
  • ¿Cómo pueden los bibliotecarios acercarse más hacia la figura de mentor o facilitador que a la de controlador?

También nos daban estos interesantes consejos para construir esa «cultura de comunidad«:

  • Examina las normas existentes y los procedimientos de la biblioteca. Es importante interrogar las normas del mismo modo que lo hacen los niños, y estar preparado para responder con respeto y escucha activa, cuando los niños pregunten por qué existe o ha de cumplir una norma.
  • No decir «no» si realmente esa respuesta negativa no es necesaria. No ejecutar el control si no hay daños o peligros reales.
  • Celebra las ideas y las sugerencias de los niños.
  • Crea plataformas y canales para que los niños se expresen.
  • Considera el feedback con respeto y mente abierta.
  • Demuestra aprecio ante las habilidades, talento y experiencia de los niños en la biblioteca. Consúltales su opinión cuando tengas la oportunidad
  • Apréndete y usa sus nombres.
  • Saluda a cada uno cuando lleguen.
  • Fomenta la implicación y la participación en el espacio.
  • Involucra a los jóvenes en formas de participación relevantes para la biblioteca.
  • Genera ‘engagement‘ invitándoles a crear carteles, señales, liderar ciertas actividades (ejemplo: reunir a otros niños para asistir a la hora del cuento), cuidar de las plantas, enseñar a otros a cómo hacer algo.
  • Ten conversaciones con niños y jóvenes. Pregúntales cosas y ten en cuenta su opinión.

Sin olvidar lo más importante: el poder de las relaciones. Las relaciones son fundamentales para crear lazos de unión entre los usuarios de la biblioteca. El cuidado, las interacciones individuales y la paciencia hacen que el respeto y la confianza en la biblioteca como espacio crezcan.

¿Qué pasa cuando hay un comportamiento o situación desafiante? Estas bibliotecarias proponen lo siguiente:

  • Establece límites y estate presente.
  • Cuando surja un problema, intenta mediar como un mentor. ¿Qué es lo que dices cuando observas situaciones de bullying? ¿Qué haces cuando observas actitudes machistas, racistas o LGTBIfobas entre los miembros de la comunidad? ¿Cómo actúas como profesional que custodia la cultura?
  • Es importante llevar a cabo una intervención, atención individual y una escucha activa.
  • Antes de castigar un comportamiento, ofrece opciones a los jóvenes que han hecho algo mal.
  • Busca alternativas antes de llamar a la policía.

No es fácil comenzar a cambiar hábitos asociados al trabajo diario, especialmente cuando existe una cultura de trabajo muy arraigada y limitaciones de recursos, apoyos institucionales o de tus propios colegas que no ven claro un cambio. Es importante llegar a un equilibrio entre lo ideal y la realidad.

Mide el alcance de tu influencia:

  • ¿Hasta dónde llegan los auxiliares de biblioteca?
  • ¿Qué pueden hacer los directores de las bibliotecas?
  • ¿Qué puede hacer la administración?

Un trabajo con semejante implicación, no está exento del llamado ‘burnout‘ por lo que estas bibliotecarias no olvidaron recordar la importancia del autocuidado como pieza clave, para poder afrontar este cambio de paradigma en la biblioteca pública: conociendo nuestros propios límites y respetándolos, cogiendo vacaciones, haciendo paradas de descanso, respetando horarios, teniendo tiempo para conciliar trabajo con familia, hobbies, desarrollando una red de apoyos, creando una cultura de autocuidado en la biblioteca.

Todas las bibliotecas son diferentes (espacios, diseño, arquitectura, staff, líderes, comunidades, desafíos). ¿Cómo pueden los bibliotecarios encontrar maneras de escalar estas prácticas de justicia restaurativa y de construcción de comunidad a su contexto local?

Quizás podemos comenzar respondiendo a estas preguntas:

  • ¿Cómo puede tu biblioteca conocer las necesidades del área a la que das servicio?
  • ¿Cómo describen la biblioteca los niños/jóvenes/adultos?
  • ¿Cómo puedes hacer de tu biblioteca un espacio donde los jóvenes se sientan libres, autónomos, confiados y respetuosos?
  • ¿Cómo puedes demostrar respeto y cuidado de los niños que usan la biblioteca?
  • ¿Es una realidad posible? ¿Qué es lo que necesitas?

Cuando escuché esta charla me explotó un poco el cerebro porque visualicé claramente cómo muchas bibliotecas públicas son lugares con normas, quizás, demasiado marcadas y estrictas para los más pequeños, que pueden perpetuar la exclusión que sufren los colectivos más marginados. Sería muy bonito poder trabajar y aprender de estas bibliotecarias, tan dispuestas a arremangarse y ser parte del cambio que quieren ver en las bibliotecas. Nadie dijo que fuese fácil.

Hasta aquí llegamos en este viaje por las bibliotecas de Nueva York. Muchas gracias por acompañarme hasta aquí y visitar conmigo sus bibliotecas, como si fuesen el mismo Empire State.

 

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Una bibliotecaria española en Nueva York. Quinta crónica

 

“La persona que menos se respeta en América es la mujer negra. La persona más desprotegida en América es la mujer negra.” Malcolm X

 

Black Power en Bibliotecas: Regina Andrews, Jean Blackwell Hutson y el Schomburg Center de la NYPL

 

Uno de los acontecimientos que he vivido durante esta etapa en NYC es el lanzamiento de Homecoming de Beyoncé. Creedme, la ciudad se vuelve loca con ella y más con el impresionante documental de su show en el Coachella de 2018, siendo la primera mujer negra cabeza de cartel en la historia del festival.

 

 

 “Cuando decidí actuar en Coachella, me di cuenta de que en vez de ponerme mi corona de flores, lo más importante era llevar nuestra cultura al festival”, explica Beyoncé en este documental que, además de dejarnos boquiabiertos con el despliegue técnico, musical y coreográfico, es un pretexto para hablar de la representación de la mujer negra en sociedad, a través de numerosos mensajes feministas y antirracistas al público del Coachella y a los los millones de usuarios de Netflix, plataforma donde se estrenó.

Quizás os estaréis preguntando qué tendrá que ver esto con las bibliotecas públicas de NYC… ¿Qué representación tienen los bibliotecarios «racializados»? ¿Os habéis preguntado alguna vez si las bibliotecas son racistas? 

 

Seguramente pensemos por defecto que no, que las bibliotecas son lugares públicos donde todo el mundo es bienvenido. Y sí, las bibliotecas deben de ser lugares acogedores, inclusivos y justos, pero escuchando otras voces se ponen en relieve otras realidades: las bibliotecarias de EEUU son históricamente mayoría blancas y si ahora se encuentra una mayor representación de bibliotecarias negras o «racializadas» es porque otras lo pelearon antes por esa inclusión. Y os voy a contar la historia de dos bibliotecarias negras ejemplares de la ciudad de Nueva York: Regina Andrews y Jean Blackwell Hutson.

 

 

Días antes de que Beyoncé publicase este documental, se celebraba el Black History Month y la Librarian National Week (sí, nos va a dar algo de días mundiales, pero oye, siempre es una buena excusa celebrar y recordar, sobre todo si son causas de personas que han sido y son excluidas, o eso creo yo) tuve el placer de asistir al evento “Open Archive: Regina Andrews and Jean Blackwell Hutson” en el Schomburg Center for Research in Black Culture, de Harlem (Manhattan, uptown, donde hacen las misas de gospel con tanto flow ;)).

 

Como su propio nombre indica, el Schomburg Center for Research in Black Culture es una de las instituciones culturales más importantes del mundo dedicada a la investigación, preservación y exhibición de materiales centrados en las experiencias de los afroamericanos y de la diáspora africana. 

Este centro es una división de investigación de la Biblioteca Pública de Nueva York, se halla en un gran edificio en el Malcolm X Boulevard con la 135 st y es un centro de referencia para todo el que quiera investigar sobre cultura negra, ver exposiciones, asistir a eventos y talleres o investigar entre los ricos fondos de su biblioteca y su archivo. Podéis ver más de su actividad aquí.

En ese mismo lugar, antes de alzarse en 1981 el edificio donde ahora se aloja, encontraríamos una de las bibliotecas públicas de la NYPL del barrio de Harlem, donde tradicionalmente eran empleados los bibliotecarios negros, allá por los años 20. 

 

 

Aunque no vamos a hablar en profundidad sobre los complejos temas de la segregación racial y de la deuda fundacional que tienen los Estados Unidos de América con el pasado de esclavitud del pueblo africano, no hay que olvidar este contexto. La mayoría de las bibliotecas de los años 20 tenían alguna forma de segregación, en ciudades como Charleston (Carolina del Sur) y Dallas (Texas) se excluía por completo a los afroamericanos de las bibliotecas públicas; en otras como Atlanta y Nueva Orleans, tenían sucursales separadas para usuarios negros.

Aunque en la NYPL todos los usuarios “eran bienvenidos” en todas las bibliotecas, cuando se trataba de empleo, había una cierta segregación basada en la demografía del vecindario. Los solicitantes de Europa del Este generalmente se enviaban a la Biblioteca Webster en el Upper East Side, los rusos y judíos a la sucursal de Seward Park en el Lower East Side, y los solicitantes negros iban a la calle 135, en Harlem, barrio en el que he tenido el gusto de recorrer durante estos meses y que sigue siendo muy negro, aunque se está gentrificando a pasos agigantados.

 

«I am American» Regina M. Anderson

 

En el año 1922 llegó a Nueva York desde Chicago la bibliotecaria Regina M. Anderson. Cuentan que cuando hizo la entrevista para la NYPL se catalogó como «estadounidense», que era lo que se consideraba a ella misma por haber nacido en este país. No pensó lo mismo su entrevistador, que al no ser 100% blanca (tenía raíces ​​de Suecia, indígena norteamericana, Madagascar e India) no se la consideraba “americana”, sino negra. Lo que eso implicaba, efectivamente, que fuese enviada a la sucursal de Harlem de la calle 135, mencionada arriba.

Junto con Ernestine Rose -la directora de la biblioteca, decidida a hacer que el espacio fuera lo más útil posible para el vecindario- convirtieron este centro en un lugar donde todos los usuarios, especialmente la comunidad negra, eran bienvenidos. Un espacio seguro donde reflexionar sobre su historia, sobre sus derechos, sobre su cultura. Un lugar donde se coció el movimiento Black Power y otras tantas causas de justicia social que, lamentablemente, hoy siguen siendo importantes en esta ciudad y en el mundo entero.

 

 

Anderson, fue parte e inspiración del círculo social de intelectuales del que fue denominado “Harlem Renaissance” -y que es algo así como nuestra “Generación del 27”- y organizó varios grupos de teatro (los cuales, por un tiempo, ensayaban en la 135th Street Branch), escribió dramaturgias y, tras mucho pelear, se convirtió en la primera directora afroamericana de una sucursal de la Biblioteca Pública de Nueva York, en la calle 115. Más tarde, encabezaría la sucursal de Washington Heights, donde continuó trayendo usuarios, alentó el uso de la biblioteca por parte de la comunidad y organizó grupos teatrales. 

Una auténtica líder de la comunidad y bibliotecaria revolucionaria, como podemos deducir de uno de sus discursos en los que dijo: “Debemos ser más que bibliotecarios. No se trata solo de estar en bibliotecas, sino de salir a la calle. Si lo haces bien, uno naturalmente conduce al otro”. 

Yo creo que este es el auténtico trabajo con la comunidad, esto es querer cambiar las cosas del barrio, conocer a tus usuarios y trabajar con el liderazgo necesario para cambiar las cosas, dando pasos aparentemente pequeños, pero que hoy son todo un legado.

 

 

Si regresamos al Schomburg, debemos de pararnos en la Jean Blackwell Hutson Research and Reference Division, cuyo nombre se le debe a otra bibliotecaria / archivera que luchó incansable por la representación negra en bibliotecas y por la accesibilidad y la atención a las personas marginadas. Dicen que esto fue lo que marcó desde el comienzo la carrera de Jean Blackwell Hutson como bibliotecaria, cuando trabajaba en una sucursal de la Biblioteca Pública de Nueva York, en el Bronx.

A Jean Blackwell Hutson le debemos, entre otros muchos avances, las clases de inglés para extranjeros, uno de los pilares más importantes de la NYPL en lo que a integración del inmigrante se refiere. También fue la primera biblioteca que albergó una colección que incluyese libros en español, para atraer a los usuarios que lo hablaban y no las frecuentaban, por no encontrarse con ese derecho o por no encontrarlas lugares de interés. Los que la conocieron y trabajaron con ella dicen que Hutson aportó, «intelecto sin compromiso y que compartió extraordinaria generosidad con los usuarios».

A partir de 1947, trabajó en la División de Literatura Negra de la Biblioteca Pública de Nueva York, y se convirtió en jefa de la Colección Schomburg (originalmente basada en la colección privada de libros de Arthur Schomburg) en 1948. 

 

The Division of Negro Literature, History and Prints. Fuente: NYPL

 

Hutson estimuló una enorme cantidad de crecimiento del Schomburg Center. Curó importantes colecciones de arte e historia, consiguió que sus amigos e importantísimos literatos Langston Hughes y Richard Wright donaran sus archivos personales a la colección y organizó muchas recaudaciones de fondos para la construcción del nuevo edificio. 

Hutson dijo en una entrevista de radio en 1964 que estaba comprometida a “llenar los vacíos de omisiones que han ocurrido en el relato de la historia de los negros” y su trabajo como bibliotecaria y archivista refleja su éxito en esta búsqueda.  Recordemos que era la época revolucionaria en la que Martin Luther King, Jr. luchaba en el movimiento por los derechos civiles de Estados Unidos.

 

 

En 1962, Hutson ayudó a publicar el Catálogo de diccionarios de la Colección Schomburg, que dió alcance a Schomburg a nivel mundial, ya que los microfilmes del mismo permitieron a las bibliotecas de todo el mundo explorar los contenidos de la colección. Hutson también participó en muchas organizaciones más allá de Schomburg, entre ellas The American Library Association, The African Studies Association, The NAACP y The Urban League.

Además, ayudó a fundar la Academia Negra de Artes y Letras y fue la primera presidenta del Consejo Cultural de Harlem. Fue profesora adjunta de historia en City College, donde alentó a los estudiantes que participaron en el movimiento Black Power a usar Schomburg como un recurso para su activismo. 

Hasta aquí estas historias de mujeres que han luchado por la justicia social a través de las bibliotecas. Muchas gracias por haber llegado hasta aquí y por reflexionar en estos temas complejos que requieren pausa, conversación, lectura y mente abierta para intentar comprender otras realidades del sistema en el que vivimos y somos parte.

 

 

Creo que estas historias han de ser celebradas y que en una sociedad diversa, es importante que haya representación de esa diversidad en todos los lugares, especialmente en los públicos y, aún más, si tienen esa vocación de atraer y dar servicio a los usuarios de diversas razas, culturas, géneros, religiones, clases y capacidades. Como dicen por ahí, “Nothing About Us Without Us” (“Nada sobre nosotros sin nosotros”). 

Yo que soy una extranjera en esta gran ciudad, pienso ahora en las bibliotecas de España, un país que cada día es más diverso. También pienso en sus usuarios, en sus bibliotecarios, en los recursos con los que cuentan, en cómo se sentirán los recién llegados y las segundas generaciones. En cómo afrontamos estos cambios de paradigma, en si los resolvemos teniendo en cuenta a las comunidades, en si escuchamos las voces de los más marginados, en dónde están nuestros prejuicios y en si estamos dispuestos a desaprender tanto aprendido.

 

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Biblioteca contracultural, biblioteca contra la cultura

 

No lo hemos comprobado en el Catálogo Colectivo de bibliotecas públicas pero pocas debe haber que no tengan (o hayan tenido) entre sus colecciones la célebre serie de ensayos históricos: Historia de la vida privada (reeditada por Taurus en un estuche en 2017). En la que los historiadores galos, Philippe Ariès y Georges Duby, recorrían la historia desde la Antigua Roma hasta los albores de esta revolución digital que estamos viviendo. Tanto Ariès como Duby han fallecido: así que no podrán añadir anexo alguno con estas últimas y trepidantes décadas, pero tampoco hace falta, cuando con Internet eso de vida privada ha dejado de tener sentido.

 

 

La instantánea que de un momento histórico se pueda sacar jamás estará completa si a la crónica oficial no se le añade el reverso de lo cotidiano, lo menor, lo subterráneo. Y desde la década de los 60 con más fuerza aún: toda crónica cultural queda coja sin el relato paralelo de la contracultura, del underground, de lo marginal.

El crítico cultural Jordi Costa arrancó su trayectoria profesional, que le ha llevado a escribir en las cabeceras culturales más importantes, con tan solo 15 años en ‘El Víbora’. Su autoridad a la hora de abordar lo que ha sido ese relato paralelo de la cultura oficial está fuera de discusión. Y Costa acaba de publicar el estupendo ensayo Cómo acabar con la contracultura. (Una historia subterránea de España): que recorre las últimas décadas de nuestro país detallando cómo la libertad absoluta de lo underground ha sido domeñada, una y otra vez, por los intereses políticos del momento.

 

 

La contracultura en España, como tantas cosas, es de importación y lo más interesante siempre resulta de la fricción entre lo foráneo y lo autóctono, lo marginal con denominación de origen cañí. Que este julio en Londres se vayan a celebrar los 40 años del movimiento punk con diversos actos que implican a la Biblioteca Británica, el Museo de Londres y hasta el Palacio de Buckingham: da una idea de hasta qué punto se ha domesticado al último movimiento realmente importante contra lo establecido.

El método Gemini: cómic de un autor curtido en el mundo de los fanzines, Magius, que mantiene vivo el saludable espíritu del cómix underground en formato novela gráfica.

Una pena, porque la contracultura une mucho más que la cultura. La cultura es esa palabra condenada por los tiempos a formar parte de una cadena de oxímoron interminable (cultura de la violación, cultura del abuso, cultura de la corrupción, etc): un continuo sinsentido si nos atenemos a lo que dice la RAE, pero claro está, la RAE también está en el punto de mira de ese discurso de lo políticamente correcto que no admite disidencias. Y cuando no forma parte de un óximoron es usada como arma arrojadiza: una chachiporra con que atizarse en el grandguiñol de la política a cuenta de identidades, hechos diferenciales y agravios históricos.

En cambio la contracultura goza de la libertad del lumpen, no entiende de fronteras, permea y se deja permear, ensuciar, guarrear sin miedo a perder su esencia porque su esencia es contradecirse continuamente. Y por eso siempre andan a su caza para pasteurizarla, prensarla, empaquetarla y venderla, pero de un modo u otro, su pringoso espíritu siempre termina goteando en la encimera sobre la que se cocinan las nuevas maravillas digitales.

 

El capo de la mafia en ‘El método Gemini’ tiene una gran biblioteca. Es en ella donde recluta al protagonista para su negocio. Cuando le va detallando los pormenores de sus actividades lo hace equiparándolas a las propias de un club de lectura. 

 

Costa, en su ensayo, evidencia las carambolas que llevaron desde la infección contracultural que propiciaron las bases militares estadounidenses de Rota o Morón en el underground sevillano; y como este terminó viajando hasta la libertaria Barcelona de los 70 con artistas como Nazario u Ocaña: para concluir la jugada en el Madrid de los 80 con esa Movida que se diluiría definitivamente en tiempos del PSOE. La contracultura une regiones, países, continentes con más eficacia que un cable interoceánico.

 

 

Con profesorado como Peaches: ¿quién se va a resistir a ir clase?

En un sótano de Ámsterdam han creado la Universidad del Underground. Durante las últimas décadas la famosa escuela londinense Central Saint Martins ha subido tanto, tanto, las matrículas que la institución, que ha dado algunas de las figuras más relevantes (Sade Adu, M.I.A., Jarvis Cocker, Stella McCartney, Alexander McQueen, PJ Harvey, etc), se ha hecho aún más exclusiva.

Se supone que la iniciativa de la Universidad Underground holandesa va a subsanar esa situación: pero lo dudamos mucho.

Por muy escondido que esté el sótano el hecho de plantear una formación reglada para la disidencia contraviene los principios mismos de lo contracultural. Por mucho que Noam Chomsky, Peaches o una de las integrantes de las Pussy Riot formen parte del profesorado: los interesantes líderes artísticos, políticos o de pensamiento que, sin duda, surgirán de sus aulas no dejarán de configurar una nueva élite que poco tendrá que ver con el espíritu de lo verdaderamente underground.

 

Ocaña y Nazario revolucionando Las Ramblas de esa Barcelona libertaria, provocadora y underground que los fastos del 92 empezaron a exterminar.

 

Lo marginal, lo subversivo, lo incómodo siempre ha provenido de una necesidad vital que no se podía desatender, no de ninguna intención meditada de cambiar las cosas. El pintor, performance y transformista Ocaña desnudándose en la fiesta libertaria de la CNT en el año 1977 dio visibilidad a un mariconerío tan desmadrado y orgulloso de su marginalidad que soliviantó a los concienciados comunistas; igual que Amanda Lepore desconcierta a feministas de manual y amantes del compromiso con su apuesta frívola y superficial en el documental-crónica sobre algunas de las trans más míticas y combativas de la Gran Manzana en I hate New York (2018).


 

El mundo transexual tal vez sea el último reducto para la subversión más auténtica. Debíría ser una buena noticia que cada vez sea más difícil encontrar esos nichos de subversión si acaso fuera indicio de que la marginalidad ha sido erradicada gracias al progreso social; y no como consecuencia de que los eufemismos, la corrección, y el hastío provoquen que ya nada resulte perturbador.

Pero siempre nos quedarán las bibliotecas. No como a Bogart y Bergman les quedaba París, sino como a los gays, travestis y chaperos que pululaba por el Stonewall Inn les quedaba Judy Garland, la noche del 28 de junio de 1969, en que decidieron rebelarse. ¿Suena a chiste eso de señalar a las bibliotecas como refugios contraculturales? No tanto si repasamos su ubicación en medio del panorama actual.

 

En 2013, en plena eclosión de la crisis, la Biblioteca pública abandonada de Rivas-Vaciamadrid era ocupada por la BOA (Biblioteca Ocupada Autogestionada): un espacio autosugestionado que compartía espacio con asociaciones culturales tales como Célula Radical Arterrorista u organizaciones como Sureste Obrero.

 

¿Qué es lo más contracultural que puede haber en medio de redes sociales manipuladas por multinacionales que nos vigilan a todas horas, blockbusters diseñados por ordenador en Hollywood, música prensada y manufacturada para usar y tirar? Lo más contracultural que puede haber es una biblioteca. Si nos atenemos a presupuestos, estadísticas y consideración por los popes de la cultura están a un paso de la marginalidad. Fuera de las grandes ciudades, en municipios pequeños, los políticos locales las empujan a manos del lobby estudiantil para finiquitarlas como simples salas de estudio. La única salida que queda es la marginalidad, lo underground, lo disidente.

¿Cómo se hace eso en instituciones sustentadas por presupuestos públicos? Atrayendo a los freaks, a los diferentes, a los quieren diseñar su propia disidencia y no tienen recursos para ser admitidos en la University of The Underground. Es decir a la mayoría de los que tienen inquietudes de algún tipo. El título de la enooorme, en todos los sentidos, primera obra de Emil Ferris, Lo que más me gusta son los monstruos, a un paso de convertirse en lema bibliotecario.

 

Alucinante, maravillosa, espectacular, impactante, absorbente…no está todo dicho pero no queremos ser más pesados. En definitiva: muy buena.

 

El ensayo recién publicado de la artista Roberta Marrero en el que hace un recorrido por la cultura LGTBQ+ prologado por el filósofo queer Paul B. Preciado.

En Filadelfia, por segundo año consecutivo, arranca estos días la Free Library Pride (la Biblioteca Libre/Gratis del Orgullo) y aquí el doble sentido de la palabra inglesa free cobra todo su significado. Un programa con más de 50 eventos relacionados con el colectivo LGTBQ+ en sus más de 20 sucursales y para todas las edades. Desde los cuentacuentos con drag queens; picnis al aire libre para niñas, mujeres trans y personas en general no conformes con su género; o lecturas públicas de textos de temática LGTBQ+.

Algunos de los textos que se leeran en esta última actividad pertenecen al fondo reunido por la activista Barbara Gittings que se conservan en la Biblioteca de la Independencia. Gittings, que falleció en 2007, siendo estudiante universitaria en los años 50, se esforzaba por buscar textos con los que identificarse y construir su identidad como lesbiana. Todo lo que encontraba iba siempre orientado a la homosexualidad masculina, y en la mayoría de los casos, abordándola con tintes discriminatorios. En una entrevista concedida en 1999, Gittings declaraba sus motivaciones:

«Durante años, frecuentaba bibliotecas y librerías de segunda mano tratando de encontrar historias para leer sobre mi gente. Más tarde me hice activista por los derechos del colectivo […]  siempre estuve atenta a la literatura que surgía. Y fui viendo como se empezaba a hablar de homosexuales que eran sanos, felices y tenían buenas vidas. Eso fue como escuchar las campanas repicando para mí: ¡bibiotecas y libros de temática gay!»

 

Nada más propio que terminar apropiándonos del título que Roberta Marrero ha usado para su ensayo sobre cultura LGTBQ+: We can be heroes para aplicárselo a las bibliotecas. Pero continuando la canción de Bowie de la que proviene: que no sea just for one day (solo por un día). Hay mucho recorrido para lo diferente, para lo diverso, lo inconformista en las bibliotecas. Biblioteca contracultural o biblioteca contra la cultura de lo estático, lo previsible, lo convencional. La cultura (o contra), como canta el dúo Mueveloreina, no sabe pá donde va, pero va, va…

 

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Biblioteca apache

 

En ocasiones la actualidad te lleva de la mano. No hace mucho en El ángel exterminador bibliotecario nos recreábamos en la posibilidad de que grupos de usuarios quedasen enclaustrados en una biblioteca; y hace unas semanas, también nos hacíamos eco del vandalismo en una biblioteca parisina en Asalto a la biblioteca del distrito 18. En este arranque del mes de abril las líneas argumentales de estos dos posts se entrecruzan en esta Biblioteca apache.

 

El poder de los libros representado por el artista Mladen Penev.

 

El ensayo del sociólogo Denis Merklen: ¿Por qué se queman las bibliotecas?

El 5 de marzo la biblioteca pública del distrito de La Duchère, en Lyon, fue incendiada por unos delincuentes como represalia por el desmantelamiento de una red de tráfico de drogas que operaba en dicho distrito. Según el sociólogo Denis Merklen, autor del libro ¿Por qué se queman las bibliotecas?, se han registrado, al menos, 75 incendios intencionados de bibliotecas durante los últimos veinte años en Francia.

Merklen resalta el carácter simbólico que tiene el hecho de quemar bibliotecas como respuesta a problemáticas sociales latentes en la sociedad gala. La importancia y protección que en Francia se da a la cultura, es probable, que signifique a las bibliotecas como víctimas propiciatorias de ese ansia de destrucción contra los símbolos de una sociedad. En cambio, al otro lado de los Pirineos, podemos respirar tranquilos.

Como comentaba el periodista del área de cultura de ‘El diario vasco’, Alberto Moyano, a cuenta de lo que planteábamos en Asalto a la biblioteca del distrito 18:

 

 

Un tuit que nos gustó, en primer lugar, por expresar su discrepancia (el primer paso para enriquecerse en un diálogo amable en la red); además ese «disparar en demasiadas direcciones» nos encanta para un post que se llama Biblioteca apache; y, sobre todo, por incidir en ese poder perturbador, en esa hostilidad que aún pueden llegar a provocar los libros (y por ende las bibliotecas) como símbolos. Si algo incomoda es que sigue ejerciendo un poder hasta en los que se creen más ajenos a su influjo. Algo que, pese a estar al otro lado de los Pirineos, también encontramos fascinante.

 

 

Christian Slater ya contaba con unos precoces antecedentes bibliotecarios por su papel en El nombre de la rosa (1986).

Y cambiando de latitud y escenario pero no de temática: el Festival de Cine de Santa Barbara en los Estados Unidos se inauguró el pasado 31 de enero con la proyección de la película dirigida por Emilio Estevez: The public (2018). En el reparto, entre otros, aparte del propio Estevez, estrellas como Alec Baldwin o Christian Slater.

The public se centra en un grupo de vagabundos y personas en riesgo de exclusión; y en las relaciones que establecen con los trabajadores de una biblioteca del centro de Cincinnati.

Una noche, tal cual como en nuestro ángel exterminador bibliotecario, suena el aviso de cierre de la biblioteca y un grupo de sin techo se niega a abandonar la biblioteca. Los refugios de la ciudad están atestados por una cruda ola de frío y la única opción es pasar la noche a la intemperie. A partir de aquí, el conflicto se complica cuando los bibliotecarios deciden apoyar a los okupas, y se posicionan frente a políticos y medios sensacionalistas: planteándose un acto de desobediencia civil que sirve para exponer algunos de los problemas sociales más candentes de la sociedad estadounidense (y por extensión de las sociedades occidentales).

 

 

La película de Estevez, no tiene aún fecha de estreno en nuestro país, pero promete convertirse en un título de referencia en el mundo bibliotecario. Al igual que el incendio de bibliotecas en Francia denota las tensiones sociales que se viven en el país vecino: de la película norteamericana se pueden sacar varias lecturas, pero en este caso, positivas.

Independientemente de la calidad de The public (atendiendo al tráiler parece que la acostumbrada competencia estadounidense en los aspectos visuales e interpretativos está asegurada) el hecho de que una biblioteca se convierta en escenario protagonista de una producción, independiente, pero rodada con medios y con estrellas en su reparto: ya es una buena noticia. Pero la biblioteca en la película es mucho más que un simple decorado: es todo un concepto. La plasmación en imágenes (en líneas de diálogo) de una frase que se repite afortunadamente cada vez con más frecuencia: las bibliotecas públicas como último bastión de la democracia. Las bibliotecas públicas, como indica el título, como máxima representación de lo público.

 

Emilio Estevez como bibliotecario al frente de la desobediencia civil de un grupo de excluidos del sistema.

 

El hijo mayor de Martin Sheen perpetúa la tradición demócrata de ese Hollywood comprometido en causas sociales que su padre (récord absoluto de detenciones por implicarse en protestas sociales: 66) ha representado públicamente desde la década de los 70. Muy alejado de su hermano, Charlie Sheen, que en cambio tanto se ajusta al estereotipo hollywoodense hecho de alcohol, drogas y sexo. Era previsible que, tan célebres representantes del progresismo estadounidense, tuvieran algo que decir sobre la sociedad que ha quedado tras una década de crisis culminada con la presidencia de Trump.

Que Alec Baldwin forme parte del reparto tampoco es casual. Aparte de haber renovado su popularidad gracias a la exitosa parodia que del actual presidente de su país hace en el mítico show de humor televisivo Saturday Night Live: Baldwin tiene un largo recorrido como santo patrón bibliotecario, o en otras palabras, como mecenas de bibliotecas en su país.

 

Alec Baldwin junto a su mujer y el también actor Edward Burns en la Author’s night for the East Hampton Library de 2015: un evento que sirve para recaudar fondos para dicha biblioteca.

 

Baldwin, aunque ha sido nominado, no ha ganado nunca un Oscar, pero de crearse alguna vez el Tejuelo de oro, sin duda, se lo llevaría de pleno en la mayoría de categorías. En 2011 el lenguaraz intérprete que nunca se ha cortado un pelo (su pelambrera pectoral atestigua que lo metrosexual nunca ha ido con él) a la hora de dar sus opiniones: donó 10.000 dólares para impedir que se cerrase la Biblioteca Adams Memorial en Rhode Island. Otros 250.000 dólares fueron a parar a la biblioteca de East Hampton, a la cual destinó los ingresos que obtuvo por diversas campañas publicitarias que había protagonizado.

Pero no acaba aquí su labor probiblioteca, también fue cofundador de la Noche anual de recaudación de fondos para la Biblioteca de East Hampton. Además, desde 2015, a través de la fundación que lleva su nombre y el de su esposa, The Hilaria & Alec Baldwin Foundation, el matrimonio financia numerosas iniciativas en torno al arte, la cultura o la salud pública.

 

Alec e Hilary posando en su mansión de los Hamptons.

 

Un joven Alec Baldwin participando en la campaña de fomento de la lectura de los 80 que lanzaron desde las bibliotecas estadounidenses: READ.

Que la biblioteca en la que Baldwin centra su altruismo esté situada en Los Hamptons: no resta valor a sus esfuerzos.

Situados en la zona este de Long Island, los Hamptons, constituye una exclusiva zona de vacaciones para la clase alta de Nueva York. Scarlett Johansson, Sarah Jessica Parker, Richard Gere, Jennifer López, Steven Spielberg, Robert de Niro o, por supuesto, el propio Alec Baldwin: poseen lujosas fincas en la zona. Un territorio en el que también viven personas de clase media baja, pero cada vez menos, dado que el alto nivel de vida de Los Hamptons les ha obligado a mudarse.

En los Estados Unidos no hay problema en defender públicamente un discurso progresista y a favor de los derechos sociales de la población (como hace Baldwin participando en The public): y por otro lado, pertenecer a la élite económica y cultural de esa sociedad. En nuestro país la defensa de lo público, en cambio, pareciera exigir un compromiso lindante con el voto de pobreza. Combinar lo público con lo privado (salvo que hablemos de cotilleo y prensa del corazón) suena casi a blasfemia. Un discurso harto maniqueo que, tal vez, una buena ley de mecenazgo cultural ayudaría a mitigar.

En una reciente entrevista en ‘El País’ la oncóloga Ruth Vera, presidenta de la Sociedad Española de Oncología Médica, señalaba la necesidad de incentivar la inversión privada a través de una ley de mecenazgo. Y declaraba no entender la polémica en torno a la donación que hizo Amancio Ortega para la lucha contra el cáncer. «¿Por qué tenemos que rechazar la inversión privada?» se preguntaba Vera.

 

Un fotograma de The public (2018): las fuerzas del orden irrumpiendo en la biblioteca (no se considera spoiler porque aparecen en el tráiler).

 

Disco de Jacques Brel en el que se incluía su satírica ‘La dame patronnesse‘ (Las damas de la beneficencia): título apropiado para la propuesta final de este post.

Hace un año se presentaron las 150 medidas que el actual Gobierno pretende poner en marcha durante esta legislatura y que se engloban dentro del Plan Cultura 2020. Entre ellas se incluía la reactivación de la postergada Ley de Mecenazgo Cultural. Un año después, Castilla-La Mancha ha anunciado la puesta en marcha de su propia Ley de Mecenazgo, mientras en el resto del país sigue la espera.

Entretanto las bibliotecas se convierten, o no, en objetos de deseo para mecenas con ganas de cuidar su imagen pública y aliviar su declaración de la renta, ya que hemos citado a la prensa del corazón, no estaría de más que nuestras celebrities patrias se quitaran complejos respecto a las estadounidenses apoyando eventos recaudatorios destinados a bibliotecas.

Antonio Banderas lleva varios años impulsando la Gala solidaria Starlite en Marbella cada verano. ¿Cabría esperar un séptimo de caballería proveniente del papel cuché? ¿Quién sabe? Igual a Isabel Preysler, Nati Abascal, Pitita Ridriduejo o a Carmen Lomana les da por lucirse con una excusa tan favorecedora y ponerlo de moda entre la beautiful people. Dejamos la pregunta envenenada para el final: ¿tendría escrúpulos el sector bibliotecario en aceptar este tipo de financiación?

Arrancamos viendo como quemaban bibliotecas en Francia y concluimos con acento francés gracias a las damas de la beneficencia de Brel. Otra cosa no, pero nadie nos podrá acusar de falta de coherencia.

 

Tamara Falcó entrevistando a Vargas Llosa en la biblioteca de la mansión de Isabel Preysler.

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Asalto a la biblioteca del distrito 18

 

En el clásico de cine B Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976): los policías que custodian a varios delincuentes peligrosos en una pequeña comisaría de Los Ángeles sufren un brutal asedio por parte de un grupo de pandilleros en busca de venganza. No vamos a decir que el pasado 3 de enero, la plantilla de la Biblioteca Václav Havel en el distrito 18 de París, vivieran una experiencia tan al límite como los policías de la película de John Carpenter: pero es más que probable que tarden en olvidar algo así.

 

 

Cartel anunciando la apertura de la Biblioteca Václav Havel en el distrito 18 de París.

Ese día, un grupo de jóvenes adolescentes de la zona, volvieron a atacar la biblioteca provocando daños en instalaciones, colecciones e insultando y amenazando a los bibliotecarios. Según la crónica, que recoge la web ActuaLitté, les univers du livre, los trabajadores tuvieron que refugiarse tras las persianas de hierro que bajaron para protegerse de los objetos contundentes que les arrojaban; y al día siguiente, optaron por mantener el centro cerrado.

Pese a todo los bibliotecarios no quieren estigmatizar a los adolescentes. El equipo lleva mucho tiempo solicitando la inclusión de un mediador en el equipo de la biblioteca que sepa lidiar con este tipo de conflictos y revertir la situación. Una actitud de lo más loable por parte de los profesionales del centro y, que recuerda en cierto modo, a los docentes estadounidenses y su hashtag #armmewith (ármame con).

Ante la brillante idea de Donald Trump de proveer de armas al personal docente, como forma de evitar nuevas matanzas en centros educativos: los profesores han respondido pidiéndole que los arme, sí, pero con recursos, libros, medios, programas para ayudar a jóvenes con problemas mentales, equipos, personal, y por supuesto, también bibliotecas de aula como compartía esta profesora en su cuenta de Instagram:

 

Una buena biblioteca escolar podría enseñar empatía y empoderar a los estudiantes para entender a otros seres humanos.

 

Después de todo, los adolescentes estadounidenses, como los de cualquier sociedad, no hacen más que reproducir de manera más trágica y radical (como corresponde a tan conflictiva edad) los problemas enraizados en el entorno que les rodea.

En un episodio de la estupenda serie danesa Borgen (2010): el presidente de Groenlandia le cuenta a la presidenta de Dinamarca que, en los últimos años, el nivel de suicidios de niños y jóvenes en la isla va en aumento. El suicidio es, tristemente, algo habitual entre los groenlandeses, pero como señala el mandatario ártico de la ficción, siempre había sido habitual entre ancianos que no querían ser una carga. La falta de futuro, de horizontes vitales en un paisaje que es puro horizonte, sería el motivo en cambio para los jóvenes. Morir matando en la sensacionalista América de Trump o morir en el silencio helado de Groenlandia.

 

Campaña de 2012 para exigir el control de armas en los Estados Unidos: no parece que sirviera de mucho.

 

Esperar que Trump haga caso a las peticiones que los profesores comparten con el hashtag #armmewith es tan ingenuo como esperar que, en nuestro país, la cultura (bibliotecas) protagonice los programas electorales de los partidos políticos en la próximas elecciones. La entrañable organización Michigan Open Carry, tras la masacre de la Escuela Primaria de Sandy Book, que tuvo lugar en diciembre de 2012, no tuvo mejor idea para sensibilizar a los ciudadanos de Michigan sobre los fines de su organización que promover una marcha a la biblioteca del distrito portando, orgullosamente, sus armas.

Las autoridades locales, ante la preocupación de otros sectores de la población, que denunciaron el exhibicionismo armamentístico, declararon que nada podían hacer, y que las amables amas de casa que acudían al supermercado o a la biblioteca a hacer los deberes con sus hijos con el revolver en la cintura: estaban en todo su derecho. Eso era en 2012 y en 2018 si las cosas han cambiado ha sido para peor.

 

Los simpáticos miembros de la Michigan Open Carry desfilando con sus armas camino de la biblioteca local.

 

El pasado agosto un joven de 16 años abatió a tiros a dos bibliotecarios en la Biblioteca Pública Clovis-Carver en Clovis (Nuevo México); y en la Biblioteca Pública de Clifton Park-Halfmoon (Nueva York) se organizan simulacros para saber cómo reaccionar y protegerse en el caso de tiroteo en la biblioteca. En vista de esta situación los bibliotecarios estadounidenses bien podrían hacer suyo el verso de Gabriel Celaya y hacerlo hahstag, a semejanza de los docentes, replicando que las bibliotecas son armas cargadas de futuro (#librariesweaponswithfuture). Pero, pensándolo bien, mejor no. Pasaría a engrosar el abultado repertorio de eslóganes estilo Mr. Wonderful sobre lectura y bibliotecas que hacen más daño que bien.

 

Cartel situado en la puerta de acceso a una biblioteca en Estados Unidos.

 

No vamos a jugar a psiquiatras o sociólogos de pacotilla indagando en el porqué las pacíficas bibliotecas llegan a convertirse en objetivos de la rabia adolescente en Francia o Estados Unidos. No vamos a hacer como los policías que, tras desmantelar una red de delincuentes, narran orgullosos ante las cámaras los procedimientos seguidos por los malhechores dando ideas para aquellos que no sabían cómo hacerlo. Pero lo cierto es que las bibliotecas acumulan razones para ser víctimas propiciatorias de esa furia vandálica.

Pensamos siempre en las bibliotecas como remedio de muchos males, como instituciones que promueven la inclusión social, la acogida, el fomento de la cultura como esperanza de un futuro mejor. Pero desde la perspectiva de esos jóvenes que ni leen, ni estudian, ni viven otra realidad más que lo marginal: no dejan de ser instituciones de ese mundo que les excluye, lugares que albergan esa cultura que les mira con conmiseración o directamente desprecio. La biblioteca, como la comisaría en la película de Carpenter, representa a las fuerzas del orden cultural. Y encima son blancos fáciles.

 

 

De saber de su existencia, más de uno de esos vándalos suscribiría el título-eslogan del ensayo de Mikita Brottman, que en los últimos días viene animando el cotarro cultural: Contra la lectura. Aunque si se fijasen en la letra pequeña ya se verían excluidos: «un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros son intocables«.

Pero el argumento que esgrime el texto promocional de la editorial Blackie Books (siempre tan hábil a la hora de inventar títulos sensacionalistas para capturar la atención) puntualiza contra quien va el ensayo en realidad: «contra los pedantes que dicen que aman los libros, pero que en realidad, solo consiguen que el mundo aborrezca la lectura». Y en eso, es posible, que todos los que habitamos el fuerte bibliotecario tengamos algo de responsabilidad: y por ello, nos acosen los indios intentando arrasarlo todo.

 

Viñeta del magnífico cómic de Hugo Pratt y Milo Manara: Verano indio.

 

Dejando aparte la comprensión que el discurso más progresista muestra hacia las problemáticas sociales cargando toda la culpa en las injusticias del sistema; olvidando intencionadamente lo conflictivo en sí de la naturaleza humana: si es cierto que, como sostenía Pierre Bordieu, el gusto (cultural) es una cuestión de clases. Una herramienta que se pone al servicio de la élite dominante. Y el concepto de cultura que venden las bibliotecas no queda fuera de ese juego.

Lo que dice Brottman en su ensayo ya lo abordó, de otro modo, Evelio Martínez Cañadas en un post de BibligTecarios: Sobre la (in)utilidad de la lectura. Leer no tiene porque ser siempre bueno y el debate que ha abierto la publicación del libro de Brottman es estimulante.

 

The Florida project es una de las películas de la temporada. La historia de unos niños que crecen en el entorno degradado de un desvencijado bloque de apartamentos cercano a Disneyworld entre drogas, prostitución y pobreza. Futuros indios para asaltar bibliotecas.

 

El periodista Cristóbal Peña publicó en 2103 La secreta vida literaria de Augusto Pinochet: un libro en que revelaba la identidad bibliófila del dictador que llegó a acumular una gran biblioteca. Según relataba Peña la pasión por la lectura y los libros de Pinochet era un secreto: parecía que se avergonzara de ello y quiso mantenerlo lo más privado posible.

Y es que leer por leer no significa nada en sí mismo si lo que lees no redunda en una mejor comprensión de tu entorno. Si solo lees aquello que confirma tus ideas, una y otra vez, tu mundo cada vez será más y más pequeño.

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones: y los argumentos buenistas en torno a la lectura terminan en frases de autoayuda vacía que no convencen más que a los ya convencidos. Si la biblioteca quiere acabar con el asedio de los salvajes debería empezar por desacralizar la cultura; por desactivar el sermón sobre sus beneficios que promete una salvación en esta vida igual que los curas prometen la salvación en la otra.

 

 

Precisamente un libro de conversaciones entre Karel Huizdala y Václav Havel (en cuyo honor se bautizó la biblioteca parisina asediada en el distrito 18) se titulaba: Perturbando la paz. En esas conversaciones, el político y escritor checoslovaco, dijo que «cualquiera que se tome a sí mismo demasiado en serio siempre corre el riesgo de hacer el ridículo«. Algo que todos los que hablamos sobre cultura y bibliotecas deberíamos tener en cuenta para no incurrir en el peligroso hábito de terminar engolando la voz.

Pero volvamos a Francia para cerrar a ritmo de hip hop (el ritmo de muchos de esos jóvenes marginales). El youtuber Squeezie se unió a los raperos Bigflo y Oli en una aventura musical-bibliotecaria de lo más jugosa. Alain Rey es un reputado lexicólogo que se ocupa del Diccionario The Robert. Los músicos, junto con el youtuber, pidieron su colaboración para hacer un tema en el que sus rimas incluyesen algunas de las palabras más chocantes del francés. Una colaboración callejera-académica que dio como resultado un divertido vídeo y un pegadizo tema con miles de visitas en Youtube.

¿Quiere esto decir que para no engolar la voz cuando se habla de cultura hay que glasearlo todo para que potenciales vándalos no le tengan tanta antipatía? Pregunta en el aire con la que termina este asalto.

 

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Disidentes digitales, huérfanos de biblioteca

 

En el mayo del 68 francés los jóvenes burgueses jugaron a la revolución y creyeron que podían cambiar el mundo. Los jóvenes de 2018 (burgueses o no) juegan con sus móviles y el mundo marcha como en el clásico de King Vidor. Cuarenta años después, jóvenes y no jóvenes, tenemos asumido que antes que ciudadanos somos consumidores. Consumidores de productos de moda, culturales, tecnológicos o políticos. Y que el único margen para cambiar algo las cosas pasar por modificar nuestros hábitos de consumo.

 

Grafitis del Mayo del 68 francés: «La cultura es la inversión de la vida»

 

Hace unas semanas el programa del periodista Jordi Évole, en La Sexta, se centró en denunciar las irregularidades en la industria cárnica. Fuera parcial, interesado o sesgado lo que allí se mostró (como algunos sostienen): el caso es que dos cadenas de supermercados belgas retiraron los productos de la empresa española que trabajaba con la granja que Évole mostró en su programa. Como ciudadanos la oportunidad para cambiar algo hay que fiarla a largo plazo (cada cuatro años); en cambio como consumidores, las redes sociales, parecen otorgar el poder para provocar cambios más rápidos. Entonces ¿por qué sus propios creadores están entonando el mea culpa por haberlas creado?

 

 

Los popes de Silicon Valley últimamente se están asomando a los medios como si se tratara de unos Victor Frankenstein arrepentidos. El creador de Napster lamentándose de haber impulsado Facebook por explotar la vulnerabilidad de la psicología humana; Tim Cook, de Apple, asegurando que mantiene a su sobrino de 12 años alejado de las redes; o un ex vicepresidente de la misma red social declarando que las redes desgarran el tejido social: declaraciones que sirven como eslóganes para vender programas de televisión en los que abordan a sus ¿enemigas?: las redes sociales.

Primero estimulan esa dopamina que engancha y ahora se convierten en voces críticas. ¿A qué aspiran: a lavar sus conciencias o a erigirse en salvadores de los pobres internautas? «No me liberen, yo basto para eso» pintaban en los muros los jóvenes de ese mayo del 68: e igual va siendo el momento de pintarlo de nuevo en los muros de esas redes sociales de las que nos quieren salvar. Ni salva patrias, ni salva pantallas, por favor.

 

 

El pasado 6 de febrero se celebró el Día de Internet Seguro. Desde 2004, año en el que la Comisión Europea fijó esta celebración, muchas bibliotecas del mundo han participado. Según recogía la IFLA, en este 2018, diversos miembros de la organización han realizado informes en los que se recogen algunas de las iniciativas llevadas a cabo desde las bibliotecas para abordar esta iniciativa.

«Muévete rápido y rompe cosas: de cómo Facebook, Google y Amazon acorralaron la cultura y socavaron la democracia»: el libro de Jonathan Taplin que socava el mito de la bondad de los gigantes tecnológicos.

Reino Unido ha lanzado una Estrategia de Seguridad en Internet al tiempo que se editaba un libro verde con el objetivo de convertir a Gran Bretaña en el lugar más seguro del mundo en Internet. Deberían haber llamado a Rupert Murdoch de asesor. Para ello las autoridades británicas han contado con las bibliotecas como centros desde los que desarrollar la alfabetización digital de los niños y fomentar un uso correcto de la web entre los jóvenes.

En la Biblioteca de San Antonio (EEUU) se creó un programa colaborativo con la organización comunitaria de periodismo de base NowCastSA: precisamente para combatir y concienciar respecto a las tristemente célebres fake news que tanto gustan a su actual presidente.

En Suecia, los miembros de IFLA de la Biblioteca Nacional, publicaron material gratuito para que el profesorado tuviera recursos para abordar el uso seguro de Internet en el aula. Y terminamos este repaso en Rusia. El 1 de febrero, la Biblioteca Estatal de Rusia, acogió uno de los eventos más importantes: la conferencia electrónica «La ética del comportamiento seguro en Internet». ¿Hablarían del ‘Rusiagate’? ¿asistió Putin? Incógnitas con las que nos tendremos que quedar.

 

El ya famoso grafiti que, inspirándose en del beso entre Brézhnev y Honecker que lucía en el muro de Berlín, pintó en 2016 el artista urbano Mindaugas Bonanu (el de la derecha) en la fachada del restaurante de Dominykas Ceckauskas (a la izquierda) en la ciudad de Vilna (Lituania).

 

En España, este año, la Secretaria de Estado para la Sociedad de la Información y Agenda Digital con el Instituto Nacional de Ciberseguridad, a través del Centro de Seguridad en Internet para menores, organizaron diversos actos para la concienciación y difusión. Pero, ¿y las bibliotecas? Las bibliotecas deberían situarse en la primera línea de frente en la lucha contra la piratería de contenidos culturales, del mismo modo, las bibliotecas deberían estar en el centro de las iniciativas que un buen uso de Internet.

Como escribía Jarett Kobek en su novela de título muy directo Odio Internet:

«La ilusión de Internet era que las opiniones de personas sin poder, diseminadas libremente, tenían un impacto en el mundo. Era, por supuesto, una mierda total … El único efecto de las palabras de las personas indefensas en Internet era infligir sufrimiento a otras personas indefensas. «

 

Pero esa falta de recursos, de discurso, de capacidad dialéctica, de formación, en definitiva, de autoestima camuflada de desprecio, se evitaría teniendo referentes culturales sólidos.

El protagonista de la magnífica película Nightcrawler (2014) está empeñado en convertirse en buitre carroñero del periodismo más sensacionalista. Un magnífico Jake Gyllenhaal da vida a un personaje psicopático que repite cual mantras (no bibliotecarios) los discursos motivacionales y de autoayuda para triunfadores que encuentra en la Red: y que lleva a la práctica en su trabajo con una carencia absoluta de empatía, escrúpulos o remordimientos.

Pareciera la representación perfecta de lo que los dueños de Silicon Valley dicen temer que provoquen las redes: Golems amamantados en Internet, moldeados con bytes, links y trending topics, que no conocen más horizonte cultural que la Red, incapaces de sentir nada en lo que no medie una pantalla: unos huérfanos de biblioteca.

 

El Golem (1920) de Paul Wegener y Carl Boese.

 

Los salvadores de nuestra alma digital, anteriormente conocidos como creadores de Facebook, Twitter e Instagram, no deberían agobiarse. Incluso en los inventos más alienantes siempre han existido disidentes: y sus criaturas tampoco se libran de estos espíritus libres. Hay que disentir, sobre todo y primero de uno mismo, para no acomodarse en pensamientos únicos. Bibliotecas que disienten de cierto concepto de biblioteca que no sabemos si se repetirá en el próximo Congreso de Bibliotecas Públicas (Logroño, 28-30 de noviembre) en el que se hablará de perfiles profesionales; e internautas que disienten de lo que se supone se debe hacer en la redes aún sin proponérselo.

Hace unos meses, la propietaria de la pensión La Ferroviaria en Zaragoza, saltó a los medios (una vez que se hizo viral en las redes claro está) por su estilo a la hora de responder todos los comentarios que sobre su pensión hacían los clientes en TripAdvisor. Contraviniendo, una a una, todas las recomendaciones sobre Netiqueta, consejos para gestionar redes o recursos para solucionar conflictos en digital: la enérgica hostelera lleva desde 2007 sin callarse ni una y, como no podía ser de otro modo, le han salido muchos fans en Internet.

 

 

Por cosas así es por lo que nos salvamos. Puede que para algunos, Milagros, que así se llama la dueña y ‘community manager‘ de la pensión, fomente el mal rollo en las redes: pero nada más lejos. La franqueza de la hostelera es pura disidencia digital, como las de los ancianos que se asoman a Internet y se mueven según su propio criterio. A eso en otros mundos se le llama marcar estilo. Su naturalidad desarma el postureo infinito de las redes, no por ejercer de trolls, sino por actuar con esa mezcla de ingenuidad y despreocupación que, en muchos casos, dan los años. Cuando queda menos tiempo, tonterías las justas. Ya decíamos que la arruga es subversiva, y en digital, también.

 

El divertido sketch de una televisión alemana sobre el abuelo al que le regalaron un iPad y lo usa como tabla de cocina.

 

¿Y si la cara más amable de la tecnología proviniera de los excluidos de lo guay, lo high, lo in, lo trendy, lo………………………………….(sobrecarga del blog por exceso de anglicismos: disculpen las molestias). Ancianos, habitantes del tercer mundo, minorías, excluidos del sistema, disidentes digitales por elección o incapacidad para actuar según lo que se espera.

Ilustración de Dan Page.

El escritor, investigador y periodista Frédéric Martel debería retomar sus viajes alrededor del planeta para indagar en la situación de Internet en esos otros mundos que están en este. Su libro Smart. Internet (S): una investigación data de 2014 y han pasado muchas cosas desde entonces. La manera en que cada país, cada cultura: imprime su impronta en el uso de la Red y las redes sociales resultaba de lo más apasionante en el relato que Martel hacía.

Nos encantaría saber qué ha pasado desde entonces en barrios como el de Kibera, en Kenia, donde los teléfonos móviles estaban suponiendo una esperanza de progreso. Y sobre todo qué ha sido de la biblioteca que entonces describía. En no-lugares así (entendiendo como no lugar aquellos espacios que no entran dentro de la lógica del capitalismo) es donde puede que se esté cociendo un mundo digital menos uniforme, menos alienado, diferente:

 

«la filial de la Kenya National Library está situada en el corazón del barrio. Se llega por un camino de tierra ocre, lleno de baches. ¿Una biblioteca? Es mucho decir. Más bien parece un almacén con techo de uralita, cercado de alambradas. «Electrificadas», puntualiza Jesse. En los estantes hay unos 8.000 libros y cada día acuden unas 200 personas a consultarlos […] me muestra unas tabletas Samsung que acaban de llegar y que guarda en un armario cerrado con llave, esperando la instalación del wifi. Ello debería permitir un mejor acceso a internet […] por ahora hay que subirse al tejado para acceder con un smartphone a la conexión 3G»

 

En una pequeña ciudad australiana, en 1991, cuatro feministas crearon el grupo de arte: Venus Matrix desde el que lanzaron el Manifiesto de la Zorra Mutante. Fueron las primeras en usar el término ciber feminismo y se centraron en  «la construcción de espacio social, identidad y sexualidad en el ciberespacio». 

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Bibliotecas de género fluido

 

Convertirse en tradición en estos tiempos es algo francamente difícil. Pero que una empresa de embutidos lo haya conseguido habla de una de las estrategias publicitarias más geniales que se han visto jamás de los jamases por estos lares. Desde el 2011 con ese homenaje a los que nos han hecho reír en tiempos difíciles hasta la campaña para la Navidad de 2017 en torno al independentismo: Campofrío (por si acaso advertimos que este blog no tiene sponsor alguno) ha provocado adhesiones, rechazos, y suponemos, que un incremento en las ventas de sus productos.

 

El retrato de Chiquito de la Calzada que aparece en el famoso anuncio de Campofrío.

 

El eslogan de amodio acuñado en el anuncio dirigido por Isabel Coixet para definirnos se ha convertido en trending topic por lo certero que resulta. Amor y odio como señas de identidad: lo malo es cuando bajo esas querencias o repulsas lo único que late, y nos unifica, no es más que el miedo. Miedo al otro, a perder los privilegios, a lo diferente, a la verdad. En una reciente entrevista en El País el director de «The New York Review of Books» (la revista neoyorquina más prestigiosa sobre crítica de libros), Ian Buruma, lo corroboraba en una frase: «el miedo va ganando en un mundo cada vez más polarizado«. Y eso los políticos, y los poderes en la sombra, lo saben perfectamente.

 

Patria de Aramburu será la primera serie que desarrolle la filial de HBO en España. El miedo como eje central de la historia de una novela encumbrada por público y crítica.

 

Dos políticos: Trump y Erdogan lo han dejado claro en los últimos días. La prohibición del mandatario estadounidense a la agencia de salud nacional del uso de palabras como: diversidad, vulnerable, transgénero o expresiones como «con base en la ciencia« no ha hecho más que mostrar su miedo más arraigado: a la verdad. Y la censura implacable a la que está sometiendo el presidente turco a las bibliotecas de su país, con más de 140.000 libros retirados de ellas (entre otros: títulos de Althusser, Camus o Spinoza) no camufla otro miedo que el que siente cualquier régimen totalitario: el temor al conocimiento.

Por eso en este post vamos a repetir cual mantras varias de las palabras prohibidas por Trump para que calen como cala una lluvia fina y persistente. Lo que sea con tal de contravenir a los dos presidentes y defender la libertad de las bibliotecas como refugio para la diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad, diversidad…

 

Bancos en forma de libros de autores turcos frente al Bósforo en Estambul. ¿Los prohibirá también Erdogan?

 

Como la campaña de los embutidos incluye una web para hacer el test que nos diagnostique cuánto amodio padecemos: empezaremos con la frase de «con base en la ciencia». Concretamente con el estudio sobre psicología social que publica el «European Journal of Social Psychology» llevado a cabo por investigadores de Yale a través del cual se preguntó en línea a 300 residentes en los Estados Unidos sobre cuestiones como: el aborto, los derechos LGTBIQ (en breve harán falta unas siglas para abreviar tanta sigla), el feminismo o la inmigración. La idea era constatar cómo el miedo y la sensación de seguridad afectan al posicionamiento político de los ciudadanos.

«Antes de que lo sepas: las razones inconscientes de que hagamos lo que hacemos»: el libro de John Bargh sobre las motivaciones de nuestro comportamiento.

Antes de someterlos al test se separó en dos grupos a los participantes y se les pidió que imaginaran dos situaciones: poseer el don de volar y ser inmune a cualquier daño físico. Entre el segmento de encuestados que imaginaron poder volar sus variaciones ideológicas a la hora de responder al test no variaron de lo que se esperaba. En cambio, en el grupo que imaginó sentirse inmune a cualquier daño físico: las diferencias en las respuestas entre demócratas y republicanos fueron mínimas y terminaron acercándolos ideológicamente.

Según concluye el psicólogo social John Bargh, que encabeza el equipo de investigadores: es necesario reconocer cuánto influyen motivaciones tan básicas como el miedo y la seguridad en nuestros posicionamientos ideológicos. Los políticos (de cualquier signo lo saben) y nos manipulan apelando a tan potentes sentimientos. Bargh aboga por conocer nuestros impulsos para que nuestras opiniones se basen en el conocimiento y no en sentimientos irracionales. Y para eso ¿dónde acudir? Muy previsible por nuestra parte: a las bibliotecas.

 

 

Sentirnos vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, vulnerables, nos hace manipulables. Tal vez por eso Trump la quiere prohibir. No porque vayamos a dejar de sentirnos vulnerables sino porque seamos conscientes de ello y queramos ponerle remedio. Y de sentirse vulnerable, frágil, desamparado y de cómo superar ese miedo habla el magnífico cómic La levedad de Catherine Meurisse.

El 7 de enero de 2017 Meurisse se despertó tarde, hundida como estaba tras su último fracaso sentimental, y por esa razón llegó tarde a su trabajo como dibujante en el semanario satírico francés «Charlie Hebdo». Por escasos minutos Catherine se libró de la terrible suerte que corrieron sus compañeros a manos de los terroristas: y lo que nos cuenta en La levedad es el proceso que tuvo que seguir durante los meses siguientes para recuperar el equilibrio tras el desastre.

 

 

¿Cómo recuperar la levedad que nos permite vivir sin sentirnos permanentemente en carne viva? ¿cómo superar las secuelas de un hecho traumático?  En las campañas de Campofrío abogan por el humor; y Catherine optó por recurrir a una terapia de choque a base de cultura y belleza para, poco a poco, reanimar un estado de ánimo catatónico que la llevó a viajar hasta Roma en pos de un síndrome de Stendhal que la sanase.

Un auténtico desfribrilador en viñetas que le sirvió a la autora para volver a latir gracias a la cultura; y que reanima a quien lo lee del embotamiento con que nos entumece los sentidos tanta crónica ruidosa del día a día.

 

 

Uno de los collages de la artista expuesto en Francia.

Y precisamente en Francia se está celebrando el cuadragésimo aniversario del Centro Georges Pompidou a través del proyecto itinerante Traversees ren@rde. Este proyecto aglutina múltiples actividades en las que se abordan los movimientos estéticos y micropolíticos que agitan nuestra actualidad. Y en la exposición que, hace unos días, se inauguró en Bourges participa la española Roberta Marrero con algunos de sus collages.

Hace poco más de un año la artista plástica  publicó su primera novela gráfica: El bebé verde: infancia, transexualidad y héroes del pop. En este primera incursión en el mundo del cómic, Marrero, se volcó en relatar su infancia como mujer transexual. El relato que de su infancia hace la artista afecta a cualquiera que alguna vez se haya sentido diferente por cualquier motivo: tanto da que sea heterosexual, homosexual, transexual, polisexual o transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero, transgénero.

Dictadores: la obra en que Roberta Marrero intervino los retratos de sátrapas célebres al estilo Hello Kitty. En este caso la venganza se sirve fría y pop.

En tiempos en que la identidad se fragmenta, se diluye, se hace líquida (Bauman one more time): el relato en primera persona de cómo Roberta construyó la suya a través de la cultura convierte a su primera novela gráfica, no solo en un auténtico libro de artista: sino en un manual que debería incluirse en las secciones infantiles y juveniles de las bibliotecas por su valor para abordar temas tan candentes como: el bullying, el respeto a los demás, el feminismo o la LGTBIQfobia.

En Dejando atrás el lado salvaje: bibliotecas por la inclusión social ya hablamos de mujeres transexuales en bibliotecas. Y Marrero cautiva a cualquier amante de las bibliotecas con el primero de los mandamientos que prescribe en un momento del libro para ser feliz: «lee, lee, lee«.

La artista reconoce su deuda con la lectura como primer peldaño en la construcción de su identidad. Pocas veces las bonitas (y vacuas por manidas) palabras con que se suele convencer de los beneficios de la lectura habían tenido una aplicación práctica más efectiva que la exhortación de Marrero en su novela gráfica.

 

La Campaña por los Derechos Humanos, en colaboración con la artista Robin Bell, proyectó palabras como «feto» y «transgénero» en el Trump International Hotel en Washington, DC, como una manera de protestar por las «recomendaciones» dadas por la administración Trump sobre el uso de estos términos

 

Cisgénero, transexual, género fluido, género no binario…, si hasta en un programa tan poco minoritario como OT 2017 estos términos están a la orden del día; llegan hasta el Congreso de los Diputados; y muestran una juventud (que la hay) que pese a tantas etiquetas aspira a vivir sin dejarse constreñir por ellas: el recuerdo que Felicidad Campal hacía de la célebre frase de Bruce Lee (Be water, my friend) en su estupendo artículo sobre lo que aportan las bibliotecas a los objetivos de la ONU: da pie para dar un paso más allá y proclamar: Be water, my library.

Roberta se construyó a sí misma gracias a sus héroes del pop, y resulta que las bibliotecas son las reinas del glam: todo cobra sentido.

 

Acrónimo de Galleries, Libraries, Archives and Museums: el proyecto que aglutina a las instituciones culturales para preservar el patrimonio a través del acceso digital y permite la colaboración con el sector de la cultura libre.

 

Reinas de un GLAM que poco tendría que ver con el movimiento estético y musical  que en los 70 enarbolaron figuras como Marc Bolan, Gary Glitter, o por supuesto, David Bowie: pero que en realidad está muy conectado. Quizá cueste verlo, si nos quedamos en el estereotipo del bibliotecario/a; pero hay que procurar ir más allá. Si lo que caracterizó al movimiento glam, fue la ambiguedad, el disfraz, y lo divertido: ¿no es acaso esta imagen la que persiguen hoy día las bibliotecas?  Ambiguas entre lo impreso y lo digital, maquilladas para seducir al público, bulliciosas cual centros comerciales de la cultura y el ocio.

Tilda Swinton en la portada del magazine de estilo transversal Candy.

Bibliotecas de género fluido (o travesti, según el caso: protagonistas inminentes en la revista especializada «Candy»). Ya lo dijo el erotómano Luis G. Berlanga al respecto del rechazo a la parafernalia típicamente femenina por parte de un feminismo mal digerido: «los taconazos, las medias, los ligueros, los corseletes […] Si no es por los travestis […] las generaciones venideras llegarían a olvidar que existió la seducción»

Es en este sentido, en el que las bibliotecas se travisten con ropajes lúdicos, divertidos, llamativos y renovados que llamen la atención a un usuario infoxicado y asaltado por miles de estímulos, que cual cantos de sirena, lo aturden y le hacen carne exclusiva de best sellers, blockbuster o trending topics.
Sólo de esta manera, aunque sea de estraperlo, preservarán un concepto de cultura más rico, libre y desprejuiciado en esta civilización que entre prohibiciones, polémicas y enfrentamientos nos hace olvidarnos, en ocasiones, de que seguimos siendo humanos, demasiado humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos, humanos,humanos, humanos, humanos.

 

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Programa de lavado cultural

 

 

El concepto de biblioteca sin muros lleva décadas formulado en los manuales de Biblioteconomía. Podría pensarse que surgió al socaire del torrente digital que todo lo invade, pero no: de la biblioteca sin muros ya se hablaba en los años 90: mucho antes de que Internet la hiciera posible en virtual. Tal vez por ello la asignatura pendiente es convertirla en algo real: dejar de hablar de biblioteca sin muros y pasar a hablar de bibliokupaciones.

Para la bibliokupacion («dícese de la ocupación de un espacio extraño al recinto habitual de una biblioteca por servicios bibliotecarios») de la que nos hacemos eco en esta ocasión  no podíamos elegir imagen más ilustrativa que la portada del magnífica novela gráfica: El Nao de Brown. La cultura centrifugándote el cerebro. Y es que de lavanderías y cultura va la cosa.

 

Cartel de la Bibliothèque sans frontières para los campos de refugiados.

 

Una buena ocasión para recuperar esta estupenda película de un primerizo Stephen Frears.

La organización Bibliothèque sans Frontières es responsable de algunas de las iniciativas más estimulantes de los últimos años cuando se trata de llevar la oferta bibliotecaria a cualquier lugar y latitud. La Caja de ideas que el célebre diseñador Philippe Starck creó para que, en campos de refugiados o zonas de lo más recónditas del planeta, pudieran montarse bibliotecas: conoció gran difusión en blogs y medios profesionales hace unos años. Su último proyecto en su afán por «colonizar» lugares con prestaciones bibliotecarias, según nos informan en ActuaLitté les universes du livre, huele a suavizante y detergente.

Wash & Learn (Lava y aprende) bajo este nombre la organización desarrolló, durante el último verano en el neoyorquino barrio del Bronx, un programa para sobrellevar los tiempos de espera en las lavanderías mediante cultura. Se instalaron equipos informáticos que permiten el acceso a contenidos culturales y educativos. Precisamente las lavanderías son muy utilizadas por personas con recursos escasos o transeúntes sin domicilio fijo en claro riesgo de exclusión social. Tras el exitoso rodaje que supuso en una de las zonas más deprimidas de Nueva York: el Wash & Learn también se puso en marcha en la ciudad de Detroit.

Cronópolis, la novela de ciencia ficción de J. G. Ballard, sobre la degradación de una gran ciudad que pareciera la crónica de la muerte anunciada de la ciudad de Detroit.

Que Detroit se ha convertido en ciudad-símbolo de la decadencia capitalista e industrial: es un hecho reflejado en numerosos documentales, películas y libros. El Día Internacional del Trabajo resultó una buena elección para celebrar el «Día libre de lavandería»: lavados gratuitos, conciertos, aperitivos y talleres para niños. Mientras los «KoomBook», que así se denomina la conexión WiFi para acceder a libros y contenidos educativo para todas las edades, se extienden por las lavanderías de la ciudad: la bibliokupación que lava más limpio va ganando más y más adeptos.

Aprovechar los tiempos de espera para introducir de rondón a las bibliotecas no es nada nuevo. Dos ejemplos no muy lejanos en el tiempo han sido: la máquina Shortédition, ideada por el editor Quentin Plepé, que permite imprimir más de 600 relatos y lleva dos años ayudando a sobrellevar las esperas en las salas de e¡spera de los hospitales y centros de salud de Grenoble; o el programa que pusieron en marcha las autoridades de Costa de Marfil para alfabetizar a las mujeres montando pequeñas bibliotecas en los salones de belleza. Los elaborados peinados africanos requieren de mucho tiempo: tiempo perfecto para que los motores económicos de sus comunidades (las mujeres) accedan a la cultura.

Pero no queda aquí el lavado programado para este post. El sector de las lavanderías y la lectura cuenta con otro episodio más allá del proyecto de la ONG francesa. En nuestro país la empresa de lavandería y servicios hoteleros Ilunion ya puso en marcha, en junio de 2015, una colaboración con la Biblioteca Marcel·lí Domingo de Tortosa (Tarragona), donde se ubica su sede, para montar una pequeña biblioteca en sus instalaciones y así fomentar el hábito de la lectura entre sus empleados.

 

El duo electrónico Matmos dedicó su disco Ultimate Care II a música experimental basada en sonidos de lavadoras. Sus conciertos resultan de lo más pulcros como puede verse en Youtube.

 

La promoción de la cultura en estos tiempos no entiende de remilgos: hay que arremangarse y no tener miedo a mancharse chapoteando en los vertederos culturales que cada día amenazan con sepultarnos. Pero eso no quita para que todos aspiremos a lucir de lo más pulcros. El affaire lavanderías-bibliotecas no entiende de lavados cortos.

Lo que resulta más extraño es que no haya surgido un eslogan a juego con la de juego que han dado los detergentes y las lavadoras en la publicidad. «Si no quieres que te laven el cerebro ven a la biblioteca». Simplón pero, precisamente por eso, efectivo.

Que la biblioteca actúe contra los lavados, continuados y reincidentes, de cerebro con que nos asaltan a cada minuto: es obligado. Pero que mantenga limpios, hasta donde sea posible sin cargárselos, los libros también es de agradecer. Quedarse mirando la ropa dando vueltas en la lavadora es algo que todos hemos hecho alguna vez. Algo de esa fascinación hay en la contemplación del túnel de lavado para libros (Depulvera se llama) de la Biblioteca Pública de Boston. No sabemos si resultará tan desinfectante como la botella de alcohol y el trapo con que cuentan en más de un mostrador de préstamo de algunas bibliotecas: pero sí mucho más hipnótico.

 

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La biblioteca como experimento

 

Puede que la mayoría aborreciéramos los exámenes sorpresa en el colegio o el instituto: pero ahora, cada día, no sometemos a exámenes diarios cada vez que compartimos una opinión, un post, una foto o una noticia en las redes. Evaluación continua. Todo hijo de vecino, por poco activo que sea digitalmente, se está ofreciendo al examen de miles de ojos anónimos. No es de extrañar por eso que algunos decidan sacarle rédito.

 

Escena del escaneo gestual de la protagonista del apasionante experimento, en forma de película: El congreso (2013). 

 

Mucho se habla de que gigantes como Google, Facebook, Twitter o Instagram paguen por alimentarse de las informaciones sobre nuestros intereses, hábitos, gustos y opiniones que compartimos alegremente: pero mientras que esto llega algunos ninis o millennials, según el caso, han encontrado salidas laborales como conejillos de indias.

Condiciones de trabajo de un beta tester de videojuegos: la profesión soñada de todo nini.

Si desde los 60 en adelante se ha demonizado el exceso de consumo televisivo en los menores: ¿qué no se podrá decir de los videojuegos? En estos tiempos políticamente correctos no quedaría bien que padres y educadores organizaran quemas públicas de videojuegos como se hacía en los 50 estadounidenses con los cómics. Pero no por falta de ganas sino por la difícil combustión que tienen.

Pero para algunos sus horas muertas frente a la pantalla matando zombis les ha salido rentables. Es el caso de los beta tester de videojuegos: los jóvenes contratados por empresas de videojuegos  para que actúen como  jueces (o ¿habría que decir cobayas?) de sus productos. Alojamiento, sueldo y manutención para dedicarse a lo que más le gusta aunque bien es sabido que cuando un placer se convierte en obligación deja de ser placer. La empresa VR Oculus tal vez por eso ha preferido ser más sutil e inteligente.

 

Quema pública de cómics en 1954 a raíz de las tesis del psiquiatra Fredric Wertham: que sostenía que los cómics promovían la delincuencia entre los jóvenes.

 

Tras un acuerdo con la Biblioteca Estatal de California, hasta un total de 90 bibliotecas: disponen de equipos VR-ready, equipados con auriculares Oculus Rift y gafas para que los usuarios puedan experimentar con la realidad virtual. Para ello se eligieron bibliotecas con espacios abiertos (no era cuestión de aislar con auriculares y gafas a los usuarios para que luego se dieran de bruces con la realidad tropezándose unos con otros). Sumergirse en las profundidades del océano, visita la Estación Espacial Internacional o hasta la fusión del núcleo de Chernóbil: todo ello sin perder la perspectiva bibliotecaria implementando software que provea de contenidos educativos a la maravilla tecnológica.

De este modo los usuarios de las bibliotecas se convierten en cobayas voluntarias para los productos Oculus; las bibliotecas atraen más público y amplían su oferta; y la tecnología amplia su campo de experimentación.

 

 

Nada nuevo si nos atenemos a los habituales test de pantalla a las que someten sus películas muchos estudios de Hollywood. Gracias (o por culpa) de estos tests: Pretty Woman (1990) pasó de ser una cruda historia sobre las trabajadores del sexo en Los Ángeles a la historia de puticienta y el príncipe que arrasó; o Martin Scorsese tuvo que recortar los ríos de sangre que fluían (aún más) en su clásico Uno de los nuestros (1990). El sacramento comercial de que el público siempre lleva la razón convertido en una humillación para el artista.

Pero, ¿sigue siendo así? En estos tiempos confusos es difícil decir cuando somos soberanos o cobayas de nuestros consumos. Esto es la jungla y pese a la pátina tecnológica todo sigue reducido al ancestral dilema de comer o ser comido. Tal y como están las cosas hay que elegir: o que experimenten contigo o que ser tú el que experimenta. Y para esto último no hay mejor lugar que la biblioteca.

 

Escena de la serie Mad Men en la que, para probar un lápiz de labios, los publicistas recurren a las secretarias de la agencia cuyos comportamientos observan tras un espejo de visión unilateral.

 

La biblioteca como experimento narrativo y ecológico: 

Margaret Atwood junto a la creadora de Future Library Project en mitad del bosque del que saldrá su libro.

 

Hace pocos meses saltaba a los medios la denominada Biblioteca del Futuro (Future Library Project). Este proyecto ideado por la artista escocesa Katie Paterson se sitúa a las afueras de Oslo y se materializa en un bosque cuyos árboles tienen sus troncos adornados con cintas rojas. Es una forma de señalizar que será esa madera la que servirá para fabricar el papel en el que se imprimirá el libro con el que concluirá este experimento en 2114.

Dicho libro será una obra colectiva conformada por cada uno de los textos que, desde 2014, están entregando a la Biblioteca Pública de Oslo autores tales como: Margaret Atwood, David Mitchell o el poeta islandés Sjón. Sus textos, que se custodiaran en la futura Biblioteca Deichman (con fecha de inauguración para 2018), y serán seleccionados para conformar un libro que no leeremos ninguno de los que hoy pisamos el planeta (salvo que terminemos convertidos en cyborgs, que puede ser).

 

La biblioteca como experimento social:

En Sexo, drogas y tejuelos. Cara B ya hablamos de la asistencia a drogodependientes en la que bibliotecarios estadounidenses se estaban formando a causa de la epidemia de consumo de opiáceos que se están dando en el país. Es uno de los ejemplos más recientes de las múltiples funciones que cada vez se van añadiendo a las bibliotecas.

La Biblioteca Pública de San Francisco, fue la primera en incluir asistentes sociales en su plantilla: y tras ella otras bibliotecas han seguido su ejemplo. Las bibliotecas de Filadelfia se han asociado a la Universidad para abordar cuestiones de salud pública. Un reciente estudio de la Universidad de Pensilvania explica como gracias a esta colaboración numerosos bibliotecarios han sido formados como especialistas en salud comunitaria: lo que les ha permitido ofrecer programas y asistencia para personas de todas las edades y contextos socioeconómicos. Accesibilidad y confiabilidad han sido las dos cualidades que los autores de este estudio han resaltado en bibliotecas y bibliotecarios.

 

Desde 2014 la Fundación sin ánimo de lucro Biblioteca Social está promoviendo e incentivando activamente la labor social de las bibliotecas en nuestro país.

 

En la Biblioteca Pública de Dallas, desde 2013, se desarrolla un programa para personas sin hogar; en la de Hartford, en Connecticut, el programa The American Place ayuda a los inmigrantes recién llegados a integrarse en la ciudad; mientras que en la de Queens, en Nueva York, se diseñan programas de salud dirigidos a la población inmigrante. Las políticas de inmigración deberían contemplar a las bibliotecas como aliadas en las políticas de inmigración: no iban a resolver las complejas problemáticas que plantea, pero como ha dicho recientemente Fernando Aramburu en ABC: «Creo que los libros nos hacen más inmunes al fanatismo.»

 

La biblioteca como experimento artístico:

Otra de las acciones de Yolanda Domínguez: pedir limosna para comprarse un Chanel en el barrio de Salamanca madrileño.

Entre las funciones expositivas de las bibliotecas no solo tienen que centrarse en mostrar obras de artistas: también pueden convertirse en objeto de experimentos artísticos aún sin proponérselo. La biblioteca como musa. Y entre los muchos creadores, que han recurrido a las bibliotecas y a los libros, para plantear sus acciones artísticas aquí rescatamos la performance que la artista Yolanda Domínguez llevó a cabo en una biblioteca de Milán.

En ella, una lectora arranca hojas de La metamorfosis de Kafka ante el estupor del resto de usuarios, y va introduciéndoselos en el escote para aumentar el perímetro pectoral, y de esta manera: denunciar el canon estético que se les exige a las mujeres en nuestra sociedad.

 

 

Pero la biblioteca, como experimento artístico, no es solo cosa de artistas que las utilizan para sus propios discursos: también hay bibliotecarios que experimentan artísticamente con ellas. Es el caso del noruego Kenneth Korstad, director de la biblioteca pública Deichmanske en Oslo, que se ha embarcado en un proyecto para fusionar el concepto tradicional de biblioteca con el arte experimental.

Para ello no ha dudado en abrir la biblioteca a creadores que quieren explorar la música, el cine, el teatro o las bellas artes desde enfoques de lo más experimental. Tanto es así que en el festival Sorforkomfort, que organiza en colaboración con otra biblioteca, se ha presentado desde: música creada a partir del virus del Ébola, danza experimental, música del ruido o teatro. Como sostiene Korstad: «la biblioteca es el último espacio democrático de la sociedad» y él se ha empeñado en explorarlo y abrirlo a todo tipo de audiencias de un modo radical.

 

Reproducción en tamaño normal del que va a ser el mayor libro pop-up del mundo. Es un proyecto que la artista Colette Fu está desarrollando en el Philadelphia Photo Arts Centre en Olde Kensington. Cuando esté concluido, en octubre,  los visitantes podrán pasear dentro de él.  

 

 La biblioteca como experimento cívico:

 

Es probable que para otros países europeos contar con una biblioteca auto-servicio no sea un experimento cívico: sino una simple mejora en la oferta de los servicios bibliotecarios. Pero en un país como el nuestro en el que el concepto de lo cívico, y el respeto al bien común siguen siendo asignaturas pendientes para muchos: un proyecto como la Open Air Library de Alemania resulta un experimento de alto riesgo.
Esta biblioteca alemana inaugurada en 2009 fue diseñada en colaboración con los vecinos. La idea era crear una biblioteca abierta en todos los sentidos: por su distribución de espacios, por estar abierta las 24 horas, porque su equipamiento es autogestionado por los vecinos que gestionan por sí mismos sus préstamos. No ha estado exenta de algún acto vandálico pero en nuestro país dudamos que hubiera sobrevivido más allá del primer año.
Gracias al sistema Open+, una innovación basada en RFID presentada en Francia en 2015, es posible permitir que determinados usuarios accedan a la biblioteca a cualquier hora. Open+, un buen nombre para este sistema al que en nuestro país, para que fuera viable, habría que añadir: Open your mind…al bien común.

 

La biblioteca como experimento político:

 

Hilando con el concepto de Open+, pero sin RFID, tan solo con cajas de madera: no sabemos que habrá sido de la #Bibliotecaurbana que unos voluntarios montaron en ciudad de México tras los recientes terremotos. Afortunadamente es fácil de reconstruir, no hay más que contar con unas cuantas cajas de madera para, poco a poco, ir llenándolas de libros. Tanto en movimientos como el 15M, el Occuppy Wall Street o en la plaza Taksin de Estambul: el nacimiento de bibliotecas espontáneas fue una constante. Lo que nos llamó la atención de esta modesta Open Library Mexicana es el propósito de: «ser un mejor país».

 

Puede que suene naíf, ingenuo o pueril: pero se basa en una certeza. Cualquier acto es político, y ahora mismo: llevarse un libro prestado a casa, usar las bibliotecas (callejeras o convencionales), participar en sus actividades, interactuar con sus redes o compartiendo opiniones: es un acto político porque con ello se está diciendo que siguen siendo necesarias. Cuando se defiende un servicio público por el mero hecho de usarlo estamos haciendo política; cuando usamos una biblioteca estamos haciendo política.

 

 

 Podríamos seguir dando vueltas alrededor de la biblioteca como experimento. Bien aludiendo al mundo editorial que no aprovecha lo suficiente los fantásticos estudios de mercado que les podían proporcionar las bibliotecas; o pasando por las empresas que no valoran el impacto social tan positivo que ganaría su imagen si actuasen como mecenas (si acaso existiera una ley de mecenazgo en condiciones): pero no queremos eternizarnos. Ha quedado más que claro que los experimentos no se hacen con gaseosa: se hacen con arrojo y ganas de evolucionar.

 

Por eso cerramos con el ejemplo de Yoko Ono. Para muchos una chiflada, una mala pécora que acabó con The Beatles (inocentes que eran los muchachos): pero lo cierto es que bien les resulte ridícula a unos con sus obras conceptuales, u otros la aprecien como referente vanguardista: la japonesa de 84 años hizo de su capa un sayo desde el principio. Independientemente de lo que se piense de ella y su obra: toda una lección para perder el miedo a experimentar. ¿Qué baila mal? Pues ella misma lo proclama a los cuatro vientos. No se trata de no reconocer nuestras limitaciones sino de reconvertirlas en un estilo propio.

 

 

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Lee o revienta

 

 

Eleuterio Sánchez, el mítico Lute del tardofranquismo, relataba sus famosas fugas en sus memorias (El Lute. Camina o revienta, que luego Vicente Aranda llevaría al cine), pero más allá de lo arriesgado de las mismas no daba instrucciones para quien quisiera emularle. Todo lo contrario que el preso brasileño Brayan Bremer, que escapó hace unas semanas de la cárcel brasileña de Manaos, y se dedicó a retransmitirlo prácticamente en directo a través de selfies. ¿De qué sirve hoy día alcanzar la libertad y jugarse la vida si no se publica en las redes?

Por eso el vídeo con el que abrimos este post resulta una metáfora perfecta de lo que trata. Más que excavar túneles durante años con cucharas, más que pergeñar planes de fuga imposibles: el mejor salvoconducto a la libertad, en una sociedad perfecta debería pasar por la cultura. Pero mucho nos tememos que este simpático invento (cuyas instrucciones para fabricarlo vienen detalladas en esta web) que tanto nos remite a películas de misterio o terror, nunca formará parte de las tramas del género carcelario.

Aún existiendo webs donde se detallan las lecturas que las protagonistas de Orange is the new black (la serie carcelaria con más tirón de los últimos tiempos) toman prestadas de la biblioteca de la prisión: no parece que la cultura sea prioridad cuando se habla de reinserción social.

En Vis a vis, la que podría ser su equivalente española, aunque hay escenas en la biblioteca no hay webs que contabilicen sus lecturas. Tal vez por eso tuvo tan buenas críticas, por ajustarse a la realidad.

Orange is the new black

 

Y es que basándonos en los datos del informe que el Observatorio de la Lectura y el Libro llevó a cabo en 2011 bajo el título: «Las bibliotecas de instituciones penitenciarias en España», el panorama no pintaba nada favorecedor. Así que no es de extrañar que pese a que aquel informe señalaba que solo tres cárceles españolas tenía conexión a internet hace 5 años; en la actualidad solo un 3% de los presos muestran interés por la lectura. Un dato que recogía un artículo muy completo sobre bibliotecas y penitenciarías en nuestro país publicado hace unos meses en El Español.

«Primero fue el rock de la cárcel… ahora con el cambio de los tiempos y nuestra era tecnológica aparece el Blog de la cárcel […] un lugar de encuentro para sentimientos, ideas, pensamientos y todo aquello que, con la palabra, más nos aproxime a la libertad»

 

Este es el texto que figura en la cabecera de El Blog de la Cárcel, una bitácora digital (actualmente inactiva) que elaboraban de forma colectiva los internos del Centro Penitenciario de A Lama (Pontevedra). Un ejemplo de proyectos volcados en fomentar la formación y la lectura entre los presos aprovechando las herramientas digitales. En otros países, en cambio, la apuesta por las bibliotecas como auténticos instrumentos para la reinserción social a través de la cultura es tan decidida que no vendría mal copiarlos un poco.

 

Prison Book Program, programa que se desarrolla en las cárceles estadounidenses para promover el envío de libros a reclusos.

 

En 2010, la biblioteca de la prisión de Edimburgo se llevó uno de los Library Changes Lives Award (Premios a bibliotecas que cambian vidas). Lo consiguió transformando un depósito de libros en un espacio luminoso, confortable y con fondos variados que provocó que la población reclusa que retiraba libros pasase del 5% al 50%.

En Corrupteca: bibliotecas y corrupción, ya hablábamos del ejemplo brasileño que contempló en 2012 la reducción de penas a cambio de que los presos leyeran. 48 días menos por cada año de condena si leen al menos 12 libros al año. Pero hay un ejemplo más próximo en el tiempo del que nos apetecía mucho hablar.

 

 

El Programa BiblioRedes forma parte del Plan de Intervención en Recintos Penitenciarios puesto en marcha por la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos en colaboración con la Gendarmería de Chile. El pasado mes de diciembre se inauguró en el Penal de Puente Alto (con una población de 1200 internos) uno de los espacios bibliotecarios que este plan contempla ir inaugurando en toda penitenciaría en la que hayan más de 50 reclusos.

Desde el año 2012 lleva en marcha este Plan que, por un lado fomenta el uso de las herramientas digitales como una forma de inclusión social con los denominados Laboratorios BiblioRedes; y por otro, adecua espacios y dota de colecciones a las bibliotecas de las penitenciarías. Un total de 33 bibliotecas se han inaugurado desde el 2016 y aspiran a hacerlo en las 75 prisiones con mayor población reclusa. ¿La meta?: llegar a las cerca de 48.000 personas internadas en las cárceles chilenas.

Macanudo de Liniers, uno de los títulos recomendados para estar presentes en los talleres de fomento lector dentro del plan chileno.

Novelas gráficas, revistas, libros de historia, de filosofía, etc… La selección de obras se ha hecho por parte de grupos formados por psicólogos, asistentes sociales e incluso ex reclusos. El Plan incluye entre una de sus mejores bazas la implicación de los propios internos en el desarrollo del mismo.

Según reza las directrices del Taller de mediación lectora y gestión cultura a desarrollar en los centros:

«el presente taller busca formar a los internos más asiduos a la biblioteca con respecto a nociones básicas de fomento lector, extensión cultural y difusión de las actividades generadas«.

Si en las bibliotecas sin rejas del siglo XXI es fundamental la implicación en la toma de decisiones de los usuarios, en las bibliotecas de las cárceles chilenas lo están poniendo en práctica. No hay mejor publicista de nuestros servicios que un usuario satisfecho.

El Lute junto a una de las componentes del grupo musical Boney M.

Y los datos hablan por sí solos, en el pasado año se realizaron un total de 11.500 préstamos en los centros dotados con estas remozadas bibliotecas, y las expectativas para el presente año esperan superar con creces dicha cifra. El ejemplo chileno hace que todas las buenas palabras sobre reinserción, alfabetización de población reclusa, reeducación o integración dejen de ser meras palabras para convertirse en una realidad cuantificable en datos estadísticos.

Ya tenemos a quien imitar, ahora solo hace falta un poco de voluntad política para desarrollar algo parecido en nuestro país. Un país que convirtió a un pobre delincuente en un diablo mediático en época franquista, y que luego asistió a la reinserción del mismo gracias a la lectura y la educación.

 

Uno de los espacios acondicionados en una de las prisiones chilenas integradas en este ambicioso Plan de fomento de la lectura.

 

En el título del post nos apropiamos del título de la biografía de El Lute porque nos daba juego, pero está visto que con buenas políticas culturales que incluyan a las bibliotecas, no hay que reventar nada, sino todo lo contrario. Como declaraba el propio Eleuterio desde su experiencia como persona que superó sus limitaciones gracias a la cultura:

«soy todo lo libre que nos permiten los mercados. La libertad es una entelequia, un sentimiento. La libertad no se da, la libertad se conquista, y yo he conquistado la libertad posible, la que hay.»

 

Y si empezamos el post con una biblioteca que escondía una salida, cerremos con una de las mejores escapatorias que tenemos a mano para escapar de las cárceles mentales que nos montamos cada uno: el humor.

Fue en 1993 que el entonces cineasta en ciernes Miguel Albaladejo, aprovechando que ejercía como ayudante de dirección del maestro Berlanga en su película Todos a la cárcel: rodó su cortometraje La vida siempre es corta. Una jocosa nota final que deja claro que por mucho que físicamente no se pueda, nuestra mente siempre sirve para evadirnos allá donde seamos más felices.

 

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