Bibliotecas con colorete (o de la biblioteca como factoría cultural)

 

Los libros para colorear, dirigidos a público adulto, llevan varias temporadas copando los primeros puestos en las listas de los más vendidos. La escocesa Johanna Basford lleva años tuteando a los superventas, con los 21 millones de copias que ha vendido en más de 40 países, de sus libros para colorear. Y desde el pasado 4 de febrero, esta moda colorista, prosigue su expansión incluso en las colecciones de las bibliotecas.

 

Nada más desagradable que toparse con un libro de biblioteca pintarrajeado o subrayado. Pero con la campaña lanzada bajo el hashtag #ColorOurCollections: no se corre ningún peligro en ese sentido. En 2016, la Academia de Medicina de Nueva York, actuó como pionera en este proyecto para popularizar  fondos bibliográficos. La idea es simple: ofrecer una selección de ilustraciones de sus colecciones, en formato PDF, para que los internautas puedan descargárselas y colorearlas libremente.

Hasta un total de 114 instituciones han respondido al reto #ColorOurCollections en este 2019. Y de este modo: desde la Biblioteca Pública de Nueva York, pasando por la Biblioteca Nacional de Francia, Europeana, o en nuestro país, el Museo de Bellas Artes de A Coruña o la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza forman, o han formado parte, de este proyecto. 

 

El maravilloso libro sobre mujeres en la Historia que Europeana ha ofrecido en la campaña #ColorOurCollections para que quien quiera se lo descargue y empiece a darle a los colores.


Sacarle los colores al pasado, siempre que no tenga que ver con ajusticiar a esas creaciones según parámetros ideológicos del presente: puede resultar un ejercicio de lo más estimulante. En los albores de la fotografía, el coloreado manual de las mismas, era un postizo que hoy las recubre de anacrónico encanto. En cambio, otras formas de coloreado del pasado, no tenían en su momento ni un poco de encanto, ni lo han conseguido con el paso del tiempo.

¿Qué fue de las películas coloreadas? Siempre resulta curioso recordar supuestas modernidades que el tiempo caducó incluso antes de que llegasen a cuajar entre el público. El intento de explotar los clásicos cinematográficos, rodados en glorioso blanco y negro, pintarrajeándolos electrónicamente: fue una moda que igual que vino, se desvaneció, para alivio de cualquier cinéfilo de pro. 

 

 

¿César Augusto o una drag queen en el desfile del Orgullo?

En los 80 las emisiones por televisión de títulos míticos como: Objetivo Birmania, El sueño eterno o Casablanca: sumaron nutridas audiencias que hicieron pensar a los responsables de tales dislates, que el invento tendría futuro. Quienes vieran algunas de aquellas herejías cinematográficas, recordarán los saturados tonos pastel que ensuciaban la expresividad de Humphrey Bogart o Ingrid Bergman, apoyados en la barra del Rick’s Café: y que quitaban las ganas de pedirle a Sam que la tocase otra vez.

Y es que sacarle los colores a los clásicos puede depararnos desagradables sorpresas. El traje de Humphrey Bogart, en la famosa escena con Ingrid Bergman en el Rick’s Cafe, era de color rosa. Una  manera de que, al fotografiarlo en blanco y negro, simulase un blanco resplandeciente.

Si se recuperase el color original de las pirámides egipcias, su solemnidad secular, quedaría en entredicho ante la mezcla de colores originales con que se edificaron; o las esculturas de la Grecia o la Roma antiguas: nos parecerían auténticos ninots falleros al resucitar con su policromía original. 

 

Escultura antigua pintada con los colores que se supone la cubrían originalmente.

El cómic de Daniel Clowes del que tomamos prestado uno de los mejores títulos que somos capaces de recordar.


«Hay que ser absolutamente moderno» que proclamó insolente Rimbaud. Pero para los tiempos que corren, la manera de ser más rabiosamente moderno empieza por reivindicarse orgullosamente clásico. Una lección que las bibliotecas pueden enfundarse  como un guante de seda forjado en hierro.

Por mucho que la foto fija que algunos se empeñan en preservar de las bibliotecas sea un daguerrotipo que, ni las acuarelas de Ouka Lele conseguirían hacer brillar: lo cierto es que las bibliotecas son lo más parecido a la Factoría de Warhol en el siglo XXI. Y si alguien sigue resultando, guste o no, absolutamente moderno por lo que predijo de nuestro tiempo: ése es Warhol. 

Warhol dándole consejos artísticos a Keith Haring.

 

En la, monumental y apabullantemente brillante, novela gráfica del holandés Typex sobre la vida y milagros de Andy Warhol (‘Andy, una fábula real‘): se recogen las diferentes etapas por las que pasó el artista  pop durante la creación de su entramado artístico-empresarial a través de su celebérrima The Factory. No vamos a decir que haya que pintar de color plata las paredes de las bibliotecas (aunque tendría su punto) para hacerlas absolutamente modernas. Pero basta una cierta mirada para constatar, hasta qué punto, las bibliotecas públicas ejercen como auténticas factorías culturales en la actualidad.

En el Nueva York de los 60, en que se desarrolló la primera The Factory, el vampiro de la peluca blanca y la cámara de fotos en ristre, congregó a todo tipo de personajes, mezclando aleatoriamente, cualquier estamento social, orientación sexual, modos de vida y procedencias. Desde las estrellas de Hollywood a los chaperos, desde las princesas del papel cuché a las transexuales más provocativas: poblaron y provocaron esas sinergias que tanto gusta mentar ahora y de las que tan buen provecho comercial y artístico, supo sacar el anfitrión. 

 

«En el futuro, todos querrán ser anónimos durante 15 minutos»: Warhol siendo vigente hasta para llevarle la contraria.


Exceptuando a las celebrities: ¿qué otro espacio congrega en la actualidad a una parroquia tan heterogénea sin atender a pedrigís? Puede que a los más escépticos les cueste encontrar alguna analogía entre esas orgías repletas de sexo y drogas de The Factory y las bibliotecas en la actualidad. Pero, sin decir nombres, podemos asegurar que en épocas primaverales, en los aseos de alguna que otra biblioteca, han quedado evidencias de encuentros sexuales furtivos. Y respecto a las drogas, solo hay que recordar la formación que en los Estados Unidos se les ha impartido a los bibliotecarios (por ejemplo en la biblioteca de McPherson Square en Filadelfia): para administrar naloxona ante las numerosas sobredosis que han tenido lugar en las inmediaciones de algunas bibliotecas. 

Pero no hablamos tanto del tándem sexo-drogas como del tándem diversidad-creatividad. Si hay un vivero fecundo para que germinen esas dichosas sinergias, se establezcan vínculos insospechados, y se promueva la renovación de ideas, conceptos y creaciones: ese vivero es la biblioteca. Y si además se establecen vínculos con otras instituciones culturales, de esas en las que cuelgan las obras de Warhol, entonces el potencial de lo público en la cultura puede alcanzar cotas insospechadas.

 

Entre las semblanzas que de Karl Lagerfeld se están haciendo a raíz de su fallecimiento se ha incidido en su marcado perfil bibliófilo. Precisamente su musa, Claudia Schiffer, ha declarado: «lo que Warhol hizo en el arte, él lo hizo en la moda».


Es lo que están haciendo en la biblioteca donostiarra Koldo Mitxelena, que en otoño cerrará sus puertas no para recubrirse de plata warholiana, pero sí, para remodelarse por completo y transmutarse en lo que aspira a ser el siguiente paso evolutivo en cuanto a bibliotecas se refiere. Empeño ambicioso donde los haya que, como todo cambio, conlleva dudas, expectativas y preguntas: pero del que no queremos perdernos nada. Y mientras llega ese futuro (como dice otro de nuestros bibliotecarios vascos de referencia): han montado una exposición bajo el nombre de «Todas las bibliotecas del mañana». 

Según detallan en ‘El País‘: se trata de una exposición colectiva de 14 artistas que actúa como «una llamada a la creación de museos y bibliotecas que superen la distancia con sus públicos hasta convertirlos en partícipes«. Y con este objetivo se exponen obras que van desde la enciclopedia de madera de Ignasi Aballí, El capital de Marx reconvertido en objeto de lujo bajo la mirada de Milena Bonilla o el búnker de lecturas prohibidas de Alicia Framis, entre otros.

 

La bellísima fachada de la Koldo Mitxelena en Donostia.

 

Expectantes estaremos de los puntos calientes de esta reinvención de bibliotecas y los centros culturales que se está produciendo aquí y allá. Nos va en ello la supervivencia. Y no, en este punto, no nos estamos refiriendo a la supervivencia de bibliotecas y museos.

Y para cerrar este post, que aspira a lo rabiosamente moderno reivindicando orgullosamente lo clásico: nada más propio que acabar en glorioso blanco y negro. No sabemos si Melody Gardot llegará a ser una clásica, pero su elegante (y pulcro) vídeo para su tema Baby, I’m a fool, evoca esa mirada a lo antiguo que no compromete en nada nuestro compromiso con el futuro.

 

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Bibliotecas sostenibles: más allá de la biblioteca verde

Congreso Mundial de Bibliotecas e Información de la IFLA celebrado este verano en Lyon, nos llamó la atención la de Jeffrey Scherer, un arquitecto con 40 años de experiencia diseñando bibliotecas que puede poner en su curriculum el haber sido el artífice de más de 125 edificios dedicados a ellas en EEUU. Y nos llamó la atención el artículo porque Scherer no se limita a hablar de bibliotecas verdes que minimizan su impacto medioambiental, sino que va más allá. Desarrolla el concepto de bibliotecas sostenibles, no solo como aquellas que tienen en cuenta el medio ambiente, sino también las que buscan maximizar los impactos positivos en los ámbitos económico, social y cultural de la comunidad. En una época en la que todos damos muchas vueltas al futuro de las bibliotecas, este documento aporta una visión muy enriquecedora. Aquí lo resumimos. Biblioteca-al-aire-libre-en-un-vinedo-en-BelgicaScherer habla de que las bibliotecas que tienen éxito son las que responden a sus comunidades creando servicios especialmente diseñados para cubrir sus necesidades. Como instituciones, las bibliotecas se están reafirmando como centros clave para el aprendizaje y el intercambio dentro de la comunidad, lo que ayuda a generar vínculos, a vertebrar esa comunidad a través de valores compartidos. Y esto es muy importante, especialmente en el contexto en el que nos encontramos ahora: dice que “al vincular de forma inextricable el comportamiento económico, medioambiental, social y cultural de la biblioteca dentro de la comunidad, aquella contribuye a una nueva forma de administrar que se resiste a limitarse al estrecho marco económico que prevalece en el discurso político” de estos tiempos. Viene muy a cuento, ¿verdad? La clave está en establecer los equilibrios adecuados entre los cuatro puntos cardinales a la hora de diseñar espacios y servicios. Vamos por partes.

Los aspectos económicos

Para que cualquier institución tenga éxito es clave que cuente con un presupuesto saneado que le permita ofrecer a la ciudadanía lo que ésta demanda con un coste que sea considerado justo. Tener en cuenta los aspectos medioambientales, sociales y culturales permitirá a los responsables de los servicios bibliotecarios definir de forma más precisa un presupuesto adecuado y reforzará la valoración de las bibliotecas por parte de la comunidad porque ésta sentirá que responde con eficiencia a sus necesidades. ¿En qué medidas puede concretarse esto, por ejemplo? En la eliminación duplicidades, una buena gestión del as colecciones, el ahorro de energía energía y cualquier otra forma de ser más eficientes con el gasto. Todo ello permitirá destinar más dinero a nuevos servicios diseñados específicamente para la comunidad. Además, y como de lo que se trata es de establecer relaciones de ida y vuelta con la comunidad, la biblioteca puede facilitar, en el ámbito económico, asesoramiento a las PYMES o funcionar como enlace entre los negocios locales y los ámbitos culturales y organizaciones sociales de la comunidad.

Los aspectos sociales

FullertonPublicLibrary-Logo-tagline-RGB-highScherer plantea que, en este ámbito, la biblioteca debe dedicarse continuamente a detectar y entender las necesidades cambiantes de los usuarios para conectar siempre con sus expectativas y ajustar su programación, no solo porque sea su obligación sino también porque así la biblioteca demuestra que le preocupa lo que ocurre en su barrio o en su pueblo. “Con el paso del tiempo, el proceso de escucha, ajuste y comunicación genera una historia compartida”, dice el arquitecto, aumenta el número de usuarios, y la economía local del conocimiento crece, y con ella su sostenibilidad.

Los aspectos medioambientales

Las bibliotecas públicas debe aplicarse a sí mismas, y promocionar, un comportamiento medioambiental responsable para ser sostenibles. La ponencia menciona algunos ejemplos de lo que se debería tener en cuenta a la hora de planificarlas y gestionarlas:
  • Estar situadas estratégicamente en la localidad para minimizar los desplazamientos y ser más eficientes en la prestación de servicios.
  • Cambiar sus prácticas operacionales y de limpieza.
  • Ajustar de forma continua sus infraestructuras tecnológicas.
  • Hacer seguimiento de su consumo y la generación de residuos.

Los aspectos culturales

La oferta de servicios culturales por parte de las bibliotecas es un imperativo ético imprescindible para preservar la identidad y los valores de la comunidad, dice Scherer. La oferta de teatro, arte, literatura, cine y música sirve como escaparate de la memoria colectiva, y, además, contribuye a impulsar la economía local porque conciencia sobre el papel que la cultura juega en la ciudad, el barrio o el pueblo. Además de extender las actividades en asociación con otras organizaciones culturales, es importante pensar en el diseño de la biblioteca para que se convierta en una aportación al patrimonio paisajístico local, y también para que ofrezca espacios para el intercambio y el diálogo entre los ciudadanos. castelldefels0014-388bfdb35aSi queréis saber más, aquí tenéis el enlace a la ponencia (en inglés). No os perdáis la Matriz para una comunidad sostenible que presenta, en la que vincula muchas de las ideas que aquí os hemos resumido. Sabemos que hay bibliotecas en España que trabajan en esta línea, por ejemplo la Central de Castelldefels, de la que hablamos en el número 6 de nuestra revista, aquella que dedicamos al mecenazgo. Paseando por su web podréis ver todo lo que dan de sí las actividades de esta biblioteca. Como siempre, los comentarios están abiertos para que compartáis con todos nosotros otras experiencias e ideas que aporten al común. ¡Feliz semana! (La primera imagen corresponde a una biblioteca «plantada» por el artista Massimo Bartolini al aire libre en un viñedo en Bélgica. Más en la web ecologismos.com).]]>

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