Reality show de biblioteca

 

Recientemente el periódico británico ‘The Guardian’ ha ido publicando listas de las 100 películas, discos, libros y shows de televisión más relevantes en lo que va de siglo. En el puesto 33 del listado referente a programas de televisión aparece Big Brother, y en el primero: Los Soprano. No vamos a discutir lo acertado de aupar la serie de Tony Soprano al primer puesto: pero por mucho que nos gusten Los Soprano: si hay un programa de televisión que ha marcado culturalmente al nuevo siglo ese ha sido, sin duda, Big Brother.

 

 

Andrea Caracortada interpretada por Victoria Abril en Kika (1992): pertrechada para el sensacionalismo.

Pero un inciso antes de ir al asunto: ¿no deberíamos lanzar desde Infobibliotecas una votación para que los bibliotecarios de habla hispana votásemos los mejores libros, películas, discos y cómics de cada año y convertirlo en costumbre?

¿No sería una buena manera de aumentar nuestra presencia en redes y medios si nos ponemos a ello? Nos quedamos rumiando la idea, a ver si conseguimos llevarla a cabo, y alcanza más ediciones que Big Brother.

Pero restableciendo la conexión con la casa de Gran Hermano. España tiene el dudoso honor de ser el país que más ediciones del programa de telerrealidad Gran Hermano acumula. Fue allá por el 2000 cuando la autodenominada cadena amiga, que más formatos (que no contenidos) innovadores ha importado o creado: compró los derechos del formato televisivo ideado en Holanda. Un formato que ha invadido, en sus diversas variantes, las parrillas televisivas de todo el mundo.

 

 

Sopladores de vidrio, constructores de escenarios con piezas Lego, forjadores…la variedad del mundo de la telerrealidad no parece conocer límites como recogía no hace mucho una crónica en ‘El País‘. A este paso no habrá gremio que quede fuera de algún tipo de reality televisivo. Pero ¿dónde están las bibliotecas en esto de la telerrealidad? Si rebuscamos las conexiones terminan por aparecer.

Las escritoras Germaine Greer, Lucía Etxebarría, Isabel Pisano, el director de cine Ken Rusell o el cantante punki Johnny Rotten: son algunos de los concursantes en distintos realities cuyas obras lucen en las estanterías de la mayoría de bibliotecas. Y si bien, ninguno de ellos debe su fama a lo que muchos consideran el episodio más bochornoso de sus respectivas carreras: no es improbable que, algún día, al igual que hay discos de David Bisbal, Kelly Clarkson o Amaia: la obra literaria del ganador de un reality luzca en las estanterías de las bibliotecas.

 

 

De momento la que llegará en breve es la última novela de Salman Rushdie con un título tan español como Quichotte. En ella, su protagonista, un escritor sin éxito de novelas de suspense, consume reality shows de manera compulsiva hasta caer rendidamente enamorado de un ex estrella de Bollywood. En pos de su amada inicia un viaje por los Estados Unidos en compañía de su hijo imaginario de nombre Sancho. Como paisaje de fondo de esta road novel van desfilando muchos de los problemas más acuciantes de la vida cotidiana de los estadounidenses.

Rushdie se empapó de realities para documentarse. Según ha declarado en una entrevista promocional: todos nadamos en el mismo mar (seamos o no espectadores de realities) porque el ambiente de verdades y mentiras que generan afectan a nuestro entorno, e inevitablemente nos condicionan de un modo u otro. Cabe preguntarse, si acaso alguien no lo ha hecho ya: si el autor de los célebres Versos satánicos aceptaría participar en uno de esos programas. Siempre con coartada sociológica-cultural, por supuesto.

 

En 2013 el grupo folclórico puertorriqueño Guamanique elaboró un proyecto de reality show en el que grabasen su gira como una forma de financiarse. Lo vendieron como ‘el primer reality cultural’ pero no obtuvieron respuesta.

 

El escritor…Un reality de novela fue el título de un proyecto televisivo que la productora Only Productions, allá por 2015, quiso poner en antena. Al igual que se han evaluado las habilidades canoras, culinarias, seductoras, danzarinas o de supervivencia: se pretendía evaluar el talento literario de 12 jóvenes escritores. Pero la propuesta no llegó a buen puerto.

No es algo nuevo, a principios de década, la televisión italiana anunció un programa de similares características bajo el nombre de Masterpiece (Obra maestra), en el que el premio para el vencedor consistía en un contrato editorial y una fuerte campaña de publicidad.

Y en el 2012, en el I Premio Global Village de Novela en México, el premio para los autores de las diez mejores novelas seleccionadas: consistía en participar como concursantes en el reality show El juego de los escritores.

El concurso italiano llegó a coronar a un ganador, pero su audiencia fue tan baja, que las aspiraciones de vender el formato a cadenas de otros países se vieron frustradas. Y a tenor de un artículo del blog Writer beware (Cuidado con el escritor), el listado de fracasos televisivos a la hora de unir espectáculo y literatura ocupa varios cajones en las productoras de televisión.

 

Los ganadores del reality show holandés ‘El pueblo español’ en su casa en Polopo.

 

Tal vez si prospera el formato del reality show holandés, El pueblo español, hayan nuevas vías que explorar en torno a la idea de un reality bibliotecario. El concurso holandés ha sido noticia en los medios españoles, recientemente, por haber cambiado por completo la vida un pequeño pueblo de Las Alpujarras (Polopos).

Durante seis meses, 10 parejas tenían que vivir en el pueblo y aportar propuestas para revitalizar el, cada vez más deshabitado, Polopos. El caso es que los ganadores, decididos a quedarse a vivir en el pueblo, van a invertir los 20.000 euros del premio en abrir una residencia artística en el pueblo. Y como consecuencia directa del éxito de audiencia, la afluencia de turistas holandeses a la localidad granadina, no para de incrementarse.

¿Nos aguantamos las ganas de hacer una lectura en clave política? Pues no. Nuestros políticos, en campaña electoral, se llenan la boca con lo de la España vacía y ahora vienen los flamencos (los de la Europa del norte no los de las cuevas del Sacromonte): y aportan soluciones. Mientras los políticos españoles alcanzan niveles propios de un Gran Hermano: la realidad, la de verdad, no la de los políticos, se busca la vida en formato reality.

El aprendiz de celebridad: el reality show de Donald Trump. Siete años después del show Trump ha convertido en un reality show la presidencia de los Estados Unidos.

 

¿Qué posibilidades abre esto para el mundo bibliotecario? ¿Cuántas bibliotecas de pequeñas (y no tan pequeñas) poblaciones, arrinconadas por sus concejales o consejeros, no serían maravillosos platós para realities del tipo del holandés? ¿A qué están esperando las productoras para idear algo similar? Nuestra serie El ángel exterminador bibliotecario es un cajón de ideas a explotar en ese sentido.

¿En qué otro lugar podría darse un casting más heterogéneo que en una biblioteca?  ¿Dónde hay más rincones para, ponérselo difícil a las cámaras, y practicar el flirteo entre estanterías? ¿Qué hay de la emoción, hasta las lágrimas, cuando un usuario localiza disponible la siguiente temporada de su serie favorita? ¿En qué otro hábitat adverso se podría ambientar mejor un concurso de supervivencia para los que despectivamente tildan de ninis y chonis? Por no abordar cuestiones de personal y presupuestos, con las que ya entraríamos en el subgénero de las snuff movies. Biblioteca choni: tiki tiki. Lo vemos.

 

 

Como se lamentaba Vargas Llosa en su ensayo: “en la civilización del espectáculo el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda”. Claro está, que repasar lo que de manera tan sensata planteaba Vargas Llosa, mientras se miran sus fotos junto a Isabel Preysler en el ¡Hola!: puede resultar una de las experiencias más paradójicas de nuestro tiempo.

La delgada línea que separaba a la civilización del espectáculo ha resultado ser de papel cuché. Para regocijo del paisano de Vargas Llosa: el literato (pero también estrella televisiva) Jaime Bayly.

El autor de Pecho frío abrazó sin prejuicios, desde el principio, referentes de la cultura popular en su literatura. Por eso no es de extrañar que le dedicara varios artículos al romance. Una prueba de que los escritores puede ser tan buenos como los ninis a la hora de dar espectáculo tirándose los trastos a la cabeza públicamente.

El caso es que, como aseguraban en este divertido y completo repaso a la historia de los realities en España: el formato no parece dar síntomas de agotamiento. E igual que las denostadas españoladas del cine de los 60 ahora son magníficos documentos sociológicos para estudiar aquellos años: los realities lo serán, o más bien, ya lo son para estudiar la sociedad de nuestro tiempo. Del landismo al chonismo. Toda una evolución de nuestra sociedad a través de las pantallas.

Y si se trata de creadores que han capturado con tino nuestra realidad más inmediata, pocos lo han sabido hacer tan bien como Pedro Almodóvar. En su vapuleada Kika (1992), esperpentizó en el personaje de  la presentadora destroyer Andrea Caracortada, esa explotación del morbo que se ha convertido en figura de estilo del discurso de los medios de masas. Lo peor del día, un buen título para acabar este post.

 

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Coleccionables de biblioteca: ecosistemas culturales urbanos

 

Como lágrimas en la lluvia. La poética aportación del añorado Rutger Hauer al monólogo final de Blade Runner se ha convertido en el tempus fugit de un tiempo nuevo. Un tiempo que, como todos, ya se ha hecho viejo.

Las decoradoras de la serie Mad Men optaron por mucho mobiliario de los 50 al que, poco a poco, iban añadiendo detalles de los 60. Los cambios de década, por marcados que estén en el calendario o la memoria (salvo algún hecho excepcional o traumático): nunca son tajantes. Y así nuestro entorno, como nuestro cuerpo, sigue cambiando sin que casi nos demos cuenta.

Quiosco neoyorquino en los años 30.

 

Y de las series al cómic: los dos medios fríos (según Marshall McLuhan) que triunfan en nuestro días. En el delicioso y contemplativo cómic ‘El caminante’ de Jiro Taniguchi: un hombre sale a pasear. No hace falta más trama, ni intriga. Las preciosistas viñetas no muestras otra cosa que lo que plácidamente va observando. Algo que pocas veces nos concedemos en nuestros viajes por nuestras calles.

 

Cierto, que en los últimos años, el paisaje urbano se nos ha hecho dolorosamente presente a base de escaparates vaciados, locales cerrados y signos inequívocos de una decadencia que alteraba el corazón de muchas ciudades. Pero es muy probable que no hayamos reparado, porque pese a sus alegres colores siempre han sido muy humildes: de los muchos quioscos que ha ido echando el cierre. Y no, no ha sido tanto por la crisis, sino por el cambio de hábitos y por la irrupción de lo digital.

No existen datos oficiales pero se calcula que un 40% de los quioscos españoles han cerrado en los últimos años. En las redes sociales es habitual, entre perfiles de internautas amantes de la lectura: que cada cierto tiempo se compartan noticias lamentado cierres de librerías o bibliotecas. Pero de los modestos quioscos pocos se acuerdan.

 

El artista chino Liu Bolin invisible frente a un quiosco. Una imagen involuntariamente expresiva sobre la invisibilidad en la que se suman muchos elementos del paisaje urbano sin que apenas nos percatemos.

 

No viene mal un reconocimiento desde las bibliotecas y librerías a la labor que los quioscos llevan realizando desde hace muchos lustros. En realidad, se podría decir que bibliotecas, librerías y quioscos han conformado el ecosistema cultural de las poblaciones hasta ahora. Los humildes negocios de los quioscos no ocupan ningún escalafón en el ranking de las instituciones culturales. En cambio, han nutrido cultural/informativamente a más público que bibliotecas y librerías juntas.

Bibliotecas y librerías siempre se asocian a un concepto de cultura: que por muchos esfuerzos que se han empleado y se emplean: nunca termina de calar en ese enorme nicho de no usuarios/no clientes que se resisten. Los quioscos, centrados principalmente en la venta de publicaciones periódicas, fueron añadiendo a su oferta golosinas, libros, coleccionables, mapas, planos…hasta conformar un atiborrado y barroco collage decorativo para mitigar la grisura de muchas calles. 

 

El crítico de televisión y escritor Bob Pop hace un retrato de la realidad de nuestro país a través de los titulares de publicaciones de quiosco: de los periódicos a las revistas del corazón. 

 

Pero como insisten muchos quiosqueros veteranos entrevistados en los numerosos artículos que están levantando acta de defunción para sus negocios en los últimos tiempos: sobre todo son comercios de proximidad y saludable vecindad. Generan barrio, generan comunidad, generan lazos de amistad: y en eso, se siente, les han llevado ventaja a las más exquisitas bibliotecas y librerías.

Una dulce venganza en medio de este canto de cisne digital para los quioscos: ha sido el fracaso de los quioscos digitales. Plataformas como Blendle o Texture no han dado los resultados esperados agregando artículos de diversos medios para ofrecérselos a los internautas. Algo que no deja de resultar llamativo cuando, en contraposición, los quioscos digitales en plataformas como eBiblio: no dejan de engrosar las estadísticas de préstamo digital de las bibliotecas.

 

Blendle el quiosco digital, que se vendía como el iTunes del periodismo, pero no ha obtenido el éxito que se pronosticaba.

 

Pero dejando lo digital de lado (tiene guasa decir esto desde un blog) y volviendo a lo que aportan los quioscos al medio ambiente cultural urbano. Las relaciones bibliotecas-quioscos tienen antecedentes que las hermanan más allá de lo que cabría imaginar en un principio. En 1927, en la ciudad de Murcia, se abría la primera biblioteca pública de la ciudad en una de sus más céntricas plazas: y lo hacía en forma de quiosco. Desde entonces, no han sido pocas las bibliotecas que, cuando han dicho de salir a invadir espacios urbanos: han recurrido al formato quiosco.

 

Publicación de 1927 dando la noticia de la apertura de la biblioteca pública de Murcia en un quiosco. 

¿Es quizás el momento de que los quioscos desahuciados (al igual que antes lo fueron las cabinas telefónicas) sean invadidos por las bibliotecas?

Los requisitos legales e impositivos para mantener un negocio de quiosco son especialmente gravosos en muchas ciudades. Pero antes de que queden como mobiliario urbano abandonado, afeando las ciudades: ¿no sería una opción, por parte de las autoridades municipales, reconvertirlos como puntos de servicio bibliotecarios? Oficina de información municipal+biblioteca: todo en uno. Bibliotecas, una vez más, como ladrones de cuerpos urbanos abandonados.

Aunque la manera de hermanar definitivamente a quioscos y bibliotecas debería pasar porque, en el inicio de un nuevo curso, o ante el año nuevo, alguien se decidiera a lanzar un coleccionable bibliotecario.

¿Qué podría conformar ese coleccionable? ¿Tal vez fichas de catálogo para hacer con ellas scratchbook o manualidades? ¿De marcapáginas? ¿Sellos con logos de bibliotecas? ¿Reproducciones de carnés de biblioteca de celebridades? ¿Carteles de campañas para fomento de la lectura? ¿Objetos que la gente olvida entre las páginas de los libros? No sabemos si superarían las ventas de los coleccionables con dedales decorativos, teteras en miniatura, camiones articulados, rosarios bendecidos por el Santo Padre o cascos de moto: pero seguro que tendrían su público.

 

 

Pero mientras que alguien se atreva a llevar a adelante alguna de las ideas: ¿qué podrían aprender las bibliotecas de los quioscos? Por encima de todo: perseverar en un concepto de cultura tan amplio que no excluya a nadie, pero sobre todo perseverar en establecer más y más lazos de vecindad, de comunidad con los ciudadanos y generar barrio, generar comunidad física.

Más de un bibliotecario municipal, o de biblioteca de barrio, pensará que qué le van a contar de lo que es generar relaciones de vecindad cuando, día sí, día también, hay que ampliar plazos de préstamo o quitar sanciones porque: Juana, Perla Nerea, Carmen, la hija de Pepi, Rojina, Rachid, Paco, Oksana o Ramón se han despistado con los plazos. Biblioteca de mesa camilla y brasero. No literalmente, pero sí como espíritu para elaborar productos y servicios que no pierdan de vista lo más importante: las relaciones interpersonales como sustento de los espacios bibliotecarios.

Y si hablamos de cultura popular, de barrio, de quioscos, de publicaciones en papel y de tener calle, mucha calle: ¿qué mejor que terminar con una de Sabina pasado por el tamiz de María Jiménez?

 

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Bibliotecas de altos vuelos

Biblioteca del jet privado diseñado por el estudio inglés Winch Design. ¿Serán libros huecos o libros de verdad?

 

En los 70 no existía Internet, ni por lo tanto, redes sociales, móviles y demás golosinas digitales. El cine y la televisión seguían conservando todo su poder adormidera. En Hollywood, la edad dorada de los estudios ya había acabado, y en el pequeño margen que se dio entre el cine de autor (Coppola, Scorsese, Cimino…) y el cine espectáculo que terminaría ganando la partida (Georges Lucas, Spielberg: ): tuvo como bisagra al género catastrofista.

Inauguró el filón la película Aeropuerto (1970). Un plantel de estrellas del Hollywood dorado (Burt Lancaster, Dean Martin, Jean Seberg…) pasándolas canutas en catástrofes aéreas cada vez más aparatosas. Básicamente lo que se hace ahora con las estrellas en decadencia en los realities televisivos. El caso es que poniéndonos apocalíptico-conspiranoicos, algo que tanto nos gusta, la saga de desastres aéreos fue un magnífico instrumento de control social. Viendo como los pudientes, que podían permitirse viajar en avión, vivían el horror de un desastre aéreo: el miedo a volar entre las masas, hundidas por la crisis del petróleo, actuaba de estupendo elemento disuasorio.

 

Lo mejor del género de catástrofes aéreas de los 70: cuando llegaron las parodias con ‘Aterriza como puedas’.

 

El auge de un determinado cine de género siempre tiene su correlato con la situación social. El ensayo de Ramonet no habla de cine, pero sí, del escenario propicio para el catastrofismo de ficción.

Tras los revolucionarios 60, un poco de miedo que cortase las alas, no venía nada mal. Pero ¿aún seguimos creyendo que las ficciones ejercen algún efecto sobre la realidad?

Estar despiertos en la era de los espejismos digitales se hace difícil. Pero si hay un lugar en el que todos procuramos evadirnos (por miedo o simple aburrimiento) es en los aviones.

Por eso la noticia de que la compañía de vuelos de bajo coste EasyJet ha provisto de bibliotecas a sus aparatos para disfrute de su clientela: es de esas noticias que no podíamos dejar de comentar.

La «Flybrary», creada en colaboración con la editorial HarperCollins, ofrece desde el 15 de julio: 60.000 textos para niños y adolescentes de 3 a 11 años en siete idiomas.

Un medio de transporte de pasajeros, sobre todo si el trayecto es de varias horas, es uno de los momentos/espacios en los que la estrofa de Serrat: «niño, deja ya de joder con la pelota». Un asunto, que tiempo de ofendidos por doquier, también tiene su debate ad hoc según recogía un artículo de ‘eldiario’ con este titular: Un hilo en Twiter aviva el debate sobre el ruido infantil: ¿irresponsabilidad de las familias o sociedad para adultos? Los bibliotecarios, sobre todo los que trabajan en las secciones infantiles y/o juveniles, tendrían mucho que decir al respecto. Pero, siendo como son expertos en la materia, nadie suele invitarlos en estos debates.

Lógicamente la compañía aérea publicita a la Flylibrary recurriendo a lo obvio: hay que dejar volar la imaginación de los niños. Pero en la web de viajes italiana SiViaggia dan la noticia diciendo a las claras lo que más de uno piensa orillando cualquier poesía: «no más niños gritando a bordo.»

Mientras tanto, en la ciudad boliviana de Cochabamba, se ha concedido el premio de ‘Biblioteca del año’ al Biblioavión. Situado en una céntrica plaza de la ciudad, un avión que operó durante la Segunda Guerra Mundial, se reconvirtió en una biblioteca infantil hace ahora 17 años. Con este premio el Colegio de Profesionales en Ciencias de la Información de Bolivia (Cpcib) reconoce la labor desarrollada en este atípico espacio bibliotecario en el que se imparten talleres, clubes de lectura y numerosas actividades dirigidas a los menores de edad. Una iniciativa, la de convertir viejos aviones en bibliotecas, que también se anunció en la ciudad mexicana de San Blas, en el estado de Nayarit, hace unos años. Pero, que en este caso, nunca llegó a despegar.

 

El también biblioavión mexicano Gervasio, en la isla de Cozumel, que sí ha llegado a funcionar.

El alcalde que lo promovió terminó su mandato entre acusaciones por robo, extorsión y torturas, y el biblioavión, camino del vertedero. Sin duda el político mexicano (el alcalde que «robó poquito«, según sus propias palabras) llevó al extremo una forma de hacer política con puntos en común con la de algunos de nuestros políticos. La diferencia es que en España, en vez de reconvertir aviones desahuciados en bibliotecas, nos podemos permitir el lujo de reconvertir aeropuertos enteros.

Escultura de Juan Ripollés en el aeropuerto de Castellón: durante muchos años ejemplo del pelotazo urbanístico.

Interior del biblioavión boliviano.

 

En Aeropuerto 75 (la segunda de la saga) el choque de una avioneta contra un Jumbo provocaba la catástrofe, y aquí, la fricción entre la noticia de la biblioteca en EasyJet y el biblioavión boliviano: actúan de pedernal para encender la mecha que termine por dinamitar este post.

Si algo distingue a las bibliotecas de altos vuelos (por muy humildes que puedan ser) de las que son simples expendedoras de soma cultural: es que están por encima de lo que siempre se ha dado en llamar ‘literatura de aeropuerto’. Nada hay de malo, al contrario, en apaciguar a los niños en los vuelos a través de la lectura. Al igual que los adultos se apaciguan con la adormidera en que puede convertirse el consumo compulsivo de series.

Pero lo que diferencia a la biblioteca del avión de EasyJet, del biblioavión boliviano: es muy easy de ver: es la diferencia entre la lectura/cultura como simple objeto de consumo y la lectura/cultura como elemento imprescindible de progreso social.

‘Comicmanía’ una nueva revista para estar al día de las novedades y de todo lo que se mueve en el mundo del cómic.

La periodista cultural Elisa McCauslan publica una columna en el nº 1 de la nueva revista ‘Comicmanía’ que expresa muy bien de lo que hablamos:

«En ocasiones, me siento sobrepasada por este presente obsesionado con la ficción como brújula moral, como manual de instrucciones de vida, como forma de terapia a problemas que hemos convertido en traumas […] nos dejamos llevar por etiquetas apaciguadoras que sedan nuestras conciencias, en vez de cuestionar la precariedad de las imágenes, la inconsistencia de los discursos, la banalidad de los textos.»

 

Y en medio de este tráfico aéreo cultural los bibliotecarios como auxiliares de vuelo, que no comandantes, para no incurrir en dirigismo cultural. Pero eligiendo dónde situarse: si como simples camellos de ficciones que proveen a sus usuarios de lo que las multinacionales les hacen desear; o como profesionales de la cultura que ejercen de mediadores promoviendo el pensamiento crítico y las ideas propias para cada uno pueda volar por su cuenta.

Como dice el eslogan de este vídeo sobre Bibliotecas pijas vs. bibliotecas públicas: «La cultura en las bibliotecas públicas nunca es un adorno. Es una necesidad.»

 

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La biblioteca como ornamento

 

La portada del próximo nº de la revista Infobibliotecas sobre bibliotecas y museos no puede resultar más adecuado para lo que hablamos en este post.

En el post previo cerrábamos con una instalación de la estrella de Hollywood, Lucy Liu, en su faceta como artista visual. La exposición tuvo lugar en Singapur y consistía en una biblioteca con libros que escondían objetos que la artista había ido recopilando. Una biblioteca, que buscaba la intervención por parte del público, que estaba autorizado a cambiar los libros de sitio, y a modificar la ordenación. La pesadilla de un bibliotecario hecha instalación artística.

El libro como metáfora, como concepto, como continente: no deja de revalidar su vigencia en el discurso artístico. En 2017 la británica, Su Blackwell, recreó los hogares de escritoras famosas en sus propios libros. Las casas de escritoras decimonónicas como Jane Austen, Daphne Du Maurier o Charlotte Brontë. emergían esculpidas en el mismo papel en el que se podían leer sus historias. El libro como fetiche, como tótem; pero también el libro-objeto como subterfugio para luchar contra el sexismo fiscal. Suena raro, pero es que vivimos tiempos extraños.

 

La casa de Jane Austen emergiendo de uno de sus libros gracias a la artista Su Blackwell.

 

Y, a través de ActuaLitté, les univers du libre, no enteramos de que en Alemania una agencia de publicidad ha recurrido al libro como subterfugio para evidenciar/denunciar/soslayar una injusticia. El IVA que se aplica a tampones y compresas excede con mucho lo que resultaría comprensible para un artículo de primera necesidad como es el caso. En el país de Ángela Merkel se aplica un IVA del 19% a estos productos de higiene íntima para las mujeres. Un impuesto que los convierte, si se compara a los tampones con productos como las trufas, el caviar o las pinturas antiguas: en un auténtico objeto de lujo. Trufas, caviar y pinturas se gravan con un 7% de IVA.

Por ello ha nacido The tampón book, o lo que es lo mismo, un libro hueco (como los de Lucy Liu) lleno de tampones. La idea es que, dentro de ese formato, los tampones pasan a tener un IVA del 7% que el gravamen al que se someten los libros. Triquiñuelas de diseño para denunciar y promover una concienciación que han hecho que la agencia Scholz&Friends, creadores de la idea, se hayan llevado un León de Oro en el festival publicitario de Cannes.

 

Pero el prestigio del formato libro se extiende hasta en ámbitos, en principio, tan alejados como es la industria discográfica. La supervivencia de los músicos ha pasado a depender, más que nunca, del directo antes que de las ventas de discos. Una de las maneras con la que, algunos músicos, han intentado contrarrestar esa devaluación de la música como objeto cultural, como fetiche, ha sido a través del mimo por la presentación física de su producto.

Es el caso de la cantante de hip hop, spoken word y escritora de poesía, narrativa y teatro: Kate Tempest. El título de su último trabajo musical lo deja claro: The Book of Tramps and Lessons (El libro de las trampas y las lecciones). Según la web ‘Jenesaispop’ el diseño en formato libro de tapa dura ha sido determinante en el hecho de que, en pleno apogeo del streaming como manera de consumir música, Tempest haya conseguido entrar en el top 30 de las listas británicas.

Los vinilos cada vez más deseados por las nuevas generaciones y los cedés con forma de libro: lo tangible como una resistencia instintiva y primaria ante la volatilidad de lo digital.

 

 

La empresa inglesa OBW (Original Books Works) está especializada en espejismos de bibliotecas. Su especialidad son los libros huecos, las paredes decoradas como si de una biblioteca se tratase que engañan al ojo, puesto que dentro de esos lomos de repujado cuero: está el vacío más absoluto.

La moda de los libros huecos viene de lejos. Su relación con el ansia burgués por emular los valores aristocráticos a través de la decoración es una imagen perfecta del deterioro de un cierto canon de lo cultural que, desde que se democratizó, ha seguido imparable. En los tiempos del Instagram los libros huecos, con su pulida apariencia de carcasas desiertas de conocimiento, lo tienen todo para resurgir. En cualquier domicilio operarían como las vainas alienígenas de la invasión de los ultracuerpos: reproduciendo los vacíos que van dejando las omnipresentes pantallas en muchos de nuestros hábitos.

Pero antes de ponernos febrilmente conspiranoicos, ya que hablamos de cultura como ornamento o cultura como necesidad: echémosle un ojo a cómo van las cosas por los sectores más elevados de la sociedad. Esos grupos sociales cuyos símbolos aspiraban a emular los arribistas con estanterías repletas de libros huecos.

 

 

La célebre frase: «los pobres tienen grandes televisores, los ricos grandes bibliotecas» es la versión autoayuda del lampedusiano: «todo tiene que cambiar para que todo siga igual». Las diferencias sociales siguen reflejándose en los hábitos culturales; y así, mientras los señores de Silicon Valley controlan el acceso de sus hijos a las pantallas: las masas se alienan voluntariamente con cada nueva golosina digital que inventan.

Un artículo publicado en el prestigioso ‘The Washington Post’ se preguntaba recientemente: ¿por qué los ricos quieren que sus hijos estudien artes liberales? En el mundo anglosajón las artes liberales en la actualidad engloban tanto a las carreras de humanidades como a las ciencias en un enfoque claramente transversal.

 

Lo que el profesor emérito de la California Polytechnic State University, Donald Lazere, sostiene en dicho artículo sobre el auge de las humanidades en la formación de las clases dirigentes suena de lo más perverso. Y, precisamente por ello, creíble.

Resumiendo, y por lo tanto peligrosamente simplificando, lo que dice Lazere: la educación  que fomente el pensamiento crítico y dote a los estudiantes de capacidades para desenvolverse con mayor capacidad de análisis en nuestras sociedades: se escamotea (recortes a la educación pública mediante) al grueso de la población para hacerla exclusiva de la clase dirigente.

Las humanidades, el pensamiento crítico, la capacidad de análisis compleja de la realidad puede acarrear el cuestionamiento de las injusticias, el ansia por reformar el status quo que excluye sistemáticamente a los que parten con menos recursos. Bien en aras de una sociedad más justa o (y esto no lo dice Lazere pero lo añadimos nosotros): para sustituir a los que ahora ocupan esas posiciones privilegiadas.

 

La última Palma de Oro de Cannes: una comedia negra demoledora sobre dos familias (una rica y otra pobre) que estamos seguros arrojará más luz (o oscuridad) sobre la temática de este post. 

 

El interesante ensayo de Nussbaum sobre la necesidad de las humanidades para el buen funcionamiento de la democracia.

Durante las últimas décadas había que especializarse, el desprecio hacia todo conocimiento que no fuera utilitario y práctico según la lógica del mercado: no se contemplaba. Había que «convertir la educación en una empresa con fines de lucro». Y lo aparentemente diletante, lo sofisticado, lo ornamental si se quiere: desprestigiarlo en un vulgo alienado tecnológicamente para, secretamente, cultivarlo en las élites y, de este modo, éstas ejerciten a sus herederos en una visión mucho más rica y completa del mundo que perpetúe sus privilegios.

Viendo a políticos como Trump, a millonarios como las Kardashian o (por poner un ejemplo más próximo) a los hijos de Isabel Preysler: cuesta creer ese argumento. Pero es que ni Trump, ni las Kardhasian ni los vástagos de Preysler son los que (por mucho dinero y/o poder que acumulen) manejan los designios del planeta.

Pero antes de que esto termine como un libro de Daniel Estulin nos dejamos de altas esferas, y creyendo razonablemente los argumentos del artículo de ‘The Washington Post’, nos preguntamos desde nuestra condición de pueblo llano: ¿donde pueden compensarse las carencias del sistema educativo en una formación más humanística? ¿Hace falta decirlo con lo tendencioso que es este blog? Ya lo dijimos hace un tiempo: la revolución (si llega) empezará en las bibliotecas (públicas).

 

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Tu biblioteca te engaña

El bloque de apartamentos intervenido hace unos meses por dos artistas urbanos en la ciudad de Utrecht.

 

«A menudo …para analizar los blogs, […] se compara a éstos con los diarios, las memorias o el género epistolar, modelos todos ellos fundamentados en el tiempo. Pero los blogs pertenecen a otro ámbito […] Un blog es fundamentalmente un espacio […] en el que aparece una información que se relaciona entre sí por asociaciones muy diversas, dadas instantáneamente, todas al mismo tiempo, y en las que caben desde asociaciones semánticas a visuales.»

Teoría general de la basura (cultura, apropiación, complejidad) de Agustín Fernández Mallo.

Galaxia Gutenberg 2018

 

Tras el periplo neoyorquino de la mano de Irene Blanco no viene mal retomar el ritmo habitual del blog con este fragmento del ensayo de Fernández Mallo que, tan bien, define lo que es un blog.

Disociar blogs de memorias, diarios y modelos narrativos basados en la lectura impresa: tiene todo el sentido. Cuando reinauguramos el blog dijimos que nos habíamos mudado a un nuevo piso, loft, cabaña o cuchitril (donde hay cultura se hace hogar): y esa referencia a un espacio es lo que viene a confirmarnos el texto de Mallo. Un hogar laberíntico, sin duda, en el que un arquitecto loco hubiese diseñado planos que conectan los asuntos y materiales (vídeos, fotos, tuits, gifs…) más variopintos en aras de un discurso que, para bien o para mal, nunca es único.

En esta nueva etapa esperamos que esos rasgos se intensifiquen y conseguir tenerlo bien amueblado. Aunque lo de tenerlo bien amueblado no lo tengamos tan claro. Tener (la cabeza) bien amueblada se identifica con lo correcto, con la claridad de ideas, con la sensatez: en definitiva con el cerebro. Y si nos remitimos a la cultura: lo impoluto, en realidad, dificulta más que facilita la progresión.

Precisamente Fernández Mallo en su ensayo nos habla de lo necesaria que es la basura cultural, los detritus para seguir generando nuevos discursos. En su libro cita la obra de George Zarkadakis Our own image (2016) en la que se resume, a través de 6 metáforas, la idea que se ha tenido de nuestro cerebro, y por tanto, de la inteligencia humana según las épocas:

  • según la Biblia los seres humanos se formaron a partir de arcilla o tierra a la que Dios otorgó el espíritu que sería nuestra inteligencia.
  • en el siglo III a.C. se equiparó a un modelo hidráulico
  • en el siglo XVI la invención de los autómatas inspiró la idea de que los humanos funcionan mentalmente como máquinas.
  • en el siglo XVIII los descubrimientos sobre electricidad y química llevó a nuevas interpretaciones
  • El físico alemán Hermann von Helmholtz comparó al cerebro con un telégrafo
  • Y en 1940 es cuando se empezó a asociar metafóricamente a la mente humana con una computadora.

Pero todas las definiciones terminan resultando insuficientes cuando surge la siguiente maravilla creada por esa mente a la que tanto empeño ponen en comparar. Tal vez por ello, la Inteligencia Artificial está optando por automatizar a los humanos a su semejanza a través de los prodigios tecnológicos que colonizan nuestro día a día. No queremos ser agoreros, ni apocalípticos, pero a la IA tampoco les va a salir bien, porque en realidad, a lo que se asemeja la mente humana es a algo tan arcaico como una biblioteca.

 

Planos de la biblioteca de Filología de la Universidad de Berlín apodada ‘el cerebro’ diseñada por Norman Foster.

 

Un espacio laberíntico formado por estanterías en las que se supone se ordenan los conocimientos adquiridos, pero cuyo libre acceso, provoca que cualquier usuario distraído mezcle los fondos arbitrariamente estableciendo conexiones insospechadas.

En un reciente artículo en ‘El País‘ del que hemos fusilado el título para este post se aborda los espejismos con que nuestro cerebro nos engaña sin que ni siquiera seamos conscientes. El artículo parte de las investigaciones de los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman sobre cómo opera nuestra mente. En 1974 abrieron una corriente de investigación partiendo del siguiente supuesto:

«Steve es muy tímido y retraído, siempre servicial, pero poco interesado por la gente o por el mundo real. De carácter disciplinado y metódico, necesita ordenarlo y organizarlo todo. Además, tiene una obsesión por el detalle. ¿Qué es más probable que Steve sea un bibliotecario o un agricultor?»

 

Según las conclusiones de los psicólogos, el pensamiento más instantáneo conducía a ubicar a Steve dentro de la profesión bibliotecaria, en cambio, el tímido y ordenado Steve resultaba ser agricultor. Una mera cuestión de probabilidades porque en los Estados Unidos de los 70 existía un bibliotecario por cada 20 agricultores.

¿Han evolucionado los bibliotecarios de los 70 para que no se les siga asociando a rasgos como la timidez, el retraimiento, la misantropía y la manía por el orden? Porque visto con perspectiva, y mala leche, el bueno de Steve también cuadraría con las características de un psicópata tipo Norman Bates. Un estereotipo que, tanto en los 70 como en los 2000, según Hollywood, prolifera mucho en los Estados Unidos.

Lugares comunes de bostezo contagioso que se hacen añicos de muy diferentes modos. Si nuestros cerebros nos engañan (hasta a la todopoderosa IA) y los hemos comparado con una biblioteca, ergo, las bibliotecas también nos engañan:

  • tu biblioteca te engaña si acudes solo a estudiar a las bibliotecas porque están mutando en otra cosa en la que tu actitud pasiva tiene poca cabida;
  • tu biblioteca te engaña si eres usuario que busca un centro vivo y dinámico: porque sus servidumbres políticas hacen que su deriva hacia simples salas de estudio sea un peligro latente para su supervivencia;
  • tu biblioteca te engaña si eres un bibliotecario con inquietudes y te das de bruces con la realidad en muchas administraciones: en las que la innovación no está bien vista, ni se pone mucho empeño (ni es fácil) remediar vicios adquiridos;
  • tu biblioteca te engaña si eres un funcionario (o aspirante) con vocación de jubilado (sin que en esto importe la edad) y pides la biblioteca como destino y te topas con un centro lleno de vida, trabajo, compromiso y ganas de crecer;
  • tu biblioteca te engaña si piensas que todos los bibliotecarios, como profesionales de la cultura, aman la cultura y, en realidad, puede que estén allí igual que podrían haber estado en una oficina de recaudación;
  • tu biblioteca te engaña si piensas en las bibliotecas como zonas seguras porque en cualquier momento se te puede cruzar un libro, una película o un cómic que cambie tu perspectiva para siempre.

Y así podríamos seguir con más y más engaños. Pero por el momento vamos bien servidos. Y ya es momento de abrir otra conexión, sin aparente rumbo, que finalmente dote a todo de sentido.

La artista y escritora Shubigi Rao.

 

El cerebro es una biblioteca sin leer‘ es el título de la charla TEDx de la artista Shubigi Rao. Una artista y escritora que en su obra se interesa por la arqueología, la neurociencia, las bibliotecas, los libros o el arte contemporáneo, entre otros asuntos. Una de sus últimas acciones artísticas la ha llevado a cabo en colaboración con Lucy Liu.

La actriz famosa por sus papeles en series como Ally McBeal o películas como Los ángeles de Charlie o Kill Bill: se ha revelado como artista visual en esta colaboración con Rao a través de la exposición ‘Pertenencias desahuciadas’. Una obra que apela directamente a lo que hemos estado hablando aquí.

 

Lucy Liu, con el cerebro al aire, junto a Uma Thurman en una pausa en el rodaje de Kill Bill 2.

 

La instalación artística ideada por Liu consistió en una biblioteca compuesta por unos 200 libros, hechos a mano, en cuyo interior se esconden algunos de los objetos que la actriz ha ido recogiendo a lo largo de sus viajes. Los visitantes podían coger los libros, abrirlos y descubrir su contenido, así como cambiarlos de sitio.  ¿Y el mensaje?: «promover un ciclo de redescubrimiento, los objetos perdidos adquieren un nuevo significado, no solo a través del relato que Liu ha creado para ellos en sus libros, sino también a través de la constante reordenación de los libros en sí.» Suena bien menos para aquellos bibliotecarios que hayan vivido la experiencia de toparse con una loncha de salchichón (por poner un ejemplo) usado como marcapáginas en un libro de su biblioteca.

Basura, libros y usuarios desordenando una biblioteca.Y es que de eso trata este blog: de reubicarse, de reacomodarse, una y otra vez, igual que cada día se ordenan las estanterías de las bibliotecas, que están vivas, sabiendo que en poco tiempo volverán a desordenarse. Bendito desorden.

La biblioteca de libros con ‘sorpresa’ de Lucy Liu.

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Una bibliotecaria española en Nueva York. Segunda crónica

 

Cuando el carné de la biblioteca te abre las puertas de los museos: el Culture Pass de NYC

 

Sobre el manido concepto de democratización cultural, tan usado por políticos y altos cargos de «La Cultura», decía Oriol Martí en un interesante artículo, que publicó para ‘Cultura y Ciudadanía‘:

“siempre utilizo el mismo ejemplo para explicar qué es una política pública centrada en la llegada cultural: la construcción y puesta en funcionamiento de una biblioteca para acercar los libros, el amor a la lectura, el silencio, el estudio y el conocimiento reposado al mayor número de personas, independientemente de su condición social, género, país de origen, edad, peso o estatura. Y siempre utilizo un segundo ejemplo: un festival de artes de calle”.

 

Y creo que razón no le falta. Cuando se quiere acercar la cultura a todos los públicos, las plazas, las calles: las bibliotecas son los lugares idóneos. Donde, en principio, toda la ciudadanía es bienvenida. Pero ¿qué pasa con el resto de instituciones?, ¿son realmente accesibles los museos, las bibliotecas privadas, los jardines botánicos o las galerías? ¿No hay responsabilidad en hacer esos lugares algo más cercano para todos los públicos? ¿Por qué no vemos los mismos públicos en un museo que en una biblioteca?

Quizás sea por eso de que los museos tienen ese halo moderno que rodea a las élites culturales, quizás sea porque da pereza ser turistas en nuestras propias ciudades, o porque no tenemos dinero para la entrada o no tenemos el tiempo para ir a ultimísima hora cuando quizás “es gratis”… O quizás sea porque algunas comunidades tienen categorizados esos lugares como algo que no se merecen, que no son para ellos, donde no son bienvenidos. 

 

Por eso, cuando llegué a Nueva York en septiembre de 2018, y encontré la ciudad empapelada de algo que se llamaba “Culture Pass”, y que estaba firmado por las bibliotecas públicas de la ciudad, ya sabéis, saltó el radar. ¿Será que en NYC las bibliotecas y los museos están ahora más integrados? ¿Será verdad que se puede ir gratis al MoMa si eres usuario de la biblioteca?

Pues sí, este “Culture Pass” es una iniciativa dirigida por la NYPL, la Brooklyn Library y la Queens Library: que proporciona acceso gratuito a los millones de usuarios que tienen carné de la biblioteca para que puedan visitar 50 instituciones culturales de los cinco condados de Nueva York. Suena bien.

Tom Finkelpearl, del comisionado de asuntos culturales de la ciudad de Nueva York, decía: «En una ciudad tan rica en actividades creativas, cada neoyorquino merece tener acceso a experiencias culturales transformadoras«.

Exactamente, a través de esta iniciativa, los usuarios de bibliotecas pueden visitar, de manera gratuita diferentes instituciones culturales de la ciudad que van desde el Jardín Botánico de Nueva York al Museo de Brooklyn, pasando por el Met, el Guggenheim o el Museo de Historia Natural. Todos los “must” que los turistas no nos perdemos, y que tantos ciudadanos aún no han pisado, por las razones que sean.

A mí me parece interesantísimo que se refuercen los vínculos entre las bibliotecas locales y otras atracciones propias del sector cultural, porque realmente, creo que deberían de ser un todo en la relación cultural que tenemos con la ciudad.

Además, creo que el Culture Pass es especialmente potente en esta ciudad que posee una de las ofertas culturales más potentes del mundo, que hacen de ella un destino atractivo, y que ahora no pertenece sólo a los turistas o comunidades más privilegiadas, sino que también pertenece al pueblo que es usuario de las bibliotecas. Es emocionante poner en la misma página a las bibliotecas y museos: instituciones que, a veces, parecen pertenecer a categorías culturales diferentes. 

Dice Linda E. Johnson. , Presidente y CEO de la Biblioteca Pública de Brooklyn:

«Como la institución más democrática de nuestra sociedad, la misión principal de la biblioteca es proporcionar recursos para el aprendizaje, la cultura y la creatividad a personas de todas las edades y antecedentes, en esencia para brindar acceso al conocimiento colectivo del mundo. El Culture Pass ayudará a crear conciencia, ampliar el público y ofrecer acceso a los usuarios de bibliotecas a los museos e instituciones culturales de Nueva York. Estamos encantados de unir fuerzas con estos estimados museos de artes visuales y ciencia”.

 

 

Por su lado, el presidente y director general de la Biblioteca Pública de Nueva York, Anthony W. Marx afirmaba:

“En la Biblioteca Pública de Nueva York, trabajamos todos los días para garantizar que todos los neoyorquinos puedan aprovechar todos estos destinos únicos para aprender, crecer y beneficiarse de la gran cantidad de información y experiencias enriquecedoras de la ciudad. El Culture Pass es una manera emocionante de ampliar ese trabajo y ayudar a todos los neoyorquinos a explorar y descubrir los tesoros de la ciudad».

Sí, qué jefes bibliotecarios más inspiradores, cómo empoderan a la ciudadanía.

¿Por qué está funcionando tan bien esta iniciativa?

Porque además de conseguir que diferentes organizaciones culturales donen invitaciones al Culture Pass, de manera mensual, éstas resultan ser las instituciones más importantes de la ciudad y, por lo tanto, intrínsecamente interesantes y atractivas… ¡¡chachaaaán!!

 

Hacen publicidad todo el rato y en todos los lugares del Culture Pass: desde en las marquesinas del bus, en el metro, en redes sociales, en las mismas bibliotecas, en la prensa… De nada vale tener un servicio a la disposición del usuario si no se le repite, y se le explica una y otra vez, que tienen derecho a usarlo. Y esto, como os imagináis, es una inversión en recursos extra, que las bibliotecas de la ciudad asumen, porque estamos en el reino del marketing y saben hacer las cosas.

Porque además de hacer publicidad de la biblioteca, la estás promocionando asociándola a algo cool, atractivo, de ocio saludable y disponible para todos. Porque tener el carné de la biblioteca es tener un pase a los museos, porque quizás algunos usuarios se han dado de alta precisamente para tener este servicio. Porque en el momento en que entramos a la biblioteca ya estamos más cerca de leer; de cogernos ese libro que te apuntaste en esa exposición; o de planificar un fin de semana diferente en la ciudad y llevar gratis a tres personas más. Y eso, en esta ciudad es mucho.

 

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Biblioteca o barbarie

 

La memoria histórica más dramática está en las cunetas, pero la memoria histórica también está en las bibliotecas: y desde muy diversas posturas ideológicas hay voces que pugnan por censurarla.

No hace falta incidir en la censura del cuento de Caperucita, y otros tantos libros infantiles, en una biblioteca escolar catalana en nombre de una purga por sexismo: que ha dado numerosos titulares. Ya se ha dicho casi de todo al respecto. Pero siempre viene a cuento señalar la involución que supone juzgar obras del pasado desde valores del presente. Una práctica que acumula un largo y absurdo recorrido en los últimos tiempos. Y en ocasiones, no con formas tan groseras y evidentes como en el caso de Caperucita: sino desde enfoques mucho más sutiles y aparentemente inocuos.

 

Como está feo señalar, en lugar de poner una ficción española ambientada en el pasado, en la que no sabes si estás en Madrid, Nueva York o Chicago: optamos por una más fidedigna musicalmente con el tiempo que retrata. La crónica de la estancia de Ava Gardner en el Madrid de los 50 de: Arde Madrid.

 

Acierte o no con sus películas: pocos podrán negarle a Álex de la Iglesia que su imaginario no se nutra de una tradición cinematográfica, televisiva y literaria Made in Spain.

Está muy feo señalar, pero en numerosas ficciones televisivas españolas en las que se recrean épocas pretéritas, sonroja bastante que en el Madrid de los 50 o 60 del siglo pasado: sonasen más los hits del rock y el jazz estadounidense que Antonio Machín, Imperio Argentina o Lola Flores. Que en una película reciente sobre gánsteres en la Barcelona de los años 20 todo se asemeje demasiado al Chicago de la ley seca.

La despersonalización del cine y la ficción televisiva españolas (salvo honrosas excepciones, gusten más o menos, como Álex de la Iglesia, Almodóvar y poco más): es una claudicación a ese gusto estándar con el que las nuevas tecnologías no dejan de avasallar. Y un brindis envenenado a la desmemoria.

El Hollywood clásico recreaba la Alejandría de Cleopatra o la España de El Cid según esquemas de cartón piedra. Pero al menos tenían la excusa de que nadie vivo podía cuestionarles más allá de los escrito en los libros. Pero cuando día sí, día también, se practica el falseamiento del mismo presente en el que vivimos: ¿qué no se podrá hacer con el pasado más inmediato?

A pocas horas de saberse del devastador incendio que destruía Notre Dame, en las redes (¿dónde si no?): ya se hacían lecturas relacionándolo con la decadencia de Europa. Y hasta mentes calcinadas de dogmas reclamaban su segundo de atención celebrando la ruina de un símbolo heteropatriarcal. Querer enmendar el pasado poniendo el contador a cero es asegurarse cometer los mismos errores de los que se huye. En Francia se queman bibliotecas (intencionadamente) y monumentos (accidentalmente): buscar explicaciones, razones o reflexiones al respecto es algo natural y necesario, el resto, no es más que literatura barata devenida en cliché.

La reconstrucción pasará, más allá de lo audiovisual, por la consulta de libros y documentos conservados en bibliotecas y archivos parisinos. Siempre hay hueco para la memoria y la esperanza en las baldas de las bibliotecas. Y por contraste con el triste incendio de la catedral parisina, en la Biblioteca de la Universidad de Copenhague, llegó la noticia de un hallazgo que engrandece la importancia de perseverar en la defensa y protección del patrimonio cultural.

 

 

La novela de Vicente Muñoz Puelles sobre Hernando Colón vuelve a la actualidad a la luz del descubrimiento del Libro de los Epítomes.

Dentro de las colecciones de dicha biblioteca se ha localizado el manuscrito, muy bien conservado, del Libro de los Epítomes de Hernando Colón. Tal y como lo ha definido el Dr. Edward Wilson-Lee, académico de Cambridge: una ventana al mundo perdido de libros del siglo XVI. En dicho manuscrito se reúnen hasta más de 2000 resúmenes de los libros que componían la biblioteca del gran bibliófilo Hernando Colón. El hijo ilegítimo del descubridor de América consagró su vida intentando crear la biblioteca más grande del mundo. De los más de 15000 volúmenes que la componían, actualmente, solo se conserva una cuarta parte de dicha biblioteca en la Catedral de Sevilla desde 1552.

El hallazgo del Libro de los Epítomes en la biblioteca danesa permite obtener muchos datos sobre qué se leía hace 500 años y, sobre todo, tener noticias de muchos libros que formaron parte de esta impresionante biblioteca y que desaparecieron hace siglos. Para el 2020 se espera que se pueda  publicar la relación completa de obras que aparecen resumidas en este tesoro bibliográfico que ya se ha empezado a digitalizar.

 

Volviendo al presente cabe preguntarse cuál sería el Libro de los Epítomes digital. ¿Acaso The Internet Archives; el Archivo Mundial del Ártico o la biblioteca lunar de la Arch Mission Foundation? Una de las muchas incertidumbres que el director galo Olivier Assayas convierte en temas de discusión para los protagonistas de su última cinta: Dobles vidas.

Una película que, como ya hemos dicho en un tuit, recomendamos a cualquier profesional de la cultura o persona a la que, simplemente, le guste ver expuestas en pantalla grande las grandes cuestiones que sobre nuestro presente y futuro nos atosigan. Enredos sentimentales entrelazados con jugosas conversaciones en torno a los libros, las bibliotecas, lo digital, las redes sociales, los e-books (así se iba a titular en un principio), los escritores y la cultural en general.

Guste más o menos la película de Assayas, los temas que aborda, dan para mucho cinefórum posterior. Y darían para un puñado de posts en este blog sino fuera porque son los asuntos sobre los que llevamos hablando desde que se creó. Assayas habla de grandes asuntos pero desde la más prosaica de las cotidianidades. Parte de los detalles más insignificantes, o más trascendentales, porque atañen a los sentimientos, para ironizar y reflexionar sobre el momento que estamos viviendo.

 

En las largas y divertidas conversaciones entre los personajes de ‘Dobles vidas’ se tocan todos los asuntos de mayor actualidad cultural, entre ellos, los audiolibros.

 

Assayas podrían haber engolado el tono y ponerse apocalíptico o integrado a la hora de hablar del estado de la cosa cultural pero, en vez de eso, opta por la comedia, la trágica dicotomía entre biblioteca o barbarie a la que hemos recurrido en el título no tiene porque consumarse en modo tan extremo (spoiler: por mucho que el personaje de la película más pro-digital sentencie a muerte a las bibliotecas). Y es que nada suele ser tan tajante o grandilocuente como era antes. Lo épico gusta mucho en Juego de tronos pero nadie lo quiere en su día a día. Y al final, lo más seguro es que la cosa quede entre medias: ni en biblioteca, ni en barbarie.

Nos adentramos en el siglo XXI y ni siquiera tenemos coches fantásticos. El futuro nunca es tan deslumbrante como nos lo pintan.

En este mismo post se puede corroborar. Hace unos días un colega bibliotecario nos comentaba que el último vídeo del grupo Ladilla rusa igual nos inspiraba para un post de este blog. Dejando aparte la imagen que debemos proyectar para que nos recomienden dicho vídeo (¿a quién vamos a engañar?: nos la hemos ganado): una vez superado el primer impacto la cosa fluyó sola.

Viéndolo es posible que alguien no entienda cómo se puede partir de algo así y terminar hablando de memoria histórica, la biblioteca de Hernando Colón y el devenir de la cultura en la era digital. Pero como bien dice el protagonista de la última de Almodóvar, cuando en la mesa de operaciones el cirujano le pregunta si su próxima película será comedia o drama: eso nunca se sabe al empezar a escribir una historia. Tal cual como el futuro de las bibliotecas.

 

 
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Mapas en carne viva

 

Quienes hayan leído la novela de Michel Houllebecq El mapa y el territorio sabrán que su protagonista es un artista que logra consagrarse gracias a sus fotos de mapas, y que la interesantísima trama da un giro sorprendente con un macabro suceso, que tiene mucho que ver con el título de este post.

Y la reciente noticia de que la British Library acaba de digitalizar más de un millón de páginas de contenido erótico de libros de sus colecciones: nos ha hecho recordar esta magnífica novela.

Por un lado porque dicha biblioteca cuenta con una de las mayores colecciones cartográficas del mundo: y por otro lado, porque si de piel hablamos: los mapas que aquí rescatamos arrojan no pocas lecturas sobre otro tipo de erótica: la del poder. Ese potente afrodisíaco por el que, estos días, luchan nuestros políticos recorriendo esa piel de toro que supuestamente representa el mapa de nuestro país.

Se trata de mapas en los que los países adoptan contornos antropomorfos, que ironizan y critican los momentos políticos del momento histórico en que se crearon. Como el mapa con que abrimos el post: en el que Reino Unido adopta la forma de John Bull, que literalmente defeca sobre Francia a cuenta de la guerra contra Napoleón, que terminaría en la famosa batalla de Waterloo.

 

 

En este otro mapa, todos los países europeos tienen una representación pictórica. El panorama que se dibuja es el correspondiente a 1877: cuando los temores británicos hacia las ambiciones expansionistas de Rusia se convertían en una de las mayores amenazas a la hegemonía del Imperio Británico.

 

 

En 1900, Rusia era un pulpo que extendía sus tentáculos por toda Europa, el centro del continente era una amalgama de intereses, luchas y convulsiones que sacudían a todos los países. España colgando del continente, si en el anterior mapa se definía por un torero, ahora se hace carne y volantes en el cuerpo de una bailaora (como puede comprobarse los tópicos triunfan desde siempre) amedrentada ante el ímpetu de la revolucionaria Marianne gabacha.

 

 

En 1870, la Revolución Industrial había trastocado Europa: mientras Rusia se fragmentaba, Alemania se hacía fuerte, y España… como casi siempre es mujer, y en esta ocasión, la mujer más perezosa de Europa. Una auténtica antepasada de la mismísima Sara Montiel: para la que la Península Ibérica es toda ella una chaisse longue, sobre la que fumando espera, no sabemos exactamente a quien, o a qué.

En el siguiente mapa, fechado en 1882, Europa ya no se hace carne humana, sino animal. Y así, Rusia es un amenazante lobo, Francia un orgulloso gallo, y España, como no, un toro con txapela. Un conflictivo arca de Noé en el que todos luchan por la supervivencia y, como nos enseñan los documentales de la 2, terminan devorando a sus vecinos.

 

 

El último que escogemos, presenta a Europa tal como si fuera un mapa de la Tierra Media de El señor de los anillos. El liberalismo y el nacionalismo se extendían por Europa, los ideales de la Ilustración calaban en los regímenes políticos que se iban instaurando; y en España un nuevo correlato con el momento que estamos viviendo estos días: el nacionalismo catalán destacaba como una apuesta fuerte y contundente por un Estado federal.

 

 

Hasta aquí este breve repaso cartográfico-humorístico-histórico. De dibujar un mapa de la Europa actual: ¿cuál sería la representación adecuada?, ¿con qué figuras se podría representar un continente que sufre unas convulsiones que oscurecen nuestro futuro a cada nuevo telediario?

Quizá es que Europa como concepto siempre ha sido una utopía, un ideal, un estado mental al que sólo se  puede llegar a través de la hipnosis, del inconsciente colectivo que tantos siglos de historia compartida han ido conformando. Tal y como hacía Lars von Trier en su película pro-dogma: Europa.

 

 

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Bibliotecarios en el ranking de lo cool

 

El rebranding es una práctica de riesgo en marketing que, en ocasiones, se convierte en un triunfo. No viene a ser otra cosa que cambiar de nombre a una marca. En el caso de Airtel, Amena o Telefónica (ahora Vodafone, Orange y Movistar): fue un éxito. En otros casos, el cambio no tuvo tanto que ver con una estrategia de seducción publicitaria como con una necesidad: es el caso del todoterreno japonés Mitsubishi Pajero que se rebautizó como Mitsubishi Montera al lanzarse al mercado hispanohablante.

 

El caso de rebranding en el mundo de la música más extremo que se recuerda: cuando Prince pasó a denominarse con un símbolo impronunciable.

 

En cambio, practicar el rebranding con la ‘marca’ biblioteca: no es tan seguro que fuera positivo a la hora de alcanzar un auténtico cambio de mentalidad respecto a lo que son las bibliotecas en el siglo XXI. Se perdería ese difuso afecto popular que, supuestamente, se siente hacia las bibliotecas: incluso por parte de quienes no las pisan. Puede ser que lo que hubiera que cambiar fuera lo de bibliotecario. Por mucho que cierto romanticismo hipster haya recreado lo maravilloso que es pasarse la vida rodeado de libros: una vez amortizado lo hipster, y en pleno apogeo reguetonero, se hace más difícil encajar el estereotipo.

 

Mujeres esperando a que las saquen a bailar en la década de los 50.

 

Aquí hemos defendido alguna vez que los bibliotecarios son profesionales de la cultura. Que viene a ser algo así como decir que los cirujanos se dedican a la medicina. Una perogrullada. Pero lo cierto es que pocas veces se incluye a los bibliotecarios dentro de los agentes activos en lo que se ha dado en denominar industrias culturales y creativas. El concepto de bibliotecario parece deslucir frente a conceptos mucho más deslumbrantes como gestor cultural, community manager, dinamizador socio-cultural, asesor cultural, consultor, emprendedor cultural, etc…

En la mayoría de programas de los másteres que surgen, aquí y allá, para formarse con ese perfil innovador, moderno, novedoso de gestor cultural, entre las salidas profesionales: se repiten galerías, centros culturales, museos, productoras de eventos, discográficas, industrias creativas…, pero nunca: bibliotecas. Cuando curiosamente, las bibliotecas, coinciden en no pocos aspectos con lo que se hace en los espacios culturales mencionados. Pero es que, digámoslo claramente, los bibliotecarios no cotizan al alza en el ranking de lo cool. De hecho ni se les contempla.

 

Hace unos días se celebró el c de c 2019: el congreso de creativos publicitarios más importante del país. La campaña que se alzó con el primer premio fue la ideada para la marca de ropa Adolfo Domínguez bajo el eslogan: ‘Sé más viejo’. El orgullo de estar por encima de las modas: ¿hace falta subrayar las lecturas que se pueden sacar desde ‘lo bibliotecario’?

 

Si se le plantea a un millennial, recién licenciado en una carrera de humanidades: ¿qué futuro laboral escogería?: gestor cultural o bibliotecario. Acostumbrado como está a las eufemísticas denominaciones de muchas de las asignaturas que ha cursado durante sus estudios: lo más probable es que opte por lo de gestor cultural. Lo de bibliotecario queda, como mucho, entrañable. Ya puestos, hasta un poco exótico por aquello de lo vintage, pero poco más.

Pero puestos a vindicarnos siempre podemos tirar del último estudio que mejor se avenga a nuestro discurso. Y en este caso nos llega desde California, concretamente, de una profesora de la Universidad de Pepperdine. El estudio, publicado en ‘Journal of Positive Psychology’, sostiene que la humildad intelectual denota una mente abierta, audaz e íntegra intelectualmente hablando. Una persona que no presume de sus conocimientos, ni inteligencia, es más propicia a ideas nuevas y a seguir aprendiendo frente a quienes alardean de sus capacidades y conocimientos.

Cela y Sampedro: dos figuras de intelectual del pasado con imágenes muy diferentes.

Leer algo así es un bálsamo ante la avalancha de fatuos que alardean de conocimientos, opiniones o gustos de manera excluyente. E inevitablemente regala los oídos al gremio bibliotecario.

¿Estará ahí la razón por la cual los bibliotecarios no son detectados por el radar de lo cooltural?

La convivencia diaria con lo que han escrito las mentes más brillantes de cualquier generación muscula la humildad casi sin pretenderlo. Y ante la inmensidad del mar: cualquiera se siente pequeño. Pero antes de comprar la moto de cualquier estudio, por mucho que nos guste como suena, siempre hay que fijarse en el kilometraje.

 

El nuevo libro del periodista y sociólogo Frédéric Martel promete remover aún más los cimientos de la Iglesia católica.

 

La Universidad de Pepperdine es una institución independiente y privada afiliada a las Iglesias de Cristo. Y un estudio que eleva a la humildad a virtud intelectual se aviene a la perfección a los valores religiosos. Por eso por compensar, y sin querer sospechar para nada de su rigor, recordemos las palabras sobre los bibliotecarios de alguien como el documentalista-activista Michael Moore, muy dado también a impartir sermones, aunque desde un talante que poco tiene que ver con la humildad:

«muchos los ven como ratoncitos maniáticos obsesionados con el silencio, pero en realidad, es porque están concentrados tramando la revolución.»

También es cierto que, una vez masajeado el magullado ego bibliotecario, sería necesario prevenir de los peligros de un exceso de humildad. Ya se sabe que la falsa modestia es tan pecaminosa como la soberbia: por eso nunca está de más ejercer la autocrítica.

Si se hiciera una encuesta entre el gremio bibliotecario sobre hábitos de lectura: igual nos llevábamos alguna sorpresa. Así como hay médicos que fuman, dietistas con sobrepeso o pasteleros que prefieren lo salado: más de un bibliotecario habrá que no lea. ¿Es imprescindible para dar una buen servicio bibliotecario? O incluso cuando leen: ¿será una falta de ambición cultural la que hace que la figura bibliotecaria no resulte tan guay como la de un «gestor cultural» (con bien de comillas a falta de focos)?

 

¿Por qué será que la canción de Boris Vian viene a la cabeza al escribir este post? Esa que decía: «Soy snob. Terriblemente snob. Todos mis amigos lo son, porque ser snob es un amor

 

Pues a tenor del post que Héctor G. Barnes publica en su blog de ‘El Confidencial’ no parece que esta sea tampoco la razón. «Los nuevos paletos o la gente culta a la que la cultura le da asco» así se titula, y por si el título no fuera suficientemente orientativo, basta un fragmento para terminar de cerciorar lo que se intuye:

«Estoy aburrido de ver a escritores que no leen, músicos que no escuchan música, críticos estrella de cine que no ven más películas que las que les toca cubrir […] Quizá se deba a que la cultura ha sido sustituida por la industria cultural, donde el valor estético y social, como espacio común entre individuos, ha sido sustituido por su valor de cambio en el mercado global de vanidades.»

Confiemos en que, dado que en el ranking de lo cool, lo bibliotecario no cotiza al alza: al menos no sumemos los errores de estos neopaletos de los que habla Barnes. Como sentenciaba un vídeo de los #bibliotecariosgrafiteros protagonizado por un abuelo y su nieto: «Bibliotecario sin curiosidad…».

 

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Mujeres que nos gustarían como bibliotecarias [1]: Roberta Marrero

 

Esta semana del 8-M iniciamos una serie que abarcará todo el mes de marzo. Cuatro entrevistas, una por semana, con cuatro mujeres que, de haberse decantado por la profesión bibliotecaria, estamos seguros que habrían sido referentes. La profesión bibliotecaria ha sido una profesión eminentemente femenina. Son, y han sido, muchas las profesionales que hacen que las bibliotecas sigan vigentes y renovándose continuamente. Por eso queremos entrecruzar el mundo bibliotecario con otros sectores en los que, las protagonistas de esta serie, destacan por sus logros.

#BibliotecariasenPotencia un hashtag idóneo para cuatro mujeres, que desde ámbitos muy distintos, combinan: curiosidad, innovación, inconformismo, imaginación y creatividad.

Desde las artes plásticas: Roberta Marrero; desde la investigación sobre la evolución humana: María Martinón-Torres; desde el humor y el espectáculo: Raquel Sastre; y desde el diseño de moda y la tecnología: Constanza Mas. Si tanto se habla de la necesaria transversalidad de los conocimientos, estos cruces con el mundo bibliotecario, prometen interesantes reflexiones e inspiraciones.

 

ROBERTA MARRERO

 

Con Roberta Marrero se constata lo importante que son los gustos culturales para conformar una identidad. Pistas sobre sus afinidades, ideas y luchas se podían intuir fácilmente siguiendo su obra como artista plástica. Una trayectoria que le ha llevado a exponer sus obras en la Biblioteca Nacional de Francia o en el Victoria and Albert Museum de Londres. Pero fue cuando se decidió a unir su talento para la ilustración y el collage con la escritura: cuando su perfil de ‘artivista’ se reveló con más fuerza que nunca apoyándose en lo biográfico.

En los Estados Unidos, una bibliotecaria como Debra Davis, lleva décadas luchando por los derechos de las personas transgénero y del colectivo LGTBIQ, en general. Y en el caso de Roberta sólo hay que leer con detalle los palimpsestos en que convierte sus ilustraciones, repletos de capas y capas de mensajes, para captar su posicionamiento vital.

En El bebé verde. Infancia, transexualidad y héroes del pop (Lunwerg), Roberta volvió a sus orígenes y su relato se convierte en, además de un libro precioso como objeto, en un espejo en el que mirarnos cada uno, independientemente de cual sea nuestro género, para reconocer esas diferencias que nos separan, y al mismo tiempo, nos unen por afinidades, gustos y experiencias. Si buscamos un ejemplo de los beneficios prácticos, vitales, que tiene la cultura para construirse como persona: ese es el caso de Roberta.

 

 

Si acaso alguien se preguntase por las razones por las que consideramos que serías una estupenda bibliotecaria: solo tendrían que leer un fragmento de tu novela gráfica autobiográfica El bebé verde para entenderlo. Es cuando hablas de los cinco pasos para vivir una vida rara con éxito, y los encabezas con este consejo: «lee, lee y lee». ¿Qué ha supuesto la lectura en la construcción de tu identidad?

Ha supuesto un escapismo de la realidad que no me gustaba por un lado, accediendo a otros lugares a través de los libros. Y por otra parte aprender mucho leyendo ensayos y biografías. Es increíble que puedas acceder al conocimiento que un escritor o escritora ha tardado años en acumular leyendo unas cuantas horas. Es casi mágico!

En este blog siempre defendemos que las bibliotecas no promocionan la lectura, promocionan la cultura, en general. Libros aparte ¿qué otras disciplinas artísticas son las que más te influyen?

Yo estoy muy influida por la cultura en general, por los artefactos culturales que me llegan y me tocan, me da igual que sea un libro, una película, una serie, un cuadro o una canción. Creo que lo importante son las ideas, cómo se expresen, el medio, es más bien secundario.

En un libro que sabemos que te gusta mucho, Monster show, una historia cultural del horror de David J. Skal, se glosa la figura del bibliotecario francés André de Lorde. A principios del siglo XX fue el creador de las piezas teatrales del teatro del Grand Guinol. En tu universo creativo, y en tu propia estética personal, hay una gran influencia de lo gótico. ¿Es simplemente un gusto estético por esa imaginería o también un modo de transmitir un mensaje sobre lo alternativo, lo diferente?

Es una filia que tengo desde que soy muy pequeña y que le debo a mi educación católica y la imaginería religiosa cristiana que es muy siniestra. No creo que lo estético y lo ético estén tan diferenciados, toda imagen despierta siempre emociones, la estética por la estética para mí no existe.

El tono entre naif y gótico al que recurres en El bebé verde para contar tu infancia lo hace un libro más que recomendable en bibliotecas juveniles y colegios para trabajar con los niños el respeto a la diferencia. ¿Ese tono pedagógico fue algo que tenías en mente cuando lo escribiste/dibujaste o simplemente surgió espontáneamente?

Como todo lo que hago surgió espontáneamente. Yo no pienso mucho cuando creo, me dejo llevar por el instinto y por mi inconsciente que es muy rico y muy complejo, por eso me salen esas mezclas que pueden resultar extrañas para el lector o quien observa una de mis obras, pero que luego funcionan porque vienen desde un punto de verdad.

 

 

En El bebé verde te escribió el prólogo la escritora y feminista francesa Virginie Despentes (autora del mítico ensayo Teoría King Kong); y en tu último libro We can be heroes lo hace el filósofo queer Paul B. Preciado. Ambos representan un feminismo nada ortodoxo ni dogmático. Como feminista y ‘artivista’ ¿hay aspectos de esta tercera ola feminista que no te terminan de gustar o con los que no coincides?

Yo coincido con la idea esencial del feminismo que es luchar contra todo tipo de opresión, las de género, clase, raza, etc. Para mí el feminismo es eso, todo lo otro: como las “feministas” que están en contra de las personas trans o que no quieren escuchar a las trabajadoras sexuales es otra cosa, pero no feminismo.

 

 

Precisamente en We can be heroes y, en tu obra plástica en general, recurres a grandes figuras del cine y la música. Actrices como Mae West, Marlene Dietrich, Bette Davis, Joan Crawford, etc…aún representando en ocasiones las fantasías eróticas masculinas ¿consideras que son feministas sin ni siquiera haberlo pretendido?

Todas eran mujeres fuertes que se hicieron sus propias carreras en un mundo tan machista como el de Hollywood. Mae West escribía sus propias obras de teatro y guiones, y la Dietrich, jugó como nadie con la noción de lo masculino y de lo femenino. Quizá llamarlas feministas es una licencia a tomarnos muy grande desde nuestro punto de vista actual: pero sin duda fueron modelos de conducta.

En tu obra plástica recurres en numerosas ocasiones al collage. ¿Qué piensas de todo el debate que se ha movido en torno al apropiacionismo cultural?

La verdad es que no he pensado mucho en el tema. Lo que yo hago a través del collage es crear algo nuevo con partes que ya existían a priori que no es lo mismo que una paya cante flamenco, que tampoco lo estoy condenando ni aprobando; simplemente no tengo una idea clara al respecto.

No sabemos si has sido o eres usuaria de bibliotecas. Actualmente las bibliotecas, como casi todo, están inmersas en un proceso de reinvención que las haga evolucionar e incluso convertirse en algo muy diferente a lo que hasta ahora se ha asociado con una biblioteca. ¿Tienes alguna idea, por disparatada que sea, de cómo te gustaría que fueran las bibliotecas en este siglo XXI?

Me parece que ese proceso de modernización de las bibliotecas incluyendo textos feministas y queer, por poner dos ejemplos, es ya una idea muy siglo XXI. También está bien incluir en las bibliotecas todo lo que se edite en papel, desde flyers de fiestas a fanzines, cómics o revistas.

Y por último, has sido DJ, actriz, cantante, y es en las artes plásticas y la escritura, donde tu discurso creativo se está desarrollando con más largo recorrido. Ya puesta ¿te verías de bibliotecaria? Porque es posible que tras esta entrevista alguna biblioteca quiera ficharte.

Yo si que me veo como bibliotecaria totalmente. Sería muy feliz.

 

 

Segunda entrega de Mujeres que nos gustaría como bibliotecarias con María Martinón-Torres.

 

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