Una bibliotecaria española en Nueva York. Sexta y última crónica

 

Justicia restaurativa en bibliotecas de Nueva York

 

Ya hemos visto en otros posts que eso de que «las bibliotecas son para todos» es una gran declaración de valores que, en ocasiones, tomamos por buena y como verdad absoluta. Pero trabajar para hacer realidad esa intención pública es un proceso activo y continuo, que no se materializa sólo por el hecho de ser un lugar «público».

 

 

En el congreso de Urban Librarians, que se celebró en la ciudad de Nueva York bajo el lema «Libraries as a place», he tenido el gusto de escuchar la interesante charla que hicieron Maggie Craig, Katrina Ortega y Crystal Chen, bibliotecarias de la NYPL que trabajan con usuarios jóvenes, preocupadas en cómo se forja la comunidad desde las bibliotecas, cómo se responden a los diferentes conflictos que surgen o al comportamiento desafiante en sus espacios públicos. Aquí van todas las notas que pude tomar, como buena nerd que soy, de todo el conocimiento que nos transmitieron estas profesionales.

Pioneras en aplicar lo que se denomina «justicia restaurativa» y en aplicar diferentes enfoques de aprendizaje socioemocional, para fomentar la comunidad de sus bibliotecas, incorporando valores de equidad, inclusión y esa «justicia para todos» que promete la Constitución de este país.

La justicia restaurativa también llamada justicia reparadora o justicia compasiva, es una forma de pensar la justicia cuyo foco de atención son las necesidades de las víctimas y los responsables del delito, y no el castigo a estos últimos, ni el cumplimiento de principios legales abstractos: intentando evitar estigmatizar a las personas que han cometido un delito y entendiendo las causas de dónde viene.

 

 

Sólo por aportar un poco de contexto a la realidad de dónde viene todo este movimiento, extraída de «We Want to Do More Than Survive» de Bettina Love:

  • Hasta entrados los 60, el acceso a las bibliotecas para la comunidad negra estaba limitado.
  • Esta segregación continúa en los colegios y barrios.
  • Las prácticas de castigo/multas/vigilancia policial refuerza esa exclusión.
  • Se continúa invisibilizando a las razas no blancas.
  • EEUU es el país del mundo que más gente tiene en prisión del mundo, lo que supone que 2,7 millones de niños tengan, al menos, a un progenitor en prisión.
  • Las personas racializadas son el 37% de la población de EEUU y el 67% de la población encarcelada.
  • Los colegios públicos son vigilados por policías, criminalizando y castigando a niños más vulnerables, que suelen ser de color.

 

¿Qué papel tienen las bibliotecas como instituciones que afirmen valores positivos y justos para la comunidad?

Los espacios donde los niños experimentan comunidad e infraestructura social -el colegio, la biblioteca, el parque- son lugares donde aprenden sobre cómo funciona el mundo, cómo manejar un conflicto, cómo lidiar crítica y creativamente con la realidad, qué es o qué han de esperar de los líderes de la comunidad, de las figuras de autoridad y cómo son vistos y tratados en comunidad.

 

 

«Cuando un niño es excluido, eso le enseña a otros niños que pertenecer a la comunidad de la clase es condicional y no absoluto, que depende de la capacidad de ser complaciente o tener un comportamiento determinado. En este paradigma, complacer es un privilegio que es ganado a través de la docilidad, no siendo un derecho humano del niño». Troublemakers de Carla Shalaby.

 

 

¿Cómo crear espacios donde se encuentren los jóvenes y reflejen sus necesidades, identidades y experiencias?

Craig, Ortega y Chen explicaban cómo crear espacios diseñados para esta comunidad y evaluaban los espacios de la biblioteca con estas sencillas preguntas:

  • ¿Hay vigilancia?
  • ¿Cuáles son las dinámicas de poder?
  • ¿Las señales son accesibles? ¿Están en varios idiomas?
  • ¿Las señales usan lenguaje negativo o sancionador?
  • ¿Las mesas de trabajo son individuales, de grupo o de las dos?
  • ¿Están las estanterías altas o bajas?
  • ¿Los libros están accesibles?
  • ¿Hay un espacio diferenciado para la infancia y/o a los adolescentes?

La justicia restaurativa es una práctica proactiva. ¿Qué tipo de cultura experimentan los niños y jóvenes cuando van a la biblioteca? ¿Es una cultura de la libertad o una cultura del control?

  • ¿Son los bibliotecarios agentes del orden?
  • ¿Dónde es necesario/productivo/positivo el control?
  • ¿Cómo pueden los bibliotecarios acercarse más hacia la figura de mentor o facilitador que a la de controlador?

También nos daban estos interesantes consejos para construir esa «cultura de comunidad«:

  • Examina las normas existentes y los procedimientos de la biblioteca. Es importante interrogar las normas del mismo modo que lo hacen los niños, y estar preparado para responder con respeto y escucha activa, cuando los niños pregunten por qué existe o ha de cumplir una norma.
  • No decir «no» si realmente esa respuesta negativa no es necesaria. No ejecutar el control si no hay daños o peligros reales.
  • Celebra las ideas y las sugerencias de los niños.
  • Crea plataformas y canales para que los niños se expresen.
  • Considera el feedback con respeto y mente abierta.
  • Demuestra aprecio ante las habilidades, talento y experiencia de los niños en la biblioteca. Consúltales su opinión cuando tengas la oportunidad
  • Apréndete y usa sus nombres.
  • Saluda a cada uno cuando lleguen.
  • Fomenta la implicación y la participación en el espacio.
  • Involucra a los jóvenes en formas de participación relevantes para la biblioteca.
  • Genera ‘engagement‘ invitándoles a crear carteles, señales, liderar ciertas actividades (ejemplo: reunir a otros niños para asistir a la hora del cuento), cuidar de las plantas, enseñar a otros a cómo hacer algo.
  • Ten conversaciones con niños y jóvenes. Pregúntales cosas y ten en cuenta su opinión.

Sin olvidar lo más importante: el poder de las relaciones. Las relaciones son fundamentales para crear lazos de unión entre los usuarios de la biblioteca. El cuidado, las interacciones individuales y la paciencia hacen que el respeto y la confianza en la biblioteca como espacio crezcan.

¿Qué pasa cuando hay un comportamiento o situación desafiante? Estas bibliotecarias proponen lo siguiente:

  • Establece límites y estate presente.
  • Cuando surja un problema, intenta mediar como un mentor. ¿Qué es lo que dices cuando observas situaciones de bullying? ¿Qué haces cuando observas actitudes machistas, racistas o LGTBIfobas entre los miembros de la comunidad? ¿Cómo actúas como profesional que custodia la cultura?
  • Es importante llevar a cabo una intervención, atención individual y una escucha activa.
  • Antes de castigar un comportamiento, ofrece opciones a los jóvenes que han hecho algo mal.
  • Busca alternativas antes de llamar a la policía.

No es fácil comenzar a cambiar hábitos asociados al trabajo diario, especialmente cuando existe una cultura de trabajo muy arraigada y limitaciones de recursos, apoyos institucionales o de tus propios colegas que no ven claro un cambio. Es importante llegar a un equilibrio entre lo ideal y la realidad.

Mide el alcance de tu influencia:

  • ¿Hasta dónde llegan los auxiliares de biblioteca?
  • ¿Qué pueden hacer los directores de las bibliotecas?
  • ¿Qué puede hacer la administración?

Un trabajo con semejante implicación, no está exento del llamado ‘burnout‘ por lo que estas bibliotecarias no olvidaron recordar la importancia del autocuidado como pieza clave, para poder afrontar este cambio de paradigma en la biblioteca pública: conociendo nuestros propios límites y respetándolos, cogiendo vacaciones, haciendo paradas de descanso, respetando horarios, teniendo tiempo para conciliar trabajo con familia, hobbies, desarrollando una red de apoyos, creando una cultura de autocuidado en la biblioteca.

Todas las bibliotecas son diferentes (espacios, diseño, arquitectura, staff, líderes, comunidades, desafíos). ¿Cómo pueden los bibliotecarios encontrar maneras de escalar estas prácticas de justicia restaurativa y de construcción de comunidad a su contexto local?

Quizás podemos comenzar respondiendo a estas preguntas:

  • ¿Cómo puede tu biblioteca conocer las necesidades del área a la que das servicio?
  • ¿Cómo describen la biblioteca los niños/jóvenes/adultos?
  • ¿Cómo puedes hacer de tu biblioteca un espacio donde los jóvenes se sientan libres, autónomos, confiados y respetuosos?
  • ¿Cómo puedes demostrar respeto y cuidado de los niños que usan la biblioteca?
  • ¿Es una realidad posible? ¿Qué es lo que necesitas?

Cuando escuché esta charla me explotó un poco el cerebro porque visualicé claramente cómo muchas bibliotecas públicas son lugares con normas, quizás, demasiado marcadas y estrictas para los más pequeños, que pueden perpetuar la exclusión que sufren los colectivos más marginados. Sería muy bonito poder trabajar y aprender de estas bibliotecarias, tan dispuestas a arremangarse y ser parte del cambio que quieren ver en las bibliotecas. Nadie dijo que fuese fácil.

Hasta aquí llegamos en este viaje por las bibliotecas de Nueva York. Muchas gracias por acompañarme hasta aquí y visitar conmigo sus bibliotecas, como si fuesen el mismo Empire State.

 

Una bibliotecaria española en Nueva York. Quinta crónica

 

“La persona que menos se respeta en América es la mujer negra. La persona más desprotegida en América es la mujer negra.” Malcolm X

 

Black Power en Bibliotecas: Regina Andrews, Jean Blackwell Hutson y el Schomburg Center de la NYPL

 

Uno de los acontecimientos que he vivido durante esta etapa en NYC es el lanzamiento de Homecoming de Beyoncé. Creedme, la ciudad se vuelve loca con ella y más con el impresionante documental de su show en el Coachella de 2018, siendo la primera mujer negra cabeza de cartel en la historia del festival.

 

 

 “Cuando decidí actuar en Coachella, me di cuenta de que en vez de ponerme mi corona de flores, lo más importante era llevar nuestra cultura al festival”, explica Beyoncé en este documental que, además de dejarnos boquiabiertos con el despliegue técnico, musical y coreográfico, es un pretexto para hablar de la representación de la mujer negra en sociedad, a través de numerosos mensajes feministas y antirracistas al público del Coachella y a los los millones de usuarios de Netflix, plataforma donde se estrenó.

Quizás os estaréis preguntando qué tendrá que ver esto con las bibliotecas públicas de NYC… ¿Qué representación tienen los bibliotecarios «racializados»? ¿Os habéis preguntado alguna vez si las bibliotecas son racistas? 

 

Seguramente pensemos por defecto que no, que las bibliotecas son lugares públicos donde todo el mundo es bienvenido. Y sí, las bibliotecas deben de ser lugares acogedores, inclusivos y justos, pero escuchando otras voces se ponen en relieve otras realidades: las bibliotecarias de EEUU son históricamente mayoría blancas y si ahora se encuentra una mayor representación de bibliotecarias negras o «racializadas» es porque otras lo pelearon antes por esa inclusión. Y os voy a contar la historia de dos bibliotecarias negras ejemplares de la ciudad de Nueva York: Regina Andrews y Jean Blackwell Hutson.

 

 

Días antes de que Beyoncé publicase este documental, se celebraba el Black History Month y la Librarian National Week (sí, nos va a dar algo de días mundiales, pero oye, siempre es una buena excusa celebrar y recordar, sobre todo si son causas de personas que han sido y son excluidas, o eso creo yo) tuve el placer de asistir al evento “Open Archive: Regina Andrews and Jean Blackwell Hutson” en el Schomburg Center for Research in Black Culture, de Harlem (Manhattan, uptown, donde hacen las misas de gospel con tanto flow ;)).

 

Como su propio nombre indica, el Schomburg Center for Research in Black Culture es una de las instituciones culturales más importantes del mundo dedicada a la investigación, preservación y exhibición de materiales centrados en las experiencias de los afroamericanos y de la diáspora africana. 

Este centro es una división de investigación de la Biblioteca Pública de Nueva York, se halla en un gran edificio en el Malcolm X Boulevard con la 135 st y es un centro de referencia para todo el que quiera investigar sobre cultura negra, ver exposiciones, asistir a eventos y talleres o investigar entre los ricos fondos de su biblioteca y su archivo. Podéis ver más de su actividad aquí.

En ese mismo lugar, antes de alzarse en 1981 el edificio donde ahora se aloja, encontraríamos una de las bibliotecas públicas de la NYPL del barrio de Harlem, donde tradicionalmente eran empleados los bibliotecarios negros, allá por los años 20. 

 

 

Aunque no vamos a hablar en profundidad sobre los complejos temas de la segregación racial y de la deuda fundacional que tienen los Estados Unidos de América con el pasado de esclavitud del pueblo africano, no hay que olvidar este contexto. La mayoría de las bibliotecas de los años 20 tenían alguna forma de segregación, en ciudades como Charleston (Carolina del Sur) y Dallas (Texas) se excluía por completo a los afroamericanos de las bibliotecas públicas; en otras como Atlanta y Nueva Orleans, tenían sucursales separadas para usuarios negros.

Aunque en la NYPL todos los usuarios “eran bienvenidos” en todas las bibliotecas, cuando se trataba de empleo, había una cierta segregación basada en la demografía del vecindario. Los solicitantes de Europa del Este generalmente se enviaban a la Biblioteca Webster en el Upper East Side, los rusos y judíos a la sucursal de Seward Park en el Lower East Side, y los solicitantes negros iban a la calle 135, en Harlem, barrio en el que he tenido el gusto de recorrer durante estos meses y que sigue siendo muy negro, aunque se está gentrificando a pasos agigantados.

 

«I am American» Regina M. Anderson

 

En el año 1922 llegó a Nueva York desde Chicago la bibliotecaria Regina M. Anderson. Cuentan que cuando hizo la entrevista para la NYPL se catalogó como «estadounidense», que era lo que se consideraba a ella misma por haber nacido en este país. No pensó lo mismo su entrevistador, que al no ser 100% blanca (tenía raíces ​​de Suecia, indígena norteamericana, Madagascar e India) no se la consideraba “americana”, sino negra. Lo que eso implicaba, efectivamente, que fuese enviada a la sucursal de Harlem de la calle 135, mencionada arriba.

Junto con Ernestine Rose -la directora de la biblioteca, decidida a hacer que el espacio fuera lo más útil posible para el vecindario- convirtieron este centro en un lugar donde todos los usuarios, especialmente la comunidad negra, eran bienvenidos. Un espacio seguro donde reflexionar sobre su historia, sobre sus derechos, sobre su cultura. Un lugar donde se coció el movimiento Black Power y otras tantas causas de justicia social que, lamentablemente, hoy siguen siendo importantes en esta ciudad y en el mundo entero.

 

 

Anderson, fue parte e inspiración del círculo social de intelectuales del que fue denominado “Harlem Renaissance” -y que es algo así como nuestra “Generación del 27”- y organizó varios grupos de teatro (los cuales, por un tiempo, ensayaban en la 135th Street Branch), escribió dramaturgias y, tras mucho pelear, se convirtió en la primera directora afroamericana de una sucursal de la Biblioteca Pública de Nueva York, en la calle 115. Más tarde, encabezaría la sucursal de Washington Heights, donde continuó trayendo usuarios, alentó el uso de la biblioteca por parte de la comunidad y organizó grupos teatrales. 

Una auténtica líder de la comunidad y bibliotecaria revolucionaria, como podemos deducir de uno de sus discursos en los que dijo: “Debemos ser más que bibliotecarios. No se trata solo de estar en bibliotecas, sino de salir a la calle. Si lo haces bien, uno naturalmente conduce al otro”. 

Yo creo que este es el auténtico trabajo con la comunidad, esto es querer cambiar las cosas del barrio, conocer a tus usuarios y trabajar con el liderazgo necesario para cambiar las cosas, dando pasos aparentemente pequeños, pero que hoy son todo un legado.

 

 

Si regresamos al Schomburg, debemos de pararnos en la Jean Blackwell Hutson Research and Reference Division, cuyo nombre se le debe a otra bibliotecaria / archivera que luchó incansable por la representación negra en bibliotecas y por la accesibilidad y la atención a las personas marginadas. Dicen que esto fue lo que marcó desde el comienzo la carrera de Jean Blackwell Hutson como bibliotecaria, cuando trabajaba en una sucursal de la Biblioteca Pública de Nueva York, en el Bronx.

A Jean Blackwell Hutson le debemos, entre otros muchos avances, las clases de inglés para extranjeros, uno de los pilares más importantes de la NYPL en lo que a integración del inmigrante se refiere. También fue la primera biblioteca que albergó una colección que incluyese libros en español, para atraer a los usuarios que lo hablaban y no las frecuentaban, por no encontrarse con ese derecho o por no encontrarlas lugares de interés. Los que la conocieron y trabajaron con ella dicen que Hutson aportó, «intelecto sin compromiso y que compartió extraordinaria generosidad con los usuarios».

A partir de 1947, trabajó en la División de Literatura Negra de la Biblioteca Pública de Nueva York, y se convirtió en jefa de la Colección Schomburg (originalmente basada en la colección privada de libros de Arthur Schomburg) en 1948. 

 

The Division of Negro Literature, History and Prints. Fuente: NYPL

 

Hutson estimuló una enorme cantidad de crecimiento del Schomburg Center. Curó importantes colecciones de arte e historia, consiguió que sus amigos e importantísimos literatos Langston Hughes y Richard Wright donaran sus archivos personales a la colección y organizó muchas recaudaciones de fondos para la construcción del nuevo edificio. 

Hutson dijo en una entrevista de radio en 1964 que estaba comprometida a “llenar los vacíos de omisiones que han ocurrido en el relato de la historia de los negros” y su trabajo como bibliotecaria y archivista refleja su éxito en esta búsqueda.  Recordemos que era la época revolucionaria en la que Martin Luther King, Jr. luchaba en el movimiento por los derechos civiles de Estados Unidos.

 

 

En 1962, Hutson ayudó a publicar el Catálogo de diccionarios de la Colección Schomburg, que dió alcance a Schomburg a nivel mundial, ya que los microfilmes del mismo permitieron a las bibliotecas de todo el mundo explorar los contenidos de la colección. Hutson también participó en muchas organizaciones más allá de Schomburg, entre ellas The American Library Association, The African Studies Association, The NAACP y The Urban League.

Además, ayudó a fundar la Academia Negra de Artes y Letras y fue la primera presidenta del Consejo Cultural de Harlem. Fue profesora adjunta de historia en City College, donde alentó a los estudiantes que participaron en el movimiento Black Power a usar Schomburg como un recurso para su activismo. 

Hasta aquí estas historias de mujeres que han luchado por la justicia social a través de las bibliotecas. Muchas gracias por haber llegado hasta aquí y por reflexionar en estos temas complejos que requieren pausa, conversación, lectura y mente abierta para intentar comprender otras realidades del sistema en el que vivimos y somos parte.

 

 

Creo que estas historias han de ser celebradas y que en una sociedad diversa, es importante que haya representación de esa diversidad en todos los lugares, especialmente en los públicos y, aún más, si tienen esa vocación de atraer y dar servicio a los usuarios de diversas razas, culturas, géneros, religiones, clases y capacidades. Como dicen por ahí, “Nothing About Us Without Us” (“Nada sobre nosotros sin nosotros”). 

Yo que soy una extranjera en esta gran ciudad, pienso ahora en las bibliotecas de España, un país que cada día es más diverso. También pienso en sus usuarios, en sus bibliotecarios, en los recursos con los que cuentan, en cómo se sentirán los recién llegados y las segundas generaciones. En cómo afrontamos estos cambios de paradigma, en si los resolvemos teniendo en cuenta a las comunidades, en si escuchamos las voces de los más marginados, en dónde están nuestros prejuicios y en si estamos dispuestos a desaprender tanto aprendido.

 

Una bibliotecaria española en Nueva York. Cuarta crónica

 

10 razones por las que la Biblioteca de Brooklyn molan todo

 

Brooklyn es el más grande los cinco condados (“boroughs”) de Nueva York y un punto de reunión de razas, culturas y religiones del mundo entero, lo que se refleja en su personalidad, en su arquitectura y en sus diferentes barrios.

Blue in the face (1995), secuela de Smoke: dos de los mejores retratos cinematográficos de Brooklyn de mano de Paul Auster.

En el norte se encuentran los cotizados barrios de Williamsburg y Greenpoint, que hasta hace poco eran barrios obreros y ahora son los más cools de la ciudad, recordemos que el concepto “gentrificación” nació justo aquí.

Pero en Brooklyn no sólo hay hipsters, en sus calles podemos encontrar muchos afroamericanos, blancos, judíos ortodoxos, inmigrantes y generaciones ya asentadas, que proceden de Asia, Europa, Caribe, países árabes, etc .

Este collage de culturas en convivencia es lo que hace de Brooklyn un lugar tan especial, que atrae a miles de turistas que cruzan su famoso puente en busca de cerveza artesanal, de arte, de tiendas vintage, de cupcakes y ¡de bibliotecas! Brooklyn tiene unas bibliotecas chulísimas que, independientes y hermanas de la NYPL y de las de Queens, cada día dan servicio a todas las etnias y culturas de este barrio con tanto swag.

 

Y yo que viví una temporadita en Brooklyn, podría dar muchas más, pero aquí van 10 razones de por qué las bibliotecas de Brooklyn molan todo:

1. Porque su sede central es espectacular, siempre está llena de usuarios, tiene una cafetería grande a la entrada donde charlar o trabajar en un ambiente distendido, abren los domingos, tienen un wi fi que vuela y también exposiciones interesantes. Además, tienen una terraza con mesitas y sillas donde tomar un respiro y un poco de sol, y queda al ladito de Prospect Park y del Brooklyn Museum. Si vais, tenéis que pasear por Franklin Avenue y disfrutar de su multicultural restauración.

 

 

2. Porque entienden la diversidad de sus barrios y de la ciudad de Nueva York (algunas fuentes afirman que son más de 200 lenguas las que se hablan en estas islas), por lo que en su catálogo encontramos libros escritos en diferentes idiomas, tienen muchos recursos para aprenderlos que van desde una app gratuita para todos los que tenemos el carné de la biblioteca hasta clases formales de gramática y otras más informales de conversación, todos los días en cada una de sus sedes.

Como extranjera, es interesante ser parte de una de estos encuentros para conocer las historias reales de las personas que habitan en Brooklyn y te acercan al pueblo, al emigrante, al visitante.

 

 

3. Porque educan en la diversidad sexual y de género a través de su colección y programado diferentes actividades como el Drag Queen Story Hour y otros eventos modernos para los más pequeños de la casa.

 

 

4. Porque bibliotecas de Brooklyn son un gran lugar para los que comienzan con su propio negocio, con su carrera de emprendimiento o, simplemente, buscan empleo. Cuentan con un variado asesoramiento financiero (para abrir y manejar tu cuenta de banco, los ahorros, préstamos o ayudas en las campañas de recaudación de impuestos), proporcionan mentores para emprender, ayudan a preparar el CV, carta de presentación y también a familiarizarte con toda la parte digital que necesitas en tu vida laboral, entre otras bondades.

5. Porque tienen una tienda que todo bibliotecario querría comprar entera (¡y con la que también recaudan fondos!).

 

6. Porque hacen un trabajo digital exquisito. La página web tiene una experiencia de usuario envidiable, son usables, responsive y tiene todas las funcionalidades para el usuario de la biblioteca tradicional (solicitar el carné o renovar un préstamo) y el usuario online como coger un ebook o un audiolibro, entre otras.

7. Porque hacen eventos chulísimos que van desde música clásica a teatro, pasando por noches de fiesta con DJs para recaudar fondos, charlas o recitales.

8. Porque se deben a su comunidad y por ello la celebran a través de la Colección Digital del barrio, donde los curiosos archiveros pueden darse un paseo por la historia de Brooklyn a través de sus materiales que van desde postales, fotografías, audios o mapas.

9. Porque tienen un podcast que se llamaBorrowed” (“Prestado”) donde homenajean la profesión de bibliotecario, entrevistan a su personal, hablan de temas de interés y te cuentan cosas muy curiosas del funcionamiento de su red. Y porque, además, tienen otros dos podcasts donde recogen la memoria oral de las personas del barrio, dándoles valor e importancia y haciendo un archivo digital emocionante y vivo.

10. Porque están en todos los detalles, como el de incluir este cartel en el cambiador de pañales de sus baños que, por cierto, son “all gender”:

Una bibliotecaria española en Nueva York. Tercera crónica

 

One book, one New York: cuando el club de lectura es toda la ciudad

 

Es imposible conocer la ciudad de Nueva York, si no has viajado en sus trenes. Si no has visto cómo va cambiando la idiosincrasia de los vagones conforme se acercan o alejan de Manhattan, si no te has subido en uno express cuando creías que era local, si no te has cruzado con unos cuantos locos o no te han aplastado en el asiento en hora punta sin ni un excuse me, ni un I’m sorry. En estos vagones pasa como en las bibliotecas, ves la realidad del pueblo y te pasas muchas horas.

Una de las cosas que más me gustan de viajar en estos trenes es fijarme en la publicidad y en los outfits de la gente, porque en Nueva York hay mucho estilo y muy buenos anuncios. Por eso, cuando el otro día iba en la línea 2, me encontré con este cartel que llamó mi atención librera:

 

¡Qué buena pinta! ¿Qué será? Me meto en la web que sugieren y veo que es un proyecto lanzado por el ayuntamiento de la ciudad (The Mayor’s Office of Media and Entertainment) junto a la editorial BuzzFeed, basado en una idea que de tan simple me resulta brillante: pedir el voto a la ciudadanía para que escojan entre 5 libros durante el mes de abril, el libro seleccionado será leído por toda la ciudad de forma simultánea, convirtiendo a NYC en un club de lectura enorme, sin fronteras ni paredes.

Wow, se me ponen los pelos de punta, una ciudad tan diversa y heterogénea como ésta haciendo una cosa a la vez: leer el mismo libro. OMG, OMG. Muy bonito para ser real, pero espera, que hay más. Como no podía ser de otra manera, este programa está liderado por las bibliotecas públicas de Nueva York, siempre presentes en iniciativas modernas e innovadoras, que llevan la lectura al pueblo y generan esas relaciones entre desconocidos tan poderosas como compartir un buen libro que, rizando el rizo, tiene a la ciudad de Nueva York como protagonista. Este año -es el tercero que se realiza- han querido que sean voces de mujeres de Nueva York, que han escrito estas cinco historias potentes sobre la ciudad:

A Place for Us por Fatima Farheen Mirza.

Another Brooklyn por Jacqueline Woodson.

Just Kids por Patti Smith.

Nilda por Nicholasa Mohr.

Free Food for Millionaires por Min Jin Lee.

¿Cómo ha sido posible? La editorial ha donado más de 2500 copias de los 5 ejemplares que proponen para todas las bibliotecas públicas y, además, se promocionan y distribuyen también en las apps de ebooks de las mismas; así como en la red de librerías independientes de esta ciudad, para quien prefiera comprarlo.

Para facilitarlo más aún, las bibliotecas dan más tiempo a los lectores que se lleven estos libros en préstamo (¡60 días!) y recomiendan que se disfruten en grupo, invitando a los usuarios a que se reúnan los amigos y vecinos para hablar sobre el libro que creen que todos deberían leer este año.

Además de la publicidad en el tren, prensa y en redes sociales, cuando vas a cualquiera de las bibliotecas públicas, encuentras un display con estos títulos y el personal de la biblioteca, no tarda en recomendarlos.

 

Me he reído mucho con la creatividad de los bibliotecarios de Brooklyn que “se mojan” y usan su blog para convencer a sus lectores sobre cuál libro merece más la pena para ser leído colectivamente. Reconozco que Eric me ha convencido con Free Food for Millionaires y he votado por él, aunque el Nueva York de Patti Smith en Just Kids también tiene pinta de ser bien interesante. Maldita sea, ¡quiero leer los cinco!

Creo que es justo esa la intención de los bibliotecarios, libreros y responsables de mediación cultural de la ciudad: meter el gusanillo lector a la ciudadanía, recomendar buenos libros, hacer una coreografía colectiva a través del pasar de las páginas o darle al play en Libby, la app de ebooks, que proporcionan gratis a los usuarios de bibliotecas públicas.

No sólo eso, también hacen diferentes encuentros con las escritoras en las bibliotecas que, como son tan reconocidas y queridas, siempre están llenitos de gente. En el que se celebró en la NYPL, hicieron una mesa redonda con estas 5 autoras y Fay Rosenfeld, la vicepresidenta de Public Programs de la Biblioteca Pública de Nueva York, presentó el evento diciendo algo así:

“Sabemos del valor y la importancia de leer, es nuestra razón de ser. Sabemos que los libros alimentan la curiosidad, la creatividad, fomentan la compasión y la empatía y que ayudan a construir comunidades fuertes y saludables. Creemos que la lectura es la llave para abrir … y que si hay algo más potente que el acto de leer, es leer juntos”.

Seguidamente, mucho orgullo e invitando a todos a hacerse el carné de la biblioteca, si es que no lo tenían. Me refuerzan la idea de que lo más simple es lo más eficaz, no hay miedo a ser redundante en esta ciudad.

En la NYPL son conscientes del poder de compartir lecturas, han visto el impacto a través de todos los clubs de lectura que se han organizado a lo largo de su historia en sus 219 sedes, y hace tres años se plantearon ir un paso más allá y hacer extensiva esta idea a toda la ciudad.

Gracias a la iniciativa “One book, one New York”, cuentan los bibliotecarios que cientos de neoyorquinos de los 5 condados (Manhattan, el Bronx, Brooklyn, Queens y Staten Island) han visitado las bibliotecas en busca de estos ejemplares, para leerlos y debatirlos. Y es que el poder de las relaciones que se generan en un “book club” es fuerte porque compartimos y escuchamos al resto, nos sentimos conectados con diferentes personas a través de la lectura.

Por eso, animan a compartir las diferentes sensaciones que experimentemos con “One book, one New York” con el hashtag #OneBookNY, además de comentarlo con el resto de usuarios de la biblioteca en las tertulias que organizan, cuando veamos que se llevan alguno de estos libros en préstamo, o a hacerle un guiño a la persona que tenemos al lado en el metro, deseándole una buena lectura (sin hacer spoilers ;))

Pero la cosa no acaba ahí, la autora ganadora asistirá a los eventos de Symphony Space. será la pieza central del BuzzFeed Book Club, en julio y asistirá al Center for Fiction. Además, las bibliotecas harán diferentes dinámicas y actividades con el libro ganador como protagonista. Todo ello, le da recorrido a la acción y refuerza que se lea la novela a lo largo del caluroso verano.

Para acabar, os cuento que el año pasado, la obra escogida por los new yorkers fue “Manhattan Beach” de Jennifer Egan. Esta autora, dicho sea de paso, se documentó y escribió esta novela en las Biblioteca Central de Nueva York, -la de la 42, la bonita, la de las películas- usando los mismos materiales de archivo que están disponibles para cualquier otro ciudadano que sea usuario de la biblioteca pública. Pelos como escarpias, lo sé.

 

Una bibliotecaria española en Nueva York. Segunda crónica

 

Cuando el carné de la biblioteca te abre las puertas de los museos: el Culture Pass de NYC

 

Sobre el manido concepto de democratización cultural, tan usado por políticos y altos cargos de «La Cultura», decía Oriol Martí en un interesante artículo, que publicó para ‘Cultura y Ciudadanía‘:

“siempre utilizo el mismo ejemplo para explicar qué es una política pública centrada en la llegada cultural: la construcción y puesta en funcionamiento de una biblioteca para acercar los libros, el amor a la lectura, el silencio, el estudio y el conocimiento reposado al mayor número de personas, independientemente de su condición social, género, país de origen, edad, peso o estatura. Y siempre utilizo un segundo ejemplo: un festival de artes de calle”.

 

Y creo que razón no le falta. Cuando se quiere acercar la cultura a todos los públicos, las plazas, las calles: las bibliotecas son los lugares idóneos. Donde, en principio, toda la ciudadanía es bienvenida. Pero ¿qué pasa con el resto de instituciones?, ¿son realmente accesibles los museos, las bibliotecas privadas, los jardines botánicos o las galerías? ¿No hay responsabilidad en hacer esos lugares algo más cercano para todos los públicos? ¿Por qué no vemos los mismos públicos en un museo que en una biblioteca?

Quizás sea por eso de que los museos tienen ese halo moderno que rodea a las élites culturales, quizás sea porque da pereza ser turistas en nuestras propias ciudades, o porque no tenemos dinero para la entrada o no tenemos el tiempo para ir a ultimísima hora cuando quizás “es gratis”… O quizás sea porque algunas comunidades tienen categorizados esos lugares como algo que no se merecen, que no son para ellos, donde no son bienvenidos. 

 

Por eso, cuando llegué a Nueva York en septiembre de 2018, y encontré la ciudad empapelada de algo que se llamaba “Culture Pass”, y que estaba firmado por las bibliotecas públicas de la ciudad, ya sabéis, saltó el radar. ¿Será que en NYC las bibliotecas y los museos están ahora más integrados? ¿Será verdad que se puede ir gratis al MoMa si eres usuario de la biblioteca?

Pues sí, este “Culture Pass” es una iniciativa dirigida por la NYPL, la Brooklyn Library y la Queens Library: que proporciona acceso gratuito a los millones de usuarios que tienen carné de la biblioteca para que puedan visitar 50 instituciones culturales de los cinco condados de Nueva York. Suena bien.

Tom Finkelpearl, del comisionado de asuntos culturales de la ciudad de Nueva York, decía: «En una ciudad tan rica en actividades creativas, cada neoyorquino merece tener acceso a experiencias culturales transformadoras«.

Exactamente, a través de esta iniciativa, los usuarios de bibliotecas pueden visitar, de manera gratuita diferentes instituciones culturales de la ciudad que van desde el Jardín Botánico de Nueva York al Museo de Brooklyn, pasando por el Met, el Guggenheim o el Museo de Historia Natural. Todos los “must” que los turistas no nos perdemos, y que tantos ciudadanos aún no han pisado, por las razones que sean.

A mí me parece interesantísimo que se refuercen los vínculos entre las bibliotecas locales y otras atracciones propias del sector cultural, porque realmente, creo que deberían de ser un todo en la relación cultural que tenemos con la ciudad.

Además, creo que el Culture Pass es especialmente potente en esta ciudad que posee una de las ofertas culturales más potentes del mundo, que hacen de ella un destino atractivo, y que ahora no pertenece sólo a los turistas o comunidades más privilegiadas, sino que también pertenece al pueblo que es usuario de las bibliotecas. Es emocionante poner en la misma página a las bibliotecas y museos: instituciones que, a veces, parecen pertenecer a categorías culturales diferentes. 

Dice Linda E. Johnson. , Presidente y CEO de la Biblioteca Pública de Brooklyn:

«Como la institución más democrática de nuestra sociedad, la misión principal de la biblioteca es proporcionar recursos para el aprendizaje, la cultura y la creatividad a personas de todas las edades y antecedentes, en esencia para brindar acceso al conocimiento colectivo del mundo. El Culture Pass ayudará a crear conciencia, ampliar el público y ofrecer acceso a los usuarios de bibliotecas a los museos e instituciones culturales de Nueva York. Estamos encantados de unir fuerzas con estos estimados museos de artes visuales y ciencia”.

 

 

Por su lado, el presidente y director general de la Biblioteca Pública de Nueva York, Anthony W. Marx afirmaba:

“En la Biblioteca Pública de Nueva York, trabajamos todos los días para garantizar que todos los neoyorquinos puedan aprovechar todos estos destinos únicos para aprender, crecer y beneficiarse de la gran cantidad de información y experiencias enriquecedoras de la ciudad. El Culture Pass es una manera emocionante de ampliar ese trabajo y ayudar a todos los neoyorquinos a explorar y descubrir los tesoros de la ciudad».

Sí, qué jefes bibliotecarios más inspiradores, cómo empoderan a la ciudadanía.

¿Por qué está funcionando tan bien esta iniciativa?

Porque además de conseguir que diferentes organizaciones culturales donen invitaciones al Culture Pass, de manera mensual, éstas resultan ser las instituciones más importantes de la ciudad y, por lo tanto, intrínsecamente interesantes y atractivas… ¡¡chachaaaán!!

 

Hacen publicidad todo el rato y en todos los lugares del Culture Pass: desde en las marquesinas del bus, en el metro, en redes sociales, en las mismas bibliotecas, en la prensa… De nada vale tener un servicio a la disposición del usuario si no se le repite, y se le explica una y otra vez, que tienen derecho a usarlo. Y esto, como os imagináis, es una inversión en recursos extra, que las bibliotecas de la ciudad asumen, porque estamos en el reino del marketing y saben hacer las cosas.

Porque además de hacer publicidad de la biblioteca, la estás promocionando asociándola a algo cool, atractivo, de ocio saludable y disponible para todos. Porque tener el carné de la biblioteca es tener un pase a los museos, porque quizás algunos usuarios se han dado de alta precisamente para tener este servicio. Porque en el momento en que entramos a la biblioteca ya estamos más cerca de leer; de cogernos ese libro que te apuntaste en esa exposición; o de planificar un fin de semana diferente en la ciudad y llevar gratis a tres personas más. Y eso, en esta ciudad es mucho.

 

Una bibliotecaria española en Nueva York. Primera crónica

 

Bienvenidos al nuevo pisito digital del blog de Infobibliotecas. El felpudo políglota con el que os recibimos tiene todo el sentido. Aún nos quedan bultos por desembalar, y trastos que colocar aquí y allá, por lo que pueden haber cambios durante las próximas semanas. Pero al menos ya está habitable. Y sobre todo, lo que más nos gusta del nuevo espacio, es que tiene unas vistas increíbles.

Antonio Muñoz Molina en su libro biográfico Ventanas de Manhattan, en el que recogía sensaciones y reflexiones sobre el Nueva York en el que habitó durante varios años, escribía: «Estar viendo y no mirar es un arte supremo en esta ciudad que desafía tan incesantemente a la mirada

En cambio, en este nuevo emplazamiento del blog de Infobibliotecas, queremos seguir mirando y fijándonos sin que se nos escape ningún detalle. De ahí la apostilla que subraya el nombre del blog: «Ventana bibliotecaria a la cultura del siglo XXI«. Porque todo nos interesa y nada nos es ajeno cuando de bibliotecas y cultura se trata. Y la suerte en este sentido corría de nuestra parte.

Irene Blanco es esa española bibliotecaria del título de este post que, durante las próximas semanas, nos va a permitir mirar en directo por esta ventana el paisaje bibliotecario (y más horizontes) que se vislumbran en el skyline de la mítica ciudad.

Como diría Troy McClure, el personaje de Los Simpson, ustedes la conocerán por ser una documentalista y consultora en marketing digital, apasionada de Internet y la cultura digital (como se define en su web) experta en SEO, SEM y Social Media que actualmente trabaja como consultora freelance en diferentes proyectos. Y lo hace en remoto, puesto que está viviendo durante unos meses en el mismísimo Manhattan.

Si Sting le cantaba a un hombre inglés en Nueva York, en Infobibliotecas, somos todo oídos para lo que una mujer española en Nueva York nos va a contar. Y ahora vamos a hacer realidad el sueño de decir aquello de: «conectamos en directo con nuestra corresponsal bibliotecaria en la Gran Manzana«.

Welcome to the jungle

Porque en Nueva York todos los días son el #NationalLibrarianDay

 

Cierra los ojos y piensa en Nueva York durante 10 segundos. ¿Qué imágenes te vienen a la imaginación?

 

Creo que todo el mundo tiene una idea de Nueva York en su mente más o menos idealizada a través de la sobrecarga audiovisual que tenemos de esta ciudad. El hashtag #NewYork tiene en el momento que escribo este post 84.748.579 publicaciones en Instagram. Estamos cansados de ver escritas las palabras “Nueva York” cada día en las camisetas, gorras y sudaderas de cualquier vecino que nos cruzamos por la calle.

Ponemos la televisión, Youtube o Netflix y aparecen referencias a NY a cada rato. Hasta cuando viajé a Gambia, -en una aldea rural, en medio de la nada, sin agua corriente- estaba medio pueblo viendo una de las de Jungla de Cristal, en una tele enchufada al motor del coche, con decenas de ojos transportándose con Samuel L Jackson a vete tú a saber qué calles de la Gran Manzana. Hacen un gran marketing, eso es indiscutible.

En mi mente, Nueva York era un cóctel de ideas romantizadas construidas tras mucho leer las novelas de Paul Auster en las que Brooklyn es un protagonista más, con un Prospect Park que fue obrero pero que ahora está bien gentrificado -como me enseñó Hannah Horvath en Girls– y que ya es casi más caro que el Manhattan de Woody Allen. Nueva York para mi era el Imagine de John Lenon, eran los patos de Central Park de El guardián entre el centeno, era cualquier capítulo de Friends, era Marina Abramovich en el MoMa, era Una historia del Bronx de Robert De Niro y era un Queens de El Príncipe de Zamunda.

Es cierto, Nueva York es tan exagerado “como en las películas” y es difícil escapar de la idealización de esta ciudad, por eso cuando una tiene el privilegio de vivir unos meses en Babilon, puede ir asimilando la crudeza de la realidad, tan enorme, tan fuerte y sin anestesia. Compruebas que esta ciudad es una jungla, que las desigualdades son infinitas y que están por todas partes. Sólo tienes que coger un tren y observar con los ojos bien abiertos, ir a hacer la colada en un laundry o a una tiendita de barrio a por un Snickers.

Como diría Frida Kahlo cuando viajó a esta ciudad, allá por 1931: «Hay tanta riqueza y tanta miseria al mismo tiempo, que parece increíble que la gente pueda soportar tal diferencia de clase, y que acepte esa forma de hambre, mientras que por otro lado, los millonarios gastan millones en estupideces«.

 

Frida en Nueva York en 1946 fotografiada por Nickolas Muray. Fotografía del Museo de Brooklyn.

 

Y sí, en medio de esta locura, donde existen todos los idiomas, todas las razas, todas las religiones; donde reina el capitalismo y el consumo… aparecen las bibliotecas públicas.

Un refugio de paz. Un oasis en medio del caos. Un lugar que te recibe sin importar cuánto dinero tengas, de dónde seas o qué ropa vistes. Una plaza pública a cubierto, un techo del frío invierno, un enchufe para cargar el móvil y un wifi para escribirle a tus padres que estás bien, que no se preocupen, que las bibliotecarias son muy majas y te han recomendado unas clases de conversación, que hacen los martes. Que te has cogido prestado un par de libros en inglés y que lo entiendes casi todo, que también hacen ese cuentacuentos queer del que escribiste y que estás conociendo a gente del barrio, asidua a la biblioteca y que vaya historias cuentan. Y que eres una parte de la ciudad gracias a las bibliotecas, que integran, que reciben, que acogen, que molan mucho.

 

Y no lo digo sólo por ser bibliotecaria y porque me fascine este staff multiétnico, siempre a la orden, organizando actividades cool, que siempre haya usuarios leyendo en las salas, cruzarme con miradas cómplices, conocer historias de las personas que habitan el barrio (que sí, que me alucinan). Lo dicen todos los usuarios, lo expresan, lo defienden en redes, como podemos leer en estos tuits al hilo del National Library Day, que se celebró recientemente:

 

Porque ser parte de la comunidad de la biblioteca es conocer la realidad del pueblo de NYC. Porque ahora eres consciente de que no es una ciudad blanca como Woody Allen muestra, que los personajes de Friends o de Girls debían de ser ricos para poder pagar esas casas en esos barrios, que detrás del skyline que dibujan los rascacielos se esconden muchas desigualdades, que hay mucha gente que no habla inglés, que la sanidad o la educación no está al alcance de cualquiera, que la policía está por doquier, que las pandillas existen y que el pueblo se alimenta de comida basura. Pero que tienen unas bibliotecas increíbles y unos bibliotecarios que hacen de esta ciudad, una ciudad más humana, más acogedora, más generosa, más cálida y también más fuerte.

 

Este post es el comienzo del relato de una bibliotecaria que hace SEO desde un coworking precioso en Harlem, pero que visita las bibliotecas siempre que puede y comparte aquí sus impresiones durante unas semanas. Te doy la bienvenida y las gracias por acompañarme en este viaje.

SEO para disidentes bibliotecarios

 

Empezamos confesionales. En este blog andamos de mudanza. La próxima semana no habrá post porque hay que recoger las cosas, empaquetarlas, y cambiarlas de sitio. Ya se sabe lo que mucho que estresa una mudanza, y en este caso, por mucho que sea digital, no deja de suponer un esfuerzo.

¿Se recrearán todos los contenidos tal y como aparecen ahora en el nuevo domicilio virtual? ¿conseguiremos que los seguidores vuelvan a suscribirse en la nueva dirección? El caso es que nos han subido el alquiler desorbitadamente y por eso el blog de Infobibliotecas cambia de servidor. Pero durante el tiempo que llevamos preparando la mudanza se está plagando todo de spam que da asco, nuestros suscriptores se han extraviado, y por supuesto, el SEO se ha esfumado.

 

 

Todo ello debería haberse traducido en las estadísticas de visitas, pero salvo que recurramos a fuentes externas, desde luego las propias del blog se han desvanecido. Y tras los primeros cabreos y temores: caemos en la cuenta de que esto ya lo habíamos previsto.

En el experimental …(post en obras), hace 3 años, fantaseábamos con que el blog de Infobibliotecas se pasase a la Deep Web. Ahora casi lo estamos experimentando. Es lo que tiene una dieta drástica y repentina de interacciones digitales: combinada con una invasión de mensajes en cirílico e inglés, en los que Viagra y porno, suelen ser las palabras que más se repiten. Tras unas semanas inmersos en fango digital, al final, se termina con alucinaciones, y en un rapto de lucidez, o de todo lo contrario: descubres el verdadero sentido de las siglas SEO. Unas iniciales que nada tienen que ver con Search Engine Optimatization y sí con Servidumbre Electrónica y Obediencia.

 

 

‘Infobibliotecas se pasa al underground‘ queda bien como titular. ¿Pero es inteligente desde el escaparate digital de una empresa de servicios bibliotecarios? En la web profunda podríamos fundar una secta bibliotecaria digital. Pero en realidad actuamos como Don Draper en el último plano de la serie Mad Men (¡¡¡spoiler!!!): una vez alejado del mundanal ruido en una comuna hippie, en plena meditación, alcanza la paz ideando el mítico anuncio hippie de Coca-Cola («al mundo entero quiero dar…» ) con el que regresar por la puerta grande a manipular, de nuevo, desde dentro del sistema.

 

 

Dudamos que el regreso, en el nuevo servidor, raye a esa altura. Pero lo seguro es que será algo diferente. Y hasta aquí podemos leer… Mientras tanto, imbuidos por la revelación sobre el auténtico significado de las siglas SEO, nos identificamos plenamente con lo que el filósofo alemán de moda expone en la entrevista que publica ‘El País’. Markus Gabriel señala sin titubeos a Silicon Valley y a las redes sociales como los grandes criminales del momento:

«La inteligencia artificial es una ilusión. No existe ni existirá […] Lo que hay es software de códigos escritos por humanos para explotar a otros humanos. Todos trabajamos para Facebook o para Google. Nos han convertido en un proletariado digital a su servicio» 


Y el SEO como mandamiento disciplinario. Por eso en estos días, libres de su yugo, vivimos en el espejismo de sentirnos algo menos proletarios. Su no cumplimiento condena a la irrelevancia, el anonimato en la era del exhibicionismo. Obey (Obedecer) que proclamaban los grafitis que hicieron famoso al artista urbano Shepard Fairey antes de volverse mainstream publicitando a Obama. Y precisamente de Obama, o más bien de su biblioteca presidencial, llegan noticias que tienen mucho que ver con lo que estamos hablando. 

 

 

La biblioteca presidencial del cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos está naciendo entre polémicas. No va a ser una biblioteca presidencial típica. Algunos la definen más como un complejo cultural comunitario en el que las exposiciones y la programación de actividades serán lo que la caracterice: más que las colecciones. Y no es porque la administración Obama no haya generado miles de documentos y fondos para conformar una muy interesante y rica colección bibliotecaria: sino porque se ha llegado a un acuerdo con la Asociación Nacional de Archivos y Registros (NARA) para que los documentos se digitalicen.

 

 

Las protestas no se han hecho esperar, y así voces como la del periodista Philip Terzian, en el ‘Washintong Examiner’ o titulares en ‘The New York Times’: señalan que ese proyecto en realidad no es una biblioteca. Es otra cosa. Algo que no deja de resultar hasta enternecedor desde prisma bibliotecario. Esas voces discrepantes identifican el concepto de biblioteca con las colecciones físicas. Sin papel, sin información en soporte físico la idea de biblioteca se volatiliza. Pero de sus reservas también se sacan lecturas en cuanto a la consideración de la biblioteca como institución, como símbolo, y hasta como monumento.


Si los faraones se hacían construir pirámides o los emperadores monumentos, el imperio estadounidense erige bibliotecas presidenciales Y tanto esa visión de la biblioteca como monumento; como la biblioteca como centro cultural con los fondos digitalizados: despiertan inquietantes o esperanzadoras visiones de futuro. Y nacen reflexiones tan interesantes como la que hace el director ejecutivo y fundador de la Biblioteca Pública Digital de América cuando se pregunta: ¿es una biblioteca digital una biblioteca?

 

Maqueta en 3D de la futura biblioteca presidencial de Barack Obama.

 

Cohen dedica un largo artículo en ‘The Atlantic’ a explicar porqué una biblioteca digital es una biblioteca. Actualmente es decano en la biblioteca de la Universidad de Northeastern, y como tal, supervisa tanto los espacios físicos de la biblioteca como los recursos en línea de la misma, y en ambos casos, asegura que puede identificar claramente las ventajas significativas de cada uno. No son excluyentes sino complementarios.

Y al temor por la seguridad de lo digital para asegurar la preservación cara al futuro tan solo habría que recordarles el doloroso y reciente incendio de Notre Dame. Monumento que ahora precisamente van a reconstruir gracias a la tecnología 3D. Paradojas de un tiempo apasionante.

 

 

La vida es más sueño que nunca. Mucho más en que en el XVII de Calderón. Tal vez el éxito de lo digital proviene de que se ajusta más al sentido de la vida que la experiencia física. La vida es volátil, y lo digital, paradójicamente, puede que sea más realista que ese afán por atrapar el tiempo que son las pirámides, panteones o monumentos. No deja de ser curioso que ahora que los avances científicos hablan del fin de la muerte, de la proximidad de la inmortalidad: la vida se haga cada vez más y más liviana por influjo de lo digital. Malos tiempos, no ya para la lírica, sino para la trascendencia. Por eso en estos días, habitando en un entorno digital a medio desahuciar, hemos sentido como nunca lo poco dueños que somos de nuestros contenidos. Y quien dice de nuestros contenidos dice de nuestras ideas.

Y volvemos a las declaraciones del filósofo alemán Markus Gabriel para cerrar:


«Hace falta una revolución digital como fue la Revolución Francesa. Hay que destronarles por la vía democrática. […] Silicon Valley y las redes sociales son grandes criminales. Están ahí para explotarte, para hacerte adicto, como ya han estudiado los neurocientíficos.»


Algo que nos gusta y que nos recuerda a lo que hace un tiempo asegurábamos aquí: La revolución empezará en la biblioteca. Un buen lema con el que arrancar el nuevo recorrido de este blog en su nuevo hogar. Aunque más que un hogar será un piso franco digital, una imprenta clandestina como las de la Resistencia en las películas: desde la que proseguir urdiendo planes en solitario, o mejor, en compañía de otros para aportar algo a esa revolución.

Una revolución sin delirios épicos, ni aspavientos grandilocuentes. Una revolución tan simple, y por eso tan subversiva, como la de seguir defendiendo a las bibliotecas en el medio digital y fuera de él. Infiltrarse en la líneas enemigas del absolutismo en las redes. Eso sí que es una auténtica revolución del proletariado digital…

Se nos está yendo la pinza más de lo normal. Es comprensible. Las emanaciones de tanto intruso tóxico en el viejo servidor nos alteran las pocas neuronas que quedaban sanas. Mejor emplazamos a los disidentes que nos quieran seguir a la semana del 13 de mayo, en la que echaremos el cierre definitivo a este blog, para recibirles en el nuevo y esperamos que más soleado servidor.

 

 

Biblioteca o barbarie

 

La memoria histórica más dramática está en las cunetas, pero la memoria histórica también está en las bibliotecas: y desde muy diversas posturas ideológicas hay voces que pugnan por censurarla.

No hace falta incidir en la censura del cuento de Caperucita, y otros tantos libros infantiles, en una biblioteca escolar catalana en nombre de una purga por sexismo: que ha dado numerosos titulares. Ya se ha dicho casi de todo al respecto. Pero siempre viene a cuento señalar la involución que supone juzgar obras del pasado desde valores del presente. Una práctica que acumula un largo y absurdo recorrido en los últimos tiempos. Y en ocasiones, no con formas tan groseras y evidentes como en el caso de Caperucita: sino desde enfoques mucho más sutiles y aparentemente inocuos.

 

Como está feo señalar, en lugar de poner una ficción española ambientada en el pasado, en la que no sabes si estás en Madrid, Nueva York o Chicago: optamos por una más fidedigna musicalmente con el tiempo que retrata. La crónica de la estancia de Ava Gardner en el Madrid de los 50 de: Arde Madrid.

 

Acierte o no con sus películas: pocos podrán negarle a Álex de la Iglesia que su imaginario no se nutra de una tradición cinematográfica, televisiva y literaria Made in Spain.

Está muy feo señalar, pero en numerosas ficciones televisivas españolas en las que se recrean épocas pretéritas, sonroja bastante que en el Madrid de los 50 o 60 del siglo pasado: sonasen más los hits del rock y el jazz estadounidense que Antonio Machín, Imperio Argentina o Lola Flores. Que en una película reciente sobre gánsteres en la Barcelona de los años 20 todo se asemeje demasiado al Chicago de la ley seca.

La despersonalización del cine y la ficción televisiva españolas (salvo honrosas excepciones, gusten más o menos, como Álex de la Iglesia, Almodóvar y poco más): es una claudicación a ese gusto estándar con el que las nuevas tecnologías no dejan de avasallar. Y un brindis envenenado a la desmemoria.

El Hollywood clásico recreaba la Alejandría de Cleopatra o la España de El Cid según esquemas de cartón piedra. Pero al menos tenían la excusa de que nadie vivo podía cuestionarles más allá de los escrito en los libros. Pero cuando día sí, día también, se practica el falseamiento del mismo presente en el que vivimos: ¿qué no se podrá hacer con el pasado más inmediato?

A pocas horas de saberse del devastador incendio que destruía Notre Dame, en las redes (¿dónde si no?): ya se hacían lecturas relacionándolo con la decadencia de Europa. Y hasta mentes calcinadas de dogmas reclamaban su segundo de atención celebrando la ruina de un símbolo heteropatriarcal. Querer enmendar el pasado poniendo el contador a cero es asegurarse cometer los mismos errores de los que se huye. En Francia se queman bibliotecas (intencionadamente) y monumentos (accidentalmente): buscar explicaciones, razones o reflexiones al respecto es algo natural y necesario, el resto, no es más que literatura barata devenida en cliché.

La reconstrucción pasará, más allá de lo audiovisual, por la consulta de libros y documentos conservados en bibliotecas y archivos parisinos. Siempre hay hueco para la memoria y la esperanza en las baldas de las bibliotecas. Y por contraste con el triste incendio de la catedral parisina, en la Biblioteca de la Universidad de Copenhague, llegó la noticia de un hallazgo que engrandece la importancia de perseverar en la defensa y protección del patrimonio cultural.

 

 

La novela de Vicente Muñoz Puelles sobre Hernando Colón vuelve a la actualidad a la luz del descubrimiento del Libro de los Epítomes.

Dentro de las colecciones de dicha biblioteca se ha localizado el manuscrito, muy bien conservado, del Libro de los Epítomes de Hernando Colón. Tal y como lo ha definido el Dr. Edward Wilson-Lee, académico de Cambridge: una ventana al mundo perdido de libros del siglo XVI. En dicho manuscrito se reúnen hasta más de 2000 resúmenes de los libros que componían la biblioteca del gran bibliófilo Hernando Colón. El hijo ilegítimo del descubridor de América consagró su vida intentando crear la biblioteca más grande del mundo. De los más de 15000 volúmenes que la componían, actualmente, solo se conserva una cuarta parte de dicha biblioteca en la Catedral de Sevilla desde 1552.

El hallazgo del Libro de los Epítomes en la biblioteca danesa permite obtener muchos datos sobre qué se leía hace 500 años y, sobre todo, tener noticias de muchos libros que formaron parte de esta impresionante biblioteca y que desaparecieron hace siglos. Para el 2020 se espera que se pueda  publicar la relación completa de obras que aparecen resumidas en este tesoro bibliográfico que ya se ha empezado a digitalizar.

 

Volviendo al presente cabe preguntarse cuál sería el Libro de los Epítomes digital. ¿Acaso The Internet Archives; el Archivo Mundial del Ártico o la biblioteca lunar de la Arch Mission Foundation? Una de las muchas incertidumbres que el director galo Olivier Assayas convierte en temas de discusión para los protagonistas de su última cinta: Dobles vidas.

Una película que, como ya hemos dicho en un tuit, recomendamos a cualquier profesional de la cultura o persona a la que, simplemente, le guste ver expuestas en pantalla grande las grandes cuestiones que sobre nuestro presente y futuro nos atosigan. Enredos sentimentales entrelazados con jugosas conversaciones en torno a los libros, las bibliotecas, lo digital, las redes sociales, los e-books (así se iba a titular en un principio), los escritores y la cultural en general.

Guste más o menos la película de Assayas, los temas que aborda, dan para mucho cinefórum posterior. Y darían para un puñado de posts en este blog sino fuera porque son los asuntos sobre los que llevamos hablando desde que se creó. Assayas habla de grandes asuntos pero desde la más prosaica de las cotidianidades. Parte de los detalles más insignificantes, o más trascendentales, porque atañen a los sentimientos, para ironizar y reflexionar sobre el momento que estamos viviendo.

 

En las largas y divertidas conversaciones entre los personajes de ‘Dobles vidas’ se tocan todos los asuntos de mayor actualidad cultural, entre ellos, los audiolibros.

 

Assayas podrían haber engolado el tono y ponerse apocalíptico o integrado a la hora de hablar del estado de la cosa cultural pero, en vez de eso, opta por la comedia, la trágica dicotomía entre biblioteca o barbarie a la que hemos recurrido en el título no tiene porque consumarse en modo tan extremo (spoiler: por mucho que el personaje de la película más pro-digital sentencie a muerte a las bibliotecas). Y es que nada suele ser tan tajante o grandilocuente como era antes. Lo épico gusta mucho en Juego de tronos pero nadie lo quiere en su día a día. Y al final, lo más seguro es que la cosa quede entre medias: ni en biblioteca, ni en barbarie.

Nos adentramos en el siglo XXI y ni siquiera tenemos coches fantásticos. El futuro nunca es tan deslumbrante como nos lo pintan.

En este mismo post se puede corroborar. Hace unos días un colega bibliotecario nos comentaba que el último vídeo del grupo Ladilla rusa igual nos inspiraba para un post de este blog. Dejando aparte la imagen que debemos proyectar para que nos recomienden dicho vídeo (¿a quién vamos a engañar?: nos la hemos ganado): una vez superado el primer impacto la cosa fluyó sola.

Viéndolo es posible que alguien no entienda cómo se puede partir de algo así y terminar hablando de memoria histórica, la biblioteca de Hernando Colón y el devenir de la cultura en la era digital. Pero como bien dice el protagonista de la última de Almodóvar, cuando en la mesa de operaciones el cirujano le pregunta si su próxima película será comedia o drama: eso nunca se sabe al empezar a escribir una historia. Tal cual como el futuro de las bibliotecas.

 

 

Mapas en carne viva

 

Quienes hayan leído la novela de Michel Houllebecq El mapa y el territorio sabrán que su protagonista es un artista que logra consagrarse gracias a sus fotos de mapas, y que la interesantísima trama da un giro sorprendente con un macabro suceso, que tiene mucho que ver con el título de este post.

Y la reciente noticia de que la British Library acaba de digitalizar más de un millón de páginas de contenido erótico de libros de sus colecciones: nos ha hecho recordar esta magnífica novela.

Por un lado porque dicha biblioteca cuenta con una de las mayores colecciones cartográficas del mundo: y por otro lado, porque si de piel hablamos: los mapas que aquí rescatamos arrojan no pocas lecturas sobre otro tipo de erótica: la del poder. Ese potente afrodisíaco por el que, estos días, luchan nuestros políticos recorriendo esa piel de toro que supuestamente representa el mapa de nuestro país.

Se trata de mapas en los que los países adoptan contornos antropomorfos, que ironizan y critican los momentos políticos del momento histórico en que se crearon. Como el mapa con que abrimos el post: en el que Reino Unido adopta la forma de John Bull, que literalmente defeca sobre Francia a cuenta de la guerra contra Napoleón, que terminaría en la famosa batalla de Waterloo.

 

 

En este otro mapa, todos los países europeos tienen una representación pictórica. El panorama que se dibuja es el correspondiente a 1877: cuando los temores británicos hacia las ambiciones expansionistas de Rusia se convertían en una de las mayores amenazas a la hegemonía del Imperio Británico.

 

 

En 1900, Rusia era un pulpo que extendía sus tentáculos por toda Europa, el centro del continente era una amalgama de intereses, luchas y convulsiones que sacudían a todos los países. España colgando del continente, si en el anterior mapa se definía por un torero, ahora se hace carne y volantes en el cuerpo de una bailaora (como puede comprobarse los tópicos triunfan desde siempre) amedrentada ante el ímpetu de la revolucionaria Marianne gabacha.

 

 

En 1870, la Revolución Industrial había trastocado Europa: mientras Rusia se fragmentaba, Alemania se hacía fuerte, y España… como casi siempre es mujer, y en esta ocasión, la mujer más perezosa de Europa. Una auténtica antepasada de la mismísima Sara Montiel: para la que la Península Ibérica es toda ella una chaisse longue, sobre la que fumando espera, no sabemos exactamente a quien, o a qué.

En el siguiente mapa, fechado en 1882, Europa ya no se hace carne humana, sino animal. Y así, Rusia es un amenazante lobo, Francia un orgulloso gallo, y España, como no, un toro con txapela. Un conflictivo arca de Noé en el que todos luchan por la supervivencia y, como nos enseñan los documentales de la 2, terminan devorando a sus vecinos.

 

 

El último que escogemos, presenta a Europa tal como si fuera un mapa de la Tierra Media de El señor de los anillos. El liberalismo y el nacionalismo se extendían por Europa, los ideales de la Ilustración calaban en los regímenes políticos que se iban instaurando; y en España un nuevo correlato con el momento que estamos viviendo estos días: el nacionalismo catalán destacaba como una apuesta fuerte y contundente por un Estado federal.

 

 

Hasta aquí este breve repaso cartográfico-humorístico-histórico. De dibujar un mapa de la Europa actual: ¿cuál sería la representación adecuada?, ¿con qué figuras se podría representar un continente que sufre unas convulsiones que oscurecen nuestro futuro a cada nuevo telediario?

Quizá es que Europa como concepto siempre ha sido una utopía, un ideal, un estado mental al que sólo se  puede llegar a través de la hipnosis, del inconsciente colectivo que tantos siglos de historia compartida han ido conformando. Tal y como hacía Lars von Trier en su película pro-dogma: Europa.

 

 

Bibliotecarios en el ranking de lo cool

 

El rebranding es una práctica de riesgo en marketing que, en ocasiones, se convierte en un triunfo. No viene a ser otra cosa que cambiar de nombre a una marca. En el caso de Airtel, Amena o Telefónica (ahora Vodafone, Orange y Movistar): fue un éxito. En otros casos, el cambio no tuvo tanto que ver con una estrategia de seducción publicitaria como con una necesidad: es el caso del todoterreno japonés Mitsubishi Pajero que se rebautizó como Mitsubishi Montera al lanzarse al mercado hispanohablante.

 

El caso de rebranding en el mundo de la música más extremo que se recuerda: cuando Prince pasó a denominarse con un símbolo impronunciable.

 

En cambio, practicar el rebranding con la ‘marca’ biblioteca: no es tan seguro que fuera positivo a la hora de alcanzar un auténtico cambio de mentalidad respecto a lo que son las bibliotecas en el siglo XXI. Se perdería ese difuso afecto popular que, supuestamente, se siente hacia las bibliotecas: incluso por parte de quienes no las pisan. Puede ser que lo que hubiera que cambiar fuera lo de bibliotecario. Por mucho que cierto romanticismo hipster haya recreado lo maravilloso que es pasarse la vida rodeado de libros: una vez amortizado lo hipster, y en pleno apogeo reguetonero, se hace más difícil encajar el estereotipo.

 

Mujeres esperando a que las saquen a bailar en la década de los 50.

 

Aquí hemos defendido alguna vez que los bibliotecarios son profesionales de la cultura. Que viene a ser algo así como decir que los cirujanos se dedican a la medicina. Una perogrullada. Pero lo cierto es que pocas veces se incluye a los bibliotecarios dentro de los agentes activos en lo que se ha dado en denominar industrias culturales y creativas. El concepto de bibliotecario parece deslucir frente a conceptos mucho más deslumbrantes como gestor cultural, community manager, dinamizador socio-cultural, asesor cultural, consultor, emprendedor cultural, etc…

En la mayoría de programas de los másteres que surgen, aquí y allá, para formarse con ese perfil innovador, moderno, novedoso de gestor cultural, entre las salidas profesionales: se repiten galerías, centros culturales, museos, productoras de eventos, discográficas, industrias creativas…, pero nunca: bibliotecas. Cuando curiosamente, las bibliotecas, coinciden en no pocos aspectos con lo que se hace en los espacios culturales mencionados. Pero es que, digámoslo claramente, los bibliotecarios no cotizan al alza en el ranking de lo cool. De hecho ni se les contempla.

 

Hace unos días se celebró el c de c 2019: el congreso de creativos publicitarios más importante del país. La campaña que se alzó con el primer premio fue la ideada para la marca de ropa Adolfo Domínguez bajo el eslogan: ‘Sé más viejo’. El orgullo de estar por encima de las modas: ¿hace falta subrayar las lecturas que se pueden sacar desde ‘lo bibliotecario’?

 

Si se le plantea a un millennial, recién licenciado en una carrera de humanidades: ¿qué futuro laboral escogería?: gestor cultural o bibliotecario. Acostumbrado como está a las eufemísticas denominaciones de muchas de las asignaturas que ha cursado durante sus estudios: lo más probable es que opte por lo de gestor cultural. Lo de bibliotecario queda, como mucho, entrañable. Ya puestos, hasta un poco exótico por aquello de lo vintage, pero poco más.

Pero puestos a vindicarnos siempre podemos tirar del último estudio que mejor se avenga a nuestro discurso. Y en este caso nos llega desde California, concretamente, de una profesora de la Universidad de Pepperdine. El estudio, publicado en ‘Journal of Positive Psychology’, sostiene que la humildad intelectual denota una mente abierta, audaz e íntegra intelectualmente hablando. Una persona que no presume de sus conocimientos, ni inteligencia, es más propicia a ideas nuevas y a seguir aprendiendo frente a quienes alardean de sus capacidades y conocimientos.

Cela y Sampedro: dos figuras de intelectual del pasado con imágenes muy diferentes.

Leer algo así es un bálsamo ante la avalancha de fatuos que alardean de conocimientos, opiniones o gustos de manera excluyente. E inevitablemente regala los oídos al gremio bibliotecario.

¿Estará ahí la razón por la cual los bibliotecarios no son detectados por el radar de lo cooltural?

La convivencia diaria con lo que han escrito las mentes más brillantes de cualquier generación muscula la humildad casi sin pretenderlo. Y ante la inmensidad del mar: cualquiera se siente pequeño. Pero antes de comprar la moto de cualquier estudio, por mucho que nos guste como suena, siempre hay que fijarse en el kilometraje.

 

El nuevo libro del periodista y sociólogo Frédéric Martel promete remover aún más los cimientos de la Iglesia católica.

 

La Universidad de Pepperdine es una institución independiente y privada afiliada a las Iglesias de Cristo. Y un estudio que eleva a la humildad a virtud intelectual se aviene a la perfección a los valores religiosos. Por eso por compensar, y sin querer sospechar para nada de su rigor, recordemos las palabras sobre los bibliotecarios de alguien como el documentalista-activista Michael Moore, muy dado también a impartir sermones, aunque desde un talante que poco tiene que ver con la humildad:

«muchos los ven como ratoncitos maniáticos obsesionados con el silencio, pero en realidad, es porque están concentrados tramando la revolución.»

También es cierto que, una vez masajeado el magullado ego bibliotecario, sería necesario prevenir de los peligros de un exceso de humildad. Ya se sabe que la falsa modestia es tan pecaminosa como la soberbia: por eso nunca está de más ejercer la autocrítica.

Si se hiciera una encuesta entre el gremio bibliotecario sobre hábitos de lectura: igual nos llevábamos alguna sorpresa. Así como hay médicos que fuman, dietistas con sobrepeso o pasteleros que prefieren lo salado: más de un bibliotecario habrá que no lea. ¿Es imprescindible para dar una buen servicio bibliotecario? O incluso cuando leen: ¿será una falta de ambición cultural la que hace que la figura bibliotecaria no resulte tan guay como la de un «gestor cultural» (con bien de comillas a falta de focos)?

 

¿Por qué será que la canción de Boris Vian viene a la cabeza al escribir este post? Esa que decía: «Soy snob. Terriblemente snob. Todos mis amigos lo son, porque ser snob es un amor

 

Pues a tenor del post que Héctor G. Barnes publica en su blog de ‘El Confidencial’ no parece que esta sea tampoco la razón. «Los nuevos paletos o la gente culta a la que la cultura le da asco» así se titula, y por si el título no fuera suficientemente orientativo, basta un fragmento para terminar de cerciorar lo que se intuye:

«Estoy aburrido de ver a escritores que no leen, músicos que no escuchan música, críticos estrella de cine que no ven más películas que las que les toca cubrir […] Quizá se deba a que la cultura ha sido sustituida por la industria cultural, donde el valor estético y social, como espacio común entre individuos, ha sido sustituido por su valor de cambio en el mercado global de vanidades.»

Confiemos en que, dado que en el ranking de lo cool, lo bibliotecario no cotiza al alza: al menos no sumemos los errores de estos neopaletos de los que habla Barnes. Como sentenciaba un vídeo de los #bibliotecariosgrafiteros protagonizado por un abuelo y su nieto: «Bibliotecario sin curiosidad…».