Más estrellas que en una biblioteca

La plataforma eFilm de contenidos audiovisuales ha lanzado esta semana un concurso en Twitter cara a Halloween de lo más cinematográfico-literario. Y de esta iniciativa de nuestra cuenta amiga, que dirían los cursis, se inspira este post que se recrea en la cara más lectora del Hollywood clásico.

 

En la edad dorada de Hollywood, tal vez el eslogan que más famoso se hizo a la hora de promocionar un estudio, fue el de la Metro Goldwyn Mayer: Más estrellas que en el cielo (título del programa que en los años 80 condujo en TVE el muy cinéfilo Terenci Moix).

Y no era para menos. En sus años de máximo esplendor el estudio contaba con auténticos dioses del cine: Greta Garbo, Clark Gable, Jean Harlow, Elizabeth Taylor, Katharine Hepburn… Iconos de una manera de hacer cine y vivirlo que nunca volvería a repetirse (como diría Gloria Swanson: la gente nos veía como dioses, y nosotros nos comportábamos como tales).

El Hollywood de aquella época no era especialmente valorado y querido por la intelectualidad del momento. El cine nació como una atracción de barraca de feria, pero en California se hizo industria, exprimiendo para ello el talento de muchos grandes escritores que sentían su talento prostituido al ponerse al servicio de los grandes estudios.

 

La cantina de Hollywood: durante la II Guerra Mundial, las estrellas atendían y animaban a los soldados en una cantina, donde bailaban con ellos, y por supuesto se fotografiaban. En la foto el afortunado soldado está flanqueado por: Lana Turner, Deanne Durbin y Marlene Dietrich.

 

William Faulkner, John Steinbeck, Scott Fitzgerald o Truman Capote fueron algunos de los grandes escritores que, en momentos de su carrera, se sintieron tentados por los brillos y, sobre todo, los honorarios que les ofrecían las grandes productoras. Aventuras que en la mayoría de las ocasiones terminaron en litigios o en grandes frustraciones artísticas.

Pero pese a la imagen de frivolidad y falta de cultura con que siempre se ha estereotipado a la fauna del cine de Los Angeles, frente a la vanguardista e intelectual Nueva York: lo cierto es que siempre han existido estrellas del celuloide que han cultivado intereses culturales.

Las fotos de la rubia explosiva por excelencia, Marilyn, leyendo a James Joyce, son todo un clásico. Pero también otras estrellas como Clark Gable, Edward G. Robinson o Burt Lancaster demostraron su interés por la cultura, con su apoyo decidido a la Biblioteca de las Artes Cinematográficas de la Universidad del Sur de California.

La biblioteca se fundó en 1929 gracias a una colaboración entre la Universidad y la Academia de las Artes y las Ciencias. En su fundación estuvieron implicados mitos del celuloide como Douglas Fairbanks, Mary Pickford, D.W. Griffith o Ernst Lubitsch. Entre otros muchos directores, guionistas o productores que apoyaron el plan de estudios de la facultad a la que pertenecía.

Se puede decir que la memoria de Hollywood (la creativa, industrial y cultural, no la de los chismorreos) se conserva en dicha biblioteca. Y no sólo la del cine. El gran enemigo de Hollywood en la década de los 50: la televisión, también pasó a formar parte de las impresionantes colecciones de esta biblioteca, que atesora la memoria audiovisual de los Estados Unidos; y por tanto, del resto del mundo.

 

Sean Connery, aka Bond, James Bond, fraguó su fama en el cine inglés. Pero también se convirtió en una estrella de Hollywood. Sirva de homenaje esta foto en el año de su muerte.

Y tras este breve capricho que nos hemos dado a cuenta de las conexiones biblio-cinematográficas de Hollywood cerramos con una exquisitez. La web Cinecinéfilos es un auténtico filón para cinéfilos mitómanos. Cada semana, en el estupendo espacio del canal 24 h presentado por Moisés Rodríguez: Secuencias 24 h: el escritor e historiador cinematográfico Guillermo Balmori recomienda alguna de las joyas accesibles en este portal web.

Un magnífico portal repleto de vídeos, imágenes e información sobre cine clásico. Un auténtico festín para cualquier cinéfilo del que tomamos, no por casualidad, un banquete repleto de estrellas. El del 25 aniversario de la Metro. Simplemente delicioso.

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Mapa de deseos bibliotecarios 2020

Aunque el turrón ya luzca en los expositores de algunos comercios: no sabemos si este año las fiestas navideñas merecerán tal nombre. Queda mucho para los propósitos de año nuevo. Pero en la semana en que celebramos el #Díadelasbibliotecas2020: podemos aprovechar para formularlos gracias al mapa de deseos bibliotecarios que, nuestra revista allende los mares Knovvmads: está promoviendo.

 

Hecho con Padlet

 

‘El amor en tiempos del coronavirus’ se inspira en una acción desarrollada por las bibliotecas de Medellín. El parafraseado, está claro, de la novela de Gabriel García Márquez: sirvió a las bibliotecas colombianas para intercambiar mensajes de apoyo y ánimo mientras duraba el confinamiento.

Y ahora Knovvmads adapta la idea a través de este mapa de ‘amor bibliotecario’ que aspira a cubrirse de puntos de geolocalización alrededor del mundo. Resulta tan sencillo como pulsar en el botón rojo de añadir, poner nuestra localización y escribir lo que queremos compartir con el gremio bibliotecario de todo el mundo. Se puede hacer directamente aquí, en el mapa, o accediendo a: https://knovvmads.com/love/

 

 

En la semana en la que, también ha saltado a los medios, que la Inteligencia Artificial M2M-100,desarrollada por Facebook, es capaz de traducir hasta 100 idiomas sin necesidad de recurrir al inglés como intermediario. No deja de ser paradójico que ahora que la tecnología puede que nos ayude a superar la barrera del idioma: el mensaje esté sujeto a tantas distorsiones gracias, en gran parte, a esa misma tecnología.

La catedrática de Información y Documentación de la Universidad de Murcia, Celia Chaín, declaraba en una reciente entrevista sobre cartografía que los mapas:

«se terminaron convirtiendo en instrumentos de poder y de prestigio, que los monarcas y gobernantes usaban para mostrar sus posesiones […] Este nuevo uso introdujo en la cartografía un condicionante: quien pagaba para que le hicieran el mapa podía imponer sus condiciones, y muchas veces la delimitación territorial que en él aparecía no era acorde con la real.»

El mapa de Knovvmads no tiene condicionante alguno. Si hay unas instituciones que colaboran en que la imprescindible transparencia democrática sea realidad; en combatir los bulos y las manipulaciones: esas son las bibliotecas. Sin ir más lejos, el pasado 20 de octubre, las bibliotecas de la Universidad de Indiana, se alzaban con el título de Biblioteca del año concedido por la Oficina de Publicaciones del Gobierno de los Estados Unidos. Un reconocimiento oficial a la labor que llevan desarrollando durante décadas promoviendo el acceso de los ciudadanos a la información gubernamental.

Como ha declarado Emily Alford, directora de Servicios de Información Gubernamental, Mapas y Microfilm de las bibliotecas universitarias de Indiana, «el fácil acceso a la información sobre el gobierno federal les da a las personas una mejor idea de lo que están haciendo sus representantes y cómo les afecta.»

 

Mapa de bibliotecas en el mundo de la IFLA.

 

Y es que las bibliotecas dan para hacer muchas cartografías más allá de los mapas sobre lectura pública. El mapa de bibliotecas públicas es el mapa de la libertad de expresión de un país; es el de las desigualdades sociales cuando señalan su ausencia o precariedad; es el del nivel cultural de sus ciudadanos; es el de la salud mental; el de la creatividad; el de la educación; el de su fortaleza como sociedad. El mapa de las bibliotecas públicas del país es, en realidad, un atlas completo de geografía humana y social.

Por eso, en un tiempo en que nos cuesta reconocernos, por portar mascarillas pero también porque nos movemos en coordenadas que desconocemos: el mapa Knovvmads nos permite crear una Babel bibliotecaria plurilingüe. Nos da la oportunidad de situarnos en el mundo como profesionales de la cultura a través de nuestros mensajes de ánimo. Y reconocernos.

Celebremos este 24 de octubre de 2020 participando en la creación de este mapamundi de deseos bibliotecarios. ¡Feliz día de las bibliotecas!

 

 

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B de bombas, b de bibliotecas

 

Todos sabemos porqué asunto estará capitalizada la crónica de este 2020. Pero como en cualquier otro año otras noticias completarán el anuario. Una de ellas será la brutal explosión en el puerto de Beirut del 4 de agosto. Una combinación letal de corrupción, material explosivo almacenado en condiciones deplorables, y sobornos políticos: desencadenó la tragedia.

 

Obra del fotógrafo y diseñador búlgaro afincado en Viena: Mladen Penev.

 

Afortunadamente ante catástrofes de tal magnitud surgen, aquí y allá, iniciativas que intentan paliar en la medida de lo posible el desastre. En lo que concierne al mundo bibliotecario ha venido de la mano de la directora de una editora infantil y presidenta de la Asociación de Editores de Emiratos Árabes, Sheikha Bodour. A la cual, la revista ‘Forbes’, situó en el puesto 34 entre las 200 mujeres más influyentes del mundo árabe.

A través de la Oficina de la Capital Mundial del Libro de Sharjah (SWBCO) se están recaudando fondos para la restauración de varias de las bibliotecas dañadas por la explosión. Los trabajos se centran en la renovación de la, especialmente dañada, biblioteca Monnot; así como en dotar de nuevos equipamientos a las bibliotecas de Bachoura y Geitawi.

 

La Biblioteca Geitawi de Beirut antes y después de la explosión de agosto de 2020. 

 

Lo acontecido en Beirut no ha sido premeditado (si concedemos que la desidia y corrupción política no son ya de por sí lo suficientemente alevosas). Los desperfectos sufridos por las bibliotecas no dejan de ser lo que, cínicamente, se da en llamar daño colateral. Pero la relación entre destrucción, colateral o directa, y bibliotecas acumula un largo historial.

En positivo, tenemos el caso de Colombia. El país sudamericano ocupaba el segundo puesto en el triste ranking de países con mayor número de minas anti personas enterradas en su territorio (solo superado por Afganistán).

Hace cinco años, el gobierno junto con las FARC, acordaron limpiar el suelo colombiano de minas; para posteriormente, construir bibliotecas en dichos terrenos. Bibliotecas por bombas, la mejor sustitución posible. El pasado mes de agosto se declararon libres de este tipo de minas un total de 14 municipios más. Según previsiones, para 2025, el suelo colombiano estará libre de esta aberración.

 

La maravillosa biblioteca colombiana La Casa del Pueblo, en el municipio de Inzá, departamento de Cauca.

 

Para entonces ¿cuántas bibliotecas habrán sustituido a las bombas? Si nos atenemos a la última década y pico, hasta un total de 150 bibliotecas han sido dotadas gracias al acuerdo entre el gobierno del país y el de Japón. El país nipón se ha convertido en el gran mecenas del desarrollo bibliotecario en Colombia.

No tenemos constancia de que esta conexión, entre el país andino y el del sol naciente, tenga algo que ver con las bombas. Pero dado el trauma histórico de Hiroshima y Nagasaki, lo cierto, es que hay cierta justicia poética en el hecho de que sea Japón el país que esté ayudando a que la b de bomba se transforme en la de biblioteca.

En 2015, en pleno avance del ejército de terrorista yihadistas del ISIS, los bibliotecarios de la Biblioteca Nacional de Bagdad digitalizarón a marchas forzadas miles de documentos temerosos del afán destructor de la cultura por parte de las milicias.

La digitalización, en este caso, actuó como los sacos de arena con los que se protegieron las colecciones de raros e incunables en la Biblioteca Nacional de España, durante la Guerra Civil. Veintiocho bombas cayeron en total sobre la Biblioteca Nacional durante la Guerra Civil. La aviación franquista señalaba con bengalas a la Biblioteca y al Museo del Prado, como objetivos de los bombardeos.

 

Estado de la Biblioteca y Archivo Nacional de Bagdad tras la invasión estadounidense de 2003. 

 

En las guerras, tras las pérdidas humanas, lo primero a aniquilar siempre es la cultura. Las bibliotecas, como garantes de la cultura y los valores de una sociedad; siempre serán víctimas propiciatorias de cualquier régimen totalitario.

Cleopatra Taylor esperando a que Julio César le queme la biblioteca.

Desde la mítica Biblioteca de Alejandría, arrasada sucesivamente, hasta su destrucción absoluta a manos de los musulmanes en el 642 a. C.; pasando por la biblioteca de Nalanda en la India, en la que los musulmanes (de nuevo) invirtieron de 3 a 6 meses para conseguir quemarla por completo. La Biblioteca de Cartago destruida por los romanos; o la de Antioquia que, en el año 364 a. C., fue incendiada por el emperador Joviano.

Pero sin remontarse tan lejos en el tiempo, la Biblioteca de Sarajevo fue bombardeada con saña en 1992 con bombas incendiarias por la aviación serbia. El detalle quizás más escalofriante en este caso, sea el hecho de que el militar encargado de dar la orden de destruir la biblioteca, fuera usuario de la misma. Un hombre culto, profesor universitario especializado en Shakespeare; que se convirtió en el número dos de los ultranacionalistas serbios. La banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt, o que todos, somos presa fácil de algún tipo de fanatismo.

 

Música para las ruinas de la Biblioteca de Sarajevo.

 

De una forma u otra, las bibliotecas siempre resultan explosivas. En sus estanterías se ordenan tejuelados, miles de detonadores de efecto retardado dispuestos para dinamitar prejuicios, lugares comunes, y estereotipos. Auténticas bombas que explotan en las mentes haciendo saltar por los aires las mentiras que quieren contarnos; o dando munición para los que quieran inventarse nuevas mentiras.

Pero volvamos a Beirut para cerrar este recorrido explosivo-bibliotecario. El músico líbano-británico organizó un concierto a través de su canal de Youtube el 19 de septiembre bajo el nombre ‘I love Beirut’. El autor de ‘Grace Kelly’ congregó a primeras figuras de la música internacional como Kylie Minogue o Rufus Wainwright en una carta de amor a su ciudad natal.

 

 

De todas las actuaciones que se dieron durante este evento nos quedamos con el dúo entre el propio Mika y la banda libanesa Mashrou Leila. Unos viejos conocidos de este blog. Y es que el grupo libanés lleva una década haciendo explotar bombas mentales de tolerancia, respeto y defensa de los derechos de las minorías en pleno corazón del mundo árabe. No podíamos imaginar mejor final.

 

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Panorama geobibliotecario en medio de una pandemia

 

Tras la cancelación del congreso internacional de la IFLA, en formato físico, está claro que los planes para viajar se posponen en todos los ámbitos. Nos guste, o no, la vida digital estamos irremediablemente abocados a ella. Pero eso no nos impide acomodarnos en el alféizar de esa ventana bibliotecaria a la cultura del siglo XXI, que luce como lema de este blog: para contemplar el panorama que se divisa en medio de esta pandemia.

Como un spin off de la serie Geopolítica bibliotecaria, cual Willies Fog digitales, nos hemos dado una vuelta por varios países para saber qué se cuece más allá de limitación de aforos, cuarentenas de material impreso y demás protocolos a los que nos ha abocado esta situación.

 

La espectacular Biblioteca Bunjil en Casey Cardinia (Australia)

 

En las bibliotecas de las antípodas, concretando algo más las coordenadas, en las de Springvale (Victoria, Australia): las estadísticas de préstamo (que prometen gráficos a final de año que ni los de la caída de la bolsa en 1929): mantienen el tipo gracias a las llamadas personales a sus usuarios combinadas con el servicio postal.

En las bibliotecas de Casey Cardinia llevan empaquetados más de 150.000 libros desde que empezara todo esto. Unos 15.000 que han enviado a los domicilios de los usuarios a los que telefonearon previamente para saber qué documentos les interesaban. En cada caja se incluye una nota manuscrita del bibliotecario como una manera de humanizar el servicio y suplir la distancia que forzosamente mantiene alejados a las bibliotecas de gran parte de su público.

Tal ha sido el éxito de la iniciativa que muchas de las 280 bibliotecas públicas de Victoria se están encontrando con problemas para abastecer una demanda que ya ha dejado muchos huecos en sus estanterías de ficción para niños y adultos.

 

 

Dando otro giro al imaginario globo terráqueo con el que jugamos en este post: hacemos escala en la ciudad estadounidense de Charlottesville (Virginia). La Universidad de Virginia está trabajando mano a mano con la red de bibliotecas públicas para mantener los servicios de tele salud. Un asunto de vital importancia en mitad de una situación de emergencia sanitaria como la que estamos viviendo.

El colapso sanitario que está provocando el covid-19 ha hecho que, muchos de los casos de asistencia médica que pueden resolverse mediante la telemedicina a través del canal UVA Health: se hayan visto perjudicados por la falta de conexión a Internet. La Virginia rural encuentra problemas, en muchos casos, para acudir a los centros de salud, que además, se encuentran saturados por las incidencias motivadas por la pandemia.

Una vez más (ya recordamos cómo Obama recurrió a ellas en su momento): la red de bibliotecas, y sus redes wifi, acuden al auxilio. Y de ese modo, a través de la telemedicina y las bibliotecas: los problemas de salud que permiten la atención a distancia se ven atendidos. Como reza la crónica del medio digital ‘NBC29’: las bibliotecas podrían ser los próximos centros de la telemedicina.

 

Fotografía perteneciente a la serie On Reading del fotógrafo del National Geographic: Steve McCurry. Le dedicamos dos posts bajo el título: Leer te da mundo.

 

Pero si hablamos del panorama geobibliotecario nada mejor que recurrir al completísimo reportaje que ‘National Geographic‘ dedica a las bibliotecas y su respuesta a la crisis del coronavirus. De entre las iniciativas más interesantes que ha recopilado destacamos las siguientes:

En vecindarios de los Estados Unidos, pero también, de otros países se ha puesto en marcha la iniciativa de StoryWalk: caminar y leer al mismo tiempo. Más de uno pensará que no es para tanto. Total, si es lo que hacen muchos de esos transeúntes-zombis que se desplazan por las aceras absortos en sus móviles mientras los que no estamos en Matrix tenemos que preocuparons por esquivarlos. Pero no, se trata de algo menos alienante.

En los troncos de los árboles, en los escaparates de las tiendas, en postes-vitrinas en los jardines: se han ubicado páginas secuenciadas de libros ilustrados a lo largo de tramos concretos de algunas calles. De ese modo se solventan dos de las cuestiones a tener en cuenta a la hora de promover la lectura en nuestros días: la distancia social y promover actividades al aire libre.

Una brillante manera de hacer que el mobiliario urbano te cuente historias. Pero al doblar la esquina, se escamotea el ansiado desenlace, y se sugiere que para conocer cómo termina la historia recurras a tu biblioteca.

La bicicleta-diligencia de la Biblioteca Pública de Scottsdale (Arizona)

Si Danny Zucco y sus colegas hubiesen visto programas como MTV Tunning la coreografía del clásico Grease Lightning hubiera sido totalmente distinta.

No sabemos si los bibliotecarios de la Biblioteca Pública de Scottsdale, Arizona, son muy fans del Travolta de esa película: pero viendo el tuneo al que han sometido a una bicicleta no suena descabellado. Aunque sus gustos se decantan más por el salvaje oeste que por la estética años 50.

Uno de los focos habituales de contagio del covid-19 entre los jóvenes se deriva de actividades relacionadas con el ocio nocturno. La empresa local Pedal Positive convierte en bicicleta lo que haga falta: bares incluidos. Si una de las medidas que se promueven para evitar la propagación del virus es el aire libre: ¿qué hay espacio más aireado que un bar-bicicleta ambulante? Tras el tuneo que han hecho de la bibliobici estilo vaquero: ¿qué será lo siguiente? ¿Convertir la barra del bar-bicicleta por una barra-biblioteca? Con sus libros, su wifi y sus asientos. Todo se andará, o mejor dicho, se pedaleará.

 

Modelo a adaptar para una bibliotecas ambulante que, además de fondos, incluya hasta a los propios usuarios.

 

Lo de las cajas, en bibliotecas, es tendencia. Si en Australia estaban teniendo ya problemas para abastecer tanta demanda, y en la Biblioteca Pública Eisenhower de Harwood Heights (Illinois) lo del unboxing bibliotecario: va  por el mismo camino.

‘Ya’ll Read’ se llama el servicio por el que la biblioteca selecciona libros y artículos relacionados con los mismos y se los envía por correo a los adolescentes de su vecindario. En Texas, la Biblioteca Pública de Nacogdoches, empaqueta libros con proyectos de bricolaje y sugerencias de futuras lecturas para enviárselos a sus usuarios. Las cajas en bibliotecas como algo más que receptáculos para acumular la colección devuelta en cuarentena.

 

Call number, un servicio por suscripción para recibir cajas con libros sobre literatura escrita por autores negros que desarrolla el bibliotecario Jamillah Gabriel.

 

Pero tras movernos por la zona del Pacífico terminamos a esta orilla del Atlántico. Concretamente en Francia, donde el Ministerio de Cultural galo, como parte del Plan de Recuperacion ha previsto una inversión excepcional para construcción y renovación de bibliotecas en el periodo 2021-2022. Transformar los hospitales de Clermont-Ferrand y Besançon en bibliotecas centrales de sus ciudades, la renovación energética de las bibliotecas francesas así como la ampliación de horarios: son algunas de las líneas previstas a desarrollar.

En el punto 9 del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, recién presentado por el presidente del gobierno español, se dedica al impulso que dicho plan prevé dar a la industria cultural y al deporte.

En el primer párrafo hace referencia a los ‘sectores más tradicionales en los que nuestro país tiene una posición importante – libros, museos, teatros, patrimonio histórico-artístico…etc». La palabra biblioteca ni aparece, ni se le espera.

Tal vez podamos pensar que nuestro capítulo sea más el 4: ‘Una administración para el siglo XXI’; o que dentro del término libro se incluye a las bibliotecas.

La duda entonces es si las bibliotecas se quedan: ¿dentro del 5,5 % de fondos asignados a administración del siglo XXI? , ¿o dentro del 1,1 % de los asignados a Cultura y Deporte? Una duda que los próximos tres años se tendrá que disipar. Mientras, nos queda un eslogan (‘España puede’) y una duda que no es nueva: ¿y las bibliotecas podrán?

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Biblioteca cancelada

 

Pa’ la cultura, cultura, cultura

Pa’ la cultura tengo la cura,

bailo lo que me dura

David Guetta ft. Various artists

 

La cultura en la actualidad es un campo plagado de minas. Hay que ser extremadamente cuidadoso para no terminar saltando por los aires. La cultura siempre ha sido terreno resbaladizo. Pero pocas veces el camino ha estado tan plagado de buenas intenciones (como las que llevan al infierno); por parte de los que han de heredar todo esto.

 

Cancelled: serie filmada con un teléfono móvil durante el confinamiento y estrenada en Facebook. 

 

Que cada generación quiera enmendarle la plana a la precedente es (o debería ser) señal de evolución. Y los denominados millennials o generación Z están repitiendo el patrón, que desde que se sacralizara la juventud allá por los 60: han hecho los boomers, los X, los Y y cualesquiera otra etiqueta con la que se han estereotipado las características de cada nueva camada.

A los que les toca ahora representar ese papel (los nacidos entre finales de los 90 y la primera mitad de los 2000): la foto de grupo les sale favorable en conciencia medioambiental, igualdad de género, libertad sexual, justicia social, capacidad de movilización y consumo responsable. Claro que, también en estas franjas de edad, se sitúan muchos votantes de partidos populistas y extremistas. Pero, pese a sus actitudes y modos, no son estos jóvenes adscritos a discursos apolillados los que más deberían preocupar.

 

En la portada de enero de 1939 de ‘Flechas y Pelayos’, la publicación infantil de Falange Española: un bebé aprende a formar palabras con el nombre de Franco.

 

El verdadero peligro se encuentra entre ese sector de jóvenes concienciados con su tiempo. Entre ese grupo de jóvenes que abogan por hacer progresar la sociedad hacia valores más justos e igualitarios. Esos jóvenes en los que los mayores, que se creyeron el espejismo de una España moderna en los 80: les gusta verse reflejados. Ellos son los llamados a reformular, en términos prácticos, lo que entonces eran meras fórmulas estéticas.

Pero la polarización extrema en los principales medios a los que recurren para informarse (las redes sociales): les lleva, en demasiadas ocasiones, a tejer el tapiz de un mundo ideal que por los extremos se les va deshilachando.

La información, el consumo cultural, los discursos… se han fragmentado como las casillas de una ruleta. Un círculo bien compartimentado en el que la bola de la polémica va botando hasta caer aleatoriamente. No por casualidad la ficción más consumida en estos tiempos son las series de televisión. Narraciones troceadas ideadas para inducir la fidelidad.

En el Festival de cine de San Sebastián, el presidente del jurado, el cineasta Luca Guadagnino presentó su serie para HBO: We are who we are. El retrato de unos jóvenes estadounidenses que viven en una base militar en Italia. Respecto al consumo de series, Guadagnino, declaraba lo siguiente en una entrevista en ‘El Español‘:

«El problema es la fruición. Es el modo en que vemos una película y en el que vemos una serie de televisión. La unidad de visión que permite gozar de una película de cine, no pertenece a la experiencia televisiva, porque en una tele se ve un episodio separado del otro.» 

Vasos de Duralex: nostalgia para los que fueron a la EGB. Tras 75 años cierra la mítica marca de vajillas. ‘Mi mundo en desaparición’ que cantaba Fangoria. 

Historias por entregas, cual folletines decimonónicos, que administran la acción según estricta posología. Un consumo cultural que cuanto más se globaliza, más se atomiza. Como un vaso de Duralex estrellado en el suelo de la cocina.

En el documental de moda sobre las redes sociales, The social media (2020), diversos exdirectivos de Facebook, Twitter, Instagram y demás adictivos digitales: entonan el mea culpa por el daño que sus empresas están generando en la sociedad y la democracia.

No es casualidad que el término al que se recurre para describir la implicación de muchos internautas con los valores progresistas que defienden sea el de la cancelación. Al igual que a una serie: ahora a cualquiera nos pueden cancelar. Condenar al ostracismo social, vía digital, sin posibilidad de otra respuesta que no sea la contrición pública.

En los últimos meses se suceden artículos sobre la cultura de la cancelación (otro concepto proveniente del mundo anglosajón que, como tantos, se ha adoptado sin reticencias). Y curiosamente uno de los análisis más certeros se publicó en una revista de moda. Como las plataformas de streaming cuando una serie no da los datos de audiencia deseados, en las redes, se cancelan personas o trayectorias como si fueran personajes de ficción.

Una serie que, dificilmente, será cancelada por su productora es la adaptación de la novela Patria por parte de HBO. Su estreno acapara todos los titulares que amablemente dejan libres los políticos y sus peleas en plena pandemia. Pocas veces, al menos en estos tiempos de consumos fragmentados, había concitado tanto revuelo una adaptación literaria a la pantalla pequeña.

En el caso de Patria, la novela y su adaptación, es muy probable que se conviertan en objeto de estudio y precedente de futuras apuestas similares. El poder de la ficción como herramienta didáctica para abordar un trauma nacional. Un proceso de debate sobre un tema delicado que se abrió audiovisualmente, a través del humor, en la amable Ocho apellidos vascos (2014). Su taquillazo allanó, en cierto modo, el camino para abordarlo ahora desde el drama.

El impacto de la novela, en un país con bajos índices de lectura, pese a convertirse en best seller, y hasta ser recomendado por la influencer de sobremesa Belén Esteban: tenía sus limitaciones. Pero al traducirse a imagen la identificación de los espectadores con esa realidad, aún tan tristemente cercana, se multiplica.

El elogiado debut literario de la joven promesa de las letras estadounidenses: Camonghne Felix.

En palabras de la joven escritora estadounidense Camonghne Felix: «la cancelación […] es una forma de que las comunidades marginadas afirmen públicamente sus sistemas de valores a través de la cultura pop». Hasta ahí suena bien. Lo peligroso es cuando se convierte en un movimiento de justicieros solitarios que, cada día, entran en las redes dispuestos a cobrarse nuevas piezas.

No fue el pop del que habla Felix, sino el rock radical vasco, el que ejerció de banda sonora en los años más duros del conflicto vasco. Pero el concepto de cultura de la cancelación se podría aplicar igualmente a lo que entonces aconteció. Una parte de la sociedad ‘cancelando’ a los que no comulgaban con su sistema de valores.

La inquisición bien entendida empieza por uno mismo. Kate Winslet, que parte como favorita en la temporada de premios cinematográficos, ha abjurado de Woody Allen y Roman Polanski sin que nadie se lo pidiera. Un arrepentimiento por haber trabajado en sus películas, cuando las acusaciones que pesan sobre ellos, eran de sobra conocidas. 

 

Si las bibliotecas consiguieran una presencia realmente trascendente en redes: serían canceladas desde los más diversos frentes. Las bibliotecas defienden los matices, las opiniones contrapuestas, abordar discursos dañinos para extraer las enseñanzas necesarias para desactivarlos. Pero si esta cultura histérica de la cancelación se agudiza o se agota de pescar siempre en los mismos caladeros: ¿cuánto tardarán en exigir que se ‘cancelen’ en las bibliotecas las obras de J.K. Rowling, las películas de Allen y Polanski o las de Pérez Reverte (diana favorita en nuestro país)?

En las zonas ideadas para jóvenes, que últimamente proliferan en el orbe bibliotecario, se destaca su apuesta por dejarles su espacio; potenciar su capacidad de auto aprendizaje; de autonomía e independencia de criterio. Espacios seguros para que puedan desarrollarse y disfrutar de la oferta bibliotecaria según sus intereses.

En la descripción de objetivos que la Biblioteca Pública de Providence (Rhode Island) hace de su loft para jóvenes destacamos tres:

  • Apoyar el crecimiento y desarrollo de los jóvenes.
  • Construir relaciones y comunidad a través de la comunicación y la compresión.
  • Practicar la humildad cultural y abrazar la diversidad.

La zona para jóvenes de la Biblioteca Pública de Evanston (Illinois).

 

En su primera novela gráfica, Ilu Ros, aborda los referentes del pasado a través de sus conversaciones con su abuela.

Practicar la humildad cultural y abrazar la diversidad. No puede sonar mejor. No ya para los jóvenes sino para todos. La desconexión de los nacidos bajo el imperio de lo digital respecto a generaciones previas marca una distancia que puede acarrear muchos problemas. Sobre todo, cuando los propios adultos que provienen de una cultura mucho menos fragmentada: tampoco demuestran grandes habilidades protegiéndose de las manipulaciones y la infoxicación que todo lo enturbia.

Por ello, esa tendencia a crear espacios propios para adolescentes y jóvenes en las bibliotecas, que tan bien puede venir para atraer a la población más difícil de seducir: debería ser compensada.

El siguiente paso sería potenciar, pensar, diseñar espacios, actividades, cruces intergeneracionales en la biblioteca. Si las redes, los medios tendenciosos (¿hay alguno que no lo sea? incluido este blog) se empeñan en separarnos: démosle la vuelta a su discurso y promovamos la interacción entre generaciones. El tinglado, tal y como está ideado, no lo soportaría.

Aún estamos a tiempo de aprovechar todo lo bueno, todo lo aprendido, todo lo ensayado. Todos los errores. Pero para eso hace falta capacidad de resistirse al ritmo que nos marcan (mos). Antes de que el Covid-19, u otra venganza de la naturaleza, nos cancele a todos: aprovechémonos del potencial de las bibliotecas, de la cultura sin dogmas, para lograr esa sociedad con la que no solo sueñan los jóvenes.

 

Página de ‘Estamos todas bien’ la novela gráfica con la que la ilustradora Ana Penyas ganó el Premio Nacional de Cómic (2018). Las abuelas de la autora como protagonistas de su relato.

 

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¿Quién le canta a Cervantes?

Hace unos días saltaba a los medios la noticia sobre el hallazgo del que podría ser el primer ejemplar de una obra de William Shakespeare en España. La tragicomedia The Two Noble Kinsmen, escrita alimón entre John Fletcher y el bardo de Avon, fechada en 1634 ha sido localizada por el profesor John Stone entre los fondos del Real Colegio de los Escoceses de Salamanca.

 

Shakespeare y Cervantes unidos por los prodigiosos trazos de Fernando Vicente.

 

Casi de manera paralela, en la edición española ‘The conversation’, el catedrático de Literatura Española e Hispanoamericana, Manuel Ángel Vázquez Medel: denuncia el uso tendencioso e irrespetuoso de la herencia cervantina para apuntalar discursos contrarios a su espíritu. En su título hace expresa su denuncia: Cervantes no sirve para todo.

El caso es que la actualidad, una vez más, hace que los dos genios literarios del siglo XVII vuelvan a cruzarse más allá de la fecha de su muerte. En el 2016, la cultura y el mundo bibliotecario, en especial, vivió intensamente el aniversario de la muerte de ambos. Como no podía ser de otro modo, aquella efeméride, también tuvo su polémica. En nuestro país, claro.

 

El aniversario de Cervantes utilizado también para hablar de la pandemia y de paso atizar políticamente a los contrarios.

 

Una frase camino del tópico: «Si Shakespeare viviera ahora sería guionista de televisión»

Que si los homenajes a nuestro escritor más célebre no iban a estar a la altura; que si, una vez más, quedaba de manifiesto el desinterés por la cultura en nuestro país.

Nada nuevo bajo el sol. Para alimentar el pan nuestro de cada día de rifirrafes políticos: tanto vale una trama de espionaje financiada con fondos reservados que dos insignes literatos.Cuatro años después no vamos a hacer balance retrospectivo. Las polémicas interesadas caducan rápido: pero los autores del Quijote o Macbeth están por encima de todo ese ruido y furia.

Pero sí que vamos a compararlos. No sus obras, talento, ni trayectorias. Para eso ya hay excelentes estudios al respecto. Aquí siguiendo una tónica habitual marca de la casa nos preguntamos: ¿quién está más integrado en la cultura pop contemporánea: el inglés o el español?

 

El año del 400 aniversario de la muerte de ambos, el músico neoyorquino Rufus Wainwright lanzó su disco: Take All My Loves: 9 Shakespeare Sonnets. Lo hizo con la colaboración de otros cantantes y actores, que interpretaban y declamaban, los sonetos shakesperianos musicados y arreglados por él en colaboración con la BBC Symphony Orchestra. Y a raíz de esto nos preguntamos: ¿quién le canta a Cervantes?

Shakespeare está muy presente en la cultura popular del mundo anglosajón. La adaptación de sus obras al cine se mantiene de forma más o menos periódica, el espíritu de sus creaciones es invocado en muchas ficciones que arrasan o ha arrasado recientemente (Juego de tronos, Los Soprano, House of cards, El Rey León…): lo shakesperiano mantiene una vigencia que sigue ampliando su eco generación tras generación. Pero: ¿qué pasa con Cervantes? Siendo su Quijote la novela moderna por antonomasia: ¿se puede decir lo mismo del mundo cervantino?

 

Shakespeare-patito de goma para el baño

 

A Shakespeare lo hicieron pop nada más surgir la cultura de masas que definiría el siglo XX, y sigue resonando en el XXI. Que la obra cervantina por excelencia ha inspirado ballets, óperas, musicales, zarzuelas, cine, series, dibujos animados, no lo vamos a descubrir aquí (más que nada porque en esta web del Centro Virtual Cervantes viene un resumen insuperable).

Las comparaciones son odiosas: pero ahí va la deducción de Perogrullo ¿podría ser que Cervantes fuera menos pop que Shakespeare? 

 

Cualquiera que haya parado en un bar de carretera de La Mancha, y haya visto los souvenirs quijotescos más kitsch imaginables atiborrando escaparates: podría acusarnos de plantear un debate que nace agotado. Pero precisamente por eso.

Mientras que el Quijote queda para souvenirs kitsch, Shakespeare da también para canciones pop y ficciones de rabiosa actualidad. ¿No será que no se ha profanado lo suficiente la obra cervantina?, ¿cómo es que el espíritu tan rabiosamente moderno de El Quijote no tiene más peso en la cultura tan superficialmente profunda, o profundamente superficial, de hoy día? La mayor falta de respeto a un clásico es que cada nueva generación no lo saquee alegremente. El bigote sobre la Gioconda que dibujó Duchamp fue el mejor ejemplo de la vigencia icónica del cuadro de Da Vinci.

 

 

Tal vez sea que aunque hayan alcanzado, como iconos globales, similares niveles de kitsch (souvenirs y demás atentados estéticos variados, mediante); el inglés tenga una dimensión más pop que Cervantes. El estereotipo quijosteco sigue siendo propiedad de la academia, de lo docto, de lo serio: lo cual ha hecho que su impronta en la cultura de masas actual no sea tan acusada.

Metidos en faena, sólo hay que comparar un poco los ecos de ambos en el pop de las últimas décadas para hacerse una idea.

Nada menos que The Beatles en 1967 ya “filtraron” El Rey Lear en su tema I am the Walrus; y desde ahí todo fue un sin parar: Elvis Costello,Lou Reed, Radiohead, The Smiths, Bob Dylan, o bandas que ya le homenajeaban desde su propio nombre:  Titus Andronicus o Shakespeare sisters.

En el repertorio pop cervantino nos encontramos otro tipo de intérpretes. [Inciso: a partir de aquí el texto está minado por enlaces de cuyos impactos al pincharlos no nos hacemos responsables. Pero sin cuyo visionado, aunque sea un fragmento, se pierde mucho de este post].

 

Desde nuestro galán latino por excelencia, Julio Iglesias, con su patriótico Quijote, con bandera gualda en frenético ondear de fondo; a grupos ochenteros efímeros como los franceses Magazine 60 y su inenarrable Don Quichotte en estilo high energy.

Seguimos subiendo de nivel. El astro adolescente británico Nik Kershaw, que mezclaba sin sonrojo alguno a Dalí con bailarinas de samba y flamenco alrededor de su sufrida versión del hidalgo; pasando por la cantante eurovisiva Dana Internacional  encarnando a una Dulcinea del Toboso de lo más diva.

Nos dejamos en el teclado muuuchas otras muestras, pero es justo terminar con algo más reciente, y algo menos chirriante como el homenaje de Coldplay (el de la banda rumana de hip hop Doc & Motzu y su Doc Quijote, deja tan mal cuerpo, que lo dejamos al criterio de cada cual).

El disco del inolvidable Drácula cantando el Quijote: insólito pero cierto

En los 70, los cantautores de la pana hicieron que, para muchos: los poemas de Machado, Miguel Hernández, Alberti o Lorca: se hicieran casi indisociables de las melodías que crearon para ellos.

Desde entonces, salvando casos aislados como Loquillo y sus trabajos con poemas de Luis Alberto de Cuenca o Gil de Biedma: la otrora fecunda simbiosis entre poesía y música pop no se prodiga mucho que digamos.

Visto lo visto, no sabemos si sería mejor abogar porque se siga leyendo a Cervantes; y no tanto porque se le cante.

Para cerrar, sin ningún ánimo de enfrentar al genio inglés con nuestro genio patrio, es justo que cerremos rizando el rizo con un clásico del pop autóctono a costa de la obra del bardo de Avon.

Todo un vídeo digno del programa Cachitos de hierro y cromo que deja claro que en esto del dislate pop ningún inmortal queda indemne.

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Biblioteca remix

De todas las disciplinas, la música, es la más libre. Incluso en la fábrica de salchicas musicales que domina el mercado: la música sigue siendo el arte más inmediato para practicar de manera rápida y contundente la experimentación.

Hace unos meses la innovadora/cansina, sublime/intensa, emocionante/redundante Björk, icono de la experimentación en lo musical y visual desde los 90: recitó un poema de Antonio Machado en el último disco, KiCk i arca (2020), de la ultramoderna Arca. La cantante y productora venezolana, precisamente en su último trabajo, deconstruye un reguetón hasta convertirlo, musical y visualmente, en un puzle irresoluble. Trabajo en el que, por cierto, también colabora la ubicua Rosalía.

 

 

La música electrónica, frente al conservador rock o al efervescente, pero sumiso al estribillo, pop: es uno de los géneros más proclives a la experimentación. Pero términos como freestyle, jam session o avant-garde se conjugaron, musicalmente hablando, en el jazz. Frente al academicismo pautado de la música blanca, la población negra estadounidense en los albores del XX: dio forma a una música libre, sin cánones fijos, ni normas: que está en la base de la música occidental contemporánea.

Conjugar estilos, improvisar, mezclar estilos, deconstruir tradiciones para volverlas a ensamblar, tantear nuevos territorios sin miedo a la disonancia. Conceptos todos que se asocian al jazz pero que igualmente se pueden conjugar con las bibliotecas.

A principios de este raro, raro, raro 2020, en la ciudad francesa de Montluçon, se reinauguró la Mediateca Boris Vian.

Que el forzoso parón al que nos está sometiendo esta pandemia supone una oportunidad para replantearse servicios y, si se puede, remodelar espacios: ya lo hemos dicho en algún que otro post. Si esta situación está acelerando los cambios de la revolución digital: otro tanto se puede decir de las bibliotecas.

Boris Vian, el escritor, músico, ingeniero, poeta, dramaturgo, periodista… adoraba el jazz. Su afección pulmonar le obligó a retirarse de su pasión por la trompeta. Pero ejerció de cicerone de Miles Davis en su visita trascendental al París de los 50. Ese París en el que se daba más que nunca esa mezcla francesa entre lo foráneo, lo novedoso, lo talentoso extranjero y la creatividad permeable gala. Y que tan bien retratan Salva Rubio y Sagar en el exquisito cómic Miles en París (2019).

 

Juliette Gréco y Miles Davis: una historia de amor fugaz en el París más vanguardista.

 

Con ese nombre, la Mediateca de Montluçon, no podía ser acomodaticia. Y aprovechando estas circunstancias tan desfavorables en tantos sentidos: han remodelado su oferta cultural. El centro ha ampliado sus servicios ofreciendo una biblioteca de arte, una sala para videoconferencias o un espacio de realidad virtual.

La biblioteca de arte o artoteca incluye entre 200 y 250 obras especialmente orientadas a los jóvenes. Ante el auge definitivo de las videoconferencias y demás eventos virtuales a los que nos ha abocado la situación: la mediateca ha optado por crear una sala para videoconferencias para todo tipo de públicos (empresas y asociaciones incluidas).

Se trata de habilitar los espacios para que nuestra vida digital no se desarrolle solo en nuestros hogares o móviles: sino que merezca la pena moverse para desarrollarla también en la biblioteca. Puede que nuestra atención esté en Matrix pero nuestro físico en la biblioteca. De ahí que también hayan habilitado un espacio de realidad virtual. De ese modo los jóvenes (y no tan jóvenes) a través de los cascos de realidad virtual: podrán, por ejemplo, perderse en un cuadro de Van Gogh o visitar el Palacio de Versalles.

 

¿Qué es una canción? , ¿qué es una biblioteca? Versionémoslas las veces que haga falta. Es tiempo para experimentar, reinterpretar, arriesgar. Cada cual según sus capacidades y circunstancias. Salga lo que salga, prospere más o menos nuestra idea sobre lo que queremos para las bibliotecas: más raro que lo ya tenemos no va a ser.

¿Alguien podía imaginar un escenario más extraño que las salas de las bibliotecas llenas de catenarias delimitando circuitos cual puertas de embarque en un aeropuerto? ; ¿sillas y estanterías clausuradas con las cintas que se usan para acotar la escena de un crimen? ; ¿mamparas dificultando la comunicación entre usuarios y bibliotecarios? Después de esto la capacidad de nuestro público para aceptar lo insólito con total naturalidad estará más que ejercitada. Versionemos como hace la youtuber Hildegard von Blingin.

 

Lady Gaga en estilo medieval.

 

La youtuber toma su nombre de Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) una de las primeras mujeres compositoras. Y ha ganado relevancia en redes por versionar algunos de los hits más célebres de las últimas décadas al gusto medieval. Lana del Rey, Dolly Parton, Radiohead o Lady Gaga ya tienen algunos de sus temas adaptados a la instrumentación y modos de los cortesanos del siglo XII.

Esta ilustradora y diseñadora de películas es una entusiasta de la ficción histórica y de la fantasía de inspiración medieval. De su amor por la Edad Media y sus estudios de canto clásico nace su proyecto. Un proyecto que no se limita a versionar musicalmente los temas sino que modifica los textos para adaptarlos al tiempo que recrea.

 

 

Pero para cerrar este post sobre versiones musicales y bibliotecarias no nos quedamos en la Edad Media. Nos quedamos con una mirada diferente a un género algo menos clásico. Justo lo que pretendemos hacer con las bibliotecas: observarlas desde todas los ángulos posibles para descubrirles perspectivas insospechadas.

Lidia García, más conocida en redes como The Queer Caní Bot, se define en su perfil de Twitter como: «bollera, coplera y de clase obrera» Esta investigadora desarrolla su tesis doctoral en la Universidad de Murcia sobre estética kitsch, imaginario cañí y género en la cultural visual digital. Sus podcasts ¡Ay, campaneras! demuestran las infinitas lecturas que duermen en géneros muchas veces despreciados o siempre abordados desde los mismos puntos de vista. 

The Queer Cañí Bot disecciona desde el amor por la copla todo ese universo de pasiones desatadas, conservadurismo, marginalidad y papel cuché. Y con ello nos inspira a que hagamos otro tanto con las bibliotecas públicas. Esas folclóricas de la cultura que cada vez, afortunadamente, demuestran menos verguenza a la hora de mostrarse.

 

 

About Vicente Funes

Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Seis grados de separación bibliotecarios

Kevin Bacon se convirtió en los 90 en el nodo central del juego de salón basado en la teoría de los seis grados de separación. Unos estudiantes ociosos tomaron unas declaraciones suyas y lo convirtieron en el nombre a partir del cual establecer relaciones con otros astros de la pantalla. El fenómeno fue a más y ya se ha constituido como juego de mesa.

 

En Nómadas del conocimiento: bibliotecarios en busca de respuestas concluíamos que:

«Puede que el entorno y las circunstancias que separan a un profesional de la información de Wisconsin de uno de Madrid o Florencia aparenten ser muchas: pero si se observan de cerca las diferencias desaparecen.»

Por eso en este post, como se adivina por el título, indagamos en esos seis grados de separación que pueden separar a un bibliotecario de Texas de uno de Almendralejo o el Peloponeso.

La teoría de los seis grados de separación acumula ya un largo recorrido desde que en 1930 el escritor Frigyes Karinthy la planteara en una novela. Según este teoría cualquier persona de la Tierra está conectada con otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no alcanza más allá de cinco intermediarios. Lo que sumaría en total unos seis enlaces.

 

En la biblioteca John J. Burns de Boston pusieron en marcha un juego de seis grados de separación rastreando en sus fondos. Tomando con punto de partida la ciudad de Boston consiguieron enlazar a la reina Isabel II con el director de la biblioteca. Todo en seis pasos.

Desde entonces algún que otro psicólogo, sociólogo, matemático y hasta la mismísima Facebook: se han empeñado en demostrar esta teoría de manera empírica. Pero la cosa ha quedado más en el ámbito de la cultura popular que en el de cualquier ciencia. Justo en el ámbito en el que mejor nos desenvolvemos en este blog.

En un gremio como el bibliotecario, probablemente, no sería demasiado complicado encontrar esos seis grados de separación. Pero nos ahorramos la demostración de la teoría. La biblioteca como concepto ya supone de por sí una proximidad que no es necesario medir por grados.

Desde el año 2002 el programa NAPLE Sisters Libraries lleva hermanando bibliotecas a lo largo del continente europeo. Un proyecto tan, o más consolidado, que el concurso de Eurovisión: pero sin alianzas por parte de los países del este para votarse entre sí.

Pero ajustemos el enfoque a casos concretos. Entre Soto del Real (Madrid) y Melbourne (Australia) distan 17309 km. Pero entre Juan Sobrino, bibliotecario del municipio madrileño, y Lisa Dempster, directora ejecutiva de participación ciudadana de las bibliotecas de Yarra Plenty: puede que los grados de separación no lleguen ni a 4.

El bibliotecario de Soto del Real porque, desde que empezó todo esto del Covid-19, ha sustituido sus visitas mensuales a las residencias de ancianos del municipio: por llamadas telefónicas, cada viernes, para narrarles un cuento. Y los bibliotecarios de Melbourne coordinados por Lisa: porque al tener que cerrar las bibliotecas por el confinamiento: localizaron a todos los mayores de 70 años, que eran socios de las bibliotecas, para llamarles y saludarles al tiempo que se ofrecían para prestarles ayuda.

Aquí citamos a Soto del Real o a Melbourne, como podríamos citar otras muchas bibliotecas que han puesto en marcha iniciativas iguales o similares. Los objetivos de las bibliotecas públicas varían poco en esencia: son las circunstancias e idiosincrasias propias de cada territorio y sociedad las que aportan los matices.

 

El bibliotecario de Soto del Real (Madrid) leyendo cuentos por teléfono. Foto: El País.

 

En la ciudad piamontesa de Ivrea (Italia) llevan15 años hablando de construir una biblioteca municipal, y entre tensiones políticas de unos grupos y otros: los cerca de 25.000 habitantes de la localidad siguen sin disfrutar de la nueva biblioteca. Mientras tanto, en Haiti, los estudiantes optaron por métodos más expeditivos al boicotear la inauguración por parte de las autoridades de la nueva Facultad de Ciencias humanas. Barricadas, hogueras y piedras para expresar su indignación por la corrupción política y la ausencia de una biblioteca.

Está claro que podríamos seguir rastreando puntos calientes a lo largo del orbe sobre la cuestión bibliotecaria. Proyectos, injusticias, sucesos o iniciativas que demostrarían, bibliotecariamente hablando, esos seis grados de separación. Puntos de conexión entre bibliotecarios en las antípodas geográficas que no en las profesionales. O en las puramente personales.

 

Es el caso de Jaber Abubaker, que trabaja como bibliotecario en el Al-Maktoum College of Higher Education de Hillside Drive (Escocia). El bueno de Jaber fue detenido por conducir envuelto en un nube de cannabis por carreteras de Dundee e Invergowrie. Según declaró a los agentes de la policía: los medicamentos que tomaba para la ansiedad se le quedaban cortos (¿estará a cargo de la sección para adolescentes en su biblioteca?). Francamente agobiado, Jaber, decidió a recurrir al cannabis.

En este caso no vamos a indagar en los grados de separación que lo unen con otros profesionales de bibliotecas en similares circunstancias. Tampoco es necesario entrar en detalles tan personales.

 

 

Hasta ahora hemos hablado de grados de separación geográficos: pero hay también de otro tipo. Por ejemplo, generacionales. En un reciente artículo publicado en ‘El País’ a cuenta del estreno de la última de Christopher Nolan, Tenet (2020), la película llamada a reflotar a los cines tras la pandemia, Jaime Lorite hacía una reflexión de lo más afilada:

» una guerra intergeneracional –los jóvenes concienciados pidiendo cambios a unos mayores que no vivirán para ver los efectos de su modo de vida insostenible [y] ahora es a los jóvenes (el futuro), entre quienes la covid-19 tiene una tasa de letalidad mucho más baja, a quienes se pide que sean responsables para proteger a sus mayores.»

 

En El ángel exterminador bibliotecario IV: alevines versus séniors suspirábamos porque los séniors aprendiesen de los jóvenes su falta de prejuicios a la hora de disfrutar de la cultura; y en sentido contrario: que los jóvenes aprendieran de los mayores a tener más referentes para que nos les vendieran lo mismo una y otra vez.

Si extrapolamos este versus al ámbito bibliotecario: no sabemos si los susodichos 6 grados de separación pasarán a 12 o 24. Pero el hecho es que el conficto intergeneracional en el gremio bibliotecario, que no en las bibliotecas, está en marcha desde hace tiempo.

Como hemos visto encontrar puntos de conexión entre profesionales del gremio no cuesta demasiado. Pero ¿pasará lo mismo entre los que ejercen como bibliotecarios en la actualidad y los que se están formando ahora mismo para, se supone, hacerse cargo de estas instituciones una vez se jubilen los que ejercen en el presente?

A este respecto, el curso 2020/2021 en la Facultad de Comunicación y Documentación de la Universidad de Murcia (UMU), incluye un nacimiento y un aviso de necrológica:

La atípica (en la carrera de Will Smith) y excelente película: Seis grados de separación (1993)

Como puede observarse en el cuadro de grados encuadrados dentro de las Ciencias sociales y jurídicas: el grado de Información y Documentación se encuentra en plenos estertores y, situado sobre él, cual recién nacido en la incubadora, luce el concebido para sustituirlo: Gestión de Información y Contenidos Digitales.

De ese modo se afianza la tendencia por extinguir los estudios que hasta ahora daban la formación necesaria para integrar las plantillas de bibliotecas, archivos y centros de documentación en las universidades españolas.

Tras años con faltas de ofertas de empleo público, con cierres de bibliotecas, y con una crisis económica galopante que ahora la pandemia promete espolear: ¿se puede hablar de relevo generacional al frente de las bibliotecas? Hace décadas que no se da.

Los becarios, los contratados en prácticas o cualesquiera otro ardid administrativo para contar con mano de obra barata que hayan sobrevivido a tanta purga: no entrarían en la categoría de alevín como no fuera en una federación de petanca.

Que los flamantes graduados en Información y Contenidos Digitales formados, en lo que se da en llamar ‘economía digital’: constituyan el relevo sería lo natural. Como advierten en el texto de presentación: ‘un título con una importante tecnificación pero enmarcado dentro del área de las Ciencias Sociales‘. Confiemos en que los estudios complementarios que requieran para enriquecer su formación no pierdan de vista a las humanidades. Al menos para los que se decanten por el Bloque B: Bibliotecas y archivos.

Sería el complemente adecuado para encontrar el equilibrio perfecto entre las generaciones de profesionales de bibliotecas que les precedieron, y que generalizando, perfilábamos hace dos años y medio en Biblioteca con subtítulos:

«Las plantillas bibliotecarias actuales se distribuyen a grosso modo: entre los licenciados en carreras de Letras que, en los 80, opositaron para bibliotecas como una solución a la falta de salidas profesionales a sus estudios, y que tras hacer un loable intento por actualizarse en destrezas informáticas, no lo compaginaron con una reinvención de lo que debía ser una biblioteca; y los diplomados/licenciados de los amenazados estudios de Biblioteconomía y Documentación, que surgieron en la década de los 90, y que recibieron una formación basada en conocimientos técnicos sin incentivar la curiosidad intelectual, y el perfil humanístico, que se requiere ahora para compensar tanta maravilla tecnológica vacía de contenido.»

Asistir al choque generacional que se producirá, en los próximos años, entre esos diplomados en los 90 y los millennials y posmillennials: aparte de resultar un espectáculo digno de guionistas que supieran estar a la altura (dará para una serie de Netflix por lo menos): vendrá a refutar la teoría de los seis grados de separación.

En el mundo bibliotecario más inmediato los seis grados de separación puede que de geográficos pasen a interestelares. Las distancias pueden ser insalvables pese a que la separación física no vaya más allá de los dos metros en los que nos está adiestrando esta pandemia.

Puede que las dependencias bibliotecarias terminen como la cantina de Star wars (la primera, es decir, la IV si lee esto uno de la generación Z): repletas de seres de distintos planetas. Sea como sea promete dar para una buena saga.

Y qué mejor final para superar cualquier grado de separación que la música. La directora y escritora Paula Ribó, bajo su seudónimo Rigoberta Bandini, nos deja este delicioso tema en spanglish para que cada cual le busque el sentido como cierre de este artículo sobre conexiones y distancias geográficas, generacionales y/o culturales.

 

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Vicente Funes, técnico especializado bibliotecas. Gestor de las redes sociales de Infobibliotecas. No dudes en contactar conmigo en: vfunes@infobibliotecas.com

Nómadas del conocimiento: bibliotecarios en busca de respuestas

Viajando sin salir de casa. Maravillosa ilustración de Martin Tognola.

 

Para hacer un buen viaje es importante marcarse un itinerario. Pero para hacer un gran viaje lo importante es no ponerse destino. No vamos de Ulises. Pero si algo nos ha enseñado el trayecto que nos ha llevado desde Infobibliotecas hasta Knovvmads: es que perderse siempre trae recompensas. Durante las semanas de confinamiento que el mundo ha vivido por el COVID-19, los que teníamos conexión a internet, en mayor o menor medida, hemos ejercido de turistas accidentales.

En la novela de Ann Tyler, El turista accidental, su protagonista escribe guías de viajes para gente que no le gusta viajar. Turistas que transitan por ciudades, y solo quieren recrear lo que les es familiar, impermeables a cualquier encanto local. Justo lo opuesto a lo que aspiramos nosotros.

La Biblioteca Móvil Infantil de Mongolia lleva libros a comunidades de pastores nómadas del desierto de Gobi. Fotografía de Jambyn Dashdondog

 

Somos, y queremos, nómadas del conocimiento. Viajeros, desde nuestros dispositivos o a bordo de cualquier medio de transporte, que huyen de los lugares comunes porque aspiran a descubrir(se) horizontes nuevos. Pero ¿y si estamos condenados a ser turistas accidentales? Todo parece llevarnos a ello: la fragmentación de las fuentes, la inflación de oferta cultural e informativa no ha desembocado en una sociedad real del conocimiento. Si acaso de la evasión (y de las más tonta por cierto en la mayoría de los casos).

Cuando en 2017, el escritor Patrick Ness, se alzó con dos Carnegie Medals (galardones concedidos por los bibliotecarios británicos) hizo unas declaraciones que merece la pena recordar:

«librarians are tour-guides for all of knowledge» (los bibliotecarios son guías turísticos de todo el conocimiento)

Toda una responsabilidad la de ser guías de un continente tan inabarcable como es el conocimiento. Pero en la biblioteca del siglo XXI ¿queremos turistas o viajeros? O incluso más importante, como profesionales de bibliotecas: ¿somos turistas o viajeros?

 

 

En el portal de viajes TripAdvisor publican cada año un informe sobre las tendencias en viajes. Según el informe de 2019 el ranking lo coparon los viajes familiares, seguido por los viajes para aprender, que incluyen experiencias inmersivas; viajes de bienestar o relax; experiencias culturales y temáticas; actividades al aire libre; viajes deportivos o gastronómicos. El informe de tendencias del 2020 es presumible que arrojará un ranking harto diferente dadas las circunstancias.

Pero reparando en cuál fue el viaje con experiencia inmersiva que acumuló más reservas, al menos para los estadounidenses: ese fue un curso en una escuela de gladiadores (sic). Un 94% de las reservas fueron para aprender a convertirse en gladiador tipo Maximus en la película de Ridley Scott. Seguido por clases de salsa en San Juan, de surf en Sydney o de cerámica camboyana.

¿Dónde quedan las figuras de un Lawrence Sterne, un Alexander von Humboldt, una Ida Pfeiffer, un Lord Byron, un Henry James o un Stendhal, entre otros?

 

Escuela de gladiadores de Roma.

 

En el siglo XIX se desató un auténtico furor viajero. Los avances científicos, el colonialismo y la moda orientalista alentaron el deseo occidental por conocer mundo. Tras varios siglos de aventuras marítimas y terrestres en busca de nuevos mercados y continentes que esquilmar y anexionar: en el XIX, la ciencia, el conocimiento, alentaron muchas de esas aventuras. Un halo de romanticismo fijó el daguerrotipo que de esos tiempos nos hacemos. Pero que el bonito tono sepia no nos despiste de la verdad.

Las numerosas expediciones científicas de la Royal Geographical Society y demás Sociedades Geográficas, buscaban el conocimiento, sí, pero sobre todo el beneficio económico. Y ese ansia de conocimiento llevó aparejado numerosos genocidios, extinción de especies y sentencias de pobreza para muchos territorios.

Inmersos en un siglo que se atisba no menos apasionante que el pasado: más que nunca estamos impelidos a seguir viajando en pos del conocimiento. De un conocimiento que aporte beneficio económico, sin duda, pero no a costa de unos sacrificios que son insostenibles.

 

Viajeros europeos en torno a 1910 en Birmania. Fotografía tomada por Vincent Clarence Scott O’Conner perteneciente a la biblioteca de la Royal Geographical Society. 

 

El citado portal de viajes TripAdvisor ha servido para popularizar, aún más, conceptos como el de ‘economía de la reputación’. En su lado positivo: la opinión del consumidor como instrumento de control de la sociedad de consumo (mucho más inmediato que el voto que metemos en la urna cada cuatro años). En su lado negativo: barra libre para la maledicencia.

Afortunamente, bibliotecas y bibliotecarios, cotizan alto en la economía de la reputación ( no tanto en la de la popularidad): pero ahora más que nunca no hay que dormirse en los laureles. Aunque fueran los laureles del propio Julio César. Y esta referencia, aunque metida con calzador, no es del todo gratuita porque volvemos a esa Escuela de gladiadores que ostenta el record de reservas en el informe TripAdvisor 2019.

El conocimiento, por muy inmersivo que sea, no se obtiene disfrazándose de romano antiguo y emulando una película de Hollywood. En ‘Los pilares de la sabiduría’ de Thomas Edward Lawrence (aka Lawrence de Arabia) la Sabiduría lanzaba una llamada a los incautos para que visitaran su casa. Y es que ser incauto, no tener cautela, es muchas veces necesario para poder alcanzar, sino la sabiduría, sí al menos el conocimiento.

El filósofo Juan Arnau Navarro publicó hace unos meses un fantástico artículo sobre ‘Cosmopolitas sin salir de casa‘ en ‘El País’ del que extraemos este fragmento:

«Se puede ser cosmopolita sin salir de la biblioteca (Borges lo fue) y provinciano sin dejar de viajar.»

 

El último ensayo de Juan Arnau, reacciona contra el actual pensamiento algorítmico que tiende a la uniformización del pensamiento: reinvidicando la imaginación.

 

Todos, en algún momento, incurrimos en lo mismo. Somos como turistas accidentales que navegamos por internet buscando apuntalar nuestras creencias. Hostiles a todo lo que contravengan las ideas con las que partimos. La antítesis del conocimiento, vaya.

Por eso Knovvmads nace del deseo por ampliar horizontes pero con rumbo definido. Cuando más inciertos son los tiempos más imperativo se hace asegurar las velas para que la travesía sea exitosa. Y Knovvmads parte con unos antecedentes que disipan cualquier temeridad. El éxito, durante más de una década, de la empresa de servicios bibliotecarios Infobibliotecas son los avales para Knovvmads.

Se trata de situar a las bibliotecas, como centros culturales y sociales, al mismo nivel que el resto de industrias culturales. Si los espacios, servicios, profesionales, usuarios, productos y ofertas de las bibliotecas se han ido adaptando a las nuevas necesidades: los medios que reflejen esas nuevas realidades tienen que estar a la altura.

Puede que el entorno y las circunstancias que separan a un profesional de la información de Wisconsin de uno de Madrid o Florencia aparenten ser muchas: pero si se observan de cerca las diferencias desaparecen. Todos nos movemos con un único objetivo: indagar, de la manera más fidedigna posible, sobre el mundo en que nos movemos. Y en Knovvmads, como nómadas del conocimiento que somos, tenemos una ventaja.

La ventaja de contemplar el horizonte desde un mirador privilegiado: las bibliotecas.

Suscripciones a Knovvmads en este enlace.

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