Estatuas de sal y libros-gema

Las señoritas de Avignon reconvertidas en diosas de Hollywood de la mano de Antonio de Felipe.

 

Las señoritas de Avignon fue una de las sacudidas más fuertes en la historia del arte. El cuadro de Picasso daba carta de naturaleza al cubismo, que venía a culminar la ofensiva que desde los impresionistas, se estaba haciendo contra el academicismo en la pintura.

Si el cubismo vino a mostrar todas las posibles perspectivas de un objeto en un solo plano, algunas lecturas, consiguen exactamente lo mismo en nosotros: sus incautos lectores.

De ahí lo fascinante de la obra del artista de San Francisco, Alexis Arnold, y sus libros-gema.

 

 

Como estatuas de sal, sin castigo alguno por la curiosidad, así se despliegan algunas lecturas en nuestro cerebro. Por eso lo acertado de la metáfora que consigue Arnold con sus esculturas. Si el proceso de cristalización provoca que los átomos de un gas o líquido conformen redes cristalinas, del mismo modo actúa una lectura impactante en nuestras mentes.

Y no se trata de otra defensa retórica de los beneficios de la lectura: se trata de una tesis avalada científicamente por muchos estudios. Por citar alguno reciente, el del Centro de Descubrimiento de Lectura y Alfabetización del Hospital Infantil de Cincinnati: que ha confrontado los efectos en el cerebro infantil de la lectura versus los efectos de las, omnipresentes, pantallas en edades tempranas.

Y es que los libros-bomba están esperando que cualquier lector curioso les arranque la espita al abrirlos: y se inicie la cuenta atrás para la eclosión. Para dejar imágenes, frases, ideas, sensaciones que serán como cristales en nuestra memoria. Libros-gema que terminarán enriqueciendo nuestra mirada sobre el mundo con todos los ángulos y perspectivas posibles.

 

Knovvmads: cultura trasatlántica para el siglo XXI

[Nota: este post tiene su reflejo al otro lado del Atlántico a través de un telestroscopio. Para visualizarlo pincha aquí.]

 

La cultura es energía, nunca se destruye, siempre se transforma.

El actor de serie B, en horas bajas, que interpreta Leonado DiCaprio en la última de Tarantino, Érase una vez en Hollywood (2019): asume su participación en un spaguetti western italiano como el signo inequívoco del declive de su carrera. Años después, esos filmes rodados en Europa, alimentarían la cinefilia de un joven empleado de videoclub en Tennessee. Un joven llamado Quentin, que terminaría convertido, en uno los cineastas más influyentes de finales del XX y principios del XXI.

 

 

Los denostados spaguetti western de los que se nutrió Tarantino son la demostración de que la cultura se retroalimenta. No hay detritus, todo sirve de abono. Pero también son la prueba de que la cultura de masas que ha marcado al mundo se basa en momentos, en los que el talento europeo, se cruzó con el espíritu emprendedor americano.

En los años 30 y 40 del pasado siglo cientos de técnicos, artistas, escritores y cineastas, huyendo del nazismo: fueron a recalar en la incipiente industria del cine estadounidense. No por casualidad, lo que vino a continuación, se le conoce como la Edad Dorada de la meca del cine. Ninguna industria como la desarrollada en las colinas de Hollywood ha impregnado la imaginación de todo un planeta como lo hizo la industria hollywoodense.

 

Josef von Stenberg, Marlene Dietrich y Charles Chaplin: europeos en Hollywood.

 

Ernst Lubitsch, Josef von Stenberg, Alfred Hitchcock, Billy Wilder, Fritz Lang, Douglas Sirk, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Ingrid Bergman, Rodolfo Valentino, Audrey Hepburn o Vivian Leigh. La lista se haría interminable. Europeos en América que ayudaron a configurar un olimpo cuyos ecos aún resuenan hoy día.

Y otro tanto pasó en los años 80, cuando la estancada industria del cómic estadounidense, recibió una invasión de guionistas y artistas ingleses. Alan Moore, Dave Gibbons, Neil Gaiman, David Lloyd, Eddie Campbell.., reformularon el discurso del noveno arte para lanzarlo al boom adulto que vive actualmente.

 

Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons: el cómic de superhéroes que lo cambió todo en los 80.

 

Con ese espíritu, el de inspirarse en lo fecundos que han sido los intercambios entre las dos orillas del Atlántico: nace el proyecto empresarial de Smart libraries.

Queremos que esos diálogos, ese trasvase productivo de experiencias y energías, se den también en el mundo bibliotecario. Cooperación bibliotecaria trasatlántica que nos enriquezca mutuamente, y partiendo de un país, España, que tantas conexiones tiene con la pujante comunidad latina de los Estados Unidos.

Y cuyas redes de bibliotecas, a diferencia de las de otros países del viejo continente, como Reino Unido: han sobrevivido los duros años de la crisis apostando por la innovación, el ingenio y la adaptación de espacios y servicios.

Knovvmads, con sede en Miami, aspira a trasladar al mundo bibliotecario estadounidense algunos de los proyectos que mejores resultados han tenido en la empresa Infobibliotecas.

Repensar las bibliotecas en la era digital, requiere cambiar los esquemas en cuanto a servicios y espacios. Para ello es necesario tener un profundo conocimiento de lo que son y han sido las bibliotecas. «Todo ha de cambiar para que todo siga igual»: que decían en El Gatopardo. Otro ejemplo del feedback Europa-USA en su adaptación al cine protagonizada por Burt Lancaster.

Porque los objetivos básicos de las bibliotecas no han caducado. Los principios recogidos en el Manifiesto de la IFLA/Unesco de 1994 sobre bibliotecas públicas siguen vigentes. Pero son los modos de hacer que se cumplan esos objetivos (y otros nuevos que reclaman los tiempos) los que han cambiado.

Knovvmads, es una empresa recién creada, pero lleva el equipaje de la experiencia acumulada, durante años, como empresa de servicios bibliotecarios integrales de Infobibliotecas.

Desde suministro de fondos documentales, en cualquier idioma y formato, así como plataformas tecnológicas para el préstamo online de ebooks, audiovisuales y revistas: que se adaptan a las necesidades y sobre todo, capacidad presupuestaria, de cada institución. Con más de 20.000 e pubs en los que destacan los cómics y el aprendizaje de idiomas; más de 9.000 revistas de todas las temáticas; y miles de audiovisuales.

La biblioteca desde tu sofá: una excelente manera de luchar con la piratería de contenidos digitales. Y paralelamente un enfoque que reconsidera el concepto de biblioteca pública como espacio físico, como centro social y cultural.

 

 

El escritor alemán Bernhard Kellermann, en 1914, publicó una de las novelas más exitosas de principios del siglo XX: El túnel. ¿Su argumento?: la construcción de un túnel transatlántico que uniera Europa con los Estados Unidos. Un verdadero best seller que fue llevado al cine, y cuyo éxito, corroboraba esa fascinación mutua entre continentes.

Casi un siglo después, el artista británico Paul George, creó un telectroscopio y situó: uno, bajo el puente de Brooklyn, en Nueva York; y otro, junto al Puente de Londres.

A través de este ingenioso artefacto habitantes de ambas ciudades podían interactuar en tiempo real y enviarse mensajes. Un espejismo de ese gran túnel que uniese a los habitantes de ambas orillas del Atlántico.

 

El telectroscopio construido junto al Puente de Londres. Foto de David Parker. 

 

Knovvmads nace con vocación umbilical que se nutre en ambos sentidos. Un túnel trasatlántico de la cultura y las bibliotecas. El telectroscopio bibliotecario con el que otear el nuevo panorama que han provocado las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Y para ello: quiere generar debates, reflexiones, intercambios que parten del inconformismo para no apoltronarnos.

La presentación en sociedad de un proyecto tan ilusionante tiene que terminar donde ha empezado: en esa fábrica de sueños que forjaron la creatividad europea y el espíritu emprendedor americano. Como decía la inolvidable Bette Davis de Eva al desnudo (1950): «Abróchense los cinturones» en esta travesía con Smart libraries empieza la tormenta de ideas para bibliotecas.

 

Bette Davis como bibliotecaria insobornable en Storm center (1956).

 

[Nota: este post tiene su reflejo al otro lado del Atlántico a través de un telestroscopio. Para visualizarlo pincha aquí.]

Hiperestimulados, anestesiados, manipulados

 

Este post solo podía darse en estas fechas. Y no es porque trate nada relativo a la Navidad, es porque sólo una vez saturados de brillos, destellos, luces espasmódicas, adornos kitsch y purpurinas mil: es posible leerlo sin sufrir un ataque epiléptico. Por ponernos pedantes se trataría de algo así como un metapost. Un post que experimenta en sí mismo lo que predica, o más bien, contra lo que predica.

 

 

Hace unos años, el escritor y editor italiano Roberto Calasso, expresaba muy bien una de las paradojas de esta revolución tecnológica que estamos viviendo, que viene a cuento de lo que aquí decimos:

«Un estudiante inteligente, de esos que sufrían porque estaban en provincias y no tenían acceso a las grandes bibliotecas […] hoy desde casa puede tener acceso a libros del siglo XVI, del XVIII, o a las revistas más complicadas de encontrar. Todo está en la red, algo inconcebible hace 20 años. Y, sin embargo, no he notado que se haya producido un particular desarrollo,  jóvenes que escriban una tesis magnífica…»

 

El editor italiano reflexionaba de este modo ante la «aversión» que muchos sienten ante los intermediarios (editores en este caso) en el mundo digital. Pero otro tanto podríamos decir de los bibliotecarios: como mediadores entre el exceso de informaciones y los usuarios.

Nosotros osamos aventurar una explicación a lo que plantea Calasso. Estamos saturados, sobreestimulados, casi anestesiados ante tanto reclamo. Y esto lleva a que muchas veces, salvo los egos insaciables de reconocimiento, muchas voces interesantes opten por la discreción. Una virtud, la discreción, en franca decadencia en nuestros días.

Usar un gif animado, un emoji, un dibujito, un banner emergente, puede tener su punto bien administrado. Pero el aturdimiento continuo que busca provocarnos la publicidad, la avalancha de informaciones, el carrusel de novedades, que gira y gira alrededor: nos arrastra simplemente a la apatía.

 

 

Una de las características que muchos editores de libros electrónicos enarbolan como ventajas frente a la experiencia lectora en papel: es la posibilidad de incluir vídeos y animaciones en el texto. Hay ediciones en digital de cuentos infantiles clásicos que son una verdadera delicia. Relatos interactivos que se venden como un aliciente para atraer a los jóvenes a la lectura al permitir una experiencia más cercana a lo audiovisual.

No tenemos suficientes argumentos pedagógicos para calibrar los pros y contras del uso de la interactividad para fomentar la lectura entre los jóvenes. Pero el peligro de que esa exigencia de interactividad se contagie a la lectura adulta no parece tan beneficiosa. Ya lo dijo el filósofo coreano Byung-Chul Han: «la acumulación de la información no es capaz de generar la verdad. Cuanta más información nos llega, más intrincado nos parece el mundo«.

 

La lectura desnuda de cualquier artificio que no sea la tinta sobre el papel (o la pantalla), la lectura cuyo ritmo lo marque el lector, y no cualquier aplicación o subrayado externo y rutilante: es la única capaz de generar reflexión y pensamiento. Sin algo de quietud (precisamente esa que les estamos robando a cualquiera que lea este post), es imposible asimilar lo que leemos, vemos o escuchamos.

Confiar nuestro aprendizaje a la tecnología, es como fiar nuestros recuerdos a una máquina, y dejar de ejercitar nuestra memoria. La intromisión de Internet en nuestras vidas está llegando a esos límites que la ciencia ficción más visionaria supo adelantarnos hace décadas. Pero solo en el ámbito de lo digital. Todo en general se supedita a ese ritmo, a esa agitación incesante.

 

 

Este año asistimos sin tregua, pisando las ya de por sí saturadas fechas navideñas, al espectáculo trepidante de lo político. Y así con los Reyes aún desfilando por las calles,  nuestros representantes públicos, desfilaban por el hemiciclo empeñados en convertirse en carne de meme, en hashtag, en vergonzosos trending topic, en muñecos de un guiñol de cachiporra que maldita la gracia. El espacio representativo del gobierno de un país transformado en una trinchera en la que cualquier conato de debate estaba proscrito.

Facebook llega tarde a nuestro país al prohibir los vídeos falsos manipulados con inteligencia artificial para que evitar que interfieran en procesos electorales. Nuestros políticos, sin manipulación digital alguna, se bastan y se sobran para dar gifs animados o muertos a las redes.

 

 

Llegados a este punto, si algo nos queda claro es que la sobriedad es el nuevo exhibicionismo. Ante la avalancha de impactos de todo tipo que nos asaltan, y nos anestesian: no hay nada más exhibicionista que lo austero. Algo que este blog procura aplicar cada semana: y no siempre consigue.

Quien quiera leernos que nos lea, quien quiera seguirnos que nos siga. Claro que todo depende del número de visitas de este post, si bate récords, este blog puede convertirse a partir de ahora en un carrusel frenético que ríete tú de la celebración del año chino en Pekín. En cualquier caso, quede como propósito de enmienda de cara al nuevo año que recién arrancamos. Frente al griterío que solo busca aplacar el pensamiento: quietud, mesura, sosiego y reflexión.

Pero por favor ¡¡¡qué acabe de una vez este post!!!

 

Desmontando (o remontando) el 2019

 

Este año, para el balance final del blog de Infobibliotecas, desmontamos el 2019 (como ya es tradición) pero lo remontamos: en el amplio sentido de la palabra. Si hay un momento en el que toda película se la juega es en la sala de montaje. Allí se pueden enmendar algunos de los errores cometidos o terminar por arruinar todo lo rodado.

 

Pregunta para cerrar un año: el protagonista de nuestra cabecera ¿está leyendo un libro o viendo una película en eFilm?

 

Y en este post final vamos a montarnos una película gracias a la ayuda de la plataforma de visionado de audiovisuales en streaming para usuarios de bibliotecas: eFilm. Tal cual como Rita Hayworth en la escena final de La dama de Shangai (1947): disparamos en una galería de espejos en la que, algunos de los posts publicados en 2019, se reflejan en algunas de las películas disponibles en la plataforma eFilm. No sabemos si atinaremos o erraremos los disparos: pero lo que sí podemos asegurar es que cuando llegue el The End: será feliz.

 

 

«creo que las bibliotecas de NYC son como un pequeño laboratorio social para entender cómo funciona su sociedad actual y también cómo se proyecta eso en este mundo globalizado, donde consumimos tanta cultura norteamericana, a veces sin ser conscientes de lo que asumimos.»

Extraído de la serie Una bibliotecaria española en Nueva York

Si hay algo que diferencia al blog en 2019 de años precedentes fue el hecho de que tuviéramos que mudarnos de servidor. A efectos prácticos no ha supuesto grandes cambios: estilo, temáticas y demás han seguido siendo, más o menos, similares. Pero si hubo una novedad que nos hizo ilusión, y es que en esta mudanza, pudimos tener vistas nada menos que al skyline de Nueva York.

Gracias a Irene Blanco, corresponsal bibliotecaria de Infobibliotecas en la Gran Manzana, disfrutamos de seis crónicas y una entrevista que nos sirvieron para ampliar horizontes. Por eso el documental I hate New York (2018) sobre activistas transexuales en Nueva York es el título idóneo para este primer reflejo. Una oda a la resistencia, a la lucha por una identidad propia, a la libertad y a la cultura como vía de supervivencia. Valores, todos ellos presentes, en las crónicas de Irene que sirvieron para el relanzamiento de este blog.

 

 

«los rusos estaban habituados a que el estado se encargara de todo, y ahora, están comprendiendo que pueden resolver sus propios asuntos reuniéndose en espacios públicos. Y esos espacios son las bibliotecas.»

Extraído de la serie Geopolítica bibliotecaria

Espionaje, tramas políticas, complots… Las intrigas que siempre han movido al mundo cada vez son más sutiles, a la vez, que más burdas. Paradojas de un mundo globalizado en el que nos preguntábamos: ¿qué papel jugaban las bibliotecas? Por eso la trama (real) de La espía roja (2018), con una Judy Dench que también daría para un papel de bibliotecaria, se ajusta a la perfección al panorama global bibliotecario que afrontamos en este serie de posts

 

«¿será la estupidez el siguiente paso evolutivo? ¿quién asegura a los que defienden a bibliotecas, librerías y a la cultura en general: que están en el bando correcto? ¿no deberían aparcar un poco los libros y dedicarnos más al sexo (con fines reproductivos, claro está)?»

Extraído de Dale una oportunidad a la estupidez

Ya hemos recomendado Dobles vidas (2018) en el blog para cualquier profesional de la cultura o persona, que simplemente, quiera ver expuestas las grandes cuestiones sobre el presente y futuro de la cultura en una comedia inteligente y entretenida. Sus protagonistas pertenecen a esa clase media ilustrada que cada vez parece tener menor peso en la sociedad actual. Y además de por sus profesiones, en diversos ámbitos culturales: se definen por sus enredos sentimentales. Un reflejo perfecto para el panorama que sobre la evolución de la estupidez y la cultura dibujábamos en este post.

 

«El término medio no es virtud: lo cuqui y lo grosero se retroalimentan entre sí. De Mr. Wonderful a Trump no queda espacio alguno para la serenidad que requiere el pensamiento. Si reivindicamos a las bibliotecas como espacios antiposverdad: reivindiquémoslas también como espacios anticuqui.»

Extraído de Biblioteca cuqui

No es tiempo de medias tintas. O blanco o negro, o cuqui o grosero. Larga vida y prosperidad (2017) es una película amable, sin demasiadas pretensiones, y buenas intenciones. Si es cuqui o edificante queda al criterio de cada espectador.

 

«A las bibliotecas hay que ir como un naturalista va al campo, con los ojos abiertos para poder descubrir cosas.»

Extraído de la serie Mujeres que nos gustarían como bibliotecarias

La frase escogida pertenece a la segunda entrega de la serie de entrevistas a mujeres destacadas en diversos ámbitos con las que celebramos el Día Internacional de la Mujer. La artista plástica Roberta Marrero; la paleoantropologa y médico María Martinon-Torres (que fue quien dijo la frase en cuestión); la humorista y bibliotecaria en excedencia Raquel Sastre; y la diseñadora de moda Constanza Mas: fueron las protagonistas de esta serie.

Para la que creamos hasta un hashtag #BibliotecariasenPotencia: porque las cuatro combinan curiosidad, innovación, inconformismo, imaginación y creatividad. Tal cual como  la protagonista del documental que hemos escogido de eFilm: Varda por Agnes (2019) Un documental imprescindible en el año precisamente en que nos ha dejado su protagonista: la directora de cine Agnes Varda. Un ejemplo de mujer innovadora, imaginativa, inteligente y creativa hasta el último momento de su vida.

 

 

«En la mayoría de programas de los másteres que surgen, aquí y allá, para formarse con ese perfil innovador, moderno, novedoso de gestor cultural, entre las salidas profesionales: se repiten galerías, centros culturales, museos, productoras de eventos, discográficas, industrias creativas…, pero nunca: bibliotecas

Extraído de Bibliotecarios en el ranking de lo cool

En Dumplin (2018) su protagonista es hija de una reina de la belleza, pero ella, no se ajusta en nada al canon estético que se exige según los parámetros de la publicidad, las influencers, y las revistas. Los paralelismos entre ser bibliotecario en el mundo cooltureta y los patrones a los que ajustarse para ser aceptado en el mundo de la belleza más alienada: reflejan a la perfección ese mensaje de disidencia que lanzábamos en este post.

 

 

«La memoria histórica más dramática está en las cunetas, pero la memoria histórica también está en las bibliotecas: y desde muy diversas posturas ideológicas hay voces que pugnan por censurarla.»

Extraído de Biblioteca o barbarie

Con el título de la última película de Jim Jarmusch Los muertos no mueren (2019) y la frase extraída del post no hace falta esforzarse mucho para ver el porqué del reflejo entre ambos. Zombis y disquisiciones en torno a los juicios sumarísimos a los que, en ocasiones, se somete a manifestaciones culturales del pasado.

 

«tu biblioteca te engaña si eres un bibliotecario con inquietudes y te das de bruces con la realidad en muchas administraciones: en las que la innovación no está bien vista, ni se pone mucho empeño (ni es fácil) remediar vicios adquiridos»

Extraído de Tu biblioteca te engaña

Se ha dicho que el pecado capital más intrínsecamente español es la envidia. La mediocridad siempre exige que se apague al que destaca, al que brilla personal o profesionalmente. Un lugar común que más de un profesional de las bibliotecas, con ganas e iniciativa, podría certificar como cierto. Por eso, la historia de La profesora de parvulario (2019), en la que la protagonista se enfrenta a quien sea necesario con tal de proteger la brillantez de un alumno: era perfecta para acompañar algunos de los disparos que lanzábamos en este post.

 

«¿qué líneas rojas marcarían los bibliotecarios españoles al ver amenazadas la libertad de expresión o la libre circulación de las ideas en sus centros?»

Extraído de Líneas rojas bibliotecarias

Nada como la mezcla entre espías, política y traiciones del thriller Un traidor como los nuestros (2016) para afrontar las líneas éticas que no estaríamos dispuestos a sobrepasar en nuestro quehacer profesional.

 

«si se retiene ilegalmente un bien común como son los documentos de bibliotecas: ¿por qué las administraciones de las cuáles dependen no se toman más en serio actuar contra los morosos cuando se constata que existe un ánimo manifiesto de dolo?»

Extraído de Pausa publicitaria para bibliotecas

American animals (2018) está basada en hechos reales aunque cueste creerlo en algunos detalles. El robo/atraco a una biblioteca en los Estados Unidos se convierte en una ¿comedia? que arroja lecturas de lo más jugosas sobre nuestra sociedad. Una película de la que ya hablamos en Spoilers bibliotecarios, no estrenada en nuestro país, y que gracias a eFilm podemos disfrutar desde nuestros hogares.

 

«¿Cómo puede colaborar de verdad las bibliotecas en la lucha contra el cambio climático más allá de: centros de interés, eliminando bolsas de plástico, adaptando espacios e infraestructuras a los requisitos de una buen gestión medioambiental?»

Extraído de Emergencia climática en bibliotecas

¿Una de las cintas de terror más aclamadas del último año para hablar de medio ambiente y bibliotecas? Pues sí. Porque Midsommar (2019) se desarrolla en un entorno natural idílico que, según avanza la trama, se convierte en una auténtica pesadilla. Tal cual pasará en nuestro planeta si no hacemos algo, bibliotecas incluidas, con el cambio climático.

 

 

«promovamos bibliotecas para imbéciles, bibliotecas abiertas a todas las manifestaciones culturales dejando cánones obsoletos por el camino. Hasta que seamos tantos los imbéciles: que nuestros votos terminen eligiendo a políticos que, de verdad, estén a la altura de la sociedad a la que sirven.»

Extraído de Bibliotecas para imbéciles

Infierno bajo el agua (2019) es de esas películas que a primera vista parecieran desechos de videoclub ochentero. Pero nada más lejos de la realidad. Según la crítica es una película de terror muy bien hecha que da lo que promete. Y es que nunca hay que fiarse de las apariencias, ni a la hora de explotar/disfrutar un producto cultural, ni a la hora de ir a votar a un político.

 

«España en general, y la administración pública en particular, suele ser zona de francotiradores. Profesionales que se mueven en algunos casos solitarios empujados por su vocación en territorios hostiles.»

Extraído de Tu sueldo sale de mis impuestos presenta: francotiradores en plantilla

Carmen Maura declaró que Pedro Almodóvar ha hecho más por España en el extranjero que la mayoría de ministros y secretarios de cultura. Y no le falta razón. Guste o no su cine negarle su talento resulta de lo más ruin. Almodóvar fue despreciado en sus inicios por los cineastas asentados, pero él como un francotirador, siguió a lo suyo. Décadas después es un símbolo de nuestro país. La cultura en España, en demasiadas ocasiones, es cosa de francotiradores. Y eso hablábamos en este post para el que hemos escogido la última del director manchego: Dolor y gloria (2019).

 

«¿Es quizás el momento de que los quioscos desahuciados (al igual que antes lo fueron las cabinas telefónicas) sean invadidos por las bibliotecas?»

Extraído de Coleccionables de bibliotecas: ecosistemas culturales urbanos

El thriller La noche es nuestra (2007) retrataba las difíciles calles de Nueva York en la década de los 80 del pasado siglo. Y de las leyes de la calle, pero culturales, iba el post que se refleja en este estupendo policíaco de hace unos años.

 

«que en este 2019, el Día de las Bibliotecas, coincida con el día en que finalmente los restos del dictador abandonan el Valle de los Caídos: no podía dejarse pasar sin hacer alguna interpretación de las que tanto nos gustan en este blog.»

Extraído de Bibliotecas bailando con el diablo a la luz de la luna

Obviamente, conociendo este blog, no podíamos dejar pasar el hecho de que el Día de las bibliotecas 2019 coincidiera con el día en que se exhumaban los restos de Franco del Valle de los Caídos. Y de ahí partíamos para hablar de un futuro con raíces (bibliotecarias) en el pasado más oscuro de nuestro país. La cinta alemana La ola (2008) se inspira en el experimento llevado a cabo en un instituto germano con el que recrearon lo que sería vivir en un estado totalitario. Y, claro está, se les fue de las manos. Bailar con el diablo siempre tiene consecuencias.

 

«la educación  que fomente el pensamiento crítico y dote a los estudiantes de capacidades para desenvolverse con mayor capacidad de análisis en nuestras sociedades: se escamotea (recortes a la educación pública mediante) al grueso de la población para hacerla exclusiva de la clase dirigente.»

Extraído de La biblioteca como ornamento

La película de Laurent Cantet El taller de escritura (2017) se centra en un escritora que dirige un taller de escritura para jóvenes provenientes de sectores de la sociedad en riesgo de exclusión.

En un sistema educativo que prima la formación de trabajadores utilitarios a los que el propio mercado termina excluyendo: las humanidades pueden parecer un lujo. Pero son todo lo contrario. Son un distintivo de clase, son esa diferencia que distinguirá al señor del lacayo. En ese asunto las bibliotecas tienen mucho que decir. Y de eso iba este post, ahora, tan bien acompañado por la película de Cantet.

 

«Estas bibliotecas presentan las obras de sus fondos tal y como fueron creadas originalmente. No solo podrían, es que pueden y quieren, contener representaciones culturales obsoletas.»

Extraído de Representaciones culturales obsoletas

Ajusticiar creaciones del pasado según valores actuales, restándoles valor por ello, es lo más absurdo que se puede hacer. Que alguien que no haya visto, o que vuelva a visionar,  Eva al desnudo (1950) (o cualquier otro clásico tan maravilloso como este) lo someta a un test de lo políticamente correcto según el presente: es que no entiende nada sobre lo que es la cultura.

 

 

«¿Hay bibliotecas en Silicon Valley? […] que sí, que en las oficinas de los gigantes de Silicon Valley, hay bibliotecas.»

Extraído de Sarah Connors, después de Terminator 2, se hizo bibliotecaria

Cyberpunk, robots, tecnología, acción, luchas de poder…¿Hace falta explicar por qué elegimos Alita, ángel de combate (2019) como la película idónea para un post en el que hablábamos sobre Silicon Valley y las bibliotecas?

 

 

«¿Tienen las bibliotecas la responsabilidad de luchar contra la gentrificación? ¿ayudan las bibliotecas a ese proceso?»

Extraído de Bibliotecas públicas, ¿agentes de la gentrificación?

Que nadie se despiste por el título y cartel de Un atardecer en la Toscana (2019). De lo que habla esta película polaca es de política, de inmigración, de religión, de terrorismo, de Europa. Y quien habla de Europa también habla de gentrificación cultural, social, urbanística, tal cual, como hacíamos en este post.

 

«El dinero es cobarde pero más allá de su cobardía está el hecho de que las bibliotecas sean capital de riesgo. De riesgo de democracia, de riesgo de un pensamiento independiente, de riesgo de ciudadanos independientes no manipulables.»

Extraído de Nada sale gratis: las bibliotecas tampoco

Estar alerta en nuestra sociedad requiere de un sobreesfuerzo comparable al que ejercitan los protagonistas del aclamado drama judicial Una íntima convicción (2018): para que la verdad termine saliendo a la luz. Siempre hay precios que pagar, y en este post, hablábamos de los que merece la pena pagar con tal de defender aquello en lo que creemos: en las bibliotecas como instituciones por una sociedad más justa y solidaria.

 

AGRADECIMIENTOS:

a Irene Blanco por la idea de cruzar el desmontaje del 2019 del blog con el montaje/cruce con películas de eFilm. Y por supuesto a todos los que nos siguen, a las bibliotecas que han confiado en eFilm, y sobre todo, a los usuarios que lo disfrutan.

Que todos tengamos un 2020 de película. ¿De qué género? Concedámonos 365 días para decidirlo.

 

Innovar por innovar es tontería: ¡¡Feliz Navidad!!

 

El veterano diseñador industrial e interiorista Miguel Milá acaba de publicar su libro con tintes biográficos Lo esencial (Lumen). En una entrevista concedida con motivo del lanzamiento, Milá, dice algo que resulta toda una innovación en los tiempos que corren: «innovar por innovar es una memez«. Y no podemos más que darle la razón.

 

Uno de los leones de la NYPL ataviado de Navidad. Una fotografía nada casual para un año, el 2020, en el que la conexión entre Infobibliotecas y las bibliotecas americanas va a ser más fuerte que nunca.

 

Cuando estamos, día sí, día también, machacando con lo que hay que innovar, arriesgar, experimentar, reinventar: que alguien diga que ese empecinamiento solo lleva a la tontería: suena casi a absolución.

Por mucho que sepamos que ser original es algo imposible, no conseguimos quitarnos ese afán inútil de intentar ser originales. Y por el camino del ditirambo se nos olvida algo esencial: que hay cosas que no merece la pena empeñarse en cambiar. Hazlo bien, como dice sabiamente Milá, y olvídate de innovar por innovar.

Por eso intentar hacer algo original por Navidad, cuando es un invento tan testado y contrastado en su eficacia, es un esfuerzo inútil. Y el ejemplo son estas postales navideñas que han realizado en diversas bibliotecas o inspiradas en el mundo bibliotecario. Puede ser que alguna peque de original: pero no era la intención al recopilarlas. La única idea era disfrutarlas sin más. Y constatar que cuando el mensaje está claro y definido: ser tradicional es lo más acertado a lo que puede uno aspirar.

¡¡Felices fiestas y un 2020 repleto de cultura os deseamos desde Infobibliotecas!!!

 

Felicitación bibliotecaria ideada por el diseñador británico Iain Claridge.

La biblioteca pública de Richmond publicó en 2017 una colección de felicitaciones navideñas para poner en venta. El dinero recaudado se destina a diversas causas benéficas.

Postales navideñas de la George Hail Free Library, en Warren Rhode Island (Estados Unidos)

Tarjeta navideña que en realidad es una manera de financiar los fondos infantiles de la Hamilton Public Library.

 

Esta postal navideña no peca de original sino de extraña. Es la tarjeta felicitando las Navidades del Servicio de Guerra de Bibliotecas (organización de voluntarios uniformados de la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos) y la Fuerza Expedicionaria de Estados Unidos en Siberia en 1917.

Billy Graham, fue uno de los predicadores más importantes de los Estados Unidos. En Charlotte, Carolina del Norte, se ubica su biblioteca. Y entre sus fondos evangelizadores se encuentra la colección de postales navideñas que cada año hacía la familia al completo. Lo que Tim Burton, en sus buenos tiempos, habría hecho con un material así.

La colección de postales navideñas de las Bodleian Libraries de la Universidad de Oxford bien merece una visita a su tienda.

Postal navideña dibujada por la artista Jackie Morris para la Organización Internacional para el Libro Juvenil (IBBY).

El libro que recopila 100 de las postales navideñas que forman parte de las colecciones de la Biblioteca Pública de Nueva York.

 

Nada sale gratis: las bibliotecas tampoco

 

El cine superó los barracones de feria en los que nació para habitar suntuosas salas en el centro de las ciudades. El videojuego, cuyo hábitat inicial fueron billares y salones recreativos, ha progresado hasta llegar a museos. Las bibliotecas, en cambio, que nacieron en templos y palacios: se esfuerzan por descender hasta los más desfavorecidos.

Pero, independientemente de sus trayectorias, ascendentes o descendentes: cine, videojuegos y bibliotecas tienen algo en común. Los tres han terminado por ser consumidos desde los sofás de los hogares recreando un espejismo de gratuidad.

 

 

En la revista digital ‘Yorokobu’ se publicó recientemente una entrevista con la psicóloga que está detrás del desarrollo de uno de los videojuegos más exitosos de todos los tiempos: Fortnite.

Celia Hodent, que así se llama la psicóloga, señala la gratuidad de los videojuegos como una posible trampa. Una vez picado el anzuelo, solo pagando, se consigue añadidos que amplíen las posibilidades de triunfo. Un buen adiestramiento capitalista para los millones de gamers absortos en las pantallas.

Hodent se lamenta de que en la industria no se discuta lo suficiente sobre los límites éticos de los videojuegos. Confiemos que pasado un tiempo, Hodent, no termine como algunos de los creadores de las redes sociales: disculpándose por haber colaborado en la alienación digital de las nuevas generaciones. Pero, como ella misma dice: la mala fama que acarrean los videojuegos antes la tuvo el cine, la televisión o los cómics.

 

Escena en una biblioteca en el videojuego Fortnite.

 

En cualquier caso, lo más destacable es que haya psicólogos ayudando a desarrollar videojuegos. Cuando se crearon los estudios de psicología, allá por 1860 en Suiza, la profesión parecía orientada a ayudar a desentrañar la psique humana para tratar y mitigar sus patologías. Pero visto la de psicólogos que hay en la plantilla de shows televisivos como Gran Hermano, en agencias de publicidad y en los equipos electorales de los partidos: el potencial para manipular de la profesión destaca por encima del resto de sus aplicaciones prácticas.

Pero lejos de criticar nada, más bien, nos preguntamos: ¿por qué no se cuenta también con psicólogos a la hora de diseñar los planes de fomento de la lectura/cultura para bibliotecas?

Hodent declara que su motivación para entrar en la industria de los videojuegos fue mejorar su calidad y proyectarlos más allá del simple entretenimiento. En su trabajo tiene muy en cuenta la curva de olvido del psicólogo alemán Herman Ebbinghaus. Según dicha curva: si has aprendido cierta información sin ningún método es probable que olvides un 70% en cuestión de un día.

 

Una curva que se debe de combar hasta rozar el suelo en el caso del método cuántico de lectura que se ha ido extendiendo en China. El método ideado por el profesor japonés Yumiko Tobitani se está publicitando dirigido principalmente a los jóvenes. Cursos en los que se promete la lectura de 100.000 palabras en cinco minutos. En una sociedad donde el nivel de estudios marca la diferencia: el método cuántico es a la lectura lo que las dietas milagrosas a la salud. La lectura en tiempos del beneficio inmediato.

Pero nada sale gratis. Si se quiere leer a la velocidad del rayo será a costa de renunciar al placer. ¿Será por eso que las ofertas de descuento destacadas, para estas Navidades, en Amazon: se olvidan de los libros y dan preferencia al Satisfyer?  Según la publicidad, con el famoso artilugio el placer está asegurado entre la población más lectora: las mujeres. Orgasmos en menos de dos minutos. Ya que cuesta tanto alcanzar una igualdad real, al menos, que se iguale el tiempo que tardan en alcanzar el orgasmo los dos sexos. Si hay que competir con las máquinas convirtámonos en máquinas.

 

 

Pero no nos dispersemos más de la cuenta. Cuando todo parece a punto de descarrilar desembocamos de nuevo en las bibliotecas. En las conclusiones de las recientes Jornadas ‘Presente y futuro de las bibliotecas’, organizadas por Anabad-Murcia, con motivo del 30º aniversario de los estudios de Biblioteconomía en la UMU: el catedrático José Antonio Gómez Hernández lanzó una reflexión que enlazaba con lo de la gratuidad.

Según Gómez, tal vez, habría que empezar a darle la vuelta al eslogan que tanto se ha repetido durante los últimos años: ‘las bibliotecas no son un gasto sino una inversión’. En una sociedad capitalista: solo a lo que cuesta dinero, a lo que supone un gasto: se le reconoce un valor. En resumen, se le respeta. Si algo sale gratis, sospecha, puede que estés pagando un precio más alto que el dinero. Tu intimidad, tu compromiso en lo que crees, tu libertad, o la sociedad que te gustaría en el futuro.

Y precisamente ha sido en un medio económico y financiero, el británico ‘Financial Times’: donde, la escritora y crítica literaria hindú, Nilanjana S. Roy ha publicado una columna defendiendo a las bibliotecas. Su título desafía con una pregunta y su respuesta: ¿Quieren construir democracia? Entonces construyan bibliotecas.

 

 

Roy cita en su artículo el libro del sociólogo Eric Klinenberg Palaces for the People (2018). Un libro que esperemos alguna editorial española tenga la visión de publicar en nuestro país. El subtítulo aclara bastante sobre lo que versa: «cómo las infraestructuras sociales pueden ayudar a luchar contra la desigualdad, polarización y el declive de la sociedad civil». Y entre las infraestructuras sociales que el sociólogo sitúa en lo más alto de su lista están, como no, las bibliotecas.

El único libro de Nilanjana Roy publicado en castellano.

Además, Roy en su articulo, revisa la situación en que se encuentran las bibliotecas en diversos ámbitos geográficos.

Para la escritora hindú si alguien ha demostrado entender bien el valor y alcance del papel de las bibliotecas en las sociedades esos son los autoritarios y populistas. Y gracias a esa comprensión están dedicándose a combatirlas o, directamente, eliminarlas.

En Egipto, el presidente Abdel Fatteh el-Sisi echó el cierre a las bibliotecas de Al-Karama por estar financiadas por el defensor de los derechos humanos Gamal Eid. En Turquía asfixian presupuestariamente las redes de bibliotecas y ordenan quemas de libros. Este pasado agosto, más de 300.000 libros, fueron calcinados por orden el ministro de Educación. Cualquier referencia al golpe de Estado de 2016 hay que borrarla del mapa.

 

 

Trump por su parte lleva tres años recortando el presupuestos de las bibliotecas y está decidido a eliminar el Instituto de Servicios de Museos y Bibliotecas. En la India, el Partido Popular Indio, han optado por promover las bibliotecas, sí, pero bibliotecas que promocionen fondos que sustenten el discurso ideológico del partido en el poder.

Pero tal vez lo más triste es constatar que, esos discursos de odio a la cultura, encuentran colaboracionistas entre las propias filas bibliotecarias. Precisamente hace poco, en las redes sociales chinas, se hacía viral una fotografía de dos bibliotecarias a la puerta de su centro de trabajo quemando libros prohibidos.

 

 

Visto el panorama pareciera que los problemas de financiación para las bibliotecas no provienen tanto de la falta de recursos y medios. No se trata de priorizar necesidades básicas en las asignaciones presupuestarias ante la escasez de riqueza. Se trata de una purga ideológica, orquestada y organizada, por los gobernantes de algunos de los países con más peso en la escena internacional.

Otro de los libros que Roy cita en su artículo en defensa del papel de las bibliotecas en la sociedad actual.

El dinero es cobarde, según los especuladores, pero más allá de su cobardía está el hecho de que las bibliotecas sean capital de riesgo. De riesgo de democracia, de riesgo de un pensamiento independiente, de riesgo de ciudadanos independientes no manipulables.

Y eso no interesa al populismo, de derechas o de izquierdas, que campa a sus anchas por este nuevo siglo.

Un populismo reaccionario que guarda muy pocos grados de separación con el supuesto progresismo digital de Silicon Valley (con sus gurús provenientes de Berkeley y su tradición contracultural): cuando se trata de alienar a la población. Y en ese panorama, las bibliotecas públicas, siempre resultan anomalías en el sistema.

Todo tiene un precio, cierto. Pero parafraseando una frase que se hizo célebre durante la campaña electoral de Bill Clinton en 1992: «no es la economía, estúpido, es la ideología». Nada sale gratis. Pero lo que sale mas caro siempre es la independencia de criterio.

Bibliotecas a ritmo de trap y reguetón

 

Si en Bibliotecas ¿agentes de la gentrificación? hablamos del aburguesamiento urbanístico de las ciudades y del papel que las bibliotecas juegan en él. En este post partimos de la gentrificación para hablar de asuntos diferentes, pero en el fondo, no tan distantes.

Gentrificación proviene del término inglés gentry (clase social noble media o baja); pero al castellanizar la palabra pareciera que se le añadieran ecos de geriátrico. Y sirviera tanto para aplicarlo a ciudades, como a la cultura en general.

 

 

Ensalzar algo sin menospreciar no está en el espíritu de los tiempos. Si no denigras los gustos de alguien: la defensa de las bondades de lo que defiendes, resultan insuficientes. Flaco favor, en todo caso, para el objeto de devoción. Dios me libre de mis fans que de mis detractores ya me defiendo yo. Pero algo así es lo que ha puesto en práctica la periodista Paula Corroto en un reciente artículo para ‘El confidencial’.

Hacía tiempo que el término marujas (tan habitual en los 80) había perdido fuelle. Pero, gracias a Carroto, las marujas vuelven a la palestra con toda su carga de desprecio a cuestas. Jane Austen es de marujas, la escritora moderna y progresista es Georges Eliot: así ha titulado la periodista su artículo, en el que celebra la figura de la escritora inglesa George Eliot, en el bicentenario de su nacimiento. Sin duda los clickbaits que habrá cosechado le compensarán de las animadversiones y críticas que acumula en los comentarios.

 

El libro de Cristina Morales con un discurso provocador, y supuestamente antisistema, que ya acumula dos de los premios más prestigiosos del estableshiment cultural de nuestro país.

 

Un artículo, el de Carroto, que coincide en el tiempo con una entrada en el blog de la crítica de televisión Diana Aller: a cuenta de los realities televisivos con otro título también llamativo: No lo llaméis basura es clasismo.

En él, Aller parte del consumo de contenidos televisivos a través de plataformas de pago y de las cadenas generalistas en abierto: para dibujar los clasismos culturales entre los que nos movemos.

Por un lado, las clases populares, que acuden en masa mayoritariamente a Mediaset, para consumir realities, talents, magacines, en definitiva, lo que se da en llamar telebasura. Y por otro, los integrantes de esa clase media que se identifican con las tramas de las series de HBO, Netflix o Amazon: en un deseo aspiracional de verse reflejados, de resultar cool, de ser guays.

Aller viene a afear la actitud condescendiente y, profundamente clasista, de críticos y clase media. Un grupo social, la clase media o burguesía, que siempre ha concentrado el desdén de los intelectuales. Ya Theodoro Adorno, que en esto de analizar la cultura es referente inexcusable: decía en uno de los capítulos de su obra Mínima moralia (titulado ‘El burgués que regresa’): «los burgueses sobreviven como fantasmas que anuncian calamidades».

 

Lo burgués, culturalmente, nunca ha tenido buena fama. El clasismo cultural tiene sólidas estructuras que lo sustentan de una clase a otra. De la aristocracia/intelectualidad a la clase media/burguesía, y de ésta a las clases bajas. Los gustos culturales como signo de distinción/exclusión siempre han necesitado del demérito de otro grupo para hacerse valer. Las vanguardias siempre han despreciado a los burgueses y su domesticado buen gusto. Unas vanguardias, en las que en primera línea, siempre se han estado los hijos rebeldes de familias acomodadas.

En los años 70, la hija de un diplomático neerlandés, Gloria van Aerseen; y la bisnieta del pintor Eduardo Rosales, Carmen Santoja: formaron un dúo musical con personalidad propia. Con un estilo único, en lo musical pero sobre todo en las letras, en las que la ironía y el humor estaban muy presentes: Vainica Doble influyeron en muchos de los grupos que surgirían en los 80. Por ejemplo, Carlos Berlanga, alma junto a Nacho Canut, de los Pegamoides o Dinarama: versionó su canción La funcionaria.

 

 

Un puesto de funcionario para sus hijos era el deseo de muchos padres de esa clase media/baja que intentaba prosperar en los 70 y 80. Y ese futuro de grisura y estabilidad laboral no casaba bien con la imagen de inconformismo y bohemia que querían proyectar los modernos de la Movida.

Así que temas como La funcionaria asesina o La cajera del fabuloso tándem Berlanga/Canut: ahondaron en esos contrastes. Unos contrastes que también se daban entre los propios miembros de la escena del Madrid de los 80.

Sin ir más lejos, Pedro Almodóvar, empezó su carrera como cineasta compatibilizándola con su puesto como funcionario en Telefónica. Almodóvar era hijo de un arriero manchego; mientras que su amigo Carlos Berlanga, era hijo del gran director de cine; y Nacho Canut era hijo del médico del actual rey emérito. El talento, en ocasiones, supera clases sociales.

 

Pedro Almodóvar, del brazo de su madre, pasea una vez alcanzado el éxito por su pueblo entre aplausos de sus vecinos.

 

Precisamente ahora estamos viviendo algo similar, pero en sentido contrario. El trap y el reguetón son los dos géneros musicales y estéticos en los que se ubica un amplio sector de los jóvenes de los 2000. Pero, lejos de esas vanguardias de tiempos pasados en las que al frente estaban los hijos díscolos, o más inquietos artísticamente, de familias bien situadas: en este caso sus principales representantes se esfuerzan por aparentar que provienen de las clases sociales más desfavorecidas. Una marginalidad que, una vez se repasan los orígenes de algunos de sus representantes, por ejemplo la Zowi o Bad Gyal: queda un tanto en entredicho.

El caso es que los necesitados de desmarcarse del buen gusto burgués ya los reivindican como el nuevo punk. El clasismo cultural opera en todos los sentidos. Lo cual no deja de ser agotadoramente pueril, o perversamente práctico, para preservar los compartimentos estancos de cada grupo social.

El año pasado el profesor de filosofía Josep Soler publicó su libro: Dame reggaetón Platón: una historia de la filosofía en 15 lecciones. Y hace unos meses, el doctor en filosofía Ernesto Castro lanzaba: El trap, filosofía millennial para la crisis en España.

Así que se puede decir, que aunque solo fuera en formato libro, el reguetón y el trap están presentes en muchas bibliotecas. De ahí al aburguesamiento solo hay un paso.

 

Yung Beef, el músico de trap que aparece en la portada del libro de Ernesto Castro, denunció a la editorial por hacerle una caricatura. No sabemos si porque no le pagaron por usar su imagen; o porque aparece en la portada de un libro de filosofía.

Hace unas semanas, a través del siempre interesante blog Open culture, teníamos noticia del Archivo Internacional Dada de la Universidad de Iowa. Dicho archivo reúne, y da acceso digitalmente, a una rica colección de publicaciones en torno al movimiento vanguardista capitaneado por figuras como Tristan Tzara, Marcel Duchamp o Hugo Ball, entre otros.

Josh Jones, el escritor y músico, autor del artículo recuerda lo que significó el movimiento dadaísta como revulsivo cultural; y lo hace lanzando arpones a la quilla del momento cultural que estamos viviendo actualmente. Jones invoca el espíritu contestatario y revolucionario de los dadaístas como un ejemplo de subversión de lo establecido.

 

 

Pero ¡ay! pese a sus buenas intenciones no puede más que constatar, que al igual que pasa actualmente con cualquier movimiento cultural, por muy contracontracontra cultural que se declare: el dadaísmo, también terminó en sitios que nada tenían que ver con ese inconformismo que lo alimentó. Y entre esos lugares están las bibliotecas. O los archivos, como en el caso de Iowa: que a efectos prácticos viene a ser lo mismo.

Como escribe Jones: «los inicios de Dada no fueron los inicios del arte sino del asco «con la cultura osificada de los buenos, buenos burgueses». Jones recoge las palabras del poeta Hugo Ball:

«Para nosotros el arte no es un fin en sí mismo. Es una oportunidad para la verdadera percepción y crítica de los tiempos en que vivimos»

 

Bad Gyal, de panadera a trapera.

Todo este armazón intelectual del muy instintivo asco que el buen gusto burgués producía en los díscolos dadaístas generó numerosa producción editorial.

Revistas, libros, folletos, manifiestos, etc: que terminaron recopilados, depurados, limpiados y conservados en las asépticas y ordenadas baldas de muchas «bonitas, bonitas y burguesas» bibliotecas. Y gracias a la labor de esos bibliotecarios, un siglo después, el legado dadaísta sigue accesible.

¿Llegarán a dejar un legado perdurable el reguetón y el trap en las bibliotecas? Solo el tiempo lo dirá. El hip hop ha evidenciado sus conexiones con las bibliotecas en más de una ocasión. Y es que toda manifestación cultural es competencia de unas instituciones que aspiran a convertirse en auténticas casas de la cultura del siglo XXI. El clasismo cultural no tiene cabida en las ‘bonitas, bonitas y burguesas’ bibliotecas públicas.

 

Bibliotecas públicas: ¿agentes de la gentrificación?

 

Ediciones Destino acaba de publicar la última novela de la autora inglesa Salley Vickers: La bibliotecaria. Según reza en su portada: ‘un homenaje a los bibliotecarios y a los libros que marcaron nuestra infancia’.

Narra la historia de la llegada, en 1958, de la joven bibliotecaria Sylvia Blackwell a un pequeño pueblo inglés. No hacemos spoiler alguno al adelantar que Sylvia se enamora del  médico local (igual podría haber sido el maestro o el notario, pero en cualquier caso, un miembro respetable de la comunidad). Y que serán las relaciones que entabla con los niños del pueblo, y sus recomendaciones de lectura, las que resquebrajarán la aparente armonía que caracterizaba la convivencia entre sus habitantes. Todo viene explicado en su contracubierta.

Ilustración de Fernando Vicente para el libro ‘Retablo’ de Marta Sanz en el que aborda la gentrificación del barrio madrileño de Malasaña.

En las listas de regalos para estas Navidades puede que a más de un profesional de bibliotecas le toque en suerte esta novela como regalo. Sin duda luce bien en los escaparates navideños. Para los que no sientan la más mínima curiosidad siempre quedará la opción de la próxima adaptación cinematográfica. Porque la novela de Vickers tiene toda la pinta de ser de las que rápidamente llevarán al cine.

En los últimos tiempos hay toda una corriente de adaptaciones literarias de novelas con temática relativa al amor por la lectura y las bibliotecas. En un repaso rápido: La biblioteca de los libros rechazados (2019); La sociedad literaria y el pastel de piel de patata (2018); Book club (2018); La librería (2017): y seguro que alguna más que se nos escapa.

Películas, que independientemente de su calidad, abordan la lectura y las bibliotecas desde prismas bienintencionados y amables. Obras que suelen asociar la lectura y el libro a ese concepto, ya tan desvaído, del buen gusto Y la cultura no tiene porque ser amable, ni mucho menos de buen gusto. ‘Algo que me entretenga pero no me haga pensar que bastantes problemas te da la vida’. Un deseo respetable, la evasión, pero que las realidades adulteradas que propician las tecnologías está llevando a niveles totalitarios.

Si consumimos cultura, pero nada de lo que consumimos nos sacude, interpela, cuestiona o inquieta: nos arrellanamos en el entretenimiento. Nada malo de por sí. Pero si la equivalencia cultura=entretenimiento se hace absoluta: ¿qué margen queda para la evolución, el progreso, individual y colectivo, que se supone debería promover la cultura?

 

En Guerra cultural C: pequeñas bibliotecas libres vs. gnomos de jardín constatábamos el lento declive de un símbolo de los vecindarios pequeñoburgueses, como son y han sido, los gnomos de jardín en favor de las intrusivas Pequeñas bibliotecas libres (PBL). Y parece que la resistencia se está organizando cada vez más. Y a los gnomos de jardín ahora se suman las bibliotecas públicas.

La expansión del movimiento de las PBL en Washington está provocando reacciones similares a las que provoca el turismo en ciudades como Barcelona o los cruceros en los fiordos noruegos. Tribus ocultas cerca del barrio, esperando que caiga la noche, para empapelar a las expansionistas PBL con libelos contra su imperialismo cultural.

Otros vendrán que subversivo me harán. Desde hace unas semanas algunas de las PBL han aparecido con escritos que denuncian la gentrificación que suponen para los vecindarios, y de paso, pidiendo apoyo para las bibliotecas públicas.

Si ya existen instalaciones mejores, y más completas, como son las bibliotecas: ¿qué pintan las PBL?

Por si acaso, desde su cuenta personal de Twitter, el director ejecutivo de la Biblioteca Pública DC de Washington: ha declarado no estar detrás de este movimiento en contra de las PBL. Tal y como dice en su tuit no las ven como competencia. Pero el debate sobre la gentrificación, a través del amor por la lectura, se ha abierto y que duda cabe que da juego.

Si atendemos al mapa mundial que ofrece la organización de las PBL para localizarlas: en España se contabilizan diez PBL registradas. Y ya adelantamos que ninguna se encuentra en el barrio de Los Pajaritos (Sevilla); ni en el distrito de Puente Vallecas (Madrid); ni en El Raval (Barcelona). Por citar algunos de los barrios con rentas más bajas del país.

En Madrid encontramos una PBL en pleno centro de la capital. Concretamente en el colegio privado Nuestra Señora de las Maravillas, perteneciente a los Hermanos de las Escuelas Cristianas de La Salle. En Murcia constan dos PBL inscritas en el municipio de Yecla, y pertenecen a un colegio público y a una academia de inglés.

 

Las PBL inscritas en el registro de las Little Free Libraries señaladas en el mapa.

 

Las PBL de Yecla (Murcia).

Subiendo por el Levante, en la Comunidad Valenciana, encontramos hasta cinco PBL. La primera, promovida por la Biblioteca Pública de Sant Joan d’Alacant; otra en Banyeres de Mariola construida por el centro privado de enseñanza Fundación Ribera; la tercera y la cuarta (contraviniendo el espíritu callejero originario) se encuentran dentro de una cadena de academias de inglés en Valencia capital; y la quinta, fue construida por la asociación literaria Bluebooks Castellón en dicha ciudad.

En cuanto a las tres restantes, las encontramos en Cataluña. Una en la localidad costera de Vilassar de Mar; otra en la Escuela Oficial de Idiomas de Girona; y la última, que se sitúa junto al Ayuntamiento de Avinyonet de Puigventós (Girona): consiste en una nevera reciclada y decorada para actuar como PBL.

A tenor de estos datos parece que en nuestro país se reafirma, al menos, una de las conclusiones a las que llegaron los bibliotecarios universitarios canadienses, Jane Schmidt y Jordan Hale en su estudio sobre las PBL:

  • contrariamente a lo que se sostiene de que las PBL sirven para llevar la cultura a barrios menos abastecidos culturalmente: lo cierto es que la mayoría de PBL se han instalado en barrios ricos y aburguesados que ya disponen de biblioteca pública.

First we take Manhattan: se vende ciudad de Daniel Serando y Álvaro Ardura. Un ensayo sobre ‘la destrucción creativa de las ciudades’

Pero no seamos clasistas. No hablemos solo de las PBL. ¿Qué decir de esas bibliotecas públicas que nacieron proletarias para hacerse burguesas?

En Detroit, tras haberse declarado en bancarrota en 2013, tras convertirse en una ciudad símbolo de los estragos del sistema capitalista: están empezando a ver luces al final del túnel. Pero unas luces que como siempre iluminan más a unos barrios que a otros.

Jodi Coalter, bibliotecaria de la Universidad de Maryland, publicó un artículo, hace un año, sobre la gentrificación que estaban sufriendo determinadas zonas de la ciudad. Y concretamente, sobre el papel que las bibliotecas están jugando en esa recuperación de barrios degradados, que vuelven a regenerarse a costa de expulsar a los vecinos con menos recursos. Ciudades escaparate, cultura de escaparate.

Coalter se pregunta ¿tienen las bibliotecas la responsabilidad de luchar contra la gentrificación? ¿ayudan las bibliotecas a ese proceso? La noticia de que la Biblioteca Pública de Chicago planea abrir sucursal en el distrito sur de la ciudad influirá, sin duda, en la revalorización urbanística de la zona.

¿Cómo se conjuga la labor encomiable de los bibliotecarios por organizar programas y servicios que ayudan a las personas más vulnerables, mientras por otro lado: la creación de bibliotecas sirve a los intereses de los beneficiados por la gentrificación? Y un nuevo leño al fuego: ¿es tan negativa la gentrificación? Un reciente estudio lo pone en duda. En cualquier caso un debate apasionante pero que pilla algo lejos de nuestra realidad. ¿O no?

 

Volviendo a nuestro entorno más cercano ¿En cuántas de las expansiones urbanísticas que han ampliado/despersonalizado las ciudades de toda España se han abierto bibliotecas públicas?

No dejaría de resultar interesante que ahondando en el interesante y necesario informe Fesabid: Las bibliotecas públicas en España: diagnóstico tras la crisis económica: el siguiente paso fuera un estudio que recoja la renta per capita de los barrios en los que se ubican las bibliotecas públicas en nuestro país. Constatar, si en los barrios con renta más bajas hay servicios bibliotecarios; y en qué barrios se ubicaban esas 251 bibliotecas que cerraron desde el año 2010 al 2016.

Gentrificación sí, gentrificación no: un debate urbanístico, sociológico, económico, y también por supuesto, cultural: en el que no hay que olvidar la cuestión bibliotecaria.

El delicioso libro de Marta Sanz sobre la gentrificación del barrio madrileño de Malasaña.

Sarah Connor, después de Terminator 2, se hizo bibliotecaria

 

En la última desfibrilacion que la industria de Hollywood le ha hecho a la saga Terminator, el hecho de recuperar a Linda Hamilton, hizo albergar alguna esperanza sobre que el paciente mejorara. Pero ni el regreso de la originaria Sarah Connor ha evitado el fracaso de esta nueva entrega.

 

Sarah Connor en Terminator 2 (1991) y veintiocho años después.

Scorsese, de nuevo de actualidad por su película para Netflix, y por sus declaraciones despreciando el cine de superhéroes. Opiniones a las que se sumaron otros clásicos como Coppola. Conflictos intergeneracionales de una industria.

 

La churrería en la que se ha convertido gran parte de la oferta de Hollywood no se caracteriza por el riesgo argumental. Y ese conservadurismo pasa factura con un público, al que las televisiones de pago: están tratando como adulto en esta edad dorada de las series.

Si de verdad la saga Terminator hubiera sido fiel al espíritu de la originaria de los años 80: el personaje de Sarah Connor no habría regresado como una iron woman de 60 años.

Lo realmente consecuente con la idea de preservar a la humanidad frente a la amenaza de una tecnología belicosa y desatada (que daba consistencia argumental a la primera) habría pasado por convertir al personaje de Hamilton en bibliotecaria.

Que luego cogiese las armas o no, por aquello de la espectacularidad exigible a todo blockbuster: es otra historia. Pero Sarah Connor, tras sus extenuantes aventuras en las dos primeras entregas de la saga: habría decidido ser bibliotecaria.

 

El futuro Terminator empapándose del conocimiento humano para poder cumplir su misión en la Tierra.

 

¿Dónde encuentra refugio, sino, ese concepto de humanidad al que apelan todas las epopeyas de ciencia ficción literarias o cinematográficas? Claramente en las bibliotecas. Pero si de inteligencia artificial, robots, cíborgs e inquietante futuro digital hablamos: apuntemos el foco a donde se está cociendo todo. A Silicon Valley.

En la trilogía Geopolítica bibliotecaria, cual película de James Bond, dimos una apresurada vuelta al mundo para tomar el pulso a la situación de las bibliotecas. Pero en ese periplo nos dejamos sin apuntar al destino que más tiene que decir sobre el futuro que nos espera. Y la pregunta surge sola. ¿Hay bibliotecas en Silicon Valley? Recurramos, una vez más, a la tecnología para luego criticarla una vez nos haya resuelto la papeleta. Así de ingratos somos los humanos: libraries+Silicon Valley en Google.

 

Espacio selvático en medio de una de las oficinas de Google para el relax y la lectura.

 

El rancho/ parque de atracciones Neverland de Michael Jackson.

Silicon Valley, más que un lugar geográfico que hasta donde sabemos (porque no hemos ido) es real: es un estado mental. Por eso tanto nos da que las oficinas que hemos rastreado de Google, Facebook u otros grandes del valle siliconado: estén en California, en Dublín, Tel Aviv o Singapur.

Estén donde estén: Silicon Valley ya es el mundo, no porque lo represente, sino porque lo domina. Y podemos afirmar, a tenor de los resultados que nos devuelve Google Imágenes: que sí, que en las oficinas de los gigantes de Silicon Valley, hay bibliotecas.

Lo habitual cada vez que algún reportaje en los medios husmea en los cuarteles generales de Google, Facebook o Amazon, pero sobre todo de Google: lo que se muestra son espacios hipermodernos, divertidos, casi parques de atracciones más que oficinas. Lugares en los que trabajar pareciera una fiesta continua. Lo cual, dado el nivel de exigencia para con sus empleados, los hace más inquietantes que el rancho Neverland de Michael Jackson. Y lugares, en los que las bibliotecas, en la mayoría de los casos, parecen estar presentes.

 

Biblioteca en las oficinas de Google en Dublín.

Biblioteca en las oficinas de Facebook en Seattle.

Biblioteca de las oficinas de Facebook en Malasia.

Marc Andreessen, fundador de la empresa de inversión de riesgo en tecnología más importante de Silicon Valley.

 

Comparamos las imágenes de algunas de las oficinas de Google,  la empresa con más fama de sedes guays, que aparecen en un artículo de Webespacio.

Lo primero que llama la atención es lo convencionales, en comparación con los demás espacios, que resultan sus bibliotecas. No decimos que sean feas, no lo son. Pero en comparación con el alarde de fantasía decorativa del resto: se ajustan bastante a la idea convencional de lo que es una biblioteca.

¿Será que las bibliotecas ya son tan modernas que no hay manera de reformularlas al estilo googleniano? ¿O será que un punto vintage en medio de tanta superficie ultramoderna resulta entrañable? ¿Leerán los libros que hay en las estanterías o serán bibliotecas ornamentales? ¿Son simples decorados con los que darse pisto?

Pero si hay una biblioteca en Silicon Valley que resulta de lo más llamativa esa es la de empresa inversora de capital de riesgo en tecnología: Andreessen Horowitz. Que una sociedad dedicada a invertir en star-ups, redes sociales, videojuegos, comercio electrónico y, en general, en empresas de software: reciba a los visitantes con una biblioteca en el vestíbulo de más de 800 libros de papel: podría considerarse una inversión de alto riesgo. O un toque de distinción que marca la diferencia.

 

Biblioteca-recibidor de la sociedad de inversión de riesgo en tecnología Andreessen Horowitz.

 

Musk ha advertido, en numerosas ocasiones, de los peligros de un desarrollo sin control de la IA. Y uno de sus libros de cabecera en ese sentido es el de Nick Bostrom.

Otra figura detrás de algunas de las empresas más ambiciosas de Silicon Valley, como es el magnate Elon Musk, declaró en una entrevista a ‘Rolling Stone’: “Me criaron los libros. Libros, y luego mis padres». En cambio, resulta llamativo que en las fotografías de las oficinas de sus numerosas empresas (PayPal, Tesla Motors, SpaceX, OpenAI, SolarCity…): no aparezcan fotografías de bibliotecas físicas.

Puede que en la ecuación de Musk para cambiar el mundo y la humanidad en sentido drástico: no entre el concepto biblioteca en sentido clásico. De hecho, a Elon Musk, le debemos uno de los proyectos de futuro más alucinantes en torno a las bibliotecas. La creación de bibliotecas en la Luna y en Marte en las que, a través de los cristales de datos Arch, se preserve el conocimiento humano. Y es lógico que, cuando uno está pensando en replicar la civilización humana en otros planetas: no atienda a cuestiones decorativas por muy culturetas que queden.

Con lo que no contaba Musk, en sus previsiones, es con que una china golpeando en el punto exacto: puede romper la luna en mil pedazos.

 

 

Portada del próximo disco de Grimes: Miss Anthropocene.

Bueno, por ser algo menos torticeros, diremos que no fue una china (de chinarro) la que agrietó los indestructibles cristales del último coche electrónico lanzado por Tesla. Fue una bola de metal, pero las grietas que dejó resultan reconfortantemente humanas.

Grietas en la superficie acerada de ese discurso ensimismado en las maravillas de la tecnología en el que tanto nos extraviamos con frecuencia. Algo en lo que la novia de Elon Musk incurrió no hace mucho.

La cantante, compositora y directora de alucinantes vídeos musicales Grimes: está muy implicada en el desarrollo de las nuevas tecnologías. Tanto en su música e imaginario visual, como a título íntimo, por su relación con el poderoso propietario de Tesla. Un poco de crónica rosa de Silicon Valley siempre viene bien.

Pero por lo que Grimes ha levantado revuelo en los últimos días no ha sido por su vida sentimental. Han sido sus declaraciones, en una entrevista, sobre el futuro de la música:

«Siento que estamos en el fin del arte, el arte humano. Una vez que la Inteligencia Artificial domine totalmente la ciencia y el arte […] será mucho mejor que nosotros haciendo arte»

 

Grimes esperando el futuro.

 

Cuando hablamos de cultura y tecnología hay que fijarse siempre en la industria de la música. Fue el primer sector en verse tocado y hundido por el auge de Internet, y detrás, hemos ido el resto.

Por eso el debate que han provocado las declaraciones de Grimes resulta de lo más oportuno. La cantante Zola Jesus ha acusado a Grimes de ‘ser la voz del privilegio fascista de Silicon Valley‘. Según esta cantante de ascendencia rusa, hay que defender la necesidad del ser humano por crear arte.

Pero la replica más interesante ha venido por parte de la artista Holly Herndon, experta en música y tecnología, cuyos comentarios al respecto recogen en ‘Jenesaispop‘:

«a ella lo que le preocupa [a Herndon] que ciertas “empresas transnacionales nos entrenen para entender la cultura como si fuéramos robots […] La artista apunta que la tecnología “debería permitirnos ser más humanos y expresivos”, y aboga por el concepto de “música interdependiente”, que una a seres humanos e inteligencia artificial». 

 

Lo dicho: un debate apasionante, necesario, y en el que no estamos hablando solo de música. Y al que, para terminar hilvanando el post, no nos resistimos a añadir nuestra contribución.

 

Si de verdad se quiere confrontar a la Inteligencia Artificial a un reto que la llevaría al cenit evolutivo o a su colapso: aquí tenemos el test definitivo. Solo dos palabras: Ojete calor. El dúo de subnopop patrio que mayores cortocircuitos neuronales y electrónicos puede llevar a provocar en mentes, sean humanas o artificiales.

Ellos, visionarios, ya cantaban en Cuidado con el cyborg (Corre Sarah Connor): el aviso que lo resume todo. Todos somos Sarah Connor y a todos nos persigue el ciborg. No sabemos aún si será un Terminator bueno o malo. Pero a todos nos pisan los talones.

 

Representaciones culturales obsoletas

 

Fernando Trueba, en su Diccionario de cine publicado en los 90, echaba pestes sobre Walt Disney. El director de Belle époque apuntaba a esa inquietante línea de puntos que une la dulcificación/expolio de cuentos clásicos que llevó a cabo: con el filofascismo que siempre ha planeado sobre su figura. Y precisamente en estos días, dos noticias en torno a Disney, recuperan ambos asuntos desde perspectivas actuales.

 

Fotograma del corto animado estrenado por Disney en 1943: Education for Death: The Making of the Nazi.

 

El argumento de la última producción que sale bajo la marca Disney: Jojo Rabbit (2019) ha provocado una polémica antes de su estreno. Nada nuevo en estos tiempos en los que lo primero es criticar por si acaso. No vaya a ser que después de informarnos se amargue la posibilidad de indignarnos.

La película (en realidad producida por la Fox, pero como Disney ha comprado la compañía, se la ha llevado en el lote): narra la historia de un niño que tiene como amigo imaginario al mismísimo Hitler.¿Hitler reconvertido en figura amable y simpática? ¿Disney blanqueando al nazismo? No se puede negar que los mimbres para una buena polémica están servidos.

Pero al mismo tiempo la nueva plataforma lanzada por la empresa del ratón Mickey, Disney+, ha incorporado un mensaje en algunos clásicos advirtiendo:

«Este programa se presenta tal y como fue creado originalmente. Podría contener representaciones culturales obsoletas.»

Canción del sur (1946) la película que Disney retirado de su catálogo por su acusado racismo.

Representaciones culturales obsoletas. Pero ¿qué es lo que está obsoleto?

Creíamos que ciertas ideologías estaban obsoletas, y el carrusel cíclico de la Historia: las ha devuelto a primera línea. Se recubren de una frágil apariencia de renovación que, al menor golpe de viento, deja al aire el cartón de lo rancio.

Y ¿cuánta responsabilidad no tiene en este resurgir el discurso progresista que se supone antagonista?

El veterano grupo Def con Dos, que tanto ha soliviantado a la derecha en otras ocasiones, en su último disco critica el puritanismo progre. El ideal de pureza al que nos remiten las ideologías, sean del signo que sean, siempre ha pecado de lo mismo: alergia a los matices. Y sin matices, sin sosiego: no hay pensamiento.

Ahora que las autoridades europeas quieren iniciar una cruzada contra la estafa de la obsolescencia programada: puede que lo obsoleto perviva en algo mucho más peligroso que en un electrodoméstico: en las mentes.

 

Rodrigo Fresán culmina una trilogía con ‘La parte recordada’ en la que las huellas del pasado  son básicas para poder hablar de futuro.

Pero si hay lugares, mucho más que en los archivos de la Disney, en donde las representaciones culturales obsoletas se conservan por millares: esos lugares son las bibliotecas.

Antes que huir, ocultar, afear o incluso prohibir lo que no se corresponda con la sensibilidad contemporánea: ¿no sería mejor contextualizar? Los valores de esta época también quedarán obsoletos vistos desde el futuro.

El riesgo de querer esterilizar nuestro presente es leña para populistas demagogos que venden su grosería, su sinceridad políticamente incorrecta como signo de personalidad, ideas propias, carácter y decisión.

Si tanto gustan los medios de conceptos ditirámbicos acuñemos aquí mismo uno: empatía retrospectiva cultural. Aprender de las razones y circunstancias en que se forjaron  las ideas de nuestros antepasados, para recuperar sus experiencias, sin acarrear la carga negativa que nos lleve de vuelta a errores del pasado. Tanto el discurso conservador como el progresista tienen culpa de ese alzheimer cultural que trata a los ciudadanos como menores necesitados de tutela.

 

 

Para fomentar esa empatía retrospectiva cultural, de la que hablamos, no queda otra que hacerlo en modo intergeneracional. Mayores y jóvenes necesitan espacios de encuentro, de diálogo, de aprendizaje mutuo. Y esos lugares, como no, son las bibliotecas. Así que por aquello de predicar con el ejemplo contemos alguna batallita cual abuelo Cebolleta (¿a algún millennial le sonará aún lo de abuelo Cebolleta?).

Hace unos años, en una tormenta de ideas para un proyecto de dinamización de bibliotecas (que se quedó en barbecho): el que esto escribe propuso un taller Benjamin Button. Un taller bajo el nombre del protagonista del relato corto de Scott Fitzgerald: El curioso caso de Benjamin Button, que la adaptación al cine de David Fincher, ayudó a  popularizar en 2008.

 

La propuesta en cuestión consistía en organizar un taller/espacio digital intergeneracional entre jubilados y jóvenes.

La idea era que a través de los gustos musicales, cinematográficos o literarios de ambas franjas de edad se plantease un survivor (como dicen los modernos). Es decir, que a través de las votaciones de mayores y jóvenes: se llegase a completar una selección de discos (la música la primera por ser la que facilita una conexión más inmediata), películas y libros ‘aprobados’ por ambas generaciones. Un archivo de gustos comunes que, más allá de barreras generacionales, aglutine puntos en común a través de la cultura.

 

 

Si Benjamin Button nacía anciano y moría bebé: se trataba de facilitar viajes a través de los tiempos culturales de cada grupo. Tal vez una utopía pero que sonaba bien sobre el papel.

Después de todo, que alguien que fue joven en los años 50 termine tarareando, por ejemplo: Un veneno de C. Tangana; y que un imberbe nacido en los 2000 termine apreciando Sabroso de Compay Segundo: no tiene porque ser tan difícil. Aunque solo fuera por hacerle la pascua a las industrias que necesitan que nuestros gustos se ajusten siempre a un estereotipo.

 

De ese modo la advertencia que la compañía Disney se ha visto obligada a colocar en su reedición de clásicos podría lucir orgullosa en toda biblioteca rezando así:

«Estas bibliotecas presentan las obras de sus fondos tal y como fueron creadas originalmente. No solo podrían, es que pueden y quieren, contener representaciones culturales obsoletas.»

 

La obsesión por no quedarnos obsoletos (mental o físicamente) nos aboca a una continua ansiedad. El quedarse desfasado según los parámetros que marca el momento angustia por igual a jóvenes y a maduros.

Si en los 70 Woody Allen definió en sus películas el prototipo de neoyorquino acelerado y neurótico: ahora gracias a las nuevas tecnologías todos parecemos neoyorquinos.

Gracias al móvil y sus aplicaciones todos nos quedamos obsoletos en 0,2. El estrés oxidativo nos marca el paso a ritmo del teclado. Y el tiempo avanza igual: es nuestra percepción la que se altera. Una ansiedad moderna de la que, al igual que hace Allen en su cine, habrá que saber reírse (y resistirse). Y el cantautor australiano, de padre español, Josef Salvat lo hace ingeniosamente en el brillante vídeo para su tema, no por casualidad, titulado Modern Anxiety.